Leí el titular en el periódico, la otra mañana, no sin poca sorpresa: “El 11 de abril de 1954 fue el día más ‘aburrido’ del siglo XX”. Luego el copete insistía sobre ello: “Lo afirman expertos de la Universidad de Cambridge. Dicen que ese domingo no hubo cosas interesantes”. Alcanza esta información para darse una idea de por dónde va la noticia. Los huecos restantes pueden llenarse con jerga de divulgación, lugares comunes y otras sonseras.
De algún modo la noticia me molestó. Unos pocos argumentos nos hostigan a través del tiempo, según consignó un reputado escritor alguna vez, y entre aquellos argumentos que me han hostigado sin piedad podría nombrar al aburrimiento. Cada tanto el aburrimiento, en cuanto problema, se me filtra aquí y allá. La corriente de pensamiento del siglo XX por la que siento más empatía, y de la que más rapiñé sin ninguna clase de remordimientos, siempre tuvo al aburrimiento como uno de sus tópicos recurrentes (si es que podemos llamar “corriente de pensamiento” a una línea punteada que va del dadaísmo al punk rock, de la Escuela de Frankfurt al situacionismo, de Henri Lefebvre a Johnny Rotten, de Guy Debord a Greil Marcus, de Paul Lafargue a Theodor Adorno). Todo parecía tan trivial en esa noticia que de veras mosqueaba. Como si cierto pintoresquismo ocultara tras bambalinas lo que debería enfatizarse: que el aburrimiento es la más moderna y refinada forma de control social.
Esto no quiere decir que el aburrimiento sea nuevo, en el sentido de que antaño las personas no se aburrieran. Lo que es nuevo, lo que es propio de la sociedad capitalista occidental, es que el aburrimiento impera como fenómeno de dominio social absoluto. En cuanto principio, el aburrimiento es siempre político, pero como expresión es siempre totalizador.
Hay aquí una buena historia, recortada de esa línea de puntos. Va más o menos como sigue.
En las sociedades agrarias los hombres se partían el alma trabajando, literalmente trabajaban hasta reventar, pero no existía ningún gran misterio inmiscuido en ello. La “costumbre” de aquel mundo inmóvil así lo establecía, era “natural” vivir para trabajar pues Dios así lo había dispuesto y nada podía hacerse al respecto. Tampoco hubo demasiadas sorpresas durante el primer siglo de la era industrial, pero a mediados del siglo XX la sociedad de la abundancia, el Estado de Bienestar y la expansión global de la vida urbana occidental modificaron la existencia cotidiana de las personas.
“Durante cierto tiempo —escribió el gran sociólogo marxista Henri Lefebvre en 1967— ustedes habrán encontrado en la prensa una expresión curiosa, acompañada por comentarios no menos sorprendentes. Señores inteligentes y competentes les explicaban cómo la producción en su conjunto iba a propiciar investigaciones aplicadas a los cohetes, a los misiles. Es cierto que los dispositivos más potentes y mejor miniaturizados serían reservados siempre a las empresas más vastas: exploración del espacio, destrucción nuclear. No obstante, algunas ‘lluvias’ de la técnica caerían inevitablemente sobre la industria que trabaja para los consumidores”.
“Técnica”, “tecnología”, “cibernética” y “automatización” eran frescos y extraordinarios vocablos que los científicos ponderaban en sus tertulias (pronúncialo en voz alta, paladea las palabras, ¿puedes sentirlo?), que las personas repetían en su vida diaria tras escuchar las noticias (incluso las del 11 de abril de 1954). La “cibernética” y la “automatización” estaban creando un nuevo mundo donde el trabajo humano sería obsoleto y el tiempo libre se convertiría en un inédito campo de desempeño social. Las “lluvias” técnicas caerían sobre la vida cotidiana y la transformarían. El nuevo conflicto social, entonces, ya no planearía en torno al trabajo sino al ocio. La lucha por el sentido de la vida no se definiría en términos de mercancía sino en términos de tiempo: tiempo para el ocio.
