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Fotos tomadas por Lewis Carroll y su amistad con Alice

Info12/9/2012



"Autorretrato" - Lewis Carrol

Marco este día con una piedra blanca”. Con esta frase Charles Lutwigde Dodgson señala en su diario su primer encuentro con Alice Pleasance Liddell, la niña de cuatro años que transformó en obsesión y para quien imaginó un perenne universo literario. Desde aquel 6 de marzo de 1856, el matemático de Oxford rindió sus días a adorar un idealizado hechizo que rompe la propia Alice con su adolescencia, abriendo lecturas tan múltiples como sugerentes.

Y es que las sospechosas tendencias del futuro Lewis Carroll no son más un secreto ni un rumor. Pese al discreto silencio que le compró su fama como cuentista e intelectual, el querido autor de Alice in Wonderland y su musa componen una historia plena en claroscuros, donde los vacíos suelen ofrecer respuestas incómodas.

Dodgson conoce a los Liddell en 1856, cuando Henry George Liddell es nombrado capellán de la Christ Church y el profesor le visita para fotografiar la catedral. Aunque primero entabla amistad con los hermanos mayores Harry y Lorina, el ingreso del joven Harry al colegio lo acerca a las pequeñas Alice y Edith, invitándolas a paseos en barca e incursiones campestres donde les relata cuentos, muchas veces disfrazándolas para tomarles fotos.

Se ha dicho que Alice fue la modelo favorita de Dodgson, mas no existen evidencias para afirmarlo. Menos confusa es su inclinación a las niñas pequeñas, que gusta fotografiar semidesnudas o vistiendo disfraces mientras les cuenta historias fantásticas; su labor docente tampoco es casual, pues le permite más horas libres que dedicar a la poesía y las fotos.

La misma fantasía adorna la Tarde Dorada, el famoso paseo en bote por el Támesis aquel 4 de julio de 1862. Acompañado por las hermanas Liddell y el Reverendo Robinson Duckworth, Dodgson ameniza un descanso junto al río improvisando una disparatada historia que entusiasmó a Alice: “Lo que nos relató esa vez fue mejor de lo normal – recordó en una tardía entrevista -. Al día siguiente empecé a insistirle en que me escribiese el cuento y mi pesadez le movió, tras decir que lo pensaría, a hacer la vacilante promesa de escribirlo.”




Lewis Carroll y la fotografía



Parece que el principal pasatiempo de Lewis Carroll, y que le proporcionó mayores alegrías, fue regalar y agasajar a las niñas. “Me encantan las niñas (no los niños)”, escribió una vez. Por los niños sentía auténtico horror, y en la última etapa de su vida, los evitó cuanto pudo. Consideraba el cuerpo de las niñas (al contrario que el de los niños) sumamente bello, y cuando las dibujaba o fotografiaba desnudas, lo hacía siempre con permiso de los padres por supuesto. Al respecto, escribió lo siguiente: “Si tuviese que dibujar o fotografiar a la niña más preciosa del mundo y notase en ella una pudorosa resistencia (por ligera y fácil de vencer que fuese) a quedarse desnuda, consideraría un solemne deber para con Dios renunciar por completo a semejante petición”. De hecho, para que estos retratos desnudos no crearan complicaciones a las niñas más tarde, dispuso que, a su muerte, fuesen destruidos o devueltos a las niñas o a sus padres.

En principio no existen, pues, indicios de que Carroll tuviera conciencia de otra cosa que de la más pura inocencia en sus relaciones con las niñas, ni existe la más leve insinuación o falta de decoro en ninguno de los cariñosos recuerdos que muchas de ellas dejaron escrito después sobre él. Según refiere Gardner, en la Inglaterra victoriana había una tendencia, que refleja la literatura de esa época, a idealizar la belleza y la pureza virginal de las niñas: “Esto hizo más fácil a Carroll suponer que su debilidad por ellas se situaba en un elevado plano espiritual”.


