Jiddu Krishnamurti
Comentarios sobre el vivir.
Comentarios sobre el vivir.
La piedad.
La ambición en cualquier forma —para el grupo, para la salvación individual o para la realización espiritual— es acción postergada. El deseo es siempre del futuro; el deseo de llegar a ser es inacción en el presente. El ahora tiene más importancia que el mañana. En el ahora está todo el tiempo, y comprender el ahora es estar libre del tiempo. El devenir es la continuación del tiempo, del dolor. Devenir no contiene ser. Ser es siempre en el presente, y ser es la forma más elevada de transformación. Devenir es mera continuidad modificada, y sólo hay transformación radical en el presente, en ser.
La identificación.
Cuanto más luchamos a favor o en contra de la identificación, tanto mayor es la resistencia a la comprensión. Si uno se da cuenta del total proceso de la identificación, externa tanto como interna, si uno percibe que su expresión exterior es proyectada por la demanda interior, entonces hay una posibilidad de descubrimiento y felicidad. Aquel que se ha identificado a sí mismo jamás puede conocer la libertad, en la cual únicamente toda verdad se revela.
Parloteo y desasosiego.
El desasosiego, al igual que el parloteo, tiene la apariencia de la intensidad y de la seriedad; pero si lo observamos más atentamente, veremos que proviene de la atracción y no de la seriedad. La atracción es siempre cambiante, y es por esto que los objetos del parloteo y del desasosiego continuamente cambian. El cambio es meramente continuidad modificada. El parloteo y el desasosiego sólo pueden terminar cuando la agitación de la mente es comprendida. Mera abstinencia, control o disciplina no sólo no crearán tranquilidad, sino que embotarán la mente, haciéndola insensible y confinada.
La curiosidad no conduce a la comprensión. La comprensión adviene con el conocimiento propio. El que sufre no es curioso; y la simple curiosidad con sus especulativas modalidades, es un impedimento para el conocimiento propio. La especulación, como la curiosidad, es indicio de agitación; y una mente agitada, por muy hábil que sea, destruye la comprensión y la felicidad.
La curiosidad no conduce a la comprensión. La comprensión adviene con el conocimiento propio. El que sufre no es curioso; y la simple curiosidad con sus especulativas modalidades, es un impedimento para el conocimiento propio. La especulación, como la curiosidad, es indicio de agitación; y una mente agitada, por muy hábil que sea, destruye la comprensión y la felicidad.
Pensamiento y Amor.
Si estáis completamente alerta y perceptivos, veréis qué importante papel juega el pensamiento en vuestra vida. El pensamiento tiene evidentemente su lugar, pero de ningún modo está relacionado con el amor. Lo que se relaciona con el pensamiento puede ser comprendido por el pensamiento, mas lo que no está relacionado con el pensamiento no puede ser captado por la mente. Preguntaréis ¿qué es entonces el amor? Amor es un estado de ser en que no existe el pensamiento: pero la misma definición del; amor es un proceso de pensamiento, y por lo tanto no es amor.
Tenemos que comprender el pensamiento mismo, y no tratar de captar el amor mediante el pensamiento La negación del pensamiento no trae amor. Hay liberación del pensamiento sólo cuando es completamente comprendido su hondo significado; y para eso es esencial un profundo conocimiento de sí mismo, no vanas y superficiales aserciones. Lo que revela la índole del pensamiento es la meditación y no la repetición, la alerta percepción y no la definición. Sin alerta percepción y sin vivencias los procesos del pensamiento, el amor no puede ser.
Tenemos que comprender el pensamiento mismo, y no tratar de captar el amor mediante el pensamiento La negación del pensamiento no trae amor. Hay liberación del pensamiento sólo cuando es completamente comprendido su hondo significado; y para eso es esencial un profundo conocimiento de sí mismo, no vanas y superficiales aserciones. Lo que revela la índole del pensamiento es la meditación y no la repetición, la alerta percepción y no la definición. Sin alerta percepción y sin vivencias los procesos del pensamiento, el amor no puede ser.
Unitotalidad y aislamiento.
La soledad, con su miedo y su dolor, es aislamiento, la inevitable acción del “yo”. Este proceso de aislamiento, ya sea expansivo o restrictivo, produce confusión, conflicto y sufrimiento. Del aislamiento jamás puede nacer la unitotalidad; el primero debe cesar para que la otra sea. La unitotalidad es indivisible y la soledad es separación. Aquello que es unitotal es flexible y por ende duradero. Unicamente lo unitotal puede entrar en comunión con aquello que carece de causa, lo inconmensurable. Para lo unitotal, la vida es eterna; para lo unitotal no hay muerte. Lo unitotal jamás puede cesar de ser.
La luna estaba justamente asomando sobre las copas de los árboles, y las sombras eran densas y oscuras. Un perro empezó a ladrar cuando pasábamos por la pequeña aldea y regresábamos por la orilla del río. El río estaba tan sereno y reflejaba sobre sus aguas las estrellas y las luces del largo puente. Parados en lo alto de la orilla unos niños reían, y un bebé lloraba. Los pescadores limpiaban y recogían sus redes. Un ave nocturna cruzó en silencio. Alguien empezó a cantar en la otra orilla del ancho río, y sus palabras eran claras y penetrantes. Y de nuevo sobrevino la unitotalidad que compenetra la vida
La luna estaba justamente asomando sobre las copas de los árboles, y las sombras eran densas y oscuras. Un perro empezó a ladrar cuando pasábamos por la pequeña aldea y regresábamos por la orilla del río. El río estaba tan sereno y reflejaba sobre sus aguas las estrellas y las luces del largo puente. Parados en lo alto de la orilla unos niños reían, y un bebé lloraba. Los pescadores limpiaban y recogían sus redes. Un ave nocturna cruzó en silencio. Alguien empezó a cantar en la otra orilla del ancho río, y sus palabras eran claras y penetrantes. Y de nuevo sobrevino la unitotalidad que compenetra la vida
Discípulo y maestro.
