La batalla de Stalingrado fue un enorme y sangriento enfrentamiento entre las fuerzas alemanas y los ejércitos soviéticos por la ciudad de Stalingrado (actual Volgogrado) entre el 23 de Julio de 1942 y el 2 de Febrero de 1943, durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial.
1942: Europa ha sido aplastada por la Alemania Nazi. Los ejércitos de Hitler avanzan a través del corazón de la Unión Soviética hacia los campos petrolíferos de Asia y enfrentan su último gran obstáculo, la ciudad de Stalingrado.
En agosto de 1942, en una ofensiva de avance rápido, como la Blitzkrieg con la que Alemania había comenzado la guerra en el Oeste, las divisiones acorazadas del VI Ejército, comandado por Friedrich Paulus, habían llegado a Stalingrado, que se extendía a lo largo de 38 kilómetros a orillas del río Volga.
Militarmente no parecía difícil ocupar esa ciudad industrial, de importancia estratégica para el transporte fluvial por el Volga y el Don, gran nudo ferroviario y último obstáculo en el camino hacia las riquezas petrolíferas, carboníferas y de manganeso del Cáucaso. Pero al primer intento de asalto, la escasa guarnición y la población dejaron claro que iban a oponer una resistencia heroica.
Antes del inicio del avance alemán, a los 500.000 habitantes de Stalingrado se habían unido 400.000 refugiados de otros lugares de Rusia. El 23 de agosto cayeron 1000 toneladas de bombas sobre Stalingrado, matando ese día a más de 5000 personas. El 29 de agosto aparecían las primeras unidades terrestres alemanas en el horizonte. Durante el asedio, los rusos cruzaban el Volga todas las noches para dejar heridos en la otra orilla no ocupada por los alemanes y recoger víveres y munición. Por el río llegaban además tropas de refuerzo. Hitler se puso nervioso y advirtió a sus generales que si no aniquilaban al enemigo a orillas del Volga para seguir avanzando hasta apoderarse del petróleo de los yacimientos de Grosny tendría que liquidar la guerra. La resistencia de Stalingrado impedía además seguir hacia la cuenca del Don, a la que Joseph Goebbels se había referido como la "bolsa de pan de Europa".
Un avión alemán Stuka dispara contra embarcaciones soviéticas en el río Volga. (Imagen de la película 'Enemigo al acecho').
El mundo estuvo pendiente de la batalla de Stalingrado desde agosto de 1942 hasta febrero de 1943. La orden de Stalin era "ni un paso atrás". Los comisarios políticos, al frente de los cuales estaba Nikita Jrushchov, se encargaban de que se cumpliera el mandato de Stalin matando a balazos a quien abandonaba una posición. En el bando alemán, donde se luchaba bajo el lema "venceremos porque tenemos que vencer", también se fusilaba a quienes intentaban desertar.
El terror a los comisarios políticos y el fanatismo patriótico dominaron ambas partes. Se luchaba en las ruinas de las casas o piso a piso donde aun quedaban edificios en pie. Cuando se acababa la munición, a bayoneta calada, cuerpo a cuerpo. Peor equipados y entrenados, los soviéticos pagaron un altísimo tributo de sangre sobre el que los historiadores no se han puesto de acuerdo. Debieron morir más de 300.000 hombres y mujeres, la mayor parte milicianos improvisados entre obreros, campesinos y miembros del Komosol, las juventudes comunistas.
Varios niños de Stalingrado quedaron huérfanos al perder a sus familias enteras en los bombardeos. Muchos de ellos querían convertirse en soldados para vengar la muerte de sus seres queridos.
Los milicianos combatieron con tanto heroísmo como los soldados a las órdenes del general Zhukov, que tenía su puesto de mando en los sótanos de un edificio en ruinas a orillas del Volga. Fueron meses de infierno. De un asedio que comenzó el 23 de Agosto; ya no quedaban en poder soviético más que un par de manzanas de edificios en ruinas cuando el 19 de Noviembre de 1942 empezó la contraofensiva del Ejército Rojo.
En un principio, el ejercito alemán (que no olvidemos que contaba con el apoyo del ejercito húngaro, italiano y rumano, incluso parte de la división azul española tomó parte en la contienda) llevaba la iniciativa y llegó en octubre a controlar el 90% de la ciudad, pero no pudo con la conquista de los muelles, ya que las ofensivas para controlarlos fracasaron. Aun así, en octubre murieron 4000 soldados rusos por día, y rara era la barcaza que llegaba a desembarcar en el frente con todos sus hombres, ya que tanto la aviación como la artillería alemana las castigaban una y otra vez. Pero el ejército alemán estaba dando lo máximo de si, y cada día su abastecimiento era más deficiente. La situación estaba clara, la ciudad no iba a ser tomada en otoño, y ambos ejércitos se preparaban para un duro invierno marcado por el frío con temperaturas de unos -18 ºC de media y por las enfermedades que afloraban entre los soldados y que se extendían de forma implacable.
