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Unidos. La nación estaba confusa, desmoralizada y llena de dudas, abatida por la
derrota en la guerra de Vietnam y con un presidente que estaba a punto de
dimitir. Los problemas de Nixon no se confinaban al Sudeste asiático y al
escándalo del Watergate. Había accedido al poder en un momento que,
contemplado retrospectivamente, parecería a muchos el umbral de una nueva
época de la política y la economía mundiales. En aquellos días se hubiera dicho
que los «pequeños» iban a prevalecer, si contábamos entre ellos a los países de
la OPEP.
Estos acontecimientos mundiales a mí me fascinaban. Yo vivía de la
corporatocracia, pero en mi fuero interno algún repliegue secreto se alegraba al
ver cómo había alguien que ponía a raya a mis amos. Supongo que eso calmaba
un poco mis remordimientos. Imaginaba el fantasma de Tom Paine aplaudiendo
entre bastidores a los de la OPEP.
Ahora bien, en el momento en que se produjo el embargo ninguno de
nosotros podía tener una idea completa de sus repercusiones. Teníamos nuestras
teorías, desde luego, pero no veíamos lo que ha quedado bien claro en el tiempo
transcurrido desde entonces. Ahora, aposteriori, observamos que después de la
crisis los índices de crecimiento económico quedaron reducidos a la mitad, en
comparación con los promedios de las décadas de 1950 y 1960, y que se
enfrentaban a presiones inflacionistas mucho más intensas. Además, el
menguado crecimiento había cambiado estructuralmente, en el sentido de que
apenas creaba puestos de trabajo, y el desempleo se había disparado. Para colmo,
el sistema monetario internacional había recibido un duro golpe. En esencia, se
hundió la red de los tipos de cambio fijos establecida desde el fin de la Segunda
Guerra Mundial.
En esa época me reunía a menudo con los amigos para discutir estas
cuestiones durante el almuerzo, o alrededor de unas cervezas al final de la
jornada. Algunas de esas personas trabajaban a mis órdenes. Mi equipo
comprendía a algunos hombres y mujeres muy hábiles, jóvenes por lo general y
librepensadores en su mayor parte, al menos según los criterios convencionales.
Otros eran ejecutivos de prestigiosos gabinetes bostonianos y profesores de la
universidad. Uno de ellos era consejero de un congresista del Estado. Eran
reuniones informales, algunas veces reducidas a dos interlocutores y otras, con
una docena de tertulianos, pero siempre animadas y vociferantes.
Al recordar aquellas discusiones me avergüenzo un poco del sentimiento de
superioridad que me invadía. Yo sabía muchas cosas que no podía decir. Mis
amigos presumían a veces de sus credenciales: sus relaciones dentro del mundo
político local o el de Washington, sus
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cátedras y sus títulos. Yo replicaba poniéndome en mi papel de economista
jefe de una consultaría importante, de alguien que viajaba en primera clase por
todo el mundo. Pero no podía mencionar mis entrevistas cara a cara con
hombres como Torrijos, o lo que sabía sobre nuestra manera de manipular a
los países de todos los continentes. Esto era una fuente de arrogancia interior,
pero también de frustración.
Cuando hablábamos del poder de «los pequeños», me veía obligado a
ejercer gran dominio sobre mí mismo. Yo sabía lo que ellos no tenían modo
de saber. Que la corporatocracia, su banda de gángsteres económicos y los
chacales agazapados detrás nunca permitirían que los pequeños tomasen el
mando de los asuntos. Bastaba con fijarse en los ejemplos de Arbenz y
Mosaddeq y en otro caso más reciente, éste de 1973: la caída de Salvador
Allende, el presidente democráticamente elegido por los chilenos. A mi modo
de ver, el dominio omnímodo del imperio global de hecho estaba reforzándose,
pese a la OPEP... o con la ayuda de la OPEP, como ya sospechaba entonces,
pero no pude confirmarlo sino más tarde.
Nuestras conversaciones giraban a menudo alrededor de las semejanzas
que encontrábamos entre los comienzos de dos décadas, la de 1970 y la de
1930. Ésta significó una importante divisoria en la economía internacional y en
las maneras de estudiarla, analizarla e interpretarla. La década de 1930 abrió
las puertas a la teoría económica keynesiana y a la idea de que las
administraciones deben desempeñar un papel principal como orientadoras de
los mercados y suministradoras de servicios; por ejemplo la sanidad, el
subsidio de desempleo y otras formas de providencia social. Nos alejábamos
de los supuestos tradicionales sobre autorregulación de los mercados y
mínima intervención de los organismos públicos.
La Depresión dio lugar al New Deal. Las disposiciones políticas
promovieron la regulación económica, el intervencionismo de las autoridades
financieras y el uso generalizado de los instrumentos fiscales. Tanto la
Depresión como la Segunda Guerra Mundial condujeron además a la creación
de organizaciones como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional
y el Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT, General Agreement
on Tariffs and Trade). La de 1960 fue una década crucial de este período y para
el paso de la economía neoclásica a la keynesiana. Eso ocurrió bajo las
administraciones Kennedy y Johnson, y debido fundamentalmente a la
influencia de un solo hombre, Robert McNamara.
McNamara era un visitante asiduo de nuestra tertulia... in absentia, por
107
supuesto. Todos conocíamos su meteórico ascenso a la celebridad, 'de director de
planificación y análisis financiero en Ford Motor Company en 1949 a presidente de
la Ford en 1960, el primero no perteneciente a la familia Ford en esa compañía.
Poco después de esto, Kennedy lo nombró secretario de Defensa.
McNamara se mostró muy partidario de los planteamientos keynesianos en la
administración e introdujo modelos matemáticos y enfoques estadísticos para
determinar la dotación de tropas, la asignación de fondos y otras estrategias en
Vietnam. Su postulado del «liderazgo agresivo» hizo numerosos partidarios tanto
entre los gestores de la cosa pública como entre los ejecutivos empresariales. Fue el
fundamento de un nuevo método filosófico de enseñanza de la gestión en las
mayores escuelas de ciencias empresariales del país y, con el tiempo, engendró
toda una nueva raza de gerentes y directores generales destinados a formar la
avanzadilla del imperio global.1
Mientras discutíamos los acontecimientos mundiales alrededor de nuestra mesa,
nos fascinaba en especial el papel de McNamara como presidente del Banco
Mundial, cargo que aceptó poco después de dejar la secretaría de Defensa. Muchos
de mis amigos destacaban que con esto se convertía en el símbolo de lo que muchos
llamaron por aquel entonces «el complejo militar-industrial». Había ocupado el cargo
máximo en una gran corporación, en un gabinete ministerial y ahora en el banco más
poderoso del mundo. A muchos les horrorizaba tan obvia infracción al principio de
separación de poderes; entre ellos, yo era quizás el único que no se sorprendía lo
más mínimo.
