A continuación un capitulo del libro titulado "El ABC del comunismo libertario", de Alexander Berkman. Para quien tenga ganas de leer y reflexionar
Considera cómo la vida y su significado real se ha trastocado y trastornado. Mira cómo tu propia
existencia está envenenada y se ha convertido en algo miserable a causa del sistema absurdo.
¿Dónde se encuentra el objetivo de tu vida, dónde el gozo de ella?
La tierra es rica y hermosa, el rayo del sol brillante debería alegrar tu corazón. El genio y el
trabajo del hombre han conquistado las fuerzas de la naturaleza y han utilizado la luz y el aire
para el servicio de la humanidad. La ciencia y la invención, el trabajo y el esfuerzo humano han
producido riquezas indecibles. Hemos tendido un puente sobre los mares in orillas, la máquina
de vapor ha aniquilado la distancia, la chispa eléctrica y el motor de gasolina ha desencadenado
al hombre de la tierra y ha encadenado incluso a la atmósfera para que atienda sus órdenes.
Hemos triunfado sobre el espacio, y los rincones más lejanos del globo se han aproximado. La
voz humana circunda ahora los hemisferios, y a través del firmamento se mueven veloces
mensajeros, que portan el saludo del hombre a todos los pueblos del mundo.
Sin embargo, el pueblo gime bajo unas cargas pesadas y no hay gozo en sus corazones. Sus
vidas están llenas de miseria, sus almas están frías con la necesidad y la carencia. La pobreza
y el crimen llenan cada país; miles de hombres son presa de la enfermedad y de la locura, la
guerra destruye a millones y trae a los que viven la tiranía y la opresión.
¿Por qué existe esta miseria y estos asesinatos en un mundo tan rico y tan hermoso? ¿Por qué
todo el sufrimiento y el dolor sobre una tierra tan llena de la esplendidez y de la claridad de la
naturaleza?
«Es la voluntad de Dios», dice la Iglesia.
«La gente es mala», dice el legislador.
«Tiene que ser así», dice el imbecil.
¿Es verdad? ¿Tiene realmente que ser así?
Tú y yo, cada uno de nosotros, todos deseamos vivir. No tenemos sino una vida y deseamos
hacerla lo mejor posible, exactamente así. Deseamos el mismo gozo y claridad mientras
vivimos. No sabemos lo que ocurrirá cuando hayamos muerto. Nadie lo sabe. Las posibilidades
son que una vez muertos permaneceremos muertos. Pero sea o no sea esto así, mientras
vivamos todo nuestro ser tiene ansia de gozo y de risa, de claridad y de felicidad. La naturaleza
nos ha hecho de esta forma. Te ha hecho y me ha hecho, y a millones como nosotros, de tal
modo que anhelamos la vida y el gozo. ¿Es correcto y justo que tengamos que ser privados de
ello y permanecer para siempre los esclavos de un puñado de hombres que disponen de
nosotros y de nuestra vida?
¿Puede ser esto «la voluntad de Dios», como nos dice la Iglesia?
Pero si hubiera un Dios, tendría que ser justo. ¿Permitiría él que seamos defraudados y
despojados de la vida y de sus gozos? Si hubiera un Dios, tendría que ser nuestro padre y
todos los hombres serían sus hijos. ¿Permitiría un buen padre que algunos de sus hijos sufriera
hambre y miseria, mientras que los otros tienen tanto que no saben qué hacer con ello?
¿Soportaría que miles e incluso millones de sus hijos fueran asesinados y destrozados
precisamente por la gloria de algún rey o por la ganancia del capitalista? ¿Sancionaría él la
injusticia, el ultraje y el asesinato? No, amigo mío, no puedes creer eso de un buen padre, de un
Dios justo. Si la gente te dice que Dios desea tales cosas, ciertamente te mienten.
Tal vez digas que Dios es bueno, pero que la gente es mala y que esa es la razón por la que las
cosas van mal en el mundo.
Pero si la gente es mala, ¿quién la hizo así? Seguramente no crees que Dios hizo a la gente
mala, porque en ese caso él mismo sería responsable de ello. Entonces esto significa que si la
gente es mala, alguna otra cosa la hizo así. Esto pudiera ser. Vamos a examinarlo.
Veamos cómo es la gente, qué es y cómo vive. Veamos como vives tú.
