Grandes Errores en la Historia de la Humanidad - (1° Parte)
El panadero que incendió Londres
Dejó un horno encendido e inició el Gran Incendio de 1666.
John Farynor había conseguido una reputación y honores nada comunes para ser un humilde comerciante Era el panadero del rey Carlos II, recientemente reinstaurado en el trono después de su exilio en Francia. Farynor había sido el panadero real durante cinco años, cuando una tarde de 1666, después de un día largo y fatigoso, subió las escaleras hacia su dormitorio, en el piso superior de su panadería en Pudding Lane. Apagó la vela y se dispuso a dormir en paz.
Pero mientras tanto, en la panadería de abajo ardía aún una flama. Farynor no había apagado bien sus hornos de pan. La llama creció y a las dos de la mañana, el 2 de setiembre de 1666, el fuego en la panadería inició uno de los peores incendios de la historia, el Gran Incendio de Londres. Las chispas procedentes de la panadería de Farynor encendieron un montón de heno almacenado en el patio del Star un, que quedaba al lado; luego se encendió el techo. Pudding Lane está en el centro de un área superpoblada del viejo Londres, y miles de vecinos salieron pronto a la calle para ver las llamas.
No estaban demasiado alarmados: los incendios eran frecuentes en esta parte de la ciudad, donde las construcciones eran de yeso y estaban sostenidas por pilares empapados de brea. Apenas un año antes, el rey Carlos había escrito al Lord Mayor urgiéndole a que hiciese cumplir más estrictamente las reglamentaciones destinadas a impedir incendios. Pero los incendios anteriores habían podido dominarse y no había ninguna razón para creer que con éste pasaría algo diferente. Pudding Lane era un vaciadero de desperdicios del cercano mercado de Eastcheap. Allí no vivía ninguna persona distinguida, pero estaba cerca de la calle principal, que lleva al Puente de Londres; por lo tanto, a primera hora de la mañana el Lord Mayor fue informado. Cuando llegó al escenario del incendio, no parecía particularmente impresionado. Samuel Pepys, que relata el suceso en su diario, no estaba más impresionado que el alcalde. Lo despertó su criada a las 3 de la mañana; estaba en su casa, situada a tres cuartos de milla al este, cerca de Tower Hill.
Escribió acerca del incendio: «Me levanté, me puse la bata y fui a la ventana. Pensé que el incendio debía ser muy lejos, detrás de Mark Lane, y entonces me fui otra vez a dormir». Pepys fue quien llevó a la corte, y por lo tanto al rey, las noticias del incendio, cuando fue a su despacho en Whitehall, poco antes de mediodía. Hasta entonces, nadie se había molestado en informar al rey. Después de todo, era domingo. Sin embargo, pronto tuvo que desecharse la idea de que el fuego podía ser apagado pronto.
El domingo por la tarde las llamas llegaban al río Támesis, y una serie de depósitos llenos de madera, aceite, coñac y carbón, estallaron como bombas, uno tras otro. Un viento seco y cortante soplaba de continuo desde el este, de manera que, si bien llegaba a cierta distancia de la casa de Pepys, el incendio se extendía hacia el oeste de manera incontrolable.
El domingo hubo un momento en que las llamas pudieron haber sido sofocadas, pero los bomberos rompieron las cañerías para llenar sus cubos más rápidamente, y así cortaron el suministro de agua a toda el área. El infierno continuó sin mermar desde el domingo hasta el miércoles. Para entonces, habían quedado destruidas 13.000 viviendas, se habían incendiado 87 iglesias y se habían chamuscado unós 300 acres. Las tiendas instaladas en el Puente de Londres se incendiaron. Algunas chispas cruzaron hacia la orilla opuesta del Támesis e iniciaron pequeños incendios en Southwark. El Guildhall y el Royal Exchange —centros financieros de la ciudad— quedaron reducidos a ceniza. El mayor incendio se produjo en la Catedral de St. Paul, donde el calor hizo estallar las piedras; las tumbas antiguas reventaron, y dejaron al descubierto los restos momificados.
El techo de la Catedral se fundió y el plomo derretido se deslizó por las calles adyacentes: Es de destacar que sólo murieron ocho personas en el Gran Incendio de Londres. La mayor parte de los ciudadanos tuvo tiempo suficiente para escapar. Las calles estaban llenas de carretillas con enseres. Pepys estuvo entre los que abandonaron la ciudad. Escribió: "De cara al viento, uno casi se quemaba con una llovizna de chispas, provenientes de la más horrible, maléfica, sangrienta llamarada... Pero lo más sobrecogedor era el humo, un humo tan denso que oscurecía el sol de mediodía. Si asomaba el sol, asomaba rojo como la sangre".
Hacia el miércoles por la noche, el fuego había sido controlado, debido en gran parte a la intervención personal del rey, que organizó a los bomberos para derribar edificios, a fin de circunscribir los destrozos del incendio. Pero Londres continuó ardiendo y humeando lentamente en las semanas que siguieron.
