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Confesiones de un sicario economico -pagina 158-181

Info1/14/2013

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burocracias gubernamentales, podrían servir para instituir cambios fundamentales en el mundo.
Ellas tienen las redes de comunicaciones y los sistemas de transporte necesarios
para acabarcon el hambre, la enfermedad e incluso las guerras... si fuese posible
convencerlas paraque tomaran ese rumbo.

El imperio global, por otra parte, es la ruina de la República. Es un sistema
egocéntrico, egoísta, codicioso y materialista, basado en el mercantilismo.
Como todoslos imperios anteriores, sólo abre los brazos para acumular recursos,
para apoderarsede todo y llenar sus insaciables tripas. Y sus dirigentes recurrirán
siempre a todos losmedios que consideren útiles para hacerse cada vez
más ricos y poderosos.

Conforme iba entendiendo esta distinción también veía más claro mi papel.
Claudine me lo había advertido. Me había anunciado con toda sinceridad lo que se
me exigiría si aceptaba el trabajo que me ofrecía MAIN. Pero hacía falta la
experiencia detrabajar en países como Indonesia, Panamá, Irán y Colombia para una
comprensión profunda de lo que eso significaba. Y también hacía falta la paciencia,
el amor y losantecedentes de una mujer como Paula.

Yo era leal a la república norteamericana, pero lo que estábamos perpetrando através
de esa nueva y muy sutil forma de imperialismo era, en lo financiero, larepetición
de lo que habíamos intentado en Vietnam por lo militar. Sin embargo,
el Sudeste asiático nos había enseñado que los ejércitos tienen sus limitaciones.
Los economistas reaccionaron ideando un plan mejor. Y las agencias internacionales
de ayuda, así como los contratistas privados al servicio de ellas (o mejor dicho,
que se beneficiaban de los servicios de ellas), habían aprendido a ejecutar ese
plan con graneficacia.

En los países de todos los continentes yo veía cómo los hombres y mujeres que
trabajaban para las empresas estadounidenses, aunque no formasen parte oficialmente
de las redes del gangsterismo económico, participaban en algo mucho más pernicioso
que lo denunciado por las teorías conspirativas al uso. Como la mayoría de los
técnicos de MAIN, estos trabajadores estaban ciegos a las consecuencias de sus
acciones, convencidos de que los talleres y fábricas piratas que producían zapatos y
repuestos de automóvil para sus compañías contribuían a redimir de su pobreza a los
pobres, sin darse cuenta de que los empujaban hacia una esclavitud muy parecida a la
de los feudos medievales y las plantaciones sureñas. Y al igual que en esas
manifestaciones primitivas de la explotación, los modernos siervos o esclavos eran
inducidos a creer que habían mejorado su suerte, en comparación con los infelices
marginales que habitaban las regiones míseras de Europa, las selvas de África o el
Oeste salvaje norteamericano.

Mientras tanto, la batalla interior que yo libraba a cerca de si debía continuar en
MAIN o abandonarla se había convertido en una guerra

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abierta. Sin duda mi conciencia me incitaba a salir, pero aquel otro lado de mi
personalidad, o lo que me gustaba llamar la máscara formada en la escuela de
administración empresarial, no estaba tan seguro. Yo también tenía un imperio en
expansión y sumaba empleados, países y títulos bursátiles a mis diversas carteras y a
mi amor propio. Aparte de las seducciones del dinero y del tren de vida lujoso,
estaba la adrenalina, el erotismo del poder. Con frecuencia recordaba la advertencia
de Claudine: cuando se entraba en eso, era para toda la vida. Paula, naturalmente,
desdeñaba esa sentencia:

— ¡Qué sabrá ella!
Señalé cómo Claudine había acertado en muchas cosas.
— De eso hace mucho tiempo. Las vidas cambian. Y por otra parte, ¿enqué consiste la
diferencia? Estás descontento contigo mismo. ¿Puedehaber algo peor, venga
de Claudine o de quien venga?
Paula volvió muchas veces sobre el asunto y al fin tuve que darle la razón. Le
confesé a ella y me confesé a mí mismo que el dinero, la aventura y el brillo ya no
justificaban la zozobra, los remordimientos y el estrés. Como socio principal de MAIN
me estaba haciendo rico y sabía que, si tardaba mucho en decidirme, quedaría
atrapado definitivamente.

Cierto día mientras paseábamos por la playa cerca del viejo fuerte español de
Cartagena, plaza atacada infinidad de veces por los piratas de otros tiempos,
Paula me propuso un planteamiento que a mí no se me había ocurrido.

— ¿Y si nunca dices nada de lo que sabes? —preguntó.
—¿Quieres decir... que me calle?
—Exacto. No darles una excusa para ir por ti. O mejor dicho, darles buenos
motivos para que te dejen en paz, para no remover las aguas.

Era bastante sensato y me extrañó que no se me hubiese ocurrido. Renunciaría a
escribir libros, a contar la verdad de lo que estaba viendo. No emprendería
ninguna cruzada, sino que me dedicaría a mi vida privada, a pasarlo bien, a
viajar sólo por placer. Y tal vez incluso a formar una familia con una persona
como Paula. Estabaharto. Simplemente quería dejarlo todo.

—Todo lo que te enseñó Claudine es un engaño —continuó Paula—.
Tu vida esuna gran mentira.

Sonrió, condescendiente, y agregó:

—¿Has leído tu propio curriculum últimamente?

Confesé que no.

—Hazlo —me aconsejó ella—. El otro día leí la versión en español. Si el texto inglés

dice lo mismo, creo que te parecerá muy interesante.

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Un curriculum engañoso

mientras me hallaba en Colombia llegó la noticia de la jubilación de Jake Dauber
como director general de MAIN. Según estaba previsto, el presidente y consejero
delegado, Mac Hall, nombró sucesor a Bruno. Las líneas telefónicas entre Boston y
Barranquilla echaban humo. Todo el mundo pronosticaba que yo también sería
ascendido en breve. AI fin y al cabo, era uno de los pupilos de más confianza de Bruno.

