Lo que hice fue intentar describir con algo de humor, si se quiere, lo que día a día vivimos en la ciudad de Córdoba cuando uno se toma el colectivo.
Antes de emprezar la crónica hay que hacer una aclaración clave: Qué es un cospel: En Córdoba para tomar el colectivo uno tiene que pasar antes por un kiosco y comprar un cospel, que es una moneda que vale $1.50 sin importar el destino del viaje.
Otra más: Santa Rosa al 300 es algo así como lo que en Buenos Aires es Once.
El texto se llama simplemente TRANSPORTE
El transporte urbano te anuncia que ya llegaste a Córdoba, el inconfundible olor a goma gastada y aceite quemado te dan la bienvenida a la ciudad. Lo primero que me pongo a pensar al subir a un colectivo público es que estamos más cerca de Nueva Delhi que de Ginebra, la gente se va amontonando unos encima de otros mientras el chofer lo único que hace, en lugar de llegar temprano a la parada, es gritar “Un pasito más atrás”. Si alguien se desmaya nadie lo notaría porque aún así quedaría parado, a lo sumo se ganaría el malhumor de los otros dieciséis que están alrededor, abajo y arriba suyo.
La única escapatoria es la ventanilla, que por supuesto está cerrada porque no funcionan las perillas para abrirla, sin embargo proporciona la única salida posible mirando hacia fuera e imaginándose uno libre.
Para bajar hay que estar atento unas quince cuadras antes de la parada para poder empezar a remar entre las demás víctimas y llegar tres paradas después de la tuya, y si tuviste la mala suerte de ser de los últimos en entrar ni te molestes en preguntarle al chofer para bajar por adelante; éste simplemente te sobrará: “el descenso es por la puerta trasera” y hará una carga amarga como si su salario fuera la mitad del tuyo siendo que es por lo menos cuatro veces mayor.
Por la ventanilla se ven miles de publicidades: ¿Sabrá Lindsay Logan que aparece semidesnuda en la vidriera de una mueblería en la calle Santa Rosa al 300? ¿Y sabrá que en su boca hay un pene de liquid paper?
Baja uno y suben tres, el calor aumenta más que proporcionalmente a la cantidad de gente, el aire comienza a escasear, el caño de escape pareciera estar direccionado hacia adentro, el chofer continúa gritando “un pasito más atrás”, amenazan con subir nuevamente el boleto y uno no se explica por qué. Cuando se desocupa un asiento casi te da esperanzas pero notás que alrededor tuyo está lleno de viejas, embarazadas, madres con hijos y personas con todo tipo de prioridades. “Gracias” te dicen todos a la vez y comienzan a luchar por el asiento libre, cada cual exhibe como mejor puede su prioridad, la embarazada saca panza, la madre alborota a los niños y la vieja comienza a envejecer años, ahí mismo frente a uno. Más tarde el machismo sigue siendo funcional a las mujeres y las tetas escotadas de una mina le consiguen un asiento, la marcha del colectivo no entra y cada vez que arrancamos hace un ruido infernal, alguien tiene olor a muerto, quién sabe hace cuánto estará ahí, el viaje no parece tener principio ni fin y, en la apoteosis del hacinamiento un bebé empieza a llorar.
Espero que les haya gustado, o por lo menos pintado el cuadro.
Saludos desde la capital mundial del Fernet y los espero por mi blog