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Confesiones de un sicario economico -pagina 35-63

Info1/14/2013

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comentario sobre la posibilidad de acabar trabajando para una compañía privada.
Sobre esto nunca se comentó nada de manera explícita, pero tuve la convicción de
que mi empleo en MAIN era consecuencia de las disposiciones tomadas por tío
Frank tres años antes, sumando mis experiencias en Ecuador y mi disposición para
enviar informes sobre la situación económica y política del país. .

Sentí vértigo durante varias semanas y andaba por ahí con el ego bastante
henchido. Yo sólo tenía una licenciatura por la Universidad de Boston, poca cosa
para ingresar en el servicio de estudios económicos de tan empingorotada
consultoría. Muchos ex compañeros míos de Boston rechazados por los militares y
que habían continuado estudios hasta el máster y otros títulos de tercer ciclo se
morirían de envidia cuando lo supieran. Me veía a mí mismo como brillante
agente secreto destinado en países exóticos, acostado en una tumbona al lado de la
piscina de mi hotel de lujo, el martini en la mano y rodeado de espectaculares
mujeres en bikini.

Eran sólo fantasías, pero más tarde hallé que contenían algún elemento
verdadero. Aunque Einar me había contratado como economista, pronto descubrí
que mi verdadera misión iba mucho más allá, y se asemejaba mucho más a las de
James Bond de lo que parecía a primera vista.



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«Para toda la vida»


En términos legales podría decirse que MAIN era un coto cerrado. . Apenas un 5 por
ciento de sus dos mil empleados, los llamados socios principales, tenían todas las
acciones. Su posición era muy envidiada. No sólo mandaban sino que además se
llevaban la mayor parte del pastel. Su actitud fundamental, la discreción. Porque
trataban con jefes de Estado y otros altos dirigentes acostumbrados a exigir de sus
asesores, como abogados y psicoterapeutas por ejemplo, el mayor respeto a las normas
de la más estricta confidencialidad. Hablar con la prensa era tabú. No se toleraba, y
punto. Como resultado, casi nadie fuera de la empresa sabía quién era MAIN, a
diferencia de otras competidoras nuestras más conocidas como Arthur D. Little, Stone
& Webster, Brown & Root, Halliburton y Bechtel.

He utilizado la palabra «competidoras» en sentido figurado, porque MAIN en
realidad era jugadora única en su propia liga. La mayoría de los profesionales
contratados eran ingenieros, pero no teníamos ninguna maquinaria ni construíamos
nada, ni que fuese un barracón para guardar trastos. Muchos empleados eran ex
oficiales, pero no teníamos ningún contrato con el Departamento de Defensa ni ningún
otro organismo de los militares. Estábamos en una rama comercial tan diferente de las
normales, que me costó varios meses averiguar de qué se trataba. Sólo sabía que mi
primer destino real iba a ser Indonesia y que formaría parte de un equipo de once
hombres enviados a elaborar un plan maestro de aprovisionamiento energético para la
isla de Java.

También me di cuenta de que Einar y los demás que me comentaban la misión
andaban empeñados en persuadirme de que la economía de Java estaba en fase de
rápido crecimiento. Y que, si quería perfilarme como buen observador (digno de
ofrecerle un ascenso, por tanto), mis proyecciones económicas debían demostrar eso
precisamente.

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«Están que se salen del mapa», gustaba decir Einar. Alzaba los dedos del papel
simulando un vuelo planeado y agregaba: «¡Una economía que va a despegar como un
pájaro!»

Einar salía a menudo de viaje, pero sus ausencias solían durar sólo dos o tres días.
Nadie hablaba mucho de ello, ni parecía que estuvieran enterados de adonde iba.
Cuando aparecía por los despachos, a menudo me invitaba al suyo para tomar unos
cafés y charlar. Entonces me preguntaba por Ann, por nuestro nuevo apartamento o
por el gato que nos habíamos traído de Ecuador. Cuando empecé a conocerlo un poco
más, me animé a dirigirle preguntas sobre su trabajo y sobre lo que se esperaba que yo
hiciera en el mío. Pero nunca recibí una contestación satisfactoria. Era maestro en el
arte de desviar las conversaciones. Una de esas veces me asestó una mirada peculiar.

-No tienes de qué preocuparte -dijo-. Tenemos grandes planes para ti. El otro día
estuve en Washington y ... -Se interrumpió a sí mismo, con una sonrisa inescrutable-.
En cualquier caso, ya sabes que tenemos un proyecto importante en Kuwait. Será poco
antes de que salgas para Indonesia. Te aconsejo que aproveches algo de tu tiempo para
informarte acerca de Kuwait. La biblioteca pública de Boston es un sitio estupendo
para ello, y podemos conseguirte pases para la del MIT y la de Harvard.

En consecuencia, pasé muchas horas en esas bibliotecas, sobre todo en la pública
de Boston, pues quedaba cerca de la oficina y casi pegada a mi apartamento en Back
Bay. Me familiaricé con Kuwait y además descubrí muchos libros de estadística
económica publicados por Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional y el
Banco Mundial. Sabiendo que se me exigiría la elaboración de modelos econométricos
para Indonesia y Java, se me ocurrió que podría entrenarme preparando uno para
Kuwait.

Sin embargo, yo había estudiado administración de empresas y no estaba preparado
para realizar cálculos econométricos, así que dediqué la mayor parte del tiempo a
tratar de cubrir esa laguna. Incluso me apunté a un par de cursos sobre la cuestión. En
este proceso descubrí que las estadísticas pueden manipularse y dar lugar a una gama
de conclusiones muy amplia, incluyendo las que corroboren las preferencias del
analista.

MAIN era una corporación machista. En 1971 sólo empleaba a cuatro mujeres en
cargos profesionales. Sin embargo, tendrían unas doscientas empleadas entre la
dotación de secretarias personales: una para cada vicepresidente y cada director de
departamento y el equipo de mecanógrafas a disposición de todos nosotros, los demás.
Yo estaba acostumbrado a esta discriminación de género, por lo que me sorprendió
especialmente lo que sucedió cierto día en la sala de lectura de la biblioteca pública.

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Una atractiva morena se acercó y fue a sentarse en el sillón de enfrente.
Se veía muy sofisticada con su traje sastre verde. Al observarla mientras procuraba
hacerme el indiferente, o el disimulado, me pareció algunos años mayor que yo. Al
cabo de un rato, sin decir palabra, ella empujó hacia mí un libro abierto. Contenía una
tabla con información sobre Kuwait que yo había solicitado anteriormente, y una
tarjeta de visita. El nombre decía Claudine Martin y el cargo: «Asesora especial en
Chas. T. Main, Inc.» Al levantar los ojos me tropecé con la seductora mirada de sus
ojos verdes. Ella me tendió la mano. «Tengo instrucciones de ayudarte en tu
preparación» anunció. No podía creer que aquello me estuviera sucediendo a mí.

A partir del día siguiente nos reunimos en el apartamento que Claudine tenía en
Beacon Street, no lejos de las oficinas centrales de MAlN en el Prudential Center. En
nuestra primera hora de diálogo me manifestó que mi posición era poco común y
exigía, entre otras cosas, la más estricta confidencialidad. Me explicó por qué nadie
me había dado una descripción de mi puesto de trabajo. Nadie estaba autorizado a
hacerlo ... excepto ella. Y por último me aclaró que su misión consistía en hacer de mí
un gángster económico.

