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SERBIA. IRINA BOGDASCHEVSKI
Una vida para una novela del Siglo XX
Traductora de ruso y poeta, vive en Villa Elisa y en 1944 llegó a estar prisionera en un campo de concentración nazi.
Vive serena en su casa del arbolado barrio San Jorge, en Villa Elisa. Rodeada de libros, de pájaros, de amigas poetas que la acompañan. Cerca de allí residen su hijo, Fedor, y sus dos nietos. Y está también en ese hogar el recuerdo del marido ya fallecido, que llegó con ella al país -sin un solo recurso- y que trabajó como albañil primero y pudo ser años después un cotizado ingeniero en organismos técnicos de la Provincia. Lingüista, especializada en idiomas eslavos, admiradora de Dostoievsky, de Pushkin, de Mogol, de Eisenin, traductora del ruso de obras de Nabokov, Brodski, de Marina Tzevétaieva y Osip Mandelstam.
Su vida podría darle argumento a más de dos novelas y películas representativas del siglo XX. Nació en Belgrado en 1927 y a los diecisiete años de edad años se vio envuelta como víctima en lo más abyecto de la Segunda Guerra Mundial: estuvo prisionera en el campo de concentración nazi de Mauthausen, donde moriría su madre.
Se llama Irina Bogdaschevski, tiene 85 años, fue alumna de Borges, al que alguna vez corrigió cuando hablaba de escritores rusos y Borges le admitió el reto. Se convirtió de hecho en una suerte de embajadora literaria de la gran Rusia, su país adoptivo. Pero lo cierto es que su vida de jovencita, casi bucólica, se había visto de pronto amputada por el absurdo del autoritarismo. “Los nazis perseguían a los judíos, pero también buscaban trabajadores en el Este... A los judíos les obligaban a llevar la estrella amarilla, con la palabra “jude”. A nosotros nos ponían un cartelito que decía “Ost” (Este). Nos llevaron a todos nosotros a trabajar por la fuerza en aquel campo de concentración en Austria”.
“Un día me enteré en el campo de concentración que mi mamá había muerto. Fui a verla a una pieza que estaba arriba. Los guardias me encerraron con llave en esa pieza durante horas. De pronto se abrió la puerta y apareció un francés, otro prisionero, que era sólo piel y huesos. Se asustó, se conmovió, al verme tan sola. Y se ocupó de llevar el cuerpo de mi madre a otra sala… Cuando volvió me dijo preocupado: “¿usted rescató el anillo de su madre?”. Le dije que no. El hombre, que no me conocía, que no me debía nada, me dijo, “ya voy a buscarlo yo”. Al ratito volvió con el anillo de mamá y me lo dio. Pobre hombre, supongo que habrá muerto dos o tres días después. No podía ni tenerse en pie”.
Cuando terminó la guerra, Irina, su marido y los padres de éste decidieron quedarse en Austria. Llegaron los aliados y ellos fueron luego a Salzburgo, ya como emigrados rusos. Hubo un tiempo de calma e Irina se inscribió en la facultad de Medicina, ya que su madre había sido médica. Pero luego siguió estudios literarios en Insbruck. Se abrían entonces primeras puertas de salida para los refugiados. Para Irina y su familia los destinos posibles eran Australia, Argentina o Chile. Finalmente eligieron nuestro país y salieron de Hamburgo.
Llegaron y se hospedaron en el Hotel de Inmigrantes. “Lo más difícil del idioma para mi fue discriminar entre las palabras “cuánto” y “cuándo”. Muchos bebés, entre ellos su hijo, que habían viajado en el barco que los trajo llegaron con varicela o sarampión, así que dividieron a los 44 bebés en dos grupos, los internaron en el Muñiz y a Irina le tocó atender a uno de esos grupos. “No sabíamos el idioma, pero un médico que hablaba bien el francés me dio indicaciones muy valiosas, en un hospital que carecía de casi todo. Además veníamos del orden total de Austria…”
“Finalmente conseguimos una casilla en Gerli. Allí mi marido comenzó a trabajar de albañil y, al mismo tiempo, estudiaba en La Plata, en Ciencias Exactas. Mientras tanto yo fui aprendiendo cosas de este querido país. Por ejemplo pude ver que el gaucho argentino se parece mucho al cosaco. Hasta en los pantalones que usan y en eso de moverse por grandes extensiones, las enormes pampas y estepas”.
