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Caso Marita Verón: la lucha de Susana Trimarco

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Caso Marita Verón: la lucha de Susana Trimarco

Prostitucion


BUSCANDO A MARITA

Susana Trimarco se propuso encontrar a su hija desaparecida. Lo que descubrió fue un mundo oscuro de tráfico humano y prostitución forzada en el Interior de la República Argentina.

fallo

injusticia


POCO ANTES DE LA MEDIANOCHE DE UN SÁBADO de noviembre de 2002, un amigo dejó a Susana Trimarco cerca de un bar, en uno de los barrios más peligrosos de Tucumán, en la Argentina. “Si no salgo en una hora, pedí ayuda”, le dijo Susana. La abuela de 48 años, de apariencia juvenil y vestida con una minifalda de cuero, medias negras, botas y una escotada blusa, notó que las ventanas del local tenían rejas de acero. No era un bar común, sino un burdel, donde, según había escuchado, obligaban a chicas secuestradas a trabajar como prostitutas.


Vestida como prostituta, Susana frecuentaba bares de mala muerte
para averiguar si las chicas habían visto a Marita o sabían algo de ella.



“Vengo a ver al dueño”, le dijo Susana al hombre corpulento y de aspecto peligroso que bloqueaba la entrada. “Tenemos una cita”.

Con un gesto, el hombre le indicó que entrara. Cuando sus ojos se habituaron a la débil iluminación, vio que en el cuarto, muy austero, había cuatro chicas con semblante asustado: parecían tener unos 17 o 18 años y estaban vestidas con biquinis y botas de caña alta. Un hombre corpulento las vigilaba con atención. Susana creyó ver el contorno de una pistola bajo su camisa. Después de charlar un poco con el dueño, le dijo que estaba organizando un burdel propio y que necesitaba chicas. El dueño le dijo que no podía ayudarla, pero le dio los nombres de varios propietarios de “bares” que sí podrían hacerlo; estos se encontraban en La Rioja, una ciudad de 295.000 habitantes, a unos 400 kilómetros de Tucumán.

Poco más tarde, al salir del local, Susana estaba más decidida que nunca. La historia sobre su negocio de prostitución había sido una pantalla: en realidad, estaba buscando a su hija desaparecida de 23 años, María de los Ángeles Verón.







LA PESADILLA DE SUSANA COMENZÓ EL 3 de abril de 2002, cuando Marita, como todos la llamaban, no volvió a casa después de una consulta médica. Aunque Marita tenía un departamento propio en Tucumán, una ciudad de 1,3 millones de habitantes a 1.300 kilómetros al noroeste de Buenos Aires, ella y su hija de tres años, Micaela, habían pasado la noche en casa de Susana. La visitaban tan a menudo que era como su segundo hogar.

Pasaron las horas y Susana y su esposo, Daniel Verón, comenzaron a preocuparse, pues Marita siempre los llamaba por teléfono cuando se retrasaba. Esa tarde, después de buscarla en el hospital donde tenía su cita y de preguntar por ella en el barrio, informaron sobre su desaparición en la comisaría local.

“Debemos esperar 72 horas antes de iniciar una investigación —se limitó a decir un oficial—. Seguramente está con algún novio y regresará en uno o dos días”.

Sin perder un instante, Susana y Daniel organizaron una cuadrilla de búsqueda. Alrededor de 50 parientes y amigos de Marita entregaron, por todo Tucumán, volantes caseros con su fotografía y varios números de contacto.


lucha


Tres días más tarde, mientras Susana limpiaba la cocina, escuchó que golpeaban frenéticamente su puerta. Era un vecino que acababa de recibir un llamado anónimo de un hombre que decía haber visto a Marita.
—¿Qué dijo? —gritó Susana.
—Que Marita iba caminando por la vereda cuando un Fiat Duna rojo con vidrios polarizados se detuvo detrás de ella. Dos hombres salieron del auto y la sujetaron. Trató de escapar, pero la golpearon y la metieron en el asiento trasero.

Las noticias siguieron empeorando. Tres días después, mientras Daniel entregaba volantes en el parque principal de la ciudad, un lugar frecuentado por prostitutas, una joven le dijo que había visto a Marita en un burdel de La Rioja.