Estos cambios y rumores me incentivaron a reconsiderar mi propia posición.
Estando todavía en Colombia seguí el consejo de Paula y leí la versión en español de mi
curriculum. Quedé atónito. De regreso a Boston, busqué el original en inglés así como
el ejemplar de Mainlines, el boletín interno de la compañía, fechado en noviembre de
1978, que incluía un artículo sobre mí bajo el título «Especialistas ofrecen nuevos
servicios a la clientela de MAIN» (ver páginas 163 y 164).

En otros tiempos yo estaba muy orgulloso de aquel curriculum y aquel artículo. En
cambio ahora, al leerlo a través de los ojos de Paula, sentí crecer en mí la cólera y el
abatimiento. El contenido de aquellos documentos no era más que una serie de
engaños deliberados. Y traslucían un significado más profundo, una realidad que es
reflejo de nuestra época y da de lleno en el corazón de nuestra actual marcha hacia un
imperio global. Eran la condensación de una estrategia calculada para ofrecer
apariencias ocultando los hechos subyacentes. De un modo extraño simbolizaban la
historia de mi vida, una superficie artificial recubierta por una brillante capa de barniz.

Por supuesto no me servía de consuelo saber que buena parte de la responsabilidad
de lo que decía mi curriculum era mía. Según las normas de régimen interior, se nos
requería que tuviéramos al corriente un curriculum breve así como un fichero con la
información de apoyo necesaria acerca de los clientes atendidos y el tipo de trabajo
realizado. De esta manera, si alguien de marketing o un director de proyecto tenía
necesidad de incluirme en una propuesta, o de utilizar mis credenciales para cualquier
otra finalidad, no tenía más que decorar esos datos

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elementales de modo que favoreciesen sus particulares intenciones.

Por ejemplo, podía interesarle destacar mi experiencia en Oriente Próximo o
defendiendo nuestros proyectos ante el Banco Mundial y otros foros internacionales.
Siempre que se hacía esto, en teoría el interesado debía solicitar mi aprobación antes
de publicar el curriculum revisado. Pero como los empleados de MAIN viajábamos
mucho, con frecuencia se consentían excepciones a esta regla. Por esta razón, tanto el
curriculum que Paula me aconsejó leer como su original en inglés eran del todo
nuevos para mí, si bien la información ciertamente figuraba en mi ficha personal.

A simple vista parecía un curriculum bastante inocente. En el apartado de
«Experiencia» mencionaba los proyectos de qué había sido responsable en Estados
Unidos, Asia, Latinoamérica y Oriente Próximo, y resumía la naturaleza de éstos:
planificación de desarrollos, proyecciones económicas, previsiones de la demanda
energética, etc. Esta parte concluía con una descripción de mi trabajo con el Peace
Corps en Ecuador, pero omitiendo toda referencia al Peace Corps mismo, lo que daba
la impresión de que yo había sido el gerente profesional de un fabricante de materiales
para la construcción, no un voluntario que colaboraba en una pequeña cooperativa de
fabricación artesanal de ladrillos, compuesta por campesinos andinos analfabetos.

Al final citaba una larga lista de clientes, desde el Banco Internacional para la
Reconstrucción y el Desarrollo (nombre oficial del Banco Mundial) y el Asian
Development Bank, pasando por el go bierno de Kuwait, el Ministerio iraní de
energía, la Arabian-American Oil Company de Arabia Saudí y el Instituto de Recursos
Hidráulicos y Electrificación, hasta la Perusahaan Umum Listrik Negara y otros
muchos. Me asombró que una lista así hubiese llegado a hacerse pública, aunque
obviamente formaba parte de mi ficha.

Dejando momentáneamente a un lado el curriculum, centré mi atención en el
artículo de Mainlines. Recordé con claridad mi diálogo con la entrevistadora, una joven
de mucho talento y buenas intenciones. Antes de publicarlo tuvo el detalle de someterlo
a mi aprobación. Agradecí mucho que hubiese pintado un retrato tan favorecedor de
mi persona, y lo autoricé sin demora. Una vez más la responsabilidad no recaía en otros
hombros sino en los míos. El artículo comenzaba:

Al observar las caras de los que se sientan detrás de los escritorios, es fácil
adivinar que Estudios Económicos y Planificación Regional es una de las
disciplinas más recientes y de más rápido crecimiento de MAIN [...]

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Aunque fueron varias las influencias que impulsaron la creación del grupo de
estudios económicos, básicamente su realización se debe al esfuerzo de un solo
hombre, John Perkins, en la actualidad jefe del grupo.

Contratado en enero de 1971 como ayudante del jefe de previsión de cargas,
John fue uno de los primeros economistas que figuraron en la nómina de MAIN.
En su primera misión formó parte del equipo de once hombres enviado a realizar
un estudio de la demanda eléctrica en Indonesia.

El artículo resumía mi historial en pocas palabras, mencionaba que había «pasado
tres años en Ecuador» y luego seguía diciendo:

Por aquel entonces John Perkins conoció a Einar Greve (un ex empleado de la
compañía) [la dejó más tarde para asumir la presidencia de Tucson Gas & Electric
Company] que se hallaba en la ciudad ecuatoriana de Paute ocupado en un
proyecto hidroeléctrico para MAIN. Ambos trabaron amistad y después de un
intercambio de correspondencia se le ofreció a John un cargo en MAIN.

Alrededor de un año más tarde John fue nombrado jefe de previsión de carga
y, conforme aumentaban las demandas de los clientes y de instituciones como el
Banco Mundial, comprendió que hacían falta más economistas en la compañía.