La expresión evocaba asociaciones de gabardinas largas y revólveres ocultos. Se
me escapó una risa nerviosa, que me dejó un poco avergonzado. Ella sonrió y me
aseguró que el efecto humorístico era uno de los motivos de la elección del término.
«Quién se lo va a tomar en serio», comentó.


Confesé mi total ignorancia en cuanto a las funciones de un gángster económico.

- No eres el único - rió ella -. Somos una especie rara y estamos en un negocio
sucio. Nadie debe conocer tu actividad, ni siquiera tu mujer. - A continuación se puso
seria y agregó -: Voy a hablarte con plena franqueza y vaya enseñarte todo lo que sé
durante las semanas de que disponemos. Después de eso, te tocará a ti decidir. Será
una decisión definitiva. Cuando se entra en esto, se entra para toda la vida.
Después de esta conversación casi nunca volvió a utilizar la expresión completa
de economic hit man. Éramos unos EHM y nada más.

Ahora sé una cosa que desconocía entonces: que Claudine aprovechó todas mis
debilidades, recogidas en el perfil de mi carácter trazado por la NSA. Ignoro quién le
comunicaría la información, si fue Einar, la NSA, el departamento de personal de
MAIN o alguna otra fuente. Pero supo explotarla con maestría. Aplicó una
combinación de seducción física y manipulación verbal que parecía expresamente
diseñada para mí. Y sin embargo, luego la he visto utilizada numerosas veces en
muchos tipos

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diferentes de negociación, cuando el envite es cuantioso y hay mucha prisa por
cerrar el lucrativo acuerdo. Ella supo desde el primer momento que yo jamás
pondría en peligro mi matrimonio con la revelación de unas actividades
clandestinas que, según dejó claro con brutal franqueza; me obligarían a
sumergirme en aguas más bien turbias.

En cuanto a quién le pagaba su salario, en realidad no tengo ni la menor idea,
aunque tampoco tengo razones para dudar de que fuese efectivamente MAIN,
como decía su tarjeta. En aquella época yo era demasiado ingenuo y muy tímido,
y estaba demasiado confuso para formular las preguntas que hoy me parecen
obvias.

Claudine enumeró los dos objetivos principales de mi trabajo. En primer lugar,
yo debía justificar los grandes créditos internacionales cuyo dinero regresaría
canalizado hacia MAIN y otras compañías estadounidenses (como Bechtel,
Halliburton, Stone & Webster y Brown & Root) en pago de grandes proyectos de
ingeniería y construcción. Segundo, debía conseguir la quiebra de los países que
hubiesen recibido esos créditos (aunque no antes de que hubiesen pagado a MAIN
y a las demás empresas contratistas estadounidenses, como es natural), a fin de
dejarlos prisioneros para siempre de sus acreedores. Y así serían receptivos
cuando les pidiéramos favores como bases militares, sus votos en Naciones
Unidas o el acceso a sus recursos naturales, como el petróleo y otros.

Mi trabajo, siguió explicando, consistiría en estudiar los países y elaborar
previsiones sobre los efectos de esas inversiones multimillonarias en dólares.
Concretamente, debía producir estudios que anticipasen el ritmo del desarrollo
económico a veinte o veinticinco años vista y que evaluas.en el impacto de una
serie de proyectos. Por ejemplo, si se tomaba la decisión de prestar 1.000 millones
de dólares a un país para disuadir a sus dirigentes de alinearse al lado de la Unión
Soviética, yo tendría que comparar las ventajas de invertir dicha suma en centrales
generadores de energía o en una nueva red nacional de ferrocarriles, o en un
sistema de telecomunicaciones. O si las órdenes eran que se le concediese al país
la oportunidad de dotarse de un moderno sistema público de suministro eléctrico,
yo debía presentar cifras que demostrasen que dicho sistema produciría un
desarrollo económico suficiente para justificar la cuantía del empréstito. En todos
los casos, el factor crítico era el producto interior bruto (PIB). Ganaba el proyecto
que produjese el mayor crecimiento anual del PIB. Y cuando fuese uno solo el
proyecto considerado, mis cifras demostrarían que su realización produciría
superiores beneficios en términos del PIB.

En cada uno de estos proyectos, el aspecto tácito era la intención de

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originar sustanciosos beneficios para las contratistas y hacer muy feliz al puñado de
las familias más ricas e influyentes del país receptor. Al mismo tiempo, dicho país
quedaba sumido en la dependencia financiera por muchos años, y cautiva la voluntad
de sus dirigentes políticos. Y así en todo el mundo: cuanto más grandes los créditos,
mejor. La carga de la deuda privaría de atenciones sanitarias, educación y otros
beneficios sociales a los ciudadanos más pobres, también durante muchos años, pero
eso no se tomaba en consideración.

Claudine y yo discutimos con franqueza la naturaleza engañosa del PIB. Por
ejemplo, puede reflejarse un crecimiento del PIB incluso cuando éste aproveche a una
sola persona, como podría ser el caso del propietario único de la empresa
monopolizadora de un servicio público, y aunque la mayoría de la población quede
agobiada por el lastre de la deuda. Los ricos se vuelven cada vez más ricos, y los
pobres cada vez más pobres. Pero desde el punto de vista estadístico, el resultado
figura como un progreso económico.

Lo mismo que la ciudadanía estadounidense en general, muchos empleados de
MAIN creían que estábamos haciendo favores a los países donde se construían las
centrales eléctricas, las carreteras y los puertos. Nuestras escuelas y nuestros
periódicos nos han enseñado a percibir como actos de altruismo todo lo que hacemos.
En los años transcurridos he escuchado muchas veces comentarios como el siguiente:
«Puesto que no hacen más que salir a quemar nuestra bandera y a manifestarse delante
de nuestra embajada, ¿por qué no nos vamos de su condenado país y que se
revuelquen en su propia miseria?»

Las personas que dicen cosas así, muchas veces tienen diplomas que certifican su
excelente educación. Pero esas personas no tienen ni idea de que establecemos
embajadas en todos los países del mundo para servir a nuestros intereses. Y éstos,
durante la segunda mitad del siglo XX, se han concretado en la metamorfosis de la
república estadounidense en un imperio global. Pese a sus títulos, las personas
aludidas son tan ignorantes como aquellos colonizadores del siglo XVIII cuando
creían a pie juntillas que los indios que peleaban por defender sus tierras eran siervos
del Diablo.

Transcurridos algunos meses, yo viajaría a la isla de Java, perteneciente al Estado
indonesio y descrita en la época como la parcela más superpoblada del planeta. Dicho
sea de paso, Indonesia era país productor de petróleo, además de musulmán y
semillero de actividades comunistas.

«Es la ficha siguiente del dominó después de Vietnam. Es preciso que nos ganemos
a los indonesios. Si ellos también se unen al bloque

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comunista, bueno ... », me dijo una vez Claudine cruzándose la garganta con el dedo
índice mientras sonreía dulcemente. «Limitémonos a decir que debes presentar una
proyección muy optimista sobre esa economía y de cómo prosperará una vez que estén
construidas todas esas centrales y líneas de distribución eléctrica. Eso proporcionará a
USAID y a la banca internacional la justificación para los créditos. Tú recibirás una
buena remuneración, por supuesto, y podrás pasar a nuevos proyectos en otros lugares
exóticos. El mundo es tu carrito del supermercado.»

