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Una Idea Genial [ MegaPost ]

Info10/9/2012



Siendo profesor de genética y biología molecular en Harvard, a Estanislao Bachrach se le ocurrió que las técnicas para mejorar el cerebro podían aplicarse a personas sanas. Así que volvió a la Argentina, hizo una maestría en negocios y se volcó a “ayudar a la gente a ser más creativa y feliz en su trabajo y en la vida”.



La pregunta es obvia: ¿Qué hace un biólogo enseñando en una escuela de negocios? “Viví siempre encerrado en un laboratorio y quería estar con gente. No era feliz”, cuenta Estanislao Bachrach, doctor en Biología molecular. “Tenía claro que no quería pacientes, sino más bien impacientes. Y pensaba que todas las técnicas que usamos para mejorar el cerebro de pacientes podrían usarse también para gente sana”. Por entonces, había vivido cinco años en Francia y otro tanto en Boston. En los primeros cinco, en la Universidad de Montpellier, se había dedicado a todo lo relacionado con la ciencia básica.

Pero cuando llegó a Boston, se encontró con que en los cursos de Biología genética que daba –que, entre otros, tomaron Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, y la actriz Natalie Portman–, a diferencia de otras universidades en donde había estado, se sentaban a estudiar empresarios y personajes del mundo de los negocios, interesados en entender el mundo de la ciencia, la genética, los transgénicos, las vacunas, etcétera. La biotecnología. “Fue entonces cuando me empecé a copar con los diferentes backgrounds, con la diversidad”.

Ahí le picó el bichito, según cuenta. Y unos años más tarde, luego de una crisis personal, decidió dedicarse a otra cosa, aprovechando los conocimientos que tenía por haber estado en esos lugares. Así que decidió volver a la Argentina y realizar su misión: ayudar a la gente a ser más creativa y feliz en su trabajo y en su vida. Entró a la Universidad Di Tella, una prestigiosa escuela de negocios, y luego de una maestría en Business, empezó a investigar compañías mundiales a las que les iba muy, pero muy bien. Bachrach quería descifrar en qué se diferenciaban del resto; qué era lo que estaban haciendo mejor.

¿La respuesta? “Eran innovadoras”, explica. “Después de terminar la maestría, me fui a Francia durante seis meses y fue allí donde empecé a entender el rol de la neurociencia y su impacto en el bienestar y en la creatividad de los empleados”.

¿En qué consiste tu trabajo hoy?
Trabajo como consultor en temas de creatividad e innovación en diferentes organizaciones y empresas. Para darte un ejemplo, miro a los empleados y veo cerebros. Entonces, pienso cómo sacarles lo mejor: todo lo que sirva para que ellos estén bien; para que se den cuenta de que es posible hacer un montón de cosas, y de que, aunque su educación, su país, su cultura y sus papás les dijeron que no lo podían hacer, se puede. De esa manera, también busco que a la empresa le vaya mejor.

¿Esta es una buena manera de potenciar la productividad?
Exactamente; la idea no es que la empresa te exprime, y vos sufrís. En esto hay un win win, una situación en la que los dos pueden ganar. Quizá sea un poco utópico, pero la verdad es que existe y sucede. Hay compañías en las cuales la gente está muy contenta de estar.

Pero tampoco es tan utópico. En tu libro, hablás de crear ambientes de trabajo más estimulantes y explicás que las empresas más innovadoras son aquellas que “les dan a sus empleados tiempo libre en espacios flexibles, amplios, luminosos, agradables, con tiempo para imaginar el futuro”. Suena bastante lógico.
Sí, es sentido común. Creo que hay mucho de intuición y mucho de consultor neurocientífico, sobre todo en los Estados Unidos. Esto quiere decir que ellos imaginan por dónde va la mano y luego te consultan.

¿Cómo sería un empleado mínimamente comprometido?
Es una persona que dice: “Me parece que esto que estoy haciendo está bueno”. ¿Y cómo es un apasionado? Uno que piensa: “Esto que estoy haciendo está bueno y a mí me hace bien”. Esa es la mente que encuentro en las compañías que estudio.