Que el Maestro exista o no es cosa trivial. Es importante para el explotador, para las escuelas y las sociedades secretas; pero para el hombre que busca la verdad —que es lo que trae la suprema felicidad— seguramente esta cuestión es muy vana. El hombre rico y el sirviente son tan importantes como el Maestro y el discípulo. Que los Maestros existan o no, que haya o no la distinción de Iniciados, discípulos, etc., no es importante, pero sí es importante comprenderse a sí mismo. Sin conocimiento propio, vuestro pensamiento, vuestro raciocinio, carecen de base. Sin antes conoceros a vosotros mismos, ¿cómo podéis saber qué es verdadero? Sin conocimiento propio la ilusión es inevitable. Es infantil que os digan y que aceptéis que sois esto o aquello. Desconfiad del hombre que os ofrece una recompensa en este mundo o en el otro.
El rico y el pobre.
Renunciar al mundo de la riqueza, el confort y la posición, es cosa comparativamente simple; pero dejar de lado el ansia de ser, de devenir, requiere gran inteligencia y comprensión. El poder que otorga la riqueza es un impedimento para la comprensión de la realidad, como lo es también el poder del talento y la capacidad. Esta forma particular de confianza es obviamente una actividad del “yo”; y aunque sea difícil, no es imposible desligarse de esta clase de seguridad y poder. Pero lo que es mucho más sutil y oculto es el poder y el impulso que se apoyan en el ansia de devenir. La autoexpansión en cualquier forma, tanto por medio de la riqueza como por medio de la virtud, es un proceso de conflicto, que causa antagonismo y confusión Una mente agobiada con el devenir jamás puede estar tranquila, porque la tranquilidad no es el resultado de una práctica ni del tiempo. La tranquilidad es un estado de comprensión, y el devenir niega esta comprensión. El devenir crea el sentido de tiempo, que es realmente la postergación de la comprensión. El “yo llegaré a ser” es una ilusión nacida de la autoimportancia.
El mar estaba tan agitado como la ciudad, pero su agitación tenía profundidad y sustancia. La estrella del atardecer estaba en el horizonte. Regresamos por una calle atestada de ómnibus, coches y peatones. Un hombre desnudo y dormido estaba tendido sobre la vereda; era un mendigo, exhausto, fatalmente desnutrido, y fue difícil despertarlo. Más allá se extendían los verdes prados y las brillantes flores de un jardín público.
El mar estaba tan agitado como la ciudad, pero su agitación tenía profundidad y sustancia. La estrella del atardecer estaba en el horizonte. Regresamos por una calle atestada de ómnibus, coches y peatones. Un hombre desnudo y dormido estaba tendido sobre la vereda; era un mendigo, exhausto, fatalmente desnutrido, y fue difícil despertarlo. Más allá se extendían los verdes prados y las brillantes flores de un jardín público.
Ceremonias y conversión.
Obviamente, los ritos ofrecen a los participantes una atmósfera en la que se encuentran a gusto. Los ritos, tanto colectivos como individuales, dan una cierta quietud a la mente; ofrecen un vital contraste a la torpe vida cotidiana. Hay una cierta belleza y orden en las ceremonias, pero fundamentalmente son estimulantes; y como pasa con todos los estimulantes, pronto embotan la mente y el corazón. Los ritos se convierten en hábitos; se tornan una necesidad, y no se puede prescindir de ellos. Esta necesidad se considera una renovación espiritual, una manera de fortalecerse frente a la vida, una meditación semanal o diaria, etc.; pero si uno examina este proceso más detenidamente, descubre que los ritos son una vana repetición que ofrece un maravilloso y respetable escape para rehuir el conocimiento propio. Sin conocimiento propio, la acción tiene muy poco significado.
La repetición de cánticos, de palabras y frases, adormece la mente, por más que momentáneamente logre estimularla. En este estado soñoliento, ocurren experiencias, pero son autoproyectadas. Por más satisfactorias que sean estas experiencias son ilusorias. La vivencia de la realidad no adviene mediante ninguna repetición, mediante ninguna práctica. La verdad no es un fin, un resultado, una meta; no puede ser invitada, porque no es una cosa de la mente.
La repetición de cánticos, de palabras y frases, adormece la mente, por más que momentáneamente logre estimularla. En este estado soñoliento, ocurren experiencias, pero son autoproyectadas. Por más satisfactorias que sean estas experiencias son ilusorias. La vivencia de la realidad no adviene mediante ninguna repetición, mediante ninguna práctica. La verdad no es un fin, un resultado, una meta; no puede ser invitada, porque no es una cosa de la mente.
El conocimiento.
