64
me dio las gracias por haber hablado con franqueza a sus amigos. Prometimos
repetirlo en otra ocasión, nos despedimos con un abrazo y nos encaminamos a
nuestras respectivas habitaciones.
Esta experiencia con Rasy despertó mi interés por pasar más tiempo lejos de
mis colegas de MAIN. La mañana siguiente tenía prevista una reunión con
Charlie. Le conté mis dificultades para obtener información de los dirigentes
locales. Además, muchas de las estadísticas que yo necesitaba para desarrollar
las predicciones económicas se encontraban sólo en los despachos oficiales de
Yakarta. En consecuencia, ambos convinimos que yo debía pasar en la capital
una o dos semanas.
Charlie me expresó su pesar por verme obligado a abandonar Bandung para
sumergirme en el bochorno de la metrópoli y yo fingí aceptarlo de mala gana.
En mi fuero interno, sin embargo, aguardaba con impaciencia la oportunidad de
pasar algún tiempo a solas, explorar Yakarta y alojarme en el elegante hotel
Intercontinental Indonesia. Pero cuando llegué a Yakarta descubrí que ahora lo
contemplaba todo desde una perspectiva diferente. La velada en compañía de
Rasy y los jóvenes indonesios, así como mis viajes por el país, me habían
cambiado. Por otra parte, también veía bajo una luz diferente a mis compatriotas.
Las jóvenes americanas me parecían menos atractivas. La valla metálica que
rodeaba el recinto de la piscina y las rejas de hierro en las ventanas de las
plantas inferiores ahora cobraban para mí un aspecto ominoso, cuando antes
apenas había reparado en ellas. La comida de los lujosos restaurantes del hotel
empezó a parecerme insípida.
Y otra cosa más. Durante mis reuniones con los dirigentes políticos y
empresariales había observado algunos detalles sutiles del trato que me
dispensaban. Detalles a los que no había concedido importancia al principio,
pero que ahora veía como indicios de que les molestaba mi presencia. Por
ejemplo, cuando uno de ellos me presentaba a otro, solía utilizar palabras en
bahasa que según mi diccionario se traducían por inquisidor e interrogador.
Preferí ocultarles mi conocimiento del idioma (incluso mi intérprete estaba
convencido de que yo sólo sabía recitar un par de frases convencionales) y me
compré un buen diccionario bahasa-inglés, que consultaba con frecuencia tan
pronto como salía de las reuniones.
Pensé si aquellos apelativos serían coincidencias idiomáticas o
interpretaciones mías equivocadas de las acepciones del diccionario. Intenté
persuadirme de que era esto último. Pero, cuanto más tiempo pasaba reunido
con aquellas gentes, más me convencía de que yo era para ellas un intruso,
aunque hubiesen recibido órdenes superiores de cooperar conmigo y no
tuviesen más remedio que soportarme. Yo no sabía si esas órdenes procedían
de algún funcionario del gobierno, de un
65
banquero, de un general o de la embajada estadounidense. Sólo sabía que, por
mucho que me recibiesen en sus despachos, me ofreciesen té y contestasen
cortesmente a mis preguntas, en el fondo quedaba una sombra de resignación y
de rencor.
Empezaba a dudar también de sus contestaciones a mis preguntas y de la
validez de sus datos. Por ejemplo, yo nunca podía presentarme por las buenas en
los despachos con mi intérprete. Era obligado concertar cita previa. Lo cual, en sí,
no constituía ningún hecho extraño, aunque implicase para mí unas pérdidas de
tiempo enormes. Como los teléfonos casi nunca funcionaban, era preciso
lanzarse a la caótica circulación de aquel laberinto de calles, cuyo trazado era tan
complicado que a veces tardábamos una hora en llegar a unos edificios situados a
menos de un kilómetro de distancia. Y una vez allí, nos obligaban a cumplimentar
unos impresos. Al cabo de un rato, a lo mejor hacía acto de presencia un
secretario, quien, sonriendo educadamente —siempre con esa sonrisa cortés tan
característica de los javaneses— me preguntaba qué tipo de información venía a
solicitar. Y, al final me daban día y hora para la entrevista.
Invariablemente, esa fecha quedaba para varios días más tarde y, cuando por
fin lograba hacerme recibir, se limitaban a entregarme una carpeta con materiales
preparados de antemano. Los industriales me comunicaban sus programaciones a
cinco y diez años. Los banqueros ofrecían gráficos y tablas. Y los funcionarios
oficiales tenían listas de los proyectos a punto de emerger de las oficinas técnicas
para convertirse en motores del crecimiento económico. Todo lo que transmitían
esos capitanes de la industria y de la autoridad pública, y todo lo que
manifestaban durante las entrevistas, tendía a indicar que Java se disponía a
abordar el boom posiblemente más grande que ninguna economía hubiese
conocido antes. Nadie, ni uno solo, cuestionó nunca esa premisa ni me ofreció
ninguna información de signo negativo.
Mientras regresaba a Bandung, sin embargo, yo iba lleno de dudas en cuanto a
estas experiencias, en cuyo trasfondo se adivinaba algo muy inquietante. Era
como si todo lo que estábamos haciendo en Indonesia fuese una especie de juego
sin relación con la realidad. Más bien como una partida de póquer, las cartas
ocultas y todos desconfiando de las informaciones que intercambiábamos. Pero
ésta era una partida a muerte, pues de sus resultados iban a depender millones de
vidas durante los próximos decenios.
66
La civilización a prueba
Quiero que conozcas a un dalang —anunció Rasy, radiante—. Ya sabes, los
famosos titiriteros indonesios. —Era evidente su satisfacción por tenerme de
nuevo en Bandung—. Esta noche da una función muy importante en el barrio.
Me llevó con su ciclomotor por partes de la ciudad que no sabía ni que
existieran, atravesando barriadas de kampong, casas tradicionales de Java que
parecían templos en miniatura pero en versión pobre, con cubiertas de teja. Allí
no se veían las espléndidas mansiones coloniales holandesas ni los edificios de
oficinas a los que yo estaba acostumbrado. La población era visiblemente humilde
pero lo llevaba con gran dignidad. Vestían sarongs estampados en batik,
deshilachados pero limpios, blusas de vivos colores y sombreros anchos de paja.
En todas partes fuimos recibidos con sonrisas y cordialidad. Cuando nos
detuvimos, los niños acudieron corriendo a tocarme y a palpar la tela de mis
vaqueros. Una chiquilla me prendió en el cabello una fragante flor de frangipani.
Estacionamos la motocicleta cerca de un teatro al aire libre donde se habían
congregado ya varios centenares de personas, unas de pie y otras sentadas en
sillas plegables. El cielo completamente despejado auguraba una noche
espléndida. Aunque estábamos en el centro de la ciudad vieja de Bandung, no
había alumbrado público y las estrellas titilaban sobre nuestras cabezas. En el
aire flotaban aromas de cacahuete, de clavo, de hogueras de leña.
Rasy desapareció entre la multitud y regresó enseguida, acompañado de
muchos de los jóvenes que me había presentado en la cafetería. Me invitaron a té
caliente con galletas y sate, que son bocaditos de carne frita en aceite de
cacahuete. Debí poner cara de perplejidad al verlos, porque una de las jóvenes
apuntó con el dedo a un fogón pequeño: «Carne muy fresca —rió—. Recién
hecha».
