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Confesiones de un sicario economico -pagina 132-157

Info1/14/2013

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Panamá, porque el Continental estaba en obras de reforma y el ruido era
insoportable. Al principio la mudanza me molestó un poco, porque el
Continental había sido como un segundo hogar. Pero luego, sentado en la
fastuosa recepción, con sus sillones de mimbre y sus ventiladores de techo de
anchas palas, empezó a gustarme el Panamá. Era como estar en el plato de
Casablanca; uno podía imaginar que Humphrey Bogart iba a entrar en cualquier
momento. Dejé a un lado el ejemplar de la New York Review of Boóks, tras
acabar de leer un artículo de Graham Greene sobre Panamá, y levanté la mirada
hacia los ventiladores mientras recordaba una velada ocurrida casi dos años
antes.

—Ford es un presidente débil, que no será reelegido —había predicho Omar
Torrijos en 1975, hablando ante un grupo de panameños influyentes y siendo
yo el único extranjero invitado al viejo y elegante club también con sus
ventiladores de techo—. Por este motivo he decidido agilizar este asunto del
Canal. Es el momento idóneo para lanzar una campaña política a todos los
niveles con el fin de recuperarlo.

Ese discurso me inspiró. Cuando regresé al hotel escribí rápidamente una
carta al Boston Globe. Uno de sus responsables reaccionó y cuando regresé a
Boston llamó a mi despacho para invitarme a escribir un artículo de opinión. «En
1975 no ha lugar al colonialismo en Panamá» ocupó casi media plana junto a la
página de los artículos editoriales en el número de 19 de septiembre de 1975.

El artículo citaba tres razones concretas para transferir el Canal a los
panameños. Primera, «la situación actual es injusta, lo que constituye buen
motivo para cualquier decisión». Segunda, «el tratado actual crea riesgos de
seguridad mucho más graves de los que resultarían de la devolución a los
panameños». Para argumentarlo, citaba un estudio realizado por la Comisión
Interoceánica del Canal según cuyas conclusiones «el tráfico podría quedar
colapsado durante dos años mediante la colocación de una bomba junto a la
presa de Gatún, cosa que plausiblemente podría realizar un solo hombre»,
punto que el mismo general Torrijos había subrayado en público. Y tercero, «la
situación actual origina serios problemas para unas relaciones Estados Unidos-
Latinoamérica que no están pasando por su mejor momento». Y concluía
diciendo:

La mejor manera de asegurar el funcionamiento continuado y eficiente del
Canal es ayudar a los panameños para que recuperen el control y la
responsabilidad sobre él. Si lo hiciéramos así, podríamos enorgullecemos de
iniciar una acción que reafirmaría el compromiso

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para con la causa de la autodeterminación que nosotros mismos abrazamos
hace doscientos años. El colonialismo estaba tan de actualidad a la vuelta del
siglo (alrededor del 1900) como en 1775. Es posible que la ratificación de
semejante tratado pueda entenderse en el contexto de aquella época. Hoy
carece ya de justificación. No ha lugar al colonialismo en 1975. Nosotros, que
estamos celebrando nuestro bicentenario, deberíamos comprenderlo así y
actuar en consecuencia.3

La publicación de este artículo fue una jugada atrevida por mi parte, sobre
todo porque era reciente mi nombramiento como socio de MAIN y se esperaba
que los socios evitaran a la prensa y, por supuesto, se abstuvieran de publicar
diatribas políticas en las páginas de opinión del periódico más prestigioso de
Nueva Inglaterra. Por el correo interior recibí montones de notas hostiles, la
mayoría anónimas, grapadas con recortes del artículo. En una de ellas reconocí
con toda seguridad la letra de Charlie Illingworth. Mi primer director de proyecto
llevaba diez años en MAIN y yo sólo cinco, pero a él todavía no le habían hecho
socio. En un lugar destacado de la nota había dibujado una calavera y las tibias
cruzadas. El mensaje sólo decía: «¿De veras han hecho socio de nuestra empresa
a este comunista?»

