¿Qué ofrecemos al lector? Este libro expone de una manera compacta las doctrinas económicas fundamentales de Marx según las propias palabras de Marx. Después de todo nadie ha sido capaz de exponer la teoría del valor del trabajo mejor que el propio Marx (1). Algunas de las argumentaciones de Marx, especialmente en el capítulo primero, el más difícil de todos, pueden parecer al lector no iniciado demasiado disgresivas, quisquillosas o "metafísicas". En realidad, esta impresión es una consecuencia de la necesidad o de la costumbre de acercarse ante todo de una manera científica a los fenómenos habituales. La mercancía se ha convertido en una parte tan corriente, tan acostumbrada y tan familiar de nuestra vida diaria que ni siquiera se nos ocurre considerar por qué los hombres ceden objetos importantes, necesarios para el sostenimiento de la vida, a cambio de pequeños discos de oro o de plata que no se utilizan en parte alguna de la tierra. El asunto no se limita a la mercancía. Todas y cada una de las categorías de la economía del mercado parecen ser aceptadas sin análisis, como evidentes por sí mismas, y como si fueran las bases naturales de las relaciones humanas. Sin embargo, mientras las realidades del proceso económico son el trabajo humano, las materias primas, las herramientas, las máquinas, la división del trabajo, la necesidad de distribuir los productos terminados entre los participantes en el proceso del trabajo, etc., las categorías como "mercancía", "dinero", "jornales", "capital", "beneficio", "impuesto", etc., son únicamente reflejos semimísticos en las cabezas de los hombres de los diversos aspectos de un proceso económico que no comprenden y que no pueden dominar. Para descifrarlos es indispensable un análisis científico completo. En los Estados Unidos, donde un hombre que posee un millón de dólares se considera que "vale" un millón de dólares, los conceptos con respecto al mercado han caído mucho más bajo que en cualquier otra parte. Hasta una época muy reciente los norteamericanos se preocuparon muy poco por la naturaleza de las relaciones económicas. En la tierra del sistema económico más poderoso, la teoría económica siguió siendo excesivamente estéril. Únicamente la crisis, cada vez más profunda, de la economía norteamericana ha hecho que la opinión pública de este país se haya enfrentado bruscamente con los problemas fundamentales de la sociedad capitalista. En cualquier caso, quienquiera que no haya dominado la costumbre de aceptar sin un examen riguroso las reflexiones ideológicas hechas a la ligera sobre el progreso económico, quienquiera que no haya razonado, siguiendo los pasos de Marx, la naturaleza esencial de la mercancía como célula básica del organismo capitalista, estará incapacitado para comprender científicamente las manifestaciones más importantes de nuestra época. El método de Marx Habiendo definido la ciencia como el conocimiento de los recursos objetivos de la naturaleza, el hombre ha tratado terca y persistentemente de excluirse a sí mismo de la ciencia, reservándose privilegios especiales en la forma de un pretendido intercambio con fuerzas supersensoriales (religión) o con preceptos morales independientes del tiempo (idealismo). Marx privó al hombre definitivamente y para siempre de esos odiosos privilegios, considerándole como un eslabón natural en el proceso evolutivo de la naturaleza material; a la sociedad como la organización para la producción y la distribución; al capitalismo como una etapa en el desarrollo de la sociedad humana. La finalidad de Marx no era descubrir las "leyes eternas" de la economía. Negó la existencia de semejantes leyes. La historia del desarrollo de la sociedad humana es la historia de la sucesión de diversos sistemas económicos, cada uno de los cuales actúa de acuerdo con sus propias leyes. La transición de un sistema a otro ha sido determinada siempre por el aumento de las fuerzas de producción, por ejemplo, de la técnica y de la organización del trabajo. Hasta cierto punto, los cambios sociales son de carácter cuantitativo y no alteran las bases de la sociedad, entre ellas, las formas prevalecientes de la propiedad. Pero se alcanza un nuevo punto cuando las fuerzas productoras maduras ya no pueden contenerse más tiempo dentro de las viejas formas de la propiedad; entonces se produce un cambio radical en el orden social, acompañado de conmociones. La comuna primitiva fue reemplazada o complementada por la esclavitud; la esclavitud fue sucedida por la servidumbre con su superestructura feudal; el desarrollo comercial de las ciudades llevó a Europa, en el siglo XVI, al orden capitalista, el que pasó inmediatamente a través de diversas etapas. Marx no estudia en El Capital la economía en general, sino la economía capitalista, que tiene sus leyes específicas propias. Sólo de pasada se refiere a otros sistemas económicos con el objeto de poner en claro las características del capitalismo. La economía de la familia de agricultores primitiva, que se bastaba a sí misma, no tenía necesidad de la "economía política", pues estaba dominada, por un lado, por las fuerzas de la naturaleza y, por el otro, por las fuerzas de la tradición. La economía natural de los griegos y romanos, completa en sí misma, fundada en el trabajo de los esclavos, dependía de la voluntad del propietario de los esclavos, cuyo "plan" estaba determinado directamente por las leyes de la naturaleza y de la rutina. Lo mismo puede decirse también del Estado medieval con sus siervos campesinos. En todos estos casos las relaciones económicas eran claras y transparentes en su crudeza primitiva. Pero el caso de la sociedad contemporánea es completamente diferente. Ha destruido esas viejas conexiones