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Confesiones de un sicario economico -pagina 92-104

Info1/14/2013

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coche, al que seguía una patulea de crios barrigones. Cuando nos detuvimos se
congregaron a mi lado llamándome tío y mendigando unas monedas. Me acordé
de Yakarta.

Había pintadas en muchas paredes. Algunas eran los habituales corazones
flechados y con las iniciales de las parejas, pero la mayoría eran proclamas que
manifestaban odio contra Estados Unidos: «Gringos fuera», «No sigan jodiendo
en nuestro Canal», «Tío Sam negrero», «Nixon: Panamá no es Vietnam». Pero
uno que me heló la sangre decía: «Morir por la libertad es el camino de Cristo».

—Ahora veremos el otro lado —dijo Fidel—. Yo tengo pase oficial y usted es
ciudadano americano, así que podemos entrar.

Entramos en la zona del Canal bajo un cielo de color magenta. Aunque iba
advertido, no fue suficiente. La opulencia del lugar era increíble: grandes
edificios blancos, céspedes primorosamente segados, casas espléndidas, campos
de golf, comercios, salas de cine.

—Los datos a la vista —anunció — . Aquí todo es propiedad
estadounidense. Todos los comercios, los supermercados, las barberías, los
salones de belleza, los restaurantes, todos están exemptos de las leyes y los
impuestos de Panamá. Hay siete campos de golf de dieciocho hoyos, estafetas de
correos estadounidenses donde hagan falta, juzgados y escuelas estadounidenses.
Es un país dentro de otro país.

— ¡Menuda afrenta!
Fidel me miró fijamente, como para calibrar mi sinceridad.
—Sí —admitió—. Es una palabra bastante adecuada. Ahí fuera —dijo
apuntando con un ademán hacia la ciudad—, la renta per capita no alcanza los
mil dólares al año y el índice de paro es del treinta por ciento. Por supuesto, en la
barriada que acabamos de visitar nadie llega a esos mil dólares, y casi nadie
tiene trabajo.

—¿Y qué se hace al respecto?
Se volvió hacia mí con una mirada entre furiosa y triste.


— ¿Qué podemos hacer? —meneó la cabeza—. No lo sé, pero puedo
decir una cosa: Torrijos lo intenta. Creo que va a ser fatal para él, pero está
haciendo todo lo que puede. Es un hombre capaz de dar la vida luchando
por su pueblo.
Mientras salíamos de la zona del Canal, Fidel me dijo sonriendo:

— ¿Le gusta bailar? — y sin esperar mi contestación, agregó—: Vamos a
cenar, y luego le enseñaré otra cara de Panamá.


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Soldados y prostitutas

después de un jugoso bistec y una cerveza fresca, salimos del restaurante y"
enfilamos por una calle que estaba a oscuras. Fidel me advirtió que nunca
me aventurase a pie por aquellos lugares.

—Si vuelve por aquí, haga que el taxi vaya a recogerle a la puerta del
restaurante.

Apuntó con el dedo y agregó:

—Ahí, al otro lado de la verja, está la zona del Canal.

Siguió conduciendo hasta que vimos un solar lleno de coches. Cuando vio
una plaza libre hizo la maniobra. Un viejo se acercaba cojeando. Fidel se apeó y
le palmeó la espalda. Luego pasó la mano por el parachoques de su coche.

— Cuídala bien que es mi novia —dijo al tiempo que daba propina al
vigilante.
A la salida del terreno caminamos unos pasos y de súbito nos hallamos en
una calle inundada de luces de neón. Dos chicos pasaron corriendo,
apuntándose con palos y haciendo el ruido de unos fingidos disparos. Uno de
ellos se dio de bruces con Fidel. La cabeza del muchacho apenas le llegaba a la
cadera. El chico se hizo atrás.

—Perdón, señor —jadeó en español.

Fidel apoyó ambas manos sobre los hombros del crío.

—No ha sido nada, hombre —dijo—. Pero dime, ¿a quién estabais
disparando?
El otro muchacho se acercó y rodeó los hombros del primero con el brazo,
en un gesto protector.

—Es mi hermano — explicó—. Lo siento.

No me ha hecho daño. Estaba preguntándole que a quién disparabais. Me

parece que yo también he jugado a eso.
Los dos hermanos se miraron y el mayor sonrió.

— El es el general gringo de la zona del Canal. Quería forzar a nuestra
madre y yo lo estoy mandando de vuelta a donde debe estar.
—¿Y dónde debe estar? —preguntó Fidel mirándome de reojo.



