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Soledades (Historia)


— ¿Qué es eso?— pregunta temblorosa la niña mientras, de entre la obscuridad propia de la noche, intenta descifrar el rostro del sujeto que le está acercando una tarjeta.

—La prueba de que no soy un violador. — responde tajante el hombre.

— ¿Con esas palabras supones darme confianza?— replica, algo más calmada, la joven que, acurrucada en aquella esquina, intenta apaciguar el impasible frío frotando con sus palmas los desnudos antebrazos exhibidos por la ligera blusa de tirantes negra que viste.

—Para eso es, de hecho, la identificación que te estoy facilitando. Pasadas las once de la noche no se supone que una adolescente yazca sentada y tiritante en la esquina de una calle de no muy buena reputación. Y ya que una prostituta no acostumbra usar pantalones de mezclilla, asumo que no tienes un lugar donde dormir. Sabiendo esto…

—El buen samaritano quiere hacer su buena obra del día, supongo. — Interrumpe, retante, la juvenil. — No necesito la compasión de alguien.

—Bien, lo comprendo: Hundida en la ruina, sin algo más que con lo que te cubres, sólo te resta el orgullo. ¡Pobre infeliz!, no aprecias que eso que crees es tu fortaleza terminará por desmoronar, ya irremediablemente, tu vida. Quién sabe— concluye con tono burlón el masculino, mientras, guardando su credencial en su bolsillo lateral derecho, le da la espalda a la desgraciada— tal vez en algunos meses, cuando vuelva a transitar por estos rumbos, te observe uniformada con una linda minifalda.

Nunca tuvo, el anciano, intenciones de abandonarla. La crudeza de sus palabras, sin embargo, terminan por humedecer los ojos de la fémina: ira, desesperación, frustración, odio, impotencia… tanto dolor se atora en la garganta; intenta llevar aire a sus pulmones, falla; persiste, cada vez con más impaciencia, pero el resultado no varía; es hasta el quinto intento cuando consigue aliviar sus ansias… El viejo, inmóvil, se limita a escuchar los berridos de la muchacha; en su rostro se dibuja una sonrisa apacible, sabe que lo ha logrado…

—Se hace tarde y no me siento precisamente cómodo llevando un saco a estas horas, menos en esta parte de la ciudad. Vámonos. — Sentencia el masculino a la vez que le tiende el brazo a la joven que, cabizbaja, oculta sus lágrimas.

—Gracias. — Contesta ella inmediatamente antes de aceptar la ayuda del hombre para ponerse en pie.
El instante en que sus miradas se encuentran…, saben que la tormenta ha pasado.

El automóvil, con intermitentes encendidas, que está aparcado a unos cuantos metros de la escena servirá, después de varios años, a más de uno…

—El alumbrado público no te favorece. — Comenta, el vejestorio, después de que el automóvil avanzara algunos metros. — No resalta el castaño de tu cabello. Claro que tu tez luce mejor cuando es más clara, lo colorado no te va, aunque…

— ¿Por qué ayudar a una extraña? — Cuestiona la chica cortando los burdos intentos de socialización del hombre.

—Porque el mundo no es tan bárbaro como crees. — Contesta serio

—Eso es una evasiva.

—Así es…

El silencio reina, por alguna razón, ya no hay preguntas…
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