Pero no dejó de advertirme que mi trabajo iba a ser duro. «Los expertos de los
bancos irán por ti. El trabajo de ellos consiste en descubrir los fallos de tus
proyecciones. Ellos quedan bien cuando consiguen hacerte quedar mal.»

Cierto día le recordé a Claudine que el equipo que MAIN enviaría a Java estaba
formado por diez hombres además de mí, y le pregunté si todos estaban recibiendo el
mismo tipo de entrenamiento. Ella me aseguró que no. «Ellos son ingenieros - dijo -.
Proyectan las centrales, las líneas de transporte y de distribución, así como los puertos
y las carreteras para traer el combustible. Tú eres el que predice el futuro. De tus
previsiones depende el tamaño de los sistemas que ellos proyecten ... y la magnitud de
los créditos. Ya lo ves. Tú eres la clave.»

Al salir del apartamento de Claudine siempre me preguntaba si estaría haciendo
bien. En el fondo de mi corazón sospechaba que no. Pero me asediaban las
frustraciones de mi pasado. Al parecer, MAIN me ofrecía todo lo que siempre había
echado en falta. A pesar de ello, no dejaba de preguntarme qué habría dicho Tom
Paine. Por último me convencí de que aprendiendo más, acumulando experiencias,
más tarde podría denunciarlo todo. La vieja justificación de «conocer el pecado para
combatirlo mejor».

Cuando le confié esta idea a Claudine, ella me dirigió una mirada llena de
perplejidad. «No seas ridículo. Una vez que has entrado ya no se puede salir. Debes
decidirlo tú antes de comprometerte más a fondo.» Lo entendí, pero lo que dijo me
espantó. Al salir anduve pensativo por Cornmonwealth Avenue y, después de doblar
por Dartmouth Street, me persuadí de que yo sería la excepción.
Una tarde, varios meses después, Claudine y yo estábamos sentados junto a la ventana
viendo caer la nieve sobre Bacon Street.

-Formamos parte de un club reducido y selecto -dijo-o Se nos paga, y muy bien por
cierto, para estafar miles de millones de dólares a muchos países de todo el mundo.
Buena parte de tu trabajo consistirá en estimular a los líderes de esos países para que
entren a formar parte de la extensa red que promociona los intereses comerciales de
Estados Unidos.

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En último término esos líderes acaban atrapados en la telaraña del
endeudamiento, lo que nos garantiza su lealtad. Podemos recurrir a ellos siempre
que los necesitemos para satisfacer nuestras necesidades políticas, económicas o
militares. A cambio, ellos consolidan su posición política porque traen a sus países
complejos industriales, centrales generadoras de energía y aeropuertos. Y los
propietarios de las empresas estadounidenses de ingeniería y construcción se
hacen inmensamente ricos.

Esa tarde, en el idílico ambiente del apartamento de Claudine, descansando
junto a la ventana mientras la nieve se arremolinaba en el exterior, conocí la
historia de la profesión en que me disponía a ingresar. Claudine me recordó cómo
se han construido los imperios de casi todas las épocas: mediante el uso de la
fuerza militar, o la amenaza de usarla. Pero después de la Segunda Guerra
Mundial, con la emergencia de la Unión Soviética y el espectro del holocausto
nuclear, la solución militar llegó a ser demasiado peligrosa.

El momento decisivo se produjo en 1951 con la rebelión de Irán contra una
compañía petrolera británica que estaba esquilmando los recursos naturales del
país y explotando a su gente. Esta compañía fue la antecesora de British
Petroleum, la actual BP. En respuesta, un primer ministro iraní democráticamente
elegido y muy popular (fue el Personaje del Año de la revista Time en 1951),
Mohammad Mosaddeq, nacionalizó todos los yacimientos petrolíferos iraníes. Los
indignados ingleses solicitaron ayuda a sus aliados de la Segunda Guerra Mundial,
los estadounidenses. Pero ambos países temieron que unas represalias militares
provocasen la reacción soviética en favor de Irán.

Por tanto, en vez de enviar la Infantería de Marina, Washington despachó a
Kermit Rooseve1t, nieto de Theodore y agente de la CÍA. SU actuación fue
brillante. Conquistó muchas voluntades mediante amenazas y sobornos. Con estas
complicidades organizó . algaradas callejeras y manifestaciones violentas, lo cual
creó la impresión de que Mosaddeq era un ministro tan impopular como inepto.

Finalmente Mosaddeq cayó (y pasó el resto de su vida en arresto domiciliario). El
proamericano Mohammad Reza Shah se erigió en dictador indiscutible. De esta
manera, Kermit Roosevelt creó el escenario para una nueva profesión, la misma a
cuyas filas me disponía a sumarme.1

Además de reconfigurar toda la historia del Oriente Próximo, la táctica de
Roosevelt arrinconaba de una vez por todas las viejas estrategias de la
construcción de imperios. También coincidió con los primeros experimentos de
«acciones militares limitadas no nucleares», de cuya doctrina resultaron
finalmente para Estados Unidos las humillaciones de

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Corea y Vietnam. En 1968, el año en que fui entrevistado por la NSA, era ya evidente
que si Estados Unidos quería realizar el sueño de un imperio global (tal como lo
habían planteado hombres como los presidentes Johnson y Nixon), tendría que recurrir
a estrategias calcadas del ejemplo iraní sentado por Roosevelt. Era la única manera de
derrotar a los soviéticos sin incurrir en el riesgo de una guerra nuclear.

Restaba un problema, no obstante. Kermit Roosevelt había sido un agente de la
CIA. Las consecuencias habrían podido ser funestas si lo hubiesen atrapado. Él
orquestó la primera operación de Estados Unidos para derribar a un gobierno
extranjero. Era probable que se recurriese a este expediente muchas veces más, pero
interesaba buscar un planteamiento que no implicase directamente a Washington.

Por fortuna para los estrategas, la década de 1960 fue también testigo de otra
revolución: el auge de las corporaciones multinacionales y de los organismos
internacionales como el Banco Mundial y el FMl. Estos dependían para su
financiación principalmente de Estados Unidos y de nuestros primos europeos,
también constructores de imperios. Se desarrolló una relación simbiótica entre el
gobierno, las empresas y los organismos internacionales.

En la época en que me matriculé en la EADE de Baston, la solución al problema
«Roosevelt percibido como agente de la CIA» estaba ya bien diseñada. Las agencias
de inteligencia estadounidenses, entre ellas la NSA, identificarían a posibles EHM y
estos podrían a continuación ser contratados por las multinacionales. A los gángsteres
económicos jamás les pagaría ningún organismo público, sino que serían asalariados
del sector privado. En consecuencia, su trabajo sucio, caso de resultar descubierto,
sería atribuido a la codicia de las empresas, no a la política gubernamental. Las
compañías que los contratasen, aunque pagadas por las agencias gubernamentales y
sus colaboradores necesarios de la banca internacional (con dinero del contribuyente),
no estaban sometidas a la fiscalización del Congreso ni a los criterios de la opinión
pública. Además quedarían protegidas por un escudo legislativo cada vez más sólido,
formado por leyes sobre la propiedad comercial, el comercio internacional y
restrictivas de la libertad de información.2

-Ya lo ves -concluyó Claudine-. No somos más que la segunda generación,
herederos de la tradición gloriosa que comenzó cuando tú estabas en el tercer año de la
escuela elemental.
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Indonesia: lecciones de gangsterismo económico

A demás de prepararme para mi nueva carrera, hice muchas lecturas sobre
Indonesia. «Cuanto más sepas acerca de un país antes de visitarlo, más fácil te
resultará la tarea», me había aconsejado Claudine. Me lo tomé a pecho.