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— En su país, en Estados Unidos.
—¿Vuestra madre trabaja aquí?
—Ahí enfrente. —Ambos señalaron con orgullo uno de los neones de la
calle—. Es camarera.

—Andando pues —concluyó Fidel dándole una moneda a cada uno—

. Pero con cuidado. No os alejéis de las luces. i

—No, señor. Gracias, señor — salieron corriendo.

Mientras echábamos a andar de nuevo, Fidel me explicó que las mujeres
panameñas tenían prohibido por ley el ejercicio de la prostitución. «Pueden ser
camareras y bailarinas, pero no comerciar con su cuerpo. Eso se lo dejamos a las
importadas.»

Entramos en el establecimiento y fuimos abofeteados por una canción
popular norteamericana puesta a todo volumen. Cuando mis ojos y oídos se
hubieron acomodado a aquel ambiente, vi una pareja de hercúleos soldados
estadounidenses junto a la puerta. Policía militar, según los brazaletes que
ostentaban.

Fidel me condujo hacia el bar y entonces vi el escenario. Sobre una tarima
bailaban tres jóvenes completamente desnudas, excepto porque llevaba un
gorrito de marinero, boina verde la otra y la tercera un sombrero vaquero.
Tenían unos cuerpos espectaculares y reían. La coreografía representaba una
especie de juego entre ellas, o tal vez una competición. Por la música, el baile y el
escenario se creería que estábamos en una discoteca de Boston, salvo el detalle de
que iban desnudas.

Nos abrimos paso entre un grupo de muchachos que hablaban en inglés.
Aunque todos vestían camiseta y pantalón tejano, el corte de pelo militar los
delataba. Eran soldados de la base de la Zona.

Fidel tocó en el hombro a una camarera. Ella se volvió y se le escapó un
chillido de júbilo. Enseguida le echó los brazos al cuello. El grupo contemplaba
atentamente la escena. Los chicos cambiaron miradas de desaprobación. Me
pregunté si considerarían que el Destino Manifiesto incluía' a aquella panameña.
Ella nos condujo a un rincón y como por arte de magia lo amuebló con una
mesita y dos sillas.

Una vez sentados, Fidel cambió saludos en español con nuestros dos vecinosde mesa.
Éstos, a diferencia de los militares, llevaban camisas estampadas de
manga corta y pantalones de faena mugrientos. La camarera regresó con dos
botellines de cerveza Balboa y, cuando giró sobre sus talones, Fidel le dio una
palmada en la nalga. Ella se volvió sonriendo y le lanzó un beso. Miré a mi
alrededor y quedé muy aliviado al comprobar que los jóvenes del bar ya no nos
prestaban atención y estaban otra vez pendientes de las bailarinas.


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La mayoría de los parroquianos eran soldados anglófonos, pero también los
había panameños. Visiblemente, porque sus cabellos no habrían pasado la
revista ni usaban camiseta ni pantalón vaquero. Algunos de ellos estaban
sentados a las mesas y otros recostados contra las paredes. Todos parecían
hallarse muy alerta, como perros pastores que guardan su rebaño de ovejas.

Las mujeres revoloteaban entre las mesas. Se movían constantemente, se
sentaban sobre las rodillas de los hombres, llamaban a gritos a las camareras,
bailaban, cantaban, salían por turnos al estrado. Vestían faldas ceñidas,
camisetas, vaqueros, vestidos ceñidos. Los zapatos, con tacón de aguja. Una de
ellas lucía un vestido de época victoriana, con velo y todo, y otra sólo llevaba un
bikini. Evidentemente, sólo las mejor parecidas podían sobrevivir allí. Me
asombré de que hubiese tantas inmigrantes y pensé que sería mucha la
desesperación que las empujaba.

—¿Todas son de otros países? —le grité a Fidel para dominar el estrépito
de la música.

Él asintió.

—Excepto... —Señaló con un ademán a las camareras—. Ellas son
panameñas.
—¿De qué países?
—De Honduras, El Salvador, Nicaragua y Guatemala.
—Vecinos.
—No del todo. Costa Rica y Colombia son nuestros vecinos más próximos.
La camarera que nos había puesto la mesa se acercó a sentarse en las

rodillas de Fidel. El le pasó la mano por la espalda.

— Clarisa —dijo—. Dile a mi amigo norteamericano por qué se
marchan de sus países —agregó señalando el escenario. Tres nuevas
bailarinas recogían los sombreros de las tres primeras, que saltaron abajo
y empezaron a vestirse. Empezó a sonar una música salsera y las recién
llegadas comenzaron a bailar y a desprenderse de sus prendas.
Clarisa me brindó su mano derecha.

