IR A LA PRIMERA PARTE El fascismo y el New Deal Hoy día hay dos sistemas que rivalizan en el mundo para salvar al capital históricamente condenado a muerte: son el fascismo y el New Deal (Nuevo Pacto). El fascismo basa su programa en la demolición de las organizaciones obreras, en la destrucción de las reformas sociales y en el aniquilamiento completo de los derechos democráticos, con objeto de impedir la resurrección de la lucha de clases del proletariado. El Estado fascista legaliza oficialmente la degradación de los trabajadores y el empobrecimiento de las clases medias en nombre de la salvación de la "nación" y de la "raza", nombres presuntuosos para designar al capitalismo en decadencia. La política del New Deal, que trata de salvar a la democracia imperialista por medio de regalos a los trabajadores y a la aristocracia rural, sólo es accesible en su gran amplitud a las naciones verdaderamente ricas, y en tal sentido es una política norteamericana por excelencia. El gobierno norteamericano ha tratado de obtener una parte de los gastos de esa política de los bolsillos de los monopolistas, exhortándoles a aumentar los salarios, a disminuir la jornada de trabajo, a aumentar la potencialidad de compra de la población y a extender la producción. León Blum intentó trasladar ese sermón a Francia, pero en vano. El capitalista francés, como el norteamericano, no produce por producir, sino para obtener beneficios. Se halla siempre dispuesto a limitar la producción, e inclusive a destruir los productos manufacturados, si como consecuencia de ello aumenta su parte en la renta nacional. El programa del New Deal muestra su mayor inconsistencia en el hecho de que, mientras predica sermones a los magnates del capital sobre las ventajas de la abundancia sobre la escasez, el gobierno concede premios para reducir la producción. ¿Es posible una confusión mayor? El gobierno refuta a sus críticos con este desafío: ¿Podéis hacerlo mejor? Todo esto significa que en la base del capitalismo ya no hay esperanza alguna. Desde 1933, es decir en el curso de los últimos seis años, el gobierno federal, los diversos estados y las municipalidades de los Estados Unidos han entregado a los desocupados cerca de 15.000 millones de dólares como ayuda, cantidad completamente insuficiente por sí misma y que sólo representa una pequeña parte de la pérdida de salarios, pero al mismo tiempo, teniendo en cuenta la renta nacional en decadencia, una cantidad colosal. Durante 1938, que fue un año de relativa reacción económica, la deuda nacional de los Estados Unidos aumentó en 2.000 millones de dólares, y como ya ascendía a 38.000 millones de dólares, llegó a ser superior en 12.000 millones de dólares a la mayor del final de la guerra. En 1939 pasó muy pronto de los 40.000 millones de dólares. ¿Y entonces, qué? La deuda nacional creciente es, por supuesto, una carga para la posteridad. Pero el mismo New Deal sólo era posible gracias a la tremenda riqueza acumulada por las pasadas generaciones. Únicamente una nación muy rica puede llevar a cabo una política económica tan extravagante. Pero ni siquiera esa nación puede seguir viviendo indefinidamente a expensas de las generaciones anteriores. La política del New Deal, con sus éxitos ficticios y su aumento real de la deuda nacional, tiene que culminar necesariamente en una feroz reacción capitalista y en una explosión devastadora del capitalismo. En otras palabras, marcha por los mismos canales que la política del fascismo. ¿Anomalía o norma? El Secretario del Interior de los Estados Unidos, Mr. Harold L. Ickes, considera como "una de las más extrañas anomalías en toda la historia" que los Estados Unidos, democráticos en la forma, sean autocráticos en sustancia: "América, la tierra de la mayoría fue dirigida, por lo menos hasta 1933 (!) por los monopolios, que a su vez son dirigidos por un pequeño número de accionistas". La diagnosis es correcta, con la excepción de la insinuación de que con el advenimiento de Roosevelt ha cesado o se ha debilitado el gobierno del monopolio. Sin embargo, lo que Ickes llama "una de las más extrañas anomalías de la historia" es en realidad la norma incuestionable del capitalismo. La dominación del débil por el fuerte, de los muchos por los pocos, de los trabajadores por los explotadores es una ley básica de la democracia burguesa. Lo que distingue a los Estados Unidos de los otros países es simplemente el mayor alcance y la mayor perversidad de las contradicciones de su capitalismo. La carencia de un pasado feudal, la riqueza de recursos naturales, un pueblo enérgico y emprendedor, todos los prerrequisitos que auguraban un desarrollo ininterrumpido de la democracia, han traído como consecuencia una concentración fantástica de la riqueza. Con la promesa de emprender la lucha contra los monopolios hasta triunfar sobre ellos, Ickes se vuelve temerariamente hacia Thomas Jefferson, Andrew Jackson, Abraham Lincoln, Theodore Roosevelt y Woodrow Wilson como predecesores de Franklin D. Roosevelt. "Prácticamente todas nuestras más grandes figuras históricas —dijo el 30 de diciembre de 1937— son famosas por su lucha persistente y animosa para impedir la superconcentración de la riqueza y el poder en unas pocas manos". Pero de sus mismas palabras se deduce que el fruto de esa "lucha persistente y animosa" es el dominio completo de la democracia por la plutocracia. Por alguna razón inexplicable Ickes piensa que la victoria está asegurada en la actualidad con tal de que el pueblo comprenda que la