Nada de lo que decían ambos documentos era mentira flagrante: todo estaba
documentado en los archivos y en mi ficha. Pero transmitían una percepción que, al
releerlos, me pareció tendenciosa y maquillada. En una cultura que practica la idolatría
de los documentos oficiales, estos perpetraban además algo todavía más siniestro. Una
mentira flagrante puede ser refutada. Pero los documentos de ese tipo eran irrebatibles
porque se basaban en retazos de verdad, no engañaban abiertamente, y la fuente era una
corporación que había merecido la confianza de otras corporaciones, de los bancos
internacionales y de las autoridades de varios países.

Esto resultaba todavía más cierto en el caso del curriculum, que era un documento
oficial, a diferencia de la entrevista, cuyo contenido sólo comprometía a la firmante
del artículo. El logotipo de MAIN, puesto al pie del curriculum y en las cubiertas de
todas las propuestas y dictámenes que dicho curriculum venía a ad Omar, tenía un
peso considerable en el mundo de los organismos internacionales. Era como un
marchamo de autenticidad destinado a inspirar el mismo grado de confianza que los

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sellos oficiales de los diplomas y certificados que vemos encuadrados en los
consultorios de los médicos y de los abogados.

Aquellos documentos me retrataban como a un economista muy competente, jefe
de departamento en una consultoría prestigiosa, y que viajaba por todo el mundo para
realizar una amplia gama de estudios gracias a los cuales el planeta se convertiría en
un lugar más civilizado y próspero. El engaño no estaba en lo que decían, sino en lo
que callaban. Mirado desde fuera, es decir, objetivamente, me era forzoso confesar que
tales omisiones planteaban muchas interrogantes.

No se mencionaba, por ejemplo, mi reclutamiento por la NSA ni la vinculación de
Einar Greve con los militares ni su función de enlace con la NSA. Como es evidente,
tampoco mencionaban las tremendas presiones a que yo estaba sometido para que
inflase las predicciones económicas, ni que la mayor parte de mi trabajo servía para
facilitar la concesión de créditos enormes que países como Indonesia y Panamá jamás
podrían devolver. No se incluía ningún elogio a la integridad de mi predecesor,
Howard Parker. Tampoco, evidentemente, ninguna mención al hecho de que fui jefe
de previsión de carga gracias a mi disposición para suministrar los estudios
tendenciosos que necesitaban mis jefes, en vez de decir lo que creyese verdadero,
como Howard, y hacerme despedir. Pero lo más sorprendente era la última anotación
en la lista de mis clientes: U. S. Treasury Department, Kingdom of Saudi Arabia.

Una y otra vez releía esa línea misteriosa. Me preguntaba cómo lo interpretaría la
gente. Habría quien se interrogaría por la relación entre el Departamento del Tesoro
estadounidense y el reino de Arabia Saudí. Otros supondrían una errata tipográfica:
dos líneas diferentes, confundidas en una por la omisión de un punto y aparte. Pocos
lectores acertarían con la verdad: que figuraba escrito así por una razón concreta. En el
mundo en donde yo me movía, los que formaban parte de este círculo entenderían que
yo había participado en el equipo que gestionó el tratado del siglo, el tratado que
cambió el rumbo de la historia pero que nunca asomó a las páginas de los periódicos.
Yo había ayudado a crear el acuerdo que garantizó la continuidad de los suministros
de petróleo para Estados Unidos, salvaguardó la dominación de la casa de Saud y.
contribuyó a la financiación de Osama bin Laden y a la protección de delincuentes
internacionales como ldi Amin en Uganda. Aquella línea de mi curriculum estaba
escrita para los enterados. Decía que el economista jefe de MAIN era un hombre que
hacía honor a los encargos recibidos.

El último párrafo del artículo publicado por Mainlines era una observación

personal de la autora y ponía el dedo en la llaga:

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Aunque la expansión de Estudios Económicos y Planificación Regional ha sido
rápida, John considera que ha tenido mucha suerte, en el sentido de que todos los
individuos contratados se han revelado como auténticos y laboriosos profesionales.
Mientras hablaba conmigo, sentados alrededor de su escritorio, el interés y el apoyo
que le merece su personal fueron tan evidentes como admirables.

En realidad yo nunca me he considerado un verdadero economista. Me licencié en
administración de empresas, con la especialidad de marketing, por la Universidad de
Boston. Siempre he sido muy malo en matemáticas y estadística. En el Middlebury
College mi especialidad fue la literatura norteamericana. Tenía buena pluma. Por
tanto, mi categoría de economista jefe y director del departamento de estudios
económicos y planificación regional no debía atribuirse a mi capacidad para la teoría
económica o la planificación. Era función de mi voluntad de suministrar el tipo de
dictamen y de conclusiones que mi jefe y mis clientes deseaban, todo ello combinado
con una facilidad natural para persuadir a otros mediante la palabra escrita. En
segundo lugar, tuve el acierto de elegir colaboradores muy competentes. Muchos de
ellos poseían un máster y había dos doctorados. Este equipo conocía mucho mejor que
yo mismo los detalles técnicos de nuestra actividad. Así, no era de extrañar que la
autora del artículo detectase que «el interés y el apoyo que le merece su personal»
eran «tan evidentes como admirables».

Guardé estos dos documentos y otros parecidos en el cajón superior de mi escritorio
y los releí con frecuencia. Después de esto, muchas veces salía de mi despacho y
paseaba entre los escritorios de mis ayudantes, contemplando a aquellos hombres y
mujeres que trabajaban para mí. Sentía remordimiento por lo que estaba haciéndoles,
y por la manera en que todos nosotros contribuíamos a ensanchar el abismo entre ricos
y pobres. Mi imaginación me representaba a los que mueren de inanición todos los
días, mientras mis colaboradores y yo dormíamos en hoteles de cinco estrellas,
comíamos en los mejores restaurantes y engordábamos nuestras carteras de
inversiones.