Pudieron comprar una pequeña radio y escuchar allí “Las dos carátulas”, en Radio Nacional. Empezaron a comprar diarios y ella, Irina, comenzó a escribir. “Ahora me quieren publicar parte de esos escritos. El libro se llamará Apuntes al margen de la vida”. Tengo un solo libro publicado. Pero traduje del ruso al argentino y también del argentino al ruso: en este último caso, traduje cuentos de Gabriel Báñez, de Griselda Gambaro, de Sara Gallardo, de Leopoldo Brizuela y de Paulina Juwsko”.
Colaboró en el emblemático diario La Opinión y cayó, otra vez, víctima del autoritarismo militar: “estuve prohibida durante el Proceso”. Comenzó a ser valorada en muchos círculos literarios, a pesar de que su bajo perfil se mantuvo como siempre. “Me llaman por teléfono escritores de muchas partes”, dice. Recibió premios pero se resiste a hablar de eso. La embajada rusa en la Argentina la distingue.
Su hijo Fedor le dio dos nietos, Rodolfo y Pablo. ¿De toda esta historia, qué es lo que la hace feliz Irina Bogdaschevski? “Me hace feliz que mis nietos estudien ruso y puedan hablar y leer en ese idioma tan bello”.
FICHA
Nombre: Irina Bogdaschevski
Edad: 85
Origen: República de Serbia
Actividad: lingüista, traductora del ruso, cuentista, poeta
Llegó en: 1947
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SERBIA. IRINA BOGDASCHEVSKI
Una vida para una novela del Siglo XX
Traductora de ruso y poeta, vive en Villa Elisa y en 1944 llegó a estar prisionera en un campo de concentración nazi.
Vive serena en su casa del arbolado barrio San Jorge, en Villa Elisa. Rodeada de libros, de pájaros, de amigas poetas que la acompañan. Cerca de allí residen su hijo, Fedor, y sus dos nietos. Y está también en ese hogar el recuerdo del marido ya fallecido, que llegó con ella al país -sin un solo recurso- y que trabajó como albañil primero y pudo ser años después un cotizado ingeniero en organismos técnicos de la Provincia. Lingüista, especializada en idiomas eslavos, admiradora de Dostoievsky, de Pushkin, de Mogol, de Eisenin, traductora del ruso de obras de Nabokov, Brodski, de Marina Tzevétaieva y Osip Mandelstam.
Su vida podría darle argumento a más de dos novelas y películas representativas del siglo XX. Nació en Belgrado en 1927 y a los diecisiete años de edad años se vio envuelta como víctima en lo más abyecto de la Segunda Guerra Mundial: estuvo prisionera en el campo de concentración nazi de Mauthausen, donde moriría su madre.
Se llama Irina Bogdaschevski, tiene 85 años, fue alumna de Borges, al que alguna vez corrigió cuando hablaba de escritores rusos y Borges le admitió el reto. Se convirtió de hecho en una suerte de embajadora literaria de la gran Rusia, su país adoptivo. Pero lo cierto es que su vida de jovencita, casi bucólica, se había visto de pronto amputada por el absurdo del autoritarismo. “Los nazis perseguían a los judíos, pero también buscaban trabajadores en el Este... A los judíos les obligaban a llevar la estrella amarilla, con la palabra “jude”. A nosotros nos ponían un cartelito que decía “Ost” (Este). Nos llevaron a todos nosotros a trabajar por la fuerza en aquel campo de concentración en Austria”.