Entonces comenzó la música, la mágica y alucinante melodía del gamelan,
un instrumento cuyo sonido recuerda las campanas de los
67
templos.
—El dalang toca toda la música él solo —susurró Rasy—. También mueve
todos los muñecos y compone todas las voces en varios idiomas. Iremos
traduciéndote lo que diga.
Fue una representación notable, en la que se combinaron las leyendas
tradicionales con los acontecimientos de actualidad. Más tarde me enteré de que
el dalang es un chamán que actúa en estado de trance. Tenía más de un centenar
de títeres y hablaba por cada uno de ellos con voz diferente. Fue una noche
inolvidable para mí, que ha ejercido una influencia perdurable en toda mi vida.
Después de recitar una selección de textos clásicos del antiguo Ramayana, el
dalang sacó un muñeco que era Richard Nixon, con la inconfundible nariz en
pico de pato y los mofletes. El presidente de Estados Unidos iba vestido de Tío
Sam, con el chaqué y el sombrero de copa a rayas y estrellas como la bandera
nacional. Le daba la réplica otro muñeco, éste luciendo un traje de rayadillo
financiero. En una mano llevaba un cesto decorado con el símbolo del dólar y en
la otra empuñaba una bandera americana, con la que daba viento a Nixon como
un criado abanicando a su amo.
Detrás de estos dos personajes apareció un mapa de Oriente Próximo y
Extremo Oriente. Los distintos países estaban colgados de ganchos en sus
posiciones. Nixon se acercó enseguida al mapa, desenganchó Vietnam y se lo
llevó a la boca. En seguida se puso a gritar y lo que dijo me fue traducido como:
«Está amargo! ¡Puaf. ¡Ya tenemos suficiente!», y lo arrojó al cesto.
A continuación fue haciendo lo mismo con otros países. Para sorpresa mía, sin
embargo, no continuó con las demás naciones asiáticas según la «teoría del
dominó». Lo hacía con los del Oriente Próximo, como Palestina, Kuwait, Arabia
Saudí, Iraq, Siria e Irán. Luego continuó con Pakistán y Afganistán. Cada vez, el
muñeco de Nixon gritaba algún epíteto antes de arrojar el país al cesto. Y todas
esas veces, sus gritos eran improperios anti-islámicos: «perros musulmanes»,
«engendros de Mohammed» y «demonios islámicos».
La multitud empezaba a soliviantarse y la tensión crecía cada vez que otro
país iba a parar al cesto. La gente, por lo visto, no sabía si reír, asombrarse o
montar en cólera. A veces parecía que los escandalizaban las palabras del
titiritero. Empecé a preocuparme. En medio de aquella multitud, mi aspecto y
estatura llamaban la atención, y pensé que la indignación popular podría volverse
contra mí. Entonces Nixon dijo una cosa que me puso los pelos de punta cuando
Rasy me la tradujo.
68
—Este se lo daremos al Banco Mundial. Veamos si se puede sacar un poco
de dinero de Indonesia.
Descolgó Indonesia del mapa y se acercó al cesto para arrojarla también,
pero en ese preciso instante saltó a escena un nuevo protagonista. Representaba
a un indonesio en camisa de batik y pantalón caqui de soldado. Llevaba un
parche con su nombre claramente legible.
—Es un político popular aquí en Bandung —explicó Rasy.
El muñeco se interpuso entre Nixon y el hombre del cesto, y alzó la mano.
— ¡Alto! — gritó—. ¡Indonesia es un país soberano!
La multitud rompió en un aplauso. Entonces el hombre del cesto enarboló la
bandera a modo de lanza y atravesó con ella al indonesio, que trastabilló y
falleció muy dramáticamente. El público prorrumpió en abucheos,
imprecaciones y gritos, agitando los puños alzados al aire. Nixon y el hombre
del cesto se quedaron mirándonos, impasibles, hicieron sendas reverencias y
abandonaron el escenario.
— Creo que será mejor que me vaya —le dije a Rasy. Él me rodeó los
hombros con el brazo en un gesto protector—. Tranquilo —dijo—. No va
contra ti personalmente.
Yo no estaba tan seguro. Cuando nos hubimos puesto a buen recaudo en la
cafetería, Rasy y los demás me aseguraron que no estaban informados de que
iba a haber un corto satírico Nixon-Banco Mundial.
—Nunca se sabe por dónde van a salir esos titiriteros —dijo uno de los
jóvenes.
Cavilé en voz alta si se habría montado expresamente para mí. Uno de ellos
rió. y comentó que yo tenía un concepto muy elevado de mí mismo.
«Típicamente americano», dijo dándome unas palmaditas en la espalda.
—Los indonesios somos gente muy politizada —dijo otro que estaba
sentado detrás de mí—. ¿Es que en Norteamérica no tienen espectáculos como
éste?
Enfrente, una mujer muy bella, estudiante de lengua inglesa en la
universidad, se inclinó hacia mí y me preguntó:
—¿Es verdad que usted trabaja para el Banco Mundial?
Le dije que actualmente era empleado del Asian Development Bank y de la
USAID, la Agencia estadounidense para el desarrollo internacional.
—Pero ¿no son lo mismo? —y sin aguardar respuesta, prosiguió—: ¿No son
como la función que hemos visto esta noche? ¿No es cierto que el gobierno de
usted mira a Indonesia y a otros países como un cesto de...? —Se detuvo
buscando la palabra.
—¿Un cesto de uvas? — ofreció uno de sus amigos.
69
—Exacto. Un cesto de uvas. Puedes escoger este racimo y este otro. Me quedo
con Inglaterra. A China, me la como. Indonesia, no la quiero.
—Pero no sin llevarse antes todo el petróleo —remachó otra mujer.
Intenté defenderme, pero era mucha tarea para mí solo. Quise alabarme por
haber entrado en aquel barrio y por haber contemplado toda la función sin
protestar contra su anti-americanismo, que además podía haberme tomado como
una ofensa personal. Quise que apreciaran lo que yo había hecho, que supieran
que yo era el único de todo mi equipo que se había molestado en aprender bahasa
y deseaba conocer su cultura, y señalar que había sido el único extranjero
presente en la función. Pero decidí que sería mejor no mencionar nada de eso.
Era preferible cambiar de conversación. Les pregunté por qué, en opinión de
ellos, el dalang se había fijado en los países islámicos, con excepción de Vietnam.
La bella estudiante de inglés soltó una carcajada.
— ¡Porque ése es el plan!
—Vietnam no es más que una maniobra de diversión —intervino uno de los
hombres—. Como Holanda lo fue para los nazis. Un peldaño de la escalada.
—El blanco real es el mundo musulmán —continuó la mujer.
Pensé que no podía dejarlo pasar sin réplica.
—Sin duda no creerán ustedes que Estados Unidos va contra el islam —
protesté.
—Ah ¿no? —preguntó ella—. ¿Y desde cuándo no es así? No tiene más que
leer a uno de sus propios historiadores. El británico Toynbee. Allá por los años
cincuenta, él predijo que la auténtica guerra del próximo siglo no estaría entre
comunistas y capitalistas, sino entre cristianos y musulmanes.
—¿Arnold Toynbee dijo eso? —pregunté con asombro.
—Sí. Lea usted El juicio a la civilización y El mundo y el Occidente.
—Pero ¿por qué iba a producirse tal animosidad entre musulmanes y
cristianos? —planteé.
