Kafka padeció toda su vida de insomnios y dolores de cabeza. A diferencia de su bisabuelo materno, que se bañaba a diario en el río Elba (en invierno, cuando helaba, utilizaba un hacha para hacer un agujero en el hielo y meterse al agua), fue un hombre enjuto, enfermizo y tímido. Gran parte de su obra literaria quedó inconclusa. Tuvo varias novias, con las que nunca se casó, cosa que en su vida también era otro tema inconcluso. Su mayor logro, y por ello es el escritor más influyente del siglo XX, consistió en revelarle al mundo sus interminables pesadillas. Tales pesadillas, curiosamente, empiezan al despertar. Gregorio Samsa, en La metamorfosis, amanece en su cama y descubre que se ha convertido en un monstruoso insecto. Asimismo, en otra mañana, el Josef K de El proceso, abre los ojos y advierte algo inusual: la criada de su casera, la señora Grubach, no le trae el desayuno a las ocho en punto. Un momento después, tocan a la puerta y es arrestado, pero por un delito que nunca llegará a conocer. Fueron diversas las interpretaciones de tan extraña obra. Sus exégetas de la primera hora le atribuyeron un carácter metafísico o teológico. Así, al menos, fue leído en Inglaterra, siguiendo el criterio de su introductor, Edwin Muir, aunque otros críticos, tras entrever referencias a la Cábala y a los místicos cristianos, señalaron que el autor vivía torturado por la ausencia de Dios. El padre del surrealismo, André Bretón, concordó con esa idea, pero destacó, por encima de todo, la ironía y el genio grotesco de Kafka expresado en su visionaria anticipación de las burocracias autoritarias, propias de los regímenes totalitarios. Bretón ayudó mucho a su difusión en Francia, donde décadas más tarde lo vindicaron los existencialistas. Sartre y Camus, identificados con su forma de pensar y escribir, hallaron por último en las tramas absurdas de Kafka un estandarte para su pesimismo, por lo que pronto se empezaría a hablar de “realidades kafkianas”. Y el mundo, desde entonces, se volvió repentinamente más escéptico y desengañado. Kafka vivió apenas 41 años, en Praga, durante el último tramo del imperio austro-húngaro y el primero de la República Checoslovaca. Fue un checo de origen judío y germano, pero de idioma alemán por decisión de su severo padre (que lo metió a un colegio alemán), y tuvo serios problemas de identidad. Ello lo llevó a refugiarse en la literatura, a la que se aferró con pasión. Escribió en el alemán de Praga, que él prefería por su sintaxis clara y estilo sobrio, en oposición a la forma predominante de la mayoría de escritores alemanes de aquella época, que optaban por una ampulosa retórica neonietzscheana, cargada de efusiones con resabios románticos. Las pesadillas de Kafka se hicieron realidad, pero él, que murió en 1924, no conoció el ascenso del nazismo. No sufrió por sus libertades conculcadas ni por la barbarie racista. Sus tres hermanas, en cambio, vivieron los horrores de la Segunda Guerra Mundial: fueron trasladadas a campos de concentración y asesinadas, y lo mismo sucedió con buena parte de sus familiares y amigos, y con varias de sus novias. A la última de ellas, Dora Diamant, que conservaba muchas de sus cartas y manuscritos, la Gestapo le robó ese legado, alegando que eran cosas de judíos. La obra de Kafka, como la de muchos otros autores de ascendencia semita, fue prohibida. (Y más tarde, también, fue relegada desdeñosamente por los comunistas, en razón de su “mensaje decadente y desesperanzado”). Una parte de esta obra se perdió. Otra, aquella que hoy la posteridad conoce, fue rescatada y publicada por Max Brod, a quien Kakfa, a causa de su última voluntad de moribundo, convirtió en el gran amigo literario. El escritor le había solicitado expresamente que quemara sus manuscritos. Brod, que era su ferviente lector y admirador, no solo se negó sino que la dio a conocer al mundo. El narrador de Praga, eso sí, no sería conocido ni aceptado en la bella capital de Bohemia hasta cuarenta años después de su muerte. En lengua castellana, muchos lectores tuvimos la suerte de leer a Kafka en una edición popular de La metamorfosis, traducida por Jorge Luis Borges. O de ver en el cine la adaptación de El proceso, dirigida por Orson Welles. Nada antes, ni pienso que tampoco nada después, llegaría a conmocionarnos tanto. Kafka, para la literatura, fue un impacto brutal y sobrecogedor. Ciertamente, Dostoievski (a quien Kafka leía) ya nos había golpeado con sus atmósferas opresivas y su despiadada sumersión en la miseria humana. Pero Kafka no gritaba como el ruso. Tan solo te llevaba de la mano a una tranquila desesperación, al sinsentido, al absurdo de la vida. La huella de Kafka en el Perú apareció por vez primera en algunos cuentos iniciales de Julio Ramón Ribeyro, con historias insólitas y enrarecidas. Sin embargo, quizá porque nuestra percepción del mundo había cambiado por tales lecturas, el sesgo kafkiano saltó de la literatura a la realidad. La vida cotidiana y política, y todo entre nosotros, nos recordaba a Kafka. Y a tal punto fue creciendo esta sensación que el humorista Luis Felipe Ángel, “Sofocleto”, acuñó un célebre y vigente aforismo: “Si Kafka hubiera nacido en el Perú, sería un escritor costumbrista”.
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