lucha no es "entre el New Deal y el término medio de los hombres de negocios cultos, sino entre el New Deal y los "Borbones" de las sesenta familias que han mantenido al resto de los hombres de negocios de los Estados Unidos bajo el terror de su dominio". Este orador autorizado no nos explica cómo se arreglaron los "Borbones" para subyugar a todos los hombres de negocios cultos a pesar de la democracia y de los esfuerzos de las "más grandes figuras históricas". Los Rockefeller, los Morgan, los Mellon, los Vanderbilt, los Guggenheim, los Ford y compañía no invadieron a los Estados Unidos desde afuera, como Córtes invadió México; nacieron orgánicamente del pueblo, o más precisamente de la clase de los "industriales y hombres de negocios cultos", y se convirtieron, de acuerdo con el pronóstico de Marx, en la cumbre natural del capitalismo. Desde el momento en que una democracia joven y fuerte en el apogeo de su vitalidad era incapaz de contener la concentración de la riqueza cuando el proceso se hallaba todavía en su comienzo, es imposible creer ni siquiera por un minuto que una democracia en decadencia sea capaz de debilitar los antagonismos de clase que han llegado a su límite máximo. De cualquier modo, la experiencia del New Deal no da pie para semejante optimismo. Al refutrar los cargos del gran comercio contra el gobierno, Robert H. Jackson, alto personaje de los círculos de la administración, demostró con cifras que durante el gobierno de Roosevelt los beneficios de los magnates del capital alcanzaron alturas con las que ellos mismos habían dejado de soñar durante el último período de la presidencia de Hoover, de lo cual se deduce en todo caso que la lucha de Roosevelt contra los monopolios no ha sido coronada con un éxito mayor que la de todos sus predecesores. Traer de vuelta el pasado No se puede menos que estar de acuerdo con el profesor Lewis W. Douglas, el primer Director de Presupuestos en la administración de Roosevelt, cuando condena al gobierno por "atacar el monopolio en un campo mientras fomenta el monopolio en otros muchos". Sin embargo, no puede ser de otra manera dada la naturaleza de las cosas. Según Marx, el gobierno es el comité ejecutivo de la clase gobernante. Hoy día los monopolistas constituyen la sección más poderosa de la clase gobernante. Ningún gobierno se halla en situación de luchar contra el monopolio en general, es decir contra la clase en cuyo nombre gobierna. Mientras ataca a una fase del monopolio se halla obligado a buscar un aliado en otras fases del monopolio. Unido con los bancos y con la industria ligera puede descargar golpes contra los trusts de la industria pesada, los cuales, entre paréntesis, no dejan de cosechar por ese motivo beneficios fantásticos. Lewis Douglas no contrapone la ciencia al charlatanismo oficial, sino simplemente otra clase de charlatanismo. Ve la fuente del monopolio no en el capitalismo sino en el proteccionismo y, de acuerdo con eso, descubre la salvación de la sociedad no en la abolición de la propiedad privada de los medios de producción, sino en la rebaja de los derechos de aduana. "A menos que se restaure la libertad de los mercados —predice— es dudoso que la libertad de todas las instituciones (empresas, discursos, educación, religión) pueda sobrevivir". En otras palabras, sin el restablecimiento de la libertad del comercio internacional, la democracia, dondequiera y en cualquier extensión que haya sobrevivido, debe ceder a una dictadura revolucionaria o fascista. Pero la libertad del comercio internacional es inconcebible sin la libertad de comercio interno, es decir sin la competencia. Y la libertad de la competencia es inconcebible bajo el dominio del monopolio. Por desgracia, Mr. Douglas, lo mismo que Mr. Ickes, lo mismo que Mr. Jackson, no se ha molestado en darnos su receta contra el capitalismo monopolista y en consecuencia contra una revolución o un régimen totalitario. La libertad de comercio, como la libertad de competencia, como la prosperidad de la clase media, pertenecen al pasado irrevocable. Traer de vuelta el pasado es ahora la única prescripción de los reformadores democráticos del capitalismo: traer de vuelta más "libertad" a los industriales y hombres de negocios pequeños y medianos, cambiar en su favor el sistema de crédito y de moneda, liberar el mercado del dominio de los trusts, eliminar a los especuladores profesionales de la Bolsa, restaurar la libertad del comercio internacional, y así por el estilo, ad infinitum. Los reformadores sueñan incluso con limitar el uso de las máquinas y decretar la proscripción de la técnica, que perturba el equilibrio social y causa muchas preocupaciones. Los científicos y el marxismo Hablando en defensa de la ciencia el 7 de diciembre de 1937, el doctor Robert A. Milikan, uno de los principales físicos norteamericanos, observó: "Las estadísticas de los Estados Unidos demuestran que el porcentaje de la población empleada ventajosamente ha aumentado constantemente durante los últimos cincuenta años, en los que la ciencia ha sido aplicada más rápidamente". Esta defensa del capitalismo bajo la apariencia de defender a la ciencia no puede llamarse afortunada. Precisamente durante el último medio siglo es cuando se "ha roto el eslabón de los tiempos" y se ha alterado agudamente la relación entre la economía y la técnica. El período a que se refiere Milikan incluye el comienzo de la declinación capitalista así como la cumbre de la prosperidad capitalista. Ocultar el comienzo de esa declinación, que