Cambiaron miradas entorno a la mesa. Como si les costase creer que alguien
fuese capaz de formular una pregunta tan tonta.
—Porque Occidente... —empezó muy despacio, como quien habla a un
interlocutor algo lento de entendimiento, o duro de oído—, y en especial su líder,
Estados Unidos, está decidido a apoderarse del mundo, a convertirse en el
imperio más grande de la historia. Ya se halla muy cerca de conseguirlo. La
Unión Soviética es la única que se lo impide, pero los soviéticos van a durar poco.
Toynbee supo verlo. No tienen ninguna
70
religión, ninguna fe, ninguna sustancia más allá de su ideología. La historia
demuestra que la fe, lo espiritual, la creencia en un poder superior, es esencial.
Nosotros los musulmanes la tenemos. Tenemos de eso más que nadie en el
mundo, incluso más que los cristianos.
Así que estamos a la espera, mientras tanto nos hacemos cada vez más
fuertes.
—Nos tomaremos nuestro tiempo —intervino otro—, y luego atacaremos
como la serpiente.
—¡Qué idea más horrible! —exclamé sin poder contenerme—, ¿Qué
podemos hacer para cambiar esto?
La estudiante de inglés me miró a los ojos.
—Dejar de ser tan codiciosos. Y tan egoístas —dijo—. Comprender que
hay algo más en el mundo que vuestros rascacielos y vuestras tiendas de lujo.
La gente se muere de hambre y vosotros sólo os preocupáis de que no falte
combustible para vuestros coches. Los.niños se mueren de sed mientras
vosotros buscáis las últimas modas en las revistas. Las naciones, como la
nuestra, se están hundiendo en la miseria, pero vuestro pueblo no escucha los
gritos pidiendo auxilio. No escucháis a quienes intentan contaros estas cosas.
Los llamáis radicales, o comunistas. Sería preciso que abrierais los corazones a
los pobres y desamparados, en vez de empujarlos hacia una pobreza y una
servidumbre más grandes todavía. No os queda mucho tiempo. Si no cambiáis,
estáis acabados.
Pocos días más tarde, el popular político de Bandung, cuyo muñeco se había
rebelado contra Nixon y había sido atravesado con una lanza por el hombre del
cesto, murió atropellado por un conductor que se dio a la fuga.
71
72
8
Un Jesús diferente
el recuerdo de aquel dalang me perseguía. Y lo mismo las palabras de la bella
estudiante de inglés. Esa noche e Bandung me catapultó a un plano nuevo del
pensamiento y del sentimiento. Aunque no sería exacto decir que antes hubiese
ignorado las implicaciones de lo que estábamos haciendo en Indonesia, por lo
general yo conseguía tranquilizarme apelando al raciocinio, a los precedentes
históricos, al imperativo biológico. Justificaba nuestra intervención como un
aspecto de la condición humana y me persuadía de que Einar, Charlie y los demás
obrábamos, sencillamente, como siempre lo han hecho los hombres: atendiendo a
las necesidades propias así como a las de nuestras familias.
Pero mi discusión con aquellos jóvenes indonesios me había obligado a ver
otro aspecto de la cuestión. Mirando a través de los ojos de ellos, me daba cuenta
de que un planteamiento egoísta en política exterior no sirve ni protege a las
generaciones futuras en ninguna parte. Es una postura tan miope como los
informes anuales de las empresas y las estrategias electorales de los políticos que
definen esa política exterior.
Mientras tanto, resultaba ser cierto que la búsqueda de datos para mis
proyecciones económicas me imponía frecuentes visitas a Yakarta. De este modo
contaba con muchos ratos a solas para cavilar sobre estas cuestiones y escribir mis
reflexiones en un diario. Caminaba por las calles de la ciudad repartiendo
monedas a los mendigos y tratando de entablar conversación con leprosos,
prostitutas y pilludos callejeros.
Al mismo tiempo, meditaba sobre la naturaleza de la ayuda exterior y
consideraba el papel legítimo que los países desarrollados (los PD en la jerga del
Banco Mundial) podían ejercer para contribuir a paliar el atraso y la miseria de los
países menos desarrollados (los PMD). Empezaba a plantearme cuándo es
auténtica la ayuda y cuándo no es más que codicia e interés egoísta. O mejor
dicho, empezaba a dudar de que tal ayuda fuese alguna vez altruista. Y si no lo era,
me preguntaba, ¿qué hacer para cambiar esa situación? Sin duda los países como el
mío estaban obligados
73
a hacer algo decisivo para ayudar a los enfermos y los hambrientos del planeta,
pero yo estaba bastante seguro de que ése no solía ser el móvil principal de nuestra
intervención.
Con lo que retornábamos a la cuestión principal: si la finalidad de la ayuda
exterior era el imperialismo, ¿tan malo era eso? Con frecuencia envidiaba a
hombres como Charlie, tan convencidos de la bondad de nuestro sistema que
andaban empeñados en imponérselo al resto del mundo. Dada la limitación de los
recursos del planeta, me parecía dudoso que toda la población mundial pudiese
alcanzar el opulento nivel de vida de Estados Unidos. ¡Si incluso este país tiene a
millones de sus ciudadanos en condiciones de pobreza! Además, no quedaba del
todo claro para mí que las gentes de otras naciones quisieran realmente vivir como
nosotros. Nuestras estadísticas sobre violencia, depresiones, toxicomanías, divorcios
y delincuencia indicaban que pese a ser una de las sociedades más ricas de la
historia, tal vez éramos también una de las menos felices. ¿Para qué iban a desear
imitarnos las demás?
Tal vez Claudine me lo había advertido. Ya no estaba muy seguro de lo que ella
había tratado de explicarme. En cualquier caso, y discusiones intelectuales aparte,
para mí resultaba dolorosamente claro que mis días de inocencia habían terminado.
Escribí en mi diario:
¿Se puede ser inocente en Estados Unidos? Es verdad que quienes ocupan la
cúspide de la pirámide económica cosechan grandes ganancias, pero millones
de nosotros, los demás, dependemos directa o indirectamente de la explotación
de los países menos desarrollados. Los recursos y la mano de obra barata que
utilizan casi todas nuestras empresas provienen de lugares como Indonesia, que
apenas reciben nada a cambio. Los créditos de la ayuda exterior son la garantía
de que sus hijos y nietos seguirán siendo rehenes nuestros. Tendrán que permitir
el saqueo de sus recursos naturales por nuestras empresas y seguirán privándose
de educación, sanidad y demás servicios sociales, simplemente para pagarnos la
deuda. En esa fórmula no interviene el hecho de que nuestras compañías hayan
recibido ya la mayor parte del pago por la construcción de esas centrales
generadoras, esos aeropuertos y esos complejos industriales. Que la mayoría de
los estadounidenses desconozcan estas realidades, ¿es excusa suficiente?
Desinformados y mal informados adrede, sí, pero... ¿inocentes?
Por supuesto, yo tenía que enfrentarme al hecho de ser uno de los dedicados
activamente a informar mal.
74
El concepto de una guerra santa mundial era inquietante, pero cuanto más lo
pensaba más me convencía de su posibilidad. Sin embargo, me parecía que, caso
de producirse la yihad, ésta no sería tanto de musulmanes contra cristianos como
de los PMD contra los PD, quizá con el mundo islámico en funciones de
avanzadilla. Nosotros los PD éramos los usuarios de los recursos, y los PMD eran
los proveedores. Es decir, el retomo del sistema mercantil colonial, y todo
dispuesto en favor de los que tuviesen el poder y pocos recursos naturales, a fin
de explotar a los que tenían recursos pero no el poder.