completas en sí mismas y esos modos de trabajo heredados. Las nuevas relaciones económicas han relacionado entre sí a las ciudades y las villas, a las provincias y las naciones. La división del trabajo ha abarcado a todo el planeta. Habiendo destrozado la tradición y la rutina, esos lazos no se han compuesto de acuerdo con algún plan definido, sino más bien al margen de la conciencia y de la previsión humanas. La interdependencia de los hombres, los grupos, las clases, las naciones, consecuencia de la división del trabajo, no está dirigida por nadie. Los hombres trabajan los unos para los otros sin conocerse entre sí, sin conocer las necesidades de los demás, con la esperanza, e inclusive con la seguridad, de que sus relaciones se regularizarán de algún modo por sí mismas. Y lo hacen así o, más bien, quisieran hacerlo. Es completamente imposible buscar las causas de los fenómenos de la sociedad capitalista en la conciencia subjetiva —en las intenciones o planes— de sus miembros. Los fenómenos objetivos del capitalismo fueron formulados antes de que la ciencia comenzara a pensar seriamente sobre ellos. Hasta hoy día la mayoría preponderante de los hombres nada saben acerca de las leyes que rigen a la economía capitalista. Toda la fuerza del método de Marx reside en su acercamiento a los fenómenos económicos, no desde el punto de vista subjetivo de ciertas personas, sino desde el punto de vista objetivo del desarrollo de la sociedad en su conjunto, del mismo modo que un hombre de ciencia que estudia la naturaleza se acerca a una colmena o a un hormiguero. Para la ciencia económica lo que tiene un significado decisivo es lo que hacen los hombres y cómo lo hacen, no lo que ellos piensan con respecto a sus actos. En la base de la sociedad no se hallan la religión y la moral, sino la naturaleza y el trabajo. El método de Marx es materialista, pues va de la existencia a la conciencia y no en el orden inverso. El método de Marx es dialéctico, pues observa cómo evolucionan la naturaleza y la sociedad y cómo la misma evolución es la lucha constante de las fuerzas en conflicto. El marxismo y la ciencia oficial Marx tuvo predecesores. La economía política clásica —Adam Smith, David Ricardo— floreció antes de que el capitalismo se hubiera desarrollado, antes de que comenzara a temer el futuro. Marx rindió a los grandes clásicos el perfecto tributo de su profunda gratitud. Sin embargo, el error básico de los economistas clásicos era que consideraban al capitalismo como la existencia normal de la humanidad en todas las épocas, en vez de considerarlo simplemente como una etapa histórica en el desarrollo de la sociedad. Marx inició la crítica de esa economía política, expuso sus errores así como las contradicciones del mismo capitalismo, y demostró que era inevitable su colapso. La ciencia no alcanza su meta en el estudio herméticamente sellado del erudito, sino en la sociedad de carne y hueso. Todos los intereses y pasiones que despedazan a la sociedad ejercen su influencia en el desarrollo de la riqueza y de la pobreza. La lucha de los trabajadores contra los capitalistas obligó a los teóricos de la burguesía a volver la espalda al análisis científico del sistema de explotación y a ocuparse en una descripción vacía de los hechos económicos, el estudio del pasado económico y, lo que es inmensamente peor, una falsificación absoluta de las cosas tales como son, con el propósito de justificar el régimen capitalista. La doctrina económica que se ha enseñado hasta el día de hoy en las instituciones oficiales de enseñanza y se ha predicado en la prensa burguesa no está desprovista de materiales importantes relacionados con el trabajo, pero no obstante es completamente incapaz de abarcar el proceso económico en su conjunto y descubrir sus leyes y perspectivas, ni tiene deseo alguno de hacerlo. La economía política oficial ha muerto. La ley de la valorización del trabajo En la sociedad contemporánea el vínculo cardinal entre los hombres es el cambio. Todo producto del trabajo que entra en el proceso del cambio se convierte en mercancía. Marx inició su investigación con la mercancía y dedujo de esa célula fundamental de la sociedad capitalista las relaciones sociales que se han constituido objetivamente como la base del cambio, independientemente de la voluntad del hombre. Únicamente si se sigue este camino es posible resolver el enigma fundamental: cómo en la sociedad capitalista, en la cual cada hombre piensa sólo en sí mismo y nadie piensa en los demás, se han creado las proporciones relativas de las diversas ramas de la economía indispensables para la vida. El obrero vende su fuerza de trabajo, el agricultor lleva su producto al mercado, el prestamista de dinero o el banquero conceden préstamos, el comerciante ofrece un surtido de mercancías, el industrial construye una fábrica, el especulador compra y vende acciones y bonos, y cada uno de ellos tiene en consideración sus propias conveniencias, sus planes privados, su propia opinión sobre los jornales y los beneficios. Sin embargo, de este caos de esfuerzos y de acciones individuales, surge cierto conjunto económico que aunque ciertamente no es armonioso, sino contradictorio, da sin embargo a la sociedad la posibilidad no sólo de existir, sino también de desarrollarse. Esto quiere decir que, después de todo, el caos no es en modo alguno caos, que de algún modo está regulado automáticamente, si no conscientemente. Comprender el mecanismo por el cual los diversos aspectos de la economía llegan a un estado de equilibrio relativo es descubrir las leyes objetivas del capitalismo. Evidentemente, las leyes que rigen las diversas esferas de la economía capitalista —jornales, precios, arrendamiento, beneficio, interés, crédito, bolsa— son