Seis meses después, aún había sótanos en los que el fuego continuaba vivo. El disparate del panadero Farynor produjo algún beneficio: los vergonzosos barrios bajos del centro de Londres quedaron limpios en una semana; el fuego purificó los últimos vestigios del gran desastre londinense anterior, la Gran Plaga de 1665, que había producido 100.000 víctimas.
Colón murió sin saber que había descubierto América
Una suave brisa hinchaba las velas de los pequeños barcos de madera, y los impulsaba suavemente fuera del bullicioso puerto de Palos, al sur de la costa española. Era el viernes 3 de agosto de 1492. Algo más que una pequeña aprensión reinaba entre los 87 hombres embarcados.
Este era un viaje nunca hecho, hacia más allá del mundo conocido. Por delante se extendía el océano Atlántico, potente y misterioso. Pero para un hombre que, a bordo de la Santa María —una carabela de 70 pies de largo—, observaba cómo se iba alejando poco a poco la costa, la idea de navegar hacia lo desconocido no lo aterraba. El capitán Cristóbal Colón —nacido Cristoforo Columbo, hacia 1445, hijo de un sastre genovés— era un marino altivo, terco y ambicioso, que soñaba con abrir una nueva ruta desde España hacia las ricas islas de las especies, en las Indias Orientales.
Durante muchos años, mientras navegaba alrededor de España y Portugal, y por la costa africana hasta Cananas, había estado planeando cruzar el Atlántico Colón estaba convencido de que la Tierra era redonda, una teoría impopular en esa época, pero que estaba ya adquiriendo adeptos. Creía que la costa este de Asia y las tierras ricas en oro del Oriente estaban al oeste de Europa, a una distancia fácilmente navegable. Ahora, por fin, estaba cumpliendo su propósito, bajo el patrocinio de los reyes de España, Fernando e Isabel. Su primer intento se había frustrado ocho años antes, ante la negativa de! rey de Portugal, Juan II. Quizá estaba a punto de cometer el mayor disparate de que es capaz un explorador, pero cometiéndolo iba a lograr el mayor de los descubrimientos. Colón dirigió sus barcos hacia San Sebastián, en Canarias; luego el 6 de septiembre, impaciente por no perder los vientos constantes del este, viró su pequeña flota hacia el oeste, hacia el Atlántico abierto. Pero a mitad del mes, todavía sin tierra a la vista, sus hombres comenzaron a asustarse.
Temían no poder regresar jamás a España. El propio Colón, seguramente, habrá empezado a dudar de su cálculo de la distancia de las Indias. El 19 de septiembre comenzó a llevar un cuaderno de bitácora falso, con el cual trataba, mediante la subestimación de las millas navegadas, de apaciguar los temores de la tripulación. La Santa María, junto con sus buques de escolta —La Pinta y La Niña— superó los peligros del mar de los Sargazos, a veces agitado por las mareas altas, otras en calma durante largos días. Obsesionado por lograr el éxito de su empresa, y calculando las recompensas que acumularía debido a la gratitud del rey y de la reina, Colón se aferró a cualquier evidencia que mostrara que estaban cerca de tierra. Las esperanzas tan pronto crecían como se desvanecían.
Entonces, a las dos de la mañana del 2 de octubre, exactamente 37 días después de haber abandonado Canarias, un marinero a bordo de La Pinta lanzó el grito: «Tierral”. Ese mismo día, más tarde, la pequeña flota llegó a una isla, a la que Colón denominó San Salvador. Colón escribió ese día en su cuaderno de bitácora: «Enseguida vimos allí nativos desnudos... Apareció ante nuestros ojos un paisaje con verdes árboles exuberantes, muchos ríos y árboles frutales de varios tipos». Al día siguiente, escribió: «Vi que algunos de los hombres se habían hecho un agujero en la nariz y habían puesto una pieza de oro a través de él... Por algunos indicios, pudimos entender que debíamos ir hacia el sur para encontrarnos con un rey que tenía grandes navíos de oro».
El 17 de octubre anotó: «En todos estos días que he estado en las Indias, siempre ha llovido, más o menos...». Aún creía firmemente que había recalado en las costas orientales de Asia. Colón emprendió la exploración y navegó entre las islas del Caribe hacia el norte de la costa cubana y La Española. Quedó muy impresionado por lo que había visto y el 28 de octubre, mientras estaba a la altura de la costa cubana, escribió en su diario: «Me atrevo a suponer que los poderosos barcos del Gran Khan vienen hasta aquí, y que de aquí al continente hay un viaje de sólo diez días». Después de ocho meses en el mar, Colón volvió triunfante a España, donde fue nombrado «Almirante de la mar océano y gobernador de las islas recientemente descubiertas en las Indias». Hizo cuatro viajes de exploración a América Central en los siguientes diez años, y sólo al final de ellos comenzó a dudar sobre si realmente había encontrado la costa oriental de Asia.
