InicioInfoConfesiones de un sicario economico -pagina 234-256

Confesiones de un sicario economico -pagina 234-256

Info1/14/2013
234 consideraba sus opciones. Los EHM habían fracasado. Tal vez sería hora de enviar a los chacales. El 11-S cambió todas las prioridades. El presidente Bush y sus consejeros se vieron en la necesidad de buscar aliados entre la comunidad internacional en apoyo de la campaña estadounidense en Afganistán y de una invasión de Iraq. Para colmo, la economía estadounidense había entrado en recesión. Venezuela quedó relegada al fondo de la cocina. Tarde o temprano, sin embargo, Chávez y Bush tendrían que verse las caras. Si el crudo de Iraq y otros del Oriente Próximo estaban amenazados, Washington no podía correr el riesgo de descuidar a Venezuela durante demasiado tiempo. Mis excursiones por la Zona Cero y Wall Street, la conversación con el viejo afgano y las noticias de la Venezuela de Chávez me llevaron al punto que durante muchos años había tratado de evitar: el momento de echar una fría ojeada a las consecuencias de mis actos de los últimos tres decenios. Imposible negar el papel que había desempeñado, ni el hecho de que mi labor en el pistolerismo económico afectaba a la generación de mi hija, con resultados sumamente negativos. Me daba cuenta de que no podía seguir aplazando la acción expiatoria de saldar cuentas con la vida pasada, de tal manera que abriese los ojos a otras personas en cuanto al significado de la corporatocracia y que hiciese comprender por qué nos odiaba medio mundo. Empecé a escribir otra vez, pero me pareció entonces que lo que llevaba escrito se había quedado anticuado. Era necesario ponerlo al día de alguna manera. Incluso pensé viajar a Afganistán, Iraq y Venezuela para escribir un comentario actualizado sobre esos tres países. A mi modo de ver, ejemplificaban otras tantas paradojas de la vida política actual. Los tres habían sufrido grandes trastornos y se hallaban en poder de unos líderes que dejaban bastante que desear (el talibán cruel y despótico, el psicópata de Saddam, y el inepto en cuestiones de economía Chávez). Pero en ninguno de los casos la reacción de la corporatocracia estuvo dirigida a remediar los problemas de fondo de esos países, sino que se limitó a tratar de desestabilizar a los dirigentes cuando amenazaban nuestra política petrolera. En muchos aspectos Venezuela presentaba el caso más interesante, porque si bien la intervención militar era ya una realidad en Afganistán, y parecía inminente en Iraq, la posible respuesta de la administración frente a Chávez seguía envuelta en el misterio. A mí no me interesaba dilucidar si Chávez era buen o mal dirigente, sino cómo reaccionaría Washington ante un líder que se plantaba como un obstáculo en la marcha de la corporatocracia hacia el imperio global. Las circunstancias intervinieron una vez más, sin darme tiempo a 235 organizar ese viaje. Mis actividades humanitarias me llevaron varias veces a Suramérica en el transcurso del 2002. En una de mis excursiones a la Amazonia me acompañó una familia venezolana cuyos negocios estaban viéndose arruinados por el régimen de Chávez. Nos hicimos grandes amigos, y de esta manera pude escuchar su versión del caso. También hablé con latinoamericanos del otro extremo del espectro social, que veían en Chávez a un salvador. La marcha de los acontecimientos en Caracas me pareció sintomática del mundo creado por nosotros, los EHM. En diciembre de 2002 la situación llegó al punto de crisis tanto en Venezuela como en Iraq. Los dos países formaban un contrapunto perfecto. En Iraq, y visto que los esfuerzos sutiles de los EHM y los chacales no doblegaban a Saddam, se preparaba la solución última, la invasión. En Venezuela, la administración Bush ponía en juego el modelo iraní de Kermit Roosevelt. Como informó el New York Times: Cientos de miles de venezolanos salieron hoy a la calle para declarar su adhesión a la huelga nacional, que entra hoy en su 28° día con el designio de forzar la dimisión del presidente Hugo Chávez. La huelga, cuyo seguimiento se estima en unos 30.000 trabajadores del petróleo, amenaza con causar estragos en esta nación — la quinta entre las principales productoras mundiales— en los meses venideros [...] En los últimos días la huelga ha alcanzado una especie de punto muerto. El señor Chávez está utilizando a los obreros dispuestos a trabajar para tratar de normalizar el funcionamiento de la petrolera estatal. Sin embargo, sus adversarios, encabezados por una coalición de dirigentes de la patronal y de los sindicatos, aseguran que la huelga llevará al colapso a esa compañía, y por tanto al gobierno Chávez.6 Así, exactamente, fue como derribó la CÍA a Mosaddeq y lo reemplazó por el sha. El paralelismo era estrecho a más no poder. Era como una asombrosa repetición de la historia cincuenta años más tarde. Cinco décadas, y todavía el petróleo como fuerza motriz de todo. El 4 de enero de 2003 se produjo un choque entre los partidarios de Chávez y sus oponentes. El tiroteo dejó dos muertos y docenas de heridos. Al día siguiente hablé con un viejo amigo que había tenido que ver con los chacales durante muchos años. Lo mismo que yo, nunca trabajó directamente a sueldo de ninguna administración, pero condujo operaciones clandestinas en muchos países. Me contó que un contratista privado se había puesto en contacto con él para pedirle que fomentase huelgas en Caracas y sobornase a oficiales del ejército, muchos de ellos formados en la Escuela de las Américas, para que se sublevasen contra su 236 presidente electo. Él no aceptó la propuesta, pero, según comentó: —El que ha aceptado el trabajo sabe lo que se trae entre manos.7 Aquel mismo mes de enero de 2003 los precios del crudo alcanzaron nuevos máximos y las reservas de Estados Unidos llegaron a su nivel más bajo desde hacía veintiséis años. Yo sabía que la administración Bush estaba movilizando todos sus recursos para derribar a Chávez. Al poco se supo que lo había conseguido, que Chávez acababa de caer. El New York Times aprovechó este giro de los acontecimientos para transmitir una perspectiva histórica... y de paso, identificaba al hombre que por lo visto había desempeñado el papel de Kermit Roosevelt en la Venezuela contemporánea: En defensa de sus intereses económicos y políticos, Estados Unidos [...] viene apoyando a los regímenes autoritarios de Centroamérica y Suramérica desde los tiempos de la Guerra fría. En la diminuta Guatemala y en 1954, la Agencia Central de Inteligencia montó un golpe para derribar el gobierno democráticamente elegido, y durante cuatro decenios respaldó luego a los sucesivos regímenes ultraderechistas frente a los pequeños grupos rebeldes de izquierdas. Hubo unas 200.000 víctimas entre la población civil. En Chile, un golpe apoyado por la CÍA contribuyó al acceso del general Pinochet al poder, que ocupó desde 1973 hasta 1990. En Perú, un frágil gobierno democrático investiga todavía la actuación de la Agencia durante una década en apoyo del hoy depuesto y exiliado' presidente Alberto K. Fujimori y del malfamado jefe de sus servicios de espionaje, Vladirniro