Mujer situacionista (supongo)
Los revolucionarios utópicos habían especulado durante siglos con una sociedad del ocio. Vaticinaban un mundo óptimo en el que cada persona construiría su propia existencia, gozaría de una libertad tan absoluta que ningún orden social podría restringirla. Era el viejo sueño comunista de una sociedad sin división del trabajo; era una utopía, la pulsión de vivir como si la suerte del mundo dependiera de la propia felicidad. En un texto situacionista —uno de los prolíficos grupos revolucionarios del teórico francés Guy Debord—, firmado el 17 de mayo de 1960, puede leerse: “Liberado de todas sus deudas y culpabilidades hacia el pasado y el prójimo, el hombre dispondrá de una nueva plusvalía, incalculable en dinero porque será imposible reducirla a la medida del trabajo asalariado: el valor del juego, de la vida construida libremente”.
Algo salió mal. La idea de una vida construida libremente acabó convertida en otra baratija de mercado. El tiempo libre (¿qué quiero hacer?) fue reemplazado por el entretenimiento (¿qué hay para hacer?). El mercado, reconvertido en el cielo del espectáculo, fue inundado con una variedad interminable de opciones y el lugar del tiempo libre fue ocupado por una ficción de elecciones múltiples: Tengo el tiempo libre necesario y el dinero suficiente para hacer cualquier cosa que haya para hacer. Pero al tratarse de una libertad prefabricada, la imagen de los consumidores deseando lo que encuentran y no encontrando lo que deseaban, al tratarse de una decisión ya efectuada en la producción y representada como elección en el consumo, el empleo del tiempo libre no puede generar más que aburrimiento e insatisfacción. Cualquier elección que escenifiques en tu escenario de desempeño social —comprar un nuevo automóvil, personalizar tu cuenta de Twitter, asistir a un partido de fútbol, leer poesías para cinco borrachos en un bar de bohemios, salvar al mundo, hacerlo explotar— ya ha sido prevista.
El tiempo libre, el ocio, no es entonces una compensación por el trabajo, ni siquiera el sitio donde “el proletariado” busca “sustraerse al proceso del trabajo mecanizado para ponerse de nuevo en condiciones de poder afrontarlo” (volviendo a la Dialéctica del Iluminismo de Theodor Adorno y Max Horkheimer); el tiempo libre es un sistema de signos que permite volver inteligibles todos los demás signos, una “Weltanschauung efectivizada” (volviendo, ahora, al Debord de La sociedad del espectáculo) que aniquila al trabajo y cualquier otra forma de ordenamiento social.
Deseo y obligación giran en la cinta de Möbius del capitalismo moderno. Los deseos con que uno puede encontrarse en el mercado son experimentados como necesidades, como elecciones individuales, como obligaciones de cuya satisfacción depende la supervivencia: No puedo vivir sin este objeto. En sociedades móviles, sociedades de economías de acumulación flexible, sociedades cuya disponibilidad material se ha visto desproporcionalmente satisfecha y rebasada, no se crean nuevas necesidades sino nuevos deseos que se representan como necesidades, lo subjetivo (qué quiero) se transforma en lo objetivo (qué necesito) y el deseo hallado en el mercado se convierte en un imperativo a ser satisfecho a través de este consumo objetivo: Está objetivamente demostrado que es imposible vivir sin teléfono celular, sin auto, sin medicina prepaga, sin rock’n’roll, sin educación, sin televisión, sin ideologías, sin poesía, sin la ropa de moda, sin amor.
El término “supervivencia” toma un nuevo significado: continuar con vida, sobrevivir, depende de la velocidad del módem o del auto, de la talla del título universitario obtenido o de conseguir tickets para la función de la última película de Woody Allen. El valor representado reemplaza al valor vivido y la mercancía acapara la totalidad de la vida social. La mercancía ocupa el sitio de los bienes y convierte a la satisfacción del deseo en lucha por la supervivencia. La libertad sin límites se transforma en una molestia, una comezón irritante, pues aún teniendo el suficiente dinero y tiempo libre para hacer lo que a uno le venga en gana, siempre habrá que elegir, siempre habrá que optar entre una cosa y no otra.
El tiempo libre genera ocio; el entretenimiento genera aburrimiento. Y por más que busques, no encontrarás tiempo libre en ningún sitio. Encontrarás aburrimiento, y la pregunta: ¿Qué hay para hacer?
Por eso, cuando leí el titular en el periódico, cuando leí que “el 11 de abril de 1954 fue el día más ‘aburrido’ del siglo XX”, no pude evitar mosquearme. Todos los días del siglo XX fueron aburridos, estructuralmente aburridos; y todos los días del siglo XXI lo serán.
Eso, si seguimos la línea punteada.