Bruno me llamó a su despacho y dijo:

— Este asunto te va a crear muchos disgustos. MAIN es una empresa bastante
conservadora. Pero quiero que sepas que tu actitud me parece muy astuta. A
Torrijos le encantará, supongo que ya le habrás enviado una copia. Bien. En
cuanto a esos graciosos de nuestra oficina, los que consideran a Torrijos
socialista, en el fondo no les importará un rábano con tal de que los contratos
sigan entrando.
Bruno tenía razón, como de costumbre. Estábamos ya en 1977, con Cárter en
la Casa Blanca, y las negociaciones sobre el Canal iban en serio. Muchas
competidoras de MAIN se habían equivocado de alianzas y no tenían nada que
hacer en Panamá, mientras nosotros teníamos trabajo a manos llenas. Y yo estaba
sentado en la recepción del hotel Panamá y había acabado de leer el artículo
publicado por Graham Greene en la New York Review ofBooks.

El articulo, «El país con cinco fronteras», era un texto atrevido que incluía un
comentario sobre los casos de corrupción entre la oficialidad superior de la
Guardia Nacional panameña. El autor señalaba que el mismo general había
confesado la concesión de privilegios especiales a muchos de sus colaboradores,
por ejemplo mejores viviendas, diciendo «si no los pago yo, lo hará la CÍA». La
implicación evidente era que las

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organizaciones de inteligencia estadounidenses se hallaban decididas a contrariar
los designios del presidente Cárter, y que si fuese necesario no titubearían en
sobOmar a los jefes militares panameños a fin de sabotear las negociaciones del
tratado.4 No pude dejar de preguntarme si los chacales estarían rondando ya a
Torrijos.

Yo había visto una fotografía en la sección «Gente» de la revista Time, o quizá
fuera en Newsweek, en la que Torrijos aparecía reunido con Greene. El titular decía
que el escritor era un invitado especial que había llegado a ser un buen amigo. Me
pregunté qué le parecería al general eso de que el novelista, en quien por lo visto
confiaba, hubiese escrito un artículo tan crítico.

Este artículo de Graham Greene planteaba otro interrogante, vinculado con
aquel día de 1972 en que me vi cara a cara con Torrijos con una mesita y unos
servicios de café por medio. En aquella época yo había dado por supuesto que
Torrijos sabía que el juego de la ayuda externa estaba planteado para hacerle rico
a él mientras el país quedaba sumido en el endeudamiento. Estaba seguro de que
no ignoraba que el proceso se basaba en el supuesto de que todos los hombres son
corruptibles, y que su decisión de no lucrarse personalmente y de aplicar la ayuda
extranjera en verdadero beneficio de su pueblo sería considerada por algunos una
amenaza capaz de arruinar todo el sistema. El mundo miraba a ese hombre, y sus
actos tenían ramificaciones que iban mucho más allá de Panamá y por tanto no
serían tomados a la ligera.

Me había preguntado cómo reaccionaría la corporatocracia si los créditos
concedidos a Panamá se empleaban en beneficio de los pobres sin contribuir a una
deuda impagable. Ahora me preguntaba si Torrijos se arrepentiría del acuerdo
alcanzado conmigo aquel día —por mi parte, tampoco estaba muy seguro de
haber acertado. Había renegado de mi papel de gángster económico. Había
jugado su partida, no la mía, al aceptar su proposición de sinceridad mutua a
cambio de más contratos. En términos puramente económicos había sido una
decisión beneficiosa para MAIN. Pero de todas maneras contradecía lo que me
había enseñado Claudine, puesto que no favorecía la expansión del imperio
global. ¿Se había soltado a los chacales?

Recuerdo que el día que salí del bungalow de Torrijos pensé que la historia de
Latinoamérica abundaba demasiado en héroes muertos. Un sistema basado en
corromper a los personajes públicos no suele ser piadoso con los personajes
públicos que se niegan a ser corrompidos.

En ese momento creí ver visiones. Una figura conocida cruzaba la recepción a
paso lento. Estaba tan confuso que llegué a creer que era

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Humphrey Bogart. Pero hacía años que Bogart estaba muerto. Entonces reconocí
en el hombre que pasaba.de largo a uno de los genios de la literatura
contemporánea en inglés. El autor de El poder y la gloria, de Los comediantes, de
Nuestro hombre en La Habana y del artículo que yo acababa de dejar a mi lado sobre
la mesita. Graham Greene titubeó un momento, miró a su alrededor y se encaminó
hacia la cafetería.