La afición al conocimiento es como cualquier otra afición; ofrece un escape al temor del vacío, de la soledad, de la frustración, al miedo de no ser nada. La luz del conocimiento es una delicada cubierta bajo la cual yace una oscuridad que la mente no puede penetrar. La mente se asusta ante este desconocido, y por eso se refugia en cl conocimiento, en las teorías, en las esperanzas, en la imaginación; y este mismo conocimiento es un impedimento para la comprensión de lo desconocido. Descartar el conocimiento de percepción que uno tiene, es ser vulnerable á la tristeza, a la alegría. Pero no es fácil descartar el conocimiento. Ser ignorante no es estar libre del conocimiento. La ignorancia es la falta de conocimiento propio; y el conocimiento es ignorancia cuando no hay comprensión de los procesos del “yo”. La comprensión del “yo” es la liberación del conocimiento.
Sólo puede haber liberación del conocimiento cuando es comprendido el proceso de juntar, el motivo de la acumulación. El deseo de almacenar es el deseo de estar protegido. Seguro. Este deseo de seguridad a través de la identificación, de la condenación y justificación, es la causa del miedo, que destruye toda comunicación. Cuando hay comunión, no hay necesidad de acumular. La acumulación es la resistencia del autoencierro, y el conocimiento vigoriza esta resistencia. El culto del conocimiento es una forma de idolatría, y no disolverá el conflicto y la miseria de nuestra vida. El manto de conocimiento encubre pero jamás puede liberarnos de nuestra confusión y dolor siempre en aumento. Los caminos de la mente no conducen a la verdad y a su felicidad. Conocer es negar lo desconocido.
Sólo puede haber liberación del conocimiento cuando es comprendido el proceso de juntar, el motivo de la acumulación. El deseo de almacenar es el deseo de estar protegido. Seguro. Este deseo de seguridad a través de la identificación, de la condenación y justificación, es la causa del miedo, que destruye toda comunicación. Cuando hay comunión, no hay necesidad de acumular. La acumulación es la resistencia del autoencierro, y el conocimiento vigoriza esta resistencia. El culto del conocimiento es una forma de idolatría, y no disolverá el conflicto y la miseria de nuestra vida. El manto de conocimiento encubre pero jamás puede liberarnos de nuestra confusión y dolor siempre en aumento. Los caminos de la mente no conducen a la verdad y a su felicidad. Conocer es negar lo desconocido.
La respetabilidad.
Ser no—codicioso y no ser generoso son cosas íntimamente relacionadas. Ambas son un proceso de autoencierro, una forma negativa de egocentrismo. Para ser codiciosos debéis ser activos, extrovertidos; debéis luchar, competir, ser agresivos. Si no tenéis este impulso, no por ello estáis libres de codicia, sino solamente autoencerrados. La extroversión es una perturbación, una lucha penosa de modo que el egocentrismo es encubierto por la palabra no—codicioso. Ser generoso con la mano es una cosa, y ser generoso de corazón es otra. La generosidad de la mano es una cuestión relativamente simple, que depende de las normas culturales y cosas análogas; pero la generosidad del corazón es de un significado mucho más profundo, y requiere alerta percepción y vasta comprensión.
De igual modo, no ser generoso es una satisfactoria y ciega autoabsorción, en la que no hay extroversión. Este estado de autoabsorción tiene sus propias actividades, como las tiene quien sueña, pero ellas jamás os despertarán. El proceso de despertar es penoso, y por eso, jóvenes y viejos, vosotros preferís más bien que os dejen en paz para llegar a ser respetables, para morir.
Como la generosidad del corazón, la generosidad de la mano es un movimiento de extroversión, pero a menudo es penoso, decepcionante y autorrevelador. La generosidad de la mano es fácil de alcanzar; pero la generosidad del corazón no es cosa que pueda cultivarse, es estar libre de toda acumulación. Para perdonar, necesario es que haya existido una ofensa; y para estar ofendido, es preciso haber acumulado orgullo. No puede haber generosidad del corazón mientras exista una memoria referencial mientras exista el “yo” y lo “mío”.
De igual modo, no ser generoso es una satisfactoria y ciega autoabsorción, en la que no hay extroversión. Este estado de autoabsorción tiene sus propias actividades, como las tiene quien sueña, pero ellas jamás os despertarán. El proceso de despertar es penoso, y por eso, jóvenes y viejos, vosotros preferís más bien que os dejen en paz para llegar a ser respetables, para morir.
Como la generosidad del corazón, la generosidad de la mano es un movimiento de extroversión, pero a menudo es penoso, decepcionante y autorrevelador. La generosidad de la mano es fácil de alcanzar; pero la generosidad del corazón no es cosa que pueda cultivarse, es estar libre de toda acumulación. Para perdonar, necesario es que haya existido una ofensa; y para estar ofendido, es preciso haber acumulado orgullo. No puede haber generosidad del corazón mientras exista una memoria referencial mientras exista el “yo” y lo “mío”.
La política.
La política es la reconciliación de los efectos; y como la mayoría de nosotros está interesada en los efectos, lo extremo ha adquirido una importancia predominante. Mediante el manipuleo de los efectos esperamos crear orden y paz; pero, desgraciadamente, no es cosa tan simple como parece. La vida es un proceso total, interno tanto como externo; lo exterior afecta definidamente lo interior, pero lo interior invariablemente vence lo exterior. Lo que sois, lo exteriorizáis. Lo externo y lo interno no pueden separarse y guardarse en compartimentos estancos, porque constantemente están reaccionando entre sí; pero el ansia interior, los móviles y motivos ocultos, son siempre más poderosos. La vida no depende de la actividad política o económica; la vida no es una mera apariencia externa, así como un árbol no es sólo la hoja o la rama. La vida es un proceso total cuya belleza ha de descubrirse únicamente en su integración. Esta integración no tiene lugar en el nivel superficial de las reconciliaciones políticas y económicas; ella se encuentra más allá de las causas y de los efectos.