Cuando Colón zarpó en 1492, lo que buscaba era Indonesia, conocida entonces
como las islas de las especias. En toda la época colonial estuvieron consideradas un
tesoro mucho más importante que las Américas. En especial Java, con sus ricas telas,
sus fabulosas especias y sus opulentos reinos, era la joya de la corona y el escenario de
violentas rivalidades entre los aventureros españoles, holandeses, portugueses y
británicos. Holanda quedó vencedora en 1750, pero si bien controlaron Java, los
holandeses necesitaron más de ciento cincuenta años para llegar a dominar los
confines del archipiélago.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los japoneses invadieron Indonesia. Poca
resistencia pudieron ofrecer las guarniciones holandesas. De ello resultaron terribles
padecimientos para los indonesios y en especial para los javaneses. Después de la
rendición del Japón surgió un líder carismático, Sukarno, que declaró la
independencia. Tras cuatro años de hostilidades, los holandeses finalmente arriaron la
bandera el 27 de diciembre de 1949, y devolvieron la soberanía a un pueblo que no
había conocido otra cosa más que guerras y dominaciones durante más de tres siglos.
Sukarno fue el primer presidente de la nueva república.

Gobernar Indonesia, sin embargo, se evidenció corno un reto mucho más difícil que
derrotar a los holandeses. Ese archipiélago de unas 17.500 islas, lejos de ser
homogéneo, era un hervidero de tribalismos, culturas divergentes, docenas de idiomas
y dialectos y grupos étnicos que albergaban enemistades seculares. Los conflictos eran
frecuentes y

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brutales, y Sukarno intervino con mano de hierro. Disolvió el Parlamento en 1960 y se
hizo nombrar presidente vitalicio en 1963. Selló estrechas alianzas con los regímenes
comunistas a cambio de instructores y material militar. Envió sus tropas pertrechadas
por los rusos a la vecina Malasia en un intento de extender el comunismo por el
Sudeste asiático y merecer así la aprobación de los líderes socialistas del planeta.

Surgió la oposición, y hubo un golpe de Estado en 1965. Sukarno se salvó de ser
asesinado sólo gracias a la astucia de su amante. Muchos de sus altos mandos militares
y colaboradores más íntimos tuvieron menos suerte. La sucesión de los hechos
recuerda la de Irán en 1953. En el desenlace final, se echó la culpa de todo al partido
comunista y en especial a sus facciones prochinas. Las matanzas subsiguientes,
inducidas por los militares, hicieron de trescientas mil a medio millón de víctimas,
según estimaciones. El líder de los golpistas, el general Suharto, asumió la presidencia
en 1968.1

En 1971 el interés de Estados Unidos en alejar a Indonesia de la órbita comunista
era enorme, porque el desenlace de la guerra de Vietnam empezaba a verse muy
incierto. El presidente Nixon había iniciado una serie de retiradas de tropas en verano
de 1969 y Estados Unidos empezaba a adoptar una estrategia nueva, de un tipo más
global. El objetivo de dicha estrategia consistía en contrarrestar el «efecto dominó», es
decir, evitar que los países fuesen cayendo uno tras otro bajo regímenes comunistas.
Se fijaron las prioridades en un par de países, pero Indonesia era la clave. El proyecto
de electrificación de MAIN era parte de un plan más amplio con el objeto de asegurar
el dominio estadounidense en el Sudeste asiático.

La premisa de la política exterior estadounidense era que Suharto se pondría al
servicio de Washington de la misma manera que el sha en Irán. Además, Estados
Unidos confiaba en que aquel país sirviera de modelo para otros de la región. En parte,
Washington basaba su estrategia en la suposición de que las ventajas logradas en
Indonesia repercutirían positivamente sobre todo el mundo islámico y particularmente
en la explosiva región del Oriente Próximo. Por si eso no fuese incentivo suficiente,
Indonesia tenía además yacimientos de petróleo. No se conocía con exactitud ni el
tamaño ni la calidad de sus reservas, pero los sismólogos de las petroleras rebosaban
optimismo en cuanto a sus posibilidades.

Mientras empollaba los libros de la biblioteca pública de Boston mi entusiasmo
aumentaba. Mi imaginación me sugería una vida de aventuras. Como empleado de
MAIN, iba a reemplazar el espartano estilo

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de vida del Peace Corps por un tren mucho más espléndido y lujoso. Mis ratos con
Claudine habían significado ya la realización de una de mis fantasías. Casi era
demasiado bueno para ser cierto, y me sentí resarcido, al menos en parte, por mis
años de encierro en el internado masculino.

Al mismo tiempo sucedían otras cosas en mi vida. Ann y yo estábamos cada
vez más distanciados. Supongo que debió darse cuenta de que yo llevaba una
doble vida. Yo me justificaba ante mí mismo acudiendo al resentimiento que había
provocado el casarme por obligación. Aunque. ella siempre estuvo a mi lado y
soportó conmigo la aspereza de la misión del Peace Corps en Ecuador, para mí
Ann seguía representando la continuación de aquella pauta de sumisión a las
voluntades de mis padres. Ahora que paso revista a los acontecimientos estoy
seguro de que mi relación con Claudine también tuvo mucho que ver, por
supuesto. Esto no podía mencionárselo a Ann, pero ella lo adivinaba. En cualquier
caso, decidimos mudarnos a apartamentos separados.

Cierto día de 1971 -faltaba más o menos una semana para la fecha de partida a
Indonesia-, al llegar al piso de Claudine vi la mesita de la sala puesta con un
surtido de canapés y quesos variados, y también una buena botella de Beaujolais.
Ella me recibió con un brindis.

-Lo has conseguido -dijo con una sonrisa, que sin embargo me pareció algo
ambigua-. Ya eres de los nuestros.

Charlamos alegremente como media hora. Y luego, mientras apurábamos la
botella, me dirigió una mirada que nunca le había visto. -Jamás le hables a nadie
de nuestros encuentros -dijo con voz enérgica -. Nunca te lo perdonaría, y además
negaría haberte conocido alguna vez.

Después de asestarme otra ojeada tan severa que por primera vez llegué a
sentirme amenazado, soltó una carcajada sarcástica y agregó:

-Si mencionaras algo de esto, la vida podría llegar a ponerse peligrosa para ti.
Quedé petrificado. La sensación fue terrible. Pero más tarde, mientras regresaba
solo al Prudential Center, admiré la astucia del procedimiento. De hecho, todas
nuestras entrevistas habían ocurrido en el apartamento de ella. No existía ninguna
prueba de nuestra relación, ni mediación alguna demostrable por parte de nadie de
MAIN. Por otro lado, tuve que reconocer que me había hablado con franqueza, sin
tratar de torcer mi voluntad como lo hicieron mis .padres con lo de Tilton y lo de
Middlebury.

