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¿Indignados argentinos o maldita clase media?

Info11/23/2012

Una tarde cálida de septiembre, sin que las horas previas anunciaran el aluvión nocturno posterior, la indignación volvió a las calles argentinas. Huérfana de líderes precisos o consignas claras, a la hora señalada por las redes sociales, una ola de ciudadanos a lo largo y a lo ancho del país manifestaba su hartazgo atmosférico a un Gobierno ejercitado para mandar e incapacitado para escuchar. A una Presidenta aturdida con el propio eco resonando en los rincones del palacio junto al aplauso ruidoso de sus vasallos.

En esa tarde imprevista las calles se llenaron de la misma mansedumbre que antes había entregado en cuotas su paciencia a una facción enviciada de poder. Las cacerolas irrumpieron nuevamente pero en un escenario inverso a aquel que estrenaron en 2001.

En aquellos aciagos días eran la representación de la anarquía por el vacío político. Hoy denuncian la asfixia de un aparato estatal que promueve siervos subsidiados en lugar de ciudadanos libres. Aquello era un grito abierto para "que se vayan todos". Este parece un ultimátum social para advertirle al Gobierno y a la oposición que la democracia es patrimonio colectivo y que sin república, sin alternancia, sin debate real, sin verdad estadística, sin juicio y castigo a la corrupción no hay presente ni futuro desarrollo.

Por eso suena inverso, porque los que mandan y los que esperan su turno para mandar no tienen dónde irse. Porque los que están deben quedarse a rendir cuenta de sus actos y sus omisiones hasta el último día que fijan las leyes y después también. Porque lo contrario sería volver a construir golpes contra la propia sociedad y prohijar mártires que busquen réditos en la victimización.

La tara genética del kirchnerismo, aquello que lo hizo temerario y lo ayudó a construir poder temporalmente, ahora lo desestabiliza. Al enemigo lo tienen adentro: el impulso binario amigo/enemigo les impide procesar el disenso como opción. Lo observan como un atentado a su supremacía, como una violación a la obediencia que caracteriza su cultura política. Eso se materializó en la torpeza que exhibieron para explicar las manifestaciones ciudadanas nacidas el 13-S: "gente bien vestida de clase media, golpistas de La Recoleta, resabios de la dictadura, cacerolas de señoras gordas con sus mucamas, gente preocupada por viajar a Miami o por comprar dólares". Mucha torpeza, escasa lucidez. Un terrible error de apreciación y una simplificación flagrante de un fenómeno creado por la propia barbarie oficial y su cadena de excesos.

Nadie sabe lo que surgirá de la indignación argentina de estas horas. No hay precisamente un líder aclamado por las multitudes que las aglutine ni un movimiento específico que las represente. Porque el ruido se hace ensordecedor también a oídos de opositores funcionales al motivo del enojo. Son los signos de este tiempo huérfano y a la vez tumultuoso. Pero resulta extraño que quienes detentan la simbología de aquel movimiento nacido en la incomprensión social de su tiempo sean hoy los discriminadores oficiales de otras masas movilizadas. A no ser que en realidad, los cristinistas de hoy desnuden en sus reacciones el reflejo de aquellas vanguardias esclarecidas que coparon el peronismo en los setenta y pusieron su elitismo al servicio de los peores enfrentamientos.

La táctica política podrá maquillar las torpezas iniciales pero no cambiará la genética de este grupo narcotizado por el poder. La imposibilidad de retractarse o de cultivar prácticas mas republicanas nace de sus propios eslóganes: "nunca menos" o "ni un paso atrás". Muchos creyeron en esa posibilidad reflexiva o pragmática después de las derrotas de 2008 en las batallas contra el campo o en las legislativas de 2009. El resultado fue la guerra contra Clarín, la fatalidad de la muerte de Néstor Kirchner y la consagración de su viuda como heredera imperial de su legado.

¿Volverán los crédulos a insinuar la redención de quien se piensa a sí misma como la reencarnación de un gran arquitecto egipcio? ¿Tendrá nuestra faraona su nueva tribuna de incautos que la vislumbren como la inquilina de un poder transitorio y no como la propietaria de una factoría que desea ser? Quien esto escribe no estuvo ni estará jamás en esa platea. El presente es tan inestable que cualquier vaticino parece escrito en la arena. Pero la ingenuidad no puede ejercerse ilimitadamente. Los caracteres no se cambian. El ADN del poder consagra y también sepulta al que se envilece sin remedio.

Pablo Rossi
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