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Cuando ser ‘cheerleader’ era cosa de hombres

Info1/6/2013









Cuando ser ‘cheerleader’ era cosa de hombres








En 2010 los equipos de baloncesto del País Vasco empezaron a incorporar cheerleaders varones para animar a sus equipos, ante las protestas de los vascos por la obvia discriminación por razón de sexo a la hora de acceder al trabajo.

Curiosamente, los hombres lo tienen hoy tan crudo para convertirse en cheerleaders como las mujeres lo tuvieron durante casi un siglo: el papel de los “cheer-leaders” (“animadores líderes”) estaba reservado a los hombres hasta que las dos guerras mundiales cambiaron las tornas y llegaron las “animadoras lideresas”.






Los animadores de finales del siglo XIX y principios del XX no tenían como herramienta de trabajo el pompón sino el altavoz y su cometido era jalear a su equipo desde la banda a voces, estilo Camacho. Por tanto, esos “líderes” desde la barrera debían integrar un conocimiento del juego con un cierto ardor guerrero y elocuencia a la hora de ensalzar a sus compañeros en el campo.

Eso explica que no menos de tres presidentes de EEUU ejercieran de cheerleaders en sus respectivas universidades:
Roosevelt, Eisenhower y Ronald Reagan.
El actor James Stewart también fue cheerleader en Princenton, según recuerta The Society Pages. Princenton fue, por cierto, la primera universidad en crear la figura del cheerleader, allá por 1877.






Tuvieron que transcurrir cuatro décadas hasta que los espectadores (eminentemente masculinos, ayer como hoy) se deleitaran con la presencia de cheerleaders femeninas en los estadios de fútbol americano, baloncesto y beisbol.
El alistamiento masivo de los varones norteamericanos para luchar en la I Guerra Mundial provocó la primera supremacía femenina en el arte de la animación deportiva, supremacía que se consolidó durante la segunda contienda planetaria.






Con la vuelta de la paz y de los soldados victoriosos a territorio estadounidense, los hombres reclamaron lo que (decían) eran suyo, y algunas escuelas incluso prohibieron a las mujeres ejercer de cheerleaders, una tarea “demasiado masculina para la mujeres” , alegaban. Pero era demasiado tarde: las chicas ya se habían hecho fuertes en la banda y no estaban dispuestas a desandar el camino hacia las gradas.





Como no podía ser de otra forma, la hegemonía femenina cambió el rol de las animadoras/es, que en los años 60 pasaron progresivamente de ser miembros del equipo en la banda a canalizar los cánticos y el ánimo de la afición: “¡Give me an A, give me a L, give me an A…
De ahí a los pompones, las coreografías y las minifaldas de vértigo sólo quedó un paso: el que dieron los dueños de los equipos al darse cuenta de que muchos hombres iban al estadio más con la intención de ver a las muchachas que a los equipos contendientes.





































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