
Honestamente, me siento poco optimista. Ollanta Humala ha traicionado al pueblo de Perú que luchó tanto, pero tanto, para que este individuo sea electo.
No intento resumir en este editorial los eventos ocurridos en Perú desde la ansiada toma de mando en julio de 2011. Esta es una breve respuesta a los lectores que me preguntan insistentemente acerca de mi opinión sobre Humala y sobre su gobierno “nacionalista”, por quienes hice una fuerte campaña electoral en las redes sociales, arriesgando mucho sin otro interés alguno que ayudar a mi primer país.
Voy a ser directo, con la misma honestidad con la que les pedí que votaran por Ollanta Humala. Mi opinión es más que nada una advertencia.
El gobierno de Humala no es nacionalista, no es de izquierda, no es progresista, no es un gobierno de transformación, no será de “honestidad para hacer la diferencia”, no hará de Perú un país de avanzada. Llego a esta dolorosa conclusión después de observar casi en silencio al nuevo presidente y su equipo de gobierno.
Este es un gobierno traidor, conservador, elitista. Será un gobierno débil en popularidad y estabilidad social, pero fuerte en apoyo financiero y político, de continuismo neoliberal, de sumisión imperialista, pero sobretodo de corrupción extrema. A los peruanos en Perú les podrían esperar 4 años de frustraciones, represión gubernamental y división.
Uno de los problemas más graves de Perú es el nivel abismal de corrupción que existe en la sociedad peruana, sobretodo en la política de Lima. Esta es una maldición heredada desde el origen mismo de la nación peruana, creada por los piratas hispanos y por traidores indígenas que se unieron a la invasión - porque creyeron que los barbados eran dioses o que les iban a dar una parte del botín dorado. No hemos cambiado mucho desde entonces.
La mayoría de electores que apostamos por Ollanta Humala, lo hicimos con la esperanza que su gobierno iba a luchar contra la corrupción que representaban las mafias dirigidas por Keiko Fujimori, Alejandro Toledo, Alan García y Pedro Kuczynski. El militar retirado nos traicionó, y en menos de un año su gobierno ya está infestado de tantos casos de corrupción, nepotismo, división y desilusiones.

Me refiero a los tratos especiales que reciben los familiares de Ollanta Humala y su esposa Nadine Heredia, la repartición de empleos en el gobierno -con gente incapaz- y en empresas contratadas por el gobierno central, de contratos de explotación de recursos naturales, y de favores políticos beneficiando a los grupos mafiosos que la mayoría de los peruanos rechazamos al votar por Humala.
Este es un gobierno de continuismo, sumiso a las normas de gobierno impuestas desde el extranjero.
Una vez electo, Ollanta Humala se ha deshecho de sus aliados progresistas, independientes y de izquierda. Se ha rodeado de los mismos funcionarios corruptos derechistas y aquellos comodines que formaron parte de los últimos cuatro gobiernos peruanos, sumisos a las políticas neoliberales de EE.UU. y Europa, y a las conveniencias de las elites privilegiadas de Lima.
Es muy obvio ahora que Ollanta Humala ha sido una creación de las corporaciones y grupos de negocios, sectas que controlan Perú. Como ocurre en casi todos los países colonizados en el mundo, la soberanía nacional y los derechos de los ciudadanos ya no tienen ningún valor. Las clases políticas han sido completamente sobornadas.
Las corporaciones multinacionales y sus poderosos propietarios han comprado leyes, partidos políticos, instituciones, personalidades y candidatos. Ellos son los que deciden la dirección de los Estados ahora.
A cambio de su traición, Humala está siendo protegido en silencio por una prensa que antes lo odiaba a muerte, está recibiendo elogios de los mismos “intelectuales” que antes advertían del peligro que él representaba para el status quo, está siendo apoyado y financiado por los imperios que antes le negaban visas y le tenían pánico.
Con Humala, no sabemos qué pasará en Perú pero sospechamos que no será un buen gobierno para la gran mayoría de peruanos.
Posiblemente Ollanta Humala se convertirá en otro Alan García, ese terrorista criminal que vive hoy libre y sin culpa después de saquear el país y asesinar a tantos peruanos valientes, quienes se enfrentaron a sus planes nefastos de rematar las tierras y recursos nacionales. Si Humala insiste en apoyar a las destructivas mineras y petroleras extranjeras, es posible que explote la violencia popular en los Andes y la Amazonía.

Ollanta Humala quiere contentar a todos -incluyendo a los criminales que le rodean- y así no se logra transformar un país.
A lo mejor, por el bien del país y el futuro de las generaciones de peruanos que sueñan con una patria de oportunidades, de justicia, igualdad, dignidad y libertad, Ollanta Humala decida ser el líder en quien creímos, nosotros quienes hicimos todo lo posible para que sea electo.
Depende mucho de Humala mismo. Si decide ser recordado como un traidor, un peón Felipillo, un adinerado miserable como casi todos los ex presidentes que Perú ha tenido hasta hoy. Entonces se espera más violencia, inestabilidad social y luchas permanentes de los pueblos marginados del país.

Si tuviera un poco de decencia, Humala decidirá hacer uso de sus facultades executivas como presidente –y de su dignidad como hombre, padre y líder político. Ojalá el presidente peruano decida hacer historia como alguien que luchó por cambiar el país para mejor. Sin más miedos.
Es el camino más difícil y lleno de sacrificios, con riesgos. Es el camino que tomó Juan Velasco, un gran presidente peruano que murió asesinado, pobre y humillado luego por los libros de historia, escritos por los mismos que llaman terroristas a todo aquel que intenta cambiar el país putrefacto que tenemos.
Uno debe aprender de los errores, y convertir los momentos adversos en oportunidades.
Nosotros las ciudadanas y ciudadanos de Perú quienes confiamos en Ollanta Humala el candidato, tenemos desde ahora la obligación de de mantener la vigilancia sobre lo que intenta hacer el actual presidente. Porque Ollanta Humala no es alguien en quien confiar ciegamente. Al contrario es un hombre muy peligroso porque ha perdido el valor de la palabra, y porque nunca se sabe sus intenciones. Desgraciadamente un líder que miente tan descaradamente solo puede conducir un país al caos y la deriva.

Nos quedan cuatro años de vigilancia, acción y organización. Esta es una oportunidad histórica desperdiciada, pero se puede convertir en el comienzo de otra era política. Esta debe ser también una lección para las organizaciones populares de base en Perú para no ser tan débiles, para no ser dudosos sobre el tipo de camino que el país debe tomar.
Este tiempo de buscar un nuevo liderazgo para las elecciones de 2016, pero al mismo tiempo tenemos que comprender que cambiar una nación no requiere solamente de ganar elecciones presidenciales y congresionales. Todo comienza en las familias, en las comunidades, en las escuelas, universidades, en los medios, iglesias, organizaciones sociales urbanas y rurales.
Los peruanos deben tener como prioridad el terminar con el neoliberalismo, centralismo, corrupción y la mentalidad colonial que están destruyendo el país. Hay que tomar un camino decisivo de cambio radical, donde nadie -incluyendo a Humala- debe ser indispensable, pero todos y todas somos muy necesarios.
