
Las notas publicadas por Román Lejtman contando la operación in extremis intentada por el gobierno a través de la cancillería y del embajador ante la Santa Sede, Juan Pablo Cafiero, para bloquear la posibilidad de que Jorge Bergoglio fuera elegido Papa, han despertado repugnancia, asombro y multiplicado las profundas divisiones que la elección ha producido en el seno duro del gobierno y de sus acólitos.
Luis D’Elia tuiteando suavidades después de haber dicho que Francisco era para América Latina lo que Juan Pablo II había sido para el bloque soviético (¡Dios lo escuche y le haga caso, por favor…!!!) probablemente sea la imagen más grotesca de un intento de recule al mismo tiempo desfasado e hipócrita.
La presidente, que ordenó esas operaciones en base a las publicaciones del ex jefe de inteligencia de Montoneros, Horacio Verbitsky, aparecía hoy derramando lágrimas de emoción durante la ceremonia de unción de Bergoglio como Francisco.
Con estos antecedentes no sería extraño que el gobierno, desde aquí la las elecciones de octubre, intentara un esfuerzo de mimetización con la enorme popularidad del nuevo Papa.
Exagerando, no sería de extrañar que empezáramos a escuchar de bocas oficiales (típico, por ejemplo, del jefe de la bancada oficialista en Diputados, Agustín Rossi, alguien a quien la cara le da para todo) “siempre compartimos con el Cardenal Bergoglio los mismos ideales”.
Y, en efecto, hacer coincidir los hechos de Bergoglio con las palabras del gobierno puede resultar una tarea no tan complicada. Después de todo, Francisco ha hecho una opción por los pobres como el gobierno dice haberlo hecho también. ¿Cómo no encontrar, a partir de esa idea, un puente de unión que permita usufructuar electoralmente la tremenda popularidad del nuevo sucesor de Pedro?
El problema es que el Papa es consistente entre sus dichos y sus procederes mientras el gobierno actúa en ese terreno con un profundo cinismo y su “opción por los pobres” se parece más a una herramienta demagogica que a una convicción. El boato que rodea cada movimiento de la presidente y su obscena riqueza, conseguida paradójicamente durante sus años (y los de su esposo) en el poder, choca contra los zapatos de Bergoglio y su tarjeta SUBE que usaba para trasladarse de un lado a otro de la ciudad en el sistema público de transporte.
La pregunta es si ese intento -al que seguramente asistiremos a partir de los próximos días- va a ser creído por franjas decisivas de la sociedad. El gobierno ha demostrado ser extremadamente eficiente en el terreno de llevar a un status de credibilidad un relato fantástico. De modo que no sería de extrañar que un cambio de estrategia para con Bergoglio tenga éxito también.
Si ello llegara a producirse, una vez más, las preguntas volverían a caer sobre nosotros mismos. ¿De qué material estamos hechos?, ¿tenemos capacidad para racionalizar informaciones como las que publicó Lejtman?, ¿o la posibilidad que la prensa tenga de descubrir semejantes “estofados” es inocua para nosotros?
¿Cuando nos digan poco menos que “siempre estuvimos con Bergoglio” nos servirá para medir con esa vara de mentira y de cinismo las otras aseveraciones del gobierno?, ¿o será otra más de las que le dejaremos pasar? Y si efectivamente se la dejamos pasar, ¿no deberíamos preguntarnos por qué lo hacemos?, ¿qué nos ata al gobierno?, ¿el miedo, la prebenda, los negocios, los planes, los curros…?
¿Que clase de sociedad hemos construido?, ¿qué podredumbre sube a la superficie cuando se la contrasta con el rostro de serenidad del nuevo Papa? ¿Y en qué medida esa podredumbre nos destruye el futuro?
Dicen que Bergoglio eligió el nombre de Francisco porque San Francisco recibió el mandato de Jesús de salvar del desmoronamiento a su Iglesia en la Tierra. En efecto la tarea interna del Papa para terminar con los vericuetos corruptos del Vaticano y de la Curia puede ser monumental. Pero muchos están seguros de que él sabe que cuando la emprenda no solo los cimientos de aquella corrupción caerán. Otros, más cercanos a su terruño natal, también van a crujir como nunca… Quizás para empezar a caer para siempre.