L. Montesinos. Estados Unidos tuvo que invadir Panamá en 1989 para derribar a su narcodictador Manuel A. Noriega, quien había sido durante veinte años un valioso informante para la inteligencia estadounidense. En el afán de organizar una oposición armada contra el régimen izquierdista de Nicaragua por cualquier medio, incluida la venta de armas a Irán a cambio de dinero en efectivo, se llegó al enjuiciamiento de varios altos funcionarios de la administración Reagan. Entre los investigados entonces figuraba Orto J. Reich, un veterano de las luchas latinoamericanas. El señor Reich nunca ha sido procesado oficialmente. Más tarde fue nombrado embajador de Estados Unidos en Venezuela, y actualmente desempeña por nombramiento presidencial directo el cargo de subsecretario de estado para los asuntos interamericanos. Con la caída del señor 237 Chávez se ha colgado otra medalla.8 El señor Reich y la administración Bush aún estarían celebrando el golpe contra Chávez cuando un suceso inesperado vino a interrumpir la fiesta. En un golpe de mano sorprendente, Chávez se rehizo y recobró el poder cuando aún no habían transcurrido setenta y dos horas. A diferencia del iraní Mosaddeq, Chávez pudo contar con la lealtad de sus militares, pese a todos los intentos de indisponer contra él a la alta oficialidad. Además tenía de su parte a la poderosa petrolera estatal; Petróleos de Venezuela desafió a sus millares de huelguistas y consiguió reanudar su funcionamiento. Cuando se sosegó un poco la situación, Chávez reforzó su control sobre los trabajadores de la petrolera, apartó de las filas del ejército a los escasos oficiales insurrectos, y envió al exilio a muchos de sus principales adversarios políticos. Para los dos dirigentes más destacados de la oposición, teledirigidos desde Washington y aliados de los chacales en la dirección de la huelga nacional, se solicitaron veinte años de cárcel.9 En último análisis, toda esta serie de acontecimientos fue catastrófica para la administración Bush. Como escribió Los Angeles Times: El pasado martes, funcionarios de la administración Bush reconocieron que venían discutiendo desde hacía meses la deposición del presidente venezolano Hugo Chávez con miembros de la dirigencia militar y civil [...] La gestión del fracasado golpe por parte de la administración está siendo investigada con creciente atención.10 Obviamente el pistolerismo económico había fracasado y los chacales también. Venezuela en 2003 resultaba ser muy diferente de Irán en 1953. Yo me preguntaba si eso sería premonitorio, o una simple anomalía... y sobre todo, qué iba a hacer Washington en consecuencia. En mi opinión se había evitado una crisis seria en Venezuela, al menos de momento, y se había salvado Chávez gracias a Saddam Hussein. La administración Bush no podía ocuparse de Afganistán, Iraq y Venezuela, todo al mismo tiempo. Por el momento, no le alcanzaban ni los recursos militares, ni los apoyos políticos. Pero yo sabía que tales circunstancias pueden cambiar en muy poco tiempo, y que el presidente Chávez tendría que enfrentarse a una oposición enconada en un próximo futuro. Con todo, lo ocurrido en Venezuela fue un recordatorio de que no habían cambiado mucho las cosas en los últimos cincuenta años... excepto los resultados. 238 34 Retorno a Ecuador Venezuela era un caso clásico. No obstante, y conforme contemplaba el desarrollo de los acontecimientos allí, me di cuenta de que estaban trazándose en otro país las líneas de la batalla significativa de verdad. Que lo era, no porque representase más entérminos de dólares o de vidas humanas, sino porque implicaba cuestiones que iban mucho más allá de los objetivos materialistas por los que generalmente se definen los imperios. Ese frente se situaba en la entraña de la civilización moderna, más allá de los ejércitos de banqueros, ejecutivos comerciales y políticos. Y se localizaba en un país queyo conocía y había aprendido a amar, el primero en donde trabajé cuando era voluntario del Peace Corps: Ecuador. En los años transcurridos desde esa estancia mía de 1968, el pequeño país se había convertido en la víctima quintaesencia! de la corporatocracia. Mis contemporáneos y yo,seguidos de nuestros equivalentes y sucesores corporativos, conseguimos llevarlo alborde de la bancarrota. Le prestamos miles de millones de dólares con el fin de que pudiera contratar a nuestras compañías de ingeniería y construcción para la realización de los proyectos que interesaban a las familias ecuatorianas más adineradas. La consecuencia fue que en tres decenios, el nivel oficial de pobreza pasó del 50 al 70 porciento de la población. El número de desempleados o subempleados creció del 15 al 70por ciento, la deuda pública aumentó de 240 millones de dólares a 16.000 millones, yla participación de las clases humildes en la renta nacional decayó del 20 al 6 por ciento. Hoy día, Ecuador debe dedicar a pagar deudas casi el 50 por ciento del presupuesto nacional, en vez de auxiliar a los millones de ciudadanos suyos oficialmente clasificados como cercanos al nivel de indigencia.1 La situación de Ecuador demuestra con claridad que todo eso no ha sido el resultado de una conspiración. El proceso continuó bajo las administraciones demócratas y bajo las republicanas, y ha sido un proceso en el que intervinieron todoslos grandes bancos multinacionales, muchas corporaciones y las delegaciones de ayuda al exterior de numerosos 239 países. Estados Unidos desempeñó el papel protagonista pero no ha sido el único actor. Durante estos tres decenios, miles de hombres y mujeres han participado en la tarea de llevar a Ecuador hasta la endeble posición en que se halla a comienzos del milenio. Algunos de ellos, como yo, sabían lo que estaban haciendo. Pero la gran mayoría se limitó a aplicar lo que se les había enseñado durante sus estudios de administración de empresas, ingeniería o derecho, o se limitaron a emular el ejemplo de los jefes que, como yo, ejemplificaban el funcionamiento del sistema mediante su propia avidez y aplicaban el sistema de premios y castigos dirigido a perpetuar dicho sistema. Estos participantes se veían a sí mismos llenos de buenas intenciones, como poco, y los más optimistas consideraban que estaban ayudando a un país empobrecido. Inconscientes y engañados, o autoengañados en muchos casos, sí, pero no juramentados en ninguna conspiración clandestina. Esos actores eran producto de un sistema que lleva adelante la forma de imperialismo más sutil y más efectiva que el mundo haya visto nunca. Nadie tuvo que salir a buscar hombres y mujeres que se dejasen seducir por sobornos o por amenazas: estaban ya reclutados por las compañías, los bancos y las agencias de la administración. Los sobornos consistían en salarios, incentivos, planes de pensiones y pólizas de seguros. Las amenazas se basaban en la sanción social, la presión de los rivales y el tema tácito de la futura educación de los hijos. El éxito del sistema había sido espectacular. A la entrada del nuevo milenio, Ecuador era una nación totalmente entrampada. Lo teníamos agarrado como el padrino de la Mafia tiene agarrado a un seguidor