Durante su tercer viaje al Nuevo Mundo, en 1498, comenzó a reflexionar sobre la posibilidad de que hubiera encontrado un nuevo continente. Un rumbo más austral a través del Atlántico lo había conducido a la isla de Trinidad y, mientras exploraba el cercano golfo de Paria, llegó hasta el sitio donde el poderoso río Orinoco desemboca en el mar. El 14 de agosto de 1498, escribió en su diario: «Creo que éste es un continente enorme que hasta ahora ha permanecido ignorado». En los años siguientes, un aventurero italiano, Américo Vespucio, junto a otras personas, habría de confirmar sus sospechas. Vespucio exploró gran parte de la costa brasileña, y el relato de sus descubrimientos le valió el honor de que se concediera su nombre al nuevo y enorme continente. Pero en 1502, cuando Colón partió en su cuarto viaje, creía aún que las islas que había descubierto estaban a la altura de la costa oriental de Asia.
Pensaba que el camino hacia Asia debía estar entre las islas y el nuevo gran territorio que se extendía al sur. Por lo. tanto, partió con el propósito de encontrar ese paso. Y por segunda vez tropezó con América, sin reconocerla realmente. Durante nueve meses, soportando el mal tiempo, exploró a lo largo de las costas de Honduras, Costa Rica y Panamá. Luego, en mayo de 1503, con sus barcos azotados por las tormentas, carcomidos y en peligro de naufragar, se dirigió al norte en un intento desesperado de llegar al nuevo asentamiento español de Santo Domingo, en la isla La Española.
Fracasó, y debió pasar doce meses como náufrago en Jamaica, antes de ser rescatado con su tripulación y reintegrado a España. Colón murió el 20 de mayo de 1506. Nunca habría de saber que la tierra que había descubierto era, en realidad, el vasto continente americano.
El fiasco de las olimpiadas de Montreal
Los juegos se llevaron mil millones de dólares Montreal actuó como orgullosa anfitriona en los juegos olímpicos de 1976. Pero luego debió pagar por ellos mil millones de dólares. Esa fue la increíble deuda que contrajo la ciudad al celebrarse los juegos: más de ocho veces lo que se había calculado.
El desastre financiero de las olimpiadas de los mil millones de dólares fue tan grande que, cuando éstas terminaron, los empresarios de Montreal se encontraron con unos Impuestos Olímpicos Especiales (recaudados en un esfuerzo por saldar la deuda) que deberían pagar durante los próximos veinte años. La provincia de Quebec cargó con el resto del déficit, que comenzó a pagar con impuestos. extras al consumo de tabaco y la organización de una lotería. Cuando los juegos finalizaron, el principal estadio olímpico y dos hoteles para los asistentes aún no habían sido terminados.
Se culpó a los problemas sindicales, al mal tiempo, a la mala planificación y al mal manejo del dinero. Se pensaba que las espectaculares instalaciones solventarían su propio mantenimiento después que todos los atletas internacionales se hubiesen reintegrado a sus lugares de origen. Pero el velódromo, de 10 mil localidades (construido a un coste de 50 millones de dólares: un millón de dólares por cada ciclista federado en Canadá) sólo atrajo a 300 personas durante los primeros campeonatos nacionales.
Otros ejemplos de extravagancia fueron el millón y medio de dólares invertidos en aparatos transmisor-receptores para las fuerzas de seguridad, el millón de dólares para el alquiler de 300 grúas (más caro el alquiler que comprarlas todas( el millón y medio de dólares pagado al Coro y Orquesta Sinfónica de Montreal por la mímica de grabaciones que eran pasadas por altoparlantes. Apenas terminaron los juegos, más de 3.700 toneladas de materiales de segunda mano —que iban desde cordones para las botas de los boxeadores hasta 10.000 aparatos de televisión— fueron lanzados al mercado, a precios de remate.
Los escombros llenaban depósitos del tamaño de tres estadios de fútbol, y sólo el ejército canadiense tenía camiones suficientes para trasladarlos. El ministro de deportes de Quebec, Claude Charrori, calculó que el coste post-olímpico necesario para mantener el complejo polideportivo ascendía a cinco millones y medio de dólares por año, con ingresos de sólo dos millones de dólares. «Es una herencia monstruosa, nacida de un gasto desaforado, que no tiene justificación social ni realidad económica», dijo.
Los príncipes que nunca llegaron
Lo primero que se supo acerca de la visita real fue un telegrama enviado por el ministerio de asuntos exteriores, desde Londres, a la flota anclada a la altura de Waymouth, Dorset. Transcurría el año 1910 y el poder naval de Inglaterra no tenía parangón. El mayor barco de la flota era el HMS Dreadnougth, nave capitana de la armada real. Y fue el Dreadnougth el que recibió el mensaje del ministerio de asuntos exteriores. El telegrama, firmado por el subsecretario de exterior, sir Charles Hardinge, ordenaba que el barco se preparara para recibir a un grupo de príncipes abisinios.