“Un día me enteré en el campo de concentración que mi mamá había muerto. Fui a verla a una pieza que estaba arriba. Los guardias me encerraron con llave en esa pieza durante horas. De pronto se abrió la puerta y apareció un francés, otro prisionero, que era sólo piel y huesos. Se asustó, se conmovió, al verme tan sola. Y se ocupó de llevar el cuerpo de mi madre a otra sala… Cuando volvió me dijo preocupado: “¿usted rescató el anillo de su madre?”. Le dije que no. El hombre, que no me conocía, que no me debía nada, me dijo, “ya voy a buscarlo yo”. Al ratito volvió con el anillo de mamá y me lo dio. Pobre hombre, supongo que habrá muerto dos o tres días después. No podía ni tenerse en pie”.
Cuando terminó la guerra, Irina, su marido y los padres de éste decidieron quedarse en Austria. Llegaron los aliados y ellos fueron luego a Salzburgo, ya como emigrados rusos. Hubo un tiempo de calma e Irina se inscribió en la facultad de Medicina, ya que su madre había sido médica. Pero luego siguió estudios literarios en Insbruck. Se abrían entonces primeras puertas de salida para los refugiados. Para Irina y su familia los destinos posibles eran Australia, Argentina o Chile. Finalmente eligieron nuestro país y salieron de Hamburgo.
Llegaron y se hospedaron en el Hotel de Inmigrantes. “Lo más difícil del idioma para mi fue discriminar entre las palabras “cuánto” y “cuándo”. Muchos bebés, entre ellos su hijo, que habían viajado en el barco que los trajo llegaron con varicela o sarampión, así que dividieron a los 44 bebés en dos grupos, los internaron en el Muñiz y a Irina le tocó atender a uno de esos grupos. “No sabíamos el idioma, pero un médico que hablaba bien el francés me dio indicaciones muy valiosas, en un hospital que carecía de casi todo. Además veníamos del orden total de Austria…”
“Finalmente conseguimos una casilla en Gerli. Allí mi marido comenzó a trabajar de albañil y, al mismo tiempo, estudiaba en La Plata, en Ciencias Exactas. Mientras tanto yo fui aprendiendo cosas de este querido país. Por ejemplo pude ver que el gaucho argentino se parece mucho al cosaco. Hasta en los pantalones que usan y en eso de moverse por grandes extensiones, las enormes pampas y estepas”.
Pudieron comprar una pequeña radio y escuchar allí “Las dos carátulas”, en Radio Nacional. Empezaron a comprar diarios y ella, Irina, comenzó a escribir. “Ahora me quieren publicar parte de esos escritos. El libro se llamará Apuntes al margen de la vida”. Tengo un solo libro publicado. Pero traduje del ruso al argentino y también del argentino al ruso: en este último caso, traduje cuentos de Gabriel Báñez, de Griselda Gambaro, de Sara Gallardo, de Leopoldo Brizuela y de Paulina Juwsko”.
Colaboró en el emblemático diario La Opinión y cayó, otra vez, víctima del autoritarismo militar: “estuve prohibida durante el Proceso”. Comenzó a ser valorada en muchos círculos literarios, a pesar de que su bajo perfil se mantuvo como siempre. “Me llaman por teléfono escritores de muchas partes”, dice. Recibió premios pero se resiste a hablar de eso. La embajada rusa en la Argentina la distingue.
Su hijo Fedor le dio dos nietos, Rodolfo y Pablo. ¿De toda esta historia, qué es lo que la hace feliz Irina Bogdaschevski? “Me hace feliz que mis nietos estudien ruso y puedan hablar y leer en ese idioma tan bello”.
FICHA
Nombre: Irina Bogdaschevski
Edad: 85
Origen: República de Serbia
Actividad: lingüista, traductora del ruso, cuentista, poeta
Llegó en: 1947
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