Hola,
Después de un tiempo sin postear algo de mis adentros, vuelvo para darle un poco de Dinamita. Espero que les guste tanto como a mí escribirlo y espero sus comentarios, críticas o mentadas de madre.
No me mires, no me mires.
Nunca me agradó ir en turnos vespertinos al colegio, y después de ese día, más los detesté. En la universidad, me tocaba salir todos los miércoles a las ocho, cuando ya no había sol y el ritmo de la ciudad disminuía. Para mi suerte, pensaba, aún alcanzaba los últimos camiones de la única ruta en la que me podía mover. Algún genio mandó construir la universidad a las afueras de la ciudad, donde era más inaccesible por las calles apenas pavimentadas y el transporte público tenía muy poca cobertura; pero yo no tenía de otra, sin ninguna opción alterna.
Ese miércoles de tragedia fue una jornada pesada, todos los maestros dieron temas difíciles y dejaron tarea como si no tuviéramos otras materias, parecía un complot por parte de los profesores para hacernos reprobar a todos. Los pequeños recreos servían para despear mi mente un poco y digerir toda la información soltada cual vómito por nuestros educadores. Sólo quería llegar a mi casa para descansar un poco y comer algo.
En el aula parecía que el mundo giraba más lento, como si Dios hubiera metido el freno de mano para que cada segundo durara una hora. Evadiendo el sueño, victorioso, llegué a la campanada final, aquel glorioso toque de libertad que llegué a amar pero ahora deseo que jamás hubiera sonado.
Después de despedirme de todos los compañeros, con la mochila en el hombro, caminé hasta la parada del autobús, lo único que me separaba de la tranquilidad en una tarde hogareña.
Ese día no demoró mucho, por ser la hora que era no había mucha gente ni en la parada ni en el camión, tenía plaza que elegir, notorio contraste a la mañana, ahí si tienes suerte no te toca una axila o un trasero en la cara. Pagué y me senté, saqué mis audífonos para relajarme en el camino.
No pasó mucho para que subiera más gente a la ruta: una señora que aparentaba más de cuatro décadas en el rostro redondo, con peso de más y poca preocupación por su imagen personal, como muchas, con la mirada de sueños perdidos e ilusiones rotas; de tras de ella, un muchacho de piel morena y agredida por el sol, vestía todo de negro y el pelo estaba empaquetado a manera de rastas, sus antebrazos estaban cubiertos por pulseras, en la cara perforaciones y con tatuajes con símbolos exóticos. La nariz la traía rojiza en la puta, señal de que inhalaba drogas, las puntas de sus dedos estaban quemadas y cargaba una mochila. Su rostro hablaba de cansancio así como sus hombros, quizá por la carga en su espalda.
Pese a la impresión que me dieron aquellos personajes comunes por estos lares, no les di más importancia, seguí escuchando música. De reojo vi a las dos personas sentarse, yo estaba en la última fila de asientos, la señora se sentó adelante y el joven prefirió la soledad de los lugares de en medio.
Luego de un rato, mientras cambiaba de canción en mi celular, algo llamó mi atención. Sentí aquella perturbación propia de una mirada fija, inconscientemente volteé a donde la percibí, mis ojos dieron con la mochila gastada del joven de negro, quien se la quitó de la espalda, en vez, se sentó en el filo de la butaca para no aplastarla.
Creí que todo era un juego de mi imaginación, mi mente estaba cansada de tanta atención prestada en la escuela. Pero volvió esa sensación, era inquietante, busqué las caras de todos y sólo observé nucas y mejillas, nadie me miraba, cada quien estaba en lo suyo.
A dedazos cambiaba de canción, trataba de encontrar alguna que me absorbiera para distraerme del todo, y otra vez… De golpe me hizo voltear a la mochila. Me inquieté al notar que una de las bolsas, la más grande, estaba abierta, antes así no era.
El interior del camión era iluminado por una tenue luz de neón en el techo y las pasantes luces de autos apoyados por el alumbrado público, todo se cubría por unos momentos de oscuridad debido a las sobras caminantes. Mis audífonos atenuaban el ruido del tráfico y del viejo motor rugiente que nos movía, con grandes y flojos zumbidos al acelerar y el chillido de metales al frenar. Sentía mi garganta recubierta por una capa de mugre en cada inhalación de ese olor a combustión despedido por los automotores.