numerosas y complejas. Pero en último término todas proceden de una única ley descubierta por Marx y examinada por él hasta el final: es la ley del valor del trabajo, que es ciertamente la que regula básicamente la economía capitalista. La esencia de esa ley es simple. La sociedad tiene a su disposición cierta reserva de fuerza de trabajo viva. Aplicada a la naturaleza, esa fuerza engendra productos necesarios para la satisfacción de las necesidades humanas. Como consecuencia de la división del trabajo entre los productores individuales, los productos toman la forma de mercancías. Las mercancías se cambian entre sí en una proporción determinada: al principio directamente y más tarde por medio del oro o de la moneda. La propiedad esencial de las mercancías, que en cierta relación las iguala entre sí, es el trabajo humano invertido en ellas —trabajo abstracto, trabajo en general—, la base y la medida del valor. La división del trabajo entre millones de productores diseminados no lleva a la desintegración de la sociedad, porque las mercancías son intercambiadas de acuerdo con el tiempo de trabajo socialmente necesario invertido en ellas. Mediante la aceptación y el rechazo de las mercancías, el mercado, en su calidad de terreno del cambio, decide si contienen o no contienen en sí mismos el trabajo socialmente necesario, con lo cual determina las proporciones de las diversas clases de mercancías necesarias para la sociedad, y en consecuencia también la distribución de la fuerza de trabajo de acuerdo con las diversas clases de comercio. Los procesos reales del mercado son inmensamente más complejos que lo que hemos expuesto aquí en pocas líneas. Así, al girar alrededor del valor del trabajo, los precios fluctúan por encima y por debajo de sus valores. Las causas de estas desviaciones están completamente explicadas en el tercer volumen de El capital de Marx, en el que se describe "el proceso de la producción capitalista considerado en su conjunto". Sin embargo, por grandes que puedan ser las diferencias entre los precios y los valores de las mercancías, en los casos individuales, la suma de todos los precios es igual a la suma de todos los valores, pues en último término únicamente los valores que han sido creados por el trabajo humano se hallan a disposición de la sociedad, y los precios no pueden pasar de estos límites, inclusive si se tiene en cuenta el monopolio de los precios o trust; donde el trabajo no ha creado un valor nuevo, nada puede hacer ni el mismísimo Rockefeller. Desigualdad y explotación Pero si las mercancías se intercambian de acuerdo con la cantidad de trabajo invertido en ellas, ¿cómo se deriva la desigualdad de la igualdad? Marx resolvió este enigma exponiendo la naturaleza peculiar de una de las mercancias, que es la base de todas las demás mercancías: la fuerza del trabajo. El propietario de los medios de producción, el capitalista, compra la fuerza de trabajo. Como todas las otras mercancías, la fuerza de trabajo es valorizada de acuerdo con la cantidad de trabajo invertida en ella, esto es de los medios de subsistencia necesarios para la vida y la reproducción del trabajador. Pero el consumo de esta mercancía —fuerza de trabajo— se produce mediante el trabajo, que crea nuevos valores. La cantidad de esos valores es mayor que los que recibe el propio trabajador y gasta en su conservación. El capitalista compra fuerza de trabajo para explotarla. Esa explotación es la fuente de la desigualdad. A la parte del producto que contribuye a la subsistencia del trabajador la llama Marx producto necesario; a la parte excedente que produce el trabajador le llama sobreproducto o plusvalía. El esclavo tenía que producir plusvalía, pues de otro modo el dueño de esclavos no los hubiera tenido. El siervo tenía que producir plusvalía, pues de otro modo la servidumbre no hubiera tenido utilidad alguna para la clase media hacendada. El obrero asalariado produce también plusvalía, sólo que en una escala mucho mayor, pues de otro modo el capitalista no tendría necesidad de comprar la fuerza de trabajo. La lucha de clases no es otra cosa que la lucha por la plusvalía. Quien posee la plusvalía es el dueño de la situación, posee la riqueza, posee el poder del Estado, tiene la llave de la Iglesia, de los tribunales, de las ciencias y de las artes. Competencia y monopolio Las relaciones entre los capitalistas que explotan a los trabajadores están determinadas por la competencia, que actúa como el resorte principal del progreso capitalista. Las empresas grandes gozan de mayores ventajas técnicas, financieras, de organización, económicas y políticas que las empresas pequeñas. El capital mayor capaz de explotar al mayor número de obreros es inevitablemente el que consigue la victoria en una competencia. Tal es la base inalterable del proceso de concentración y centralización del capital. Al estimular el desarrollo progresivo de la técnica, la competencia no sólo consume gradualmente a las capas intermediarias, sino que se consume también a sí misma. Sobre los cadáveres y semicadáveres de los capitalistas pequeños y medianos surge un número cada vez menor de magnates capitalistas cada vez más poderosos. De este modo, la competencia honesta, democrática y progresiva engendra irrevocablemente el monopolio dañino, parásito y reaccionario. Su predominio comenzó a afirmarse hacia el año 80 del siglo pasado y asumió su forma definida a comienzos del presente siglo. Ahora bien, la victoria del monopolio es reconocida abiertamente por los representantes oficiales de la sociedad burguesa (2). Sin embargo, cuando en el curso de su pronóstico Marx fue el primero en deducir que el monopolio es una consecuencia