Algunas de las fotografías que tomó:













Un link con copias de sus fotografías que están a la venta: http://libweb2.princeton.edu/rbsc2/portfolio/lc-all-list.html






Evelyn Hatch (1879)



Una de las realizadas a la niña Evelyn Hatch, en 1879, motivó una curiosa carta conservada hasta hoy, en la que su autor alude al asunto y se dirige a la madre de la niña para pedirle que interceda ante una pintora de la época y le evite a él mismo una situación que le parece embarazosa: “¿Se acuerda usted de esa foto que le hice a Birdie en cuclillas y de perfil, con una manito en la barbilla, antes de que aprendiera, ella misma, a considerar las ropas un elemento de rigueur? Fue una joyita que no tengo muchas esperanzas de repetir: y me encantaría, de ser posible, conseguir que la señorita Bond, de Southsea (a mi juicio, la mejor ilustradora fotográfica que existe) coloree una copia de la misma. Pero me resulta embarazoso pedírselo, la gente ve las cosas de manera tan distinta. ¿Sería usted tan gentil de pedírselo en mi lugar...?”

En 1880, 48 años después de haberse iniciado en la fotografía, sus prevenciones lo llevaron a abandonar airado, y para siempre, su trabajo artístico y ya nunca más volvió al cuarto oscuro. “Siempre tengo en el corazón la imagen de Alice, mi primera amiga niña, -escribió en su diario-, la que fue mi ideal durante tantos años. Desde entonces, he tenido decenas de amigas niñas, pero con ellas todo ha sido tan distinto...” Carroll murió en 1898, a causa de una bronquitis. Su venerada Alice lo sobrevivió hasta 1934, pero guardó, durante casi toda su vida, un discreto silencio respecto a su relación.

Hace unos años la casa Sothebys de Londres subastó varias de las pertenencias supervivientes de la pequeña Alice, entre ellas algunas de sus fotografías mejor conocidas, esos fetiches que muy probablemente inquietaron al pobre Lewis Carroll en la intimidad de su estudio. El mundo se los arrebató a precios exorbitantes, con el mismo entusiasmo que antes recibió la desconcertante historia de la pequeña Alicia extraviada en el fondo del espejo. Pero ni ella ni Carroll estaban ya allí, para aclararnos el enigma de su extraña amistad.




Alice Liddell casader1872)



Foto tomada por Lewis Carrol



He aquí las propias palabras de Vanessa Tait, una tataranieta de Alice Liddell, sobre este asunto:

La explicación más interesante para mí es que Dogson estaba enamorado de Alice. Fue para ella que creó el País de las Maravillas; en ella concentró sus energías; y a ella se refirió, mucho tiempo después, en 1885, como "mi niña-amiga ideal". Pero si Dogson estaba enamorado de Alice, ciertamente no existe ninguna evidencia de alguna actividad sexual inapropiada. Ella lo recordaba con alegría; sus otros niños-amigos también.

La relación entre ambos terminó posiblemente porque la mamá de Alice, mi tatarabuela, Lorina Liddell, era ambiciosa, autoritaria y snob. Un profesor de matemáticas no era ni de lejos el marido ideal para su hermosa hija. El hombre con el que ella se casó fue Reginald Hargreaves. Él era rico, de campo, pero no tenía los altos estándares intelectuales a los que ella estaba acostumbrada.
Alice vio a Dogson muy pocas veces después de casarse. Mi madre recuerda una carta en la que ella le pedía ser el padrino de uno de sus hijos, pero él dijo que no cuando se enteró de que era un niño. Ese bebé, mi abuelo, se llamó Caryl. Siempre negó que fuera bautizado con ese nombre por Lewis Carroll, pero, en todo caso, es una referencia extraordinaria y un nombre poco común. Alice se conformó con su vida campesina: manejando su casa, criando a sus tres hijos, atendiendo reuniones del pueblo. Todo muy mundano, comparado con la vida de niñez.

Cuando Lewis Carroll hizo sus fotografías, ni siquiera Sigmund Freud había nacido, ni tampoco se había instalado la "teoría de la sospecha", que ha dominado toda la segunda mitad del siglo XX. Pero sería una injusticia y una simpleza acusarlo sin más de pedofilia (por lo demás, sólo se pueden juzgar los actos, no los deseos)
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