No traía conmigo ningún ejemplar de los libros de Toynbee, pero sabía de
historia lo necesario para entender que cuando la explotación de los proveedores
se prolonga, éstos acaban por rebelarse. No tenía más que fijarme en Tom Paine y
nuestra guerra de independencia. Recordé que los británicos justificaban el cobro
de tributos argumentando que Inglaterra proporcionaba ayuda a las colonias, en
forma de protección militar frente a los franceses y los indios. Pero los colonos
interpretaron la situación de una manera muy diferente.
Lo que Paine ofreció a sus compatriotas en su brillante panfleto Sentido común
era lo mismo que habían dicho mis amigos indonesios: un espíritu, una idea, la fe
en la justicia de un poder superior y una religión de la libertad y la igualdad
diametralmente opuesta a la monarquía inglesa y su elitista sistema de clases. Los
musulmanes ofrecían algo similar: la fe en un poder superior y la creencia de que
los países desarrollados no tenían derecho a subyugar y explotar a los demás
países del mundo. Como aquellos minutemen de la colonia (voluntarios para
formar en menos de un minuto cuando se diese la voz de alarma), los musulmanes
estaban dispuestos a luchar por sus derechos. Y nosotros, lo mismo que los
británicos en 1770, calificábamos sus acciones de atentados terroristas. Más que
nunca, parecía cierto aquello de que la historia se repite.
Me preguntaba qué clase de mundo tendríamos si Estados Unidos y sus
aliados hubiesen dedicado el dinero que gastaron en guerras coloniales, como la
de Vietnam, a erradicar el hambre o a facilitar educación y servicios básicos de
sanidad a todos, incluidos los nuestros. Me pregunté cómo se verían afectadas las
generaciones del futuro si nos dedicásemos a eliminar las causas de la miseria y a
proteger los acuíferos, los bosques y las comarcas naturales que además de
proporcionarnos agua potable y aire puro aportan otras cosas que alimentan el
espíritu tanto como el cuerpo. Yo no podía creer que nuestros padres fundadores
hubiesen propuesto que el derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la
felicidad existiera sólo para los estadounidenses. En consecuencia,
75
¿por qué impulsábamos ahora estrategias tendentes a implantar valores
imperialistas, como los que ellos habían combatido?
Durante mi última noche en Indonesia me despertó una pesadilla. Me senté en
la cama y encendí la luz. Tenía la sensación de no estar solo en la habitación. Miré
a mi alrededor contemplando el conocido mobiliario del Hotel Intercontinental,
sus tapices de batik, los muñecos articulados del teatro de sombras colgados en
marcos. Entonces recordé lo que acababa de soñar.
Me había visto en presencia de Jesucristo. Parecía el mismo con quien yo
hablaba todas las noches cuando era niño para confiarle mis pensamientos
después de recitar las oraciones de rigor. Excepto que el Jesús de mi infancia era
rubio y de piel blanca, y éste tenía el pelo ensortijado y la tez oscura.
Inclinándose, cargó algo sobre sus espaldas. Pero no era la cruz, sino un eje de
automóvil. Una de las llantas sobresalía por encima de su cabeza a manera de
aureola de metal. Por su frente rodaban gotas de grasa, en vez de sangre. Al
incorporarse me miró cara a cara, y dijo:
—Si yo regresara hoy, me verías de otra manera —y al preguntarle por qué,
agregó—: Porque el mundo ha cambiado.
El despertador me informó de que faltaba poco para el amanecer. Consciente
de que no conseguiría volver a conciliar el sueño, me vestí, bajé con el ascensor a
la recepción, que estaba desierta, y salí al jardín contiguo a la piscina. La noche
era de luna llena y las orquídeas perfumaban el aire. Me senté en una tumbona y
me pregunté qué estaba haciendo allí y cómo las coincidencias de la vida me
habían llevado por ese camino. ¿Por qué Indonesia? Mi vida había cambiado,
pero aún no sabía hasta qué punto.
A mi regreso, Ann y yo coincidimos en París para intentar una reconciliación.
Pero incluso durante aquellas vacaciones francesas seguimos peleándonos.
Aunque hubo muchos momentos especiales y hermosos, creo que ambos
acabamos por comprender que los largos años de cólera y resentimiento eran un
obstáculo insalvable. Estaban además las muchas cosas que yo no podía contar.
La única persona con quien podía compartir mis impresiones era Claudine y
pensaba en ella constantemente. Ann y yo aterrizamos en el bostoniano
aeropuerto de Logan y el taxi nos llevó a nuestros apartamentos separados de Back
Bay.
76
9
Una oportunidad en la vida
a verdadera prueba de Indonesia me aguardaba en el cuartel general de LMAIN.
Acudí al edificio Prudential Center a primera hora de la
mañana. Mientras esperaba el ascensor junto con docenas de empleados,
me enteré de que Mac Hall, el enigmático y octogenario presidente y consejero
delegado de MAIN, había nombrado a Einar presidente de la oficina de
Portíand (Qregón). En consecuencia, yo pasaba a rendir cuentas oficialmente a
Bruno Zambotti.
A Bruno le llamaban «el zorro plateado» por el color de sus cabellos y por
su prodigiosa habilidad para eliminar a cualquier rival que se atreviese a
desafiarle. De aspecto pulcro y atildado cual Cary Grant, tenía gran elocuencia
y dos títulos superiores en ingeniería y administración de empresas. Entendía de
cálculos econométricos y era vicepresidente de la división de generación
eléctrica de MAIN, con lo que recaía bajo su responsabilidad la mayor parte de
nuestros proyectos internacionales. Era también el candidato predestinado a
ocupar la presidencia de la corporación cuando se jubilase su anciano mentor
Jake Dauber. Como la mayoría de los empleados de MAIN, a Bruno Zambotti
yo le tenía pánico y un respeto reverencial.
Poco antes de la hora del almuerzo me llamó a su despacho. Después de un
cordial diálogo acerca de Indonesia me dijo una cosa que casi me hizo saltar
del asiento.
—Voy a despedir a Howard Parker. No es necesario entrar en detalles,
excepto que ese hombre ha perdido el sentido de la realidad. —Sonreía con
desconcertante satisfacción, sin embargo, mientras repicaba con el índice en un
montón de papeles que tenía sobre el escritorio —. El ocho por ciento anual,
¡figúrate! Ésa ha sido su previsión de carga. ¡Para un país con el potencial de
Indonesia!
La sonrisa se desvaneció mientras me miraba a los ojos.
— Charlie Illingworth me ha dicho que tu proyección económica
77
cumple los objetivos y justificará un crecimiento de la carga entre el diecisiete y
el veinte por ciento. ¿Es cierto eso?
Le aseguré que lo era.
El se puso en pie y me tendió la mano.
—Te felicito. Acabas de ganar un ascenso.
Lo oportuno tal vez habría sido salir y celebrarlo en un buen restaurante con
los compañeros de MAIN... o siquiera fuese a solas. Pero yo sólo pensaba en
Claudine. Me moría de ganas de contarle lo del ascenso así como todas mis
aventuras en Indonesia. Ella me había advertido que nunca la llamase desde el
extranjero, y yo me había abstenido de hacerlo. Con no poca contrariedad por mi
parte, ahora descubría que su teléfono estaba desconectado y sin ningún mensaje
de continuidad que indicase un nuevo número. Salí a buscarla.
