Se suele decir –medio en broma pero también medio en serio– que los chicos de hoy en día nacen con una computadora bajo el brazo, que saben manejarla desde antes de saber leer y que dan clases a sus mayores, que se apabullan ante la diversidad creciente de los equipos informáticos.
Antes, traían un pan bajo el brazo, pero los tiempos cambian.

Hace poco vi una caricatura donde la madre gallina apuraba al último de sus pollitos, que no quería salir del huevo antes de haber dado un "me gusta" al tema de Facebook que estaba leyendo, aún dentro del cascarón.
Yo creo que hay que poner este tema al revés: somos nosotros los que nos sacamos a los niños de encima metiéndolos delante de una computadora o de un televisor, en vez de jugar con ellos. ¿Juegan, aún, entre sí, los chicos de ahora?
Es difícil conseguir, siquiera, un juguete que no tenga algún circuito electrónico y un embalaje inútilmente costoso.
El juego estimula la imaginación. Empujo un autito y me imagino que es un "fórmula uno" y que yo soy el campeón de esa especialidad. Pero tengo que empujarlo, no anda solo, ni tiene un joystick para teleguiarlo –preparando al chico a manejar desde lejos un drone que bombardea desde miles de kilómetros de distancia–. Tengo que construir un puente con mi mecano, reinvento la ingeniería al hacerlo, y no me limito a jugar a entrenar la velocidad de mis dedos al jugar a un juego de computadora (los que, dicho sea de paso, son cada vez más violentos). El pianito de juguete tengo que tocarlo con mis dedos y descubrir los sonidos, y no dejar que me presente, automáticamente, una selección de canciones, siempre las mismas.
Todos estos juguetes electrónicos impiden la creatividad espontánea, plantan engramas en el cerebro, crean autómatas – lo cual seguramente es su intención oculta e inconsciente en un mundo de consumidores, no de seres humanos–.

Los aparatos electrónicos invaden nuestra infancia desde edades cada vez menores. En las últimas muestras internacionales se han presentado aparatos electrónicos que pueden usar bebés de seis meses – sonajeros o chupetes electrónicos, que pretenden ser educativos, pero que distancian cada vez más el contacto humano, indispensable durante toda la vida, pero especialmente durante la primera infancia, cuando el cerebro tiene una plasticidad que no tendrá nunca más –
Cuando antes empecemos con la informatización de nuestros bebés, tanto mayor será la probabilidad de que estemos criando robots, autistas –aunque algunos de estos dispositivos dicen estar diseñados especialmente para niños autistas – más proclives a interactuar con una máquina que con una persona.

Es casi imposible oponerse a esta invasión de la infancia: "todos" tienen un celular que hace no sé qué proeza inútil y yo también lo quiero.
Sabemos lo que es la presión social de sus compañeros – porque es la misma presión social que se ejerce sobre nosotros, para tener el último modelo de "tablet" o entrar a internet por mi teléfono celular, aunque no sé para qué lo haré –.
El e-mail por celular no hace más que acelerar aún más un tráfico de textos, no de ideas. La publicidad es la que crea el estilo de lo deseable.
No caben dudas de que la invasión informática que sufrimos ofrece posibilidades impensables hace pocos años.
El teléfono celular cambia estilos de vida, tranquiliza a padres de adolescentes parranderos y a las mujeres de maridos retrasados por su trabajo.
Para sordomudos, se acaba de presentar un aparato que interpreta la lengua de signos para los que no son duchos en ella, mejorando espectacularmente las posibilidades de comunicación de los discapacitados auditivos.
Internet pone a nuestra disposición inmediata gran parte del saber humano, y diarios, revistas y enciclopedias han concentrado allí sus esfuerzos, con una enorme ganancia en velocidad – aun para la publicación de trabajos científicos de todas las especialidades –.
Sin embargo, esta misma velocidad impide pensar por sí mismo – o, si no lo impide, lo hace innecesario –. E indeseable, para los que rigen nuestros destinos. Limita las discusiones entre pares y nos hace dependientes de las ideas que nos fluyen continuamente desde un mundo que no podemos controlar, al punto de que sólo accedemos a uno virtual desde el cual los titiriteros tiran de nuestros hilos, haciéndonos creer en nuestra autonomía: nadie acepta de buen grado ser un títere, por lo tanto tendemos a olvidarlo.

Como respuesta a la masacre de Newtown, a todo esto se ha unido ahora la Asociación Nacional del Rifle de EE. UU., con un jueguito para que los niños (desde los cuatro años de edad) practiquen tiro al blanco virtual con teléfonos iPod. Ante las protestas, se recomienda no usarlo antes de los 12 años. El destino final es el asesinato "virtual" con muertos reales, como se está practicando por doquier. Simultáneamente, el presidente Obama está tratando lo contrario: que se limite severamente la venta de armas de guerra. La pulseada está instalada. El resultado dirá mucho sobre la sociedad estadounidense, cualquiera sea su resultado.
Tomás Buch (*)
(*) Físico y químico