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Duendes bajo la cama

Los duendes son traviesos, esa es su naturaleza, pequeños, tenebrosos y realmente muy aterradores, en mi experiencia no me atreveré a catalogarlos como buenos o malos, esto dependerá de lo que le pase a cada persona, dirás que han invadido tu casa y los consideraras una molestia, pero no olvides que mucho antes ellos Vivian ahí, somos nosotros los verdaderos invasores.
Cuando me vendieron aquel el terreno no me informó de sus originales habitantes, así sin mas construí mi patrimonio en aquel despoblado, en aquel entonces era para lo que me alcanzaba, comencé a talar los arboles que luego se convertirían en los muebles que uso, desde la mesita de centro hasta las sillas de mi mesa, siempre he sido bueno con la carpintería, además me ahorraba dinero que no tenía.
Desde que tale el primer árbol comenzaron a sucederme las osas mas extrañas, es cierto que soy un poco olvidadizo, pero eso de que dejara mi martillo en el suelo por un momento, desapareciera y reapareciera después de un par de horas en el baño son palabras mayores, o la ocasión en que tuve que casi desarmar la puerta de la entrada porque no encontraba las llaves que juraba había dejado encima del auto para luego aparecer bajo la mesa dentro de la casa.
Los eventos eran mas molestos que de miedo, algunas veces cuando llegaba entrada la madrugada y antes de que abriera la puerta me parecía escuchar como corrían a esconderse a toda prisa, entraba, prendía la luz y encontraba aparentemente todo en orden.
A pesar de lo molesto que pudiera resultar me había hecho a la idea de que compartía mi espacio con inquilinos misteriosos, me gustaba contarles a mis conocidos sobre las travesuras que me gastaban mis amiguitos, de alguna manera los presumía.
En cierta ocasión tenía que renovar la base de mi cama, la madera estaba rota y no podía dormir del todo bien, así que me di manos a la obra, cerca de mi casa se encontraba un pino de muy buen tamaño, parecía ser el mas viejo de la zona, de él tendría madera suficiente para hacer varias mejoras y bonitos acabaos.
Comencé muy temprano por la mañana, con hacha en mano, comencé a talar ese magnifico pino, pero me sentía observado, tenía la sensación de estar cometiendo algo inmoral, alguna especie de pecado contra la naturaleza, mas d una vez me descubrí mirando sobre mi hombro como si fuera un ladrón que se cuidaba de no ser descubierto.
Por fin estaba a punto de caer, con un sonoro ruido aquel gigante de madera se rendia a mis pies, agotado me senté en su tronco a descansar, entonces un brillo metálico llamo mi atención, las raíces del pino se habían removido parcialmente dejan al descubierto un pequeño tesoro, de la tierra suelta y las hojas podridas se asomaban diversos artículos muy bien conservados, en realidad no era oro o joyas, sino artículos cotidianos, cosas comunes como sacacorchos, cucharas, llaveros, cosas así, pero algunos si que me llamaron la atención, mientras escarbaba saque un reloj de bolsillo grabado con el año 1752, de esos redondos con una cadenita plateada, un par de mancuernas elegantes con piedras verdes incrustadas y uno que otro objeto que no pude identificar, anillos que no parecían tener mucho valor pero que resplandecían como nuevos.
Cargue algo de madera junto con el pequeño tesoro y me dirigí a mi casa, esa noche me fui a dormir realmente intrigado, ¿Quién habría escondido todo eso ahí?
La respuesta a esa pregunta se presentaría muy pronto.
Durante esa noche, creí escuchar lamentos en el viento.
Puse lo encontrado en una cajita de madera para examinarlo con mas calma después, me sentía afortunado.
Durante tres días trabaje en mi nueva cama hasta terminarla, no podía esperar para usarla, Dios sabe que necesitaba una buena noche de descanso, en la noche, una vez instalado todo en mi cuarto me dispuse a descansar, estaba realmente agotado, pero solo logre dar vueltas en mi nueva cama, los lamentos que había escuchado noches atrás ahora se escuchaban muy cerca, ahora que lo pienso, también las travesuras de mis inquilinos habían parado, la casa se sentía vacía, me sentía inquieto y no sabía la razón.
De inmediato una lluvia de piedras azotaba mi casa, parecía una granizada, alarmado de un salto me levante y tome lo primero que encontré para defenderme, escuchaba murmullos agudos por todos lados, parecían rodearme, por primera vez desde que había llegado aquí tenia miedo de lo que pudiera pasarme.
Lentamente y con mucho cuidado me asome a la ventana, decenas de pequeños ojos brillaban con luz propia, se movían con una rapidez demencial, sus cuerpos pequeñitos solo eran visibles cuando paraban, mientras estaban en movimiento se volvían sombras borrosas, me encontraba aterrado, sabia que era mi culpa por talar aquel pino, ¿acaso había destruido su hogar? Me los imaginaba saliendo de las profundas raíces por las noches como si de murciélagos se trataran, visitando los hogares de las buenas gentes para gastarles travesuras, haciendo…bueno, haciendo lo que sea que hagan los duendes, pero desconocía de lo que eran capaces si los hacían enojar, bueno, esa ultima parte estaba a punto de descubrirla.
Como si de un ejército de sombras se tratara todos los pequeños seres se precipitaron a mi casa, rompieron las ventanas y en un abrir y cerrar de ojos se encontraban dentro, estaban destrozando el lugar, un nutrido grupo de ellos me ataco, me defendí como pude, pero descubrí que son demasiado fuertes para su tamaño y junto a su velocidad quede indefenso mientras me llenaban de golpes y mordidas, parecían moverse con una solo mente.
Fue hasta que se aseguraron de darme mi castigo que se detuvieron, habían sido brutales, de inmediato todos los duendes se metieron bajo la cama recién construida para desaparecer.
Les había quitado su hogar y saqueado sus tesoros, ahora ellos reclamaban la mía, mientras aprovechaba la oportunidad de escapar decenas de brillantes ojos miraban atentos cada uno de mis movimientos, me considero afortunado, de haber querido acabar conmigo no les hubiera costado trabajo.
Jamás he vuelto a esa casa, me mude a la ciudad y ahora vivo en el tercer piso de un condominio compartido, tratando de ignorar cuando mis cosas desaparecen misteriosamente.
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