de las tendencias inherentes al capitalismo, el mundo burgués siguió considerando a la competencia como una ley eterna de la naturaleza. La eliminación de la competencia por el monopolio señala el comienzo de la desintegración de la sociedad capitalista. La competencia era el principal resorte creador del capitalismo y la justificación histórica del capitalista. Por lo mismo, la eliminación de la competencia señala la transformación de los accionistas en parásitos sociales. La competencia necesita de ciertas libertades, una atmósfera liberal, un régimen democrático, un cosmopolitismo comercial. El monopolio necesita en cambio un gobierno todo lo más autoritario que sea posible, murallas aduaneras, sus "propias" fuentes de materias primas y mercados (colonias). La última palabra en la desintegración del capital monopolista es el fascismo. Concentración de la riqueza y aumento de las contradicciones de clase Los capitalistas y sus defensores tratan por todos los medios de ocultar el alcance real de la concentración de la riqueza a los ojos del pueblo, así como a los ojos del cobrador de impuestos. Desafiando a la evidencia, la prensa burguesa intenta todavía mantener la ilusión de una distribución "democrática" de la inversión del capital. The New York Times, para refutar a los marxistas, señala que haya de tres a cinco millones de patronos individuales. Es cierto que las compañías por acciones representan una concentración de capital mayor que tres a cinco millones de patronos individuales, aunque Estados Unidos cuenta con "medio millón de corporaciones". Este modo de jugar con las cifras tiene por objeto, no aclarar, sino ocultar la realidad de las cosas. Desde el comienzo de la guerra hasta 1923 el número de fábricas y factorías existentes en los Estados Unidos descendió del 100 al 98,7%, mientras que la masa de producción industrial ascendió del 100 al 156,3%. Durante los años de una prosperidad sensacional (1923–1929), cuando parecía que todo el mundo se hacía rico, el número de establecimientos descendió de 100 a 93,8 mientras la producción ascendió de 100 a 113. Sin embargo, la concentración de establecimientos comerciales, limitada por su voluminoso cuerpo material, está lejos de la concentración de su alma, la propiedad. En 1929 tenían en realidad más de 300.000 corporaciones, como observa correctamente The New York Times. Lo único que hace falta añadir es que 200 de ellas, es decir el 0,07% del número total, controlaban directamente al 49,2% de los capitales de todas las corporaciones. Cuatro años más tarde el porcentaje había ascendido ya al 56%, en tanto que durante los años de la administración de Roosevelt ha subido indudablemente aún más. Dentro de las principales 200 compañías por acciones el dominio verdadero corresponde a una pequeña minoría (3). El mismo proceso puede observarse en la banca y en los sistemas de seguro. Cinco de las mayores compañías de seguros de los Estados Unidos han absorbido no sólamente a las otras compañías, sino también a muchos bancos. El número total de bancos se ha reducido, principalmente en la forma de las llamadas "combinaciones", esencialmente por medio de la absorción. Este cambio se extiende rápidamente. Por encima de los bancos se eleva la oligarquía de los superbancos. El capital bancario se combina con el capital industrial en el supercapital financiero. Suponiendo que la concentración de la industria y de los bancos se produzca en la misma proporción que durante el último cuarto de siglo —en realidad el tempo de concentración va en aumento— en el curso del próximo cuarto de siglo los monopolistas habrán concentrado en sí mismos toda la economía del país sin dejar nada a los demás. Hemos aducido a las estadísticas de los Estados Unidos porque son más exactas y más sorprendentes. El proceso de concentración es esencialmente de carácter internacional. A través de las diversas etapas del capitalismo, a través de las fases de los ciclos de conexión, a través de todos los regímenes políticos, a través de los períodos de paz tanto como de los períodos de conflictos armados, el proceso de concentración de todas las grandes fortunas en un número de manos cada vez menor ha seguido adelante y continuará sin término. Durante los años de la Gran Guerra, cuando las naciones estaban heridas de muerte, cuando los mismos cuerpos políticos de la burguesía yacían aplastados bajo el peso de las deudas nacionales, cuando los sistemas fiscales rodaban hacia el abismo, arrastrando tras sí a las clases medias, los monopolistas obtenían provechos sin precedentes con la sangre y el barro. Las compañías más poderosas de los Estados Unidos aumentaron sus beneficios durante los años de la guerra dos, tres y hasta cuatro veces y aumentaron sus dividendos hasta el 300, el 400, el 900% y aún más. En 1840, ocho años antes de la publicación por Marx y Engels del Manifiesto del Partido Comunista, el famoso escritor francés Alexis de Tocqueville escribió en su libro La Democracia en América: "La gran riqueza tiende a desaparecer y el número de pequeñas fortunas a aumentar". Este pensamiento ha sido reiterado innumerables veces, al principio con referencia a los Estados Unidos, y luego con referencia a las otras jóvenes democracias: Australia y Nueva Zelanda. Por supuesto, la opinión de Tocqueville ya era errónea en su época. Aún más, la verdadera concentración de la riqueza comenzó únicamente después de la guerra civil norteamericana, en la víspera de la muerte de Tocqueville. A comienzos del siglo presente el 2% de la población de los Estados Unidos poseía ya más de la mitad de toda la riqueza del país; en 1929 ese mismo 2% poseía los tres quintos de la riqueza nacional. Al mismo tiempo, 36.000 familias