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Crónica Política: ¿Por qué todo esto?

Info8/27/2012

CRÓNICA POLÍTICA
¿Por qué todo esto?


Por Rogelio Alaniz
El rechazo de la oposición a la señora se está transformando en muchos casos en ‘algo personal‘, como le gustaba decir a Serrat. A ese sentimiento se lo puede llamar odio o hartazgo, pero en cualquier caso incluye una impugnación política que es al mismo tiempo personal y se traduce en un repudio que se vive con una intensidad equiparable a una aguda y dolorosa sensación física. Conozco a gente que no puede oír su nombre, a otros que cuando aparece en la pantalla cambian de canal. Y si está en la radio la apagan o cambian de dial.
Las imputaciones en su contra van desde la crítica ideológica y cultural a la grosería y el insulto. No exagero si postulo que las pasiones negativas que despierta son superiores a las adhesiones que recibe. No discuto números, observo sentimientos. Puede que gane elecciones, pero en todo caso, un presidente que suscita tantos odios debería preguntarse qué hizo de más o de menos para que esto ocurra.
Soy una persona mayor y dispongo del privilegio de una buena memoria. Recurro a ella para evocar algún tiempo parecido, pero afirmaría que en el último medio siglo no hay datos semejantes a los de la situación que ahora nos toca vivir. En todas estás décadas ha habido gobiernos malos, regulares y buenos; más a la derecha o más a la izquierda; dictadores detestables y ególatras y demócratas virtuosos y austeros, pero a esta situación de una mandataria elegida por el voto popular que despierte odios y resentimientos tan marcados, no la he visto antes.
Alguien dirá que Isabel era peor. Y, por supuesto, alguno me recordará lo que fueron los dictadores. Las observaciones en todos los casos son interesantes, pero omiten un detalle para mí significativo: ninguno de esos mandatarios logró instalar el conflicto acerca de su liderazgo en el corazón de la sociedad. Nadie daba la vida por Onganía o Videla. Con mis vecinos, amigos o compañeros de trabajo, no me peleaba por Galtieri, Levingston o Isaac Rojas. Es como que más allá de la dureza de los tiempos que nos tocaba vivir, teníamos la certeza de que en lo fundamental estábamos juntos y que el dictador o el presidente de facto o el mandatario injusto, regresarían a su casa más temprano que tarde. Incluso, podíamos discrepar en la evaluación política de cada uno, pero esas diferencias no afectaban relaciones entre amigos, no nos dividían.
La señora y su marido rompieron con esa tradición. Hoy no hay reunión familiar, de amigos o compañeros de trabajo, que no concluya en agrias discusiones, con las consabidas palabras de más, los portazos y las rupturas. ¿Qué nos pasó?, ¿qué nos está pasando?, ¿cómo puede ser posible que dos personajes mediocres, vulgares, dominados por pasiones menores, por mezquinas y miserables egolatrías, nos dividan?, ¿quién tiene la culpa: nosotros o ellos?, ¿o es que no hay culpas?, ¿o es que de golpe llegaron los Mesías a dividir al padre del hijo, al novio de la novia, al amigo del amigo?. ¿Exagero? No tanto.
En este sentido, los Kirchner fueron mucho más eficaces que Menem, un señor que si bien practicó la misma concepción del poder que los Kirchner, hay que convenir que nadie -ni siquiera el menemista más convencido- estaba dispuesto a pasar un mal momento en la calle por defenderlo. Menem despertó intereses, pero no pasiones: el gran vivillo se rodeó de vivillos que hicieron negocios a su lado; la relación era objetiva, descarnada y la única pasión que movilizaba era la del interés contante y sonante. Cuando Menem perdió el poder, perdió amigos, socios y cómplices. Se quedó solo como una comadreja en Anillaco o como se suelen hundir en al soledad los mafiosos jubilados.
Los Kirchner hicieron otra cosa. Invocaron grandes ideales, agitaron banderas por las que en otros tiempos la gente estaba dispuesta a dar la vida y todo lo hicieron sin pagar grandes costos, sin arriesgar demasiado, apropiándose de luchas que nunca protagonizaron, invocando dolores y heridas que nunca padecieron.