—Encantada. —Y dicho esto, se puso en pie y recogió los botellines—. En
cuanto a lo que ha dicho Fidel, esas chicas vienen aquí huyendo de los abusos.
Voy a traer otras dos Balboas.

Cuando ella se alejó, me volví hacia Fidel y dije:


— ¡Anda! Vienen aquí por los dólares de Estados Unidos.
—Cierto, pero ¿por qué hay tantas de los países donde mandan dictadores
fascistas?
Volví la mirada hacia el escenario. Las tres reían y se arrojaban la gorra

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de marinero como si fuese una pelota. Me encaré de nuevo con Fidel.

—¿Seguro que no me tomas el pelo?

—No —replicó él muy serio — . Ya me gustaría que fuese así. Muchas de
estas chicas han perdido a sus familias, padres, hermanos, maridos, novios.
Saben lo que es la tortura y la muerte. Bailar y prostituirse no les parece tan
malo. Aquí se gana mucho dinero, y luego emprenden otra vida, ponen una
tiendecita, abren una cafetería...

Una agitación cerca del bar le interrumpió. Vi que una camarera amenazaba
con el puño a uno de los soldados. Este le atrapó la muñeca al vuelo y empezó a
retorcérsela. Ella gritó y cayó de rodillas. El rió y gritó a sus compañeros unas
palabras que no pude entender. Todos reían. Ella intentó golpearle con la mano
libre. El soldado le retorció la otra con más fuerza y el rostro de la mujer se
contrajo de dolor.

Los PM seguían apostados junto a la puerta, contemplando la escena con
tranquilidad. Fidel se puso en pie de un salto y empezó a caminar hacia el bar.
Uno de nuestros vecinos de mesa alzó una mano para disuadirle.

—Tranquilo, hermano — dijo—. Enrique se hará cargo.

Un panameño alto y delgado salió de la trastienda, al lado del estrado. Con
movimientos felinos, se abalanzó sobre el soldado sin pensárselo dos veces. Con
una mano lo agarró por la garganta y con la otra le echó a la cara el agua de un
vaso. La camarera escapó. Varios de los panameños que antes haraganeaban
apoyados de espaldas contra las paredes formaron un semicírculo protector
alrededor de quien obviamente era el encargado de echar a los alborotadores.
Este levantó en vilo al soldado acorralándolo contra la barra, y le dijo algo que no
pude oír. Luego alzó la voz y habló en inglés, con voz fuerte para que le
entendieran todos pese a la música:

— ¡Eh, tíos! Aquí las camareras no se tocan, y las otras, sólo después de
haber pagado.
Entonces entraron en acción los dos policías militares, que se acercaron al
grupo de panameños y anunciaron:

— Nos lo llevamos, Enrique.
El aludido dejó que los pies del soldado tocaran el suelo y lo soltó, no sin
darle un último apretón al cuello que le obligó a echar la cabeza atrás con una
exclamación de dolor.

—¿Has entendido lo que dije? Se oyó un
gruñido sofocado.
—Bien. — Empujó al soldado hacia los dos policías—. Sacadlo de aquí.


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Conversaciones con el General

la invitación me llegó de manera totalmente inesperada. Una mañana,
durante aquella visita mía de 1972, estaba sentado en el despacho que me
habían asignado en el Instituto de Recursos Hidráulicos y Electrificación
panameño, compañía de titularidad pública. Estudiaba una hoja con estadísticas
cuando un hombre llamó golpeando discretamente en el marco de la puerta,
que tenía abierta. Lo invité a pasar, felicitándome por la oportunidad de eludir
durante un rato la lectura de cifras. El se presentó como el chófer del general
y anunció que tenía orden de llevarme a una de las residencias de su jefe.

Una hora más tarde me hallaba sentado ante una mesita de centro. Frente a
mí, el general Omar Torrijos. Vestía de modo informal, en típico estilo
panameño: pantalón militar caqui y camisa de manga corta azul claro con un
fino dibujo verde. Era alto, atlético y bien parecido. Su conversación era de
una campechanía insólita en un hombre con tan altas responsabilidades. Un
rizo de cabello oscuro le caía sobre la abultada frente.