Nuestras vidas son vacías, sin mayor significación, porque jugamos con las causas y efectos y nunca vamos más allá, excepto verbalmente. Es por esta razón que nos hemos vuelto esclavos de las incitaciones políticas y de los sentimentalismos religiosos. Unicamente hay esperanzas en la integración de los varios procesos de los cuales estamos constituidos. Esta integración no adviene por medio de ninguna ideología, o por el seguimiento de alguna autoridad particular, religiosa o política; adviene sólo mediante una amplia y profunda vigilancia. Esta alerta percepción debe penetrar en las capas más profundas de la conciencia y no conformarse con las respuestas superficiales.
Nuestras vidas son vacías, sin mayor significación, porque jugamos con las causas y efectos y nunca vamos más allá, excepto verbalmente. Es por esta razón que nos hemos vuelto esclavos de las incitaciones políticas y de los sentimentalismos religiosos. Unicamente hay esperanzas en la integración de los varios procesos de los cuales estamos constituidos. Esta integración no adviene por medio de ninguna ideología, o por el seguimiento de alguna autoridad particular, religiosa o política; adviene sólo mediante una amplia y profunda vigilancia. Esta alerta percepción debe penetrar en las capas más profundas de la conciencia y no conformarse con las respuestas superficiales.
La vivencia.
La mente puede atraer solamente sus propias proyecciones, lo conocido. No puede existir la vivencia de lo desconocido hasta que la mente cese de experimentar. El pensamiento es la expresión de la experiencia; el pensamiento es una respuesta de la memoria; y mientras el pensamiento intervenga, no puede haber vivencia. No hay ningún medio, ningún método para poner término a la experiencia porque el mismo medio es un obstáculo para la vivencia. Conocer el fin es conocer la continuidad, y tener un medio para lograr el fin es mantener lo conocido. El deseo de realización debe disiparse; es este deseo que crea los medios y el fin. La humildad es esencial para la vivencia. Pero ¡cuán ansiosa está la mente de absorber la vivencia en la experiencia! ¡Qué rápida es para pensar en lo nuevo y convertirlo en lo viejo! Así ella establece el experimentador y lo experimentado, dando nacimiento al conflicto de la dualidad.
En el estado de vivencia, no existe ni el experimentador ni lo experimentado. El árbol, el perro y la estrella del atardecer no pueden ser experimentados por el experimentador; ellos son el mismo movimiento de la vivencia. No hay separación entre el observador y lo observado; no hay tiempo, no hay intervalo espacial para que el pensamiento se identifique a sí mismo. El pensamiento está completamente ausente, pero hay ser. Este estado de ser no puede ser pensado o meditado, no es una cosa que pueda ser realizada. El experimentador debe cesar de experimentar, y únicamente entonces hay ser. En la tranquilidad de su movimiento está lo atemporal.
En el estado de vivencia, no existe ni el experimentador ni lo experimentado. El árbol, el perro y la estrella del atardecer no pueden ser experimentados por el experimentador; ellos son el mismo movimiento de la vivencia. No hay separación entre el observador y lo observado; no hay tiempo, no hay intervalo espacial para que el pensamiento se identifique a sí mismo. El pensamiento está completamente ausente, pero hay ser. Este estado de ser no puede ser pensado o meditado, no es una cosa que pueda ser realizada. El experimentador debe cesar de experimentar, y únicamente entonces hay ser. En la tranquilidad de su movimiento está lo atemporal.
La virtud.
La astuta adaptabilidad de la mente en su propia autoperpetuación mantiene el temor. Lo que importa es la profunda comprensión de este temor, y no cómo ser virtuosos. Una mente mezquina podrá practicar la virtud, pero no por eso dejará de ser mezquina. La virtud es entonces una huida de su propia mezquindad, y la virtud que consiga recoger también será mezquina. Si no se comprende esta mezquindad, ¿cómo puede haber la vivencia de la realidad? ¿Cómo puede una mente mezquina, aunque sea virtuosa, abrirse a lo inconmensurable?
Al comprender el proceso de la mente, que es el “yo”, surge la virtud. La virtud no es resistencia acumulada; es la espontánea alerta percepción y la comprensión de lo que es. La mente no puede comprender; puede traducir en acción lo que se ha comprendido, pero no es capaz de comprender. Para comprender, debe haber el calor del reconocimiento y recepción, que únicamente puede dar el corazón cuando la mente está silenciosa. Pero el silencio de la mente no es el resultado de un astuto cálculo. El deseo de silencio es la maldición de la realización, con sus incesantes conflictos y penas. El ansia de ser, negativa o positivamente, es la negación de la virtud del corazón. La virtud no es conflicto y realización, práctica prolongada y resultado, sino un estado de ser que no es la resultante del deseo autoproyectado. No hay ser si hay una lucha por ser. En la lucha por ser hay resistencia y negación, mortificación y renunciación; pero la superación de las mismas no es virtud. La virtud es la tranquilidad de la liberación del ansia de ser, y esta tranquilidad es del corazón, no de la mente. Por medio de la práctica, de la compulsión, de la resistencia, puede la mente aquietarse, pero esta disciplina destruye la virtud del corazón, sin la cual no hay paz, no hay dicha; porque la virtud del corazón es la comprensión.