La policía no quiso investigar el testimonio de la joven y sólo tomó medidas después de muchas súplicas de Susana y de Daniel. A principios de mayo de 2002, la pareja acompañó a diez oficiales en una redada a un bar de La Rioja donde se sospechaba que tenían presa a Marita. Las jóvenes del local fueron alineadas y Daniel les dijo: “Si están aquí contra su voluntad, díganlo ahora y las sacaremos”.

Después de una larga pausa, una chica miró a su alrededor con nerviosismo y dio un paso al frente. Más tarde le dijo a la pareja que se habían llevado a Marita poco antes de que ellos llegaran. Era evidente que alguien había advertido de la redada a los dueños. Hubo otras, pero ninguna dio resultado. Susana se dio cuenta de que si quería encontrar a su hija, tendría que hacerlo sola. “Tenemos que hacer algo, pues nadie se ocupará de devolvérnosla”, le dijo a Daniel.


juicio


En diciembre de 2002, dejó su trabajo como asesora de un pueblo vecino y comenzó a viajar por el país en ómnibus atestados en busca de respuestas. Vestida, a menudo, como prostituta, frecuentaba bares de mala muerte como el de Tucumán y hablaba con las chicas para averiguar si habían visto a Marita o sabían algo de su paradero. También mostraba fotos de su hija a prostitutas que trabajaban en las calles.

Para pagar su investigación, Susana se gastó la mayor parte de sus ahorros y vendió su casa, la de Marita y dos autos. Su obsesión implacable provocó finalmente que Daniel y ella se separaran.

Como Marita había sido vista por última vez en La Rioja, Susana concentró ahí sus esfuerzos. Pero la policía local parecía decidida a detenerla: paró su ómnibus hacia La Rioja varias veces, y lo abordó con perros que no dejaban de ladrar. “¿Es usted la madre de Marita Verón? —le gritaban—. ¿Qué está haciendo aquí?”. Susana no se dejó intimidar y, con el paso del tiempo, comenzó a recibir la atención de la prensa. Varias radios tucumanas, atraídas por los volantes que circulaban en la ciudad, entrevistaron a Susana. Frente a la presión de los medios, la policía aumentó las redadas en bares y burdeles.

Como respuesta, los traficantes iniciaron una campaña de intimidación en contra de Susana. En noviembre de 2003, conversaba con un amigo frente a su modesta casa amarilla, en una calle muy tranquila, cuando un auto con vidrios polarizados aceleró hacia ella. Logró evitarlo en el último segundo y, en lugar de huir, corrió tras él, gritando, “¡No les tengo miedo!”.

Además, Susana empezó a recibir llamadas y mensajes de texto con amenazas. “Mi próximo mensaje será una bala en su cabeza”, decía uno. Finalmente, después de dos intentos más por atropellarla, una fuerza policial provincial puso su casa bajo protección las 24 horas del día.



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LAS REDADAS CONTINUARON Y FUERON LIBERADAS muchas otras chicas. Susana, que acompañaba a la policía con frecuencia, aprendió bastante sobre el mundo del comercio sexual.

Andrea Darrosa escapó de un burdel de La Rioja en mayo de 2003. Al enterarse de la búsqueda de Susana, recordó haber visto a Marita y fue a la policía, que organizó una reunión entre ellas. Andrea le habló a Susana de los ocho años en los que vivió un infierno de abuso físico y psicológico. Fue obligada a consumir cocaína y otras drogas, y, para doblegarla, la golpeaban con mucha violencia. Supo de chicas embarazadas a las que les hacían abortos forzados con perchas de ropa y, una vez, vio al dueño de un burdel matar a una joven rompiéndole el cuello. Andrea le preguntó a Susana si podía quedarse con ella. “Ésta es tu casa y me ocuparé de cuidarte —le contestó—. No voy a permitir que nadie más te haga daño”. Además, consiguió que Andrea recibiera asesoría psicológica.

