En el ensayo “De alemanes a nazis (1914-1933)”, Peter Fritzche contrapone un sujeto político de gran movilidad y activismo en la dinámica social de la Alemania de esos años frente a la idea del ciudadano pasivo que aquejado por la depresión económica habría empedrado con su apatía el camino del poder al partido nazi.
En su investigación, editada por Siglo Veintiuno, Fritzche, registra las oscilaciones del espectro político alemán entre dos momentos cruciales: la Alemania derrotada en la primera Guerra Mundial de 1914 y el triunfo del partido nazi en las elecciones de 1933.
Según el autor, esa primera contienda “transformó el nacionalismo alemán confiriéndole una profundidad emocional, ligándolo a la reforma social y a los derechos políticos”, en tanto el pueblo que hasta allí se había limitado a ser mero espectador de los desfiles, ganó las calles y comenzó a reconocerse como sujeto histórico.
La guerra cohesionó un sentir nacional verificable en las grandes movilizaciones, con un 85 por ciento de varones aptos listos para combatir, numerosas mujeres integradas al trabajo como obreras industriales, y miles de jóvenes inscriptos en la Cruz Roja.
La reorganización de posguerra tuvo que ver con el tránsito de formas nuevas -de la monarquía a la República- y situaciones de crisis aguda -racionamiento de alimentos, desempleo- más una búsqueda de identidad que fue derivando hacia el nacionalismo exacerbado a medida que se cuestionaba a los partidos políticos tradicionales: liberales, socialdemócratas y conservadores.
Esa animosidad, extendida al “parlamentarismo burgués”, las élites, o los “capitalistas corruptos”, sería capitalizada por el nazismo.
Quizá un capítulo débil del ensayo lo constituya el dedicado a la Revolución de 1918, un punto de inflexión de la historia alemana con la pugna entre socialdemócratas reformistas y radicalizados, y el enfrentamiento de sectores de izquierda con organizaciones paramilitares, especialmente los “Cuerpos de Voluntarios Armados”.
Así, los asesinatos de líderes fundamentales como Rosa Luxemburgo y Kart Liebknecht, el ataque a la Liga Espartaquista, la proclamación de la República Socialista de Alemania y las maniobras de reformistas como Friedrich Ebert se diluyen en generalidades del relato.
La situación insurreccional de esos años a cargo de obreros y soldados que organizan “consejos revolucionarios” y buscan “una revolución total” (aunque, según Fritzche, la posición de esos trabajadores “no era tan unánime ni tan radical”) produjo la contracción de la burguesía.
El contraataque no tardó en llegar agitando el fantasma de la Revolución Soviética, multiplicando el odio a judíos y eslavos, y uniendo a sectores diversos: comerciantes, artesanos y granjeros de clase media, con los nostálgicos del imperio, veteranos de guerra y nacionalistas fanáticos lanzados a aplastar la revuelta marxista.
Esta franja que iba a desembocar en el nazismo se ensanchó con los grupos paramilitares: “Cuerpos de Voluntarios Armados”, “Guardias Cívicas”, “Joven Orden Alemán” y “Cascos de Acero”, este último dedicado a revitalizar la “sociabilidad nacionalista” organizando festejos patrióticos y a la vez combatiendo duramente a la izquierda. Fritzche habla de “una tendencia populista” direccionada hacia un nacionalismo radical”, y agrega que entre “1919 y 1920 más de un millón de hombres fueron reclutados en actividades paramilitares”.
Sectores nacionalistas llevaron a cabo un intenso trabajo de base alrededor de clubes sociales -tiro, ciclismo, remo, gimnasia y teatro- con ceremonias a la bandera, desfiles y coros que interpretaban canciones patrióticas; modalidad que utilizaría luego el intenso activismo nazi para insertarse en la vida social de provincia.
Aunque Fritzche repite que había un electorado “versátil”, el martillar del partido nazi sobre el orgullo nacional y la reforma social atrajo por igual a jóvenes y a veteranos de guerra, ciudadanos de clase media y trabajadores, pasando de un 2,6% de votos en 1928 a 37,4 por ciento en 1932. La idea de Hitler respecto a una nación racialmente pura, productiva y militarmente poderosa, lo condujo “a buscar audiencias cada vez mayores, a atraer a trabajadores socialistas y a construir lentamente la maquinaria de un movimiento político de masas”.
En enero de 1933, cuando Hitler se deslizó por la agrietada democracia parlamentaria hacia el puesto de canciller, casi un millón de berlineses ovacionaron el desfile de las formaciones paramilitares confiados en que una “conducción fuerte y autoritaria” iba a restaurar “el prestigio nacional de Alemania” pisoteado por el Tratado de Versalles.
Si bien, señala Fritzche, “no todos” apoyaban al régimen (en alusión a la resistencia de comunistas, socialdemócratas y adherentes al Partido Católico del Centro), entre sus conclusiones menciona “a la mayoría de los alemanes (como) cómplices del nazismo”.
El ensayista alemán cataloga a los nazis como “innovadores ideológicos” al romper “con los administradores liberales del Estado, los conservadores sociales y los autoritarios tradicionales”.
El electorado, aduce Fritzche, buscaba un movimiento político “desembozadamente nacionalista con la mirada puesta al futuro, abierto a todos los estratos de la sociedad, que reconociese los reclamos de los ciudadanos”.
Ese movimiento fue el Partido Nacional Socialista de los Trabajadores que unió los íconos del “trabajador” y el “soldado”, convirtiéndose en 1933 en el más grande de Alemania.