después de ayudarle a pagar la boda de su hija y la puesta en marcha de su pequeño negocio. Como buenos mañosos, habíamos procedido cautelosamente. Podíamos permitirnos el lujo de ser pacientes sabiendo que debajo de la selva amazónica ecuatoriana yacía un mar de petróleo. Cada cosa a su debido tiempo. Ese tiempo llegó a comienzos del 2003, mientras yo enfilaba en mi Subaru Outback el serpenteante camino desde Quito hasta Shell, en medio de la selva. Chávez, restablecido en Venezuela, había desafiado a George W. Bush y había salido vencedor. Saddam plantaba cara y se disponía a ser invadido. Las reservas de petróleo alcanzaban el nivel más bajo de los últimos tres decenios, casi, y no parecía que fuese posible pedir más a nuestros principales proveedores. Peligraban, por tanto, las cuentas de pérdidas y ganancias de la corporatocracia. Necesitábamos un as en la manga. Había llegado el momento de reclamar nuestra libra de carne ecuatoriana. Mientras dejaba atrás el descomunal embalse sobre el río Pastaza, iba 240 comprendiendo que allí en Ecuador la batalla no se limitaría a la clásica lucha entre los ricos del mundo y los menesterosos, entre los explotadores y los explotados. En ese frente quedaría definido, en el fondo, lo que éramos en tanto que civilización. Un pequeño país sería obligado a abrir sus selvas amazónicas a nuestras compañías petroleras, pero la devastación que resultaría de ello iba a ser indescriptible. Si nos empeñábamos en cobrarnos la deuda, las consecuencias llegarían mucho más lejos de lo que nadie puede cuantificar. No se trataba sólo de la destrucción de unas culturas indígenas, de vidas humanas y de cientos de miles de especies de animales, reptiles, peces, insectos, y plantas, algunas de las cuales encierran tal vez el secreto de la curación de una infinidad de enfermedades. No se trataba sólo del bosque tropical húmedo que absorbe los mortíferos gases de invernadero expulsados por nuestras industrias, que suministra el oxígeno esencial para la vida de todos, y que alimenta las nubes de las que depende una elevada proporción del agua potable que necesita el mundo. La trascendencia de la cuestión iba más allá de estas cuestiones que agitan los ecologistas deseosos de salvar esos lugares. Afectaba a lo más profundode las conciencias. Si continuábamos con esa estrategia estaríamos prolongando un esquema imperialista que viene desde mucho antes del Imperio romano. Aunque vituperamos la esclavitud, nuestro imperio global esclaviza a mayor número de gentes que los romanos y todas las demás potencias coloniales que nos han precedido. Me pareció dudoso que fuese posible ejecutar tan miope política en el Ecuador, dejando a salvo nuestra conciencia colectiva. Al otro lado de la ventanilla de mi Subaru contemplaba las laderas andinas desforestadas, las mismas que en mis tiempos del Peace Corps lucían recubiertas de exuberante vegetación tropical. Entonces me sorprendió otra revelación súbita. Que aquella consideración de Ecuador como un frente de batalla de los más significativo sera puramente personal. En realidad, todos los países en donde yo había trabajado, todos los que tuviesen recursos codiciados por el imperio, revestían idéntica significación. Pero yo me sentía más unido a éste porque era el lugar donde perdí la ingenuidad, allá de la década de 1960. Mi juicio era subjetivo, y respondía a una inclinación particular. Aunque el bosque tropical húmedo de Ecuador es precioso, como lo son las naciones indígenas y todas las demás formas de vida que lo pueblan, no son menos preciosos los desiertos de Irán, ni los beduinos cuyas tradiciones seguía Yamin. Ni más ni menos preciosos que las montañas de Java, el mar de Filipinas, las estepas de Asia, las sabanas de África, los bosques de Norteamérica, el casquete polar ártico y cientos de 241 lugares amenazados más. Cada uno de éstos representa un frente de batalla, y cada uno de ellos nos obliga a sondear nuestra conciencia individual y colectiva. Recordé una estadística que lo resume todo. La relación de rentas entre el quinto de la población mundial habitante de los países más ricos y el quinto que ocupa los países más pobres era de 30 a 1 en 1960, y ha pasado de 74 a 1 en 1995.2 Pero el Banco Mundial, la Agencia de Desarrollo Internacional estadounidense, el FMI, y los demás bancos, corporaciones y gobiernos implicados en la «ayuda» exterior todavía nos cuentan que están haciendo su trabajo, que se están consiguiendo progresos. Así que una vez más me hallaba en Ecuador, el país que no era sino uno de los frentes de batalla, pero que mantiene un lugar especial en mi corazón. Estábamos en 2003, treinta y cinco años después de mi primera visita como miembro de una organización estadounidense que usa la palabra paz en su denominación. Esta vez acudía para tratar de evitar la guerra que durante tres decenios había ayudado a provocar. Uno diría que los acontecimientos de Afganistán, Iraq y Venezuela deberían bastar para disuadirnos de entrar en otro conflicto. En Ecuador, sin embargo, la situación era muy diferente. En esa guerra no sería preciso enviar las fuerzas armadas de Estados Unidos, porque los beligerantes eran unos miles de indígenas armados de jabalinas, machetes y vetustas escopetas de avancarga, y frente a ellos un ejército ecuatoriano moderno, asesorado por un puñado de U.S. Special Forces, y reforzado por mercenarios a sueldo de las compañías petroleras y entrenados por los chacales. Y tal como ocurrió con el conflicto ecuato-peruano de 1995, en Estados Unidos la mayoría de la población jamás llegaría a tener noticia de semejante guerra. Algunos acontecimientos recientes habían disparado su probabilidad. En diciembre de 2002 fueron secuestrados unos trabajadores del petróleo. Los portavoces de las compañías denunciaron a la comunidad indígena y sugirieron que los guerreros autores del hecho eran miembros de un grupo terrorista, tal vez conectado con al-Qaeda. Para complicar el asunto, la compañía en cuestión aún no había recibido el permiso de las autoridades ecuatorianas autorizando el comienzo de las perforaciones. Pero aseguraba que sus trabajadores no estaban realizando perforaciones sino las necesarias prospecciones previas, a lo que tenían derecho. Esta afirmación fue negada con vehemencia por los grupos indígenas algunos días después, cuando dieron a conocer su versión del incidente. Según los delegados de las tribus, los del petróleo habían invadido territorios en donde no estaban autorizados a entrar. Los guerreros no llevaban armas, ni habían amenazado ni violentado a los trabajadores. Muy al contrario, los habían acompañado hasta la aldea indígena donde 242 los invitaron a comer y a tomar chicha. Mientras los visitantes aceptaban la invitación, los guerreros persuadieron a los guías para que se marcharan con sus canoas. En todo caso, decían los de las tribus, nunca se retuvo a ningún trabajador en contra de su voluntad. En todo momento se les dejó libres de dirigirse adonde quisieran.3 Mientras seguía conduciendo, recordé lo que me habían dicho los shuar en 1990, cuando después de vender IPS los visité para ofrecerme