Marihuana no, Alcohol Sí - por Tuqui
Las convenciones sociales imponen restricciones al consumo de determinadas sustancias, naturales o químicas, llamadas genéricamente “drogas”. En algunos casos la ley prohíbe directamente su utilización en cualquier caso o circunstancia. Para otras, el límite está dado por una receta médica o el alcanzar cierta edad. Para un tercer grupo, sólo se obliga a expenderlas en determinado tipo de comercios. Dentro de las primeras se hallan la marihuana, la cocaína, el ácido lisérgico y la nueva mimada de los traficantes, el “paco”. En el segundo grupo está la clorpromazina y el diazepán (drogas patrón de los tranquilizantes mayores y menores, respectivamente) y el alcohol. En tercer lugar, podemos citar el ácido acetilsalicílico (la “aspirina”) y el tabaco.
¿No es llamativo que esta clasificación no contemple todos los perjuicios que cada sustancia ocasiona al propio consumidor y/o a terceros? ¿O que no lo contemple en absoluto?
Los abusos en el consumo de píldoras son moneda corriente en el mundo de hoy, y los lavajes de estómago a personas que han consumido psicofármacos en exceso se cuentan por miles. Sin embargo, aunque 50 pastillas para dormir no necesariamente matan a alguien, es tan peligrosa su ingesta como la de 50 aspirinas. Ahora bien, usted puede comprar la cantidad de aspirinas que desee, a cualquier edad, a cualquier hora y hasta en los kioscos. Pero eso no es lo más preocupante. Lo realmente perturbador es que la gente que no puede dormir sin un tranquilizante y un par de whiskies es vista compasivamente, mientras que el joven al que se le encuentra un “porro” será estigmatizado en familia y en sociedad. ¿Por qué podría suceder esto?
El THC (tetrahidrocanabinol), principio activo de la marihuana, no es ni de lejos tan nocivo como el alcaloide llamado “nicotina” (C10H14N2). En el humo del cigarrillo hay más de 300 compuestos cancerígenos que en el humo de la marihuana, simplemente, no están. La nicotina es cinco veces más adictiva que la cocaína, y sin embargo el benemérito Ministerio de Salud sigue permitiendo su comercialización, lavando su conciencia con una advertencia estúpida e inútil en cada paquete de cigarrillos: “El fumar es perjudicial para la salud”. Chocolate por la noticia. ¿Por qué no autorizan entonces la venta de cocaína en sobrecitos que digan “Tomarse un saque de más puede hacerle perder su trabajo, su familia y todo lo que usted disfruta”? Ni hablar del alcohol. En 5.000 años, la marihuana, hasta donde indagué, no ha provocado ningún muerto. Ciertamente que ni un fallecimiento por sobredosis, ya que tal cosa es imposible. La gente que fuma marihuana suele reír tontamente, querer a todo el mundo, alcanzar cierta paz interior, comer como un caballo e irse a dormir. Pero semanalmente nos enteramos de que un borracho atropelló a un niño, o golpeó a su mujer embarazada, o degolló a su cuñado con un plato roto por una discusión sobre fútbol.
Nótese que ni quise rozar los beneficios medicinales de la marihuana, que ni el alcohol ni el tabaco igualan. ¿Mi opinión? Si prohibimos las drogas, prohibamos o reglamentemos el uso de “todas” las drogas. La venta de tabaco engrosa al fisco, ya que el 90 por ciento de su precio está integrado por impuestos (otra perversidad: las provincias que producen tabaco son las que menos coparticipación reciben). Así que olvidemos la fantasía de que una de las metástasis del poder (en este caso el Ministerio de Salud) lo prohíba. En cuanto al alcohol, no hace falta más que una o dos botellas para ser convencido de que un pedazo de yeso sangra, o de que la milanesa tiene la cara de la Virgen. Divinizar una droga tan nefasta, en estos tiempos, es inconcebible. No importa cuánto embrutezca o intensifique la ignorancia, mientras sea consagrado en un rito por la religión mayoritaria la gente seguirá bebiendo… y creyendo. Hay que preguntarse a quién benefician estas “libertades” para matarse o matar a largo plazo. Hay que clasificar seriamente las drogas peligrosas sin payasadas como publicitar el consumo de alcohol y prohibir cosas menos perniciosas. Y, en lo personal, también me pregunto: si en vez de tomar vino en misa los curas se fumaran un porro, ¿el mundo no andaría mejor?