alcanza al mundo entero, es proceder como un apologista del capitalismo. Rechazando el socialismo de una manera improvisada con la ayuda de argumentos que apenas harían honor inclusive a Henry Ford, el doctor Milikan nos dice que ningún sistema de distribución puede satisfacer las necesidades del hombre sin aumentar la esfera de la producción. ¡Indudablemente! Pero es una lástima que el famoso físico no explique a los millones de norteamericanos desocupados cómo han de participar en el aumento de la fortuna nacional. La predicación abstracta sobre la virtud salvadora de la iniciativa individual y la alta productividad del trabajo, no podrá seguramente proporcionar empleos a los desocupados, no cubrirá el déficit del presupuesto, no sacará a los negocios de la nación del callejón sin salida. Lo que distingue a Marx es la universalidad de su genio, su capacidad para comprender los fenómenos y los procesos de los diversos campos en su relación inherente. Sin ser un especialista en las ciencias naturales, fue uno de los primeros en apreciar la importancia de los grandes descubrimientos en ese terreno: por ejemplo, la teoría del darwinismo. Marx estaba seguro de esa preeminencia no tanto en virtud de su intelecto sino en virtud de su método. Los científicos de mentalidad burguesa pueden pensar que se hallan por encima del socialismo: sin embargo, el caso de Robert Milikan no es sino uno de los muchos que confirman que en la esfera de la sociología sigue habiendo charlatanes incurables. Las posibilidades de produccion y la propiedad privada En su mensaje al Congreso a comienzos de 1937, el presidente Roosevelt expresó su deseo de aumentar las rentas nacionales a 91.000 millones de dólares, sin indicar, sin embargo, cómo. Por sí mismo, ese programa era excesivamente modesto. En 1929, cuando había aproximadamente dos millones de desocupados, la renta nacional alcanzó a 81.000 millones de dólares. Poniendo en movimiento las actuales fuerzas productivas, no debiera bastar con realizar el programa de Roosevelt, sino que habría que superarlo considerablemente. Las máquinas, las materias primas, los trabajadores, todo es aprovechable, por no mencionar la necesidad que tiene la población de los productos. Si a pesar de ello el plan es irrealizable —y es irrealizable— la única razón es el conflicto irreconciliable que se ha desarrollado entre la propiedad capitalista y la necesidad de la sociedad de aumentar su producción. El famoso Examen Nacional de la Capacidad Productiva Potencial, patrocinado por el gobierno, llegó a la conclusión de que el costo de la producción y de los servicios utilizados en 1929 alcanzaba a casi 94.000 millones de dólares, calculados en base a los precios al por menor. No obstante, si fuesen utilizadas todas las verdaderas posibilidades productivas, esa cifra se hubiera elevado a 135.000 millones de dólares, es decir, que hubieran correspondido 4.370 dólares anuales a cada familia, lo suficiente para asegurar una vida decente y cómoda. El Examen Nacional se basa en la actual organización productora de los Estados Unidos tal como ha llegado a ser a consecuencia de la historia anárquica del capitalismo. Si el propio equipo de trabajo fuese reequipado en base a un plan socialista unificado, los cálculos sobre la producción podrían ser superados considerablemente y se podría asegurar a todo el pueblo un nivel de vida alto y cómodo, en base a una jornada de trabajo extremadamente corta. En consecuencia, para salvar a la sociedad no es necesario detener el desarrollo de la técnica, cerrar las fábricas, conceder premios a los agricultores para que saboteen la agricultura, empobrecer a un tercio de los trabajadores ni llamar a los maníacos para que hagan de dictadores. Ninguna de estas medidas, que constituyen una burla horrible para los intereses de la sociedad, es necesaria. Lo que es indispensable y urgente es separar los medios de producción de sus actuales propietarios parásitos y organizar la sociedad de acuerdo con un plan racional. Entonces será realmente posible por primera vez curar a la sociedad de sus males. Todos los que sean capaces de trabajar deben encontrar un empleo. La jornada de trabajo debe disminuir gradualmente. Las necesidades de todos los miembros de la sociedad deben asegurar una satisfacción creciente. Las palabras "pobreza", "crisis", "explotación", deben ser arrojadas de la circulación. La humanidad podrá cruzar finalmente el umbral de la verdadera humanidad. La inevitabilidad del socialismo "Al mismo tiempo que disminuye constantemente el número de los magnates del capital —dice Marx— crece la cantidad de miseria, la opresión, la esclavitud, la degradación, la explotación; pero con ello crece también la revuelta de la clase trabajadora, clase que aumenta siempre en número, disciplinada, unida, organizada por el mismo mecanismo del proceso de la producción capitalista... La centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo alcanzan finalmente un punto en que se hacen incompatibles con su envoltura capitalista. Esta envoltura es rota en pedazos. Suena el toque de difuntos de la propiedad privada capitalista. Los expropiadores son expropiados". Esta es la revolución socialista. Para Marx, el problema de reconstituir la sociedad no surge de mandato alguno motivado por sus predilecciones personales; es una consecuencia —como una necesidad histórica rigurosa— de la potente madurez de fomentar esas fuerzas a merced de la ley del valor por otro lado. Las elucubraciones de ciertos