Sentí la tentación de llamarlo o de echar a correr detrás de él, pero me contuve.
Una voz interior me advirtió que quizá necesitaba estar a solas consigo mismo —
otra me dijo que tal vez me rehuiría. Recogí la New York Review ofBooksy un
instante más tarde me sorprendí al hallarme junto a la entrada de la cafetería. Había
desayunado antes y el jefe del servicio me miró con sorpresa. Miré a mi alrededor.
Graham Greene estaba solo, sentado a una mesa junto a la pared. Señalé la mesa
vecina.

—Allí —le dije al empleado—. ¿Puedo desayunar otra vez?
Como he dicho, yo siempre doy propina. El maítre sonrió con aire de
complicidad y me condujo a la mesa.

El novelista estaba enfrascado en su periódico. Pedí un café y un cruasán con
miel. Deseaba averiguar las opiniones de Greene sobre Panamá, Torrijos y el
asunto del Canal, pero no veía la manera de iniciar la conversación. Entonces él
alzó los ojos disponiéndose a tomar un sorbo de su vaso.

—Disculpe —dije.

El me miró algo incomodado, o así me lo pareció.

-¿Sí?

—Perdone la molestia, pero ¿usted es Graham Greene, verdad?

—Eso creo — sonrió él —. En Panamá no se me conoce mucho.

Hablando como una ametralladora le dije que él era mi novelista favorito y le
expuse mi curriculum, sin omitir mi trabajo enMAIN ni mis reuniones con Torrijos.
Él preguntó si era yo el consultor que
había escrito un artículo diciendo que Estados Unidos debía dejar Panamá.

— En el Boston Globe, si no recuerdo mal.
Quedé asombrado.
—Un texto valiente, habida cuenta de la situación de usted. ¿Quiere
acompañarme?

Me trasladé a su mesa y estuvimos como una hora y media charlando. Durante
la conversación me di cuenta de que le había tomado mucho afecto a Torrijos. A
ratos hablaba del general como un padre refiriéndose a su hijo.

—El general me invitó a escribir un libro sobre su país —dijo—. Estoy

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en ello. Esta vez no será una novela... es algo fuera de lo habitual en mí.

Le pregunté por qué solía escribir novelas en vez de obras de no ficción.

—La narrativa es más segura —contestó—. Muchos de mis temas son
conflictivos. Vietnam. Haití. La revolución mexicana. Muchos editores tendrían
miedo de publicar un libro que tratase de los hechos reales.

Hizo un ademán hacia mi New York Review of Books, que yo había dejado
sobre la mesa.
—Una palabra así puede hacer mucho daño —y agregó sonriendo—: Además,
prefiero la narrativa. Me concede más libertad.

Luego, mirándome con intención, dijo:

—Lo importante es escribir sobre cosas serias. Como su artículo del Globe
acerca del Canal.

Su admiración hacia Torrijos era evidente. Por lo visto, el jefe de Estado
panameño no impresionaba sólo a los pobres y desheredados. También era obvia la
preocupación de Greene por la vida de su amigo.

—Atreverse con el Gigante del Norte es empresa ardua. —Meneó la cabeza,
atribulado—. Temo por su seguridad.

Dicho esto se puso en pie.

—Tengo que tomar un avión para Francia. —Al tiempo que me ofrecía la mano
y, mirándome fijamente, dijo—: ¿Por qué no escribe usted un libro? —y luego
agregó asintiendo con la cabeza como para darme ánimos —: Lo lleva dentro. Pero
recuerde, hay que tratar de cosas serias.

Luego giró sobre sus talones y se alejó, pero enseguida volvió sobre sus pasos.

— No se preocupe. El general triunfará y conseguirá la devolución del Canal.
Torrijos lo consiguió. El mismo año 1977 negoció con éxito dos tratados con el
presidente Cárter que formalizaban la transferencia tanto de la Zona como del
Canal a control panameño. Faltaba que la Casa Blanca persuadiese al Congreso. La
batalla de la ratificación fue larga y difícil. En la votación final, el tratado quedó
ratificado por mayoría de un solo voto. Los conservadores juraron venganza.