Su apartamento estaba ocupado por una pareja joven. Aunque era mediodía,
me pareció que los había sacado de la cama. Visiblemente molestos, dijeron no
saber nada de Claudine. Fui a hablar con la agencia inmobiliaria haciéndome pasar
por un primo de ella. Según los archivos, el apartamento nunca estuvo alquilado a
nombre de ninguna Claudine. El inquilino anterior había sido un hombre que
prefirió mantenerse en el anonimato. Regresé al Prudential Center. En el
departamento de personal de MAIN tampoco constaba el nombre. Lo que sí
reconocieron fue que tenían un fichero de «asesores especiales», pero yo no estaba
autorizado a consultarlo.
Por la tarde me sentí agotado y emocionalmente exhausto. Para colmo,
empezaba a acusar los efectos de un fuerte jet lag. En mi solitario apartamento me
sentí desesperadamente abandonado. El ascenso no significaba ningún aliciente
para mí. Peor aún, lo que significaba era que yo estaba dispuesto a venderme.
Me arrojé sobre la cama, abrumado por la desesperación. Claudine me había
utilizado y luego se había deshecho de mí. Decidí silenciar mis emociones para no
permitir que se apoderase de mí la angustia. Tumbado en la cama me quedé
contemplando las paredes desnudas durante lo que me parecieron horas.
Al fin conseguí rehacerme. Poniéndome en pie, vacié de un trago una cerveza y
rompí la botella contra la mesa. A continuación me asomé afuera. Me pareció
verla que salía de una bocacalle lejana y caminaba hacia mí. Me precipité hacia la
puerta, pero enseguida regresé otra vez a la ventana para asegurarme. La mujer
estaba más cerca. Era atractiva y sus andares me recordaban los de Claudine, pero
no era ella. El corazón me
78
dio un vuelco y mis sentimientos pasaron de la cólera y el despecho al miedo.
Por un instante pasó ante mis ojos la imagen de Claudine derrumbándose,
cayendo bajo una lluvia de balas, asesinada. Sacudí la cabeza, me tomé un
Valium y seguí bebiendo hasta quedar dormido.
A la mañana siguiente, una llamada del departamento de personal de MAIN
me despertó de mi estupor. El jefe, Paul Mormino, me aseguró que comprendía
mi necesidad de descansar, pero que no dejara de pasarme por el despacho
aquella misma tarde.
—Son buenas noticias. Lo mejor para rehacerse de la travesía, — dijo.
Obedecí y me enteré de que Bruno había cumplido sobradamente su palabra.
No me colocaban en el puesto de Howard, sino que me ascendían a economista
jefe y me daban un aumento de sueldo. Eso me levantó un poco el ánimo.
Me tomé la tarde libre y fui a pasear a orillas del río Otarles con una botella
de cerveza en la mano. Me senté a contemplar las regatas mientras combatía los
efectos combinados del jet lag y de la resaca. Me convencí de que Claudine se
había limitado a hacer su trabajo y luego había pasado al siguiente. Ella siempre
hacía hincapié en la necesidad del secreto. Me llamaría ella. Mormino tenía
razón. La fatiga de la travesía —y la ansiedad— se disiparon.
Durante las semanas siguientes procuré no pensar en Claudine. Me dediqué
a escribir mi dictamen sobre la economía indonesia, así como a corregir los
pronósticos de Howard. Hasta dejar en limpio el tipo de estudio que mis jefes
querían ver: un crecimiento medio del 19 por ciento en la demanda eléctrica
anual durante los primeros doce años, a contar desde la puesta en marcha del
nuevo sistema, disminuyendo poco a poco hasta el 17 por ciento durante los
ocho años siguientes, y manteniéndose finalmente en un crecimiento del 15 por
ciento durante los últimos cinco años, de los veinticinco que contemplaba la
previsión.
Presenté mis conclusiones en una reunión formal con las agencias
financieras internacionales encargadas de los créditos. Sus equipos de expertos
me interrogaron largamente y sin contemplaciones. Para entonces mis
emociones se habían convertido en una especie de determinación obstinada, no
muy diferente de la rebeldía que me inflamaba en mis tiempos de instituto. Sin
embargo, el recuerdo de Claudine nunca me abandonaba. Cuando un
economista joven e impertinente del Asian Development Bank deseoso de
destacar delante de sus jefes me acribilló a preguntas durante toda una tarde,
recordé el
79
consejo que muchos meses antes me había dado Claudine, sentados los dos en su
apartamento de Beacon Street. «¿Quién es capaz de prever el futuro a veinticinco
años vista? —había preguntado—. Tus conjeturas valen tanto como las de ellos.
Sólo es cuestión de tener confianza en uno mismo.»
Así pues, me convencí a mí mismo de que era un experto. Recordé que tenía
más experiencia de la vida en los países menos desarrollados que muchos de los
presentes, algunos de los cuales me doblaban en edad, reunidos para juzgar mi
trabajo. Yo había estado en la Amazonia y había visitado lugares de Java por
donde ellos ni siquiera se atreverían a pasar. Había asistido a un par de cursillos
acelerados, orientados a enseñar nociones de cálculo econométrico a los
ejecutivos. Me consideraba miembro de la nueva generación de jóvenes prodigio
fanáticos de la estadística y enamorados de la econometría, émulos de
McNamara, el altanero presidente del Banco Mundial, ex presidente de FordMotor Company
y ex secretario de Defensa en tiempos de Kennedy. Ése fue un
hombre que se labró su reputación con los números, con la teoría de las
probabilidades, con los modelos matemáticos, y —sospechaba yo— con una
elevadísima opinión de sí mismo.
Traté de imitar a McNamara y a Bruno, mi jefe, adoptando algunos giros de
expresión del primero y los andares jactanciosos del segundo, con el maletín
colgado balanceándose a mi paso. Ahora que lo recuerdo, me admiro de mi
propia osadía. A decir verdad, mis conocimientos eran muy limitados. Lo que me
faltaba en cuanto a formación y práctica lo suplí a base de audacia.
Y salió bien. A su debido tiempo, el grupo de expertos puso su sello de «visto
bueno» a mis informes.
Durante los meses siguientes asistí a reuniones en Teherán, Caracas,
Guatemala, Londres, Viena y Washington. Fui presentado a personajes famosos
como el sha de Irán, los ex presidentes de varios países y el mismo Robert
McNamara en persona. Al igual que mi instituto, era un mundo exclusivamente
masculino. Me sorprendió comprobar cómo afectaban a las actitudes de otras
personas para conmigo tanto mi, nuevo título como el rumor de mis triunfos
recientes ante las instituciones financieras internacionales.
Al principio, todas estas atenciones se me subieron a la cabeza. Empecé a
creerme un mago Merlín cuya varita mágica agitada sobre un país haría brotar la
luz eléctrica y desplegarse las industrias como otras tantas flores. Más tarde me
desengañé, y desconfiaba de mis propios
80
motivos tanto como de los de todas las personas que me rodeaban. Me parecía
que ni las licenciaturas ni otros títulos más sonoros calificaban a nadie para
comprender la condición lamentable de un leproso que vive al lado de una
cloaca en Yakarta; y dudaba de que la habilidad para manipular estadísticas
implicase ninguna capacidad para ver el futuro. Cuanto más conocía a las
personas responsables de las decisiones que determinaban la marcha del
mundo, más crecía mi escepticismo en cuanto a su capacidad y sus intenciones.