a colaborar en la salvación de la selva. — El mundo es como lo sueñas — dijeron, y subrayaron que nosotros los del Norte habíamos soñado grandes industrias, infinidad de automóviles y gigantescos rascacielos. Pero ahora descubríamos que nuestra visión había sido en realidad una pesadilla que acabaría por destruirnos a todos. —Cambiad ese sueño —me aconsejaron los shuar. Pero más de diez años después seguíamos en las mismas, y pese al trabajo de un gran número de personas y de las organizaciones no lucrativas, en algunas de las cuales había colaborado yo, la pesadilla estaba alcanzando nuevas y terroríficas proporciones. Cuando por fin entré con mi todoterreno en la población de Shell, enseguida me condujeron a una reunión con las representaciones de numerosas tribus: los quichua, los shuar, los achuar, los shiwiar y los zaparo. Unos habían caminado durante días a través de la selva. A otros los habían traído en avionetas fletadas por las ONG. Algunos llevaban la falda tradicional, las caras pintadas y las diademas de plumas, pero la mayoría trataba de emular a los habitantes de las ciudades y usaban pantalón, camiseta y calzado. Los delegados de la comunidad acusada del secuestro fueron los primeros en hablar. Dijeron que poco después del regreso de los trabajadores a su empresa, se había presentado en su aldea cerca de un centenar de soldados ecuatorianos. Se nos recordó que esto sucedía al comienzo de una estación especial de la selva húmeda, la maduración de la chonta. Esta palmera sagrada para las culturas indígenas da fruto una vez al año, cuya sazón coincide con el comienzo de la época de apareamiento para muchas aves de la región, incluidas varias especies raras y amenazadas. Cuando están en celo, estas aves son muy vulnerables. Los indígenas imponen la veda e impiden que se cacen estos pájaros durante la estación de la chonta. —Los soldados no pudieron llegar en peor momento —explicó una mujer. Me compadecí de su dolor y del de sus acompañantes mientras narraban la trágica historia de cómo los soldados no hicieron caso de la veda. Hubo una matanza de aves, por diversión y para comérselas. Luego 243 arrasaron los huertos familiares, los platanales y los cultivos de mandioca, dejando destruida sin remedio la menguada capa de suelo fértil. Pescaron con explosivos en los ríos y se comieron las mascotas de las familias. Confiscaron las escopetas y las cerbatanas de los cazadores, excavaron letrinas mal saneadas, contaminaron los caudales con gasóleo y disolventes, asediaron a las mujeres y dejaron montones de basura por todas partes, lo que atrajo todo tipo de insectos y sabandijas. —Teníamos dos opciones —dijo un hombre—. Pelear, o tragamos nuestro amor propio y tratar de reparar los daños. Decidimos que aún no había llegado la hora de luchar. Describió cómo habían intentado paliar las destrucciones causadas por los militares persuadiendo a su gente de que se abstuviera de comer. Dijo que había sido un ayuno voluntario, pero a mí me pareció algo más parecido a la inanición. Mal alimentados, los ancianos y los niños enfermaron. También se habló de amenazas y de sobornos. —Mi hijo —relató una mujer— habla inglés y español, y también varias lenguas indígenas. Ha trabajado como guía e intérprete de una empresa de ecoturismo. Le pagaban un sueldo decente. La compañía del petróleo le ofreció diez veces más, ¡qué iba a hacer! Ahora escribe cartas calumniando a su empresa anterior y a todos los que acuden en nuestra ayuda. Y dice en esas cartas que las compañías del petróleo son amigas nuestras. —Sacudió todo el cuerpo como un perro mojado—. Ha dejado de ser uno de los nuestros. Mi hijo... Un hombre entrado en años que debía ser un chamán, por la diadema tradicional de plumas de tucán que ostentaba, se puso en pie. — ¿Sabéis lo de los tres que elegimos para que nos representaran frente a las petroleras, y que murieron en ese accidente aéreo? Pues bien, no he venido aquí a repetiros lo que dicen muchos, que ese accidente lo organizaron las compañías del petróleo. Lo que puedo aseguraros es que • esas tres muertes dejaron un gran vacío en nuestra organización. Y que las compañías no han tardado en rellenar ese vacío colocando a sus títeres. Otro hombre exhibió un contrato y lo leyó. Era la cesión de un territorio inmenso a una compañía maderera, a cambio de trescientos mil dólares, y lo firmaban tres representantes de las tribus. —Esas firmas no son auténticas —dijo—. ¡Si lo sabré yo! ¡Uno de éstos es hermano mío! Es otra especie de asesinato. Para desacreditar a nuestros líderes. Parecía irónico y extrañamente oportuno que todo esto ocurriese en una región del Ecuador donde las compañías aún no tenían autorización para perforar. Lo habían hecho en otras muchas zonas de los alrededores, y los pueblos indígenas habían presenciado las consecuencias y la 244 aniquilación de sus vecinos. Mientras los oía, me preguntaba cómo reaccionarían los ciudadanos de mi país si la CNN o el telediario de la noche retransmitieran asambleas como aquélla. Esas reuniones me fascinaban y sus revelaciones eran profundamente inquietantes. Pero también ocurrían otras cosas, al margen de las sesiones formales. Durante los descansos, los almuerzos, e incluso por la noche, cuando se hablaba con la gente en privado, se me preguntó con frecuencia por qué amenazaba Estados Unidos a Iraq. La guerra inminente era objeto de discusión en las primeras planas de los periódicos ecuatorianos. Estos llegaban hasta aquella población de la selva, y sus comentarios eran muy diferentes de cuantos pudiese leer uno en los periódicos norteamericanos. Incluían alusiones al hecho de que la familia Bush fuese propietaria de compañías petroleras y de la United Fruit, y sobre el papel del vicepresidente Cheney en tanto que ex director general de Halliburton. Se leían en voz alta estos periódicos para unos hombres y mujeres que jamás habían frecuentado la escuela. Todos se mostraban interesados por esas cuestiones. Ahí estaba yo, en medio de la selva amazónica, entre personas analfabetas a las que muchos en Estados Unidos considerarían «unos atrasados» e incluso «salvajes». Sin embargo, hacían preguntas profundas que iban al grano de los asuntos del imperio global. Mientras me alejaba de Shell y volvía a pasar por delante del muro de cemento de la presa para enfilar las estribaciones de los Andes, mi mente seguía ocupada con las diferencias que apreciaba entre lo que había visto y oído en esa visita a Ecuador y el ambiente que solía hallar en Estados Unidos. Hubiérase dicho que las tribus amazónicas tenían mucho que enseñarnos. Pese a nuestros muchos años de estudio y las muchas horas empleadas en leer revistas y ver los noticiarios de la televisión, ellos tenían una-sabiduría que nosotros por alguna razón hemos perdido. Siguiendo el hilo de estos pensamientos recordé la «Profecía del cóndor y el águila», que muchas veces he tenido ocasión de escuchar en toda Latinoamérica, así como otras profecías similares que se oyen en otras partes del mundo. Casi todas las culturas que conozco anuncian que hacia finales de la década de 1990 entramos en un período de