Pensé en el hecho de que personas a las que yo había formado hubieran pasado a
formar parte del gangsterismo económico. Yo las había reclutado e instruido. Pero la
situación no era la misma que cuando yo me incorporé. El mundo había cambiado y la
corporatocracia había progresado. Éramos mejores, es decir, más perniciosos. Los que
estaban a mis órdenes eran de otra especie. Para ellos no hubo detectores de

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mentiras de la NSA, ni ninguna Claudine. Nadie les explicó lo que se iba a exigir de
ellos, ni cuál iba a ser su parte en la misión del imperio global. Ellos nunca oyeron el
término «gangsterismo económico» ni las siglas EHM ni les advirtió nadie que
estaban en ello para toda la vida. Ellos simplemente se fijaron en mi ejemplo y en mi
sistema de castigos y recompensas. Sabían que estaban allí para entregar el tipo de
dictámenes y de resultados que yo exigía. Sus salarios, sus pagas extras de Navidad y
hasta sus mismos puestos de trabajo dependían de mi beneplácito.

Por supuesto, yo hice todo lo posible para aliviarles la carga. Escribí artículos,
pronuncié conferencias y aproveché todas las oportunidades para persuadirlos de la
importancia de las previsiones optimistas, de los grandes créditos, de las inyecciones
de capital que acelerarían el crecimiento del PIB y harían del mundo un lugar mejor.
Se necesitaron menos de diez años para llegar a este punto en que la seducción y la
coerción revestían una forma mucho más sutil: la de una especie de amable lavado de
cerebro. Aquellos hombres y mujeres sentados en la oficina contigua a mi despacho
con vistas a la bostoniana Back Bay saldrían al mundo para fomentar la causa del
imperio global. En todos los sentidos, eran creaciones mías, igual que yo lo era de
Claudine. Pero había una diferencia. A ellos se les mantenía en la candidez.

Pasé muchas noches en blanco pensando, cavilando sobre estas cosas. La alusión de
Paula a mi curriculum había abierto la caja de Pandora. Con frecuencia envidiaba la
ingenuidad de mis empleados. Yo los engañaba intencionadamente, pero al hacerlo les
ahorraba problemas de conciencia. Ellos no tenían que luchar con las cuestiones
morales que me atormentaban a mí.

También reflexionaba mucho sobre la noción de la integridad en los negocios,
sobre la contradicción entre las apariencias y la realidad. Es verdad, me decía, que
desde que hay historia los humanos se han engañado los unos a los otros. La leyenda y
la tradición popular abundan en cuentos de verdades tergiversadas y de contratos
fraudulentos: mercaderes de alfombras embusteros, prestamistas usureros y sastres
dispuestos a convencer al emperador de que sus ropas sólo son invisibles para él
mismo.

No obstante, por mucho que yo desease llegar a la conclusión de que todo seguía
igual que siempre y que tanto la fachada de mi curriculum en MAIN así como la
verdad que escondía eran meros reflejos de la naturaleza humana, en el fondo de mi
corazón sabía que no era así. Las cosas habían cambiado. Empezaba a comprender
que habíamos alcanzado un plano superior del engaño, uno que nos llevaría a la

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destrucción —no sólo moral, sino también física, en tanto que cultura—, a menos que
realicemos sin demora cambios significativos.

El ejemplo de la delincuencia organizada me parecía ofrecer una metáfora. Los
jefes de la mafia con frecuencia empiezan haciendo de matones callejeros. Pero, con
el tiempo, los que consiguen escalar las posiciones más altas cambian de aspecto.
Adoptan la costumbre de vestir impecables trajes a medida, regentan empresas legales
y se rodean de todos los atributos de la buena sociedad. Contribuyen a las
organizaciones benéficas y son miembros respetados de sus comunidades. No tienen
inconveniente en prestar dinero a las personas en apuros. Como el John Perkins
descrito en el curriculum de MAIN, aparentan ser ciudadanos modélicos. Cuando los
deudores no pueden pagar, aparecen los representantes del gangsterismo exigiendo su
parte. Si no la consiguen, intervienen los chacales con sus bates de béisbol. Y
finalmente, como último recurso, hablan las pistolas.

Comprendía que mi relumbrón de economista jefe y director de Estudios
Económicos y Planificación Regional no era un simple engaño de vendedor de
alfombras, frente al cual puede prevenirse el comprador. Formaba parte de un
siniestro sistema encaminado no a burlar al desprevenido cliente sino, más bien, a
impulsar la forma de imperialismo más eficaz y más sutil que el mundo haya conocido
nunca. Todos los empleados de mi departamento eran titulados superiores: analistas
financieros, sociólogos, economistas, jefes de estudios económicos, especialistas en
econometría, expertos en formación de precios y así sucesivamente. Sin embargo,
ninguno de esos títulos expresaba que cada uno de ellos fuera, a su manera, un
gángster económico al servicio de los intereses del imperio global.

Tampoco ninguno de esos títulos informaba de que todos nosotros no éramos más
que la punta del iceberg. Todas las grandes multinacionales —desde las que venden
zapatillas y otras prendas deportivas hasta las fabricantes de maquinaria pesada—
poseía sus EHM equivalentes. La marcha había comenzado y estaba acorralando
rápidamente al planeta. Los bandidos prescindían de sus cazadoras de cuero, se ponían
trajes de financieros y adoptaban un aire de respetabilidad. Hombres y mujeres salían
de los cuarteles generales de sus empresas en Nueva York, Chicago, San Francisco,
Londres y Tokio para desplegarse por todos los continentes y convencer a los políticos
corruptos de consentir que la corporatocracia cargase de cadenas a sus países —
forzando con ello a sus desesperados habitantes a vender sus cuerpos a los talleres
clandestinos, a las maquiladoras y a las líneas de montaje.

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Era inquietante llegar a la deducción de que los detalles omitidos en las palabras de
mi curriculum y del artículo definían un mundo de señales ficticias, destinadas a
encadenarnos a un sistema moralmente repugnante y, en último término,
autodestructivo. Al obligarme a leer entre líneas, Paula me había empujado un paso
más, haciéndome adentrar en la senda que con el tiempo transformó mi vida.

