INTERNACIONAL
Guerra civil de suníes y chiíes
Día 26/06/2013 - 11.39h
El conflicto en Siria destapa la amplitud del choque entre las dos corrientes musulmanas
REUTERS
Fiesta chií de la Ashura en Kerbala (Irak), en la que se conmemora la derrota y muerte «heroica» del imán chií Husein, nieto de Mahoma, a manos de los suníes
La exrepública soviética de Azerbaiyán es, probablemente, el único país del mundo donde los suníes y los chiíes rezan juntos en las mismas mezquitas.
En el resto del mundo musulmán, que ya supera los 1.600 millones de seguidores, ese fenómeno sería insólito.
Y hoy más que nunca, debido al conflicto sectario entre las dos grandes corrientes del islam, que conocen una espiral de violencia insospechada desde el agravamiento de la guerra civil en Siria.
Haría falta remontarse muchos siglos en la historia para recordar una etapa parecida de recelo, o simplemente de odio entre los seguidores más radicales y politizados de las comunidades suní (más del 80 por ciento de los musulmanes) y chií (entre el 10 y el 20 por ciento restante).
Lo que comenzó como un cisma en el siglo VII por la disputa en torno a la sucesión de Mahoma, acabó degenerando en muchos puntos de oriente en guerras de exterminio lanzadas por los califas.
El viejo conflicto adopta hoy formas mucho más sutiles aunque con un nexo común: el miedo del mundo suní a perder su control absoluto del islam a manos de un chiismo revolucionario y enfervorizado, que parece querer tomarse una revancha.
Buenismo norteamericano
Los orígenes de las luchas sectarias que hoy desgarran Irak y Siria y amenazan a muchos otros paìses musulmanes, arrancan, según los expertos, de dos acontecimientos relativamente recientes: el triunfo de la revolución chií en Irán, en 1979, y la invasión norteamericana de Irak en 2003.
Sin pretenderlo, Estados Unidos jugó en la región el mismo papel que el imán Jomeini. Washington agitó el avispero chií en uno de los dos países de Oriente Medio donde la minoría tradicionalmente perseguida tiene una fuerte presencia demográfica.
EE.UU. podría decir, en su descargo, que se limitó a hacer justicia en Irak y además la dotó de credenciales democráticas.
Hizo lo contrario que la expotencia colonia británica.
Londres dominó en su día Irak apoyándose en su minoría suní para controlar a la levantisca mayoría chií; la típica estrategia inglesa, que resultó tan práctica en la inmensa India. Estados Unidos, en cambio, llevó su modelo liberal a Bagdad, y facilitó la eliminación de la clase burocrática y militar que sustentó a Sadam.
Uno de los frutos amargos de su política es la virtual guerra civil que produce a diario suicidas y coches-bomba en las calles de las principales ciudades.
Los extremos se tocan
Pero el fenómeno que muchos consideran clave en la actual confrontación de chiíes y suníes ha sido el asentamiento del régimen teocrático en Irán.
Jomeini no condenó en su día la doctrina musulmana suní, pero sí a sus actuales guardianes, los países del Golfo. Libró una batalla devastadora contra Irak (1980-1988), pero su fijación estaba en Arabia Saudí, a la que calificaba de «lacaya de EE.UU.».
En materia de ardor guerrero, los saudíes —seguidores del wahabismo, la más radical de las sectas suníes— no andan a la zaga de los iraníes.
Desde el 11-S nadie se llama demasiado a engaño con las morisquetas de Riad ni con su condición de socio comercial privilegiado de Occidente. De Arabia Saudí salieron Osama bin Laden y la mayoría de los terroristas que atacaron a Estados Unidos.
Y Arabia Saudí sigue siendo la primera fuente de financiación de mezquitas y centros islámicos en todo el mundo.
El triunfo de la revolución islámica chií en Irán ha encendido las alarmas en Riad, inquieta, por motivos distintos a los de Israel, con la pretensión de Teherán de convertirse en potencia nuclear.
Arabia Saudí tendrá La Meca y Medina, pero Irán será el primer país musulmán de la región en dotarse del arma atómica.
¿Cómo han renacido, en pleno siglo XXI, querellas y miedos ancestrales entre suníes y chiíes?
Según el profesor suní Ibn Taymiya la raíz se encuentra en «el fracaso del nacionalismo panárabe» que parecía triunfar tras la descolonización.
Ni Nasser ni sus acólitos, abonados al socialismo a la oriental, lograron progreso para sus países. El vacío ha sido aprovechado por el islamismo como ideología política, con el jomeinismo iraní y el wahabismo saudí como puntas de lanza.
En el frente sirio
Siria es hoy el cuadrilátero de sus rivalidades.
En este país, el juego de Irán en favor de la minoría chií en el poder (el alauismo, al que pertenece la familia del dictador, es una desviación del chiísmo), y el de Arabia Saudí, en favor de los rebeldes suníes, constituye un pulso incuestionable.
Riad y Qatar son los únicos gobiernos que apoyan abiertamente, con armas y dinero, a las milicias insurgentes.