ricas poseían una renta tan grande como once millones de familias de la clase media y pobre. Durante la crisis de 1929-1933 los establecimientos monopolistas no tenían necesidad de apelar a la caridad pública; por el contrario, se hicieron más poderosos que nunca en medio de la declinación general de la economía nacional. Durante la subsiguiente reacción industrial raquítica producida por la levadura del New Deal los monopolistas consiguieron nuevos beneficios. El número de los desocupados desminuyó en el mejor caso de veinte millones a diez millones; al mismo tiempo la capa superior de la sociedad capitalista —no más de 6.000 adultos— reunió dividendos fantásticos; esto es lo que subsecretario de Justicia Robert H. Jackson demostró con cifras durante su declaración ante la correspondiente comisión investigadora de los Estados Unidos (4). ¿Se ha hecho anticuada la teoría de Marx? Las cuestiones de la competencia, de la concentración de la riqueza y del monopolio llevan naturalmente a la cuestión de si en nuestra época la teoría económica de Marx no tiene más que un simple interés histórico —como, por ejemplo, la teoría de Adam Smith— o si sigue teniendo verdadera importancia. El criterio para responder a esta pregunta es simple: si la teoría estima correctamente el curso de la evolución y prevé el futuro mejor que las otras teorías, sigue siendo la teoría más adelantada de nuestra época, aunque tenga ya muchos años de edad. El famoso economista alemán Werner Sombart, que era virtualmente un marxista al comienzo de su carrera, pero que luego revisó todos los aspectos más revolucionarios de la doctrina de Marx, contradijo El capital de Marx con su Capitalismo, que probablemente es la exposición apologética más conocida de la economía burguesa en los tiempos recientes. Sombart escribió: "Karl Marx profetizó: primero, la miseria creciente de los trabajadores asalariados; segundo, la "concentración" general, con la desaparición de la clase de artesanos y labradores; tercero, el colapso catastrófico del capitalismo. Nada de esto ha ocurrido". A esos pronósticos equivocados Sombart contrapone sus propios pronósticos "estrictamente científicos". "El capitalismo subsistirá —según él— para transformarse internamente en la misma dirección en que ha comenzado ya a transformarse en la época de su apogeo: según se va haciendo viejo se va haciendo más y más tranquilo, sosegado, razonable". Tratemos de verificar, aunque no sea más que en sus líneas generales, quién de los dos está en lo cierto: Marx, con su propósito de la catástrofe, o Sombart, quien en nombre de toda economía burguesa prometió que las cosas se arreglarían de una manera "tranquila, sosegada y razonable". El lector convendrá en que el asunto es digno de estudio. A. La teoría de la miseria creciente "La acumulación de la riqueza en un polo —escribió Marx sesenta años antes que Sombart— es, en consecuencia, al mismo tiempo acumulación de miseria, sufrimiento en el trabajo, esclavitud, ignorancia, brutalidad, degradación mental en el polo opuesto, es decir en el lado de la clase que produce su producto en la forma de capital". Esa tesis de Marx, bajo el nombre de "Teoría de la miseria creciente", ha sido sometida a ataques constantes por parte de los reformadores democráticos y socialdemócratas, especialmente durante el período de 1896 a 1914, cuando el capitalismo se desarrolló rápidamente e hizo ciertas concesiones a los trabajadores, especialmente a su estrato superior. Después de la Guerra Mundial, cuando la burguesía, asustada por sus propios crímenes y la Revolución de Octubre, tomó el camino de las reformas sociales anunciadas, el valor de las cuales fue anulado simultáneamente por la inflación y la desocupación, la teoría de la transformación progresiva de la sociedad capitalista pareció completamente asegurada a los reformistas y a los profesores burgueses. "La compra de fuerza de trabajo asalariada —nos asegura Sombart en 1928— ha crecido en proporción directa a la expansión de la producción capitalista". En realidad, la contradicción económica entre el proletariado y la burguesía fue agravada durante los períodos más prósperos del desarrollo capitalista, cuando el ascenso del nivel de vida de cierta capa de trabajadores, el cual a veces era más bien extensivo, ocultó la disminución de la participación del proletariado en la fortuna nacional. De este modo, precisamente antes de caer en la postración, la producción industrial de los Estados Unidos, por ejemplo, aumentó en un 50% entre 1920 y 1930, en tanto que la suma pagada por salarios aumentó únicamente en un 30%, lo que significa una tremenda disminución de la participación del trabajo en las rentas nacionales. En 1930 se inició un terrible aumento de la desocupación, y en 1933 una ayuda más o menos sistemática a los desocupados, quienes recibieron en la forma de alivio apenas más de la mitad de lo que habían perdido en la forma de salarios. La alusión del progreso "ininterrumpido" de todas las clases se ha desvanecido sin dejar rastro. La declinación relativa del nivel de vida de las masas ha sido superada por la declinación absoluta. Los trabajadores comenzaron por economizar en sus modestas diversiones, luego en sus vestidos y finalmente en sus alimentos. Los artículos y productos de calidad media han sido substituidos por los de calidad mediocre y los de calidad mediocre por los de calidad francamente mala. Los sindicatos comenzaron a parecerse al hombre que cuelga desesperadamente del pasamanos mientras desciende vertiginosamente en un ascensor. Con el 6% de la población mundial, los Estados Unidos poseen el 40% de la riqueza mundial. Además un tercio de la nación, como lo admite el propio Roosevelt, está mal