La presidente sigue pavoneándose por encima de la ley. Es la manera en que ella entiende el Estado: sus normas son aplicables a los demás y no a ella porque ella las dicta y el Estado es ella.
Su grosera violación a la ley electoral que prohíbe expresamente usar “inauguraciones” de obras por entender que se tratan de una obvia simulación de un acto de gobierno que se usan como un acto de campaña, se hace a la vista de todo el mundo, sin el menor rubor; al contrario, se le enrostra esa desigualdad, ese desequilibrio del poder a todos los que no pueden hacer lo mismo. No importa que se den cuenta, que aparezcan las críticas: ella ya lo hizo, ya consiguió lo que quería. Y no pasa nada. No le pasa nada.
Tanto el fiscal electoral Jorge Di Lello como el ubicuo Director Nacional Electoral, Alejandro Tullio, le restaron entidad a estas violaciones. La oposición sí presentó un recurso ante la Jueza Maria Servini de Cubría pero nadie sabe qué efectos concretos tendrá.
Lo curioso es que la ley no establece ninguna sanción contra lo que prohibe. ¿Qué clase de prohibición es aquella que, si se viola, no acarrea ninguna consecuencia?
La presidente encadenó tres participaciones al hilo en abierto desacato al artículo 93 de la ley 26571 de “Reforma Política”. Primero lo hizo con un discurso de campaña en la inauguración de una fábrica de lavarropas, luego en el aniversario de la Bolsa de Comercio en donde anunció un aumento a los jubilados como si el mérito fuera de ella y de su gobierno y no la consecuencia automática de la aplicación de una ley; y ayer en Salta y Jujuy en donde se despachó a gusto en ocasión de inaugurar un gasoducto de 135 millones de pesos junto a todos los candidatos del FPV que la aplaudían como se aplaude a los jefes a los que no se puede contrariar.
Mientras a otros candidatos (como Francisco de Narvaez, por ejemplo) se los obligó tiempo atrás a suspender unos comerciales por la presentación judicial que hizo el esperanzado aspirante Sergio Uribarri, la presidente puede hacer sus necesidades en la tapa del piano sin que a nadie le parezca demasiado grave.
No hay dudas que la Sra de Kirchner estira la cuerda, mide constantemente el umbral de tolerancia de la sociedad, yendo en cada intento un paso más adelante. Avanza ante la indiferencia, la genuflexión y el servilismo de las instituciones y ante una platea a la que estas “minucias” no parecen importarle. Mientras, ella sigue consiguiendo sus objetivos; lo hecho, hecho está.
A la presidente solo le interesa el poder; ser poderosa, la más poderosa; aquella a la que no se le dice que no; aquella cuyos caprichos deben entenderse como ordenes directas a los demás. Para conseguir ese objetivo está dispuesta a todo. Por supuesto que violar la ley es un “daño” colateral menor al lado del objetivo conseguido.
Una vez terminada la temporada en que hay que revalidar el poder (la campaña y las elecciones) el poder se usa, no para resolver los problemas de los demás, sino para ver las consecuencias de su ejercicio sobre la capitulación ajena. Es una especie de regodeo y goce por ver las manifestaciones materiales que el ejercicio ilimitado de la autoridad tiene sobre los otros.
Pero esta relación que la presidente propone necesita un sujeto pasivo; necesita un masoquista. La dominante ejerce su poder sobre alguien que deja dominarse, sobre un sumiso y humillado cuerpo que se presta para que su ama se divierta un rato. No hay reglas en esa relación más que las que la ama impone. El esclavo no tiene derechos. Su dueña se reiría ante la mera visualización de una imagen en donde el esclavo pudiera reclamar y ella eventualmente verse obligada a responder o a detener su caprichosa voluntad.
Por eso las permisividades presidenciales tienen una contracara en la sociedad. Nada de lo que la Sra de Kirchner hace es de su exclusiva creación. Se trata de una trama con coprotagonistas: nosotros. La sociedad no ha sabido construir un entramado legal que la ponga a salvo de sus propios amos. Y quizás sea porque le guste tener amos. Quizás sea porque le gusta idolatrar a quien está por encima de la ley, a quien está “ab-suelto” de ella; a quien es “absoluto”.
La presidente ha descubierto el gen de este raro erotismo argentino. No ha sido la única, claro está. Pero en su condición de mujer es la que mejor lo ha descifrado y la que más lo disfruta. Desde allí decide quedarse con los medios, con la Justicia, con las empresas, con los militares. Suma fetiches a sus posesiones solo para confirmar ante su propio espejo que no hay nada por encima de su voluntad. Ni la democracia, ni la ley electoral, ni la ley, ni la Constitución.
Parada por encima nuestro, por encima de las normas, con todos lamiendo la punta de sus pies, se siente plena, haciendo lo que le viene en gana. Sin límites, sin responsabilidades. Sola. Y con el poder de hacer lo que se le cante.