Al comprender el proceso de la mente, que es el “yo”, surge la virtud. La virtud no es resistencia acumulada; es la espontánea alerta percepción y la comprensión de lo que es. La mente no puede comprender; puede traducir en acción lo que se ha comprendido, pero no es capaz de comprender. Para comprender, debe haber el calor del reconocimiento y recepción, que únicamente puede dar el corazón cuando la mente está silenciosa. Pero el silencio de la mente no es el resultado de un astuto cálculo. El deseo de silencio es la maldición de la realización, con sus incesantes conflictos y penas. El ansia de ser, negativa o positivamente, es la negación de la virtud del corazón. La virtud no es conflicto y realización, práctica prolongada y resultado, sino un estado de ser que no es la resultante del deseo autoproyectado. No hay ser si hay una lucha por ser. En la lucha por ser hay resistencia y negación, mortificación y renunciación; pero la superación de las mismas no es virtud. La virtud es la tranquilidad de la liberación del ansia de ser, y esta tranquilidad es del corazón, no de la mente. Por medio de la práctica, de la compulsión, de la resistencia, puede la mente aquietarse, pero esta disciplina destruye la virtud del corazón, sin la cual no hay paz, no hay dicha; porque la virtud del corazón es la comprensión.
Sencillez del corazón.
Pero ¿se alcanza la realidad por medio de controles y sanciones externas? Si bien la sencillez externa, el dejar de lado el confort, es obviamente necesario, ¿abrirá esta acción la puerta a la realidad? El estar ocupado con el confort y el éxito agobia la mente y el corazón, y para viajar es preciso que haya libertad; pero ¿por qué estamos tan interesados en esta acción exterior? ¿Por qué estamos tan ansiosamente dispuestos a dar una expresión externa a nuestra intención? ¿Es por el temor a la propia decepción, o al “qué dirán” de los demás? ¿Por qué deseamos convencernos a nosotros mismos de nuestra integridad? ¿No se basa todo este problema en el deseo de estar seguros, de estar convencidos de la importancia de nuestro propio devenir?
El deseo de ser es el principio de la complejidad. Impulsados por el deseo siempre creciente de ser, tanto interna como externamente, acumulamos o renunciamos, cultivamos o negamos. Viendo que el tiempo nos despoja de todas las cosas, nos aferramos a lo atemporal. Esta lucha por ser, positiva o negativamente, mediante el apego o el desapego, jamás puede ser resuelta por ninguna acción, disciplina o práctica externa, pero la comprensión de esta lucha traerá, en forma natural y espontánea, la liberación de la acumulación externa e interna con sus conflictos. La realidad no se alcanza mediante el desprendimiento, es inalcanzable por ningún medio. Todos los medios y fines son formas de apego, y ellos deben cesar para que la realidad sea.
El deseo de ser es el principio de la complejidad. Impulsados por el deseo siempre creciente de ser, tanto interna como externamente, acumulamos o renunciamos, cultivamos o negamos. Viendo que el tiempo nos despoja de todas las cosas, nos aferramos a lo atemporal. Esta lucha por ser, positiva o negativamente, mediante el apego o el desapego, jamás puede ser resuelta por ninguna acción, disciplina o práctica externa, pero la comprensión de esta lucha traerá, en forma natural y espontánea, la liberación de la acumulación externa e interna con sus conflictos. La realidad no se alcanza mediante el desprendimiento, es inalcanzable por ningún medio. Todos los medios y fines son formas de apego, y ellos deben cesar para que la realidad sea.
Las facetas del individuo.
Todas las actividades del conformismo y la negación, del análisis y la aceptación, sólo fortalecen al experimentador. El experimentador jamás puede comprender el todo. El experimentador es lo acumulado, y no hay comprensión dentro de la sombra del pasado. La dependencia del pasado podrá ofrecer una vía de acción, pero el cultivo de un medio no es comprensión. La comprensión es de la mente, del pensamiento; y si el pensamiento es disciplina o en el silencio para captar lo que no es de la mente, entonces aquello que se experimenta es la proyección del pasado. En la alerta percepción de este proceso total hay un silencio que no es del experimentador. Sólo en este silencio surge la comprensión.
El sueño.
La conciencia que conocemos es del tiempo, es un proceso de registro y almacenamiento de la experiencia en sus diferentes niveles. Todo lo que se produce dentro de esta conciencia es su propia proyección; tiene su propia calidad, y es mensurable Durante el sueño, o bien esta conciencia se fortalece, o se produce algo enteramente diferente. Para la mayoría de nosotros, el sueño vigoriza la experiencia, es un proceso de registrar y almacenar en el cual hay expansión pero no-renovación. La expansibilidad da una sensación de orgullo, de realización inclusiva, de haber comprendido, etc.; pero nada de esto es renovación creadora. Este proceso de devenir debe finalizar por completo, no como medio para ulterior experiencia, sino como fin en sí mismo.
Durante el sueño, y a menudo durante las horas de vigilia, cuando el devenir ha cesado completamente, cuando el efecto de una causa ha llegado a su fin, entonces surge aquello que está más allá del tiempo, más allá de la medida de causa y efecto.
