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La banca del lago


La banca del lago

La tarde era hermosa y nada que hubiera visto Rafael a sus 81 primaveras se le podía comparar. Se preguntaba cómo era que aquel atardecer podía contener tantos colores. El cielo plagado de nubes en el horizonte se teñía con una gama de rosas, naranjas, purpuras y azules. El agua del lago estaba tranquila y mientras reflejaba los mismos colores de las nubes, los transformaba al mecerse con suavidad. La brisa era tibia y se sentía como una caricia materna, como cuando su madre le aseaba el infantil rostro que mostraba a sus tiernos ocho años y se limitaba a pasar tan solo un par de veces sus cálidas manos para no despertar a su amado hijo, pero no sabía que él ya estaba despierto y tan sólo fingía por simple picardía. En verdad no recordaba ningún otro atardecer igual a ese. Se preguntaba qué era lo que estaba haciendo la diferencia y habría muerto de un infarto junto con una sonrisa en el rostro de haber sabido que todo era a causa de que Dios estaba a escasos dos metros de él, sentado en una humilde banca de madera, con una sonrisa, mirando el lago y esperando a ver, después de lo que a él le parecía una eternidad, a uno de sus hijos.
Rafael aspiró hondo y se detuvo a ver la puesta de sol. Pensó que tal vez podría sentarse en la banca junto al sujeto de pantalón de vestir, camisa beige arremangada y tirantes color pardo. Iniciar una conversación con él; tal vez charlar sobre el amor hacia los hijos, que parecía duplicarse con los nietos y que no sabía qué esperar cuando conociera a su primer bisnieto, que ya estaba en camino. Tal vez su corazón no soportaría amar tanto a un nuevo retoño, pero antes de que pudiera terminar de preparar su dialogo, se dio cuenta de que ya había un sujeto de botas gastadas, vaqueros percudidos y chaqueta de cuero sentado donde pretendía sentarse él. Rafael se encogió de hombros, metió las manos en las bolsas del pantalón y siguió contemplando el espectáculo que sólo Dios podía proveer. Comenzaba a recordar el tiempo en que su padre le enseñaba a pescar en ese mismo lago haciendo énfasis en que cualquiera que alimentara a un hombre le daría de comer por un día, pero si lo enseñaba a pescar le daría de comer toda la vida. A medio recuerdo una idea lo asaltó: No podía recordar el rostro de las dos personas sentadas en la banca. Sólo recordaba qué era lo que llevaban puesto, pero no más. Tal vez habría sido algo irrelevante para cualquier persona, pero no para Rafael, que pintaba rostros en sus ratos libres (que en ese momento eran bastantes) y que además había nacido con memoria fotográfica heredada de su tío abuelo Don Manuel. Recordaba qué llevaban puesto y que el sujeto de vaqueros gastados y chaqueta de cuero debía de ser un rompecorazones, pero nada más. Los miró de nuevo, ahí sentados, platicando en un idioma incomprensible y con la sensación de que algunas veces no movían los labios. Concentró toda su capacidad de retención en ellos y cuando creyó que tenía suficiente como para pintar un retrato en otra tarde de primavera regresó la vista al lago, pero al mirar esas tranquilas aguas violáceas, su mente, una vez más, no pudo recordar sus rostros. Una sensación de mareo y desorientación lo abordó. Trató de sentirse furioso o frustrado, pero tampoco lo consiguió. Por tercera vez miró hacia la banca y esta vez, aunque no sabía en qué lengua hablaban, pudo entender lo que decían:
 
-         Dejemoslas formalidades y vallamos al grano –Dijo con tono humilde el sujeto apuesto dela chaqueta de cuero -. ¿Por qué hoy, por qué así después de tanto tiempo?
-         Teamo, al igual que amo a todos mis hijos y aunque siempre has actuado de manerasmisteriosas, mi amor por ti no disminuirá –Dijo el “hombre” de tirantes pardoal tiempo que subía una de sus piernas en la banca para darle la espalda aRafael o hablar de una manera más íntima con el sujeto apuesto -, pero antes deque las cosas se pongan mal, debo advertirte que estás muy cerca de rebasar loslímites y tal vez todo esto se solucione ahora.
-         Yo tambiénte amo padre, pero sabes que tengo que hacerlo. No soy distinto de las personasque hay en derredor nuestro. También estoy buscando respuestas y tú no las das.¿Quién eres?... ¿Quién te creó?... ¿Para qué nos creaste a nosotros y a ellos?
-         Sólote voy a pedir que no sigas. Déjalos cumplir su ciclo. No intervengas más. Meha dolido cada ser al que has privado de su vida. Cada mundo con el que hasarrasado.
-         Yo nolos arrastro hacia mí, son ellos los que vienen. Yo no jalo de los gatillos opresiono los botones de aniquilación mundial, ellos solos lo hacen. Yo no losestoy matando, se matan entre ellos.
-         Sabesque no es así. Tus hermanos, con los que caíste, ya están actuando. Se estánmanifestando en ésta y muchas otras realidades. No voy a dejar que eso pase,aunque tenga que jugar tu juego.