En la actualidad, considero que la contribución más grande e históricamente
más siniestra de McNamara fue desvirtuar el Banco Mundial hasta convertirlo en
agente del imperio global a una escala nunca vista con anterioridad. Además sentó
un precedente. Su capacidad para saltarse los compartimientos entre los sectores
primordiales de la corporatocracia fue perfeccionada por sus sucesores. George
Shultz, por ejemplo, fue secretario del Tesoro y presidente del Consejo de Política
Económica bajo Nixon, luego presidente de la Bechtel y seguidamente secretario
de Estado bajo Reagan. Después de vicepresidente y miembro del consejo de
administración de Bechtel, Caspar Weinberger fue secretario de Defensa con
Reagan. El director de la CÍA en tiempos de Johnson, que fue Richard Helms,
recibió luego de Nixon el nombramiento de embajador en Irán. Richard Cheney ha
sido secretario de Defensa bajo George H. W. Bush, presidente de la Halliburton y
vicepresidente de Estados Unidos con George W. Bush. E incluso un presidente de
Estados
108
Unidos, el citado George H. W. Bush, empezó como fundador de Zapata
Petroleum Corp., ejerció como embajador ante Naciones Unidas bajo los
presidentes Nixon y Ford y fue nombrado director de la CÍA por Ford.
Al recordar esa época me sorprende todavía la ingenuidad que la
caracterizaba. En muchos aspectos éramos todavía prisioneros de la idea
tradicional de la construcción de imperios. Kermit Roosevelt nos había
mostrado un camino mejor, cuando derribó a un demócrata iraní para
reemplazarlo por un rey despótico. Nosotros los gángsteres económicos
llegamos a cubrir muchos de nuestros objetivos en lugares como Indonesia y
Ecuador. Y, sin embargo, Vietnam fue un ejemplo asombroso de lo fácil que
podía ser volver a caer en las viejas rutinas.
El país miembro principal de la OPEP, Arabia Saudí, vino a cambiar todo
eso.
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110
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Arabia Saudí y el caso del blanqueo de dinero
en 1974, un diplomático de Arabia Saudí me mostró unas fotografías de Riad,
la capital de su país. En una de las fotos se veía un rebaño de cabras
que hurgaba entre montones de desperdicios al lado de unas oficinas públicas.
Cuando pregunté al diplomático, su respuesta me escandalizó. Dijo que las
cabras eran el principal sistema de recogida de residuos de la ciudad.
—Ningún saudí que se respete a sí mismo se dedica a recoger la basura —
dijo—. Eso se lo dejamos a los animales.
¡Cabras! En la capital del reino petrolero más grande del mundo. Era
increíble.
En esa época yo formaba parte de un grupo de asesores que trataban de
hilvanar una solución para la crisis del petróleo. Las cabras me permitieron
intuir de qué manera iría germinando dicha solución, sobre todo teniendo en
cuenta los esquemas de desarrollo de aquel país durante los últimos tres siglos.
Su historia está llena de episodios de violencia y fanatismo religioso. En el
siglo XVIII un caudillo local, Muhammad ibn Saud, se alió con los
fundamentalistas de la ultraconservadora secta wahabí. La unión se evidenció
poderosa y durante los dos siglos siguientes la familia Saud y sus aliados
conquistaron la mayor parte de la península arábiga, incluidas las dos ciudades
más santas, La Meca y Medina.
La sociedad saudí era un reflejo de las ideas puritanas de sus fundadores y
en ella se impuso una interpretación estricta de las creencias coránicas. Una
policía religiosa se encargaba de hacer cumplir el mandato de las cinco
oraciones diarias. Las mujeres debían taparse desde la cabeza hasta los pies. Los
delitos se castigaban con severidad. Las decapitaciones y lapidaciones públicas
eran moneda corriente. En mi primera visita a Riad quedé muy sorprendido
cuando mi chófer me dijo que podía dejar la cámara, el portafolios e incluso la
billetera a la vista dentro del coche,
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estacionado junto al zoco, sin necesidad de echar el cierre.
—A nadie se le ocurre robar aquí. A los ladrones les cortan las manos — dijo.
Poco después propuso llevarme a visitar la plaza de las ejecuciones públicas, ya
que estaba prevista una decapitación para ese mismo día. La adhesión del
wahabismo a lo que nosotros calificaríamos de puritanismo extremo consigue
limpiar las calles de ladrones... pero exige los castigos corporales más severos para
quienes transgreden las leyes. Decliné la invitación.
El criterio saudí de la religión como elemento importante de lo político y lo
económico tuvo que ver con el embargo del petróleo que sacudió el mundo
occidental. El 6 de octubre de 1973, día del Yom Kippur o del Gran Perdón, uno de
los más santos del calendario judío, Egipto y Siria lanzaron sendos y simultáneos
ataques contra Israel. Éste fue el comienzo de la guerra de Octubre, la cuarta y la
más destructiva de las guerras árabigo-israelíes y la que más impresionó al mundo
entero. El presidente de Egipto, Sadat, presionó al rey Faisal de Arabia Saudí para
que castigase la complicidad de Estados Unidos con los israelíes utilizando lo que
Sadat llamó «el arma del petróleo». El 16 de octubre, Irán y los cinco estados
árabes del Golfo, entre ellos Arabia Saudí, anunciaron un aumento del 70 por ciento
sobre el precio oficial del crudo.
Reunidos en la capital de Kuwait, los ministros árabes del petróleo consideraron
otras opciones. El representante iraní era vehemente partidario de tomar medidas
contra Estados Unidos. Pidió al resto de los delegados la nacionalización de los
activos estadounidenses localizados en el mundo árabe, la imposición de un
embargo total del petróleo a Estados Unidos y a todas las demás naciones amigas de
Israel y la retirada de los depósitos árabes de todos los bancos estadounidenses.
Argumentó que las cuentas bancarias árabes eran sustanciales y que esa medida tal
vez desencadenaría un pánico similar al de 1929.
Varios ministros árabes titubeaban en adherirse a un plan tan radical. El 17 de
octubre decidieron actuar sobre las líneas de un embargo algo más limitado, con un
recorte de producción inicial del 5 por ciento seguido de nuevos recortes del 5 por
ciento cada mes, hasta que se cumpliesen los objetivos políticos. Hubo acuerdo en
el sentido de que Estados Unidos merecía más severidad por su apoyo a los
israelíes, y por tanto el embargo contra este país debía ser más severo. Algunos de
los países asistentes anunciaron recortes del 10 por ciento en vez del cinco.
El 19 de octubre, el presidente Nixon solicitó al Congreso 2.200 millones de
dólares para ayudar a Israel. Al día siguiente, Arabia Saudí y otros productores
árabes impusieron un embargo total sobre las
112
expediciones de crudo con destino a Estados Unidos.1
El embargo concluyó el 18 de marzo de 1974. Su duración fue breve pero
su impacto, inmenso. El precio de venta del crudo saudí pasó de los 1,39
dólares por barril del 1 de enero de 1970 a los 8,32 dólares del 1 de enero de
1974.2 Los políticos y las administraciones posteriores no olvidaron jamás las
enseñanzas de la primera mitad de ese decenio. A largo plazo, esos breves pero
traumáticos meses sirvieron para reforzar la corporatocracia. Sus tres pilares —
las grandes empresas, la banca internacional y el gobierno — se unieron con
más solidez que nunca, y esa unión se reveló duradera.