Durante el sueño, y a menudo durante las horas de vigilia, cuando el devenir ha cesado completamente, cuando el efecto de una causa ha llegado a su fin, entonces surge aquello que está más allá del tiempo, más allá de la medida de causa y efecto.
El amor y la convivencia.
Pero incluso el amor del corazón tiene sus propias trampas; porque tenemos el corazón tan corrompido que él es vacilante y confuso. Es esto que hace la vida tan penosa y fastidiosa. Por momentos creemos tener amor, y poco después lo hemos perdido. Nos viene una imponderable fuerza —no de la mente—, cuyas fuentes no pueden ser sondeadas. Esta fuerza de nuevo es destruida por la mente; porque en esta batalla la mente parece salir invariablemente victoriosa. Este conflicto interno no puede ser resuelto por la astuta mente o por el indeciso corazón. No hay ningún medio, ningún camino para poner término a este conflicto. La misma búsqueda de un medio es otra argucia de la mente para ser la dueña, para orillar el conflicto a fin de estar tranquila, de tener amor, de llegar a ser algo.
Nuestra mayor dificultad es darnos cuenta amplia y profundamente de que no hay ningún medio para amar, como fin deseado por la mente. Cuando comprendemos esto real y profundamente, entonces hay una posibilidad de recibir algo que no es de este mundo. Sin cl contacto de ese algo, hagamos lo que queramos, no puede haber felicidad duradera en la convivencia. Si habéis recibido esta bendición y yo no, naturalmente vosotros y yo estaremos en conflicto. Podréis no estar vosotros en conflicto, pero yo lo estaré; y en mi angustia y tristeza me aislaré. El dolor es tan exclusivo como el placer, y hasta que exista ese amor que no es de nuestra creación, la convivencia será penosa. Si existe la bendición de ese amor, no podréis sino amarme sea yo quien fuere, porque entonces no ajustáis el amor de acuerdo a mi porte. Por más engaños que la mente pueda poner en juego, vosotros y yo estamos separados; aunque podamos estar en contacto en ciertos puntos, la integración no está con vosotros, sino dentro de mí mismo Esta integración no es producida por la mente en ningún momento surge sólo cuando la mente está por completo silenciosa, cuando ha alcanzado el fin de su propia limitación. Solamente entonces no hay dolor en la convivencia.
Nuestra mayor dificultad es darnos cuenta amplia y profundamente de que no hay ningún medio para amar, como fin deseado por la mente. Cuando comprendemos esto real y profundamente, entonces hay una posibilidad de recibir algo que no es de este mundo. Sin cl contacto de ese algo, hagamos lo que queramos, no puede haber felicidad duradera en la convivencia. Si habéis recibido esta bendición y yo no, naturalmente vosotros y yo estaremos en conflicto. Podréis no estar vosotros en conflicto, pero yo lo estaré; y en mi angustia y tristeza me aislaré. El dolor es tan exclusivo como el placer, y hasta que exista ese amor que no es de nuestra creación, la convivencia será penosa. Si existe la bendición de ese amor, no podréis sino amarme sea yo quien fuere, porque entonces no ajustáis el amor de acuerdo a mi porte. Por más engaños que la mente pueda poner en juego, vosotros y yo estamos separados; aunque podamos estar en contacto en ciertos puntos, la integración no está con vosotros, sino dentro de mí mismo Esta integración no es producida por la mente en ningún momento surge sólo cuando la mente está por completo silenciosa, cuando ha alcanzado el fin de su propia limitación. Solamente entonces no hay dolor en la convivencia.
Lo conocido y lo desconocido.
La mente puede estar silenciosa sólo cuando no está experimentando, es decir, cuando no está definiendo o nombrando, registrando o acumulando en la memoria. Este nombrar y registrar es un proceso constante de las diferentes capas de la conciencia, no meramente de la mente superficial. Pero cuando la mente superficial está quieta, la mente más profunda puede presentar sus intimaciones. Cuando la totalidad de la conciencia está silenciosa y tranquila, libre de todo devenir, lo cual es espontaneidad, únicamente entonces surge lo inconmensurable. El deseo de conservar esta libertad de continuidad a la memoria del que deviene, lo cual es un obstáculo para la realidad. La realidad no tiene continuidad; es de instante en instante, siempre nueva, siempre fresca. Lo que tiene continuidad jamás puede ser creativo.
La mente superficial es sólo un instrumento de comunicación, no puede medir lo que es inconmensurable. La realidad no es cosa de la que se pueda hablar; y cuando se la expresa, no es ya la realidad.
La mente superficial es sólo un instrumento de comunicación, no puede medir lo que es inconmensurable. La realidad no es cosa de la que se pueda hablar; y cuando se la expresa, no es ya la realidad.
La búsqueda de la verdad.
La misma idea de que el conocimiento propio es difícil de alcanzar es un obstáculo para el conocimiento propio. Si puedo sugerirlo, no suponga que será difícil, o que tomará tiempo; no prejuzgue lo que es y lo que no es. Empiece. El conocimiento propio debe ser descubierto en la acción de la convivencia; y toda acción es convivencia. El conocimiento propio no se alcanza aislándose retirándose; la negación de la convivencia es la muerte. La muerte es la resistencia final. La resistencia, que es supresión, sustitución o sublimación, en cualquier forma, es un obstáculo para la fluencia del conocimiento propio; pero la resistencia debe ser descubierta en la convivencia, en la acción La resistencia, tanto negativa como positiva, con sus comparaciones y justificaciones, sus condenaciones e identificaciones, es la negación de lo que es. Lo que es, es lo implícito; y la alerta percepción de lo implícito, sin ninguna elección, es su revelación. Esta revelación es el comienzo de la sabiduría. La sabiduría es esencial para que advenga lo desconocido, lo inagotable.