nutrido, vestido inadecuadamente y vive en condiciones inferiores a las humanas. ¿Qué se podría decir, pues, de los países mucho menos privilegiados? La historia del mundo capitalista desde la última guerra confirma de una manera irrefutable la llamada "teoría de la miseria creciente". El régimen fascista, el cual reduce simplemente al máximo los límites de la decadencia y de la reacción inherentes a todo capitalismo imperialista, se hizo indispensable cuando la degeneración del capitalismo hizo desaparecer toda posibilidad de mantener ilusiones con respecto a la elevación del nivel de vida del proletariado. La dictadura fascista significa el abierto reconocimiento de la tendencia al empobrecimiento, que todavía tratan de ocultar las democracias imperialistas más ricas. Mussolini y Hitler persiguen al marxismo con tanto odio, precisamente, porque su propio régimen es la confirmación más horrible de los pronósticos marxistas. El mundo civilizado se indignó, o pretendió indignarse, cuando Goering, con el tono de verdugo y de bufón que le es peculiar, declaró que los cañones son más importantes que la manteca, o cuando Cagliostro–Casanova–Mussolini advirtió a los trabajadores de Italia que debían apretarse los cinturones de sus camisas negras. ¿Pero acaso no ocurre substancialmente lo mismo en las democracias imperialistas? En todas partes se utiliza la manteca para engrasar los cañones. Los trabajadores de Francia, Inglaterra y los Estados Unidos aprenden a estrechar sus cinturones sin tener camisas negras. B. El ejército de reserva y la nueva subclase de los desocupados El ejército de reserva industrial forma una parte componente indispensable del mecanismo social del capitalismo, tanto como la reserva de máquinas y de materias primas en las fábricas o de productos manufacturados en los almacenes. Ni la expansión general de la producción ni la adaptación del capital a la marea periódica del ciclo industrial serían posibles sin una reserva de fuerza de trabajo. De la tendencia general de la evolución capitalista —el aumento del capital constante (máquinas y materias primas) a expensas del capital variable (fuerza de trabajo)— Marx saca esta conclusión: "Cuanto mayor es la riqueza social... tanto mayor es el ejército industrial de reserva... Cuanto mayor es la masa de sobrepoblación consolidada... tanto mayor es la pobreza oficial. Esta es la ley general absoluta de la acumulación capitalista". Esta tesis —unida indisolublemente con la "teoría de la miseria creciente" y denunciada durante muchos años como "exagerada", "tendenciosa" y "demagógica"— se ha convertido ahora en la imagen teórica irreprochable de las cosas tales como son. El actual ejército de desocupados ya no puede ser considerado como un "ejército de reserva", pues su masa fundamental no puede tener ya esperanza alguna de volver a ocuparse; por el contrario, está destinada a ser engrosada con una afluencia constante de desocupados adicionales. La desintegración del capital ha traido consigo toda una generación de jóvenes que nunca han tenido un empleo y que no tienen esperanza alguna de conseguirlo. Esta nueva subclase entre el proletariado y el semiproletariado está obligada a vivir a expensas de la sociedad. Se ha calculado que en el curso de nueve años (1930–1938) la desocupación ha privado a la economía de los Estados Unidos de más de 43 millones de años de trabajo humano. Si se considera que en 1929, en el cenit de la prosperidad, había dos millones de desocupados en los Estados Unidos y que durante esos nueve años el número de trabajadores potenciales ha aumentado hasta cinco millones, el número total de años de trabajo humano perdido debe ser incomparablemente mayor. Un régimen social afectado por semejante plaga se halla enfermo de muerte. La diagnosis exacta de esa enfermedad fue hecha hace cerca de ochenta años, cuando la enfermedad misma se hallaba en germen. C. La decadencia de las clases medias Las cifras que demuestran la concentración del capital indican al mismo tiempo que la gravitación específica de la clase media en la producción y su participación en la riqueza nacional han ido decayendo constantemente, en tanto que las pequeñas propiedades han sido completamente absorbidas y reducidas de grado y desprovistas de su independencia, convirtiéndose en un mero símbolo de un trabajo insoportable y de una necesidad desesperada. Al mismo tiempo, es cierto, el desarrollo del capitalismo ha estimulado considerablemente un aumento en el ejército de técnicos, directores, empleados, abogados, médicos: en una palabra, la llamada "nueva clase media". Pero este estrato, cuya existencia no tenía ya misterios para Marx, tiene poco que ver con la vieja clase media, que en la propiedad de sus medios de producción tenía una garantía tangible de independencia económica. La "nueva clase media" depende más directamente de los capitalistas que los trabajadores. Es cierto que la clase media es en gran parte la que señala su tarea. Además se ha advertido en ella una considerable sobreproducción, con su consecuencia: la degradación social. "La información estadística segura —afirma una persona tan alejada del marxismo como el ya citado Mr. Homer S. Commings— demuestra que muchas unidades industriales han desaparecido completamente y que lo que ha ocurrido es una eliminación progresiva de los pequeños hombres de negocios como un factor en la vida norteamericana". Pero según objeta Sombart, "la concentración general, con la desaparición de la clase de artesanos y labradores" no se ha producido todavía. Como todo teórico, Marx comenzó por aislar las tendencias fundamentales en su forma pura; de otro modo hubiera sido completamente imposible comprender el destino de la