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Salvar a una nación del comunismo

Yo tenía una visión idealizada de Indonesia, el país donde iba a vivir

durante los próximos tres meses. En algunos de los libros que había leído había visto
fotos de bellas mujeres envueltas en sarongs de luminosos colores, exóticas bailarinas
balinesas, chamanes que escupían fuego y guerreros en sus largas canoas de troncos
ahuecados remando por aguas de color esmeralda a los pies de volcanes coronados de
humo. Me sorprendió especialmente una serie dedicada a los magníficos galeones de
los infames piratas Bugi, con sus impresionantes velas negras, que todavía surcaban
las aguas del archipiélago, y que en otros tiempos atemorizaron a los marineros
europeos hasta tal punto que, cuando éstos regresaban a sus hogares y les tocaba
reprender a sus hijos, solían decirles: «Si no te portas bien llamaré a los piratas Bugi y
vendrán por ti». ¡Ah! ¡Cómo agitaban mi espíritu esas imágenes!

La historia y las leyendas del país presentaban una galería de personajes
descomunales: dioses iracundos, dragones de Komodo, opulentos sultanes tribales.
Leyendas ancestrales muy anteriores al nacimiento de Cristo habían viajado a través
de las cordilleras asiáticas y los desiertos de Persia para cruzar el Mediterráneo y
quedar profundamente grabadas en los repliegues más escondidos de nuestra
psicología colectiva. Hasta los nombres de aquellas fabulosas islas -Java, Sumatra,
Borneo, las Célebes- seducían a la imaginación. Eran tierras de misticismo, de leyenda
y de erótica belleza, el tesoro que Colón buscó y nunca pudo alcanzar, la princesa
deseada y jamás poseída por España, por Holanda, por los portugueses y los
japoneses. Una fantasía y un sueño.

Mis expectativas eran elevadas, como las de aquellos grandes exploradores,
supongo. Pero, al igual que Colón, debí haber aprendido a moderar mis fantasías. Tal
vez era de prever que el faro del destino no siempre apunta a los horizontes que
habíamos imaginado. Indonesia

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ciertamente ofrecía tesoros, pero no era la cornucopia de todas las riquezas que yo
esperaba. En efecto, mis primeros días bajo la tórrida atmósfera de su capital, Yakarta,
en el verano de 1971, me reservaban muchas sorpresas.

Ciertamente, la belleza estaba allí. Mujeres espléndidas que vestían sarongs
multicolores. Jardines exhuberantes, cargados de flores tropicales. Exóticas bailarinas
balinesas. Triciclos pintados con escenas de vivos colores hasta en los respaldos de los
asientos, donde los pasajeros se arrellanaban de cara al hombre que pisaba los pedales.
Mansiones de estilo colonial holandés y mezquitas con minaretes. Pero la ciudad
presentaba también su lado sórdido y trágico. Leprosos que alzaban muñones
ensangrentados en vez de manos. Muchachas que vendían su cuerpo a cambio de unas
monedas. Los canales construidos por los holandeses, antaño espléndidos, convertidos
en cloacas a cielo abierto. Barracas de cartón donde vivían familias enteras sobre los
vertederos que cubrían las orillas de los ríos de aguas inmundas. Bocinazos incesantes
y humos apestosos. Lo bello y lo feo, lo elegante y lo vulgar, lo espiritual y lo profano.
Eso era Yakarta, donde los perfumes tentadores del clavo y de la orquídea competían
con las miasmas de aquellos albañales.

Sin embargo, no era la primera vez que yo veía la pobreza. Algunos de mis
compañeros de colegio en New Hampshire vivían en barracas cubiertas de cartón
alquitranado y se presentaban a clase vistiendo chaquetas deshilachadas y viejas
zapatillas de tenis en pleno invierno, con temperaturas exteriores bajo cero, los
cuerpos sin lavar que apestaban a sudor rancio y a estiércol. En los Andes había
convivido con campesinos cuya dieta consistía casi exclusivamente de maíz seco y
patatas, y donde a veces parecía que los recién nacidos tenían tantas probabilidades de
morir como de llegar a cumplir su primer año. La pobreza, pues, no me era
desconocida, pero no estaba preparado para lo de Yakarta.

Nuestro grupo se alojaba en el hotel más elegante de la ciudad, por supuesto, que
era el Intercontinental Indonesia, propiedad de la Pan American Airlines como todos
los de la cadena Intercontinental, presente en todo el planeta. Allí, los extranjeros ricos
veían atendidos todos sus caprichos; en especial los ejecutivos de las compañías
petroleras y las familias de éstos. La primera noche de nuestra estancia, Charlie
Illingworth, el director de nuestro proyecto, nos agasajó con una cena en el fastuoso
restaurante del ático.

Charlie era entendido en temas bélicos; dedicaba la mayor parte de su tiempo libre
a leer libros de historia y novelas históricas sobre grandes caudillos militares y batallas
célebres. Era el paradigma del estratega de

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tertulia, y partidario de la guerra de Vietnam. Como de costumbre, aquella noche
vestía pantalón bombacho color caqui y camisa también de color caqui, de manga
corta y con presillas en los hombros al estilo militar.

Después de darnos la bienvenida encendió un puro. «Por la buena vida», suspiró
levantando la copa de champagne. «Por la buena vida», le hicimos eco, y las copas
tintinearon.

Rodeado de volutas de humo, Charlie paseó la mirada por el salón.

-Estaremos bien atendidos aquí -dijo acompañando las palabras con varios
cabezazos de satisfacción. Los indonesios cuidarán de nosotros, y también los de
nuestra embajada. Pero no olvidemos que hemos venido con una misión que cumplir.
Miró un puñado de fichas que tenía delante.

-Sí. Estamos aquí a fin de desarrollar un plan maestro para la electrificación de
Java, el lugar más poblado del mundo. Pero eso no es más que la punta del iceberg.
Su expresión se ensombreció, me recordó al actor George C. Scott en su papel de
General Patton, uno de los héroes de Charlie.

- Estamos aquí para salvar el país de las garras del comunismo. Que no es poca
cosa. Como saben ustedes, Indonesia tiene una historia larga y trágica. Ahora, cuando
se disponía a entrar definitivamente en el siglo XX, se ha visto enfrentada a una nueva
prueba. Es nuestra responsabilidad conseguir que Indonesia no siga los pasos de sus
vecinos del norte, Vietnam, Camboya y Laos. El sistema eléctrico integrado será un
elemento clave. Con eso, más que con ningún otro factor, salvo la posible excepción
del petróleo, quedará asegurada la presencia del capitalismo y de la democracia.
Después de una pausa para inhalar del puro y barajar sus anotaciones, prosiguió:

-Y hablando de petróleo. Todos sabemos hasta qué punto lo necesita nuestro país.
Indonesia puede llegar a ser una aliada poderosa en tal sentido. De manera que,
cuando desarrollen ustedes ese plan maestro, tengan la bondad de recordar lo que van
a necesitar la industria del petróleo y las demás que dependen de ella, los puertos, los
oleoductos, las constructoras. Debe proporcionárseles lo que haga falta en términos de
consumo eléctrico para los veinticinco años de vigencia de ese plan.
Alzó los ojos de sus fichas y se encaró directamente conmigo mientras continuaba
diciendo:

- Más vale exagerar, que quedarnos cortos. No vaya a caer sobre nuestras cabezas
la sangre de los niños de Indonesia, o la nuestra. No vayan a tener que vivir bajo la
hoz y el martillo, ¡o bajo la bandera roja de
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China!