Y cuando los veía cerca de mí, sentados a las mesas de reunión, me costaba un
gran esfuerzo disimular mi cólera.
Con el tiempo, no obstante, también esta manera de ver las cosas cambió.
Pude comprender que la mayoría de aquellos hombres se hallaban convencidos
de estar haciendo lo bueno y lo justo. Lo mismo que Charlie, creían que el
comunismo y el terrorismo eran fuerzas del Mal, no las previsibles reacciones
frente a decisiones tomadas por ellos mismos o por sus antecesores. Y se
consideraban en el deber de conseguir la conversión de todo el planeta al
capitalismo, por obligación ante sus países, ante sus hijos y nietos y ante Dios.
Además creían en el principio de la supervivencia de los más aptos: ya que
ellos habían tenido la buena suerte de nacer en el seno de una clase
privilegiada, y no en una barraca de cartones, debían transmitir esa herencia a
sus descendientes.
Yo dudaba de considerar a tales personas verdaderos conspiradores o
simplemente miembros de una cofradía que maquinaba el propósito de
dominar el mundo. Más tarde me dio por compararlos con los amos de las
plantaciones sureñas de antes de la guerra civil. Serían, por consiguiente, unos
hombres unidos por unas creencias comunes y unos intereses compartidos, sin
necesidad de presuponer ningún grupo exclusivo que se reuniese en recónditas
madrigueras para tramar sus siniestros planes. Esos latifundistas autócratas
habían crecido rodeados de sirvientas y de esclavos, y se les había educado en
la creencia de que tenían derecho a ello por nacimiento. E incluso se creían
obligados a hacerse responsables de los «paganos» y convertirlos a la religión
y al modo de vida de los amos. Aunque aborreciesen la esclavitud desde el
punto de vista filosófico, siguiendo a Thomas Jefferson podían justificarla como
necesidad, cuyo desmoronamiento habría desencadenado el caos económico y
social. Los dirigentes de las oligarquías modernas, o lo que yo empezaba a
llamar la corporatocracia, parecían encajar en ese molde.
Al mismo tiempo empezaba a plantearme quién se beneficia con la guerra y
la producción en masa de armamento, la construcción de
81
grandes presas y la destrucción del medio ambiente y de las culturas indígenas. ¿A
quién beneficia la muerte de cientos de miles de seres humanos por inanición, por
beber aguas contaminadas, por enfermedades curables en otras latitudes?, me
preguntaba. Poco a poco fui comprendiendo que, a la larga, eso no beneficia a
nadie pero, a corto plazo, sí parecía beneficiar a los que ocupaban la cúspide de la
pirámide, como mis jefes y yo. Al menos materialmente.
Pero esto planteaba otras muchas preguntas. ¿Por qué persiste tal situación?
¿Por qué ha sido tolerada tanto tiempo? ¿Reside la respuesta simplemente en el
viejo principio de «la razón de la fuerza»? ¿Los que tienen el poder perpetúan el
sistema?
Aducir que la situación se apoyaba en el mero uso de la fuerza no me parecía
suficiente. Aunque la proposición de que los fuertes se alzan con la razón explica
muchas cosas, yo intuía la presencia de otro factor más decisivo. Recordé a un
profesor de teoría económica de mis tiempos en la EADE, hombre oriundo del norte
de la India que solía tratar los temas de la limitación de recursos, la necesidad
humana del progreso y los orígenes del esclavismo como sistema. Según aquel
profesor, todos los sistemas capitalistas que han tenido éxito se han basado en
jerarquías con una cadena de mando rígida, en donde un grupo reducido controlaba
desde la cumbre los estratos sucesivos de subordinados, hasta llegar a la gran masa
de los trabajadores, mano de obra cautiva en el sentido económico del término.
Finalmente, llegué a la conclusión de que apoyamos este sistema porque la
corporatocracia nos ha convencido de que Dios nos otorga el derecho a situar a
algunos de los nuestros en la cima de esa pirámide capitalista y a exportar nuestro
sistema al resto del mundo.
No hemos sido los primeros, por supuesto. La lista de los antecedentes se retrotrae
a los antiguos imperios del norte de África, de Oriente Próximo y de Asia;
y continúa con los persas, los griegos, los romanos, los cruzados cristianos y todos
los europeos constructores de imperios de la época poscolombina. Ese afán
imperialista fue y continúa siendo la causa de buena parte de las guerras, la
contaminación, las hambrunas, la desaparición de especies y los genocidios. Y,
desde siempre, ha cobrado un severo tributo a la conciencia y al bienestar de los
ciudadanos, ha contribuido al malestar social y ha dado lugar a una situación en la
que las culturas más prósperas de la historia de la humanidad se hallan afectadas
por los índices más elevados de suicidios, toxicomanías y delitos violentos.
Sobre estas cuestiones reflexionaba asiduamente, pero procurando
82
evitar la consideración de mi propio papel en todo ello. Trataba de verme a mí
mismo no como un gángster económico sino como un economista jefe. ¡Sonaba
tan legítimo!, y si necesitaba alguna confirmación no tenía más que mirar las
liquidaciones de mi sueldo: todas provenían de MAIN, una corporación privada.
A mí no me daban un céntimo ni la NSA ni ningún otro organismo público. Y de
este modo me tranquilizaba. Casi.
Una tarde, Bruno me llamó a su despacho. Me invitó a sentarme, se colocó al
lado de mi sillón y me dio una palmada en el hombro.
—Ha hecho usted un trabajo excelente —ronroneó — . Para demostrarle que
lo apreciamos, vamos a darle la gran oportunidad de su vida. Lo que muchos
hombres que le doblan a usted en edad no han conseguido nunca.
83
10
Presidente y héroe de Panamá
aterricé en el aeropuerto internacional Tocumen de Panamá una noche de Aabril de 1972,
en pleno aguacero tropical. Compartí el taxi con varios
ejecutivos más, según era costumbre en aquellos tiempos, y como hablaba
español me senté delante, al lado del conductor. Me quedé absorto mirando al
frente. A través de la cortina de lluvia, los faros del vehículo iluminaron una
valla con el retrato de un hombre de agradables facciones, cejas pobladas y ojos
brillantes. Llevaba un sombrero de ala ancha y levantada gallardamente a un
lado. Lo conocía. Era Omar Torrijos, el héroe del Panamá moderno.
Había preparado este viaje a mi manera acostumbrada, visitando la sala de
lectura de la biblioteca pública de Boston. No ignoraba que una de las razones de
la popularidad de Torrijos entre los suyos era su firme defensa tanto de la
autodeterminación de Panamá como de la reivindicación de la soberanía sobre el
Canal. Estaba decidido a evitar que su país, bajo su liderazgo, incurriera de nuevo
en los ignominiosos errores de su historia pasada.
Panamá formaba parte de Colombia cuando el ingeniero francés Ferdinand
de Lesseps, que había dirigido la construcción del canal de Suez, decidió abrir a
través del istmo centroamericano una vía para enlazar los océanos Atlántico y
Pacífico. Iniciadas las obras en 1881, el descomunal esfuerzo del francés sufrió
una larga serie de catástrofes. Hasta que, en 1889, el proyecto acabó en la
quiebra financiera. Pero le inspiró un sueño a Theodore Roosevelt. A comienzos
del siglo XX, Estados Unidos exigió que Colombia firmase un tratado que ponía
el istmo en manos de un consorcio norteamericano. Los colombianos se
negaron.