La marina debía darles una buena acogida, hacerles sentirse importantes y, en general, impresionarles con la invencibilidad del poder imperial. Los oficiales del Dreadnougth se dieron a la tarea y jamás sospecharon que el telegrama pudiera no ser genuino. Mientras tanto, en la estación de Paddington, en Londres, un hombre elegante, con sombrero de copa y chaqué, hablaba confidencialmente con el jefe de la estación. Se presentó como Herbert Cholmondesly, del ministerio asuntos exteriores, y solicitó un tren especial, dispuesto para transportar hasta Weymouth a un grupo de príncipes abisinios.
Quería ese tren inmediatamente. El jefe de la estación se apresuró a preparar un coche destinado a los VIPs, sin sospechar que Cholmondesly pudiera ser un impostor. El «hombre del Foreign Office» era William Horace de Vere Cole, un acaudalado joven de la alta sociedad, un bromista fuera de lo común. Fue él quien envió el telegrama al barco. Y los cuatro «príncipes abisinios» que abordaron ei tren eran sus amigos: la famosa novelista Virginia Woolf; Guy Ridley, hijo de un célebre juez; el deportista Anthony Buxter y el pintor Duncan Grant. Todos habían sido maquillados, caracterizados y vestidos por el experto maquillador teatral Willy Clarkson, Durante el viaje, estaban acompañados por un «intérprete»: Adrián, el hermano de Virginia Woolf, y por el propio Cole, el bromista.
El grupo llegó a Weymouth y fue recibido por una fastuosa alfombra roja y una guardia de honor. Al llegar a bordo del Dreadnougth, que había sido engalanado con gallardetes para la real visita, se sorprendieron al ser saludados con honores que habitualmente sólo se reserva a los almirantes. No pudo encontrarse en ninguna parte ni lá bandera ni la música del himno nacional de Abisinia. En su lugar, los atribulados oficiales ordenaron izar la bandera de Zanzíbar, y la banda ejecutó el himno de ese país. Nadie debería haberse preocupado: los príncipes no podían notar la diferencia.
Mientras, el grupo recorría el barco, distribuía tarjetas de presentación impresas en swahili y sus integrantes hablaban entre si en latín, con un acento irreconocible. Todo lo que se les mostraba era saludado por ellos con la complacida expresión de «Bunga-bunga». Se les dispensaron todas las formas de la hospitalidad. En retribución, trataron de rendir honores militares abisinios a algunos de los oficiales de alto rango. Pidieron esteras para rezar al ocaso, pero rehusaron todos los ofrecimientos de comida y bebida «por razones religiosas» <habían sido advertidos por el maquillador Clarkson de que, si trataban de comer algo, sus falsos y abultados labios podrían caerse).
La artimaña casi fue descubierta en dos ocasiones. Primero, cuando Anthony Euxton estornudé y la mitad de su bigote desapareció <consiguió pegarlo de nuevo antes de que nadie lo notaras y luego cuando el grupo fue presentado a un oficial pariente de Virginia Woolf y que también conocía muy bien a Cole. Pero el oficial no vio a Virginia detrás del disfraz y, lo que es asombroso, no demostró ningún indicio de reconocer a Cole cuando le fue presentado. El grupo real dio por finalizada la visita de manera precipitada y, después de posar para las fotografías, volvió a Londres; allí, sus miembros revelaron su bochornoso engaño. Toda la operación había costado a Cole 4.000 libras, una suma principesca para aquellos tiempos.
Pero Cole hubiese pagado casi cualquier suma y llegado casi a cualquier lugar extremo para gastar una broma pesada. Una vez se vistió de obrero y cayó un enorme pozo en el centro del bullicioso Piccadilly londinense. Durante varios días, se dedicó a contemplar su pozo y ei rostro desorientado de los numerosos concejales que se acercaron a visitar la obra. Transcurrió una semana antes de que advirtieran que habían sido engañados y rellenaran el pozo. En otra ocasión Cole paseaba por Westminster con un miembro del parlamento; en un momento dado, el archibromista afirmó que podía ganar al diputado una carrera hasta la próxima esquina, incluso dándole 10 m. de ventaja. El diputado aceptó, sin darse cuenta de que Cole había deslizado un reloj de oro en su bolsillo.
Cuando el parlamentario comenzó a correr, Cole gritó: «Al ladrón!», y llamó a un Policía para que registrara los bolsillos del «fugitivo». El reloj estaba en su bolsillo, de manera que el parlamentario fue conducido rápidamente a la comisaría más cercana, donde tuvo la desagradable tarea de persuadir a la policía de que todos habían sido engatusados. Pero las bromas favoritas de Cole incluían siempre disfraces. Mientras era estudiante en la universidad de Cambridge, se disfrazó de sultán de Zanzíbar e hizo una «visita oficial» a su propio colegio.