Muchos años después, cuando apareció el libro documental de Graham Greene
Conoríendo al general, iba dedicado «a los amigos de mi amigo Omar Torrijos en
Nicaragua, El Salvador y Panamá».5

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Irán y su Rey de Reyes

entre 1975 y 1978 visité Irán con frecuencia. A veces viajaba de ida y vuelta
entre Latinoamérica o Indonesia y Teherán. El sha de shas (literalmente,
«Reyde Reyes» que era su título oficial) planteaba una situación que no se
asemejaba ennada a la de los demás países donde trabajábamos.

Irán tenía petróleo en abundancia y, al igual que Arabia Saudí, no necesitaba
endeudarse para financiar su ambiciosa lista de proyectos. Pero Irán difería
en gradosignificativo de Arabia Saudí, aun hallándose también en Oriente Próximo,
por ladensidad de su población y por no ser ésta de etnia árabe, aunque sí de
religión musulmana mayoritariamente. Además el país presentaba una larga historia
de conflictos políticos, tanto internos como en sus relaciones con los vecinos.
Enconsecuencia, elegimos una vía diferente: Washington y el mundo empresarial
unieron fuerzas para presentar al sha como un símbolo del progreso.

Mediante un esfuerzo enorme, se intentó representar ante la opinión mundial lo
que era capaz de conseguir un amigo fuerte y democrático de los intereses
empresariales y políticos de Estados Unidos. Nada importaba su título, tan
obviamente antidemocrático, ni en el hecho algo menos obvio del golpe orquestado
por la CÍA contra aquel primer ministro democráticamente elegido;
Washington y sus aliados europeos estaban decididos a presentar el régimen del
sha como una alternativa frente a aquellos que como Iraq, Libia, China y Corea
permitían que aflorase una corriente de antiamericanismo cada vez más poderosa.

Todo parecía indicar que el sha era progresista y amigo de los desfavorecidos.
En 1962 dispuso el reparto de los grandes latifundios. El año siguiente inauguró su
«revolución blanca», que incluía un extenso programa de reformas
socioeconómicas. Con el creciente poderío de la OPEP en el decenio de 1970, el
sha llegó a ser un líder mundial cada vez más influyente. Al mismo tiempo, Irán se
convirtió en la mayor potencia militar del Oriente Próximo musulmán.1

MAIN intervino en proyectos que afectaban a casi todas las regiones del país,
desde zonas turísticas a orillas del mar Caspio, al norte, hasta instalaciones
militares secretas que dominaban el estrecho de Ormuz, al

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sur. Una vez más, lo principal de nuestra misión consistió en estudiar las
posibilidades regionales y, según resultasen los pronósticos, diseñar las
capacidades de generación eléctrica así como los sistemas de transporte y de
distribución, puesto que la energía era indispensable para impulsar el
crecimiento industrial y comercial correspondiente a aquellas predicciones.

Con el tiempo llegué a visitar la mayor parte de las regiones principales.
Seguí la ancestral ruta de las caravanas a través de las montañas del desierto,
desde Kirman hasta Bandar'Abbas. Paseé por las ruinas de Persépolis, el legendario
palacio de los reyes antiguos que fue una de las maravillas del mundo clásico.
Vi los monumentos más famosos y espectaculares del país: Shiraz, Isfahan y el
campamento de lujo alzado cerca de Persépolis para la solemne coronación del sha.
Estos viajes me hicieron concebir un profundo afecto al país y a la complejidad de
sus gentes.

A primera vista, Irán parecía un modelo ejemplar de cooperación entre cristianos
y musulmanes. No tardé en descubrir que aquella apariencia tranquila encubría
profundos resentimientos.