En 1903, el presidente Roosevelt envió a la zona el acorazado Nashville. Los
soldados estadounidenses desembarcaron, se apoderaron de un popular
comandante de la milicia, al que dieron muerte y declararon la independencia de
Panamá. Quedó instaurado un gobierno títere y firmado el primer Tratado del
Canal. Establecía una zona estadounidense a ambos lados del trazado,
legalizaba la intervención militar
85
estadounidense y cedía prácticamente a Washington el control sobre la recién
constituida nación «independiente».
Lo más curioso es que el tratado lo firmaron Hay, secretario de Estado, y un
ingeniero francés, Philippe Bunau-Varilla, que había sido miembro del equipo
inicial, sin intervención de ningún panameño. En esencia, Panamá se
independizó de Colombia en beneficio de Estados Unidos, en un acuerdo
rubricado por un estadounidense y un francés. Un comienzo profético, si lo
miramos retrospectivamente.1
Durante más de un siglo, Panamá estuvo regido por una oligarquía de familias
ricas fuertemente vinculadas a Washington. Eran dictadores de extrema derecha
que tomaban todas las disposiciones necesarias para garantizar que su país
fomentase los intereses de Estados Unidos. Similares en esto a la mayoría de los
dictadores latinoamericanos aliados de Washington, los dirigentes de Panamá
entendieron que los intereses de Estados Unidos incluían la represión de cualquier
movimiento populista que oliese a socialismo. También prestaron apoyo a la CÍA
y la NSA para sus actividades anticomunistas en todo el hemisferio y ayudaron a
las grandes compañías estadounidenses como la Standard Oil de Rockefeller y la
United Fruit Company (más tarde adquirida por George H. W. Bush).
Evidentemente, esos gobiernos no creían que favoreciese a los intereses de Estados
Unidos ninguna mejora del nivel de vida de sus ciudadanos, que vivían en una
miseria espantosa o trabajaban prácticamente como - esclavos en las grandes
empresas y plantaciones.
Las familias dirigentes panameñas recibieron una buena recompensa por su
colaboración. Para defenderlas, Estados Unidos intervino militarmente una
docena de veces entre la declaración de independencia del país y 1968. Pero en
esta fecha, y mientras yo estaba todavía en Ecuador como voluntario del Peace
Corps, el rumbo de la historia panameña cambió de pronto. Un golpe de Estado
derribó a Arnulfo Arias, el último de aquel linaje de dictadores, y Omar Torrijos,
aunque no había participado activamente en el golpe,2 llegó a la jefatura del
Estado.
Torrijos estaba muy bien considerado entre las clases medias e inferiores de
Panamá. Era oriundo de Santiago de Veraguas, donde sus padres fueron
maestros de escuela. Hizo una rápida carrera en las filas de la Guardia Nacional,
la principal institución militar del país, que durante la década de 1960 contó con
un apoyo cada vez más decidido entre las clases pobres. Torrijos tenía fama de
escuchar a los desposeídos. Visitaba las calles de las barriadas de chabolas,
celebraba mítines en suburbios donde ningún político se atrevía a entrar, trataba
de dar trabajo a los desempleados y con frecuencia socorrió con sus propios y
limitados
86
recursos a familias golpeadas por la enfermedad o las catástrofes.3
Su amor a la vida y su compasión con la gente traspasaron las fronteras de
Panamá. Por iniciativa de Torrijos, el país se convirtió en refugio de perseguidos
y concedió asilo a los exiliados de los dos bandos del espectro político, desde
izquierdistas de la oposición chilena contra Pinochet hasta prófugos de la
guerrilla anticastrista. Muchos lo consideraban un agente de la paz y esa
percepción le valió los elogios de todo el hemisferio. También adquirió prestigio
como dirigente capaz de salvar las diferencias que destrozaban a tantos otros
países latinoamericanos, como Honduras, Guatemala, El Salvador, Nicaragua,
Cuba, Colombia, Perú, Argentina, Chile y Paraguay. Su pequeño país de dos
millones de habitantes pasaba por ser un modelo de reforma social y una
inspiración para líderes tan diversos como los dirigentes obreros que tramaban el
desmembramiento de la Unión Soviética y los militantes islámicos como el libio
Moammar al-Gaddafi.4
Aquella primera noche en Panamá, detenidos frente al semáforo y mirando
más allá de las ruidosas escobillas del limpiaparabrisas, me impresionó el hombre
que sonreía desde el cartel: apuesto, carismático y valeroso. Por las horas pasadas
en la biblioteca yo sabía que había hecho honor a sus convicciones. Por primera
vez en su historia, Panamá no era un Estado títere de Washington ni de nadie.
Torrijos nunca cedió a las tentaciones ofrecidas por Moscú o Pekín. Creía en la
reforma social y en ayudar a los nacidos en la pobreza, pero no era partidario del
comunismo. A diferencia de Castro, estaba decidido a independizarse de la tutela
estadounidense sin entrar en alianzas con los enemigos de Estados Unidos.
En algún periódico de la hemeroteca me había tropezado con un artículo que
elogiaba a Torrijos como el hombre que cambiaría la historia de las Américas
invirtiendo la tradicional tendencia a la hegemonía estadounidense. En cuanto a
ésta, el autor situaba sus orígenes en la doctrina del «Destino Manifiesto». Es
decir, la creencia —muy difundida hacia 1840 entre los estadounidenses — de que
la conquista de las tierras norteamericanas obedecía a un designio divino. Era
Dios, por tanto, y no el hombre, quien había dispuesto el exterminio de los
indios, de los bosques y de los bisontes, la desecación de los pantanos, la
canalización de los ríos y la imposición de un sistema económico que requería la
explotación incesante del trabajo y de los recursos naturales.
Este artículo me llevó a una serie de reflexiones sobre las actitudes de mi país
frente al mundo. La doctrina Monroe de 1823, así llamada por su atribución al
presidente James Monroe, se aplicó a la generalización del
87
Destino Manifiesto en las décadas de 1850 y 1860, al afirmar que Estados
Unidos disfrutaba de una jurisdicción especial sobre todo el hemisferio, que
incluía el derecho a invadir cualquier país de Centroamérica o Suramérica que
no se plegase a la política estadounidense. Teddy Roosevelt invocó la doctrina
Monroe para justificar la intervención estadounidense en la República
Dominicana, y luego en Venezuela y durante la «liberación» de Panamá con
respecto a Colombia. Y toda una serie de sucesores, en especial Taft, Wilson y
Franklin Roosevelt, utilizaron el mismo argumento en apoyo de la expansión de
las actividades panamericanas de Washington hasta el final de la Segunda
Guerra Mundial. Durante la segunda mitad del siglo XX se acudió a la amenaza
comunista para justificar una nueva generalización del concepto e incluir a
países como Vietnam e Indonesia.
