Entre Buenos Aires y Nueva York, poco después de que le detectaran un problema circulatorio, Gustavo habló de la vida intensa del rock y de los hábitos que ya no estaba dispuesto a dejar.
Se sentó y eligió una butaca amplia y de espaldas a la ventana. Miró la carta, vegetariana, del restaurante propuesto por él y preguntó por la hamburguesa veggie. Se aseguró que no fuera de soja. Pidió agua. Y tomó nota de que, como todo lugar cerrado de Nueva York, no se podía fumar en el salón. Lo mencionó. Luego lo convirtió en el tema recurrente de la conversación que se extendió más allá del almuerzo; el cigarrillo como eje de todos los vicios. No sólo el humo ni las toxinas, sino el hábito en sí, la costumbre y la estética del tabaco. Venía de recibir una alerta médica sin igual: una trombosis avanzada afectó su pierna derecha y puso en evidencia la gravedad del estado de su sistema circulatorio.
Estábamos en una esquina del barrio del SoHo, epicentro de la ciudad cool y gastronómica. Minutos después, caminando por la avenida Broadway, Gustavo Cerati contaría algunos aspectos no develados de la relación con su padre, de las fantasías infantiles de chico de Villa Urquiza clase 1959 para el que un viaje en avión era tan diferente como un cohete. Horas después bromearía sobre las máquinas de humo, subido al escenario, desde la prueba de sonido de un show gratuito en el Central Park, que amplificaba en escala continental el fervor que despertaba en la comunidad rockera latina.
Pero durante ese largo almuerzo, el cigarrillo, su impronta, fue protagonista: "Ahora siento que no me quedaba bien, me veo hasta ridículo con el cigarrillo en la mano. El otro día estaba viendo algunas cosas, momentos antiguos registrados en videos, veía qué tan asociado estaba realmente el cigarrillo a mi vida. No digo que lo haya dejado de estar porque de alguna manera va a seguir estando, como un alcohólico, después de tantos años, pero ya hasta me parece extraño verme así".
Para Gustavo, como para muchos otros artistas, la tapa de Rolling Stone representaba algo relevante. No fue una de esas ambiciosas entrevistas biográficas que la revista suele pretender, que los cronistas abordamos con dedicación e intensidad. Fue algo más, fue una nota biológica. Un cuadro de situación clínico, no sólo de la enfermedad reciente (a partir de la cual, tres pastillas diarias lo acompañaban y una inyección anticoagulante precedía cada viaje en avión), sino de las patologías profundas de uno de los más grandes compositores y estrellas de la música nacional.
Al pasar dijo una frase que encerraba más de lo que admitía: "Con los años se aflojan los tensores del cuerpo, pero también de la personalidad". Así reconocía que estaba dispuesto a la charla frontal, a no disimular su sentido del humor, algo corrosivo, poco concesivo; a no maquillar sus debilidades físicas, ni su hipótesis más visceral, más genuina, acaso letal: tantos años de vicios, explícitamente cocaína, cigarrillo, alcohol y otros, traían consecuencias que según él, a sus 47 años de entonces, estaba pagando. Que debía pagar. Y estaba dispuesto a hacerlo, tanto como a seguir haciendo lo que, entendía, era su motor, su fuerza natural.
Así fue como aquella charla, la entrevista, el diálogo en confianza (que empezó con un encuentro en Buenos Aires, camino al aeropuerto de Ezeiza, con Oscar Jalil, coautor de la nota) se volvió mas biológico que biográfico: porque no se detiene en hechos y situaciones precisas sino que enlaza comportamientos y los contrasta con su devenir físico y artístico, público y privado. "Estamos en esto. Esto somos", resumía y confesaba después de reconocer que difícilmente podía dejar de salir de gira, y también de fumar. "Es nuestro trabajo, nuestra vida. Miramos el futuro preguntándonos: "¿Podremos seguir sintiendo así? ¿Podremos seguir siendo para siempre así?" Este disfrute, esta rutina. En el último tiempo recuperé la capacidad de disfrutarlo, ya casi no me planteo la posibilidad de parar. Es más, la fantasía de abandonar todo, de irme a pintar óleos a Uruguay, ya casi no aparece como posibilidad, la abandono antes de hacerme una idea clara de cómo sería mi vida así. Habría que ver si realmente soy capaz de vivir de otra manera. "¿Qué otra cosa pueeedo hacer?", como dice el tema."
Vale la pena detenerse en el momento preciso de la evolución biológica de ese espécimen único llamado Gustavo Cerati. Una década antes, diez años, lo que dura la carrera de algunos músicos, había disuelto Soda Stereo. Ya antes del "Gracias totales", tan sincero como indeleble, de 1997, se había sumergido en un campo de experimentación (recuerden el cuarteto Plan V, con tres músicos electrónicos chilenos), mientras parecía de disfrutar de una atípica, para él, rutina familiar. Más que una reclusión, su exilio había sido un amorfo bajo perfil, de conciertos de pequeña escala y esporádicas apariciones. De algún modo, se había salido con la suya: había desactivado el mayor artefacto pop de la historia del rock latino y seguía allí, como guitarrista invitado, casi como un solista under. Sin embargo, esa nota se hizo en pleno éxito de Ahi Vamos, el álbum que marca su regreso a la ambición, a "su" vida: rearmó una banda alrededor de su guitarra y la de Richard Coleman, y un disco y una gira alrededor de esa banda.
Pasaron apenas dos años más para que Gustavo le regalara a Rolling Stone el privilegio de tener la primera y única nota, con sesión de fotos (aquella de la visera de cuero) del regreso de Soda Stereo: había vuelto a fumar con el estrés de ese regreso pero tenía pocas ganas de admitirlo, acaso por vergüenza de saber que su desobediencia médica también traería consecuencias. En aquella ocasión habló además de su profundo vínculo geográfico con el barrio de Belgrano: de debutar con Soda en el Stud Free Pub de Pampa y Libertador, a despedirse en River, de la colimba a su relación intensa con su adorado Luis Alberto Spinetta.
Pero fue en aquella gira de Ahi Vamos, cuando la suma atronadora de las guitarras convertidas en pared de sonido (uno de los puntos más altos de aquellos shows) parecían tapar el susto con el que salió de la trombosis e iluminó la gravedad de los problemas circulatorios que terminaron con el fatídico episodio cardiovascular de Venezuela, los que desembocaron en el estado límbico en el que se encuentra hace casi tres años, dormido, sin cambios visibles, en la clínica de rehabilitación Alcla de Belgrano. Allí, su familia y un puñado de amigos (entre ellos Adrián Taverna, su entrañable sonidista, o el estilista Oscar Roho) lo visitan con constancia para dar crédito a que sus funciones vitales siguen estables, y que la kinesiología como disciplina mecánica mantiene un cuerpo sin funciones a salvo de la atrofia.
Para él, el humo (recuerden la tapa de Bocanada, uno de sus discos solistas menos exitosos pero personalísimo, audaz, experimental de la lírica diría yo) y la sangre ("Tracción a sangre" es una suerte de anatema del disco Fuerza Natural), dos de sus obsesiones, se combinaron fatalmente. Y hoy suena extraño referirse a él: cuando lo encontré poco después de aquella entrevista en Nueva York, tenía muy presente la sesión de fotos de Rolling, a cargo de Fernando Gutiérrez. Elogiaba la dirección de arte y destacaba tres aspectos: que la estética noir lo acercaba a la película Sin City, celebraba que hubieran agregado humo saliendo de las alcantarillas y agradecía que su presencia en la imagen fuera, casi, la de un fantasma.