intelectuales sobre el tema de que, prescindiendo de la teoría de Marx, el socialismo no es inevitable sino únicamente posible, están desprovistas de todo contenido. Evidentemente, Marx no quiso decir que el socialismo vendría sin la voluntad y la acción del hombre: semejante idea es sencillamente un absurdo. Marx previó que la socialización de los medios de producción sería la única solución del colapso económico en el que debe culminar, inevitablemente, el desarrollo del capitalismo, colapso que tenemos ante nuestros ojos. Las fuerzas productivas necesitan un nuevo organizador y un nuevo amo, y dado que la exigencia determina la conciencia, Marx no dudó de que la clase trabajadora, a costa de errores y derrotas, llegaría a comprender la verdadera situación y, más pronto o más tarde, extraería las necesarias conclusiones prácticas. Que la socialización de los medios de producción creados por los capitalistas representa un tremendo beneficio económico se puede demostrar hoy día no sólo teóricamente, sino también con el experimento de la Unión de los Soviets, a pesar de las limitaciones de ese experimento. Es verdad que los reaccionarios capitalistas, no sin artificio, utilizan al régimen de Stalin como un espantajo contra las ideas socialistas. En realidad, Marx nunca dijo que el socialismo podía ser alcanzado en un solo país, y, además, en un país atrasado. Las continuas privaciones de las masas en la Unión Soviética, la omnipotencia de la casta privilegiada que se ha levantado sobre la nación y su miseria y, finalmente, la desenfrenada ley de la cachiporra de los burócratas, no son consecuencias del método económico socialista, sino del aislamiento y del atraso de la Rusia soviética, cercada por los países capitalistas. Lo admirable es que en esas circunstancias excepcionalmente desfavorables, la economía planificada se las haya arreglado para demostrar sus beneficios insuperables. Todos los valores del capitalismo, tanto de la clase democrática como de la fascista, pretenden limitar, o por lo menos disimular, el poder de los magnates del capital para impedir "la expropiación de los expropiadores". Todos ellos reconocen, y muchos de ellos lo admiten abiertamente, que el fracaso de sus tentativas reformistas deben llevar inevitablemente a la revolución socialista. Todos ellos se las han arreglado para poner en evidencia que sus métodos para salvar el capitalismo no son más que charlatanería reaccionaria e inútil. El pronóstico de Marx sobre la inevitabilidad del socialismo se confirma así plenamente mediante una prueba negativa. La inevitabilidad de la revolución socialista El programa de la "Tecnocracia", que floreció en el período de la gran crisis de 1929-1932, se fundó en la premisa correcta de que la economía debe ser racionalizada únicamente por medio de la unión de la técnica en la cima de la ciencia y del gobierno al servicio de la sociedad. Semejante unión es posible siempre que la técnica y el gobierno se liberen de la esclavitud de la propiedad privada. Aquí es donde comienza la gran tarea revolucionaria. Para liberar a la técnica de la intriga de los intereses privados y colocar al gobierno al servicio de la sociedad es necesario "expropiar a los expropiadores". Únicamente una clase poderosa, interesada en su propia liberación y opuesta a los expropiadores monopolistas es capaz de realizar esa tarea. Solamente unida a un gobierno proletario, la clase cualificada de los técnicos podrá construir una economía verdaderamente científica y verdaderamente racional, es decir, una economía socialista. Por supuesto, sería mejor alcanzar ese objetivo de una manera pacífica, gradual y democrática. Pero el orden social que se ha sobrevivido a sí mismo no cede nunca su puesto a su sucesor sin resistencia. Si en su época la democracia joven y fuerte demostró ser incapaz de impedir que la plutocracia se apoderase de la riqueza y del poder, ¿es posible esperar que una democracia senil y devastada se muestre capaz de transformar un orden social basado en el dominio sin trabas de sesenta familias? La teoría y la historia enseñan que una sucesión de regímenes sociales presupone la forma más alta de la lucha de clases, es decir la revolución. Ni siquiera la esclavitud pudo ser abolida en los Estados Unidos sin una guerra civil. "La fuerza es la partera de toda sociedad vieja preñada de una nueva". Nadie ha sido capaz hasta ahora de refutar este dogma básico de Marx en la sociología de la sociedad de clases. Sólamente una revolución socialista puede abrir el camino al socialismo. El marxismo en los Estados Unidos La república norteamericana ha ido más allá que otros países en la esfera de la técnica y de la organización de la producción. No sólamente los norteamericanos, sino la humanidad entera ha contribuido a ello. Sin embargo, las diversas fases del proceso social en una y la misma nación tienen ritmos diversos que dependen de condiciones históricas especiales. Mientras los Estados Undios gozan de una tremenda superioridad en la tecnología, su pensamiento económico se halla extremadamente atrasado tanto en las derechas como en las izquierdas. John L. Lewis tiene casi las mismas opiniones que Franklin D. Roosevelt. Si tenemos en cuenta la naturaleza de su misión, la función social de Lewis es incomparablemente más conservadora, por no decir reaccionaria, que la de Roosevelt. En ciertos círculos norteamericanos hay una tendencia a repudiar ésta o aquella teoría radical sin el menor asomo de crítica científica, con la simple declaración