Pero ahora, por lo que parecía, un hombre estorbaba las intenciones de
Washington. Yo sabía que no era el primero, al haberle precedido otros
dirigentes como Castro y Allende, pero sólo Torrijos lo intentaba sin acogerse a
la ideología comunista y sin decir que su movimiento fuese una revolución. Lo
único que estaba diciendo era que Panamá tenía sus derechos, en particular la
soberanía sobre sus gentes, sobre sus tierras y sobre la obra hidráulica que
dividía a éstas en dos. Y estos derechos eran tan válidos y de origen tan sagrado
como los que pudiese pretender Estados Unidos.
Torrijos protestaba también contra la presencia de la Escuela de las Américas
y del centro de instrucción para la guerra tropical del Comando Sur, ambos
instalados en la zona del Canal. Durante años, y por invitación de los militares
estadounidenses, los dictadores y los presidentes de Latinoamérica enviaron a
sus hijos así como a la oficialidad de sus ejércitos para que se formasen en
dichos centros, los más grandes y los mejor equipados fuera del territorio de
Estados Unidos. Allí no sólo aprendieron tácticas militares, sino también técnicas
de interrogatorio y de lucha clandestina que les servirían para combatir el
comunismo y proteger sus propias fortunas así como las de las compañías
petroleras y otras corporaciones privadas. La asistencia proporcionaba además la
oportunidad de relacionarse con los altos mandos estadounidenses.
Eran unas instituciones odiadas por los latinoamericanos, excepto por la
minoría adinerada que se beneficiaba de ellas. Se sabía que allí recibían
entrenamiento los escuadrones de la muerte ultraderechistas y los torturadores
que habían implantado regímenes totalitarios en tantos países. Torrijos dejó bien
sentado que no deseaba tener tales centros de entrenamiento en Panamá... y que
consideraba incluida en sus fronteras la
88
zona del Canal.
Al observar al apuesto general del cartel y leer el texto impreso bajo su cara
— «El ideal de Omar es la libertad, y no se ha inventado el misil capaz de matar
un ideal»—, sentí un escalofrío.
Tuve el presentimiento de que la historia de Panamá durante el siglo XX no
iba a terminar tan pronto y de que le esperaban a Torrijos tiempos difíciles y tal
vez trágicos.
Mientras la tormenta tropical azotaba el parabrisas, el semáforo se puso en
verde y nuestro conductor urgió con el claxon al coche que teníamos delante.
Me puse a reflexionar sobre mi propia situación. Se me enviaba a Panamá para
cerrar el acuerdo de lo que representaría el primer plan maestro de desarrollo
verdaderamente integrado que hubiese realizado MAIN. El plan sentaría las
bases para que el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo y
USAID invirtiesen miles de millones de dólares en los sectores energético, del
transporte y agrícola de ese pequeño pero crucial país. Y todo esto,
naturalmente, era un subterfugio para endeudar a Panamá por los siglos de los
siglos y restablecer su condición de títere.
Mientras el taxi avanzaba a través de la oscuridad sentí un fuerte
remordimiento, pero me apresuré a reprimirlo. ¿Qué me importaba? Yo me
había empleado a fondo en Java, había vendido mi alma, y ahora se presentaba
la gran oportunidad de mi vida. Podía hacerme rico, famoso e influyente de una
sola tacada.
89
90
11
Piratas en la zona del Canal
al día siguiente, las autoridades panameñas me enviaron un guía. Se llamaba
Fidel y simpaticé al instante con él. Era alto, delgado y se veía que estaba
orgulloso de su país. Su tatarabuelo había combatido al lado, de Bolívar por la
independencia frente a España. Yo le conté que era descendiente de Tom Paine y me
complació enterarme de que Fidel había leído Sentido común en español. Hablaba
inglés, pero cuando descubrió que yo hablaba su idioma con facilidad se mostró
muy emocionado.
—Muchos compatriotas suyos pasan años aquí y nunca se han molestado en
aprenderlo —comentó.
Fidel me llevó de paseo a un barrio de la ciudad que reflejaba una prosperidad
impresionante. Dijo que se llamaba New Panamá. Mientras contemplábamos los
modernos rascacielos de vidrio y acero, me explicó que Panamá tenía más bancos
internacionales que ningún otro país al sur del Río Grande.
—A menudo nos llaman la Suiza de las Américas —dijo—. Hacemos muy
pocas preguntas a nuestros clientes.
Más tarde, al atardecer y mientras el sol iba cayendo hacia el Pacífico, salimos a
una avenida que seguía la curva de la bahía. Se veía una larga fila de barcos
anclados. Le pregunté a Fidel si estaban teniendo alguna dificultad con el canal.
—Siempre están así —rió él—. Hacen cola esperando su turno. La mitad de
ellos van a Japón o regresan de allí. Más que a Estados Unidos.
Le confesé que eso era una novedad para mí.
—No me sorprende.—contestó—. Los norteamericanos no prestan mucha
atención al resto del mundo.
Detuvo el coche junto a un hermoso parque donde se veían unas ruinas antiguas
recubiertas de buganvillas. Según la placa, pertenecían a un fuerte que se
construyó para defender la ciudad contra las incursiones de los piratas ingleses. Una
familia se disponía a acomodarse para cenar al aire libre: la madre, el padre, el niño
y la niña, y un hombre anciano que
91
sería el abuelo de los pequeños. De súbito envidié la tranquilidad que expresaban
aquellas cinco personas. Cuando pasamos, la pareja sonrió, saludó con la mano y
nos dio los buenos días en inglés. Les pregunté si eran turistas y ellos soltaron una
carcajada. El marido se acercó.
—Soy de la tercera generación de habitantes de la Zona —anunció con orgullo
— . Mi abuelo llegó aquí tres años después de su inauguración. Conducía las
mulas que entonces servían para remolcar los barcos por las esclusas.
Apuntó con un ademán al viejo, que andaba ocupado con los niños y poniendo
la mesa desplegable.
—Papá era ingeniero y yo he seguido sus pasos.
La mujer fue a ayudar al suegro y a los niños. A espaldas de ellos, el sol rozaba
ya las aguas azules. Era una escena de idílica belleza, como un cuadro de Monet.
Le pregunté al hombre si eran ciudadanos estadounidenses.
El me miró con aire de incredulidad.
— ¡Claro! La Zona del Canal es territorio estadounidense.
El chico se acercó a decirle que la cena estaba servida.
—¿El será la cuarta generación?
Mi interlocutor juntó las manos como en oración y las levantó hacia el cielo.
—Todos los días le rezo al Señor para que le conceda esa oportunidad. Es
maravilloso vivir en la Zona. —Luego bajó la voz, mirando fijamente a Fidel —.
Confío en que logremos mantenernos aquí otros cincuenta años. Ese déspota de
Torrijos está metiendo mucho jaleo. Es un individuo peligroso.
Obedeciendo a un impulso repentino, le contesté en español:
..Adiós. Que lo pasen bien usted y su familia, y que aprendan mucho de la
cultura panameña.
El hombre frunció el ceño.
—No hablo el idioma de esa gente —dijo, tras lo cual me volvió la espalda y
fue a reunirse con su familia y su cena.
Fidel se acercó y rodeándome los hombros con el brazo, dijo:
—Gracias.
Al regreso, Fidel se metió en una barriada que describió como «barrio bajo».
—No es el peor que tenemos, pero servirá para que se haga una idea.
Barracones de madera y charcos de aguas estancadas flanqueaban las calles.
Aquellas frágiles viviendas parecían barcas varadas en un cenagal. El olor a aguas
corrompidas y a podredumbre invadió el habitáculo del