Desde la primera infancia te han instruido que tenías que tener éxito, que debías «hacer
dinero». Dinero significa comodidad, seguridad, poder. No importa quién eres, se te valora por
lo que «vales», por el tamaño de tu cuenta en el banco. Así te lo han enseñado y lo mismo le
han enseñado a todos los demás. ¿Te puedes extrañar de que la vida de cada uno se convierta
en una caza del dinero, del dólar y que toda tu existencia se haya vuelto una lucha por la
posesión, por la riqueza?
El hombre de dinero crece a medida que se la alimenta. El hombre pobre lucha por vivir, por un
pedazo de comodidad. El hombre acomodado desea mayores riquezas que le den seguridad y
protección contra el temor del mañana, y cuando se convierta en un gran banquero no debe
aminorar sus esfuerzos, tiene que mantener la mirada atenta en sus competidores por temor a
perder la carrera y que le gane otro.
Así, todo el mundo se ve obligado a tomar parte en la caza salvaje y el hambre por la posesión
cada vez se apodera más del hombre. Se convierte en la parte más importante de la vida; cada
pensamiento es sobre el dinero, todas las energías se dirigen a llegar a ser rico y actualmente
la sed de riqueza se convierte en una manía, en una locura que se apodera de aquellos que
tienen y de los que no tienen.
De este modo la vida ha perdido su único significado verdadero de gozo y de belleza; la
existencia se ha convertido en algo irracional, danzará alrededor del becerro de oro, una
adoración loca del Dios Mammom. En esa danza y en esa adoración el hombre ha sacrificado
todas sus cualidades más delicadas del corazón y del alma: la amabilidad y la justicia, el honor
y la virilidad, la compasión y la simpatía hacia sus prójimos.
«Cada uno para sí y que el diablo coja al último», esto tiene que convertirse forzosamente en el
principio y acuciar a la mayoría de la gente bajo esas condiciones. ¿Se puede uno extrañar que
con esa caza loca del dinero se hayan desarrollado los peores rasgos del hombre: la codicia, la
envidia, el odio y las pasiones más bajas? El hombre crece corrompido y malo; se hace infame
e injusto; recurre al engaño, el robo y el asesinato.
Mira más cerca y considera cuantas maldades y crímenes se cometen en tu ciudad, en tu país,
en el mundo en general, a cauda del dinero, de la propiedad y de la posesión. Mira lo lleno que
está el mundo de pobreza y de miseria; mira a miles que caen presas de la enfermedad y la
locura, del destino y del ultraje, del suicidio y del asesinato; y todo esto por las condiciones
inhumanas y embrutecedoras en las que vivimos.
Con toda verdad ha dicho el hombre sabio que el dinero es la raíz de todo mal. A dondequiera
que mires verás el efecto corrosivo y degradante del dinero, de la posesión, de la manía por
tener y por poseer. Todos están furiosos por conseguir, por apropiarse de la manera que sea,
por acumular tanto como puedan, de modo que puedan disfrutar hoy y asegurarse para el
mañana.
¿Pero tienes que decir por ello que el hombre es malo? ¿No se ve forzado a tomar parte en
esta caza del dinero por las condiciones de la existencia, por el desatinado sistema en el que
vivimos? Pues no tienes elección: tienes que participar en la carrera o sucumbir.
¿Es tu culpa entonces que la vida te fuerce a ser y a actuar de esa manera? Reflexiona y verás
que en el fondo no eres en absoluto malo, sino que las condiciones te impulsan con frecuencia
a hacer cosas que tú sabes que son malas. Tú más bien no las harías. Cuando te lo puedes
permitir, tu impulso consiste en ser amable y ayudar a los demás. Pero si siguieras tus
inclinaciones en esta dirección, descuidarías tus propios intereses y pronto estarías en la
indigencia tú mismo.
Por eso las condiciones de la existencia suprimen y ahogan los instintos de amabilidad y de
humanidad que existen en nosotros y no nos endurecen frente a la necesidad y la miseria de
nuestros prójimos.
Esto lo verás en cada fase de la existencia, en todas las relaciones entre los hombres, a través
de toda nuestra vida social. Por supuesto, si nuestros intereses fueran los mismos, no habría
necesidad de sacar ventaja alguna de los demás. Porque lo que sería bueno para Jack lo sería
también para Jim. Ciertamente, como seres humanos, como hijos de una humanidad, realmente
tenemos los mismos intereses. Pero como miembros de una estructura social disparatada y
criminal, nuestro sistema capitalista actual, nuestros intereses no son en modo alguno los
mismos. Dé hecho, los intereses de las diferentes clases de la sociedad son opuestos; son
hostiles y antagónicos, tal como he señalado en los capítulos precedentes.