El embargo produjo también significativos cambios de actitud en lo
político. Wall Street y Washington estuvieron de acuerdo en que tal embargo
no debía volver a ser tolerado jamás. Proteger nuestro aprovisionamiento de
crudo había sido siempre una prioridad, pero después de 1973 pasó a constituir
una obsesión. Con el embargo, Arabia Saudí adquirió la categoría de
protagonista digna de consideración en la política mundial, viéndose
Washington obligada a reconocer la estratégica importancia de aquel reino para
nuestro sistema económico. Los líderes de la corporatocracia estadounidense
buscaron con desesperación los métodos que les permitieran repatriar
petrodólares a Estados Unidos, lo que dio lugar a reflexiones sobre el hecho de
que las autoridades saudíes carecían de la infraestructura administrativa e
institucional necesaria para gestionar adecuadamente el rápido crecimiento de
su fortuna.
Para Arabia Saudí, el incremento de renta resultante de los sucesivos
aumentos en el precio del crudo no traía sólo ventajas. Cierto que las arcas del
país se llenaban de miles de millones de dólares. Pero, al mismo tiempo, esa
repentina riqueza minaba algunas de las estrictas creencias religiosas de los
wahabíes. Los saudíes ricos viajaban por todo el planeta. Cursaban estudios en
los institutos y las universidades de Europa y Estados Unidos. Compraban
coches de lujo, y llenaban sus casas de enseres occidentales. Las creencias
religiosas conservadoras estaban siendo reemplazadas por una nueva forma de
materialismo. Y fue este materialismo el que sugirió el remedio a los temores
de una repetición futura de la crisis del petróleo.
Casi tan pronto como acabó el embargo, Washington empezó a negociar
con los saudíes para ofrecerles asistencia técnica, armamento e instrucción
militar. Y, además, la oportunidad de colocar el país en el siglo XX a cambio de
petrodólares y de algo más importante todavía, el compromiso de no volver a
decretar un embargo del petróleo. El resultado de estas negociaciones fue la
creación del organismo más extraordinario que se haya visto jamás, la
comisión económica conjunta
113
Estados Unidos-Arabia Saudí. Conocida como JECOR, incorporaba un concepto
innovador, a diferencia de los programas tradicionales de ayuda internacional:
pagar con el dinero saudí a las empresas contratistas estadounidenses encargadas
de la construcción de ese país.
Aunque la administración general y la responsabilidad fiscal se delegaron al
departamento estadounidense del Tesoro, esta comisión gozaba de gran
independencia. En fin de cuentas se gastaron miles de millones de dólares durante
un período superior a los veinticinco años, prácticamente sin supervisión
parlamentaria alguna. Como los fondos públicos de Estados Unidos no intervenían
para nada, el Congreso carecía de jurisdicción sobre el tema, pese al papel del
Tesoro. En un detenido estudio sobre la JECOR, David Holden y Richard Johns
concluyen que «fue el acuerdo más amplio de este tipo jamás concluido por
Estados Unidos con un país en vías de desarrollo. Auguraba la posibilidad de un
arraigo permanente de Estados Unidos en ese Reino, reforzando el concepto de
interdependencia mutua».3
Muy pronto, el departamento del Tesoro acudió al asesoramiento de MAIN.
Fui convocado y se me anunció que iba a encargarme de una misión crítica. Y que
todo lo que hiciese y llegase a saber tendría consideración de altamente
confidencial. A mi modo de ver, aquello se parecía bastante a una operación
clandestina. En la época se me hizo creer que MAIN sería la asesora principal del
proceso; más adelante me di cuenta de que no éramos más que una entre varias
consultorías solicitadas por su conocimiento experto.
Como todo se hacía con el mayor secreto, no tuve comunicación de lo hablado
por el Tesoro con otros asesores y, por tanto, tampoco estoy seguro de la poca o
mucha importancia de mi contribución a ese acuerdo que iba a sentar precedentes.
Sí me consta, en todo caso, que la negociación estableció nuevas normas para el
gangsterismo económico y que puso en marcha iniciativas innovadoras en
comparación con los planteamientos tradicionales de los forjadores de imperios.
También me consta que la mayoría de los supuestos desarrollados en mis estudios
se llevaron finalmente a la práctica. La MAIN fue premiada con uno de los
primeros grandes contratos de Arabia Saudí, que resultó sumamente rentable, y
aquel año yo cobré una sustanciosa paga extra.
Mi tarea consistió en desarrollar predicciones de lo que podría suceder en
Arabia Saudí suponiendo que se realizasen grandes inversiones de infraestructura,
y en proponer diversas alternativas para la asignación de dichas inversiones. En
una palabra, se me requería que aplicase la mayor imaginación posible para
justificar la inyección de cientos de millones de dólares en el sistema económico
saudí, condicionada a la contratación de
114
compañías estadounidenses de ingeniería y construcción. Se me ordenó que
me encargase personalmente y sin requerir la colaboración de mi equipo, a
cuyo fin quedé secuestrado en una salita de reuniones varios pisos más arriba
de donde estaban los despachos de mi departamento. Se me advirtió que mi
trabajo era asunto de seguridad nacional y además prometía gran rentabilidad
para MAIN.
Yo había comprendido, por supuesto, que en este caso la finalidad primaria
no era la acostumbrada —echar sobre el país un fardo de deuda que nunca
pudiese reembolsar—, sino encontrar procedimientos para conseguir que una
gran parte de los petrodólares emprendiesen el camino de regreso a Estados
Unidos, de tal manera que Arabia Saudí quedase comprometida, su economía
cada vez más entrelazada con la nuestra y dependiente de ella. Al mismo
tiempo era de suponer que el país iría occidentalizándose y, por tanto,
simpatizaría más con el sistema en que se integraba.
Tan pronto como puse manos a la obra entendí que las cabras trashumantes
por las calles de Riad eran la clave simbólica, el punto álgido de aquellos
saudíes que volaban por todo el mundo en clase preferente. Las cabras estaban
pidiendo ser reemplazadas por algo más apropiado para ese reino del desierto
impaciente por ingresar en el mundo moderno. También sabía que los
economistas de la OPEP recomendaban la adquisición de más productos de
alto valor añadido por parte de los países productores, a cambio del petróleo de
éstos. En vez de limitarse a exportar el crudo, decían los economistas, esos
países debían desarrollar industrias propias. Es decir, utilizar el petróleo para
producir derivados que se venderían al resto del mundo a precios superiores a
los obtenidos con la venta del crudo.
Esta doble conclusión abría la puerta a una estrategia que, a mi parecer,
prometía una situación en la que todos saldrían ganando. Por supuesto, las
cabras no serían más que el comienzo. Las rentas del petróleo se emplearían
en contratar compañías estadounidenses que sustituirían a aquéllas por
sistemas modernos de recogida y tratamiento de residuos, los mejores que se
encontrasen en el mundo, para que los saudíes pudiesen enorgullecerse de su
progreso técnico.
Para mí las cabras eran uno de los elementos de una ecuación que sería
aplicable a casi todos los sectores de la economía del reino, y una fórmula para
el éxito a ojos de la familia real, del departamento estadounidense del Tesoro y
de mis jefes en MAIN. De acuerdo con esa fórmula, el dinero se asignaría a la
creación de un sector industrial centrado en la transformación del crudo en
productos derivados exportables. Así crecerían en el desierto grandes
complejos petroquímicos y, alrededor de
115
ellos, grandes parques industriales. Como es natural, semejante proyecto exigiría
también la instalación de miles de megavatios de capacidad generadora, con sus
correspondientes líneas de transporte y distribución, así como de carreteras,
oleoductos, redes de comunicaciones. Los sistemas de transporte comprenderían
nuevos aeropuertos, ampliación de los puertos de mar, una amplia gama de
servicios y demás infraestructura esencial para que girasen todos esos engranajes.
