Globalización, desarraigo, violencia y suicidio
Jul. 21 , 2011
Los altos índices de suicidio que muestran la Región de Los Lagos y la Región de Aysén - los mayores del país -, encuentran una de sus explicaciones más certeras en el desarraigo de la vida moderna, impulsado en gran medida por la globalización y el exagerado apetito de progreso material que genera el actual sistema económico.
El historiador Pablo Fábrega sostiene, en un reportaje del diario El Llanquihue de Puerto Montt, que debido a la crisis del salmón “muchos jóvenes y adultos que habían creído que sus empleos iban a durar para siempre, se encontraron de un día para otro sin trabajo y no pudieron volver atrás, ya que habían rechazado el estilo de vida campesina o de pesca artesanal de sus padres y no sabían cómo trabajar con ellos…muchos programas estatales debieron reeducarlos, pero nadie abordó el impacto emocional de esta situación. Las modernizaciones aceleradas que hemos vivido en nuestro territorio tienen consecuencias sociales tremendamente fuertes, ya que han modificado completamente las familias y la cultura”.
La desesperanza puede, indudablemente, conducir a tomar decisiones extremas, y esto es precisamente lo que ha sucedido en la provincia de Llanquihue, donde se han producido siete suicidios durante las dos primeras semanas de julio.
La tecnología actual de las comunicaciones - de los medios de difusión y de la computación -, ha puesto a disposición del hombre una capacidad sin precedentes para influir sobre grandes grupos poblacionales en todos los países del mundo y en forma simultánea (esta es la verdadera globalización). Un efecto de ello lo configura el nuevo perfil psicológico correspondiente al individuo de la posmodernidad, que aunque viva integrado al planeta a través de una compleja red digital, se ha convertido, paradójicamente, en un ser desarraigado, confundido, angustiado y enajenado. No son pocos los que hoy en día reaccionan con inusitada violencia ante esta situación.
La industria del entretenimiento procura llenar este vacío interno generando vehículos que permiten a cada hombre y mujer escapar de la gris cotidianidad, para acceder a un mundo feliz de experiencias substitutivas proyectadas ahora sobre múltiples pantallas digitales, como son los teléfonos celulares, la computación, la televisión o el cine. Se utilizan técnicas de acción psicológica sobre las poblaciones que activan y manipulan las necesidades más profundas de la psiquis humana, logrando así formar su estructura mental, generando altos grados de aceptación y permeabilidad a nuevas sugestiones al actuar sobre el inconsciente colectivo. Tener siempre más, comprar los últimos adelantos tecnológicos en computación, telefonía y televisión, o usar la ropa de marca que esté de moda, son consideradas necesidades perentorias y su ausencia es sinónimo de fracaso, hecho que puede conducir a las frustraciones y depresiones más graves.
Los humanos están siendo inducidos a aceptar pasivamente determinados conjuntos de ideas, pautas y paradigmas - casi todos con un marcado acento materialista y extremadamente simplista -, mientras rechazan otros, a menudo con la irracionalidad que caracteriza a los reflejos condicionados (la vida en familia, las tradiciones campesinas, etc.). Este fenómeno se ha visto aumentado y asistido en el mundo actual por el ocaso de los temas espirituales en vastas regiones de occidente y aún de oriente, lo que ha debilitado aquellos mecanismos psicológicos con los que el hombre tradicionalmente se ha relacionado con lo trascendente, vale decir, con su inconsciente y con el inconsciente colectivo de su comunidad. Cuando se pierde todo esto, tenemos a seres profundamente confundidos, desarraigados y solitarios, que son capaces de llegar hasta el suicidio si no encuentran una respuesta positiva a través de los vínculos familiares y sociales propios de su entorno, lazos que lamentablemente se han ido perdiendo. ¿Es esta una propuesta estratégicamente planificada, o el lamentable resultado de un sistema tecnológico sin dueño, que avanza descontroladamente?
Lo negativo de este proceso globalizador es que genera entre las mayorías una creciente adicción a la pantalla pasiva o interactiva, y una mayor permeabilidad a sugestiones recibidas a través de la misma. La “americanización” de la vida cotidiana es la consecuencia final a la que conduce este verdadero virus psicológico que estamos recibiendo a diario los chilenos a través de los medios masivos de comunicación, incluyendo Internet, Facebook y otros. Pero no somos estadounidenses, no estamos preparados para vivir como ellos o emularlos, y tampoco deberíamos intentarlo.
Por el contrario, es necesario fortalecer nuestras tradiciones históricas, culturales sociales y familiares. Obviamente, éstas van cambiando con el tiempo, pero siempre queda un patrimonio autóctono al que podremos recurrir para evitar algunas de las consecuencias más negativas de la globalización. A la juventud de nuestro país, a los jóvenes de corazón, habría que pedirles que resistan, que sigan luchando contra el materialismo desmoralizador con el que están siendo permanentemente bombardeados. En la calle, en los colegios y universidades, en todas partes.