Esa es la razón por la que ves a los hombres aprovechándose unos de otros, cuando pueden
beneficiarse con ello, cuando se lo dictan sus intereses. En el negocio, en el comercio, en las
relaciones entre empresario y trabajador, en todas partes encontrarás en acción este principio.
Cada uno intenta aventajar a su prójimo. La competencia se convierte en el alma de la vida
capitalista, comenzando por el banquero millonario, el gran industrial y el señor de la industria,
pasando por toda la escala social y económica, hasta el último obrero en la fábrica. Pues
incluso los obreros se ven forzados a competir mutuamente en busca de empleos y de una
paga mejor.
De esta forma toda nuestra vida se convierte en una lucha del hombre contra el hombre, de una
clase contra otra. En esa lucha se utiliza cualquier método para conseguir el éxito, para hundir a
tu competidor, para elevarte por encima de él, mediante todos los medios posibles.
Está claro que unas condiciones así desarrollarán y cultivarán las peores cualidades del
hombre. Está tan claro como que la ley protegerá a los que tengan poder e influencia, al rico y
al acomodado, sea cual fuere el procedimiento por el que consigan sus riquezas. El pobre tiene
que llevar inevitablemente la peor parte en tales circunstancias. Intentará hacer lo mismo que
hace el rico. Pero como no tiene la misma oportunidad para hacer avanzar sus intereses baja la
protección de la ley, lo intentará con frecuencia fuera de la ley y caerá en sus redes. Aunque no
hizo sino lo que suele hacer el rico -aprovecharse de alguien, engañar a alguien-, lo hizo
«ilegalmente», y tú le llamas criminal.
Mira, por ejemplo, ese pobre niño en la esquina de la calle. Está harapiento, pálido y medio
muerto de hambre. Ve a otro niño, el hijo de unos padres ricos, y ese niño lleva estupendos
vestidos, está bien alimentado y no se digna siquiera jugar con él. El niño harapiento está
encolerizado con él, está resentido y odia al rico. Y por dondequiera que va el niño pobre
experimenta lo mismo: es ignorado y escarnecido, con frecuencia le dan patadas, siente que la
gente no piensa de él como del niño rico, con el que todo el mundo es respetuoso y atento. El
niño pobre se amarga. Y cuando crece, ve de nuevo lo mismo: se admira y respeta al rico, se
recibe a puntapiés al pobre y se le desprecia. De este modo el niño pobre odia su pobreza y
piensa cómo podría llegar a ser rico, conseguir dinero e intenta conseguirlo de cualquier manera
que puede, aprovechándose de los demás, lo mismo que los demás se han aprovechado
siempre de él, engañando y mintiendo, y algunas veces incluso cometiendo un crimen.
Entonces dices tú que es «malo». ¿Pero no ves lo que lo ha hecho malo? ¿No ves que las
condiciones de toda su vida lo han hecho lo que es? ¿Y no ves que el sistema que mantiene
esas condiciones es un criminal más grande que el ladrón insignificante? La ley intervendrá y lo
castigará, pero ¿no es la misma ley que permite que existan esas malas condiciones y que
sostiene el sistema que hace criminales?
Reflexiona y mira si no es la misma ley, el gobierno, la que realmente crea el crimen al obligar a
la gente a vivir en condiciones que las hacen malas. Considera cómo la ley y el gobierno
sostiene y protege el crimen más grande de todos, la madre de todos los crímenes, el sistema
salarial capitalista, y luego se pone a castigar al criminal pobre.
Considera: ¿existe alguna diferencia si haces algo malo protegido por la ley o si lo haces al
margen de la ley? La cosa es la misma y los efectos son los mismos. Peor aún: cometer una
maldad legalmente es un mal mayor porque causa más miseria e injusticia que la maldad ilegal.
El crimen legal prosigue todo el tiempo; no es punible y se hace fácilmente, mientras que el
crimen ilegal no es tan frecuente y está más limitado en su objetivo y en su efecto.
¿Quién causa más miseria, el rico industrial que reduce los salarios de miles de obreros para
engrosar sus ganancias, o el hombre que queda sin trabajo y que roba algo para no morir de
hambre?
