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Que vuelva el Pido Gancho !

Humor9/18/2009
El "pido gancho" y otras leyes infalibles





Que el Congreso restablezca el pido gancho, por favor.
Cuando éramos pibes, había normas que se respetaban más que la Constitución (lo cual, en verdad, no es mucho decir) y que luego, ya adultos, extrañamos muchísimo. ¿O a quién no le gustaría a veces, en medio de tantos quilombos y presiones, gritar "pido gancho"?




Aquí, un breve repaso de aquellas leyes que nos prodigaban momentáneas inmunidades o transitorias licencias para abusar del prójimo.

El "Pido gancho".




Vaya uno a saber de dónde mierda venía el nombre de este verdadero instituto jurídico de la infancia, del cual sin dudas se tomó la idea central para la creación del "recurso de amparo" en los códigos procesales.
Decir o gritar "pido gancho" implicaba que uno, en el acto, detenía y/o suspendía los efectos y acciones relacionados con cualquier juego del que se estuviera participando.

Por ejemplo, si uno, en el juego "la escondida", se había ocultado con tanta pericia que el tiempo pasaba sin que nos hallaran pero a la vez invadiéndonos de un insoportable deseo de cagar, era lícito lanzar el "pido gancho" (enredando los dedos índice y anular) y hacerse ver, explicando que era para ir al baño a hacer un bombardeo aéreo del inodoro.

El planteo pidogancheril hacía que quien en ese momento tenía la misión de descubrir a los escondidos, no tuviera más remedio que respetar ese derecho, permitir que el amparado fuera a soretear y, a su regreso, darle la oportunidad de volver a su escondite (o elegir otro, en caso de que su aparición hubiese permitido determinar dónde se había ocultado).

Ahora bien, es verdad que el instituto llegaba a tener serias dificultades de aplicación en algunos casos, básicamente en aquellos en que alguna de las partes actuaba de mala fe. Eso pasaba, por ejemplo, cuando había un abuso del recurso protector. Una mariconada frecuente era que, al jugar a la embopa (a la mancha, como también se llamaba al juego), algún boludo, a punto de ser tocado, gritaba "¡pido gancho!" al sólo efecto de evitar tener que ser él quien a continuación tuviera que correr y perseguir a los demás participantes.

Por eso, la Convención de la OEA del 27 de marzo de 1975 estableció que el pido gancho "deberá en todos los casos ir acompañado de una fundamentación razonable que justifique su aplicación, so pena de ser declarado nulo de nulidad absoluta".

Otro elemento contaminante era la tendencia dictatorial de muchos niños, que hacían caso omiso de la cantada de pido gancho y seguían adelante con el juego. Habitualmente eran los grandotes de la cuadra, acostumbrados a pegar porque sí y a cagarse en todas las reglas de todos los juegos. Pero adonde vayan los iremos a buscar.

"Salvo bien calzado".


Cruel norma que jamás logró ser entendida por madres ni maestras, quienes la combatieron durante décadas hasta lograr -como se puede ver hoy- la total extinción de esta figura.
El recurso partía de la base de considerar que cualquier persona que se inclinara, del modo que fuera, nos habilitaba a pegarle una hermosa patada en el culo, pero únicamente si un milisegundo antes de aplicar el zapatillazo orteril decíamos "salvo bien calzado".

Como hemos dicho, esta norma quedaba disponible tanto si la otra persona se había inclinado poniéndose de cuclillas, como si lo había hecho quebrando la cintura para bajar el torso sin doblar las piernas, o arrodillándose, aunque el salvo más placentero era el que se daba en la primera de las opciones, ya que esa posición permitía embocar perfectamente el culo con la parte superior del pie, a la que se le imprimía la mayor potencia posible. La satisfacción era total si se conseguía que el pelotudo "volara" por la patada, quedando en cuatro patas sobre el suelo.

En las otras dos posiciones, también se podía disfrutar mucho, pero había que pegar el salvo con un estilo de volea, que no todos dominaban. Además, si la patada estaba mal calculada, y se golpeaba la espalda de la víctima, el otro tenía derecho a cagarnos a piñas.

El "salvo bien calzado" tuvo un respeto más universal que el "pido gancho", al punto que, a diferencia de éste, logró que incluso personas mayores le reconocieran legitimidad. Hubo tíos y vecinos que, aún a regañadientes, toleraron ser pateados en el culo, sin adoptar represalias, por el hecho de haber sido golpes dados bajo el imperio del salvo.

Por otra parte, era sencillo vacunarse contra la acción. Bastaba con cantar "meno salvo" antes de agacharse. Pero claro, a veces pibes y pibas se olvidaban de las acechanzas, y sin pensarlo medio segundo se agachaban para levantar una moneda caída, un caramelo o una bolita, y cuando advertían la gravísima imprudencia ya era tarde, porque algún desgraciado cercano no tardaba nada en estampillarles los championes en el traste.