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El presidente de Ecuador contra las grandes
petroleras

mi trabajo en Colombia y en Panamá me proporcionaba muchas oportunidades de visitar y
permanecer en contacto con el primer país extranjero que me sirvió de
hogar fuera de casa. Ecuador había sufrido una larga serie de dictaduras y de
oligarquías de extrema derecha manipuladas por los intereses políticos y comerciales
de Estados Unidos. En cierto modo, el país era la república bananera quintaesencia! y
allí la corporatocracia tenía mucho terreno conquistado.

La explotación petrolera de la Amazonia ecuatoriana comenzó en serio hacia finales
de la década de 1960 y produjo una fiebre compradora. De resultas de ella, el reducido
club de las familias dueñas del país quedó en manos de la banca internacional. Habían
arrojado sobre Ecuador un endeudamiento enorme, confiando en la promesa de los
beneficios del petróleo. El país se llenó de carreteras, de parques industriales, de
embalses hidroeléctricos, de sistemas de transporte y distribución y todavía
proliferaban los proyectos de más centrales generadoras. Una vez más, la verdadera
mina era la que encontraron las empresas de ingeniería y las constructoras.

Un hombre cuya estrella empezaba a ascender sobre el país andino constituía una
excepción a esa regla de la corrupción política y la complicidad con la
corporatocracia. Cerca de cumplir los cuarenta años, abogado y profesor universitario,
Jaime Roídos tenía carisma y don de gentes. Tuve ocasión de tratarlo varias veces y en
una de éstas, llevado por mi entusiasmo, me ofrecí como asesor gratuito y dispuesto a
tomar el avión para Quito siempre que hiciese falta. En parte, lo dije en broma, pero
no me habría importado hacerlo durante mis vacaciones, porque simpatizaba con él.
Para mí cualquier excusa era buena con tal de poder visitar su país, y así se lo dije. Él
rió y contestó en los mismos términos, ofreciéndome su asistencia profesional siempre
que me viese en la necesidad de negociar la factura del petróleo.

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Se había ganado la reputación de populista y nacionalista. Creía firmemente en los
derechos de los pobres y en la responsabilidad, por parte de los políticos, de
administrar con prudencia los recursos naturales del país. Cuando emprendió su
campaña para las presidenciales de 1978 llamó la atención de sus compatriotas y de
los ciudadanos de todos los países cuyo petróleo estuviera siendo explotado por
intereses extranjeros, o donde existiera un fuerte deseo de librarse de la influencia de
fuerzas exteriores poderosas. Como político, Roídos pertenecía al género no muy
abundante de los que no temen oponerse al status quo. Por eso se enfrentó a las
compañías petroleras y al sistema no excesivamente sutil en que éstas se apoyan.

Denunció, por ejemplo, una siniestra complicidad del Summer Institute of
Linguistics (SIL, un grupo misionero evangelista estadounidense) con las petroleras.
A esos misioneros yo los conocía bien desde mis tiempos en el Peace Corps. Su
organización se había presentado en Ecuador, lo mismo que en tantos otros países,
con el pretexto de estudiar, inventariar y traducir las lenguas indígenas.

El SIL había trabajado asiduamente con los huaorani, una tribu de la cuenca
amazónica, durante los primeros años de la explotación petrolera. En aquel momento
empezó a hacerse evidente una pauta inquietante. Cada vez que los sismólogos
transmitían a las oficinas centrales que las características de determinada región
indicaban gran probabilidad de contener un yacimiento en el subsuelo, aparecían los
del SIL para sugerir a los indígenas que dejaran sus tierras y pasaran a alojarse en las
reservas de los misioneros, donde se les daría gratis alimento, cobijo, ropas, cuidados
médicos y educación religiosa. Eso sí, a condición de donar las tierras a las compañías
petroleras.

Según rumores asiduos, los misioneros del SIL practicaban varias técnicas turbias a
fin de persuadir a los indígenas y conseguir que dejaran sus poblados para residir en
las misiones. Una versión muy repetida era que les daban alimentos mezclados con
laxantes... y luego les ofrecían medicinas para curar la supuesta epidemia de diarrea.
Y que en todo el territorio huaorani lanzaban con paracaídas cestas de comida
provistas de doble fondo, conteniendo transmisores de radio miniaturizados, cuyas
emisiones eran sintonizadas por los militares de la base estadounidense de Shell con
ayuda de avanzados receptores de comunicaciones. De esta manera, cuando a alguno
de la tribu le mordía una serpiente venenosa, o caía gravemente enfermo, no tardaban
en hacer acto de presencia los representantes del SIL provistos del antídoto o de los
fármacos adecuados — a menudo, transportados por los helicópteros de las mismas
compañías

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del petróleo.

En los primeros tiempos de las prospecciones se encontraron los cadáveres de
cinco misioneros del SIL, atravesados por jabalinas de los huaorani. Estos
reivindicaron la acción poco después, diciendo que había sido una advertencia para
que no hubiese más intrusos. Nadie hizo caso de este mensaje. Más bien surtió el efecto
contrario. Rachel Saint, hermana de uno de los asesinados, emprendió una gira por
Estados Unidos con apariciones en la televisión para recaudar dinero y recabar apoyos
en favor del SIL y de las compañías petroleras que, según ella, estaban contribuyendo
a civilizar y educar a aquellos «salvajes».