¿Quién comete una maldad mayor, la mujer del magnate industrial que gasta mil dólares en un
collar de plata para su perro faldero, o la muchacha insuficientemente pagada en el almacén del
magnate que es incapaz de resistir la tentación y se apropia de alguna baratija?
¿Quién es un criminal mayor, el especulador que acapara el mercado del trigo y saca un millón
de dólares de ganancia elevando el precio del pan del pobre o el vagabundo sin hogar que
comete algún robo?
¿Quién es un enemigo mayor, el codicioso barón del carbón responsable del sacrificio de vidas
humanas en las minas malamente ventiladas y peligrosas, o el hombre desesperado culpable
de asalto y de robo?
No son los males y los crímenes castigados por la ley los que causan más daño en el mundo.
Son los males legales y los crímenes no castigables, justificados y protegidos por la ley y el
gobierno, los que llenan la tierra con la miseria y la necesidad, con la reyerta y el conflicto, con
las luchas de clases, la matanza y la destrucción.
Oímos mucho sobre el crimen y los criminales, sobre asaltos y robos, sobre ofensas contra las
personas y la propiedad. Las columnas de la prensa diaria están llenas de esas historias. Se
consideran las «novedades» del día.
Pero, ¿oyes mucho sobre los crímenes de la industria y de los negocios capitalistas? ¿Te dicen
los periódicos algo sobre el robo y el hurto constante que suponen los salarios bajos y los
precios elevados? ¿Escriben mucho sobre la difundida miseria que causa la especulación del
mercado, la adulteración del alimento, las mil y una formas de fraude extorsión y usura sobre
los que florecen los negocios y el comercio? ¿Te dicen las maldades, la pobreza, los corazones
rotos y arruinados, la enfermedad y muerte prematura, la desesperación y el suicidio que siguen
como una procesión constante y regular al despertar del sistema capitalista?
¿Te dicen la aflicción y la angustia de los millares que son arrojados fuera del trabajo, sin que
nadie se preocupe de si viven o mueren? ¿Te dicen algo sobre los salarios de hambre pagados
a mujeres y muchachas en nuestras industrias, salarios miserables que las obligan
directamente a prostituir sus cuerpos para ayudarse a duras penas a sobrevivir? ¿Te dicen algo
sobre el ejército de parados que el capitalismo mantiene dispuesto para quitarte el pan de tu
boca cuando te pongas en huelga por una paga mejor? ¿Te dicen que el paro, con toda su
angustia, sufrimiento y miseria se debe directamente al sistema capitalista? ¿Te dicen cómo la
fatiga y el sudor del esclavo asalariado quedan acuñados en ganancias para el capitalista? ¿Te
dicen cómo la salud del obrero, su mente y su cuerpo son sacrificados a: la codicia de los
señores de la industria? ¿Te dicen cómo el trabajo y las vidas, son desperdiciados en la
estúpida competencia capitalista y en una producción sin plan?
Ciertamente, ellos te refieren una gran cantidad de cosas sobre crímenes y criminales, sobre la
«maldad« y la «perversidad» del hombre, especialmente de las clases «inferiores», de los
obreros. Pero no te dicen que las condiciones capitalistas producen la mayoría de nuestros
males y crímenes, y que el mismo capitalismo es el crimen más grande de todos, que devora
más vidas en un solo día que todos los asesinos puestos juntos. La destrucción de vidas y
propiedades que han causado los criminales en todo el mundo desde que comenzó la vida
humana es mero juego de niños comparada con los diez millones de muertos y los veinte
millones de heridos, y el estrago y la miseria incalculables originados por un solo
acontecimiento capitalista, la reciente Guerra mundial. El enorme holocausto era el hijo legítimo
del capitalismo, lo mismo que todas las guerras de conquista y de ganancia son el resultado de
los intereses financieros y comerciales conflictivos de la burguesía internacional. Fue una
guerra para las ganancias, como lo admitió posteriormente Woodrow Wilson y su clase.
De nuevo las ganancias, como ves. Acuñando carne y sangre humanas en ganancias con el
hombre de patriotismo.
«¡Patriotismo!», protestas tú. «¡Y qué, esa es una causa noble! »
«¿Y el desempleo?», pregunta tu amigo. «¿Es responsable el capitalismo también de eso? ¿Es
la culpa de mi patrón que no tenga trabajo para mí?»