Todos albergábamos las máximas esperanzas, en el sentido de que este plan
suministrase un modelo para actuaciones futuras en el resto del mundo. Aquellos
saudíes tan aficionados a viajar por el planeta llevarían a todas partes el elogio de
nuestra actuación. Los dirigentes de muchos países serían invitados a visitar
Arabia Saudí para contemplar los milagros realizados por nosotros, y luego nos
llamarían para que desarrollásemos planes parecidos en sus países. Y cuando
éstos no perteneciesen al círculo de la OPEP, recurriríamos al Banco Mundial u
otros métodos de endeudamiento para financiarlos. El imperio mundial estaba
servido.
Mientras estudiaba estas ideas pensaba en las cabras, y las palabras de mi
chófer resonaban a menudo en mis oídos: «Ningún saudí que se respete a sí
mismo se dedica a recoger la basura». Esa frase la había oído muchas veces en
varios contextos diferentes. Era evidente que los saudíes no tenían la menor
intención de poner a trabajar a sus ciudadanos en tareas serviles, ni como obreros
en las instalaciones industriales ni en la construcción física de ninguno de los
proyectos. Para empezar, no contaban con una población suficiente. Además, la
Casa Real de Saud había indicado su intención de proporcionar a esos ciudadanos
un nivel de educación y un estilo de vida incompatibles con la condición de
obreros manuales. Los saudíes quizá dirigirían a otros, pero no tenían interés
alguno ni deseo de convertirse en trabajadores de fábrica o de la construcción. Por
tanto, sería preciso importar mano de obra de otros países. Países de salarios bajos
y de mucho desempleo, de Oriente Próximo a ser posible, u otros del mundo
islámico. Por ejemplo, Egipto, Palestina, Pakistán y Yemen.
Esta perspectiva creaba una estratagema todavía más grande con vistas a las
oportunidades de desarrollo. Sería necesario construir enormes bloques de
viviendas para esos trabajadores; y también centros comerciales, hospitales,
parques de bomberos y comisarías de policía, plantas de tratamiento de agua
potable y de residuos, centrales eléctricas, vías de comunicación y redes de
transporte. De hecho, se trataba de construir ciudades modernas donde antes sólo
existía el desierto. Era también una oportunidad para explorar nuevas tecnologías,
por ejemplo
116
plantas de desalinización, transmisiones por microondas, complejos
hospitalarios y sistemas informáticos.
Arabia Saudí era el sueño del planificador convertido en realidad y también
el premio gordo para cualquier persona relacionada con negocios de ingeniería y
construcción. Ofrecía una oportunidad económica nunca vista en la historia: un
país subdesarroUado, pero con recursos financieros virtualmente ilimitados y
con el deseo de entrar en el mundo moderno a lo grande, y cuanto antes.
He de confesar que disfruté enormemente con este trabajo. No existían, ni
en Arabia Saudí ni en la biblioteca pública de Boston ni en parte alguna, datos
sólidos y susceptibles de justificar el empleo de modelos econométricos en
aquel contexto. En realidad, la magnitud del designio —la transformación total
e inmediata de todo un país a una escala nunca antes planteada— significaba
que, aunque hubiesen existido datos históricos, éstos habrían sidodel todo
irrelevantes.
Por otra parte, nadie me pedía este tipo de análisis cuantitativo, al menos en
esa fase del juego. Se trataba de poner a trabajar la imaginación, sencillamente, y
de escribir dictámenes que pintasen un futuro glorioso para el reino. Yo
disponía de algunas estimaciones a ojo de buen cubero para valorar esas cosas,
como el coste aproximado de producción de un megavatio de electricidad o de
un kilómetro de carretera, o el coste del abastecimiento de agua, del
tratamiento de residuos, de la vivienda, de la alimentación y demás servicios
por cada trabajador enrolado. No se me exigía que ajustase dichas
estimaciones, ni que presentase conclusiones finales. Mi trabajo consistía en
describir una serie de planes (o tal vez sería más exacto decir «visiones») de lo
que pudiese hacerse, junto con unas estimaciones aproximadas de lo que, en su
caso, iban a costar.
En todo momento tuve presentes los verdaderos objetivos: maximizar la
rentabilidad para las compañías estadounidenses y conseguir que Arabia Saudí
dependiese cada vez más de Estados Unidos. No tardé mucho en comprender
que lo uno iba estrechamente vinculado a lo otro. Casi todos los proyectos que
realizar exigirían mantenimiento permanente y actualización continua, y eran
de un carácter tan técnico que sería forzoso confiar a las contratistas originales
esas tareas de conservación y modernización. Y, en efecto, conforme
adelantaba en mi tarea, empecé a establecer dos listas para cada uno de los
proyectos que planteaba: la primera, para los tipos de contratos de diseño y
construcción a que podíamos aspirar y, la segunda, para los acuerdos a largo
plazo en cuanto a servicios de asistencia técnica y administración. MAIN,
Bechtel, Brown & Root, Halliburton, Stone & Webster y otras muchas
compañías estadounidenses de proyectos y contratas cosecharían
espléndidos
117
beneficios durante varios decenios.
Más allá del terreno puramente económico, Arabia Saudí iba a quedar
dependiente de nosotros por otro motivo muy distinto y bastante más recóndito.
Era de prever que la modernización del acaudalado reino petrolero suscitaría
reacciones adversas. Por ejemplo, enfurecería a los musulmanes conservadores.
Israel y otros países vecinos se sentirían amenazados. El desarrollo económico de
aquel país daría lugar al florecimiento de otra industria: la protección de la
península árabe. Las compañías privadas especializadas en este género de
actividades, así como los militares y la industria de defensa estadounidenses
también podían aspirar a generosos contratos... acompañados, una vez más, de
protocolos de servicio y administración a largo plazo. Su presencia exigiría otra
fase de diseño y construcción de aeropuertos, emplazamientos de misiles,
alojamientos para el personal y las demás infraestructuras asociadas a tal género de
instalaciones.
Yo enviaba mis informes por medio del correo interior, en sobres cerrados y
dirigidos al «Director de proyectos del departamento del Tesoro». En ocasiones me
reuní con un par de miembros de nuestro equipo, vicepresidentes de MAIN y
superiores míos. Como nuestro proyecto no tenía denominación oficial, puesto que
todavía se hallaba en fase de investigación y desarrollo y aún no había sido
comunicado a la JECOR, cuando hablábamos de él —siempre en voz baja— lo
llamábamos SAMA, iniciales de «caso del blanqueo de dinero árabe saudí» (Saudi
Arabian Money-Laundering Affair), pero que escondían otro juego de palabras
malicioso, dado que el banco central de los saudíes tenía el nombre oficial de Saudi
Arabian Monetary Agency.
A veces se nos unía algún representante del Tesoro. Durante estas reuniones
hice pocas preguntas. Cuando hablaba era sobre todo para describir mi trabajo,
contestar a los comentarios de los demás y aceptar lo que quisieran encargarme.
Los vicepresidentes y el delegado del Tesoro quedaron especialmente
impresionados por mis ideas sobre los servicios de asistencia técnica y
administración. Sobre esto, uno de los vicepresidentes acuñó una frase que luego
citábamos con frecuencia, cuando dijo que el reino saudí era «la vaca que
ordeñaremos hasta que se ponga el sol sobre nuestra jubilación». Para mí, esa frase
evocaba siempre imágenes de cabras, antes que de vacas.