 Rafael sintió que la sangre se le agolpaba en las sienes y sus ojos estuvieron a punto de salírsele de las cuencas. Había quedado claro que las dos personas sentadas a dos metros de él eran nada más y nada menos que Dios y el mismísimo diablo. Como si sus piernas tuvieran vida propia comenzaron a retroceder y fue entonces que el sujeto de la chamarra de cuero le dedicó una mirada de desprecio por encima del hombro, del que Rafael creía era Dios. Por un segundo miró esos ojos, ojos que jamás olvidaría, pues parecían dos pequeños cristales que dejaban ver en su interior y ahí sólo había fuego. Gritos, locura y mucho fuego. La cabeza del hombre de tirantes buscó interponerse entre ellos dos y cuando al fin lo logró, Rafael pudo salir corriendo de ahí. Había sentido miedo, suficiente como para manchar sus pantalones o quedarse congelado sin saber qué hacer, pero sus pies sabían con certeza qué era lo siguiente. Huir.
Les dio la espalda y salió corriendo al tiempo que escuchaba la lengua ilegible en la que hablaba Dios al diablo. No miró atrás en ningún momento. Cuando llegó a la esquina ya estaba sin aliento y encontró la puerta del local de Laura abierto. Lo llenó de alivio ver a un gran grupo de personas comiendo en el lugar. Se sentó en una mesa para dos y esperó a que Laura lo atendiera, como era su costumbre.
-          ¡Don Rafa! –Dijo Laura algo asustada –. ¿Está usted bien? Está muy pálido y agitado.
-          Niña… -Pensó en lo siguiente que diría y se vio en un asilo por el resto de sus miserables años -.No te preocupes, sólo trae un bolillo y un vaso con agua.
Rafael no le dijo nada a nadie, por lo menos antes que a mí; su primer bisnieto. La historia es sorprendente y cuando me la contó yo tenía apenas 12 años, pero la recuerdo con claridad y la acepté como una verdad. Sobre todo por la manera en la que su mirada se perdía al describir los ojos del diablo. No sé por qué me lo dijo a mí, pero tal vez tenga que ver con su segundo y último encuentro con lo sobrenatural.

Dijo que tiempo después. Una noche, mientras dormía, una luz penetró en su habitación. Era como si un botón hubiera encendido el sol. Se levantó de la cama y miró por la ventana. La luz era intensa, pero no lastimaba los ojos y todo estaba perfectamente iluminado. Cuando regresó la vista al cuarto ya había alguien de pie junto a la puerta. No era el hombre de tirantes color pardo y con alivio vio que tampoco era el sujeto de botas, vaqueros y chaqueta de cuero. No me contó con exactitud qué fue lo que le dijo, pero se presentó como un mensajero del señor. Le reveló que la conversación que presenció aquél día en el lago no fue casualidad. Al parecer sí tenía un gran propósito en el plan del creador, pero sea cual sea dicho propósito, hasta hoy sólo ha sido contarme la historia a mí. Hoy mi Bisabuelo, Rafael, cumple 10 años de muerto y cada que paso por esa vieja banca de madera frente al lago, pienso que es un privilegio sentarme donde mi padre eterno y su antagonista tuvieron una épica conversación. Aún lo recuerdo cada detalle de la historia que me contó. Al parecer heredé de él la memoria fotográfica. Puedo recordar la sonrisa que se le dibujaba al pensar en un Dios que ama hasta al más brabucón de sus hijos, pero también recuerdo el pánico con el que describía esos ojos de cristal que mostraban llamas ardiendo en el interior del diablo, pero en realidad, lo que me preocupa a mí, es eso último que dijo el creador antes de que Rafael comenzara su escape, esa sentencia amarga “aunque tenga que jugar tu juego”. Me agrada pensar que se refería a enviar a sus ángeles a la tierra para encaminar a personas a la gloria eterna, pero también pienso que tal vez sea otra cosa; tal vez sea como comenzar a jugar sucio, igual que el otro. En ese caso ¿Qué nos espera, a la humanidad, cuando dos entidades superiores mantienen una lucha de egos?
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