sociedad capitalista. El propio Marx era, sin embargo, perfectamente capaz de examinar el fenómeno de la vida a la luz del análisis concreto, como un producto de la concatenación de diversos factores históricos. Las leyes de Newton no han sido invalidadas seguramente por el hecho de que la velocidad en la caída de los cuerpos varía bajo condiciones diferentes o de que las órbitas de los planetas están sujetas a perturbaciones. Para comprender la llamada "tenacidad" de las clases medias es bueno recordar que las dos tendencias, la ruina de las clases medias y la transformación de esas clases arruinadas en proletarios, no se producen al mismo ritmo ni con la misma extensión. De la creciente preponderancia de la máquina sobre la fuerza de trabajo se sigue que cuanto más lejos va el proceso de arruinamiento de las clases medias tanto más atrás deja al proceso de su proletarización; en realidad, en una determinada oportunidad, el último puede cesar enteramente e incluso retroceder. Así como la actuación de las leyes fisiológicas produce resultados diferentes en un organismo en crecimiento que en uno en declinación, así también las leyes económicas de la economía marxista actúan de manera distinta en un capitalismo en desarrollo que en un capitalismo en desintegración. Esta diferencia queda patente con especial claridad en las relaciones mutuas entre la ciudad y el campo. La población rural de los Estados Unidos, que crece comparativamente a una velocidad menor que el total de la población, siguió creciendo en cifras absolutas hasta 1910, fecha en que llegó a más de 32 millones. Durante los veinte años siguientes, a pesar del rápido aumento de la población total, la del campo bajó a 30,4 millones, es decir, 1,6 millones. Pero en 1935 se elevó otra vez a 32,8 millones, con un aumento en comparación con 1930 de 2,4 millones. Esta vuelta de la rueda, sorprendente a primera vista, no refuta en lo más mínimo la tendencia de la población urbana a crecer a expensas de la población rural, ni la tendencia de las clases medias a ser atomizadas, mientras que al mismo tiempo demuestra, de la manera más categórica, la desintegración del sistema capitalista en su conjunto. El aumento de la población rural durante el período de crisis aguda de 1930-1935 se explica sencillamente por el hecho de que poco menos de dos millones de pobladores urbanos, o, hablando con más exactitud, dos millones de desocupados hambrientos, se trasladaron al campo, a tierras abandonadas por los labradores o a granjas de sus parientes y amigos, con objeto de emplear su fuerza de trabajo, rechazada por la sociedad, en la economía natural productiva y poder vivir una existencia semihambrienta en vez de morirse totalmente de hambre. De aquí se deduce que no se trata de una cuestión de estabilidad de los labradores, artesanos y comerciantes, sino más bien de la abyecta desesperación de su situación. Lejos de constituir una garantía para el futuro, la clase media es una reliquia infortunada y trágica del pasado. Incapaz de suprimirla por completo, el capitalismo se las ha arreglado para reducirla al mayor grado de degradación y de miseria. Al labrador se le niega no sólamente la renta que se le debe por su lote de terreno y el beneficio del capital que ha invertido en él, sino también una buena porción de su salario. De una manera similar, la pobre gente que reside en la ciudad se inquieta en el reducido espacio que se le concede entre la vida económica y la muerte. La clase media no se proletariza únicamente porque se depaupera. A este respecto es tan difícil encontrar un argumento contra Marx como en favor del capitalismo. D. La crisis industrial El final del siglo pasado y el comienzo del presente se han caracterizado por un progreso tan abrumador debido al capitalismo, que las crisis cíclicas parecían no ser más que molestias "acccidentales". Durante los años de optimismo capitalista casi universal los críticos de Marx nos aseguraban que el desarrollo nacional e internacional de los truts, sindicatos y cárteles introducía en el mercado una organización bien planeada y presagiaba el triunfo final sobre la crisis. Según Sombart, las crisis habían sido ya "abolidas" antes de la guerra por el mecanismo del propio capitalismo, de tal modo que "el problema de las crisis nos deja hoy día virtualmente indiferentes". Ahora bien, sólamente diez años más tarde, esas palabras sonaban a burla, en tanto que el pronóstico de Marx se nos aparece hoy en día en toda la medida de su trágica fuerza lógica. Es notable que la prensa capitalista, que pretende negar a medias la existencia de los monopolios, parta de la afirmación de esos mismos monopolios para negar a medias la anarquía capitalista. Si sesenta familias dirigen la vida económica de los Estados Unidos, The New York Times observa irónicamente: "Esto demostraría que el capitalismo norteamericano, lejos de ser anárquico y sin plan alguno, se halla organizado con gran precisión". Este argumento yerra el blanco. El capitalismo ha sido incapaz de desarrollar una sola de sus tendencias hasta el fin. Así como la concentración de la riqueza no suprime a la clase media, así tampoco suprime el monopolio a la competencia, pues sólo la derriba y la destroza. Ni el "plan" de cada una de las sesenta familias ni las diversas variantes de esos planes se hallan integrados en lo más mínimo en la coordinación de las diferentes ramas de la economía, sino más bien en el aumento de los beneficios de su camarilla monopolista a expensas de otras camarillas y a expensas de toda la nación. En ultimo término, el entrecruzamiento de semejantes planes no hace más que profundizar la anarquía en la economía nacional. La crisis de 1929 se produjo en los Estados