Pero eso también requiere gente que se arriesgue.
Todo el tiempo. Y no arriesgar es cultural. Porque hay miedo, miedo a fracasar. Por eso, esto debe ser algo que se denomina top-down: desde arriba del todo de la organización. La frase más importante de todas es: “La cultura se come cruda toda la estrategia”.

¿Qué es como decir…?
Uno puede poner todas las estrategias que quiera, pero si la gente no está preparada culturalmente para arriesgar, entonces, no va a mover un dedo.

¿Cuesta mucho cambiar?
El tema es la disciplina. Y hablo en general, sean argentinos o estadounidenses. A la gente le cuesta hacer dieta, le cuesta ir al gimnasio, le cuesta cambiar. Pero también uno se encuentra con personas –por lo general, más jóvenes o con mucha energía– que tienen ganas de hacerlo. A veces, se logra, y a veces, no. Pero lo cierto es que trabajo en lugares donde están pasando cosas.

¿Estos “cambios” pueden dar cuenta de una nueva tendencia en la forma de trabajar?
No lo sé, pero soy muy optimista y quiero creer que sí, porque las empresas que lo hagan van a pasarles por arriba a las otras. En la actualidad, hay mucha rotación, y la manera de evitar esto es que la gente disfrute de su trabajo, que pueda hacer valer sus proyectos, que pueda elegir sus equipos…, y eso ya está sucediendo en algunas compañías.

Entonces, ¿hay que empezar a entrenar la mente?
Eso es la moda: entrenar la mente, los pensamientos, la forma de actuar; bueno, lo que se pueda, porque mucho es inconsciente. Uno de los grandes descubrimientos de la ciencia occidental desde hace unos diez años es que lo que uno hace con la mente tiene la capacidad de alterar el cerebro.



“ Tenía muy en claro que no quería pacientes, sino más bien impacientes. Y pensaba que todas las técnicas que usamos para mejorar el cerebro de pacientes podrían usarse también para gente sana”.






Cambiar la cabeza

De eso habla en Ágilmente. Aprendé cómo funciona tu cerebro para potenciar tu creatividad y vivir mejor (Sudamericana), su primer libro. En el próximo tiene planeado volcar todo lo referente a las compañías, las organizaciones y los equipos de trabajo. En este, solo quiere mostrar cómo funcionamos, y cómo eso que solemos denominar “talentos” no son otra cosa que habilidades que todos podemos desarrollar. Todos. Y que al hacerlo podemos tener una vida mejor y disfrutarla más.

¿Cómo? A través de ejercicios, pero, sobre todo, del autoconocimiento: entender los mecanismos del propio aprendizaje, comprender cómo usar los sentidos, aumentar la memoria, enfocar y controlar las emociones negativas. Esa es una de las herramientas más importantes del desarrollo personal.

¿Eso es la neuroplasticidad?
Claro. El cerebro son las neuronas, y la mente, el pensamiento. Si vos te rompés neuronas, podés perder la memoria, o tal vez te cueste prestar atención. Eso siempre se supo; ahora, lo que los budistas dicen desde hace cinco mil años -y los científicos de la universidad MIT, desde hace diez- es que si vos pensás todo el tiempo en cosas positivas, cambiás tu cerebro, cambian tus neuronas. Eso es lo que se conoce como “neuroplasticidad”.

¡Los budistas tenían razón! Vos en tu libro hablás de la meditación trascendental y de que hay evidencias de que practicarla mejora el estado de ánimo y la habilidad para enfrentar el miedo y la incertidumbre. ¿Cómo es eso?
Te cuento una historia. En 2001, estaba en Boston y siempre me cruzaba en el supermercado con dos monjes budistas que estaban siempre sonriendo, felices. Yo venía con mucho estrés de Harvard. Un día los encaré y les pregunté por qué estaban siempre riéndose. Entonces, me invitaron a un evento en el MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts) -era la primera vez que se hacía, pero ahora se repite todos los años-, en el que el Dalai Lama hablaba con los profesores. Fui y la charla me pareció fascinante, pero, además, mostraron en una pantalla gigante el cerebro de una persona mientras meditaba. Cuando vos sabés un poco del tema, podés reconocer cómo el área del foco y la concentración están muy desarrolladas. Ahí empezó mi interés.
“Cuando un cerebro está relajado, aparecen más ideas”, escribe Estanislao. En ese estado es cuando suelen ocurrir las revelaciones. “Entonces, siempre que puedas, intentá sacarte presión, extender una fecha límite, hacer algo divertido, reducir la ansiedad, tomarte un recreo y hacer algo liviano”, recomienda.