Fue durante estas reuniones cuando me enteré de que varias de nuestras
competidoras se hallaban embarcadas en tareas paralelas; todos esperábamos que
nuestros esfuerzos fuesen finalmente premiados mediante lucrativos contratos.
Supuse que tanto MAIN como las demás consultorías corrían con los gastos de
estos trabajos preliminares,
118
aceptando el riesgo inmediato a cambio de una futura tajada del pastel. Un
indicio corroboraba esta suposición: que los boletines en donde se anotaban
las horas de trabajo personal dedicadas a la actividad llevaban el código de la
cuenta a cargar, y éste era un número de los correspondientes a gastos generales
y administrativos. Esta disposición era típica de las fases preliminares de
investigación y desarrollo de la mayoría de los proyectos. En aquel caso el
volumen de la inversión inicial era desde luego muy superior a lo habitual,
pero los vicepresidentes se mostraban muy confiados en cuanto a las
posibilidades de recuperarla.
Aun sabiendo que nuestras competidoras intervenían también, todos
suponíamos que habría pastel para todos. Yo llevaba en el sector tiempo *
suficiente para prever que las remuneraciones reflejarían el grado de
satisfacción del Tesoro con el trabajo que habíamos realizado, y que las
consultorías cuyas sugerencias se llevasen finalmente a efecto se adjudicarían
los contratos más sabrosos. De modo que me planteé un reto personal: los
distintos supuestos que elaboraba tendrían que profundizar hasta la etapa de
diseño y construcción. Mi estrella en MAIN se hallaba en órbita ascendente y
esa trayectoria se aceleraría mucho si yo lograba una posición destacada en el
SAMA y el éxito consiguiente.
En estas reuniones se discutía también la probabilidad de que el SAMA y
toda la operación JECOR sentasen nuevos precedentes. Representaba un
enfoque innovador para operaciones lucrativas en países que no tuviesen
necesidad de endeudarse a través de los bancos internacionales. Irán e Iraq
acudían enseguida a la imaginación como posibles ejemplos de tales países.
Además, y teniendo en cuenta la naturaleza humana, nos parecía probable que
los dirigentes de estos países se sintieran motivados para tratar de emular a la
Arabia Saudí. No cabían muchas dudas de que el embargo petrolero de 1973
—que tan funesto había parecido al principio— acabaría por ofrecer muchos
regalos inesperados al sector de la ingeniería y la construcción, y seguiría
ayudando a allanar el camino para crear un imperio mundial.
En esta fase visionaria estuve ocupado unos ocho meses, aunque nunca
más de un par de días seguidos (pero eso sí, muy intensos), recluido en mi
salita privada o en mi apartamento con vistas al casco viejo de Boston. Mis
colaboradores tenían otros cometidos y sabían desenvolverse solos, aunque de
vez en cuando les hacía una visita de inspección. Con el tiempo, el secreto que
envolvía nuestro trabajo empezó a relajarse un poco. Muchas personas sabían
que se preparaba «algo gordo» en relación con Arabia Saudí. La excitación
subía de grado y circulaban muchos rumores. Los vicepresidentes y los
delegados del Tesoro empezaron a aflojar su hermetismo. En parte, me
parece, porque
119
ellos mismos recibían ya más información conforme iban perfilándose los detalles
del ingenioso plan.
De acuerdo con lo que íbamos sabiendo, Washington deseaba que los saudíes
garantizasen el aprovisionamiento de petróleo en volumen y precio. Estos valores
podían fluctuar pero siempre debían mantenerse en los límites de lo aceptable para
Estados Unidos y nuestros aliados. Si otros países como Irán, Iraq, Indonesia o
Venezuela amenazaban con el embargo, Arabia Saudí con sus inmensos recursos
petrolíferos intervendría para cubrir la diferencia, y la simple constancia de que
podía hacerlo a la larga sería suficiente para disuadir a los demás países de *
considerar siquiera el embargo. A cambio de esta garantía, Washington ofrecería a
la Casa de Saud un acuerdo irresistiblemente seductor: Estados Unidos se
comprometía a darle pleno apoyo político y (en caso necesario) militar, con lo que
aquélla perpetuaría su dominio sobre el país.
Era un trato al que la Casa de Saud prácticamente no podía negarse, teniendo
en cuenta su ubicación geográfica, su debilidad militar y su vulnerabilidad, en
todos los sentidos, frente a vecinos como Irán, Siria, Iraq e Israel. En lógica
consecuencia, Washington utilizaba su ventaja para imponer otra condición crítica.
Era una condición susceptible de redefinir el papel del gangsterismo económico en
el mundo —y de proporcionar un modelo que luego trataríamos de aplicar en
otros países, en especial Iraq. En retrospectiva, a veces me cuesta entender cómo
pudo Arabia Saudí aceptar esa condición. Desde luego el resto del mundo árabe,
la OPEP y otros países islámicos se escandalizaron cuando descubrieron los
términos del acuerdo y la manera en que la casa real había capitulado ante las
exigencias de Washington.
Esa condición fue que Arabia Saudí dedicase sus petrodólares a comprar bonos
de la deuda pública estadounidense. A cambio, los intereses devengados por estos
títulos serían invertidos por el departamento estadounidense del Tesoro de manera
que garantizasen el despegue de aquella sociedad medieval y su entrada en el
mundo industrializado y moderno. O dicho de otro modo, el interés calculado
sobre los miles de millones de dólares de la renta petrolera del reino serviría para
pagar a las compañías estadounidenses encargadas de realizar la visión que yo y
(era de suponer) algunos de mis competidores habíamos concebido a fin de
transformar a Arabia Saudí en una moderna potencia industrial. Nuestro propio
departamento del Tesoro nos contrataba, pagando los saudíes, para construir
proyectos de infraestructura y hasta ciudades enteras en toda la península árabe.
Aunque los saudíes se reservaban poder opinar en relación con la naturaleza
general de esos proyectos, la realidad era que un cuerpo
120
escogido de forasteros (la mayoría infieles, según la manera de ver de los
musulmanes) iba a determinar tanto el aspecto como la sustancia económica de
la península árabe, y esto en un reino fundado sobre los principios wahabíes
más conservadores y regido con arreglo a ellos durante un par de siglos. Era
pedirles un acto de fe muy grande, pero habida cuenta de las circunstancias y de
las probables presiones políticas y militares que sin duda debió poner en juego
Washington, me pareció que no le quedaban muchas alternativas a la familia
Saud.