Fue conducido hasta muy cerca de sus propias habitaciones, Otra de sus extrañas representaciones consistió en asistir a una reunión de dirigentes sindicales. Marchó decididamente hacia la tribuna para dirigirles un discurso. La audiencia estaba esperando una arenga del primer ministro laborista, Ramsay MacDonald Y Cole, verdadera. mente, se parecía muchísimo al primer ministro, luego de pasar horas maquillándose ante el espejo. El verdadero MacDonald, entre tanto, estaba «perdido» en algún lugar de Londres, a bordo de un taxi conducido por cómplices de Cole. El orador estaba diciendo a los dirigentes sindicales que todos deberían trabajar más y recibir menos salarios. El discurso no fue acogido muy favorablemente.
Un astrónomo hizo saltar a los británicos
La BBC tiene una reputación de seriedad que le ha valido el sobrenombre de «Tiíta Eeeb». Pero, en realidad, les ha jugado varias bromas a sus oyentes y espectadores.
Miles de personas creyeron que había algo mágico en el aire una mañana de 1976, cuando el astrónomo Patrick Moore dijo a los oyentes de la BBC que, a las 9:47 de la mañana, exactamente, el planeta Plutón pasaría por detrás de Júpiter, produciendo una atracción gravitacional creciente desde el cielo. Moore dijo que, en ese preciso momento, la gente se sentiría liviana. Los invitó a saltar hacia arriba para experimentar una sensación parecida a la de fletar; ésa es la razón por la que miles de personas estuvieren saltando, a todo lo ancho de las Islas Británicas, a las 9.47 de ese día de abril, llamado el Día de los Inocentes.
Centenares de oyentes llamaron luego a la BBC para afirmar que la experiencia de saltar había tenido éxito. Richard Dimbley, un famoso locutor de la BBC, chasqueó a miles de personas otra Ola de los Inocentes, otro mes de abril, en 1957, cuando mostró un documental televisivo sobre la cosecha de spagheti en Italia.
Los espectadores vieron cómo los spagheti flameaban al viento mientras «crecían» en las ramas de los árboles. Pero a veces son los locutores los que resultan burlados. Cierta vez, la radio City de Liverpool invitó a un importante personaje árabe, su Alteza Serena el príncipe Shubtill de Sharjah, a visitar Gran Bretaña para ser entrevistado acerca de las exploraciones petrolíferas en el golfo Pérsico.
La entrevista fue grabada para un noticiero y la dirección de la radio saludó al príncipe cuando éste se retiraba. Pero su Alteza Serena resultó ser un bromista llamado Neviile Duncan, un experto en computación bancaria.
Su personificación fue descubierta 20 minutos demasiado tarde, cuando el reportero Peter Gould, un fanático de los crucigramas, se dio cuenta de que el apellido del príncipe Shultul no era, después de todo, árabe, sino un vulgar anagrama de esos que aparecen a menudo en la penúltima página de los periódicos.
En 1977 hubo pánico cuando un desconocido mago de la electrónica interrumpió la transmisión, en una hora punta, del noticiero nacional de la televisión británica, y anunció que seres del espacio exterior habían aterrizado al sur de Inglaterra. La estación de TV y las redacciones de los periódicos se abarrotaron de llamadas telefónicas.
El bromista nunca fue descubierto.
El mayor yacimiento de oro del mundo, vendido por 10 libras
Un día no precisado de Julio de 1886 George Harrison un explorador sin dinero, tuvo a sus pies el mayor tesoro del mundo. Cogió un trozo de metal amarillo del suelo: estaba completamente seguro de que ese metal era oro. Miles de hombres habían desgastado innumerables picos y palas, y muchos de ellos habían dejado el pellejo, durante esa década, en Sudáfrica, escenario de la más frenética fiebre del oro de todos los tiempos.
Sin embargo, Harrison había cogido simplemente una pepita de oro del suelo. Por casualidad, había tropezado nada menos que con la veta de oro más importante de Sudáfrica, que cubría toda la superficie de la fractura de Witwatersrand.
Harrison, un veterano de la fiebre del oro en Australia, llevó la pepita a Gert Oosthuizen, el dueño del terreno en que había hecho el hallazgo. Oosthuizen escribió inmediatamente al presidente, Paul Kruger.-
La carta que transcribe el apellido Harrison en la versión africans (dialecto boers) decía:
Señor J.P. Kruger.
Estimado señor:
Por la presente, le hago saber que el señor Sors Hariezon ha venido a yerme y me ha dicho que la quebrada que él sabe es rentable. Lo envío, pues, a usted, señor Kruger, para que puedan hablar del asunto.