“La idea no es que la empresa te exprime, y vos sufrís. En esto hay un win win, una situación en la que los dos pueden ganar. Quizá sea un poco utópico, pero la verdad es que existe y sucede. Hay compañías en las cuales la gente está muy contenta de estar”.




¿Tu libro tiene algo de autoayuda?
A mí no me da miedo decir que mi libro es de autoayuda, porque todo lo que ahí aparece está basado en hechos empíricos y científicos. Esa es mi formación. No pretendo convencer a nadie, pero lo que me entusiasma es que yo trabajo de esto y, realmente, veo a la gente transformarse. Los avances tecnológicos en el campo de las neurociencias le dan la razón: es posible entrenar la mente y ser más creativo, o sea, tener la capacidad de resolver problemas, destrabar conflictos y tener una vida mejor y más disfrutable.



Segregar, definir y etiquetar

Bachrach escribe: “Nuestra educación está basada en procesar la información sobre lo que ya sucedió, sobre lo que pensaban muchas de las personas que ya no existen… No nos enseñan a pensar”. Explica que la educación típica del mundo occidental, desde la Revolución Industrial hasta la actualidad, consiste en separar, definir y etiquetar.

“Ha habido muy pocos cambios en la currícula para la cantidad de cambios que ha habido en el mundo. La educación sigue siendo muy parecida. Ojo, hablo en términos generales, y no de escuelas particulares. Yo no soy experto en educación, pero, claramente, tiene que haber un cambio para sacarle el verdadero potencial a la gente”, explica. Bachrach cuenta que, a partir de su experiencia en la Universidad Di Tella, puede afirmar: “En la actualidad, las compañías buscan alumnos creativos, intuitivos, deportistas, lectores; no piden solo una persona que sepa de finanzas. Te piden mucho más”.



Las emociones y los cambios

En Ágilmente..., Estanislao escribe que somos seres emocionales que aprendimos a pensar, y no máquinas pensantes que sentimos. “Gran parte de las decisiones que tomamos todos los días son emocionales. Algunos dicen que llegan al 90 o 95%. La emoción produce movimiento y acción, y la razón concluye”, afirma. “Una de las frases que más me gustan de esta época es ‘cómo me quiero sentir’”. En la escuela, nos enseñan, qué quiero ser o qué quiero tener. Pero la realidad es que lo que verdaderamente importa es cómo me quiero sentir, porque eso te fortalece mucho más, te orienta. Y es un poco la tendencia ahora, la emocionalidad, así como la capacidad de cambiar”, admite.



7 Mandamientos para generar buenas ideas
1.No te juzgarás: deja fluir tus ideas, sé flexible.
2.No harás comentarios: cualquier comentario negativo o crítica cambiará tu humor, y eso afectará tu potencial creativo.
3.No editarás: no dejes que tu editor interno interfiera en el proceso. Editar es trabajo del hemisferio izquierdo del cerebro, que no está invitado a la generación de ideas.
4.No ejecutarás: se te ocurre una idea y, al segundo, otra parte de tu cerebro ya está distraída pensando cómo la implementarás.
5.No te preocuparás: el miedo es un gran bloqueador de la creatividad.
6.No mirarás hacia atrás: evitá decirte “Esa idea ya la probé hace dos años y no funcionó”.
7.No perderás el foco: es fácil empezar a perder energía y foco en lo que estás haciendo. No lo hagas.






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