Por un instante todo eso desapareció para mí, sólo estábamos la mochila y yo, tenía algo que me robaba el pensamiento, algo llamativo y aterrorizante a la vez. Me absorbió la profunda oscuridad que había dentro, hipnotizante y escalofriante. Esa negrura crecía y se metía en mí, el corazón me estallaba de angustia, el estómago de tristeza, el hígado de rabia y mi espina detonaba en cada vértebra por desesperación. No tenía control de mí. El miedo me tenía en sus garras…
El camión pasó por un bache –bendito gobierno que nunca reparó la calle –el sacudón que nos hizo rebotar a todos logró volverme a la razón y con eso, despertó mi deseo de huir. Se acercaba a parada en donde yo acostumbraba a bajar, eso e alegró. De pie y apoyado en el barandal, caminé con los sacudones hasta el botón que indicaba alto al conductor. Tenía que acercarme al chico moreno. Ya casi se detenía el camión, no pude evitar echar un último vistazo a la mochila. Seguía con esa infernal oscuridad; por un freno sin aviso, mi cuerpo se sacudió y pude ver gracias a eso el fondo de ésta, lo que cargaba con tanta pena y peso: un ojo. Sin párpado que conservaba movimiento, seguía vivo sin importar que no tenía cabeza que lo conservase o nervio que lo sostuviese, en vez de eso, una oscuridad diabólica. El ojo, inyectado en sangre y con ir en la pupila, me miró con deseo, con hambre.
Con terror me bajé del bus inmediatamente terminaron de abrirse las puertas. Nadie más bajó tras de mí. Corrí hasta la esquina de la calle para apurar mi recorrido a casa. Al girar en el ángulo de noventa, me vi solo, con eso me tranquilicé.
Caminando y respirando hondo para apaciguarme, seguí el camino por aquella calle poco iluminada, con autos viejos a las cercanías de las banquetas agrietadas en relieve montañoso por las raíces de árboles antes vivos, la hierba crecía libremente y la basura denunciaba irresponsabilidad humana. Sin duda una mala cultura de la ciudadanía pero ya a todos en la colonia era costumbre.
Iba por la mitad de la cuadra, que era larga, cuando escuché pasos. Al girar la cara lo vi, era el muchacho, caminaba con pasos decididos y apresurados, sabía que venía a por mí. Yo no lo pensé.
Corrí como si no fuera a ver el mañana. Volteé para saber que tan cerca estaba y me sorprendió la rapidez con la que perseguía, una velocidad sobre humana por que corría de espaldas. La mochila estaba abierta a todo lo que podía y sentí la mirada del ojo, me saboreaba.
Tropecé con la banqueta rota, la caída provocó que me lastimara seriamente mi mano derecha que recibió el primer golpe y el peso de mi cuerpo encarrerado, sin poder frenar la inercia del accidente, mi cara impactó de lleno en el suelo, mi nariz quebró y quedé aturdido. El muchacho no desaprovechó la oportunidad y me golpeó sin piedad, con lujo de violencia, luciéndose con la tortura. Apenas me podía defender. No perdí la conciencia, desgracia, sentí cada porrazo, sin respeto, gozaba con esa parte, lo excitaba. No era un asalto, era un acto de canibalismo. El muchacho me mordía, se prendía, sentía todo ese dolor de sus dientes cortando mi carne, la horrible sensación de sus uñas desgarrando mi piel. Atacó aleatoriamente pero procuró tocar cada parte de mi cuerpo, cando llegó a mi rostro, luego de golpear y morder la frente y las mejillas, con su mano me arrancó el ojo izquierdo, soltando una risa macabra, celebró su proeza. Creí que era mi final, un trágico y sádico final…
Un vagabundo lo vio todo en la lejanía, no supe por mi agonía cómo ahuyentó a aquel desquiciado dispuesto a matarme. Con mi celular, mi salvador, llamó a urgencias y a la policía.
Luego de unos intensas horas en el quirófano, me dieron reparo a los daños: varios huesos rotos, por fortuna no hirió ningún órgano vital. Al finalizar mi recuperación, volví a cada para mudarme y ocuparme del papeleo de la policía.
Buscaron a mi agresor mas nunca lo encontraron. Por aquella calle de mi pesadilla, me topé con el vagabundo anónimo que salvó mi vida, noté que tenía cicatrices en el rostro y los brazos y que, como yo, le faltaba el ojo izquierdo. No le pregunté cómo lo perdió, pero sé que debió haber sido un caso parecido al mío.
Jamás en mi vida volveré a subir a un camión y nunca viajaré de noche, para evitar toparme con el caníbal. Conoce mi olor, conoce mi sabor.
Fin.
*Basada en las experiencias de Sebastián López, fiel usuario del transporte público.
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Gracias por su tiempo y fina atención, espero que les haya gustado. No olviden comentar.