de que es "antiamericana". ¿Pero dónde puede encontrarse el criterio diferenciador? El cristianismo fue importado en los Estados Unidos juntamente con los logaritmos, la poesía de Shakespeare, las nociones de los derechos del hombre y del ciudadano y otros productos no sin importancia del pensamiento humano. El marxismo se halla hoy día en la misma categoría. El Secretario de Agricultura norteamericano, Henry A. Wallace, imputó al autor de estas líneas "...una estrechez dogmática que es agriamente antiamericana" y contrapuso al dogmatismo ruso el espíritu oportunista de Jefferson, que sabía cómo arreglárselas con sus opositores. Al parecer, nunca se le ha ocurrido a Mr. Wallace que una política de compromisos no es una función de algún espíritu nacional inmaterial, sino un producto de las condiciones materiales. Una nación que se ha hecho rica rápidamente, tiene reservas suficientes para conciliar a las clases y a los partidos hostiles. Cuando, por otro lado, se agudizan las contradicciones sociales, desaparece el terreno para los compromisos. América estaba libre de "estrechez dogmática" únicamente porque tenía una plétora de áreas vírgenes, fuentes de riqueza natural inagotables y según se ha podido ver, oportunidades ilimitadas para enriquecerse. La verdad es que a pesar de esas condiciones, el espíritu de compromiso no prevaleció en la Guerra Civil cuando sonó la hora para él. De todos modos, las condiciones materiales que constituyen la base del "americanismo" son hoy día relegadas cada vez más al pasado. De aquí se deriva la crisis profunda de la ideología americana tradicional. El pensamiento empírico, limitado a la solución de las tareas inmediatas de tiempo en tiempo, parecía bastante adecuado tanto en los círculos obreros como en los burgueses mientras la ley del valor de Marx era el pensamiento de todos. Pero hoy día esa ley produce efectos opuestos. En vez de impulsar a la economía hacia adelante, socava sus fundamentos. El pensamiento ecléctico conciliatorio, que mantiene una actitud desfavorable o desdeñosa con respecto al marxismo como un "dogma" y con su apogeo filosófico, el pragmatismo, se hace completamente inadecuado, cada vez más insustancial, reaccionario y completamente ridículo. Por el contrario, son las ideas tradicionales del "americanismo" las que han perdido su vitalidad y se han convertido en un "dogma petrificado", sin dar lugar más que a errores y confusiones. Al mismo tiempo, la doctrina económica de Marx ha adquirido una viabilidad peculiar y especialmente en lo que respecta a los Estados Unidos. Aunque El Capital se apoya en un material internacional, preponderantemente inglés, en sus fundamentos teóricos es un análisis del capitalismo puro, del capitalismo en general, del capitalismo como tal. Indudablemente, el capitalismo que se ha desarrollado en las tierras vírgenes ya históricas de América es el que más se acerca a ese tipo ideal de capitalismo. Salvo la presencia de Wallace, América se ha desarrollado económicamente no de acuerdo con los principios de Jefferson, sino de acuerdo con las leyes de Marx. Al reconocerlo se ofende tan poco el amor propio nacional como al reconocer que América da vueltas alrededor del sol de acuerdo con las leyes de Copérnico. El Capital ofrece una diagnosis exacta de la enfermedad y un pronóstico irreemplazable. En este sentido la teoría de Marx está mucho más impregnada del nuevo "americanismo" que las ideas de Hoover y Roosevelt, de Green y de Lewis. Es cierto que hay una literatura original muy difundida en los Estados Unidos, consagrada a la crisis de la economía americana. En cuanto esos economistas concienzudos ofrecen una descripción objetiva de las tendencias destructivas del capitalismo norteamericano, sus investigaciones, prescindiendo de sus premisas teóricas, parecen ilustraciones directas de las teorías de Marx. La tradición conservadora se pone en evidencia, sin embargo, cuando esos autores se empeñan tercamente en no sacar conclusiones precisas, limitándose a tristes predicciones o a banalidades tan edificantes como "el país debe comprender", "la opinión pública debe considerar seriamente", etc. Estos libros se asemejan a un cuchillo sin hoja. Es cierto que en el pasado hubo marxistas en los Estados Unidos, pero eran de un extraño tipo de marxistas, o más bien de tres tipos extraños. En primer lugar se hallaba la casta de emigrados de Europa, que hicieron todo lo que pudieron, pero no hallaron respuesta; en segundo lugar, los grupos norteamericanos aislados, como el de los Leonistas, que en el curso de los acontecimientos y a consecuencia de sus propios errores se convirtieron en sectas; en tercer lugar, los aficionados atraídos por la Revolución de Octubre y que simpatizaban con el marxismo como una teoría exótica que tenía muy poco que ver con los Estados Unidos. Ya pasó su tiempo. Ahora amanece la nueva época de un movimiento de clase independiente a cargo del proletariado y al mismo tiempo de un marxismo verdadero. En esto también, los Estados Unidos alcanzarán en muy poco tiempo a Europa y la dejarán atrás. La técnica progresiva y la estructura social progresiva preparan el camino en la esfera doctrinaria. Los mejores teóricos del marxismo aparecerán en suelo americano. Marx será el mentor de los trabajadores norteamericanos avanzados. Para ellos esta exposición abreviada del primer volumen constituirá sólamente el paso inicial hacia el Marx completo. El modelo ideal del capitalismo En la época en que se publicó el primer volumen