Una noche, en 1977, regresé tarde al hotel y cuando entré en mi habitación vique
me habían deslizado un papel por debajo de la puerta. La firma me sorprendió.
Era de un hombre llamado Yamin. No lo conocía, pero me lo habían señalado durante
una sesión de coordinación con las autoridades como un radical notorio, y de lo
más subversivo. Con una bella caligrafía inglesa me invitaba a reunirme con él en
un determinado restaurante. Pero incluía una advertencia: que acudiese
solamente en el caso de estar dispuesto a explorar un aspecto de Irán que la
mayoría de las gentes «de mi posición» nunca llegaba a ver. Me pregunté qué idea
tendría Yamin de mi verdadera posición. Era consciente de que iba a correr un gran
riesgo. Pero al mismo tiempo, la tentación de conocer a aquel enigmático personaje
era irresistible.

El taxi me dejó delante de una puertecilla abierta en una tapia muy alta,
tanto que ocultaba por completo el edificio. Una bella iraní con una larga túnica
negra me dio la bienvenida y me introdujo en un pasillo iluminado por artísticas
lámparas de aceite que colgaban de un techo muy bajo. Al final entré en una estancia
vivamente iluminada. Era como hallarse en el interior de un diamante, su
resplandor me cegaba. Cuando por fin mis ojos se acostumbraron, vi las paredes
consteladas de piedras semipreciosas y madreperla. El restaurante estaba iluminado
por numerosos cirios blancos puestos en artísticos candelabros de bronce.

Un hombre alto, de cabello largo y negro, que lucía traje azul marino
visiblemente hecho a medida, se acercó y me estrechó la mano. Cuando Yamin habló
para presentarse, su acento me dio a entender que aquel iraní se había criado en
los mejores internados británicos, y desde luego

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' no me encajaba con ninguna imagen de radical subversivo. Pasamos entre las

mesas ocupadas por parejas que cenaban tranquilamente y me llevó a un

reservado en donde, según dijo, podríamos hablar con total confidencialidad. Tuve

la nítida impresión de que aquel restaurante servía para citas amorosas

clandestinas. La nuestra probablemente era la única no romántica de aquella

noche.

Yamin estuvo muy cordial. Durante nuestra conversación comprendí que había

visto en mí a un consejero económico sin otras segundas intenciones. Explicó que

me había elegido porque sabía que yo había sido voluntario del Peace Corps y

también le habían dicho que aprovechaba todas las ocasiones posibles para

familiarizarme con su país y codearme con su gente.

— Es usted muy joven, comparado con la mayoría de sus colegas —

observó—. Demuestra un sincero interés hacia nuestra historia y nuestros

problemas actuales. En eso reside nuestra esperanza.

Estas palabras, así como la situación, el aspecto del interlocutor y la presencia

de tantas personas en el restaurante, me tranquilizaron hasta cierto punto. Para mí

no era nuevo que se intentase trabar amistad conmigo, como me había ocurrido

con Rasy en Java y con Fidel en Panamá. Lo aceptaba como un cumplido y una

oportunidad. Tenía conciencia de ser distinto de otros norteamericanos; me

enamoraba de los lugares que visitaba. He averiguado que la gente toma confianza

enseguida cuando uno abre los ojos, los oídos y el corazón a su cultura.

Yamin me preguntó si estaba al corriente del proyecto llamado «Desierto

Florido».2

—El sha cree que nuestros desiertos fueron en otros tiempos llanuras fértiles y

espléndidos bosques. Al menos, eso es lo que dice. Según su teoría, en tiempos de

Alejandro Magno maniobraban por estas tierras ejércitos inmensos con un séquito

de millones de cabras y ovejas. Los rebaños se comieron la hierba y toda la

vegetación. La desaparición del manto vegetal trajo la sequía y, con el tiempo, toda

la región se desertificó. Ahora, dice el sha, bastará repoblar plantando millones y

más millones de árboles. De esa manera, las lluvias volverán por arte de magia y

los desiertos volverán a florecer. Por supuesto, habrá que gastar miles de millones

de dólares en semejante operación —sonrió con aire condescendiente —. Las

compañías como la suya se alzarán con grandes beneficios.

—Me parece que no cree usted en esa teoría.

—El desierto es un símbolo. Convertirlo en un vergel implica mucho más que

agricultura.