"Gancho duro".


No era precisamente una ley de niños, sino un conjuro mágico asombrosamente eficaz. Para quienes no lo hayan conocido, es fácil de realizar y comprobar.

Lo único que se necesita es un perro de cuclillas, en clara posición de cagar, pero sin que se haya iniciado todavía el lanzamiento de los inmundos paracaidistas. En esa situación, deben engancharse los dos dedos índices de las manos, tensarlos todo lo posible, y decir reiteradamente y sin detenerse: "Gancho duro, gancho duro, gancho duro, gancho duro..."

En todos, pero absolutamente todos los casos, el perro se verá imposibilitado por completo de cagar, aunque se quede en cuclillas cuatro horas seguidas.

Importante: no funciona con suegras (también comprobado).

"Toconvi/Menoconvi".


Ya hubo lectores que hablaron de esto en el foro sobre frases del año del pedo, pero vale recordarlo en esta nota. Se trataba de dos comandos antagónicos, que tenían como eje común el típico caso del chico que tiene en su poder una bebida o un alimento portátil (un sandwich, una golosina, un pedazo de pan) y se aparece ante un grupo de amigos que están sin nada para comer o tomar.
Cantar de inmediato "menoconvi" hacía que uno quedara exento de tener que convidar algo a los demás. Pero si los hijos de puta gritaban "¡toconvi!" al toque de vernos con la Coca y el sánguche, cagábamos: había que pasar la botellita por todas las bocas, para que cada uno le diera un traguito, y también desfilaba el sandwich.

Conclusión: nos gastábamos la plata del día para tomar solamente dos tragos de mierda y comer apenas el culo del sanguchito. A fin de evitar esto, los más ratas adquirían sus cosas en el quiosco de la escuela y después se perdían entre los pendejos de los demás cursos, o se mimetizaban con árboles y cardos. Estos guachos eran severamente repudiados, porque cuando el que compraba era otro, eran los primeros en gritar el toconvi.

"Tatuita".


Deriva del griego "Estatuita". Cantar tatuita obligada al destinatario a quedarse quieto y duro como una estatua por unos minutos. Si no lo hacía, o si lo intentaba pero estornudaba o se tentaba de risa, uno tenía derecho a imponerle alguna sanción. Una de ellas podía ser aplicarle una "paralítica" (rodillazo en el muslo), que dolía como la gran puta y te dejaba rengo el resto del día.
"Cinco marcas de cigarrillos".


Tenía variantes. A veces no eran cinco, sino tres, y a veces no eran cigarrillos, sino alguna otra cosa. Como fuera, lo que se hacía era agarrarle las bolas a alguno, y ordenarle al toque: "¡Cinco marcas de cigarrillos!" El sorprendido, retorciéndose de dolor y sin tener fuerza para nada, no demoraba mucho en aceptar la total pérdida de alternativas, y arrancaba con voz angustiante: "Marlboro.... Philip Morris...."Cuando la enumeración finalizaba y era aprobada, se soltaban las pelotas y todo seguía como si nada.

Algo que sucedió con este tema no me lo olvido más. Lo de las "Cinco marcas..." estaba de moda, y yo estaba haciendo la Escuela Industrial. En los talleres del colegio, nos dividían en grupos para recorrer rotativamente distintas secciones. Una de ellas era "Hojalatería", donde se hacían budineras, ralladores y otras boludeces. También se fundía metal para hacer adornos y piezas.

Cuando se hacía alguna fundición, las piezas recién formadas -que quedaban encerradas en cajones de tierra- se guardaban en una piecita oscura que operaba como secadero. Bueno, uno de los vagos, muy al pedo como solía suceder en esa sección, vio que de la puerta de la piecita salía el culo de otro muchacho que por lo visto estaba acomodando cajas adentro. No sabía quién era, pero llevaba el mismo overol que usábamos todos en el taller.

El pibe fue, llegó hasta el otro por la espalda, metió la mano entre sus piernas y le cantó: "¡Cinco marcas de cigarrillos!" La víctima se resistía. El ejecutor, cansado, la hizo más fácil: "¡Silbá, silbá, guacho!" El atrapado seguía intentando liberarse. "¡Silbaaaa!", reclamó el pibe. "Fiuuu... fiuuu...", se empezó a escuchar. Era un silbido patético, casi sin aire.

Entonces la presa se echó más hacia atrás, y su cabeza salió de la penumbra del secadera. Tenía canas. Era uno de los profesores. El único que, de vez en cuando, en lugar de ir de camisa y corbata como los demás, usaba la misma ropa de taller que nosotros.





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