de El Capital, la denominación mundial de la burguesía británica no tenía todavía rival. Las leyes abstractas de la mercancía y de la economía encontraron, naturalmente, su completa encarnación —es decir, la menor dependencia de las influencias del pasado— en el país en el que el capitalismo había alcanzado su mayor desarrollo. Al basar su análisis principalmente en Inglaterra, Marx tenía en vista no sólamente a Inglaterra, sino a todo el mundo capitalista. Utilizó a la Inglaterra de su época como el mejor modelo contemporáneo del capitalismo. Ahora sólo queda el recuerdo de la hegemonía británica. Las ventajas de la primogenitura capitalista se han convertido en desventajas. La estructura técnica y económica de Inglaterra se ha desgastado. El país sigue dependiendo en su posición mundial del Imperio colonial, herencia del pasado, más bien que de una potencia económica activa. Esto explica incidentalmente la caridad cristiana de Chamberlain con respecto al gangsterismo internacional de los fascistas, que tanto ha sorprendido al mundo entero. La burguesía inglesa no puede dejar de reconocer que su decadencia económica se ha hecho completamente incompatible con su posición en el mundo y que una nueva guerra amenaza con el derrumbamiento del Imperio Británico. Esencialmente similar es la base económica del "pacifismo" francés. Alemania, por el contrario, ha utilizado en su rápida ascensión capitalista las ventajas del atraso histórico, armándose a sí misma con la técnica más completa de Europa. Teniendo una base nacional estrecha e insuficiencia de recursos naturales, el capitalismo dinámico de Alemania, surgido de la necesidad, se ha transformado en el factor más explosivo del llamado equilibrio de las potencias mundiales. La ideología epiléptica de Hitler, es sólo una imagen reflejada de la epilepsia del capitalismo alemán. Además de las numerosas e invalorables ventajas de su carácter histórico, el desarrollo de los Estados Unidos gozó de la preeminencia de un terroritorio inmensamente grande y de una riqueza natural incomparablemente mayor que los de Alemania. Habiendo aventajado considerablemente a Gran Bretaña, la republica norteamericana llegó a ser a comienzos del siglo actual la plaza fuerte de la burguesía mundial. Todas las potencialidades del capitalismo encontraron en ese país su más alta expresión. En parte alguna de nuestro planeta puede la burguesía realizar empresas superiores a las de la "República del Dólar", que se ha convertido en el siglo XX en el modelo más perfecto del capitalismo. Por las mismas razones que tuvo Marx para basar su exposición en las estadísticas inglesas, en los informes parlamentarios ingleses, en los Libros Azules ingleses, etc., nosotros hemos acudido, en nuestra modesta introducción, a la experiencia económica y política de los Estados Unidos. No es necesario decir que no sería difícil citar hechos y cifras análogos, tomándolos de la vida de cualquier otro país capitalista. Pero no añadiría nada esencial. Las conclusiones seguirían siendo las mismas y solamente los ejemplos serían menos sorprendentes La política económica del Frente Popular en Francia era, como señaló perspicazmente uno de sus financieros, una adaptación del New Deal "para liliputienses". Es perfectamente evidente que en un análisis teórico es mucho más conveniente tratar con magnitudes ciclópeas que con magnitudes liliputienses. La misma inmensidad del experimento de Roosevelt nos demuestra que sólamente un milagro puede salvar al sistema capitalista mundial. Pero sucede que el desarrollo de la producción capitalista ha terminado con la producción de milagros. Abundan los encantamientos y las plegarias, pero no se producen los milagros. Sin embargo, es evidente que si se pudiera producir el milagro del rejuvenecimiento del capitalismo, ese milagro sólo se podría producir en los Estados Unidos. Pero ese rejuvenecimiento no se ha realizado. Lo que no pueden alcanzar los cíclopes, mucho menos pueden alcanzarlo los liliputienses. Asentar los fundamentos de esta sencilla conclusión es el objeto de nuestra excursión por el campo de la economía norteamericana. Las metrópolis y las colonias "El país más desarrollado industrialmente —escribió Marx en el prefacio de la primera edición de El Capital— no hace más que mostrar en sí al de menor desarrollo, la imagen de su propio futuro". Este pensamiento no puede ser tomado literalmente en circunstancia alguna. El crecimiento de las fuerzas productivas y la profundización de las inconsistencias sociales son indudablemente el lote que corresponde a todos los países que han tomado el camino de la evolución burguesa. Sin embargo, la desproporción en los "tiempos" y medidas que siempre se produce en la evolución de la humanidad, no sólamente se hace especialmente aguda bajo el capitalismo, sino que da origen a la completa dependencia de la subordinación, la explotación y la opresión entre los países de tipo económico diferente. Sólamente una minoría de países ha realizado completamente esa evolución sistemática y lógica desde la mano de obra, a través de la manufactura doméstica, hasta la fábrica, que Marx sometió a un análisis detallado. El capital comercial, industrial y financiero invadió desde el exterior a los países atrasados, destruyendo en parte las formas primitivas de la economía nativa y en parte sujetándolos al sistema industrial y banquero del Oeste. Bajo el látigo del imperialismo, las colonias y semicolonias se vieron obligadas a prescindir de las etapas