Desde nuestro punto de vista, las perspectivas de inmensos beneficios
parecían no tener límites. Era una prebenda extraordinaria, con posibilidades de
constituirse en precedente. Y para hacerla todavía más apetitosa, nadie se vería
en la necesidad de solicitar la aprobación del Congreso, trámite siempre odiado
por las corporaciones y más especialmente por las compañías privadas como
Bechtel y MAIN, que prefieren no abrir sus libros a nadie ni tener que
compartir sus secretos. Thomas W. Lippman, especialista adjunto al Middle East
Institute y en su día periodista, resume con elocuencia los puntos destacados de
aquel acuerdo:
Los saudíes, atiborrados de efectivo, entregarían cientos de millones de
dólares al Tesoro y éste controlaría los fondos hasta que se necesitasen para
pagar a los vendedores o al personal. Con este sistema se garantizaba el
reciclado del dinero saudí devolviéndolo a la economía estadounidense
[...] También se garantizaba que los gerentes de la comisión pudieran
abordar cualesquiera proyectos acordados entre ellos y los saudíes sin
necesidad de dar explicaciones al Congreso.4
El establecimiento de los parámetros para esta histórica empresa llevó menos
tiempo del que cualquiera habría imaginado. Pero luego, como es natural,
faltaba determinar la manera de implementarlos. A fin de poner en marcha el
proceso tendría que desplazarse a Arabia Saudí alguna de nuestras autoridades,
pero del máximo nivel. El cometido era sumamente confidencial y nunca he
sabido con exactitud quién fue. Creo que enviaron a Henry Kissinger.
Quienquiera que fuese, su primera misión consistiría en recordarle a la familia
real lo ocurrido en la vecina Irán cuando Mosaddeq quiso deshacerse de los
intereses petroleros británicos. A continuación, debió describir aquel plan tan
atractivo —demasiado para no aceptarlo—, dando a entender de paso que los
saudíes no tenían muchas alternativas más. No dudo de que se quedaron con la
clara impresión de que, o bien
121
aceptaban nuestra oferta, adquiriendo así la seguridad de continuar como soberanos
contando con nuestra ayuda y protección, o bien podían negarse... y correr la
misma suerte que Mosaddeq. Cuando el enviado regresó a Washington llevaba la
noticia de que los saudíes estaban dispuestos a cumplir con su parte.
Restaba un pequeño obstáculo. Tendríamos que convencer a otras
personalidades clave del régimen saudí. Según se nos informó, era un asunto de
familia. Aunque Arabia Saudí no fuese una democracia, al parecer dentro de la
Casa de Saud se decidía por consenso.
En 1975 recibí el encargo de trabajar con uno de dichos personajes clave. Para
mí siempre fue el príncipe W., aunque nunca he averiguado si era realmente de la
línea sucesoria. Mi misión consistía en persuadirle de que el «caso del blanqueo de
dinero» iba a ser tan beneficioso para su país como para él personalmente.
No era tan fácil como pudiera parecer a primera vista. El príncipe W. se
consideraba un buen wahabí y manifestó que no le gustaría ver cómo su país seguía
los pasos del mercantilismo occidental. Además, dijo haber entendido la naturaleza
insidiosa de nuestras propuestas. Sostenía que nosotros perseguíamos los mismos
objetivos que los cruzados de hace mil años: la cristianización del mundo árabe. En
realidad no iba del todo desencaminado. En mi opinión la diferencia entre los
cruzados y nosotros era cuestión de grado. Los cristianos de la Europa medieval
proclamaban la intención de salvar del purgatorio a los musulmanes. Nosotros
afirmábamos el propósito de ayudar a la modernización de los saudíes. En realidad
creo que los cruzados, lo mismo que la corporatocracia, iban principalmente a por
la expansión de su imperio.
Creencias religiosas aparte, el príncipe W. tenía una debilidad, que eran las
rubias guapas. Ahora resulta casi escandaloso aludir a lo que se ha convertido en
un estereotipo incorrecto y, además, debo mencionar que, de los muchos saudíes
que he tratado, el príncipe W. ha sido el único en manifestar esa proclividad, o por
lo menos el único que la manifestaba en mi presencia. Pero no puede silenciarse
porque tuvo su papel en la estructuración de aquel convenio histórico, y demuestra
hasta qué extremos estaba yo dispuesto a llegar con tal de cumplir con mi misión.
122
16
Ejerciendo de proxeneta y financiando a Osama bin Laden
desde el primer momento, el príncipe W. me hizo saber que todas las veces
que me visitase en Boston, deseaba ser atendido por una mujer de su
agrado, de quien requeriría otros servicios además de los de simple
acompañante. Pero también dejó sentado que no se conformaría con una
prostituta profesional, con quien él mismo o alguien de su familia pudiese
tropezarse en la calle o en cualquier recepción. Mis reuniones con el príncipe W.
eran secretas, así que resultaba más fácil atender a sus deseos.
«Sally» era una bella rubia de ojos azules que vivía en el extrarradio de
Boston. El marido, un piloto de United Airlines muy viajado en lo profesional
y en lo particular, no hacía ningún esfuerzo por ocultar sus infidelidades. La
actitud de Sally en cuanto a las actividades de su marido era de una soberana
indiferencia. Apreciaba el sueldo, el cómodo piso de propiedad en Boston y las
demás ventajas que la esposa de un piloto disfrutaba en aquellos tiempos.
Diez años antes había sido una hippie acostumbrada a mantener relaciones
promiscuas. Aceptó enseguida la idea de una fuente secreta de ingresos y se
avino a dar una oportunidad al príncipe W., con una sola condición: que el
futuro de su relación dependería por completo de la actitud y trato que él
manifestase hacia ella.
Por suerte para mí, cada uno estuvo a la altura de los criterios del otro.
El asunto del príncipe W. con Sally, capítulo secundario del asunto del
blanqueo de dinero saudí, creaba para mí una serie de problemas aparte.
MAIN prohibía estrictamente a sus asociados que hiciesen nada ilícito y, desde
el punto de vista legal, yo estaba ejerciendo de proxeneta (al facilitar servicios
sexuales), actividad prohibida por las leyes de Massachusetts. De modo que el
problema principal consistía en cómo pagar los servicios de Sally. Por fortuna,
el departamento de contabilidad me concedía muchas libertades con mi cuenta
de gastos. Yo tengo la costumbre de dar propinas, así que no me fue difícil
conseguir que los
123
camareros de algunos de los restaurantes más lujosos de Boston me pasaran recibos
en blanco. Esto ocurría en la época en que no eran los ordenadores, sino las
personas, quienes rellenaban los recibos.
Con el tiempo, el príncipe W. se volvió cada vez más atrevido, hasta que me
pidió que persuadiera a Sally para que se fuese a vivir una temporada a su
residencia privada en Arabia Saudí. Esa petición no era demasiado insólita en
aquellos días. Existía un activo comercio de mujeres jóvenes entre ciertos países
europeos y Oriente Próximo. Estas mujeres firmaban unos contratos por tiempo
determinado, transcurrido el cual se volvían a casa con sus cuentas bancarias bien
nutridas. Robert Baer, que ha sido analista de la dirección operativa de la CÍA
durante veinte años, y especialista en Oriente Próximo, lo resume así: «A principios
de la década de 1970, cuando empezaron a correr los petrodólares, algunos
libaneses emprendedores empezaron a meter de contrabando en el reino prostitutas
para los príncipes... Y como nadie de la familia real sabe cuadrar un talonario de
cheques, esos libaneses se hicieron fabulosamente ricos».1
Yo conocía esa situación e incluso conocía algunas personas en condiciones de
arreglar tales contratos. Pero esto tenía dos inconvenientes principales para mí:
Sally y el pago. Estaba seguro de que Sally no se avendría a dejar Boston para ir a
habitar una mansión del desierto en Oriente Próximo. Y era evidente que ninguna
colección de recibos de restaurante en blanco alcanzaría a cubrir ese gasto.