Su fiel amigo y servidor
G.C. Oosthuizen
Es poco probable que George Harrison haya logrado entrevistarse con el presidente Pero en cambio encontró a un funcionario que le sugirió que registrara su descubrimiento en una declaración jurada. Lo hizo así: Mi nombre es George Harrison y vengo de los yacimientos de oro recientemente descubiertos en Kliprivier, y especialmente del que está en la hacienda que pertenece a un tal Gert Oosthuizen.
Tengo una larga experiencia como buscador de oro en Australia, y creo que este yacimiento es rentable. Esta simple declaración registró el descubrimiento dela reserva de oro más importante del mundo. Durante los siguientes 90 años, la cadena de minas de oro afincadas en la quebrada descubierta por Harrison produjo hasta un millón de kilogramos de oro por año, aproximadamente el 70 por ciento de la producción aurífera del mundo occidental. En el término de dos días, plazo durante el cual Harrison firmó su declaración jurada, se redactó una petición para que las tierras de Oosthuizeri y una amplia zona de los alrededores fuesen declaradas "yacimiento aurífero fiscal".
Los peticionarios estaban convencidos de que allí se descubriría oro en proporciones importantes. Los magistrados concedieron la petición ya Harrison se le reconoció la «Parcela Nro. 19»; a causa de estos hechos, se creó en las cercanías del yacimiento una aldea que más tarde se llamaría Johannesburgo A pesar de esta frenética actividad, parece que Harrison tenía poca fe en las nuevas excavaciones. Vendió su declaración jurada por 10 libras y le dio la espalda a Witwatersrand.
Lo más probable es que haya buscado su fortuna en Barberton por entonces la mayor ciudad del Transvaal Nadie sabe qué fue luego de él. Se rumoreó que había sido comido por un león. La parcela número 19, que había vendida en noviembre de 1886 por 10 libras, cambió de manos tres meses después, por 50 libras.
Alfred Happle la vendió luego a la compañía minera Little Treosure por 1.500 libras en acciones de 150. El 30 de septiembre de 1887, la compañía Little Treasure vendió a la compañía minera y explotadora Northey, por 2.000 libras más otras 8.000 en acciones. La reclamación de Harrison continuó ganando valor y, en su momento, se constituyó -en el núcleo de toda la industria minera del oro en Sudáfrica.
El terror de los polizones aéreos
Nadie los vio correr hacia el avión Los dos jóvenes, que habían permanecido ocultos detrás de una rampa en el aeropuerto de La Habana, corrieron a través de la abrasadora pista de aterrizaje hasta que estuvieron a la sombra de una de las enormes alas del avión de pasajeros Des. La nave estaba detenida al final de la pista principal, esperando turno para despegar.
Los dos hombres gatearon hacia las ruedas y treparon en el hueco del tren de aterrizaje. Luego se acomodaron en el hueco que deja la rueda, en el espacio que, dentro del ala, alberga el mecanismo de aterrizaje mientras dura el vuelo.
En pocos minutos, Armando Ramírez y Jorge Blanco fueron transportados por el aire. El DC8 de la compañía Iberia rugió en la pista y se elevó hacia el cielo azul del Caribe para comenzar su viaje hacia Madrid a través del Atlántico. El tren de aterrizaje se contrajo y los dos hombres se apretaron contra los costados de la cavidad destinada h la rueda, para no ser aplastados por el engranaje. La puerta de la cavidad se cerró debajo de ellos y todo fue desde entonces oscuridad, máquinas atronadoras y viento silbante. Ramírez y Blanco se relajaron por primera vez desde que comenzaron a poner en práctica su atrevido plan para escapar del régimen comunista de Fidel Castro, en Cuba.
Huían de su patria sin ninguna clase de pertenencias: nada que pudiera retardar esa vital carrera a través de la pista de aterrizaje en La Habana.
Por la misma razón, iban vestidos con ropas livianas: delgados pantalones y camisas de mangas cortas. A medida que el aeropuerto se alejaba del DC8, Blanco se apretó aún más en su estrecho espacio. Ahora se daba cuenta de que éste iba a ser un largo y. frío viaje. Blanco avanzó poco a poco, de costado, alrededor del replegado tren de aterrizaje, buscando una posición un poco más cómoda en la cual pasar su primer vuelo. Terminó por encogerse sobre las ruedas.
En ese momento, destelló una luz de alarma en el panel del instrumental de vuelo. Algo andaba mal en el tren de aterrizaje; tal vez no había cerrado bien. El primer oficial accionó un interruptor y el tren de aterrizaje comenzó a descender nuevamente. Blanco fue tomado de sorpresa cuando las ruedas se sacudieron hacia abajo. Con un grito que fue apagado por el viento de la turbina, se soltó y cayó fuera de la cavidad de la rueda, hacia la muerte. - - destelló una luz roja en los controles. El piloto se sintió tranquilizado.