Aquella noche, acostado en mi cama a muchos metros de altura sobre la ciudad,
entre la seguridad y el lujo de una suite de primera clase, evoqué la imagen de
Claudine. Me desvelaban sus discursos sobre la deuda externa. Intenté tranquilizarme
recordando mis cursos de teoría macroeconómica en la escuela de administración de
empresas. Al fin y al cabo, me decía, estoy aquí para ayudar a Indonesia, para que
salga de su economía medieval y pase a ocupar su lugar en el mundo industrial
moderno. Pero yo sabía que al amanecer, cuando echase la primera ojeada desde mi
ventana, más allá de la opulencia de los jardines del hotel y de las piscinas, podría ver
los barrios de barracas que se extendían alrededor, hasta muchos kilómetros de
distancia. No ignoraba que ahí fuera estaban muriendo muchos niños por falta de
alimento y de agua potable, y que tanto los menores como los adultos padecían
enfermedades horribles y soportaban condiciones de vida inhumanas.

Seguí dando vueltas en mi cama sin pegar ojo. Era innegable que tanto Charlie
como los demás miembros del equipo estábamos allí por motivos egoístas.
Promovíamos la política exterior de Estados Unidos y los intereses corporativos. Nos
impulsaba la codicia y no un supuesto deseo de mejorar las condiciones de vida de la
gran mayoría de los indonesios. Una palabra acudió a mi mente: la corporatocracia.
No consigo recordar si la había escuchado en alguna parte o la inventé yo mismo, pero
me pareció perfecta para describir la nueva clase dominante que se había metido entre
ceja y ceja el afán de dominar el planeta.

Era una cofradía de unos pocos, estrechamente unidos por unos objetivos comunes.
Los miembros de esa cofradía pasaban con facilidad de los consejos de administración
a los cargos públicos, y viceversa. Se me antojaba que el entonces presidente del
Banco Mundial, Robert McNamara, era el ejemplo perfecto. Había pasado de su
puesto de presidente de Ford Motor Company a la secretaría de Defensa con los
gabinetes de Kennedy y Johnson, y en aquellos momentos era la autoridad máxima de
la institución financiera más poderosa del mundo.

Comprendía también que mis profesores de la EADE no habían captado la
verdadera naturaleza de las magnitudes macroeconómicas. Que en muchos casos,
contribuir al crecimiento económico de un país sólo servía para enriquecer todavía
más a los que estaban en la cima de la pirámide, sin hacer nada por los de abajo
excepto empujarlos más abajo "todavía. En efecto, la promoción del capitalismo
muchas veces produce un sistema parecido a las sociedades feudales de la Edad
Media. Si alguno de mis profesores lo sabía, nunca nos lo contó, probablemente
porque las

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grandes empresas y los hombres que las dirigen financian las universidades. Si
aquellos profesores nos hubieran enseñado la verdad, sin duda les habría costado el
empleo, lo mismo que podían costármelo a mí unas revelaciones por el estilo.

Esos pensamientos me hicieron pasar en vela todas las noches que estuve en el
Hotel Intercontinental Indonesia. En el fondo, no tenía más argumentos para mi
defensa que los de orden personal: había luchado mucho para escapar de aquel pueblo
de New Hampshire, de aquella escuela y del servicio militar. Mediante una
combinación de coincidencias y el trabajo asiduo, me había ganado una poltrona en la
buena vida. También me consolaba diciéndome que mi actuación era correcta según
las normas de mi propia cultura. Estaba en vías de convertirme en un analista
económico prestigioso y respetado. Hada lo que la escuela de administración de
empresas nos preparaba para hacer. Iba a implementar un modelo de desarrollo
sancionado por las mejores cabezas de los mejores equipos pensantes del mundo.

De madrugada, no obstante, me consolaba muchas veces con una promesa: que
algún día denunciaría la verdad. Después de esto me adormecía leyendo una novela de
Louis l'Amour sobre aventuras de pistoleros del viejo Oeste.

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5

Cómo vendí mi alma

Nuestro equipo de once personas pasó seis días en Yakarta para registrarse en la

embajada, reunirse con varios funcionarios, organizarse y descansar junto a la piscina.
Me sorprendió la gran cantidad de estadounidenses que vivían en el InterContinental.
Me gustaba contemplar a las jóvenes y bellas esposas de los ejecutivos de las
petroleras y constructoras estadounidenses, que se pasaban los días en la piscina y las
noches cenando en la media docena de elegantes restaurantes del hotel y de los
alrededores.

Hasta que Charlie dio la orden de trasladarnos a Bandung, una ciudad de la región
montañosa. Allí el clima era más suave, la pobreza menos visible y las distracciones
más escasas. Nos alojamos en un parador público llamado Wisma, con gerente,
cocinero, jardinero y demás personal de servicio. Construido durante la época colonial
holandesa, el Wisma era un remanso. Tenía una terraza espaciosa, con vistas a las
grandes plantaciones de té que cubrían las suaves ondulaciones de las colinas y subían
por las laderas de los volcanes de lava, al fondo. Además del alojamiento se nos
suministraron once todo terrenos Toyota, cada uno con su chófer y su intérprete. Por
último fuimos obsequiados con la inscripción gratuita en el exclusivo Bandung Golf
and Racket Club e instalados en una suite de despachos perteneciente al cuartel
general de la Perusahaan Umum Listrik Negara (PLN), la compañía eléctrica de
titularidad pública.

Para mí, los primeros días de estancia en Bandung consistieron en una serie de
entrevistas con Charlie y con Howard Parker. Era éste un septuagenario jubilado, que
había sido jefe de previsión de carga de New England Electric System. En aquellos
momentos era el responsable de pronosticar la cantidad de energía y la capacidad de
generación (la «carga») que iba a necesitar la isla de Java en el transcurso de los
próximos veinticinco años. Además, debía desglosar esas magnitudes por regiones y
por ciudades. Y como la demanda de electricidad guarda una

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correlación estrecha con el crecimiento económico, las previsiones de Parker
dependían de mis proyecciones económicas. Los demás del equipo elaborarían
entonces el plan maestro con arreglo a estos datos, lo que significaba ubicar y
proyectar las centrales generadoras, las líneas de transporte y distribución y los
sistemas de transporte del combustible para abastecer las centrales, todo ello bajo la
condición de satisfacer nuestras predicciones con la mayor eficiencia posible. Durante
nuestras reuniones Charlie subrayaba sin cesar la importancia de mi trabajo, y me
incordiaba con la necesidad de ser muy .optimista en mis proyecciones. Claudine tenía
razón. Yo era la clave de todo el plan maestro.

-Dedicaremos nuestras primeras semanas aquí a recopilar los datos

-explicó Charlie.

Él, Howard y yo ocupábamos unos grandes sillones de mimbre en el fastuoso
despacho particular de Charlie. Las paredes estaban decoradas con tapices de batik que
representaban batallas de la antigua epopeya hindú del Ramayana. Charlie exhalaba
vaharadas de un grueso puro.

- Los ingenieros van a reunir información detallada del sistema eléctrico actual, de
las capacidades portuarias, las carreteras, los ferrocarriles y todo eso.

Y luego, apuntándome con el puro, añadió:

-Necesitaremos que trabaje usted con rapidez. A finales del primer mes Howard
necesitará poder hacerse una idea bastante exacta de la envergadura de los milagros
económicos que se producirán cuando conectemos la nueva red. A finales del segundo
mes se necesitará un desglose detallado por regiones, y el último mes acabaremos de
atar cabos .sueltos. Estos plazos son críticos. Vamos a ponernos manos a la obra y a
colaborar estrechamente, de manera que antes de salir del país tengamos la seguridad
de haber reunido toda la información necesaria. Mi lema es: «Todos en casa para el
Día de Acción de Gracias». No vamos a volver aquí.