Las organizaciones humanitarias de los Rockefeller subvencionaban al SIL. Por eso
Jaime Roídos señalaba estas conexiones con los Rockefeller y sostenía que el SIL era en
realidad un escaparate que disimulaba el expolio de las tierras indígenas y la extensión
de las prospecciones. Hay que recordar que el patriarca de la familia, John D.
Rockefeller, fue el fundador de la Standard Oil, mas tarde escindida en las grandes del
petróleo, entre ellas Chevron, Exxon y Mobil.1

A mí me pareció que Roídos seguía la senda inaugurada por Torrijos. Ambos
estaban enfrentados a la superpotencia más fuerte del mundo. Torrijos deseaba
recuperar el Canal, mientras que la actitud enérgicamente nacionalista de Roídos
amenazaba a las compañías más influyentes del mundo. Como Torrijos, Roídos
tampoco era comunista, pero defendía el derecho de su país a decidir su futuro. Y
también como en el caso de Torrijos, los expertos pronosticaron que los grandes de los
negocios y Washington jamás tolerarían la presidencia de Roídos, y que caso de salir
elegido tendría un final parecido al de Arbenz en Guatemala o al de Allende en Chile.

Me pareció que esos dos hombres en unión quizá llegarían a constituir la punta de
lanza de un movimiento nuevo en el mundo político latinoamericano, y que ese
movimiento tal vez sería la base de unos cambios susceptibles de afectar a todas las
naciones del planeta. No eran unos Castro ni unos Gaddafi. No eran compañeros de
viaje de Rusia ni de China ni, como en el caso de Allende, del movimiento socialista
internacional. Eran líderes populares inteligentes y carismáticos. Unos pragmáticos,
no unos dogmáticos. Eran nacionalistas pero no antinorteamericanos. Y si la
corporatocracia se alzaba sobre tres columnas —las grandes empresas, la banca
internacional y los gobiernos en connivencia—, Roídos y Torrijos apuntaban la
posibilidad de eliminar la columna de la complicidad gubernamental.

En la plataforma de Roídos desempeñaba papel principal lo que se

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llamó «la política de hidrocarburos». Esta política se fundaba en la premisa de que el
mayor recurso en potencia de Ecuador era el petróleo, y de que toda explotación futura
de dicho recurso tendría que realizarse de manera que aportase el máximo beneficio al
más amplio porcentaje de la población. Roídos creía firmemente en la obligación
estatal de ayudar a los pobres y desvalidos. Confiaba en que la política de
hidrocarburos pudiera servir de vector de la reforma social. Era necesario hilar fino, sin
embargo, porque Roídos sabía que en Ecuador, como ocurría en tantos otros países,
nunca saldría elegido sin contar con el apoyo de una parte, al menos, de las familias
más influyentes. E incluso si lograse ganar las elecciones sin ellas, le sería preciso
contar con esos apoyos para poner en práctica sus programas.

Personalmente me aliviaba que el inquilino de la Casa Blanca, en esa época, fuese
Cárter. Pese a las presiones de la Texaco y otros intereses petroleros, Washington se
abstuvo de inmiscuirse, lo que, como yo sabía, no habría sido el caso con otras
administraciones, demócratas o republicanas.

Creo que fue la política de hidrocarburos, más que ninguna otra cuestión, la que
convenció a los ecuatorianos y aupó a Roídos al palacio presidencial de Quito: el
primer presidente democráticamente elegido después de una larga sucesión de
dictadores. Las bases de su política quedaron resumidas en el discurso de posesión
presidencial del 10 de agosto de 1979:

Debemos tomar medidas efectivas para defender los recursos energéticos de la
nación. El Estado mantener la diversificación de sus exportaciones y no
perder su independencia económica [...] Nuestras decisiones se inspirarán
únicamente en los intereses nacionales y en la defensa incondicional de nuestros
derechos de soberanía.2

Una vez investido, Roídos se vio obligado a centrar su atención en Texaco,
entonces jugadora principal en la partida del petróleo. La relación fue sumamente
espinosa. La gigante petrolera no confiaba en el nuevo presidente ni deseaba colaborar
en ninguna política que sentara precedentes nuevos. No se le escapaba que tales
precedentes habrían servido de modelo para otros países.

Un discurso pronunciado por José Carvajal, uno de los asesores de confianza de
Roídos, resumía la actitud del nuevo gobierno:

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Cuando un socio no quiere correr riesgos ni realizar inversiones en
prospección ni explorar los territorios de una concesión petrolera, el otro socio
tiene derecho a realizar esas inversiones por su cuenta y asumir luego la
titularidad [...] Creemos que nuestras relaciones con las compañías extranjeras
deben ser justas; es preciso ser duros en la lucha; estamos preparados para recibir
todo tipo de presiones, pero no debemos manifestar temor ni complejo de
inferioridad en la negociación con los extranjeros.3

El día de Año Nuevo de 1980 tomé una determinación. Comenzaba un nuevo
decenio. Me faltaban veintiocho días para cumplir treinta y cinco años. Decidí que el
nuevo año iba a ser el de un cambio crucial en mi vida y que en adelante trataría de
emular a los héroes contemporáneos, como Jaime Roídos y Omar Torrijos.

Por otra parte, había ocurrido un acontecimiento traumático. Bajo criterios de
estricta rentabilidad, Bruno había sido el mejor presidente en toda la historia de
MAIN. Pese a lo cual fue despedido bruscamente y sin previo aviso por Mac Hall.

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Mi marcha

la defenestración de Bruno por Mac Hall afectó como un terremoto a MAIN. La

confusión y la discordia se apoderó de la compañía. Bruno tendría su cuota de
enemigos, pero incluso algunos de éstos se manifestaron escandalizados. Muchos de
los empleados entendieron que el motivo no había sido otro sino los celos. En las
conversaciones durante las comidas o alrededor de la máquina del café, los
murmuradores decían que Hall se sintió amenazado por aquel hombre quince años
más joven que él, y que había llevado la empresa a niveles de rentabilidad hasta
entonces desconocidos.

—Hall no podía permitir que Bruno se luciese tanto —decía uno de ellos—. El
viejo se dio cuenta de que sólo era cuestión de tiempo que Bruno se adueñase de todo
y le diese la jubilación a él.