Soldados rusos disparan desde un edificio en la fábrica Octubre Rojo. Octubre de 1942.
El 23 de noviembre, en medio de una copiosa nevada, dos columnas de tanques soviéticos procedentes de direcciones distintas se unieron en el puente sobre el Don en Galaj, el mismo lugar donde tres meses antes habían llegado victoriosos los Panzer que formaban la punta de lanza del avance del VI Ejército.
La batalla se decantó definitivamente para el ejército soviético una vez que este lanzó la contraofensiva, compuesta en total por unos 1.700.000 hombres en la llamada "operación Urano" que machacó los flancos del bando alemán, concretamente a las unidades rumanas e italianas que eran tropas mas débiles que las alemanas. El resultado fue el aislamiento de más de 250.000 hombres sin suministros. Durante las primeras 96 horas, cuando el bloqueo todavía no era totalmente efectivo existía la posibilidad de evacuación de la ciudad pero Hitler ordenó continuar en ella, con la esperanza de poder dar la vuelta a la situación, abasteciendo de forma aérea a los soldados, algo que finalmente no fue posible, la evacuación de soldados alemanes no era viable, nadie podía salir de Stalingrado.
El 31 de enero de 1943 en el sur, y el 3 de febrero del mismo año en el norte capitularon los últimos focos de resistencia en la bolsa de Stalingrado. Allí, Gregori Zhukov, el mismo general ruso que luego entraría victorioso en Berlín en mayo de 1945, acabó con el legendario VI Ejército Alemán, al mando de Paulus.
De los 284.000 hombres que habían quedado cercados por el Ejército Rojo el 22 de noviembre de 1942, murieron 146.000 en poco más de dos meses, la aviación evacuó 34.000 heridos y el resto (más de 100.000) cayeron prisioneros, de los que sólo 6.000 volvieron a Alemania. De ese VI Ejército, orgullo del militarismo alemán, había dicho Hitler en Agosto, cuando sus carros de combate rodaban por la polvorienta estepa hacia Stalingrado, que era una fuerza invencible con la que el Tercer Reich podía conquistar el cielo.
Soldados del Ejército Rojo avanzan entre las ruinas de Stalingrado.
El último radiomensaje recibido del VI Ejército fue el parte del tiempo del 2 de Febrero de 1943:
"Temperatura 31 grados bajo cero STOP Stalingrado cubierta por la niebla STOP la estación meteorológica se despide STOP Saludos a la patria STOP".
El final fue patético. No morían como héroes de la "superior raza germánica", sino desesperados y hambrientos o acribillados por las balas, aplastados por los tanques o despedazados por la artillería o los cohetes Katyusha, conocidos como "Órganos de Stalin". Desde que empezó la última ofensiva rusa, el 10 de enero, ya no se luchaba, solo se moría. El 24 de enero, Paulus describe la situación en un mensaje enviado por radio a Berlín: "Es terrible. Tenemos por lo menos 20.000 heridos a los que no hay posibilidad de atender y otros tantos soldados padecen congelamiento en distintas partes del cuerpo. Las escenas de la catástrofe son indescriptibles".
Los lanzacohetes Katyusha, también conocidos como "órganos de Stalin", provocaron terror en las tropas alemanas.
Otro testimonio habla del olor pestilente a sangre, pus y excrementos en los sótanos de los edificios en ruina donde se habían trasladado heridos sin poder atenderles por falta de medicamentos. Permanecían casi todo el tiempo en la oscuridad, pues los sanitarios procuraban ahorrar las velas de sebo que aun les quedaban para iluminarse.
Ya no podía llegar ningún avión de abastecimiento a las tropas sitiadas porque se acababa de perder el último aeropuerto, la pista de Pitomnik. De allí había despegado el día anterior un Junker con 19 heridos y 7 sacas de correo. Éstas contenían cartas de los soldados a sus familias en Alemania, conscientes la inmensa mayoría de los que habían podido
escribir y enviarlas, de que era su último adiós. Casi ninguna llegó entonces a su destino.
Sus destinatarios no las recibieron hasta años después, ya concluida la guerra. Relataban su tragedia, en general sin reflejar derrotismo, pero dudando que la manera de morir a estas alturas de la batalla de Stalingrado fuera útil a la patria, o dejando claro que sabían que estaban abandonados a su destino, que el Führer les había dejado en la estacada.
Soldados alemanes marchan entre las ruinas.
La mayoría de los alemanes que sobrevivieron murieron después en el cautiverio. Decenas de miles de prisioneros de guerra (condenados como mínimo a 25 años de trabajos forzados) participaron en condiciones precarias de alimentación y sanidad en la reconstrucción de Stalingrado y muchos pasaron después por los campos de concentración de Siberia.
Un soldado soviético ondea la bandera de la URSS el día de la rendición alemana. Febrero de 1943.