La sensibilidad.
La actividad tiene un pasado y un futuro, pero la acción no los tiene. La acción está siempre en el presente, y es por lo tanto inmediata. La reforma es actividad, no-acción, y lo que es reformando necesita nueva reforma. La reforma es inacción, una actividad nacida como opuesto. La acción es de instante en instante, y, cosa extraordinaria, no tiene contradicción inherente; pero la actividad, aunque pueda aparecer sin defecto, está llena de contradicción. La actividad de la revolución está llena de contradicciones y por eso jamás puede liberar. El conflicto, la elección, jamás puede ser un factor de liberación. Si hay elección, hay actividad y no-acción; porque la elección está basada en la idea. La mente puede hallarse a gusto en la actividad, pero no puede accionar. La acción brota de una fuente muy diferente.
La luna apareció sobre la aldea, proyectando sombras sobre el jardín.
La luna apareció sobre la aldea, proyectando sombras sobre el jardín.
El individuo y la sociedad.
El hombre inteligente creará una buena sociedad; pero un buen ciudadano no dará lugar a una sociedad en la que el hombre pueda ser de suprema inteligencia. El conflicto entre el ciudadano y el hombre es inevitable si predomina el ciudadano; y toda sociedad que deliberadamente menosprecia al hombre está sentenciada. Sólo cuando se comprende el proceso psicológico del hombre, hay reconciliación entre el ciudadano y el hombre. Al Estado, a la sociedad presente, no le interesa el hombre interior, sino sólo el hombre exterior, el ciudadano. Podrá negar al hombre interior, pero éste vencerá siempre al hombre exterior, destruyendo los planes astutamente trazados para el ciudadano. El Estado sacrifica el presente por el futuro, siempre en salvaguardia de su propio futuro; considera que lo importante es el futuro, no el presente. Pero para el hombre inteligente, es de la mayor importancia el presente, el ahora, y no el mañana. Lo que es sólo puede ser comprendido con la desaparición del mañana. La comprensión de lo que es produce transformación en el inmediato presente. Es esta transformación que tiene suprema importancia, y no cómo reconciliar al ciudadano con el hombre. Cuando esta transformación tiene lugar, cesa el conflicto entre el hombre y el ciudadano.
El " Yo "
Cuanto mayor es la ostentación exterior, tanto mayor es la pobreza interior; pero la liberación de esta pobreza no es el taparrabo. La causa de este vacío interior es el deseo de devenir, y, hagáis lo que hiciereis, este vacío jamás podrá ser llenado. Podéis escapar de él en forma burda, o con refinamiento; pero él os seguirá como vuestra sombra. Tal vez no queráis mirar dentro de esta vaciedad, pero no obstante estará allí. Los atavíos y las renunciaciones que el “yo” asume jamás podrán ocultar esta pobreza interior. Con sus actividades, internas y externas, el “yo” trata de enriquecerse, llamando a eso experiencia o dándole cualquier otro nombre de acuerdo con su conveniencia y su satisfacción. El “yo” nunca puede ser anónimo; podrá llevar un ropaje nuevo, tomar un nombre diferente, pero su verdadera sustancia es la identidad. Este proceso de identificación impide la percepción de su propia naturaleza. El proceso acumulativo de la identificación estructura el “yo”, positiva o negativamente; y su actividad es siempre autoencerradora, por amplio que sea el encierro. Cada esfuerzo del yo para ser o para no ser es un movimiento que lo aleja de o que es. Fuera de su nombre, de sus atributos, idiosincrasias, posesiones, ¿qué es el “yo”? ¿Existe el “yo”, el ego, cuando se eliminan sus cualidades? Es este temor de no ser nada que impide al yo a la actividad; pero él es nada, es una vacuidad.
Si somos capaces de afrontar ese vacío, de estar con esa dolorosa soledad, entonces el temor desaparece totalmente y tiene lugar una transformación fundamental. Para que esto ocurra, debe darse la vivencia de esa nada —lo cual es imposible si hay un experimentador. Si deseamos vivenciar ese vacío para superar o, para trascenderlo, entonces no hay vivencia; porque entonces el “yo” como identidad continúa. Si el experimentador tiene una experiencia, ya no existe el estado de vivencia. Es la vivencia de lo que es sin denominarlo, lo que trae la liberación de lo que es.
Si somos capaces de afrontar ese vacío, de estar con esa dolorosa soledad, entonces el temor desaparece totalmente y tiene lugar una transformación fundamental. Para que esto ocurra, debe darse la vivencia de esa nada —lo cual es imposible si hay un experimentador. Si deseamos vivenciar ese vacío para superar o, para trascenderlo, entonces no hay vivencia; porque entonces el “yo” como identidad continúa. Si el experimentador tiene una experiencia, ya no existe el estado de vivencia. Es la vivencia de lo que es sin denominarlo, lo que trae la liberación de lo que es.
La creencia.