Para Ramírez, entra tanto, el viaje comenzaba a convertirse en una pesadilla. No había podido hacer nada para ayudar a su amigo, y ahora que el avión estaba alcanzando su altitud de crucero, unos 40.000 metros, el frío se hacía intolerable en la cavidad que ocupaba. Sentía también una creciente dificultad para respirar. Finalmente se desmayó.
Durante los 7.200 km. que duró el vuelo de la aeronave española, la temperatura en la cavidad de la rueda descendió a 400 centígrados bajo cero, y la atmósfera enrarecida llegó casi a carecer por completo de oxigeno. Pero el joven cubano era fuerte. Al aterrizar en Madrid el DC8, recuperó brevemente el conocimiento, y el asombrado personal de tierra lo vio descender de la cavidad de la rueda hasta el asfalto. Ramírez se recuperó en el hospital, para empezar su voluntario exilio.
El gigante aéreo de 12 millones de libras que terminó en un depósito de chatarra
En 1942, las fábricas británicas de aviones lanzaban bombarderos tan rápidamente como podían construirlos. Pero, en medio de las presiones de la guerra, aún rondaban soñadores por las fábricas. Y parecía que la mayor parte de estos soñadores se había reunido en una estancia del Whitehall de Londres, donde un comité dirigido por lord Brabazon, un pionero del aire, estaba decidiendo el futuro de la industria británica de la aviación.
Los expertos proponían que debía empezarse a construir un avión gigantesco, capaz de volar un trayecto equivalente a la mitad de la circunferencia del mundo. Una aeronave que pudiera volar, transportando pasajeros, de Londres a Nueva York sin escalas. Construirlo costaría mucho dinero, y no era dinero lo que sobraba durante el gran esfuerzo nacional que demandaba la guerra; debía disponerse, para su construcción, de una amplia infraestructura industrial, que tampoco abundaba.
Sin embargo en marzo de 1943, se anuncié en el parlamento la decisión de construir dos prototipos de este avión gigantesco, llamado Bristol Brabazon. Tenía que ser el orgullo de la aviación del siglo. La decisión fue aprobada: no hubo objeciones en cuanto al dinero En Pilton, cerca de Brístol, los diseñadores no esperaban más que eso.
Diseñaron un avión que habría de ser el mayor del mundo: una fantástica estructura que, por si sola, pesaba 70 toneladas, y una vez cargada, llegaría a las 140. Tenía una envergadura de ala de 75 m, una altura de 17 m y estaba dotada de motores que desarrollaban 20 mil caballos de fuerza. Se construyó un nuevo hangar para montar los prototipos. Se extendió la pista de aterrizaje hasta Filton, para lo que hubo que demoler la mayor parte de la población y revestir de hormigón la nueva pista principal.
Se construyó una maqueta a gran escala del avión, ridículamente lujosa, completa en todos los detalles, incluso las jaboneras en los aseos de señoras ¿Pasajeros? Bueno, podía acomodar a 75, con literas, bares y paseos. En ese mismo momento, los norteamericanos estaban construyendo un avión con capacidad para 150 pasajeros.
A fines de 1949, siete años y medio después del informe de lord Brabazon, el primer Bristol Brabazon realizó su vuelo inaugural sobre Filton, ante los enviados especiales de toda la prensa mundial El primer vuelo fue un éxito. Pero seis meses después, se descubrió que el gigante del aire estaba sufriendo de fatiga del metal; se estaba deteriorando. Su expectativa de vida fue cifrada en dos años.
En septiembre de 1952, se informó a la Cámara de los Comunes que el Bristol Brabazon estaba siendo desarmado. El costo del proyecto había alcanzado los 12,5 millones de libras esterlinas. Sólo una de las naves fue construida. Los restos de la mayor aeronave del mundo fueron vendidos como chatarra por unas 10.000 libras.
Sospechas de suciedad
Las librerías de Australia, como ocurre con las de la mayor parte de las naciones, están abarrotadas de literatura sexualmente muy explícita. Pero hasta hace poco tiempo, en Australia regía una severa censura literaria. No hace mucho, por ejemplo, una redada policial confiscó incluso un cartel que reproducía la clásica estatua desnuda de David, de Miguel Ángel. El cartel estaba expuesto en una librería.
En esa misma época, unos 5.000 libros figuraban en una lista que declaraba: “prohibida su entrada al país». Entre esos libros figuraban un Mundo Feliz, de Aldous Huxley, Adiós a las armas, de Ernest Hemingway, y Moll Flanders, de Daniel Defoe.