notable transición. En los monasterios del Himalaya, en los centros de culto de Indonesia, en las reservas indígenas de Norteamérica, y desde las profundidades de la Amazonia hasta los picos de los Andes y las viejas ciudades mayas de Centroamérica, en todas partes se oye que estamos en un momento especial de la historia humana, y que todos y cada uno de los nacidos en esta época tenemos una misión que cumplir. Los nombres y las palabras de las profecías presentan matices diferentes. Se habla de una Nueva Edad, de un Tercer Milenio, de la Era de Acuario, del Comienzo del Quinto Sol, o del acabamiento de los 245 calendarios antiguos y la entrada en vigor de otros nuevos. Pese a las diversas terminologías, tienen mucho en común y la «Profecía del cóndor y el águila» puede considerarse típica. Dice que allá por los albores de la historia humana, las sociedades se dividieron y emprendieron dos caminos diferentes: el del cóndor (que representa lo cordial, lo intuitivo y lo místico) y el del águila (simbolizando lo cerebral, lo racional y lo material). Hacia la década de 1490, los dos caminos volverían a encontrarse y el águila empujaría al cóndor al borde de la extinción. Quinientos años después, hacia la década de 1990, comenzaría un nuevo período en que el cóndor y el águila tendrían oportunidad de reunirse y volar juntos por las mismas sendas del cielo. Y si el cóndor y el águila recogen esta oportunidad, tendrán una progenie extraordinaria, nunca vista anteriormente. La «Profecía del cóndor y el águila» puede entenderse de muchas maneras. En la interpretación más corriente, se prevé el intercambio de la sabiduría indígena con la tecnología científica, el reequilibrio del yin y el yang, la comunicación entre las culturas del Norte y las del Sur. Es más poderoso, sin embargo, el mensaje que propone a las conciencias. Dice que entramos en una época en que podremos aprovechar las diferentes maneras de contemplar el mundo y contemplarnos a nosotros mismos, y que eso nos servirá de trampolín para alcanzar niveles de conciencia más elevados. Sería un auténtico despertar de la humanidad, la continuidad de la evolución hacia una especie más consciente. El pueblo del cóndor que habita la Amazonia hace que parezca muy obvio lo siguiente: si deseamos plantearnos los interrogantes sobre qué cosa va a ser la naturaleza humana en este nuevo milenio, y sobre nuestro compromiso en cuanto a la evaluación de nuestras intenciones para los decenios próximos, entonces tendremos que abrir los ojos y encarar las consecuencias de nuestras obras —las obras del águila— en lugares como Iraq y Ecuador. Tendremos que darnos una sacudida para despertar. Nosotros, los que habitamos la nación más poderosa que ha conocido nunca el mundo, deberíamos dejar de pensar tanto en los desenlaces de las series televisivas, los resultados del fútbol, las cifras de los balances trimestrales y los índices diarios del Dow Jones, para ponernos a reconsiderar lo que somos y en qué han de ir a parar nuestros hijos. La alternativa de seguir dejando de plantearnos esas cuestiones importantes sencillamente resulta demasiado peligrosa. 246 35 Levantando el barniz en 2003, poco después de mi regreso del Ecuador, Estados Unidos invadió Iraq por segunda vez en poco más de un decenio. Los saboteadores económicos habían fracasado. Los chacales habían fracasado. Así que fue preciso enviar a hombres y mujeres jóvenes. A matar y morir entre las arenas del desierto. La invasión planteaba una pregunta importante, que me figuré que pocos compatriotas estarían en situación de considerarla: lo que significaban estos hechos para la Real Casa de Saud. Si Estados Unidos se apoderaba de Iraq, país que según muchas estimaciones tiene más petróleo que Arabia Saudí, quedaba muy mermada la necesidad de seguir haciendo honor al pacto acordado con la familia real saudí en la década de 1970, el originado cuando el «caso del blanqueo de dinero árabe saudí». El final de Saddam cambiaba la fórmula, lo mismo que el final de Noriega en Panamá. En el caso de Panamá, una vez reinstaurados nuestros títeres controlábanlos el Canal con independencia de las condiciones del tratado negociado entre Torrijos y Cárter. Por tanto, ¿podríamos romper la OPEP cuando controlásemos Iraq? ¿Llegaría a ser irrelevante la familia real saudí en el escenario de la política petrolera global? Algunas mentes privilegiadas se cuestionaban ya por qué Bush atacaba a Iraq en vez de volcar todos los recursos en la persecución contra al-Qaeda en Afganistán. ¿Sería posible que desde el punto de vista de esa administración, o mejor dicho de esa familia petrolera, importase más asegurar el aprovisionamiento de petróleo y justificar las contratas de construcción que combatir a los terroristas? El desenlace quizá sería otro, sin embargo. Podía ocurrir que la OPEP tratase de consolidarse. Si Estados Unidos controlaba Iraq, los demás países ricos en petróleo no tendrían mucho que perder si elevaban los precios del crudo y/o reducían la oferta. Esta posibilidad enlazaba con otro supuesto, las consecuencias del cual, caso de realizarse, no se les ocurrirían a muchas personas fuera del mundo de la alta finanza internacional, pero que podría desequilibrar la balanza geopolítica y, a su 247 tiempo, derrumbar el sistema que la corporatocracia había edificado con tanto esfuerzo. O mejor dicho, podría evidenciarse como el factor capaz de provocar la autodestrucción del primer imperio auténticamente mundial que ha conocido la historia. En último análisis, el imperio global depende, en gran medida, de que el dólar siga funcionado como la moneda de referencia mundial. Y el derecho de imprimir dólares es una exclusiva de la Moneda estadounidense. Es así como hacemos préstamos a países como Ecuador, en la plena conciencia de que no van a poder devolverlos jamás. De hecho, no deseamos que hagan honor a ese compromiso, porque es la deuda lo que nos asegura nuestra influencia, nuestra libra de carne. En condiciones normales, con el tiempo correríamos el riesgo de vaciar nuestro propio erario; al fin y al cabo, ningún acreedor puede mantener un número ilimitado de morosos. Pero las nuestras no son unas circunstancias normales. Estados Unidos imprime billetes que no están respaldados por ningunas reservas de oro. O para ser más exactos, no están respaldados por nada, salvo la confianza generalizada a nivel mundial en la capacidad de nuestra economía y en que sabremos mantener el buen orden de las fuerzas y los recursos del imperio creado por nosotros para sustentarnos. La capacidad para imprimir billetes nos confiere un poder inmenso. Significa, entre otras cosas, que podemos seguir concediendo empréstitos que no se devolverán nunca... y que nosotros mismos también podemos acumular un gran endeudamiento. A comienzos de 2003, la deuda nacional estadounidense sobrepasaba la estremecedora cifra de 6 billones de dólares y amenazaba con alcanzar los 7 billones antes de que acabase el mismo año: una deuda de 24.000 dólares por ciudadano estadounidense, poco más o menos. Muchos de los acreedores son países asiáticos, en especial Japón y China, que