Varios camareros se acercaron portando bandejas de platos iraníes bellamente

presentados. Tras solicitar mi permiso, Yamin procedió a elegir un surtido para los

dos. Hecho esto se volvió de nuevo hacia mí.

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—Quiero hacerle una pregunta, señor Perkins, si no es impertinencia.
¿Qué fuelo que destruyó las culturas de los nativos de su país, los indios?
Contesté que eso se debió a muchos factores, entre ellos la codicia y la
superioridad de las armas de fuego.
—Sí, cierto. Pero por encima de todo, ¿lo que ocurrió no puede resumirse
en la destrucción del medio ambiente?
Y pasó a explicar cómo una vez extinguidos los bosques y los animales como
el bisonte, las culturas caen por la desaparición de sus fundamentos.

— Es lo mismo que puede pasar aquí, ¿comprende? —concluyó—. El desierto es nuestro
medio ambiente. El proyecto del Desierto Florido amenaza con la destrucción de
todo nuestro tejido social. ¿Vamos apermitir que eso suceda?
Contesté que según tenía entendido, toda la inspiración del proyecto se la había
sugerido al sha su propio pueblo. El soltó una carcajada sarcástica y dijo que la
idea había sido implantada en el cerebro del soberano por la administración
estadounidense, y que el sha no era más que un títere de nuestras autoridades.

—Un persa auténtico jamás permitiría cosa semejante —dijo Yamin, y se lanzó aun a
larga disertación sobre los vínculos entre su pueblo, los beduinos y el desierto.
Comentó que muchos iraníes habitantes de las ciudades pasaban en el desierto sus
vacaciones. Montaban tiendas con capacidad suficiente para toda la familia y se
quedaban viviendo en ellas una semana o más.

—Nosotros, mi pueblo, somos parte del desierto. El pueblo al que el sha dice
gobernar con su mano de hierro no se limita a ser del desierto. Nosotros somos el
desierto.

A continuación me contó varias anécdotas de sus experiencias personales en el
desierto. Concluida la velada, me acompañó hasta la salida. Mi taxi esperaba
en lacalle. Yamin me estrechó la mano y me manifestó su agradecimiento por el tiempo
que le había dedicado. De nuevo hizo alusión a mi juventud y mi actitud abierta, ya
hecho de que mi posición le inspiraba esperanza de cara al porvenir.

—Celebro que haya concedido este rato a mi humilde persona —dijo reteniendo mi mano—.
Querría pedirle un favor más, uno solo. No es un capricho.
Se lo pido únicamente porque después de lo que hemos comentado esta noche meconsta
que entenderá usted la importancia de la cuestión, y le permitirá comprenderotras
muchas cosas. •

—¿En qué puedo complacerle?

— Me gustaría presentarle a un amigo mío, un hombre que le contarámuchas cosas
de nuestro Rey de Reyes. Tal vez le chocará, pero leprometo que no lamentará usted
el tiempo que le dedique.

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Confesiones de un hombre torturado

varios días después, Yamin me sacó de Teherán. El coche cruzó un barrio de
chabolas polvoriento y degradado, recorrió una vieja pista para camellos y
siguió hasta el borde del desierto. Mientras el sol se ponía detrás de la ciudad,
se detuvo junto a un grupo de barracas de adobe que se alzaban en medio de un
palmeral.

—Es un oasis muy antiguo —me explicó—. De muchos siglos antes de Marco
Polo.

Echó a andar hacia una de las casuchas.

—El hombre que vive ahí es doctor en filosofía por una de las universidades de
ustedes más prestigiosas. Por razones que entenderá enseguida, nuestro anfitrión
debe permanecer en el anonimato. Llamémosle Doc.

Llamó a la puerta de madera y se oyó una respuesta sofocada. Yamin empujó la
puerta y me hizo pasar. La estancia era pequeña, sin ventanas, alumbrada sólo por
un candil de aceite puesto sobre una mesa baja que se hallaba en un rincón. Cuando
mis ojos se habituaron a la penumbra vi que el piso de tierra estaba cubierto de
alfombras persas. Luego distinguí la silueta de un hombre. Estaba sentado delante del
candil, de manera que no se le veían las facciones. Únicamente se adivinaba que
estaba envuelto en mantas y tenía algo enrollado en la cabeza. Ocupaba una silla de
ruedas, que con la mesita era el único mobiliario de la habitación. Con un ademán,
Yamin me indicó que me sentara sobre una alfombra. Él se incorporó y fue a
abrazar al hombre con afecto, le susurró unas palabras al oído y luego fue a sentarse
otra vez a mi lado.

