InicioParanormalSan juan de Dios
Desde temprano el padre Artemio se levantaba temprano para hacer repicar las campanas del grisáceo campanar, rayaban ya las 6 de la mañana mientras el trinar de las aves maracaba un nuevo día entre el follaje de la Alameda, cicatrizada de las cenizas del días jejanos en el que un Auto de Fe condujo mas almas "acusadas de judaizar" a las brazas de la hoguera que el diablo por fornicar al infierno.

Un café y pan, solo eso requería el padre Artemio, vestido con esa ligera pero moralmente reconocida prenda que le cubria el ya enjuto cuerpo, cansado de 56 primaveras y retozante de la luz en los ojos que solo puede asomarse cuando se profesa de rodillas tantos años y con tanta devoción, era así siempre, sin mas ni menos: levantarse, orar, tocar la campana y recibir a las señoras que madrugaban mientras un Pater nostri revoloteaba entre las cúpulas de la capilla principal que tantos años había visto entrar y salir gente de tantas edades, estaturas y condiciones.

Esa mañana como de costumbre, tras tocar la campana, abrió las puertas de la fachada principal, tranquilamente retorno al interior del inmueble donde prepararía su oficio matinal con la misma armonía y compases en su modos como en su rostro con no menos arrugas que el día de ayer, acomodó su cabello blanco mientras las señoras se sentaban y comenzaban a orar; el aroma de los anafres llegaba a meterse a la iglesia y se confundía con el humo de los cirios recién encendidos en los nichos dedicados a este o a otro santo. En el claroscuro que producían así las velas y entre murmullos de ancianas y féminas el padre Artemio distinguió una extraña silueta en las escalinatas que conducían al púlpito, una sombra que parecía más un manto que una cosa y que interrumpiendo su habitual preparación, le causaba curiosidad al religioso.

Se acercó para apreciar pero al bajar la mirada para no caer con alguna cosa y mirar nuevamente, se dió cuenta que la figura había desaparecido y en el aire olía a mentas; preplejo regresa a oficiar su misa con intranquilidad, pues no creía que fuese normal lo sucedido, de primera mano ´recordó alguna aparción como otras que habían sido reportadas en ciertas iglesias aledañas, pero no quería caer en el juego de la demencia o la locura o sobre todo en el miedo por rumores de sus hermanos de fe, se concentro en su ministerio hasta que la iglesia estaba llena, era pues medio día.

Las puertas crujen mientras se cierran de par en par, cercano alas 11 de la noche Artemio hace crugir las bisagras de los portones, los servicios terminaron por hoy, ya había ayudado a una persona a dormir en los brazos de la eternidad al ofrecerse en la tarde a oír sus pecados y confesiones premortuorias, bendijo una casa, culminó una boda, en fin, un día agotador para él; en el momento que atrancaba la puerta con el pistilo de la cerradura de reojo se percató de la misma sombra que había visto en las escaleras esa mañana, en ese mismo lugar y en esa misma postura extraña: recostada de lado, con cabeza alzada y viendo hacia él, en definitiva nada normal, pues se había asegurado de revisar que nadie hubiese quedado en la iglesia como varias veces ocurría con algún indigente o borracho.

-¿Le puedo ayudar en algo?- pregunto Artemio, dudoso de a qué le estaba hablando.

Sin responder, la figura solamente movió la cabeza, negando.

-No puede estar aquí a dentro, ya cerré el templo y no tengo donde alojarlo, solo que guste quedarse aquí-

La sombra se recostó en el piso, el manto que la cubría cayó descubriendo un objeto que se rompió mientras rodaba en las escaleras; al oír el quebrar la figura rompió en llanto, retumbando dolientemente el estuco de las paredes y las piedras del recinto e incluso las imágenes de los santos vibraron e incluso una o dos lloraron acongojadas; la piel de Artemio se puso de gallina y el corazón le dió un vuelco en el pecho al oir semejante tristeza en cada lágrima, temeroso, se acercó a recoger los pedazos pero desaparecieron al querer tomarlos y, con ellos, la extraña figura.

Esa noche no pudo dormir, asustado, no se quitaba de la cabeza la tristeza de semejante llanto y ala mañana siguiente hizo un cambio en su actividad para dirigirse con sus hermanos de profesión y contar lo del dia anterior, narrar lo sucedido, pero iría con alguien que podría ayudarle, el padre Ortega, que pese a ser de su misma edad, tenía más experiencia en casos de exorcismos, brujería y cosas de fe que sobre pasan lo sabido por los feligreses comunes, corrió y bajó por Tacuba hasta llegar a Las Carreras donde estaba su amigo en el templo de La Profesa; relato lo acontecido con el más mínimo detalle mientras el padre Ortega escuchaba cada letra que Artemio pronunciaba.