compran títulos del Tesoro estadounidense (pagarés del Tesoro principalmente) con el producto de sus ventas de artículos de consumo —aparatos electrónicos, ordenadores, automóviles, electrodomésticos y prendas de vestir, sobre todo — a Estados Unidos y en el mercado mundial.1 Mientras el mundo siga aceptando el dólar como divisa de referencia, ese endeudamiento excesivo no será un gran obstáculo para la corporatocracia. Pero si el dólar fuese reemplazado por otra moneda, y si algunos de los países acreedores, Japón o China por ejemplo, decidiesen reclamar, el cambio de la situación sería drástico, y Estados Unidos se hallaría de pronto en una situación bastante precaria. Ahora bien, la existencia de semejante moneda ha dejado de ser 248 hipotética. Desde el 1 de enero de 2002 existe el euro en el panorama financiero internacional, con fuerza y prestigio crecientes mes a mes. El euro le ofrece una oportunidad extraordinaria a la OPEP, si se le ocurriese aplicar represalias por la invasión de Iraq o por algún otro motivo decidiese intentar la prueba de fuerza con Estados Unidos. Si la OPEP tomase la decisión de reemplazar el dólar por el euro como unidad monetaria de las transacciones, el imperio se conmovería hasta los mismísimos fundamentos. Si eso ocurriese, y si uno o dos de nuestros grandes acreedores reclamasen la devolución de lo adeudado, el impacto sería enorme. Todo eso andaba yo pensando la mañana del Viernes Santo, 18 de abril de 2003, mientras recorría los cuatro pasos que median entre mi casa y mi garaje reformado para usarlo como oficina. Fui a ocupar mi escritorio, puse en marcha el ordenador y como de costumbre, entré en la página del New York Ti mes electrónico. Un titular reclamó mi atención y me sacó inmediatamente de mis reflexiones sobre las nuevas realidades de las finanzas internacionales, de la deuda nacional y del euro, para devolverme a mi antigua profesión: «Estados Unidos adjudica a Bechtel una gran contrata para la reconstrucción de Iraq». El texto del artículo decía: «Con fecha de hoy, la administración Bush ha otorgado al grupo Bechtel de San Francisco la primera gran contrata de un vasto plan para la reconstrucción de Iraq». Más adelante los autores informaban al lector de que «a continuación, los iraquíes colaborarán en el rediseño del país con el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, instituciones en donde Estados Unidos disfruta de amplia influencia».2 ¡Amplia influencia! ¡Qué manera tan modesta de decirlo! Pasé a otro artículo del Tintes, «La compañía tiene relaciones en Washington y con Iraq». Tras saltarme los primeros párrafos, que venían a repetir buena parte de la información del primer artículo, leí: Bechtel tiene tradicionales lazos con las instituciones de la seguridad nacional [...] En su consejo de administración figura George Shultz, que fue secretario de estado con el presidente Ronald Reagan. Antes de entrar en la administración Reagan, el señor Shultz, que continúa siendo consejero de Bechtel, fue presidente de la compañía y colaboró con Caspar W. Weinberger, ejecutivo de este grupo radicado en San Francisco antes de su nombramiento como secretario de defensa. En el año en curso, y por designación del presidente Bush, el director general de la compañía Riley P. Bechtel 249 pasó a formar parte del Consejo presidencial de la exportación.3 En esos artículos quedaba condensado el relato de la historia contemporánea, de la marcha hacia el imperio global. Lo que pasaba en Iraq y lo que describía la prensa matutina era el resultado de la misión que Claudine me había enseñado a desempeñar hacía unos treinta y cinco años. De mi trabajo y el de otros muchos hombres y mujeres movidos por un afán de engrandecimiento que seguramente no debió ser muy diferente del que yo conocí. Esos artículos trataban de la invasión de 2003 y de las contratas que estaban firmándose para reconstruir Iraq después de la devastación causada por nuestros ejércitos y para reformarlo según los moldes del modelo occidental moderno. De manera implícita, las noticias del 18 de abril de 2003 miraban también hacia atrás, a comienzos de la década de 1970 y al «caso del blanqueo de dinero árabe saudí». Este caso y las contratas que resultaron de él sentaron un precedente nuevo e irrevocable, al permitir, o mejor dicho disponer que las compañías de ingeniería y construcción estadounidenses y la industria del petróleo se adjudicasen el desarrollo de aquel reino del desierto. En un solo golpe poderoso, el caso aludido había establecido nuevas reglas para la gestión mundial del petróleo, redefinido la geopolítica y creado una alianza con la familia real saudí que aseguraba tanto la hegemonía de ésta como su compromiso de plegarse a nuestras reglas. Mientras leía no pude dejar de preguntarme cuántas personas sabrían lo que sabía yo. Que a aquellas horas, Saddam seguiría siendo dueño de su país si se hubiese avenido a entrar en el juego como hicieron los saudíes. Y tendría sus misiles y sus fábricas químicas, que nosotros habríamos construido para él, y que serían mantenidas y modernizadas permanentemente por nuestros técnicos. Un acuerdo a gusto de todos, como lo fue el de Arabia Saudí. Hasta entonces los medios de comunicación más influyentes se habían abstenido de publicar tales informaciones. Pero ese día estaban ahí. Cierto que aquellos artículos eran mucho menos que un resumen, un atisbo, una aparición fugaz. Pero daban la sensación de que la historia empezaba a emerger. Pensé si al New York Times se le habría ocurrido hacer de francotirador solitario. Pasé a la página de la CNN y leí: «Bechtel gana la contrata iraquí». La crónica de CNN era muy parecida a la del Times, sólo que agregaba: En varios momentos se hizo saber que otras compañías competían 250 como posibles aspirantes, acudiendo a la licitación con carácter individual o formando parte de grupos, por ejemplo la unidad Kellogg Brown & Root (KBR) de Halliburton Co., cuyo director general ha sido en el pasado el vicepresidente Dick Cheney [...] [Con anterioridad] Halliburton se ha adjudicado una contrata que algunos valoran en 7.000 millones de dólares, con una vigencia estimada de hasta dos años, para reparaciones urgentes de la infraestructura petrolera iraquí.4 Se hubiera dicho, en efecto, que empezaba a filtrarse el relato de la marcha hacia el imperio global. No los detalles, no el hecho de que ésa era una trágica historia de endeudamiento, de engaño, de esclavización, de explotación, y del intento más flagrante de adueñarse de los corazones, las mentes, las almas y los recursos de toda clase de gentes que el mundo haya conocido. Nada en esos artículos indicaba que los acontecimientos de 2003 en Iraq eran la continuación de una historia vergonzosa. Ni manifestaban que esa historia tan antigua como el imperio estaba adquiriendo nuevas y terroríficas dimensiones, tanto por el tamaño debido a la globalización, como por la astucia con que estaba ejecutándose. Y pese a todas las insuficiencias, sin embargo, se filtraba poco a poco, casi como de mala gana. Esta idea de una historia que se filtraba de mala gana me resultaba