intermedias, apoyándose al mismo tiempo artificialmente en un nivel o en otro. El desarrollo de la India no duplicó el desarrollo de Inglaterra; no fue para ella más que un suplemento. Sin embargo, para poder comprender el tipo combinado de desarrollo de los países atrasados y dependientes como la India, es siempre necesario no olvidar el esquema clásico de Marx derivado del desarrollo de Inglaterra. La teoría obrera del valor guía igualmente los cálculos de los especuladores de la City de Londres y las transacciones monetarias en los rincones más remotos de Haiderabad, excepto que en el último caso adquiere formas más sencillas y menos astutas. La desproporción en el desarrollo trajo consigo beneficios tremendos para los países avanzados, los cuales, aunque en grados diversos, siguieron desarrollándose a expensa de los atrasados explotándolos, convirtiéndolos en colonias o, por lo menos, haciéndoles imposible figurar entre la aristocracia capitalista. Las fortunas de España, Holanda, Inglaterra, Francia, fueron obtenidas, no sólamente con el sobretrabajo de su proletariado, no sólamente destrozando a su pequeña burguesía, sino también con el pillaje sistemático de sus posesiones de ultramar. La explotación de clases fue complementada y su potencialidad aumentada con la explotación de las naciones. La burguesía de las metrópolis se halló en situación de asegurar una posición privilegiada para su propio proletariado, especialmente para las capas superiores, mediante el pago de algunos superbeneficios obtenidos con las colonias. Sin eso hubiera sido completamente imposible cualquier clase de régimen democrático estable. En su manifestación más desarrollada la democracia burguesa se hizo, y sigue siendo, una forma de gobierno accesible únicamente a las naciones más aristocráticas y más explotadoras. La antigua democracia se basaba en la esclavitud; la democracia imperialista se basa en la expoliación de las colonias. Los Estados Unidos, que en la forma casi no tienen colonias, son, sin embargo, la nación más privilegiada de la historia. Los activos inmigrantes llegados de Europa tomaron posesión de un continente excesivamente rico, exterminaron a la población nativa, se quedaron con la mejor parte de Méjico y se embolsaron la parte del león de la riqueza mundial. Los depósitos de grasa que acumularon entonces, les siguen siendo útiles todavía en la época de la decadencia pues les sirven para engrasar los engranajes y las ruedas de la democracia. La reciente experiencia histórica tanto como el análisis teórico testimonian que la velocidad del desarrollo de una democracia y su estabilidad están en proporción inversa a la tensión de las contradicciones de clase. En los países capitalistas menos privilegiados (Rusia, por un lado, y Alemania, Italia, etc., por otro) incapaces de engendrar una aristocracia del trabajo numerosa y estable, nunca se desarrolló la democracia en toda su extensión y sucumbió a la dictadura con relativa facilidad. No obstante, la continua parálisis progresiva del capitalismo prepara la misma suerte a las democracias privilegiadas y más ricas. La única diferencia está en la fecha. El deterioro incontenible en las condiciones de vida de los trabajadores hace cada vez menos posible para la burguesía conceder a las masas el derecho a participar en la vida polftica, incluso dentro de la limitada armazón del parlamentarismo burgués. Cualquier otra explicación del proceso manifiesto del desalojo de la democracia por el fascismo es una falsificación idealista de las cosas tales como son, ya sea engaño o autoengaño. Mientras destruye la democracia en las viejas metrópolis del capital, el imperialismo impide al mismo tiempo la ascensión de la democracia en los países atrasados. El hecho de que en la nueva época ni una sola de las colonias o semicolonias haya realizado una revolución democrática —sobre todo en el campo de las relaciones agrarias— se debe por completo al imperialismo, que se ha convertido en el obstáculo principal para el progreso económico y político. Expoliando la riqueza natural de los países atrasados y restringiendo deliberadamente su desarrollo industrial independiente, los magnates monopolistas y sus gobiernos conceden simultáneamente su apoyo financiero, político y militar a los grupos semifeudales más reaccionarios y parásitos de explotadores nativos. La barbarie agraria, artificialmente conservada, es hoy día la plaga más siniestra de la economía mundial contemporánea. La lucha de los pueblos coloniales por su liberación, pasando por encima de las etapas intermedias, se transforma en la necesidad de la lucha contra el imperialismo y de ese modo se pone de acuerdo con la lucha del proletariado en las metrópolis. Los levantamientos y las guerras coloniales hacen oscilar, a su vez, las bases fundamentales del mundo capitalista más que nunca y hacen menos posible que nunca el milagro de su regeneración. La economía mundial planificada El capitalismo tiene el doble mérito histórico de haber elevado la técnica a un alto nivel y de haber ligado a todas las partes del mundo con los lazos económicos. De ese modo ha proporcionado los prerrequisitos materiales para la utilización sistemática de todos los recursos de nuestro planeta. Sin embargo, el capitalismo no se halla en situación de cumplir esa tarea urgente. El núcleo de su expansión siguen siendo los Estados nacionalistas limitados con sus aduanas y sus ejércitos. No obstante, las fuerzas productivas han superado hace tiempo los límites del Estado