A diferencia de otros gobernantes, concibieron a la política como una gesta, como una batalla a librar contra enemigos reales e imaginarios. Fueron los inventores del relato, de un relato en el que importaba poco si tenía concordancias objetivas con lo real. Poco importaba y poco importa. A su manera fueron eficaces. Y, si se quiere, sinceros. En la farsa progresista creyeron todos, incluso ellos. Gente joven y mayores olvidadizos se preguntan por qué son tan facciosos, por qué dicen una cosa y hacen otra, por qué corrompen lo que tocan, por qué mienten y transforman el oro en barro, por qué se apropian de ideales nobles y los degradan, por qué transforman al Congreso en una escribanía, por qué manipulan jueces y fiscales. ¿Por qué tanta soberbia, tanto resentimiento, tanto afán obsesivo por el poder?
Las respuestas a estos interrogantes pueden ser personales o políticas. Las personales importan, pero en este caso no son decisivas o están enmarcadas en la política. ¿Y cuál es la respuesta política? La tradición peronista. Lo que hacen los Kirchner nos puede gustar o no, pero lo seguro es que a su manera ellos creen en lo que hacen y creen en ello porque es lo que mamaron desde siempre.
Lean los discursos de Perón de aquellos años, sus conferencias. Lean las declaraciones de Evita y sus incitaciones al odio y el fanatismo y verán entonces que lo que hoy hacen los Kirchner responde a una tradición, a una determinada y singular manera de comprender la política.
Convengamos que hay muchas maneras de ser peronista. No es lo mismo quien accede a él desde una práctica sindical, que quien se formó con un caudillo de tierra adentro o siguiendo las enseñanzas de algún sacerdote o algún ideólogo nacionalista. Tampoco es lo mismo el hijo de un padre que se fogueó en los años de la resistencia, que el empresario que apreció las ventajas de los subsidios.
El peronismo incluye un estilo político y una concepción del Estado como facción, como herramienta y punto de acumulación partidaria. En el peronismo las distinciones entre partido y Estado o entre partido y gobierno nunca fueron importantes o directamente, fueron una molestia a superar en la primera oportunidad. Su visión mayoritaria de la democracia se combinaba con una concepción militarizada del poder.
Los tiempos han cambiado. La Argentina de 2012 tiene poco y nada que ver con la de 1945. Cambiaron los actores sociales, los modos de acumulación de poder, cambió la vida, cambió el mundo, pero las que no cambiaron fueron ciertas concepciones profundas de la política, concepciones que organizan, dan sentido y significado a una vida.
El peronismo es una realidad compleja, contradictoria, vital y diversa, pero lo que lo distingue, lo que lo hace diferente y singular, es esa manera de concebir el poder, de concebirlo y ejercerlo. El poder remite a diferentes experiencias. Hay una historia, una sociología, una teoría política del poder, pero también hay una estética, una ética y una erótica del poder. Nada más material y real que el poder y, al mismo tiempo, nada más abstracto. Los hombres del poder no aceptan dioses, no se someten a ninguna religión, pero creen en la trascendencia, en su trascendencia, claro está, una trascendencia que sólo se adquiere mediante la titularidad efectiva del poder, porque creen que la permanencia en el poder les permitirá sobrevivir a la muerte, ser eternos.
El poder es una relación social, un tendido de redes con un vértice, pero es también un privilegio, una obsesión y una patología. El poder se desea y se ejerce, y se lo desea para disfrutarlo, para abusar de él y, en más de un caso, para sufrirlo y perder el alma en su nombre.
Todos los políticos de todos los signos sucumben al becerro de oro del poder, pero es en el peronismo donde esa pasión obsesiva, recalcitrante, acosadora, extenuante, ha prendido con más fuerza y consistencia. Lo que digo no es nuevo. Hace veinte años, en esta misma columna, dije que al peronismo había que tratar de entenderlo como un dispositivo de poder recreado por una singular mitología. Allí está su clave, su Aleph, el punto desde donde es posible entender todo lo demás. El peronismo se dio todos los lujos. Fue de derecha y de izquierda, conservador y socialista, clerical y anticlerical, neoliberal y nac&pop, pero nunca dejó de ser peronismo: con sus virtudes y sus vicios, sus aciertos y sus errores, sus mitologías y su fe. Y nunca dejaron de ser peronistas, porque todos ellos reconocen el faro del poder en noches de luna llena y en noches de tormenta. Es su íntima, exclusiva y definitiva verdad.
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