Aquella mañana el día había despuntado gris, sombrío. Parecía
con ganas de llover e invitaba a la gente a guarecerse.
En la radio, reflexiones de un periodista sobre la guerra, que se manifiesta dejando centenares de víctimas inocentes, soldados jóvenes luchando por una falsa patria responsabilidad de todos y propiedad de nadie. En flashes informativos, sendas noticias acusando a políticos de dudosa reputación, de estafar a su país y robar todo en cuanto pueden sólo por alimentar su sed de codicia, convirtiéndose así en verdaderos necios que devastan el mundo en el que luego sus hijos deberán sobrevivir. Las imágenes en televisión no se presentaban más alentadoras: frivolidades a granel; programas huecos de gente indecente, desprovistos de cultura y cargados de comerciales incitantes a comprar trivialidades bajo promesa de felicidad y satisfacción. En fin, millones de sucesos dejando entrever que por el mundo, el respeto y los valores ya no se practican. Se vive un total individualismo y una actitud anarquista, peyorativa para con el prójimo y por eso, aquella mañana inmensamente gris parecía estar acorde con la narración.
De pronto, un enorme sismo comenzó a sacudir el suelo, gritos desesperados por doquier, el magma emanando de enormes grietas y la multitud corriendo desesperada sin rumbo - presa del pánico -. Un claro comenzó a abrirse entre las nubes y un cono de luz brillante formó un puente perfecto entre el cielo y la tierra. El temblor comenzó a mermar dando lugar a una calma repentina inusitada, y fue entonces cuando todos se convirtieron en testigos de lo anhelado por muchos e inesperado para otros... Por el enorme sendero iluminado y ante la mirada atónita de miles de espectadores, comenzó a descender El Mesías en su segunda venida.
Dejando poco margen para los detractores de la religión, levantó su mano en señal de saludo y al tiempo de tocar tierra firme exclamó:- Ha llegado la hora del juicio a la humanidad… He venido a ejecutar el final de mi obra.
Se produjo un silencio absoluto, sepulcral, y la tensión se apoderó de la muchedumbre. Algunos hacían la señal de la cruz obsesivamente, otros de más allá se irguieron ante la altísima presencia, otros experimentaron sendos ataques de ansiedad. Lo cierto es que ninguno permaneció impávido ante semejante acontecimiento.
Avanzó unos pasos y levantando el brazo izquierdo trajo a su lado el cono de luz. Al levantar el otro brazo, una profunda oquedad de amenazante aspecto y gran caudal de humo se formó a su derecha.
Quedó entonces nuevamente unos segundos pensativo y al reincorporarse exclamó:- Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Pasadas varias horas, la mitad de la humanidad sucumbía en el pozo humeante, no por pecadores, no. Sino por soberbios, hombres que se creen superiores a todo. Hombres que no se arrepienten de sus malos actos alegando que la vida es eso: un puñado de decisiones motivadas por el bienestar personal y que, no importa quien salga perjudicado en el camino, más bien, ese debería haberse querido lo suficiente para no dejarse embaucar.
La profunda oquedad fue cerrándose lentamente despidiendo unas últimas volutas de humo y luego, el Mesías desapareció por el puente de luz, bajo la mirada atónita de unos pocos.
con ganas de llover e invitaba a la gente a guarecerse.
En la radio, reflexiones de un periodista sobre la guerra, que se manifiesta dejando centenares de víctimas inocentes, soldados jóvenes luchando por una falsa patria responsabilidad de todos y propiedad de nadie. En flashes informativos, sendas noticias acusando a políticos de dudosa reputación, de estafar a su país y robar todo en cuanto pueden sólo por alimentar su sed de codicia, convirtiéndose así en verdaderos necios que devastan el mundo en el que luego sus hijos deberán sobrevivir. Las imágenes en televisión no se presentaban más alentadoras: frivolidades a granel; programas huecos de gente indecente, desprovistos de cultura y cargados de comerciales incitantes a comprar trivialidades bajo promesa de felicidad y satisfacción. En fin, millones de sucesos dejando entrever que por el mundo, el respeto y los valores ya no se practican. Se vive un total individualismo y una actitud anarquista, peyorativa para con el prójimo y por eso, aquella mañana inmensamente gris parecía estar acorde con la narración.
De pronto, un enorme sismo comenzó a sacudir el suelo, gritos desesperados por doquier, el magma emanando de enormes grietas y la multitud corriendo desesperada sin rumbo - presa del pánico -. Un claro comenzó a abrirse entre las nubes y un cono de luz brillante formó un puente perfecto entre el cielo y la tierra. El temblor comenzó a mermar dando lugar a una calma repentina inusitada, y fue entonces cuando todos se convirtieron en testigos de lo anhelado por muchos e inesperado para otros... Por el enorme sendero iluminado y ante la mirada atónita de miles de espectadores, comenzó a descender El Mesías en su segunda venida.
Dejando poco margen para los detractores de la religión, levantó su mano en señal de saludo y al tiempo de tocar tierra firme exclamó:- Ha llegado la hora del juicio a la humanidad… He venido a ejecutar el final de mi obra.
Se produjo un silencio absoluto, sepulcral, y la tensión se apoderó de la muchedumbre. Algunos hacían la señal de la cruz obsesivamente, otros de más allá se irguieron ante la altísima presencia, otros experimentaron sendos ataques de ansiedad. Lo cierto es que ninguno permaneció impávido ante semejante acontecimiento.
Avanzó unos pasos y levantando el brazo izquierdo trajo a su lado el cono de luz. Al levantar el otro brazo, una profunda oquedad de amenazante aspecto y gran caudal de humo se formó a su derecha.
Quedó entonces nuevamente unos segundos pensativo y al reincorporarse exclamó:- Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Pasadas varias horas, la mitad de la humanidad sucumbía en el pozo humeante, no por pecadores, no. Sino por soberbios, hombres que se creen superiores a todo. Hombres que no se arrepienten de sus malos actos alegando que la vida es eso: un puñado de decisiones motivadas por el bienestar personal y que, no importa quien salga perjudicado en el camino, más bien, ese debería haberse querido lo suficiente para no dejarse embaucar.
La profunda oquedad fue cerrándose lentamente despidiendo unas últimas volutas de humo y luego, el Mesías desapareció por el puente de luz, bajo la mirada atónita de unos pocos.