—Ya le hablé del señor Perkins —dijo — . Es un honor para ambos la
oportunidad que nos brinda de visitarle, señor.

—Bienvenido, señor Perkins. —Hablaba sin apenas acento discernible, en voz
baja y ronca. Me incliné hacia él como tratando de reducir la escasa distancia que
había entre ambos—. Lo que tiene delante es un hombre roto. No siempre he sido
así. En otro tiempo fui fuerte, como usted, y un íntimo consejero del sha, con cuya
confianza contaba.

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Hubo una larga pausa.

— El Sha de Shas, el Rey de Reyes. — El acento era más de tristeza que de
resentimiento—. He conocido en persona a muchos dirigentes mundiales.
Eisenhower, Nixon, De Gaulle. Ellos confiaron en mí para ayudar a conducir a este
país al capitalismo. El sha confiaba en mí, y yo...
—Emitió un sonido que pudo ser algo de tos pero yo interpreté como una risa
sorda—. Yo confiaba en el sha, creía en su retórica. Estaba convencido de que el sha
conduciría el mundo musulmán hacia una nueva época, de que Persia haría honor a
su compromiso, al que parecía nuestro destino... el del sha, el mío, el de todos los
que cumplíamos con el designio al que nos creíamos destinados.
El montón de mantas se movió, la silla de ruedas rechinó y giró un poco.
Nuestro interlocutor quedó recortado de perfil al contraluz. Vi la barba enmarañada
y entonces, sobrecogido, un rostro plano. ¡Le faltaba la nariz! Me estremecí y
contuve una exclamación.

— Desagradable espectáculo, ¿verdad, señor Perkins? Lástima que no pueda
verlo a plena luz. Es de lo más grotesco.
Una vez más aquella risa ahogada.

— Creo que comprenderá mi deseo de permanecer en el anonimato. Es obvio
que podría averiguar mi identidad si se empeñase en ello, pero quizá le dirían que
estoy muerto. Oficialmente, he dejado de existir.
Confío en que no lo intente usted. Es mejor para usted y para su familia seguir
ignorando quién soy. El brazo del sha y de la SAVAK es muy largo y llega a todas
partes.
La silla de ruedas rechinó y recuperó su posición anterior. Sentí un poco de
alivio, como si dejando de ver el perfil se remediase en algo la violencia infligida.
Por aquel entonces desconocía yo esa costumbre de algunas culturas islámicas. A
los individuos responsables de deshonrar o atraer la desgracia sobre la sociedad o
sus jefes, se les castiga cortándoles la nariz. De este modo, quedan marcados de por
vida, como bien demostraba el semblante de mi anfitrión.

—Sin duda se preguntará por qué le he invitado a venir, señor Perkins. —Sin
esperar contestación, el hombre de la silla de ruedas continuó—: Pues bien, ese
hombre que se hace llamar Rey de Reyes en realidad es un subdito de Satán. Supadre fue
depuesto por la CÍA, lamento decir que con mi ayuda, porque decían que
era colaborador de los nazis. Y luego sucedió el desastre de Mosaddeq. Hoy
nuestro soberano está superando a Hitler en los caminos del mal. Y lo hace con
pleno conocimiento y apoyo de su gobierno.

—¿Porqué?


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—Muy sencillo. Es el único aliado verdadero que tienen ustedes en Oriente
Próximo, y el mundo industrializado gira alrededor de ese eje del petróleo que es
Oriente Próximo. También tienen a Israel, desde luego, pero eso es una carga, no
una baza. Ni tampoco hay petróleo allí. Sus políticos necesitan conquistar al
votante judío. Necesitan el dinero judío para financiar sus campañas. Así que no
tienen otro remedio sino continuar con Israel, me temo. Sin embargo, la clave es
Irán. Las compañías petroleras, que esgrimen incluso más poder que los judíos, nos
necesitan. Ustedes necesitan a nuestro sha... o creen necesitarlo, al igual que creían
necesitar a los corruptos dirigentes de Vietnam.