nacional, transformando en consecuencia lo que era antes un factor histórico progresivo en una restricción insoportable. Las guerras imperialistas no son más que explosiones de las fuerzas productoras contra las fronteras nacionales, que han llegado a ser, para ellas, demasiado limitadas . El programa de la llamada autarquía nada tiene que ver con la marcha hacia atrás de una economía autosuficiente y limitada. Sólo significa que la base nacional se prepara para una nueva guerra. Después de haberse firmado el Tratado de Versalles se creyó generalmente que se había dividido bien el globo terrestre. Pero los acontecimientos más recientes han servido para recordarnos que nuestro planeta sigue conteniendo tierras que todavía no han sido explotadas o, por lo menos, explotadas suficientemente. La lucha por las colonias sigue siendo una parte de la política del capitalismo imperialista. Por mucho que sea dividido el mundo, el proceso nunca termina, sino que coloca una y otra vez a la orden del día la cuestión de la nueva división del mundo de acuerdo con las nuevas relaciones entre las fuerzas imperialistas. Tal es hoy día la verdadera razón de los rearmes, las convulsiones diplomáticas y la guerra. Todos los intentos de presentar la guerra actual como un choque entre ideas de democracia y de fascismo pertenecen al reino del charlatanismo y de la estupidez. Las formas políticas cambian, pero subsisten los apetitos capitalistas. Si a cada lado del Canal de la Mancha se estableciese mañana un régimen fascista —y apenas podría atreverse nadie a negar esa posibilidad— los dictadores de París y Londres serían tan incapaces de renunciar a sus posesiones coloniales como Mussolini y Hitler de renunciar a sus reivindicaciones al respecto. La lucha furiosa y desesperada por una nueva división del mundo es una consecuencia irresistible de la crisis mortal del sistema capitalista. Las reformas parciales y los remiendos para nada servirán. La evolución histórica ha llegado a una de sus etapas decisivas en la que únicamente la intervención directa de las masas es capaz de barrer los obstáculos reaccionarios y de asentar las bases de un nuevo régimen. La abolición de la propiedad privada de los medios de producción es el primer prerrequisito para la economía planificada, es decir para la introducción de la razón en la esfera de las relaciones humanas, primero en una escala nacional y, finalmente, en una escala mundial. Una vez comenzada, la revolución socialista se extenderá de país en país con una fuerza inmensamente mayor que con la que se extiende hoy día el fascismo. Con el ejemplo y la ayuda de las naciones adelantadas, las naciones atrasadas serán también arrastradas por la corriente del socialismo. Caerán las barreras aduaneras completamente carcomidas. Las contradicciones que despedazan a Europa y al mundo entero encontrarán su solución natural y pacífica dentro del marco de los Estados Unidos Socialistas de Europa, así como de otras partes del mundo. La humanidad liberada llegará a su cima más alta. NOTAS 1.– El resumen del primer volumen de El Capital —la base de todo el sistema económico de Marx— fue realizado por Otto Rühle con una profunda comprensión de su tarea. Lo primero que eliminó fueron los ejemplos anticuados, las anotaciones de escritos que hoy día sólo tienen un interés histórico, las polémicas con escritores ahora olvidados y finalmente numerosos documentos que a pesar de su importancia para la comprensión de una época determinada, no tienen lugar en una exposición concisa que se propone objetivos más bien teóricos que históricos. Al mismo tiempo, el Sr. Rühle hizo todo lo posible para conservar la continuidad en el desarrollo del análisis científico. Las deducciones lógicas y las transiciones dialécticas del pensamiento no han sido infringidas en punto alguno. Por estas razones este extracto merece una lectura cuidadosa. 2.– "La competencia como una influencia coartadora —se lamenta el primer fiscal general de los Estados Unidos, Mr. Homer S. Cummings— es desplazada gradualmente y en muchas partes ya no subsiste más que como un pálido recuerdo de las condiciones que antes existieron". 3.– Una comisión del Senado de los Estados Unidos comprobó en febrero de 1937 que durante los veinte años anteriores las decisiones de una docena de las grandes corporaciones habían contrapesado las directivas de la mayor parte de la industria norteamericana. El número de vocales de las juntas directivas de esas corporaciones es casi el mismo que el número de miembros del Gabinete del Presidente de los Estados Unidos, la rama ejecutiva del gobierno republicano. Pero esos vocales de las juntas directivas son inmensamente más poderosos que los miembros del Gabinete. 4.– El escritor norteamericano Ferdinand Lundberg, quien por su equidad didáctica es más bien un economista conservador, escribió en su libro, que produjo conmoción: "Los Estados Unidos son hoy día propiedad y dominio de sesenta de las familias más ricas, apoyadas por no más de noventa familias de riqueza menor". A esto se podría añadir una tercera fila de quizá otras trescientas cincuenta familias con rentas que superan a cien mil dólares por año. La posición predominante corresponde al primer grupo de sesenta familias, las que dominan no sólamente el mercado sino todas las palancas del gobierno. Son el gobierno verdadero, "el gobierno del dinero en una democracia del dólar".
"¿Que es el Marxismo?" por Leon Trotsky (parte 2)
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