muy cercana y familiar. Me recordaba mi. propia biografía y los muchos años que estuve aplazando la hora de las explicaciones. Desde hacía mucho tiempo me constaba que tenía una confesión pendiente. Pero la había aplazado una y otra vez. Al recordarlo me doy cuenta de que las dudas, los rumores del remordimiento, estaban ahí desde el principio, desde las lecciones en el apartamento de Claudine, aun antes de haber comprometido mi primer viaje a Indonesia. Y me habían perseguido durante todos esos años de modo casi incesante. También sabía que de no haberme atormentado continuamente las dudas, la pena y el arrepentimiento, las cosas nunca habrían cambiado. Como tantos otros, me habría quedado como estaba. Ante el panorama de una playa en las islas Vírgenes, nunca se me ocurriría dejar mi empleo en MAIN. Aún seguía dando largas, a pesar de todo, y las comunidades suelen hacer lo mismo en tanto que tales. Los titulares parecían apuntar a una coalición entre las grandes corporaciones, la banca internacional y las administraciones. Como mi curriculum de MAIN, sin embargo, aquellos reportajes apenas rozaban la superficie. Se quedaban con el barniz. El meollo del asunto no consistía en 251 que una vez más, las grandes empresas de ingeniería y construcción recibiesen miles de millones de dólares para desarrollar un país a nuestra imagen y semejanza — cuando las gentes de ese país muy probablemente no tenían ningún deseo de reflejar esa imagen—, ni en que una banda de individuos repitiese una vez más el ancestral rito de abusar de los privilegios que se les concedían por sus altos cargos. Esa explicación es demasiado simplista. Implica que si quisiéramos corregir los defectos del sistema, no tendríamos más que echar a esos individuos. Equivale a moverse en el terreno de las teorías conspirativas, de manera que si preferimos quedarnos tranquilos, sería suficiente apagar la televisión y olvidarlo todo, conformados con esa visión histórica de escuela elemental que viene a decirnos: tranquilos que «ellos» se encargan de todo, que la nave está en buenas manos, que a su debido tiempo las cosas retomarán al buen camino. Tal vez tendréis que esperar hasta la próxima generación, pero luego todo marchará mejor. La historia real del imperio contemporáneo —de la corporatocracia explotadora de gentes desesperadas y realizadora del expolio de los recursos más brutal, egoísta y, al largo plazo, autodestructivo— tiene poco que ver con lo que exponían los periódicos esa mañana, y todo que ver con nosotros. Lo cual, por supuesto, explica la dificultad que tenemos para escuchar esa historia real. Preferimos dar crédito al mito de que miles de años de evolución social humana han perfeccionado al fin el sistema económico ideal, antes que admitir la realidad de que nos han engañado con un concepto falso y nosotros lo hemos aceptado como la verdad del evangelio. Nos hemos persuadido de que todo crecimiento económico es beneficioso para la humanidad, y de que cuanto mayor sea el crecimiento, más pronto se difundirán sus beneficios. Y por último, nos hemos persuadido de un corolario que se nos ofrece como válido y moralmente justo: que las personas especialmente dotadas para atizar los fuegos del crecimiento económico deben ser exaltadas y recompensadas, mientras que los nacidos al margen quedan disponibles para la explotación. Ese concepto y ese corolario se utilizan para justificar toda clase de piraterías. Se conceden licencias para violar, saquear y matar a gentes inocentes en Irán, Panamá, Colombia, Iraq y muchos lugares más. El gangsterismo económico, los chacales y los ejércitos prosperan en la medida en que se demuestre que sus actividades generan crecimiento económico, como casi siempre ocurre. Gracias a las proyecciones de «ciencias» tan poco imparciales como la econometría y la estadística, si usted bombardea una ciudad y luego la reconstruye, los datos reflejan un pasmoso pico de crecimiento económico. 252 La historia real es que estamos viviendo una mentira. Se ha creado un barniz que, como mi curriculum en MAIN, oculta la fatídica corrupción subyacente. Pero hay otras estadísticas que son como radiografías y reflejan ese cáncer, al descubrir la terrorífica realidad de que el imperio más poderoso y más opulento de la historia tiene índices insufriblemente altos de suicidios, toxicomanías, divorcios, malos tratos a los niños, violaciones y asesinatos. Y' lo mismo que un cáncer pernicioso, 'esos males extienden sus tentáculos en un radio cada vez más amplio, año tras año. El dolor, todos lo sentimos en nuestros corazones. Querríamos exigir el cambio a gritos, pero nos tapamos la boca con ambas manos para sofocar esos gritos y que nadie nos oiga. Sería estupendo que pudiéramos culpar de todo eso a una conspiración, pero no hay tal. El imperio precisa de la eficacia de los grandes bancos, de las grandes compañías, de las administraciones —la corporatocracia—, pero no es una conspiración. La corporatocracia somos nosotros. Existe gracias a nosotros. Por eso, a la mayoría nos resulta muy difícil rebelarnos y oponernos a ella. Preferiríamos ver conspiradores acechando por las esquinas oscuras, porque muchos de nosotros trabajamos en uno de esos bancos, corporaciones o administraciones, o dependemos de alguna manera de ellos por los bienes y servicios que producen y comercializan. No es cosa de morder la mano del amo que nos alimenta. Tal era la situación que estaba yo considerando mientras contemplaba, absorto, los grandes titulares en la pantalla de mi ordenador. ¿Cómo va uno a rebelarse contra el sistema que según todas las apariencias le suministra casa y coche, alimento y vestido, electricidad y medicinas? Aunque sepamos que es el mismo sistema que ha creado un mundo en donde mueren de hambre todos los días veinticuatro mil personas, y muchos millones de personas más nos odian, o por lo menos odian las políticas practicadas por nuestros representantes elegidos. ¿Quién tiene valor para salirse de la formación y poner en duda conceptos que uno mismo y quienes le rodean siempre aceptaron como la verdad del evangelio, aunque uno sospeche que el sistema está al borde de la autodestrucción? Con un esfuerzo, me puse en pie y regresé a casa para tomarme otra taza de café. Di un pequeño rodeo y me incliné a recoger el Palm Beach Patf caído junto a mi buzón, en el sendero de acceso de mi garaje. Traía el mismo artículo sobre Irán y la Bechtel, bajo copyright del New York Times. Me fijé en la fecha de la cabecera: 18 de abril. Es una conmemoración, al menos en Nueva Inglaterra, grabada en mi recuerdo por unos padres muy dados a 253 evocar las gestas de nuestra Revolución, y también por el poema de Longfellow: Escuchad, hijos míos, y os hablaré de la cabalgata nocturna de Paul Reveré, el dieciocho de abril del Setenta y Cinco. Hoy casi ninguno queda vivo que recuerde tan famoso día y año. El año en que estábamos, el Viernes Santo coincidía con el aniversario de la cabalgata de Paul Reveré. Al ver la fecha en la primera página del Post evoqué la imagen de aquel platero' de la época colonial, espoleando su caballo por las calles a oscuras