Me preguntó acerca de mis recientes viajes por Indonesia, Guatemala e Irán.
Los tres países le fascinaban. Pero su curiosidad se centraba sobre todo en el
soberano iraní, el sha Mohammad Reza Pahlevi, entronizado en 1941 cuando
los británicos y los soviéticos derribaron a su padre acusándole de colaborar
con Hitler.1

—¿Qué le parece? —me preguntó Torrijos—. ¡Participar en un plan para
destronar a su propio padre!

El jefe de Estado panameño estaba bien informado en cuanto a la historia
de aquel lejano país. Comentamos cómo se volvieron las tomas en contra del
sha en 1951, cuando su propio primer ministro, Mohammad Mosaddeq, le obligó a
exiliarse. Torrijos, como casi todo el mundo, sabía que fue la CÍA
quien le colgó al primer ministro la etiqueta de comunista para intervenir luego
y restablecer al sha en el trono. En cambio, no sabía, o al menos no mencionó la
parte que me había contado Claudine, con las

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brillantes maniobras de Kermit Roosevelt que inauguraron una nueva era de
imperialismo. Es decir, la yesca que encendió la conflagración imperial mundial.

— Cuando lo reinstauraron —continuó Torrijos—, el sha lanzó una
revolucionaria serie de programas destinados a desarrollar el sector
industrial y colocar a Irán en la era moderna.
Le pregunté cómo sabía tanto acerca de Irán.

—He procurado enterarme — dijo él —. No tengo una gran opinión del sha en
lo político... me refiero a lo de derribar a su propio padre y aceptar el papel
de títere de la CÍA... pero parece que está haciendo cosas positivas para su país.
A lo mejor podré aprender algo de él, si sobrevive.

—¿Lo pone en duda?

—Tiene poderosos enemigos.

—Y una guardia personal que figura entre las mejores del mundo.

Torrijos me dirigió una mirada sardónica.

—Su policía secreta, la SAVAK, tiene fama de ser un hatajo de sádicos sin
conciencia. No es la mejor manera de hacer amigos. No durará mucho.
Hizo una pausa y alzó los ojos al cielo antes de continuar:
—¿Guardias de corps? Yo también los tengo —y con un ademán hacia la

puerta, agregó—: ¿Cree que me salvarían la vida si el país de usted decidiese
librarse de mí?
Le pregunté si lo consideraba una posibilidad real. El alzó las cejas, lo que me
hizo notar la necedad de mi pregunta.
—Tenemos el Canal. Eso es incluso más importante que Arbenz y la United
Fruit Company.

Como había leído sobre Guatemala, entendí la alusión. Políticamente, la
United Fruit Company venía a ser para aquel país lo mismo que el Canal para
Panamá. Fundada a finales del siglo XIX, la United Fruit no tardó en convertirse
en una de las influencias más poderosas de América Central. A comienzos de la
década de 1950 fue elegido presidente de Guatemala un candidato reformador,
Jacobo Arbenz. Estos comicios fueron elogiados en todo el hemisferio como
modelo de votación democrática. En la época, una minoría del 3 por ciento de los
guatemaltecos era propietaria del 70 por ciento de las tierras del país. Arbenz
prometió rescatar de la inanición a los pobres y, después de salir elegido, puso en
marcha un amplio programa de reforma agraria.

— Las clases bajas y medias de toda Latinoamérica aplaudieron a
Arbenz —continuó Torrijos — . Para mí personalmente, fue uno de mis
héroes. Pero también nos daba mucho miedo. Sabíamos que los de la
United Fruit eran contrarios a esas medidas, puesto que ellos mismos

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figuraban entre los latifundistas más ricos y más opresores. También poseían
grandes plantaciones en Colombia, Costa Rica, Cuba, Jamaica, Nicaragua,
Santo Domingo y, aquí, en Panamá. No era cuestión de permitir que Arbenz
contagiase sus ideas a los demás.

Yo conocía el resto: United Fruit lanzó una gran campaña de relaciones
públicas en Estados Unidos para persuadir a la opinión pública y al Congreso
de que Arbenz formaba parte de una trama comunista y de que Guatemala iba a
convertirse en un país satélite de los soviéticos. En 1954, la CÍA orquestó el
golpe. Aviadores de Estados Unidos bombardearon la capital y Arbenz, el
presidente democráticamente elegido, fue reemplazado por el ultraderechista
coronel Carlos Castillo Armas, un dictador sin escrúpulos.