Howard aparentaba ser un abuelete cordial y amable, pero no tardé en darme cuenta
de que era un viejo amargado, desengañado de la vida. Nunca consiguió llegar a la
cumbre en New England Electric System, y por eso estaba lleno de resentimiento.
«Me postergaron porque no quise avenirme a la política de la compañía» me repitió
varias veces. Jubilado a la fuerza, e incapaz de convivir en casa con su mujer, aceptó
el trabajo de asesor para MAIN. Aquélla era su segunda misión, y tanto Einar como
Charlie me habían advertido que desconfiase de él. Lo describían con términos como
obstinado, ruin y vengativo.

En realidad Howard fue uno de mis mejores maestros, aunque yo no

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supiera verlo así por aquel entonces. Él no recibió el tipo de entrenamiento que
Claudine me había dispensado a mí. Supuse que lo consideraban demasiado viejo, o
tal vez demasiado tozudo. O quizá lo empleaban sólo provisionalmente, hasta que
consiguieran fichar a otro más flexible, como yo, y que trabajase con plena
dedicación. En todo caso, desde el punto de vista de ellos aquel hombre era un
problema. Howard había entendido con claridad la situación y el papel que se le
asignaba, y estaba decidido a no ser un peón de esa partida. Todos los adjetivos que
usaban Einar y Charlie para describirle eran apropiados, pero su obstinación derivaba,
al menos en parte, de la decisión personal de no ser un títere. No creo que nunca
hubiese oído el término gángster económico, pero sabía que pretendían utilizarle para
promover una forma de imperialismo con la que él no estaba de acuerdo.

Después de una de nuestras reuniones con Charlie, me llevó aparte.

Usaba audífono, y se puso a manipular el diminuto cajetín que llevaba debajo de la
camisa y que servía para regular el volumen.

-Que quede entre nosotros -empezó Howard en voz baja.

Estábamos de pie junto a la ventana del despacho que compartíamos, contemplando
el canal de aguas estancadas que serpenteaba cerca del edificio de la PLN. Una mujer
joven se bañaba en aquellas aguas pestilentes. Procuraba mantener un simulacro de
pudor ciñéndose un sarong alrededor del cuerpo desnudo -. Quieren convencerte de que
la economía de este país va a subir como un cohete -dijo -. Ese Charlie no tiene
escrúpulos. No permitas que te influya.

Al oír estas palabras me dio un vuelco el estómago y sentí deseos de llevarle la
contraria y demostrar que Charlie tenía razón. Mi carrera dependía de tener contentos
a mis jefes en MAIN.

-Sin duda esta economía va a explotar -dije sin apartar los ojos de la bañista -. No
tienes más que mirar a tu alrededor.

-Conque ésas tenemos -murmuró, creo que sin prestar atención a la escena-. Así
que estás con ellos.

Un movimiento junto al canal distrajo mi atención. Un tipo de edad madura se
acercó a la orilla, se bajó los pantalones y se agachó para cumplir con las exigencias
de la naturaleza. La bañista lo vio pero no dio muestras de inmutarse y siguió
bañándose. Me aparté de la ventana y me encaré con Howard.

-No soy ningún novato -dije-. Podré parecerte joven, pero acabo de regresar
después de pasar tres años en Suramérica. He visto lo que puede ocurrir cuando se
descubre petróleo. Las cosas cambian muy deprisa.

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-¡Ah! Yo tampoco soy ningún novato -se burló él-. He dado muchas vueltas por
ahí, muchacho, y voy a decirte una cosa. Me importan un comino tus descubrimientos
de petróleo y todo eso. Llevo toda la vida pronosticando cargas de electricidad.
Durante la Depresión y la Segunda Guerra Mundial, en épocas de alza y en épocas de
baja. He visto lo que supuso para Boston el llamado «Milagro de Massachusetts» de la
Ruta 128. Y puedo afirmar que la carga eléctrica nunca creció más de un siete a
nueve por ciento anual durante un período sostenido. Ni siquiera en los mejores
tiempos. Un seis por ciento sería la cifra más razonable.

Me quedé mirándole. En parte sospechaba que tenía razón. Pero me hallaba a la
defensiva y sentí la necesidad de persuadirle, porque mi propia conciencia me
reclamaba una justificación.

-Esto no es Boston, Howard. En este país la gente no había tenido electricidad
hasta hoy. Las cosas son diferentes aquí.

Él giró sobre sus talones e hizo un ademán, como para barrer mis argumentos.

-Adelante -gruñó-. Sigue vendiéndome la moto. Me importa un comino lo que
digas. -Sacó el sillón de detrás de su escritorio y se dejó caer en él antes de continuar-:
Yo haré mi pronóstico de la demanda eléctrica basándome en lo que creo, no en
ningún estudio económico de vuestra cocina -y tomó un lápiz y se puso a garabatear
en un bloc.

Era un desafío que yo no podía pasar por alto. Me planté delante de su escritorio.

-Vas a quedar como un necio si yo presento lo que todo el mundo espera, un boom
como el de la fiebre del oro de California, y tú presentas un crecimiento de la demanda
eléctrica comparado con el de Boston en la década de 1960.

Golpeó el escritorio con el lápiz y me lanzó una ojeada furibunda. -¡Falta de
escrúpulos! ¡Eso es lo que es! Tú ... todos vosotros ... -se corrigió con un aspaviento
que abarcaba la totalidad de los despachos-, habéis vendido el alma al diablo. Estáis en
esto por la pasta y nada más. Y ahora... - forzó una mueca y se llevó la mano bajo la
camisa -. ¡Ahora desconecto mi audífono y me vuelvo a mi trabajo!

Yo temblaba de pies a cabeza. Salí de estampida y enfilé hacia el despacho de
Charlie. A medio camino, sin embargo, me detuve lleno de incertidumbre. Volví sobre
mis pasos y continué escaleras abajo para salir a la luz vespertina. La bañista acababa
de salir del canal ciñéndose el sarong y el hombre había desaparecido. Unos chicos
chapoteaban en el canal chillando y echándose agua. Una vieja, sumergida hasta las
rodillas, se cepillaba los dientes, y otra se dedicaba a hacer la colada.

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Sentí un nudo en la garganta. Me senté sobre una losa rota de hormigón,
procurando no hacer caso de la pestilencia del canal Mientras intentaba contener las
lágrimas, me pregunté por qué me sentía tan abatido.

Estáis en esto por la pasta. Las palabras de Howard resonaban en mi cabeza. Había
puesto el dedo en la llaga.

Los chicos siguieron bañándose y cortando el aire con sus risas estridentes. ¿Qué
hacer?, me pregunté. ¿Llegaría yo a vivir alguna vez tan despreocupado como aquellos
muchachos? Las dudas me atormentaban mientras contemplaba la feliz inocencia de
sus juegos, al parecer inconscientes del riesgo que corrían bañándose en aquellas
aguas fétidas. Apareció un anciano encorvado que se apoyaba en su garrote. Al ver a
los chicos detuvo su paseo por la orilla del canal y sonrió con su boca desdentada.