El príncipe W. despejó la segunda de estas preocupaciones di-ciéndome que él
se encargaría en persona de pagar a su nueva amante. Únicamente me pedía que le
solucionase la intermediación. También me tranquilizó mucho cuando dijo que la
Sally de Arabia Saudí no tenía por qué ser necesariamente la misma persona que le
había acompañado en Estados Unidos. Entonces llamé a varios amigos que tenían
contactos con libaneses de Londres y Amsterdam. Al cabo de unas dos semanas,
una Sally sucedánea firmaba su contrato.
El príncipe W. era una persona complicada. Con Sally había satisfecho un deseo
físico y yo me había ganado su confianza con mi habilidad al ayudarle en esto.
Pero no estaba nada convencido de que el SAMA fuese una estrategia que él
quisiera recomendar para su país. Tuve que trabajar muy duro para conseguir mi
propósito. Dediqué muchas horas a enseñarle las estadísticas y a ayudarle a
analizar los estudios que habíamos realizado para otros países, entre ellos, unos
modelos econométricos que yo había desarrollado para Kuwait durante mi
entrenamiento con Claudine, en los meses anteriores a mi desplazamiento
124
a Indonesia. Al final transigió.
Desconozco los detalles de lo ocurrido entre otros colegas míos gángsteres
económicos y los demás personajes saudíes clave. Lo único que sé es que
finalmente la familia real dio su aprobación a todo el paquete de medidas.
MAIN, por su parte, fue recompensada con uno de los primeros y más
lucrativos contratos, administrado por el departamento del Tesoro
estadounidense. El encargo consistía en realizar una evaluación completa del
desorganizado y anticuado sistema eléctrico del país y diseñar otro nuevo
conforme a las normas técnicas vigentes en Estados Unidos.
Como de costumbre, me correspondió enviar el primer equipo de trabajo a
fin de obtener las previsiones de desarrollo económico y carga eléctrica para
cada región del país. Tres de los hombres que trabajaban para mí, todos ellos
expertos en proyectos internacionales, se disponían a partir hacia Riad cuando
nos llegó un comunicado del departamento jurídico recordando que según las
condiciones del contrato estábamos obligados a haber montado un despacho en
RIAD, y tenerlo en marcha, en el plazo de muy pocos meses, de los cuales ya
había transcurrido uno, sin que nadie se hubiese fijado en esa cláusula.
Además, nuestro acuerdo con el Tesoro estipulaba que todo el equipamiento
debía ser de fabricación estadounidense o de Arabia Saudí. Como en este país
no existía ninguna fábrica que produjese tal género de artículos, sería
necesario enviarlo todo desde Estados Unidos. Grande fue nuestra
consternación cuando nos enteramos de que los puertos de la península árabe
estaban bloqueados por largas colas de petroleros esperando carga. Podían
pasar meses antes de que entrasen en el reino los enseres enviados.
Pero no iba a ser MAIN quien perdiese un contrato valioso por culpa de un
par de despachos amueblados. En una reunión de todos los interesados
estuvimos reflexionando hasta encontrar la solución, que consistió en fletar un
Boeing 747, cargado de enseres comprados en Boston y alrededores, y
enviarlo rumbo a Arabia Saudí. Se me ocurrió entonces que sería bonito que ese
avión perteneciese a la United Airlines y fuese pilotado por cierto comandante
cuya esposa había desempeñado un papel tan esencial en persuadir a la Casa de
Saud.
El acuerdo entre Estados Unidos y Arabia Saudí transformó el reino,
prácticamente, de la noche a la mañana. Las cabras fueron sustituidas por
doscientos camiones compactadoreá de residuos, ultramodernos, pintados de
amarillo y suministrados por Waste Management, Inc. bajo
125
un contrato de 200 millones de dólares.2 Todos los sectores de la economía saudí
fueron modernizados de manera similar, desde la agricultura y la energía hasta la
educación y las comunicaciones. Como observó Thomas Lippman en 2003:
Un vasto y desértico paisaje de tiendas de nómadas y chozas de adobe de
los campesinos ha sido reestructurado por los norteamericanos a su propia
imagen y semejanza, desde el Starbucks de la esquina hasta las rampas para
sillas de ruedas en los edificios públicos más recientes. Hoy Arabia Saudí es
un país de autovías, ordenadores, centros comerciales con aire acondicionado
y tiendas donde se encuentran los mismos chismes que en cualquier próspera
urbanización estadounidense, hoteles elegantes, restaurantes de comidas
rápidas, televisión vía satélite, hospitales ultramodernos, rascacielos de
oficinas y parques temáticos llenos de diversiones.3
Los planes que concebimos en 1974 sentaron la norma para futuras
negociaciones con los países ricos en petróleo. En cierta manera, SAMA/JECOR
fue el segundo peldaño, después del que Kermit Roosevelt estableció en Irán.
Suponía la incorporación de un innovador grado de sofisticación al arsenal de
armas político-económicas que usaban la nueva generación de soldados que
peseguían crear un imperio global.
El «caso del blanqueo de dinero árabe saudí» y la Comisión conjunta sentaron
también nuevos precedentes de jurisprudencia internacional, como quedó bien
claro con el caso de Idi Amin. En 1979, cuando el célebre dictador ugandés pasó al
exilio, solicitó y obtuvo asilo en Arabia Saudí. Aunque todos le considerasen un
déspota asesino causante de entre cien mil y trescientas mil víctimas, pudo
jubilarse rodeado de lujos, sin exceptuar los coches y el servicio doméstico
puestos a su disposición por la Casa de Saud. Desde Estados Unidos se oyeron
discretas protestas, pero no se quiso insistir para no comprometer el
entendimiento con los saudíes. Amin pasó los últimos años de su vida pescando y
paseando por la playa, hasta que en 2003 murió de un fallo renal en Yiddah, a la
edad de ochenta años.4
Más sutil, y en último término mucho más pernicioso, fue el papel que
desempeñó Arabia Saudí al tolerársele la financiación del terrorismo
internacional. Estados Unidos no hizo ningún secreto de su deseo de que la Casa
de Saudí apoyase económicamente la guerra afgana de Osama bin Laden contra la
Unión Soviética durante la década de 1980. Riad y Washington contribuyeron
juntos con unos 3.500 millones de dólares a la
126
causa de los mujaidin.5 Pero no quedó sólo en eso la participación estadounidense
y saudí.
A finales de 2003 la U.S. News & World Reportpublicó un exhaustivo estudio
titulado «La Conexión saudí». La revista había revisado miles de páginas de
actas judiciales e informes de la inteligencia estadounidense y de otros países,
entre otros documentos, y entrevistado a docenas de funcionarios públicos y
expertos en terrorismo y en el Oriente Próximo. Entre sus resultados figura lo
siguiente:
Las pruebas eran innegables. Arabia Saudí, veterano aliado de Estados
Unidos y primer país productor de petróleo del mundo, se había convertido
de algún modo, como ha dicho un alto funcionario del departamento del
Tesoro, en «el epicentro» de la financiación terrorista
[…]
A partir de finales de la década de 1980 —después del doble trauma de la
revolución iraní y de la guerra de los soviéticos en Afganistán— las
organizaciones benéficas cuasi-oficiales de Arabia Saudí se convirtieron en
fuente principal de fondos para el rápido crecimiento de la yihad. En una
veintena de países, ese dinero se invirtió en montar campos de instrucción
paramilitar, adquirir armamento y reclutar nuevos miembros [...]