Las convenciones sociales imponen restricciones al consumo de determinadas sustancias, naturales o químicas, llamadas genéricamente “drogas”. En algunos casos la ley prohíbe directamente su utilización en cualquier caso o circunstancia. Para otras, el límite está dado por una receta médica o el alcanzar cierta edad. Para un tercer grupo, sólo se obliga a expenderlas en determinado tipo de comercios. Dentro de las primeras se hallan la marihuana, la cocaína, el ácido lisérgico y la nueva mimada de los traficantes, el “paco”. En el segundo grupo está la clorpromazina y el diazepán (drogas patrón de los tranquilizantes mayores y menores, respectivamente) y el alcohol. En tercer lugar, podemos citar el ácido acetilsalicílico (la “aspirina”) y el tabaco.
¿No es llamativo que esta clasificación no contemple todos los perjuicios que cada sustancia ocasiona al propio consumidor y/o a terceros? ¿O que no lo contemple en absoluto?
Los abusos en el consumo de píldoras son moneda corriente en el mundo de hoy, y los lavajes de estómago a personas que han consumido psicofármacos en exceso se cuentan por miles. Sin embargo, aunque 50 pastillas para dormir no necesariamente matan a alguien, es tan peligrosa su ingesta como la de 50 aspirinas. Ahora bien, usted puede comprar la cantidad de aspirinas que desee, a cualquier edad, a cualquier hora y hasta en los kioscos. Pero eso no es lo más preocupante. Lo realmente perturbador es que la gente que no puede dormir sin un tranquilizante y un par de whiskies es vista compasivamente, mientras que el joven al que se le encuentra un “porro” será estigmatizado en familia y en sociedad. ¿Por qué podría suceder esto?
El THC (tetrahidrocanabinol), principio activo de la marihuana, no es ni de lejos tan nocivo como el alcaloide llamado “nicotina” (C10H14N2). En el humo del cigarrillo hay más de 300 compuestos cancerígenos que en el humo de la marihuana, simplemente, no están. La nicotina es cinco veces más adictiva que la cocaína, y sin embargo el benemérito Ministerio de Salud sigue permitiendo su comercialización, lavando su conciencia con una advertencia estúpida e inútil en cada paquete de cigarrillos: “El fumar es perjudicial para la salud”. Chocolate por la noticia. ¿Por qué no autorizan entonces la venta de cocaína en sobrecitos que digan “Tomarse un saque de más puede hacerle perder su trabajo, su familia y todo lo que usted disfruta”? Ni hablar del alcohol. En 5.000 años, la marihuana, hasta donde indagué, no ha provocado ningún muerto. Ciertamente que ni un fallecimiento por sobredosis, ya que tal cosa es imposible. La gente que fuma marihuana suele reír tontamente, querer a todo el mundo, alcanzar cierta paz interior, comer como un caballo e irse a dormir. Pero semanalmente nos enteramos de que un borracho atropelló a un niño, o golpeó a su mujer embarazada, o degolló a su cuñado con un plato roto por una discusión sobre fútbol.
Nótese que ni quise rozar los beneficios medicinales de la marihuana, que ni el alcohol ni el tabaco igualan. ¿Mi opinión? Si prohibimos las drogas, prohibamos o reglamentemos el uso de “todas” las drogas. La venta de tabaco engrosa al fisco, ya que el 90 por ciento de su precio está integrado por impuestos (otra perversidad: las provincias que producen tabaco son las que menos coparticipación reciben). Así que olvidemos la fantasía de que una de las metástasis del poder (en este caso el Ministerio de Salud) lo prohíba. En cuanto al alcohol, no hace falta más que una o dos botellas para ser convencido de que un pedazo de yeso sangra, o de que la milanesa tiene la cara de la Virgen. Divinizar una droga tan nefasta, en estos tiempos, es inconcebible. No importa cuánto embrutezca o intensifique la ignorancia, mientras sea consagrado en un rito por la religión mayoritaria la gente seguirá bebiendo… y creyendo. Hay que preguntarse a quién benefician estas “libertades” para matarse o matar a largo plazo. Hay que clasificar seriamente las drogas peligrosas sin payasadas como publicitar el consumo de alcohol y prohibir cosas menos perniciosas. Y, en lo personal, también me pregunto: si en vez de tomar vino en misa los curas se fumaran un porro, ¿el mundo no andaría mejor?