Otras jóvenes en situaciones semejantes le contaron a Susana historias tan terribles como ésa. Muchas habían sido atraídas por avisos de búsqueda de modelos o actrices; a otras las habían secuestrado en las calles. Susana veía un poco de Marita en cada una de ellas. Por las noches, acostada en la cama, después de rezar por el regreso de Marita, agregaba: “Prometo hacer todo lo que pueda por ayudar a estas chicas”.

La creciente cobertura mediática de los esfuerzos de Susana obligó a la sociedad argentina a confrontar el tema, largamente ignorado, del tráfico sexual y de la corrupción oficial que lo facilitaba. A través de una red cada vez mayor de madres de jóvenes desaparecidas, reunió a más de 200 manifestantes y, en abril de 2005, las guió por las calles de La Rioja para exigir más acciones para liberar a las jóvenes obligadas a ejercer la prostitución.




Su cruzada llamó la atención de otros países de América Latina. En julio de 2005, la revista femenina chilena Paula llamó a Susana un “ícono” de la lucha en contra del tráfico humano.

Muchas madres de jóvenes secuestradas en toda la Argentina recurrían a ella en lugar de acudir a la policía. Susana hablaba con cada una de ellas y hacía todo lo posible por ayudarlas.

El 12 de marzo de 2006, Jessica Cativa, de 20 años, fue secuestrada cerca de su casa, en Tucumán. Su madre, desesperada, llamó a Susana. A sabiendas de que ésta se comunicaría con los medios y con sus contactos en el Gobierno si no estaba satisfecha con la investigación, la policía reaccionó con rapidez cuando Susana pidió su ayuda. En pocas horas ya había policías que buscaban a Jessica por toda la ciudad y pasaban la voz de que el culpable debía liberarla. Funcionó: Jessica fue puesta en libertad dos días después.

Más de 200 jóvenes le deben su libertad a Susana, ya sea por sus acciones en burdeles o por la presión que ejerció sobre los traficantes. Además de ayudar a las víctimas y a sus familias, Susana ha viajado por todo el país para impulsar la promulgación de una ley que convierta al tráfico humano en un delito federal. También está ejerciendo presión para que se establezca una oficina nacional de ayuda a las víctimas.


susana trimarco




A PRINCIPIOS DE MARZO DEL AÑO PASADO, ella recibió un llamado de la embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires: era una de las diez mujeres seleccionadas para recibir el Premio Internacional Mujeres de Valor. El 7 de marzo, Susana se presentó en el Departamento de Estado, en Washington, D.C.. “Su valerosa lucha me hace sentir orgullosa de ser mujer —le dijo la Secretaria de Estado, Condoleezza Rice—. Que sus gritos sean escuchados en toda Latinoamérica y en el mundo entero”.

Eugenio Ambrosi, director en América Latina de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), concuerda en que la contribución de Susana ha sido enorme. “Se ha puesto en un gran peligro, ha salvado a mucha gente y ha arrojado luz sobre la magnitud del problema del tráfico humano en la Argentina”.

Según la OIM, en 2006 desaparecieron en el país casi 500 mujeres. Se sospecha que, en su mayoría, fueron secuestradas o atraídas con engaños por los traficantes. Muchas de estas jóvenes son obligadas a trabajar en burdeles de diversos países de Latinoamérica; otras son enviadas a sitios remotos en Norteamérica y Europa.

Después de que Susana recibió el premio, el gobernador de Tucumán le ofreció su ayuda, y ella le pidió que estableciera una fuerza policial de alto nivel dedicada a investigar estos crímenes. Desde julio de 2007, sus oficiales han investigado 110 casos y han rescatado a 15 jóvenes.

“Mi misión ya no es buscar sólo a Marita —declara Susana—, sino también a todas las chicas que han desaparecido en este país, así como ayudar y proteger a las que han sido liberadas”.


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EN OCTUBRE PASADO, SUSANA CREÓ la Fundación María de los Ángeles por la lucha contra la trata de personas en Tucumán y Buenos Aires, que ayuda a las víctimas de tráfico sexual a obtener atención médica y psicológica, así como techo y comida. http://www.fundacionmariadelosangeles.org

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Veron Las imágenes son de carácter ilustrativo.



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