Adoptamos una creencia como un medio de acción. La creencia nos da esa fuerza peculiar que proviene de la exclusión; y como la mayoría de nosotros está empeñada en hacer, la creencia se convierte en una necesidad. Sentimos que no podemos actuar sin una creencia, porque ella nos proporciona un objetivo para vivir y trabajar. Para la mayoría de nosotros, la vida no tiene otro significado que el que le da la creencia; la creencia tiene más importancia que la vida. Pensamos que la vida debe ajustarse a la norma de la creencia; porque sin norma de ninguna clase, ¿cómo puede haber acción? Por lo tanto nuestra acción está basada en la idea, o es el resultado de una idea; y la acción, entonces, no es tan importante como la idea.
¿Pueden jamás las cosas de la mente, por brillantes y sutiles que sean, traer la plenitud de la acción, una transformación radical en nuestro ser y por ende en el orden social? ¿Puede la idea conducir a la acción? La idea puede por cierto originar una serie de acciones, pero eso es mera actividad; y la actividad es totalmente diferente de la acción. Es en esta actividad que uno está atrapado; y cuando por una u otra razón la actividad cesa, entonces nos sentimos perdidos y la vida se torna sin sentido, vacía. Consciente o inconscientemente nos damos cuenta de este vacío y por eso la idea y la actividad adquieren una importancia total. Llenamos este vacío con la creencia, y la actividad se convierte en una embriagadora necesidad. Por causa de esta actividad, es que decidiremos renunciar, que nos someteremos a cualquier incomodidad, a cualquier ilusión,
La actividad de la creencia lleva a la confusión y a la destrucción; podrá a primera vista parecer ordenada y constructiva, pero en su secuencia hay conflicto y miseria. Cualquier clase de creencia, sea religiosa o política, impide la comprensión de la convivencia, y no puede haber acción sin esta comprensión.
¿Pueden jamás las cosas de la mente, por brillantes y sutiles que sean, traer la plenitud de la acción, una transformación radical en nuestro ser y por ende en el orden social? ¿Puede la idea conducir a la acción? La idea puede por cierto originar una serie de acciones, pero eso es mera actividad; y la actividad es totalmente diferente de la acción. Es en esta actividad que uno está atrapado; y cuando por una u otra razón la actividad cesa, entonces nos sentimos perdidos y la vida se torna sin sentido, vacía. Consciente o inconscientemente nos damos cuenta de este vacío y por eso la idea y la actividad adquieren una importancia total. Llenamos este vacío con la creencia, y la actividad se convierte en una embriagadora necesidad. Por causa de esta actividad, es que decidiremos renunciar, que nos someteremos a cualquier incomodidad, a cualquier ilusión,
La actividad de la creencia lleva a la confusión y a la destrucción; podrá a primera vista parecer ordenada y constructiva, pero en su secuencia hay conflicto y miseria. Cualquier clase de creencia, sea religiosa o política, impide la comprensión de la convivencia, y no puede haber acción sin esta comprensión.
El silencio.
El coche se detuvo delante de la casa. Los ladridos del perro la descarga del vehículo y el general alboroto, en modo alguno afectaron este extraordinario silencio. No había ninguna perturbación y la tranquilidad seguía. El viento soplaba entre los pinos, las sombras eran largas, y un gato montés se deslizó entre los matorrales. En este silencio había movimiento, y el movimiento no era una distracción. La atención no estaba fija en nada que la pudiera distraer. Hay distracción cuando el principal interés es cambiante; pero en este silencio había ausencia de interés, y por eso no había divagación. El movimiento no estaba fuera del silencio, sino que era parte de él. Era la quietud, no de la muerte, de la decadencia, sirio de la vida con total ausencia de conflicto. A la mayoría de nosotros, el embate del dolor y el placer, el afán de actividad, nos da la sensación de vida; y si se nos quitara ese afán, estaríamos perdidos y pronto nos desintegraríamos. Pero esta quietud y su movimiento era creación en permanente renovación por sí misma. Era un movimiento que no tenía comienzos y por eso no tenía fin; ni tampoco tenía continuidad. El movimiento implica tiempo; pero aquí no había tiempo. El tiempo es lo más y lo menos, lo cercano y lo lejano, el ayer y el mañana, pero en esta quietud toda comparación cesaba. No era un silencio que terminaba para empezar otra vez; no había repetición. Las muchas tretas de la mente astuta estaban totalmente ausentes.
Si este silencio fuera una ilusión la mente tendría alguna relación con él. Ya sea rechazándolo o apegándose a él, razonándolo o identificándose con él con sutil satisfacción; mas desde que no tiene ninguna relación con este silencio, la mente no pare e aceptarlo ni rechazarlo. La mente puede actuar sólo con sus propias proyecciones, con las cosas que son de ella misma; pero no tiene ninguna relación con las cosas que no son de su propio origen Este silencio no es de la mente, y por eso la mente no puede cultivarlo ni identificarse con él. El contenido de este silencio no puede ser medido por las palabras.
Si este silencio fuera una ilusión la mente tendría alguna relación con él. Ya sea rechazándolo o apegándose a él, razonándolo o identificándose con él con sutil satisfacción; mas desde que no tiene ninguna relación con este silencio, la mente no pare e aceptarlo ni rechazarlo. La mente puede actuar sólo con sus propias proyecciones, con las cosas que son de ella misma; pero no tiene ninguna relación con las cosas que no son de su propio origen Este silencio no es de la mente, y por eso la mente no puede cultivarlo ni identificarse con él. El contenido de este silencio no puede ser medido por las palabras.