-No te asustes amigo mío, no pareciera ser ningún tipo de tentación o cosa malévola- expreso Ortega sabiamente

-Crees que deba ignorárlo o deberé hacer algo, toda la noche me la pasé rezando porque en su momento no pude hacer nada por el miedo que me dió, inclusive durante mi misa matinal le ore a la entidad para que tuviese reposo pero ya me escuchaste, volvió al anochecer.

-Considero Artemio, que cerrar el templo tan tarde no es benéfico para tí a tu edad, entiendo tu amor a las almas de tus feligreses pero debes cuidarte tú primero, caminar de mano de Dios y preocuparte menos de "algo" que finalmente se mete buscando refugio en tu iglesia.-

Almorzaron, ese día Artemio no ofició la misa de costumbre, cerró, necesitaba solucionar su corazón y mente, el vino que bebieron, la comida, la platica, nada mejor para el espíritu, alas 4 de la tarde regreso a su iglesia, donde tras haber escuchado los consejos puntuales y sabios del padre Ortega dispuso hacer crujir la bisagra del convento y ponerlos en práctica.

Abrió la puerta y al cerrarla vió de reojo la misma figura que esperaba ver, en el mismo lugar que el día anterior, la misma postura tal y cual lo ansiaba, termino de cerrar el portón y caminó haca la sombra, con su rosario atado a su cinto de algodón, corroido por el tiempo y años de profesión, sin sacarlo, acarició seguro el crucifijo de madera que colgaba y bailaba a cada paso que daba y entre labios recitaba un rosario y una oración a las almas en pena y a los desesperanzados que Ortega le sugirió; llegóa hasta el frente y su detuvo frente ala figura que lo miró ala cara sin siquiera mostrar el rostro, Arturo temeroso empezo a notar lo imposible de lo que veía, pues sabía que se veían uno al otro pero no podia percibir el rostro de la aparción ya que claramente en la posición en la que estaba debía verle la cara sin problemas, pero no podía , no veía sus manos ni pies, el manto gris y sucio que traía estaba roto y notablemente en harapos aunque el perfume a mentas volvió a inundar el lugar haciendo olvidar al padre que lo que veía no era normal.

-Señor mío- empezó a rezar en voz alta el padre- te ruego que escuches y permitas...-
-...que las almas de los malaventurados se acerquen a tus pies...- respondió la sombra con voz llorosa.

Artemio se puso blanco al oirle la voz, seca como arena, doliente como viuda y lejana como sueño, pero recordo la larga platica con su amigo y continuó.

-... que los bienaventurados reciban a sus difuntos en la oytra vida...
-.. y que tu seno sea el seno de los olvidados por los hombres...-
-...porque tuya es la gloria de los dias y los corazones....-

Así continuó Artemio rezando mientras la figura le seguía el rezo, contestándole y completandole con "Amén" y "Te alabamos Señor" cuando era requerido, el tiempo pareció detenerse, las oraciones continuaron hasta altas horas de la noche, al culminar la cadena de rezos y oraciones se hizo el silencio mientras el aroma a menta se elevaba del recipiente que la sombra tenía en su brazo, oculto bajo sus harapos, y que sacó al fin para que la viera, Artemio perdió el color, casi desfalleció al notar que el recipiente era uno de sus vasos que usaba en embalsamados de difuntos para rociarles inciensos y que había usado dos días antes cuando vió por primera vez a aquella sombra....


Caminaba despacio por San Juan de Letrán y se dirigía a San Fernando, pasó frente a la Iglesia de San Juan de Dios y llegó a San Hipólito, hermana de piedra y alma a las que rodeaban a la Alameda, al llegar al panteón se dirigió a la tumba que él mismo cerró entre plegarias, lagrimas y recuerdos hacía ya un mes, rezo calmadamente:

-"Señor mío te ruego que escuches y permitas que las almas de los malaventurados se acerquen a tus pies que los bienaventurados reciban a sus difuntos en la otra vida...y que tu seno sea el seno de los olvidados por los hombres porque tuya es la gloria de los dias y los corazones..." si saber que aún en la eterna distancia, Artemio, la noche anterior estuvo rezando piadosamente en su Iglesia por un alma que fué a buscarle.
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