Seducidos por la generosidad saudí, los funcionarios estadounidenses
miraron para otro lado, según declaran algunos oficiales de inteligencia.
Miles de millones de dólares en contratos, subvenciones y salarios han
beneficiado a un amplio grupo de ex funcionarios estadounidenses en tratoscon
los saudíes: embajadores, jefes locales de la CÍA e incluso secretarios de
Estado [...]
Las conversaciones intervenidas por vía electrónica implican a miembros
de la familia real en la financiación de otros grupos terroristas además de a
Al-Qaeda.6
Después de los atentados de 2001 contra el World Trade Center y el
Pentágono han ido apareciendo más pruebas de la relación oculta entre
Washington y Riad. En octubre de 2003 la revista Vanity Fair publicó
informaciones no reveladas con anterioridad en un trabajo de investigación
titulado «Salvando a los saudíes». Lo que decían sobre las relaciones entre la
familia Bush, la Casa de Saud y la familia Bin Laden no me sorprendió
especialmente. Yo sabía que dichas relaciones databan por lo menos de la época
del «caso del blanqueo de dinero árabe saudí», iniciado en 1974, y de la
actividad de George H. W. Bush como embajador
127
ante Naciones Unidas (1971-1973) y como director de la CÍA (1976-1977). Lo
sorprendente era que la prensa se hubiese enterado por fin. Vanity Fair concluía:
La familia Bush y la Casa de Saud, que son las dos dinastías más poderosas
del mundo, mantienen estrechos vínculos personales, de negocios y políticos
desde hace más de veinte años
En el sector privado, los saudíes sacaron de dificultades a Harken Energy,
la petrolera en que participaba George W. Bush. Más recientemente, el ex
presidente H. W. Bush y su veterano aliado el ex secretario de estado James A.
Baker III intervinieron cerca de los saudíes a fin de allegar fondos para el
Carlyle Group, probablemente el fondo de inversiones privado más grande del
mundo. En la actualidad, el presidente Bush sigue siendo consejero de esa
compañía, entre cuyos inversores figura, según se asegura, un saudí acusado
de estar relacionado con grupos de apoyo a actividades terroristas [...]
Días antes del 11-S, numerosos saudíes adinerados entre los que se
encontraban varios miembros de la familia Bin Laden fueron sacados de
Estados Unidos en aviones privados. Nadie dice haber autorizado esos vuelos
y los pasajeros no fueron interrogados. ¿Tuvo eso algo que ver con las viejas
relaciones entre la familia Bush y los saudíes?7
128
TERCERA
PARTE
1975 -1981
129
130
17
Las negociaciones del Canal de Panamá y Graham Greene
Arabia Saudí ha impulsado muchas carreras. La mía iba bien encaminada Adesde antes,
pero mis éxitos en el reino del desierto desde luego me abrieron
puertas nuevas. En 1977 me había montado un pequeño imperio que incluía un
equipo de unos veinte profesionales en nuestro cuartel general de Boston y una
pléyade de asesores de otros departamentos y despachos de MAIN diseminados
por todo el planeta. Me convertí en uno de los socios más jóvenes en la centenaria
historia de la compañía. Además de mi título de economista jefe, ostentaba el de
gerente de planificación económica y regional. Daba conferencias en Harvard y
otros lugares y los periódicos me pedían artículos sobre los acontecimientos de
actualidad.1 Tenía un amarre para mi velero en el puerto de Boston al lado del
histórico acorazado Constitution, alias «Oíd Ironsides», el mismo que sirvió para
someter a los piratas berberiscos poco después de nuestra guerra de
Independencia. Cobraba un sueldo excelente y tenía participaciones que prometían
elevarme al selecto círculo de los millonarios antes de cumplir los cuarenta. Cierto
que mi matrimonio había fracasado, pero amenizaba mi tiempo con bellas y
fascinantes mujeres de varios continentes.
Bruno me propuso sus ideas para un planteamiento innovador en predicciones,
un modelo econométrico basado en la obra de un matemático ruso de comienzos
del siglo XX. El modelo consistía en asignar probabilidades subjetivas a las
predicciones de crecimiento de determinados sectores específicos de cualquier
economía. Parecía un instrumento ideal para justificar los exagerados índices de
crecimiento que solíamos presentar en apoyo de nuestros inflados créditos. Así
que Bruno me pidió que estudiase el concepto, a ver si me servía de algo.
Fiché para mi departamento a un joven matemático del MIT, el doctor
Nadipuram Prasad, y le asigné un presupuesto. A los seis meses tenía a punto un
desarrollo del método de Markov aplicado a los modelos
131
econométricos. Juntos elaboramos una serie de artículos técnicos destinados a
presentar el método de Markov como un sistema revolucionario para predecir
cómo repercuten sobre el desarrollo económico las inversiones en
infraestructuras.
Era exactamente lo que necesitábamos: un instrumento que «demostrase»
científicamente que estábamos haciéndoles un gran favor a los países cuando los
ayudábamos a cargarse de préstamos que jamás estarían en condiciones de
devolver. Por otra parte, incluso un economista altamente cualificado necesitaría
mucho tiempo y dinero para comprender los intríngulis del método de Markov o
cuestionar sus conclusiones. Los artículos fueron publicados por varias
instituciones prestigiosas y presentados formalmente por nosotros en
conferencias y universidades de varios países. Estos trabajos cobraron mucho
prestigio en el sector —y nosotros, sus autores, también.2
Omar Torrijos y yo hicimos honor a nuestro acuerdo secreto. Me aseguré de
que nuestros estudios fuesen correctos y de que nuestras recomendaciones
tuvieran presentes las necesidades de los pobres. Aunque llegaron a mis oídos
algunas quejas porque mis previsiones para Panamá no aparecían tan infladas
como de costumbre, y además se olfateaba en todo ello un recio relente a
socialismo, la realidad fue que la administración de Torrijos iba adjudicando
contratos a MAIN. En ellos se incluía una novedad: la elaboración de planes
maestros innovadores que incluyesen a la agricultura junto con los sectores de
infraestructura más tradicionales. Y fui testigo de los contactos entre Torrijos y
Jimmy Cárter para la renegociación del tratado del Canal.
Estas negociaciones sobre el Canal generaron mucho interés y mucho
apasionamiento en todo el mundo. La opinión pública en todas partes estaba
expectante sobre si Estados Unidos iba a hacer lo que parecía justo al resto del
mundo —es decir, permitir que los panameños asumieran el control — o si, por
el contrario, trataríamos de restablecer nuestra versión global del Destino
Manifiesto, algo maltrecha tras el desastre de Vietnam. A muchos les pareció que
se había elegido para la presidencia de Estados Unidos a un hombre razonable y
compasivo justo en el momento más oportuno. En cambio, los bastiones del
conservadurismo en Washington y los pulpitos religiosos retumbaron de
indignación. ¿Cómo era posible abandonar aquel baluarte de la defensa nacional,
aquel símbolo del ingenio estadounidense, aquella franja de agua que ataba los
destinos de Suramérica a los caprichos del interés comercial estadounidense?
Durante mis viajes a Panamá solía alojarme en el hotel Continental. Pero en
mi quinta visita me pasé al otro lado de la calle para residir en el