Lejos de lo que, seguramente seguramente escuchaste siempre en los programas infantiles y en las caricaturas, la última persona en la que puedes confiar eres tú...
El cerebro es un aparato complejo y sofisticado; de hecho, no conocemos algo más impresionante que éste en todo el universo. Sin embargo, su complejidad y sofisticación, es también uno de sus puntos débiles. El cerebro, con tal de ser eficiente y súper rápido, es capaz de construir e inventar información, que en realidad no se tiene, en función de poder rellenar los agujeros o huecos que la simple cognición sensorial no es capaz de cubrir tras realizar su trabajo de percepción.
Las denominadas "ediciones cerebrales" son mecanismos intelectuales encargados de completar, adaptar, encajar, o deducir, la información necesaria para conseguir que el conocimiento adquirido tenga la consistencia necesaria para poder utilizarlo y operar con él; aún si, en realidad, no se ha entendido por completo, y si se ignoran muchos elementos importantes que nos permitirían comprenderlo realmente y en completitud.
Esta herramienta tan útil es, al mismo tiempo, una trampa peligrosa que fácilmente nos hace caer en errores y en equivocaciones. El cerebro empuja a sentir que se sabe y se entiende lo que en realidad no se sabe ni se entiende; pues la incertidumbre y la angustia por la falta de completitud en el conocimiento, dejaría inoperante al hombre que no es tan distinto a una máquina.
La primera vez que vemos a una persona, el cerebro forma una imagen en torno a el aspecto físico, el tono de voz, la acción ejecutada, y su base de datos construida en torno a aprendizajes y experiencias previas. Sin conocer a la persona, el cerebro ya considera conocerle; e inmediatamente nos dice si se trata de una "buena" o una "mala" persona. Siendo que en realidad no sabemos nada de ella. No sabemos si una sonrisa es por la alegría de que realizó un regalo a un amigo; o si la sonrisa es debido a un fraude donde se hizo de mucho dinero de forma incorrecta. Podemos pensar que se trata de una persona muy alegre y positiva, cuando en realidad puede tratarse de una persona peligrosa y destructiva.
Imaginamos a las personas; tanto si se conocen recién, como si se conocen y se convive con ellas desde hace varios años atrás. En ellas vemos e imaginamos lo que queremos en función de nuestras ediciones cerebrales, nuestros conceptos, y nuestra búsqueda de sensaciones placenteras.
También nos imaginamos nosotros mismos, pues nuestra opinión sobre el quién soy está construida a partir de lo que el resto de las personas perciben de nosotros en base a lo que cada quien imagina ver en uno. Nos relacionamos con espejos, no con personas; y las personas se relacionan con sus espejos; no con nosotros.
El cerebro es un aparato complejo y sofisticado; de hecho, no conocemos algo más impresionante que éste en todo el universo. Sin embargo, su complejidad y sofisticación, es también uno de sus puntos débiles. El cerebro, con tal de ser eficiente y súper rápido, es capaz de construir e inventar información, que en realidad no se tiene, en función de poder rellenar los agujeros o huecos que la simple cognición sensorial no es capaz de cubrir tras realizar su trabajo de percepción.
Las denominadas "ediciones cerebrales" son mecanismos intelectuales encargados de completar, adaptar, encajar, o deducir, la información necesaria para conseguir que el conocimiento adquirido tenga la consistencia necesaria para poder utilizarlo y operar con él; aún si, en realidad, no se ha entendido por completo, y si se ignoran muchos elementos importantes que nos permitirían comprenderlo realmente y en completitud.
Esta herramienta tan útil es, al mismo tiempo, una trampa peligrosa que fácilmente nos hace caer en errores y en equivocaciones. El cerebro empuja a sentir que se sabe y se entiende lo que en realidad no se sabe ni se entiende; pues la incertidumbre y la angustia por la falta de completitud en el conocimiento, dejaría inoperante al hombre que no es tan distinto a una máquina.
La primera vez que vemos a una persona, el cerebro forma una imagen en torno a el aspecto físico, el tono de voz, la acción ejecutada, y su base de datos construida en torno a aprendizajes y experiencias previas. Sin conocer a la persona, el cerebro ya considera conocerle; e inmediatamente nos dice si se trata de una "buena" o una "mala" persona. Siendo que en realidad no sabemos nada de ella. No sabemos si una sonrisa es por la alegría de que realizó un regalo a un amigo; o si la sonrisa es debido a un fraude donde se hizo de mucho dinero de forma incorrecta. Podemos pensar que se trata de una persona muy alegre y positiva, cuando en realidad puede tratarse de una persona peligrosa y destructiva.
Imaginamos a las personas; tanto si se conocen recién, como si se conocen y se convive con ellas desde hace varios años atrás. En ellas vemos e imaginamos lo que queremos en función de nuestras ediciones cerebrales, nuestros conceptos, y nuestra búsqueda de sensaciones placenteras.
También nos imaginamos nosotros mismos, pues nuestra opinión sobre el quién soy está construida a partir de lo que el resto de las personas perciben de nosotros en base a lo que cada quien imagina ver en uno. Nos relacionamos con espejos, no con personas; y las personas se relacionan con sus espejos; no con nosotros.