Teherán envía armas al régimen de Damasco, y además actúa por poderes sobre el terreno, a través de su milicia libanesa de Hizbolá.
Bagdad no quiere quedarse tampoco atrás en el conflicto sirio. Aunque oficialmente las autoridades no lo alientan, los seminarios chiíes iraquíes son semilleros de voluntarios que acuden a Damasco movidos por un sentido de deber religioso.
En el otro bando, la red terrorista global de Al Qaida —de militancia suní— ha encontrado un filón en Siria para su llamada a la yihad, la guerra santa, esta vez contra el régimen «laico» de Bachar al Assad, apoyado por los «herejes chiíes».
Será muy difícil que los musulmanes europeos o de otros continentes que se incorporan como yihadistas en las filas rebeldes no acaben siendo contaminados por el fanatismo de la red de BinLaden.
En Irak, son hoy los suníes —un 35 por ciento de la población iraquí— los que acusan al gobierno chií de Maliki de concebir un plan para exterminarles.
Ironías de la historia.
El terrorismo suní ha optado como método por los coches bomba, mientras que el chií muestra su predilección por los escuadrones de la muerte.
Por primera vez desde que estalló el conflicto interno, las mezquitas y barrios suníes son también víctimas de atentados.
En el Líbano, el equilibrio inestable entre las comunidades chií y suní —con los cristianos, una vez más, sorprendidos en el medio—, está a punto de saltar por la implicación de la guerrilla chií de Hizbolá en la guerra siria.
La violencia sectaria es particularmente virulenta a lo largo de toda la frontera con Siria, y podría desbocarse si finalmente se produce un choque abierto entre el ejército libanés y la milicia.
La quinta columna
El chiísmo se muestra fuerte en Oriente Próximo, pero está recibiendo un duro correctivo en Pakistán, donde las milicias islamistas suníes —entrenadas por los talibanes afganos— ejecutan ataques regulares contra la minoría chií.
Los seguidores de los Doce Imanes son sólo un 20 por ciento de la población de Pakistán, pero por sí solos constituyen la segunda mayor concentración mundial de esa comunidad, después de Irán.
Los regímenes iraní y saudí mueven los hilos en todo el mundo del islam, pero no escapan a sus propios conflictos sectarios internos.
Arabia Saudí tiene una minoría chií, especialmente activa en la provincia de Hasa, una de las zonas más ricas en petróleo.
Por su parte, la minoría suní de Irán se concentra en la provincia de Baluchistán, teatro periódico de ataques y represión policial. Teherán alberga cerca de un millón de suníes, que no tienen derecho a tener su propia mezquita.
Guerra civil de suníes y chiíes
Main Muslim Populations (map courtesy PCL Map Library)
La rivalidad entre suníes y chiíes atasca las revueltas en Siria y Bahréin
Una parte significativa se opone al cambio, convencida de que los gobernantes les protegen
¿Por qué la primavera árabe se ha atascado en Siria y en Bahréin? En ambos países la población ha dejado patente su descontento sin que casi un año después la represión haya logrado acallarla.
Sin embargo, también en ambos, una parte significativa se opone al cambio, convencida de que los actuales gobernantes protegen mejor sus intereses. Los observadores apuntan a las diferencias sectarias entre sus habitantes.
Vuelve a salir a la superficie la falla entre suníes y chiíes que atraviesa Oriente Próximo y que agita de nuevo Irak. Algunos temen que esa rivalidad entre las dos ramas del islam cristalice en un conflicto regional.
La identidad religiosa ayuda a explicar la lealtad de la comunidad suní a la dinastía de los Al Jalifa en Bahréin, o de las minorías sirias al presidente Bachar el Asad.
Aunque los manifestantes bahreiníes insisten en el carácter laico y democrático de sus peticiones, llevarlas a cabo significaría un cambio radical que situaría en el poder a la mayoría chií.
Por la misma regla de tres, la democracia llevaría a los suníes sirios al Gobierno, que ahora detenta una élite principalmente alauí (una secta chií) con el apoyo de cristianos, drusos y otros credos minoritarios.
Desde una perspectiva europea puede parecer irrelevante, pero como señala Barry Rubin, en Oriente Próximo “la afiliación sectaria determina la comunidad y las comunidades tienen sus propios intereses y compiten por el poder”.
Según el director del Centro de Investigación Global en Asuntos Internacionales (GLORIA) de Israel, suníes y chiíes “tienen una visión del mundo diferente en asuntos políticos y distinta [forma de] liderazgo. Así que la afiliación religiosa no es como en Occidente en la actualidad, con la reciente excepción de Irlanda”.
Esas diferencias no son nuevas.
La rivalidad entre suníes y chiíes se remonta a los albores del islam, cuando surgieron dos interpretaciones opuestas sobre la sucesión de Mahoma.
La primavera las ha sacado a la superficie al derribar unos regímenes que se fundaban sobre el nacionalismo árabe y el laicismo.