Como para corroborar estas teorías, Hall nombró nuevo presidente a Paul Priddy,
que había sido durante muchos años uno de los vicepresidentes de MAIN. Era un
ingeniero, competente en lo suyo y de carácter campechano pero, a mi modo de ver,
mediocre y sumiso a los caprichos del presidente. No sería él quien lo desafiase
presentando unos beneficios inauditos. Otros muchos compartían mi opinión.

Para mí la salida de Bruno fue un desastre. Había sido mi mentor personal y el
factor clave de nuestras misiones internacionales. En cambio Priddy estaba
especializado en operaciones interiores y poco o nada sabía en cuanto a la verdadera
naturaleza de nuestras actividades en el extranjero. Yo necesitaba saber el rumbo que
iba a tomar la compañía en adelante, de modo que llamé a Bruno a su casa, y descubrí
que se lo tomaba con filosofía.

—Pues mira, John. El sabía que no tenía motivos —me dijo refiriéndose a Hall —.
Así que le pedí una sustanciosa indemnización y la conseguí. Tampoco podía hacer otra
cosa, puesto que Mac controla un bloque considerable de votos en la junta de
accionistas.

A continuación dio a entender que varios bancos multinacionales que habían sido
clientes nuestros le habían ofrecido cargos de alto nivel, y que

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estaba estudiando esas oportunidades. Le pedí consejo.

—Manten los ojos bien abiertos —contestó—. Mac Hall ha perdido el contacto con
la realidad, pero nadie querrá decírselo... especialmente ahora, después de lo que ha
hecho conmigo.

A finales de marzo de 1980, y todavía conmocionado por estas batallas, me tomé
unas vacaciones en las Islas Vírgenes con mi velero y con una joven colega de MAIN
a la que llamaremos «Mary». Aunque no se me ocurrió cuando elegí el lugar, ahora me
doy cuenta de que la historia de la región fue uno de los factores que me ayudaron a
tomar la decisión que iniciaba la puesta en práctica de mis buenos propósitos de Año
Nuevo. El primer atisbo se produjo una tarde, mientras costeábamos la isla de Saint
John y enfilábamos el canal de Sir Francis Drake, que separa del continente las Islas
Vírgenes, algunas de ellas todavía colonias británicas.

Ese canal recibe su nombre, obviamente, por el marino inglés que fue el azote de
los galeones españoles. Y me recordó las muchas veces que, durante los últimos diez
años, había pensado yo en los piratas y demás figuras históricas que como Drake y sir
Henry Morgan habían robado, explotado y saqueado, y sin embargo recibieron elogios
e incluso títulos nobiliarios por sus actividades. A mí se me había educado en el
respeto a esos personajes. En consecuencia, me preguntaba, ¿por qué debía tener
reparos en explotar a países como Indonesia, Panamá, Colombia y Ecuador? Muchos
de mis héroes particulares — Ethan Alien, Thomas Jefferson, George Washington,
Daniel Boone, Davy Crockett, Lewis y Clark, por nombrar sólo unos cuantos—
fueron explotadores de indios y de esclavos negros, y se apoderaron de tierras que no
eran suyas. A menudo recurría yo a estos ejemplos para tranquilizar mi conciencia.
Pero ahora, mientras me adentraba en el canal Sir Francis Drake, comprendía lo
absurdo de mis pasadas racionalizaciones.

Recordé algunas cosas que por comodidad había preferido olvidar durante los
pasados años. Ethan Alien había pasado muchas semanas cargado con catorce kilos de
grilletes en la apestosa y abarrotada sentina de un barco-prisión inglés, y después
algún tiempo más en una mazmorra inglesa. Era un prisionero de guerra, capturado en
1775 durante la batalla de Montreal, cuando luchaba por el mismo género de libertades
que Jaime Roídos y Omar Torrijos reivindicaban ahora para sus gentes. Thomas
Jefferson, George Washington y los demás padres fundadores se habían jugado la vida
por semejantes ideales. La victoria de la revolución no estaba garantizada en absoluto.
Ellos sabían que en la eventualidad de ser derrotados, morirían en la horca por
sediciosos. Daniel Boone, Davy Crockett y Lewis y Clark, también habían soportado

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tribulaciones y realizado grandes sacrificios.
¿Y en cuanto a Drake y Morgan? No estaba yo muy fuerte en ese período de la
historia, pero recordaba que la Inglaterra protestante se había sentido muy seriamente
amenazada por la católica España. Era preciso admitir la posibilidad de que Drake y
Morgan se hubiesen dedicado a la piratería con intención de golpear en el corazón del
Imperio español, en aquellos galeones que transportaban las riquezas de América, para
defender el santuario de Inglaterra y no para encumbrarse a sí mismos.
Mientras dábamos bordadas luchando contra el viento en medio del canal e íbamos
viendo cada vez más cerca esas montañas que emergen de las aguas, Great Thatch
Island al norte y Saint John al sur, yo seguía hilvanando pensamientos sin poder
apartarlos de mi mente. Mary me pasó una cerveza y aumentó el volumen de una
canción de Jimmy Buffett. Pese a la belleza del paisaje y a la sensación de libertad que
siempre produce la navegación a vela, yo estaba de mal humor. Traté de disiparlo y
apuré la cerveza.
Aquel estado de ánimo no me abandonaba. Estaba enfurecido con las voces de la
historia y con mi manera de tergiversarlas para justificar mi propia codicia. Estaba
furioso con mis padres y con Tilton —aquel instituto prepotente en lo alto de su
colina—, que me habían impuesto toda esta historia. Abrí otra botella de cerveza.
Pensé que sería capaz de matar a Mac Hall por lo que le había hecho a Bruno.
Una barca de madera pasó cerca de nosotros corriendo a favor del viento, las velas
hinchadas, enarbolando la bandera del arco iris. Tres o cuatro parejas jóvenes nos
saludaron a voces y agitando los brazos. Eran hippies envueltos en túnicas de vivos
colores. En la proa iban un hombre y una mujer completamente desnudos. El aspecto
de la embarcación y el de sus pasajeros revelaba que hacían vida a bordo. Una
comunidad de piratas modernos, libres, desinhibidos.
Quise contestar al saludo pero mi brazo no me obedeció, paralizado por la envidia.
De pie en la cubierta, Mary los siguió con la mirada mientras ellos se alejaban a popa.
—¿Te gustaría esa clase de vida? — me preguntó.
Entonces lo comprendí. No eran mis padres. No era Tilton ni Mac Hall. Era mi propia
vida lo que yo aborrecía. La persona responsable y aborrecible era yo.
Entonces oí la voz de Mary. Estaba diciéndome algo y apuntando con el dedo a
estribor, por la parte de proa. Luego se acercó y repitió:

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—Leinster Bay. Nuestro fondeadero de esta noche.
Ahí estaba, excavada en la isla de Saint John. Una ensenada desde cuyo abrigo
acechaban las naves piratas, aguardando el paso de la flota del oro por aquella misma
manga de agua en que nos encontrábamos. Cuando estuvimos más cerca le cedí el
timón a Mary y me dirigí a la cubierta de proa. Mientras ella negociaba Watermelon
Cay y embocaba la hermosa bahía, me incliné para cazar el foque y saqué el ancla.
Ella recogió la mayor. Eché el ancla. La cadena corrió y se sumergió en las
transparentes aguas. La embarcación fue inmovilizándose.

Después de nadar un rato, Mary bajó a echar una siesta. Le dejé una nota y remé
con el bote neumático hasta la costa. Lo saqué del agua cerca de las ruinas de una
antigua plantación azucarera y me quedé largo rato sentado en la orilla procurando no
pensar, concentrado en tratar de vaciar de emociones la mente. Pero no lo conseguí.

Más tarde me puse a trepar ladera arriba y me hallé entre los ruinosos muros de la
vieja plantación. Volví la mirada hacia nuestro velero anclado en la bahía. El sol caía a
poniente sobre las aguas del Caribe. Todo parecía muy idílico, pero yo no ignoraba que
aquella plantación había sido escenario de sufrimientos inenarrables. Centenares de
esclavos africanos habían muerto allí, forzados a punta de escopeta, construyendo la
casona señorial, cultivando la caña y manejando el ingenio que convertía la melaza en
ron. La tranquilidad del lugar ocultaba una historia de brutalidad, lo mismo que en
aquellos momentos ocultaba la rabia que volvía a hervir dentro de mí.

El sol desapareció detrás del perfil montañoso de una isla. Un gran arco de color
magenta se extendió por el cielo. Las aguas se oscurecieron y yo me vi obligado a
afrontar una conclusión sorprendente: que también yo había sido un esclavista. Mi
trabajo en MAIN no se limitaba a promover el endeudamiento de los países pobres
para atarlos al imperio global. Mis proyecciones infladas eran algo más que meros
vehículos para asegurarnos nuestra parte del botín, es decir, el petróleo que necesitase
mi país. Y mi posición de socio principal era algo más que un expediente para mejorar
la rentabilidad de la compañía. Mi'actividad también tenía que ver con las personas y
sus familias. Personas parecidas a las que habían muerto en la construcción de la tapia
donde yo estaba sentado en aquel momento. Personas explotadas por mí.

Haría diez años que me había convertido en sucesor de aquellos esclavistas que
visitaban las selvas de África y arrebataban hombres y mujeres para conducirlos a sus
naves. El mío era un procedimiento más moderno, más sutil. Yo nunca me había visto
en la necesidad de

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contemplar cuerpos agonizantes ni de oler el hedor a carne en putrefacción ni de
escuchar los gritos de terror. Lo que yo hacía no era menos siniestro. Pero quedaba
lejos de mí, y así yo podía abstraerme de los aspectos personales, de esos cuerpos, esa
carne, esos gritos. Por lo ' mismo, en último análisis quizá mi delito era más grande.
Volví de nuevo la mirada hacia el balandro. La marea atirantaba la cadena del ancla.
Mary holgazaneaba en cubierta, probablemente tomándose un «margarita» y
esperando mi regreso para servirme otro. En aquel momento, contemplándola bajo la
última claridad del día, tan tranquila, tan confiada, caí en la cuenta de lo que estaba
haciéndole a ella y a todos los que trabajaban para mí. Estaba convirtiéndolos a todos
en gángsteres económicos. Hacía de ellos lo mismo que me hizo Claudine, pero sin la
sinceridad de Claudine. Mediante promesas de ascenso y aumentos de sueldo, los
seducía para que se hicieran esclavistas. Y sin embargo, ellos también eran explotados
por el sistema. También estaban esclavizados, lo mismo que yo.
Me volví de espaldas al mar, a la bahía y al cielo color magenta. Cerré los ojos a los
muros construidos por esclavos arrebatados a sus tierras africanas. Deseaba
desentenderme de todo. Cuando abrí los ojos vi un palo, casi una viga, tan gruesa
como un bate de béisbol y casi el doble de larga. Me acerqué de un salto, agarré el
palo y la emprendí contra los muros de piedra. Les di de garrotazos hasta que caí
agotado, y me quedé tumbado sobre la hierba, boca arriba, viendo desfilar las nubes
sobre mí.
Por último regresé adonde había dejado el bote. De pie en la playa, me quedé
contemplando el velero que flotaba sobre las aguas azules y supe lo que tenía que hacer.
Supe que estaba perdido sin remedio si regresaba a mi vida anterior, a MAIN y a todo
lo que ésta representaba. Los aumentos de sueldo, los planes de pensiones, los seguros,
los paquetes de acciones y los demás privilegios... Cuanto más lo dudase, más me
costaría salir.
Me había convertido en un esclavo. Podía seguir azotándome como había azotado
aquellos muros de piedra, o podía escapar. Regresé a Boston dos días más tarde. El 1
de abril de 1980 fui al despacho de Paul Priddy y presenté mi dimisión.

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