Pero hubo una ocasión en que las mezquinas purgas contra la literatura «licenciosa» revelaron su propia naturaleza. La ley fue puesta en ridículo, al caer en una trampa hábilmente preparada. Sucedió en 1944, época en que la censura era más opresiva que nunca. Por esos años, aparecía una revista literaria muy progresista, publicada en Adelaide y titulada Angry Penguins (es decir, Los pingüinos enfadados), que no gozaba de las simpatías policiales. Cierto día, sus editores, Maz Harris y John Reed, recibieron en su oficina una notable noticia artística.
Ésta llegó bajo la forma de un paquete enviado por Ethel Malley, que contenía un gran número de poemas «de vanguardia» escritos por e! hermano de la remitente, Em, antes de morir en la oscuridad y la pobreza, a la edad de 25 años. Harris y Reed quedaron tan impresionados con su nuevo descubrimiento que publicaron una edición especial de su revista para «conmemorar al poeta australiano Em Malley». Cuando la revista apareció, dos jóvenes poetas de Sydney estuvieron riendo hasta quedar roncos.
Porque ellos eran los auténticos autores de los "poemas de vanguardia", que habían compuesto ensartando palabras al azar y frases sin sentido. Los dos tramposos planearon mantener su secreto por un tiempo, a fin de prolongar las manifestaciones de los críticos literarios, que parecían ansiosos por elogiar aquel galimatías. Pero los hechos sobrepasaron a los dos poetas.
Porque la policía de Australia del Sur secuestró los ejemplares de la revista y acusó a Harris, como editor de los poemas, de publicar temas indecentes. En el tribunal, el detective responsable de la incautación de aquella colección de insensateces interpretó que uno de los poemas hablaba de cierto hombre que deambulaba por la noche con una antorcha en la mano. «Creo que en este poema hay una sugestión de indecencia», comenté el detective. «Yo mismo he comprobado que esa gente que deambula de noche por los parques lo hace con propósitos inmorales. En realidad, dos estos versos son indecentes.»
Acerca de otro poema, el policía sostuvo: «Se usa la palabra incestuos, No sé qué significa, pero la considero indecente». Harris fue condenado y el policía recibió elogios por su «celo y competencia».
Un estafador vendió, dos veces, el más célebre monumento de París
Si realmente nace un tonto cada minuto, por cada tonto parece existir un timador listo para hacerlo un poco más prudente. Pos de los más extraordinarios estafadores de todos los tiempos han sido el conde Victor Lusting, un austriaco empleado en el ministerio de trabajo francés, y Daniel Collins, un ladrón americano de poca monta. Juntos se las arreglaron para vender la Torre Eiffel. Y no una vez, sino dos.
El conde emprendió la operación reservando una suite en un hotel de París, durante la primavera de 1925. Invitó a cinco hombres de negocios para que se reunieran con él allí. Cuando los invitados llegaron, el conde les hizo prometer que mantendrían el secreto sobre lo que hablasen.
Luego, les dijo que la Torre Eiffel estaba en serio peligro y que debía ser derribada. Les pidió que hiciesen ofertas por la chatarra contenida en el famoso monumento. El conde justificó la reunión en un hotel y la necesidad de mantener el secreto, aduciendo que su ministro quería evitar toda clase de protestas públicas por la demolición de tan querido un compromiso bancario, durante una última reunión en la que el conde le presentó a su «secretario», Collins. Luego, los estafadores asestaron su golpe maestro. Le pidieron a Poison dinero para pagar sobornos que facilitarían los trámites por los canales oficiales.
El embaucado comerciante aceptó gustoso, y entregó el soborno en efectivo. Si en algún momento hubiese tenido alguna sospecha, ahora se sentía completamente tranquilo. Porque el pedido de un soborno le probaba fehacientemente que los dos hombres pertenecían al ministerio. En el término de 24 horas, Lusting y Collins estaban fuera del país. Permanecieron en el exterior el tiempo suficiente para advertir que la denuncia, que ellos esperaban fuera presentada por el hombre al que habían defraudado, no se producía.
Poisson estaba tan avergonzado por el engaño del que le habían hecho víctima, que nunca informó de la estafa a la policía. El conde y su socio regresaron a París y repitieron el timo. Vendieron la Torre Eiffel otra vez, ahora a otro crédulo comerciante de chatarra. Poro en esta oportunidad el hombre recurrió a la policía y los estafadores huyeron. Nunca fueron atrapados por la justicia, y jamás revelaron con cuánto dinero se habían alzado.
La hazaña de Lusting bien puede haber estado inspirada por un escocés, Arthur Furguson. En el año 1923, y en el término de dos meses, el escocés vendió tres monumentos londinenses a diversos turistas americanos. El Palacio de Buckingham fue vendido por 2.000 libras —monto del depósito—; el Big Ben, por 1.000 libras, y la columna de Nelson por 6.000 libras. En 1925, Purguson emigró a Estados Unidos. En Washington encontró a un ganadero tejano que estaba admirando la Casa Blanca. Pretendiendo ser un agente del gobierno, Furguson tejió una historia inverosímil.
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