Los nuevos gobernantes se lo debían todo a la United Fruit. Y demostraron
su agradecimiento anulando las disposiciones de la reforma agraria y
suprimiendo los impuestos sobre intereses y dividendos pagaderos a los
inversores extranjeros. Abolieron el voto secreto y encarcelaron a miles de
disidentes. No se podía criticar a Castillo sin ser perseguido. Los historiadores
atribuyen la violencia y el terrorismo que asolaron Guatemala durante casi todo
el resto del siglo a los efectos de la alianza nada secreta entre la United Fruit,
la CÍA y el ejército guatemalteco bajo el régimen de su coronel dictador.2
Torrijos continuó:

—Arbenz fue liquidado como político y también como persona. — Hizo
una pausa, frunciendo el ceño—. ¿Cómo pudieron ustedes creerse las patrañasde la CÍA?
A mí no me echarán tan fácilmente. Aquí los militares son de los
míos. No habrá eliminación política. —Sonrió—. ¡La CÍA no tendrá más
remedio que asesinarme!

Guardamos un breve silencio, cada uno sumido en sus propios
pensamientos. Torrijos fue el primero en hablar.

—¿Sabe usted de quién es la United Fruit? — preguntó.

—De Zapata Oil, la compañía de George Bush... nuestro embajador ante
Naciones Unidas.
—Un personaje ambicioso. —Se inclinó hacia mí y, bajando la voz, dijo —:
Ahora voy contra sus compinches de la Bechtel.

Tuve un sobresalto. La Bechtel era la compañía de ingeniería más poderosa
del mundo, y había colaborado en muchos proyectos con MAIN. En el caso del
plan maestro para Panamá, yo la creía una de nuestras principales
competidoras.

—¿A qué se refiere usted?
—Estamos estudiando la construcción de un nuevo canal a nivel del mar.
Sin esclusas. Podrían pasar los barcos de los mayores tonelajes. A los

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japoneses tal vez les interesaría financiarlo.

—Son los principales clientes del Canal.

—Exacto. Por supuesto, si ellos ponen el dinero, ellos serán los adjudicatarios
de la obra.
Fue una revelación súbita para mí.
—Y la Bechtel se queda al margen.

— La obra de ingeniería más grande de la historia reciente —y prosiguió—:
el presidente de Bechtel es George Shultz, el secretario del Tesoro de Nixon. Ya
imaginará usted la influencia que tiene, además de su notorio mal genio. La
Bechtel está atiborrada de amiguetes de Nixon, de Ford y de Bush. Me han dicho
que la familia Bechtel maneja los entresijos del partido republicano.
La conversación empezaba a crearme una gran incomodidad. Yo era uno de
los dedicados a perpetuar el sistema que él aborrecía tanto, y estaba seguro de que
lo sabía. Según todas las apariencias, mi encargo de persuadirle para que aceptase
créditos internacionales a cambio de contratar a gabinetes de ingeniería y
constructoras estadounidenses acababa de chocar con un muro infranqueable.
Decidí atacar de frente.

—General —pregunté—, ¿para qué me ha mandado llamar?

Miró el reloj y sonrió.

—Sí, es hora de ocuparnos de lo nuestro. Panamá necesita su ayuda. Yo la
necesito.
—¿Mi ayuda? —pregunté, sorprendido — . ¿En qué puedo ayudarles?
—Vamos a recuperar el Canal. Pero con eso no basta. —Se arrellanó en su

sillón—. Es preciso que sirvamos de modelo. Debemos demostrar que nos
preocupan nuestros pobres y demostrar, al mismo tiempo, sin lugar a dudas, que
la decisión de ganar nuestra independencia no viene dictada por Rusia ni por
China ni por Cuba. Que el mundo vea que Panamá es un país razonable, que no
estamos contra Estados Unidos sino a favor de los derechos de los pobres.

Cruzó las piernas y prosiguió:

—Para conseguirlo hay que construir una base económica que no tenga
parangón en este hemisferio. Electricidad, sí, pero electricidad que llegue hasta
los más humildes, subvencionada. Y lo mismo para el transporte y las
comunicaciones, y sobre todo para la agricultura. Eso requiere dinero. El dinero
de ustedes, del Banco Mundial y del Banco Interamericano de Desarrollo.

Una vez más se inclinó hacia mí para mirarme fijamente.
—Tengo entendido que su empresa necesita más trabajo y suele conseguirlo
inflando las dimensiones de los proyectos: carreteras más

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anchas, centrales generadoras más potentes, puertos con más capacidad. Pero
esta vez será diferente. Usted me da lo que le conviene a mi pueblo, y yo les doy
todo el trabajo que quieran.