Quizá debería confiarme a Howard, pensé. Juntos, tal vez podríamos alcanzar una
solución. Al instante me sentí aliviado. Recogí un guijarro y lo lancé al canal. Al
disiparse la agitación del agua, sin embargo, se extinguió también mi optimismo.
Sabía que era imposible. Howard era un viejo amargado. Como no tenía ya ninguna
oportunidad de promoción, para qué iba a dar su brazo a torcer. En cambio yo era
joven, estaba empezando y desde luego no tenía ninguna intención de acabar como él.

Mientras contemplaba el maloliente canal evoqué una vez más las imágenes del
instituto en la colina, allá en New Hampshire, donde pasé los veranos a solas mientras
los demás asistían invitados a los bailes de las chicas que se presentaban en sociedad.
Poco a poco fui comprendiendo que, una vez más, no tenía a nadie en quien confiar.

Aquella noche, tumbado en la cama, permanecí largo rato recordando a las
personas que habían intervenido en mi vida. Howard, Charlie, Claudine, Ann, Einar, el
tío Frank. Me preguntaba qué habría sido de mí si no las hubiese conocido. Una cosa
era segura: que no me hallaría en Indonesia. También me interrogaba acerca de mi
futuro. ¿A dónde me llevaría todo aquello? Medité sobre la decisión que se me
planteaba. Según había dejado bien claro Charlie, se esperaba que Howard y yo
planteásemos un crecimiento anual del 17 por ciento como mínimo. ¿Qué tipo de
pronóstico iba a presentar yo?

De súbito se me ocurrió una idea que me tranquilizó. ¡Cómo no se me había
ocurrido antes! La decisión no era de mi incumbencia. ¿No había dicho Howard que
haría lo que él considerase justo, con independencia de mis conclusiones? Yo podía
complacer a mis jefes presentando un

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crecimiento económico elevado, y él decidiría lo que le pareciese. Mi trabajo no
tendría ninguna influencia en el plan maestro. Todo el mundo hacía hincapié en la
importancia de mi función, pero estaban equivocados. Sentí que se desprendía de mis
hombros un peso enorme, y me quedé profundamente dormido.

Pocos días más tarde, Howard cayó enfermo de una grave infección.

Lo llevamos de urgencias al hospital de la misión católica. Los médicos le
recetaron fármacos pero recomendaron su evacuación inmediata a Estados Unidos. Él
nos aseguró que tenía ya todos los datos necesarios y que completaría el estudio de
cargas en Boston. Sus palabras de despedida para mí fueron una repetición de su
anterior advertencia.

«No hay necesidad de maquillar los números -dijo-. Di lo que quieras sobre los
milagros del desarrollo económico, pero yo no voy a ser cómplice de esa estafa.»

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SEGUNDA

PARTE


1971 -1975


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6


Mi papel de inquisidor

Según nuestros contratos con las autoridades indonesias, el Asian SDevelopment Bank
y USAID, una persona de nuestro equipo debía
inspeccionar los principales núcleos habitados de la región abarcada por el plan
maestro. Fui nombrado para encargarme de esta misión. Como dijo Charlie:
«Has sobrevivido en la Amazonia, así que ya sabes cómo arreglártelas entre
insectos, serpientes y agua no potable».

Junto a mi chófer y un intérprete visité muchos lugares espléndidos y me
alojé en sitios bastante lúgubres. Hablé con los hombres de negocios y los
dirigentes políticos locales y escuché sus opiniones sobre las perspectivas de
desarrollo económico. No obstante, me pareció notar una cierta reticencia a
compartir información conmigo. Era como si les intimidase mi presencia. Por
norma me decían que tenían que consultarlo con sus jefes, con las agencias de
la administración o con los despachos centrales de sus empresas en Yakarta.
Llegué a sospechar si existía algún tipo de conspiración de silencio contra mí.

Estos desplazamientos solían ser breves, de dos o tres días como mucho.
Entre uno y otro yo regresaba al Wisma de Bandung. La mujer que lo
regentaba tenía un hijo algunos años más joven que yo. Se llamaba Rasmon,
pero todo el mundo excepto su madre le llamaba Rasy. Estudiaba ciencias
económicas en la universidad local y no tardó en manifestar interés por mi
trabajo. Intuí que tarde o temprano acabaría pidiéndome un empleo. Al mismo
tiempo empezó a enseñarme el indonesio bahasa.

La creación de un idioma fácil de aprender había sido la primera
preocupación del presidente Sukarno cuando consiguió librar a Indonesia de los
holandeses. En ese archipiélago se hablan más de 350 lenguas y dialectos;1
Sukarno comprendió que su país necesitaba un lenguaje común a fin de unificar
a los pobladores de las numerosas islas y culturas. Para ello contrató a un equipo
internacional de lingüistas, y el indonesio bahasa fue el resultado, con muy
buena fortuna, por cierto. Basado en el

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malayo, evitaba buena parte de las conjugaciones, los verbos irregulares y otras
complicaciones características de muchas lenguas naturales. A comienzos de la
década de 1970 lo hablaba la mayoría de los indonesios, aunque estos seguían
empleando el javanés y los demás dialectos locales dentro de sus respectivas
comunidades. Rasy era un maestro estupendo, con gran sentido del humor, y
comparado con el shuar, o incluso el español, el estudio del bahasa resultaba
fácil.

Rasy tenía un ciclomotor y se empeñó en mostrarme su ciudad y su gente.
«Voy a enseñarte un aspecto de Indonesia que todavía no has visto», me
prometió una tarde, invitándome a montar detrás de él en su máquina.

Pasamos por teatrillos de sombras, orquestas de instrumentos tradicionales,
escupefuegos, malabaristas y buhoneros que vendían toda clase de artículos,
desde música americana de contrabando hasta las más curiosas artesanías
indígenas. Por fin aterrizamos en una minúscula cafetería poblada de hombres y
mujeres jóvenes cuya indumentaria, sombreros y peinado habrían quedado
perfectos en un recital de los Beatles a fines de la década de 1960. Pero todos
ellos eran inconfundiblemente indonesios. Rasy me presentó a un grupo que
ocupaba una de las mesas, y que nos hizo un hueco.

Todos hablaban inglés con mayor o menor soltura, pero agradecieron y
elogiaron mis esfuerzos por expresarme en bahasa. Abordando el tema con
franqueza me preguntaron por qué los estadounidenses nunca se tomaban la
molestia de aprender su idioma. No supe qué contestar. Ni conseguía explicarme
por qué era yo el único americano o europeo en aquella parte de la ciudad,
cuando pululaban tantos de ellos en el Golf and Racket Club, los restaurantes
finos, los cines y los supermercados de lujo.

Esa noche la recordaré toda la vida. Rasy y sus amigos me trataron como a
uno de los suyos. Experimenté una sensación de euforia al hallarme allí
compartiendo su ciudad, su comida y su música, aspirando el humo de los
cigarrillos de clavo y otros aromas característicos de sus vidas, bromeando y
riendo con ellos. Era como volver al Peace Corps y me pregunté qué me había
hecho querer viajar en primera clase y alejarme de personas como aquéllas.
Conforme avanzaba la velada empezaron a tirarme de la lengua, deseosos de
conocer mis opiniones sobre su país y sobre la guerra que estábamos haciendo en
Vietnam. Todos se manifestaron escandalizados por lo que llamaban «una
invasión ilegal» y muy aliviados al comprobar que yo compartía sus puntos de
vista.

Cuando regresamos era tarde y el parador estaba a oscuras. Le agradecí
efusivamente a Rasy que me hubiese invitado a su mundo y él
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