Unidos un año después de haber declarado Sombart la completa indiferencia de "ciencia" con respecto al problema de la crisis. Desde la cumbre de una prosperidad sin precedente la economía de los Estados Unidos fue lanzada al abismo de una postración monstruosa. ¡Nadie podía haber concebido en la época de Marx convulsiones de tal magnitud! La renta nacional de los Estados Unidos se había elevado por primera vez en 1920 a sesenta y nueve mil millones de dólares únicamente para caer el año siguiente a ciencuenta mil millones de dólares, es decir, un descenso del 27%. Como consecuencia de la prosperidad de los pocos años siguientes, la renta nacional se elevó de nuevo, en 1929, a su punto máximo de ochenta y un mil millones de dólares, para descender en 1932 a cuarenta mil millones de dólares, es decir a menos de la mitad. Durante los nueve años de 1930 a 1938 se perdieron, aproximadamente, cuarenta y tres millones de años humanos de trabajo y ciento treinta y tres mil millones de dólares de la renta nacional, teniendo en cuenta las normas de trabajo y las rentas de 1929, época en que sólamente había dos millones de desocupados. Si todo esto no es anarquía, ¿cuál puede ser el significado de esa palabra? E. La teoría del colapso Las inteligencias y los corazones de los intelectuales de la clase media y de los burócratas de los sindicatos estuvieron casi completamente dominados por las hazañas logradas por el capitalismo entre la época de la muerte de Marx y el comienzo de la Guerra Mundial. La idea del progreso gradual (evolución) parecía haberse asegurado para siempre, en tanto que la idea de revolución era considerada como una mera reliquia de la barbarie. El pronóstico de Marx era contrastado con el pronóstico cualitativamente contrario sobre la distribución mejor equilibrada de la fortuna nacional con la suavización de las contradicciones de clase, y con la reforma gradual de la sociedad capitalista. Jean Jaurés, el mejor dotado de los socialdemócratas de esa época clásica, esperaba ajustar gradualmente la democracia política a la satisfacción de las necesidades sociales. En eso reside la esencia del reformismo. ¿Qué ha salido de ello? La vida del capitalismo monopolista de nuestra época es una cadena de crisis. Cada una de las crisis es una catástrofe. La necesidad de salvarse de esas catástrofes parciales por medio de murallas aduaneras, de la inflación, del aumento de los gastos del gobierno y de las deudas, prepara el terreno para otras crisis mas profundas y más extensas. La lucha por conseguir mercados, materias primas y colonias hace inevitables las catástrofes militares. Y todo ello prepara las catástrofes revolucionarias. Ciertamente no es fácil convenir con Sombart en que el capitalismo actuante se hace cada vez más "tranquilo, sosegado y razonable". Sería más acertado decir que está perdiendo sus últimos vestigios de razón. En cualquier caso no hay duda de que la "teoría del colapso" ha triunfado sobre la teoría del desarrollo pacífico. La decadencia del capitalismo Por costoso que haya sido el dominio del mercado para la sociedad, hasta cierta etapa, aproximadamente hasta la Guerra Mundial, la humanidad creció, se desarrolló y se enriqueció a través de las crisis parciales y generales. La propiedad privada de los medios de producción siguió siendo en esa época un factor relativamente progresista. Pero ahora el dominio ciego de la ley del valor se niega a prestar más servicios. El progreso humano se ha detenido en un callejón sin salida. A pesar de los últimos triunfos del pensamiento técnico, las fuerzas productoras naturales ya no aumentan. El síntoma más claro de la decadencia es el estancamiento mundial de la industria de la construcción, como consecuencia de la paralización de nuevas inversiones en las ramas básicas de la economía. Los capitalistas ya no son sencillamente capaces de creer en el futuro de su propio sistema. Las construcciones estimuladas por el gobierno significan un aumento en los impuestos y la contracción de la renta nacional "sin trabas", especialmente desde que la parte principal de las nuevas construcciones del gobierno está destinada directamente a objetivos bélicos. El marasmo ha adquirido un carácter particularmente degradante en la esfera más antigua de la actividad humana, en la más estrechamente relacionada con las necesidades vitales del hombre: la agricultura. No satisfechos ya con los obstáculos que la propiedad privada, en su forma más reaccionaria, la de los pequeños terratenientes, opone al desarrollo de la agricultura, los gobiernos capitalistas se ven obligados con frecuencia a limitar la producción artificialmente con la ayuda de medidas legislativas y administrativas que hubieran asustado a los artesanos de los gremios en la época de su decadencia. Deberá ser recordado por la historia que los gobiernos de los países capitalistas más poderosos concedieron premios a los agricultores para que redujeran sus plantaciones, es decir, para disminuir artificialmente la renta nacional ya en disminución. Los resultados son evidentes por sí mismos: a pesar de las grandiosas posibilidades de producción, aseguradas por la experiencia y la ciencia, la economía agraria no sale de una crisis putrescente, mientras que el número de hambrientos, la mayoría predominante de la humanidad, sigue creciendo con mayor rapidez que la población de nuestro planeta. Los conservadores consideran que se trata de una buena política para defender el orden social que ha descendido a una locura tan destructiva y condenan la lucha del socialismo contra semejante locura como una utopía destructiva. IR A LA SEGUNDA PARTE
"¿Que es el Marxismo?" por Leon Trotsky
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