El islamismo que se anuncia como su relevo vuelve a hacer central la identidad religiosa y, en consecuencia, evidencia las brechas sectarias. Incluso en aquellos países donde la homogeneidad suní facilitó el consenso para derrocar a los dictadores surgen fisuras, por ejemplo en Egipto entre musulmanes y cristianos.
Para Mehran Kamrava, director del Centro de Estudios Internacionales y Regionales de la Universidad de Georgetown en Catar, el peso del sectarismo depende en buena parte de qué uso hagan las élites gobernantes. “En Siria, los alauís y los cristianos temen que si cae El Asad se producirá un conflicto sectario. Cómo maneje El Asad esos temores va a influir en la percepción de las tensiones en Siria. Asimismo, en qué medida [el primer ministro Nuri] Al Maliki y sus oponentes recurran a los sentimientos sectarios de sus respectivos seguidores, determinará esa brecha en Irak”, asegura.
El caso de Bahréin es paradigmático. “La monarquía suní ha intentado, hasta cierto punto con éxito, convertir los sentimientos anti autoritarios de la gente en divisiones sectarias entre suníes y chiíes, y acusar a los chiíes de ser títeres de Irán, algo que no son”, explica Kamrava.
Las mismas monarquías árabes que acudieron raudas en apoyo del rey Hamad de Bahréin, amenazan con llevar a El Asad ante el Consejo de Seguridad de la ONU. ¿Apoyan el status quo o la primavera?
Resulta tentador deducir que la aparente contradicción es fruto de la solidaridad sectaria. Como la mayoría de los gobernantes árabes, los reyes y emires de la península Arábiga son suníes. Pero existen además, y quizá sobre todo, intereses geoestratégicos.
“Hay diferentes niveles de apoyo entre los países del CCG [Consejo de Cooperación del Golfo]”, matiza Gerd Nonneman, decano de la Escuela de Servicio Exterior de Georgetown en Catar. “Omán y Kuwait, por ejemplo, no han participado en la operación militar, pero todos ellos tienen interés en la supervivencia de la monarquía de Bahréin, en tanto que socio en el CCG. También consideran que el problema bahreiní puede contenerse”, afirma antes de añadir que todos ellos, “incluido Arabia Saudí, están a la vez animando al régimen a que haga algún compromiso”.
El papel de Teherán
La sombra de Irán es clave en esas percepciones. Desde el triunfo de la revolución de 1979 que dio paso al primer Gobierno chií en un país musulmán, los regímenes árabes, abanderados de la ortodoxia suní, han recelado de su vecino persa. Aquel suceso añadió inmediatez política a la querella histórico-religiosa.
La guerra entre Irán e Irak durante la década de los ochenta del siglo pasado reflejó ese antagonismo. La ayuda de sus vecinos permitió que Sadam Husein mantuviera a raya a los iraníes, pero también a la mayoría chií de su país.
De ahí que la transferencia de poder que propició la invasión estadounidense en 2003 no fuera bien recibida en el mundo árabe.
El temor que causó entre los gobernantes (suníes) quedó gráficamente reflejado en la denuncia de “un arco chií” que hizo el rey Abdalá de Jordania.
El Gobierno de Bagdad daba a los chiíes continuidad geográfica desde Teherán hasta un Líbano dominado por Hezbolá, pasando por Siria.
Resulta significativo que Arabia Saudí, la némesis suní de Irán, siga sin reabrir su embajada en Irak.
Para los suníes más radicales, el avance chií representa una amenaza vital y el tono desafiante de los dirigentes iraníes hace muy poco por diluir esos miedos.
La ola de atentados que ha sacudido Irak desde la retirada de las tropas estadounidenses el pasado 18 de diciembre ha resucitado el fantasma de la guerra sectaria que el país vivió entre 2006 y 2008.
Nadie cree que sea casual que todos se produzcan en zonas de mayoría chií. Aunque la reactivación del terrorismo tiene diversas causas, la crisis política entre el Gobierno del chií Nuri al Maliki y el principal bloque respaldado por los suníes, Iraqia, provee un peligroso caldo de cultivo para el descontento.
Hasta el punto que el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan (suní), ha advertido a su homólogo que si desencadena un conflicto sectario, Ankara no va permanecer callada.
Este resurgir de las tensiones entre suníes y chiíes hace temer a algunos analistas que las revueltas árabes desencadenen una guerra religiosa.
De momento, la retórica está subiendo de tono. “Estamos viendo el nivel más alto de conflicto en siglos”, advierte Rubin. Theodore Karasik, del instituto de estudios estratégicos INEGMA en Dubái, va más allá.
“Diría que hay en marcha una guerra sectaria y si cae Siria, habrá una guerra suní-chií desde Líbano hasta Irak”, declara.
Nonneman discrepa. No cree que vaya a haber una guerra entre suníes y chiíes, aunque acepta que “un conflicto armado que enfrente a Irán contra los países árabes suníes, en el contexto de un estallido en el Golfo, es posible (pero no muy probable)”.
La rivalidad entre suníes y chiíes atasca las revueltas en Siria y Bahréin
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