Aquella propuesta totalmente inesperada me sorprendió y me excitó.
Ciertamente contradecía todo lo que yo había aprendido en MAIN. Sin duda,
sabía que el juego de la ayuda exterior era una estafa... no podía dejar de
saberlo. Consistía en hacerle rico a él y encadenar a su país con el endeudamiento.
De manera que los panameños quedarían atados para siempre a Estados Unidos
y a la corporatocracia. Todo ello para que Latinoamérica no se saliera de la
senda del Destino Manifiesto y siguiera sometida para siempre a Washington y
a Wall Street. Yo no podía dudar de que estaba al tanto de que el sistema se
basaba en el postulado de que todos los poderosos son corruptibles, y de que su
decisión de no aprovecharse personalmente sería contemplada como un peligro,
una nueva «línea de fichas de dominó» que tal vez iniciaría una reacción en
cadena susceptible de derribar todo el sistema.

Al otro lado de la mesita estaba yo contemplando a un hombre que desde
luego había comprendido que la posesión del Canal le daba una posición de
fuerza muy especial y única, pero especialmente precaria al mismo tiempo.
Debía maniobrar con cuidado. Se había significado ya como líder entre los
líderes de los países menos desarrollados. Si estaba decidido a mantener su
posición, como su héroe Arbenz, el mundo entero sería testigo. ¿Cuál iba a ser la
reacción del sistema? O, más concretamente, ¿cuál iba a ser la reacción del
gobierno estadounidense? Los héroes difuntos abundan demasiado en la historia
de Latinoamérica.

Al mismo tiempo me daba cuenta de que las palabras de aquel hombre
ponían en tela de juicio todas mis autojustificaciones. Ese hombre tendría sus
defectos personales, pero no era ningún pirata. No era como aquellos Henry
Morgan y Francis Drake, aventureros de capa y espada que legitimaban sus
acciones de filibusteros con las patentes de corso que les concedían los
soberanos ingleses. El retrato de la valla publicitaria todavía no se había
convertido en otro de esos típicos engaños de la política: «El ideal de Omar es
la libertad, y no se ha inventado el misil capaz de matar un ideal». ¿Acaso Tom
Paine no había escrito algo parecido?

Lo cual, sin embargo, me suscitaba algunas dudas. Es admisible que los
ideales no mueren, pero ¿y las personas que los sustentan? Che, Arbenz,
Allende. Y otra pregunta: ¿cómo reaccionaría yo si Torrijos resultaba
precipitado al papel de mártir?

Cuando nos despedimos, quedó entendido entre ambos que MAIN

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conseguiría el contrato del plan maestro y que yo me encargaría de lograr que
resultase de acuerdo con los designios de Torrijos.

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Comienza un nuevo y siniestro período de la historia económica

en tanto que economista jefe yo estaba al frente de un departamento de MAIN y
era el responsable de los estudios que se realizaban en todos los lugares del
mundo. Pero también se esperaba de mí que estuviese al corriente de las nuevas
tendencias y teorías de la ciencia económica. El comienzo de la década de 1970
fue una época de grandes cambios en la economía internacional.

Durante la década de 1960, varios países se unieron para formar la OPEP,
organización de países productores de petróleo, que fue en gran medida una
reacción contra el poder de las grandes refinerías. También Irán fue un factor en
eso. El sha debía su trono y tal vez su vida a la intervención clandestina de
Estados Unidos que acabó con Mosaddeq. Sin embargo, o quizá debido
precisamente a ello, el sha tenía aguda conciencia de que podían volverse las
tornas contra él, otra vez y en cualquier momento. Los dirigentes de otros países
ricos en petróleo compartían esa convicción y la paranoia consiguiente. También
sabían que las principales compañías petroleras internacionales, conocidas como
«las Siete Hermanas», colaboraban para mantener bajos los niveles de precios del
crudo y, por tanto, lo que ellas pagaban a los países productores, para cosechar
así beneficios extraordinarios. La OPEP se organizó con el fin de dar la réplica.

Todos estos factores confluyeron a comienzos de la década de 1970, cuando
la OPEP humilló a los gigantes industriales. Mediante una serie de acciones
concertadas, simbolizadas por el embargo de 1973, cuyo emblema más visible
fueron las largas colas de coches ante las gasolineras estadounidenses, amenazaron
con una catástrofe económica peor que la Gran Depresión. El golpe apuntaba
directamente al sistema económico del mundo desarrollado y era de una
magnitud que pocas personas empezaban a comprender por aquel entonces.

La crisis del petróleo no podía llegar en peor momento para Estados
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