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¿Cómo eran los viejos cafés, donde paraban los hombres de Mayo? ¿Cómo se penaban los largos viajes en carruaje? ¿Cómo era la dieta de nuestros “antiguos”?


Café de Marcos, el más lujoso de todos los “antiguos”.

Para mí, un cortado por favor…

Existía en Buenos Aires un café que ha obtenido fama por ser el lugar donde “paraban” nuestros hombres de Mayo, y que fue frecuentado por el mismísimo don Bernardino Rivadavia.

Hablamos del Café de Marcos, en su momento el más lujoso de todos. José A. Wilde en su libro “Buenos Aires desde 70 años atrás nos relata un cuadro pintoresco:

“Servíase entonces el café con leche, o como se decía entonces, el café y leche, en inmensas tazas que desbordaban hasta llenar el platillo; jamás se veía azúcar en la azucarera; se servía una pequeña medida de lata llena de azúcar, generalmente no refinada; venía colocada en el centro del platillo y cubierta con la taza; el parroquiano daba vuelta a la taza, volcaba en ella el azúcar y el mozo echaba la leche y el café hasta llenar la taza y el plato.

Las tostadas con manteca, siempre traían azúcar encima (…) los mozos dejaban mucho que desear y muchas veces se presentaban fumando…”

Las comidas

Se comía sencillo, la dieta no ofrecía mayores variaciones. Como ejemplo indicativo, tomaremos la mesa de don Juan Manuel de Rosas. Gustaba el dictador de cenar tarde, muy tarde, alrededor de las cuatro de la mañana, pues hasta esa hora despachaba asuntos de estado en su residencia de Palermo (actual Parque Tres de Febrero en Buenos Aires).

Habitualmente, dos platos básicos se le servían: Puchero (carne, zapallos y choclos solamente) y asado. Luego el postre, arroz con leche o un plato de natas espolvoreadas con azúcar, eso era todo. El Brigadier era muy aficionado al arroz con leche, y existe un cuento muy ilustrativo, obra de su sobrino el General Lucio V. Mansilla, “Los siete platos de arroz con leche”.

Los indios agasajaban a sus visitantes con dos platos: Asado y puchero de yegua y como consideración al cristiano, le entreveraban carne de vaca (arreada en algún malón). También en las ciudades y en el campo se comía carbonada, mazamorra, empanadas, longaniza y lo que llamaban “cajas” de sardinas que se importaban de Europa. El vino era de bajísima calidad, muchas veces se servía aguado, cuando no picado.

Todavía no se tenía por costumbre el café. La bebida preferida era el mate. Sostienen algunos historiadores que la costumbre de hacer el asado en parrilla sobre brasas nos ha quedado como herencia de las invasiones inglesas. El gaucho hacía el asado en asadores verticales, luego se ha ido imponiendo el asado en parrilla ¡Quien lo diría!

Se decía que la mesa de Mariquita Sánchez de Thompson no era todo lo abundante que debía ser. Así lo asegura Mansilla en “Ente-Nos” al decir que había escuchado a su abuela (madre de Rosas) decir: “En casa todo a la vista, y el que desee repetir que lo haga, sino, se vuelve como en casa de Marica, que todo es nada mas que cuatro papas a la inglesa”

No nos había llegado aún la influencia de la cocina italiana, solo se conocía la vieja comida española, complementada con los productos del país y algo de influencia autóctona. No existían la pizza, las pastas ni las tartas ni nada que no fueran cocidos o asados. Y así se vivía, comía, y convivía…

Rutas argentinas

La persona que deseara viajar Hacia Buenos Aires, o desde allí hacia cualquier provincia, debía tomar la silla de postas o galera, que consistía en un carruaje cerrado, de cuatro ruedas, donde viajaban sentados lo pasajeros deteniéndose en las postas del camino. Naturalmente debían trasladarse armados, para prevenir cualquier ataque de bandoleros o indios. Los puntos confiables mas al sur que se conocían entre Buenos Aires y Mendoza eran la Villa de Río Cuarto y Villa Mercedes (últimas avanzadas antes de internarse en el desierto).

A lo largo del camino se detenían los viajeros en las llamadas “Postas” que no eran otra cosa que ranchos miserables donde podían habitualmente almorzar o cenar, y dormían antes de continuar el viaje. ¿En qué consistían esas comidas? Habitualmente algún cabrito asado, acompañados de mazamorra, choclo y zapallo hervido, mate y vino carlón (de una deplorable calidad).

El verdadero suplicio era en las noches, pues debían tenderse a pasar la noche en catres miserables (en el mejor de los casos, cuando no en el suelo) y era muy frecuente que a mitad de la noche decidieran levantarse y trasladarse a dormir afuera, bajo las estrellas, pues bajo techo, eran atormentados por chinches y otras alimañas. Y esto ocurría sin consideración alguna hacia la calidad del viajero.
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