de las ciudades de Nueva Inglaterra al grito de «¡que vienen los ingleses!». Reveré arriesgó la vida para difundir la palabra, y sus leales conciudadanos le respondieron. Se enfrentaron a lo que entonces era el imperio. Me pregunté qué razones tendrían aquellos norteamericanos de la colonia para salirse de la fila. Muchos de los insurrectos eran gente adinerada. ¿Por qué motivo arriesgaron sus negocios, mordieron la mano que los alimentaba y pusieron en peligro sus vidas? Cada uno de ellos tendría, sin duda, sus razones personales, y sin embargo debió existir alguna fuerza unificadora, alguna energía o catalizador, una chispa que inflamó simultáneamente muchos fuegos en ese momento único de la historia. Entonces supe lo que era: la palabra. Alguien habló para contar la verdadera historia del imperio británico y del mercantilismo egoísta y en fin de cuentas autodestructivo, y ésa fue la chispa. La explicación del significado subyacente, a través de la palabra de hombres como Tom Paine y Thomas Jefferson, inflamó la imaginación de sus compatriotas, y abrió corazones y mentes. Los habitantes de las colonias empezaron a poner cosas en duda, y cuando lo hicieron descubrieron una nueva realidad que acabó con todos los engaños. Vieron la verdad oculta bajo el barniz, y entendieron cómo habían sido manipulados, engañados y esclavizados por el Imperio británico. Vieron que sus amos ingleses habían formulado un sistema, y luego habían persuadido a casi todo el mundo de una mentira: que era el mejor sistema que la humanidad pudiese ofrecer nunca, y que la esperanza de un mundo mejor dependía de que todos los recursos fuesen canalizados a través de la Corona de Inglaterra. Que la organización imperial del comercio y de la política era el medio más eficiente y humano para 254 mejorar la vida de la población... cuando la realidad era que tal sistema enriquecía a unos pocos a expensas de la gran mayoría. Esa mentira y la explotación resultante permanecieron y se desarrollaron durante decenios, hasta que un puñado de filósofos, negociantes, granjeros, pescadores, colonizadores de la frontera, escritores y oradores empezó a decir la verdad. La palabra. Medité sobre ese poder mientras rellenaba la taza de café para regresar luego a mi oficina y al ordenador. Cerré la página de la CNN y abrí el documento en que había trabajado la víspera. Releí la última frase escrita: Esta historia debía ser contada. Vivimos en una época de crisis terrible [...] y de tremendas oportunidades. A través de la peripecia de este gángster económico que les habla se relata cómo hemos llegado adonde estamos y por qué nos enfrentamos ahora a esas crisis que parecen insalvables. La historia debía ser contada porque necesitamos comprender nuestros pasados errores para poder aprovechar las oportunidades venideras [...] Y lo más importante, debía ser contada porque hoy, por primera vez en la historia, un solo país tiene la capacidad, el dinero y el poder necesarios para cambiar todo eso. Es el país en donde nací, al que he servido como gángster económico: Estados Unidos de América. Ahora estaba decidido a no dejarlo. Las coincidencias de mi vida y las elecciones adoptadas como consecuencia de ellas me habían conducido a ese punto. A partir de ahí, el movimiento no podía continuar sino adelante. Por mi imaginación pasó de nuevo aquel hombre, el jinete solitario cabalgando a través de la noche por las comarcas rurales de Nueva Inglaterra para dar la alarma a los vecinos. El platero sabía que las palabras de Paine y de Jefferson le habían precedido, y que los vecinos las habían leído en sus casas y discutido en las tabernas. Paine había mostrado la verdad de la tiranía imperial británica. Jefferson proclamó que nuestra nación se consagraría a los principios de la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Reveré, mientras se adentraba en la oscuridad, tenía presente que los hombres y las mujeres de las colonias habían recibido el estímulo de la palabra. Por tanto, era seguro que se alzarían para luchar por un mundo mejor. La palabra... Tomé mi decisión de no aplazarlo más, de terminar lo que tantas veces 255 había comenzado en el transcurso de los años. Poner las cartas boca arriba. Confesarme. Escribir las palabras de este libro. 256 Epílogo Hemos llegado al final de este libro, que es también un comienzo. Usted probablemente estará preguntándose qué hacer ahora, cómo se puede poner freno a la corporatocracia y terminar con esta marcha demencial y autodestructiva hacia el imperio global. Usted está dispuesto a dejar el libro a un lado y actuar en el mundo. Son ideas lo que se necesita, y yo podría ofrecer algunas. Como señalar, por ejemplo, que el capítulo que acaba de leer acerca de la Bechtel y la Halliburton en Iraq ha dejado de ser noticia. Cuando usted lo leyó, ya era agua pasada. Pero la trascendencia de esas noticias va más allá de la oportunidad de los textos. Confío en que ese capítulo habrá contribuido a cambiar la manera en que leemos las noticias, enseñando a leer entre líneas de todo artículo de prensa que abordemos en adelante, a cuestionar las implicaciones profundas de toda información de radio y televisión que sintonicemos. Las cosas no son lo que parecen. La NBC es una propiedad de General Electric. La ABC es de Disney. La CBS pertenece a Viacom, y la CNN forma parte del colosal conglomerado America On Line Time Warner. La mayoría de nuestros periódicos, revistas y casas editoriales pertenece a las gigantescas corporaciones internacionales y está manipulada por ellas. Los medios de comunicación son parte de la corporatocracia. Los funcionarios y los directores que controlan casi todos los órganos de opinión saben cuál es el lugar que les corresponde. En su vida profesional han aprendido que una de sus misiones más importantes consiste en perpetuar, fortalecer y desarrollar el sistema que sé les ha legado. Ellos lo cumplen con gran eficacia, y si tropiezan con alguna oposición también saben ser despiadados. A usted le incumbe entonces la misión de distinguir la verdad que se oculta bajo el barniz y descubrirla. Hable con su familia y sus amigos. Difunda la palabra. Yo podría dar una lista de cosas prácticas que hacer. Reducir su consumo de combustible, por ejemplo. En 1990, antes de la primera invasión de Iraq, Estados Unidos importaba 8 millones de barriles de petróleo. En 2003, cuando la segunda invasión, ese consumo había aumentado en más de un 50 por ciento, a más de 12 millones de barriles.1 La próxima vez que experimente la tentación de salir de compras, no lo
Datos archivados del Taringa! original
0puntos
0visitas
0comentarios
Actividad nueva en Posteamelo
0puntos
1visitas
0comentarios
Dar puntos:

Dejá tu comentario

0/2000

Autor del Post

g
Usuario
Puntos0
Posts212
Ver perfil →
PosteameloArchivo Histórico de Taringa! (2004-2017). Preservando la inteligencia colectiva de la internet hispanohablante.

CONTACTO

18 de Septiembre 455, Casilla 52

Chillán, Región de Ñuble, Chile

Solo correo postal

© 2026 Posteamelo.com. No afiliado con Taringa! ni sus sucesores.

Contenido preservado con fines históricos y culturales.