—¿Qué es lo que está sugiriendo? ¿Irán equivale a Vietnam?

—Es mucho peor, en potencia. Sabe, este sha no va a durar mucho. El mundo
musulmán le odia. Y no digo únicamente los árabes, sino los musulmanes de todas
partes, de Indonesia, de Estados Unidos... Pero sobre todo, los de aquí. Su propio
pueblo persa.

Se oyó un golpe sordo y me di cuenta de que había dado con el puño en el
brazo del sillón.

— ¡Es el mal en persona! ¡Los persas le aborrecemos!
Se hizo un silencio, como si la alteración lo hubiese fatigado en exceso.
—Doc se halla muy próximo a la postura de los mullahs —me dijo Yamin,
hablando en voz baja—. Hay una poderosa corriente subversiva entre las facciones
religiosas, y se ha propagado por todo el país, excepto entre el reducido grupo de
mercaderes beneficiarios del capitalismo del sha.

—No lo dudo —respondí—. Pero debo decir que en mis cuatro visitas a este
país no he visto nada de eso. Mis interlocutores siempre se han mostrado
encantados con el sha y agradecen el desarrollo económico.

—Esto es porque no habla usted farsi —observó Yamin—. Sólo oye lo que le
cuentan los más beneficiados por el sistema, los que han estudiado en Estados
Unidos o en Inglaterra y que ahora trabajan para el sha. Aquí Doc es una
excepción... por ahora.

Hizo una pausa como para sopesar bien lo que iba a decir.

—Lo mismo ocurre con sus periodistas. Sólo hablan con su entorno próximo,
con su círculo. Y, ademas, buena parte de esa prensa está controlada por las
compañías petroleras. De modo que oyen lo que desean escuchar y escriben lo que
sus anunciantes quieren leer.

—¿Por qué estamos diciéndole todo esto, señor Perkins? —habló Doc con la
voz aún más ronca que al principio. Parecía que el esfuerzo de hablar y las
emociones le robasen las escasas energías que sin duda había procurado economizar
para aquella reunión—. Pues porque nos gustaría

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conseguir que vaya y persuada a su compañía para que se marchen de nuestro
país. Quiero advertirle. Aunque crean que tienen un gran negocio aquí, es una
ilusión. Este régimen no va a durar. —Una vez más descargó la mano sobre el
brazo del sillón—. Y cuando caiga, los que le sustituyan no tendrán ninguna
simpatía para con ustedes y los que son como ustedes.

—¿Que no cobraremos, quiere decir?

Doc tuvo un ataque de tos y le faltó poco para ahogarse. Yamin se acercó a
darle fricciones en la espalda. Cuando acabó el sofoco, le habló a Doc en farsi y
luego regresó a mi lado.

— Esta conversación debe terminar —me anunció Yamin—. Pero antes
contestaremos a su pregunta. Está usted en lo cierto. No cobrarán. Harán todo el
trabajo y a la hora de percibir los honorarios el sha ya no estará aquí.
Durante el camino de regreso le pregunté a Yamin qué más les daba a ellos si
MAIN se ahorraba o no el desastre financiero que Doc había pronosticado.

—Celebraríamos ver la quiebra de esa compañía. Pero preferimos que se
vayan ustedes de Irán. La marcha de una empresa como la suya podría sentar un
precedente, o así lo esperamos. ¿Entiende? No deseamos que haya un baño de
sangre aquí, pero el sha debe irse y somos partidarios de intentar cualquier cosa
que lo facilite. Por eso rezamos a Alá para que consiga usted convencer a su
señor Zambotti, ahora que todavía están a tiempo.

—¿Yo? ¿Por qué?

—Durante la cena que tuvimos, al hablar del proyecto del Desierto Florido
me pareció que usted estaba abierto a la verdad. Entonces supe que nuestras
informaciones eran correctas. Usted es un hombre entre dos mundos, un
mediador. '

Me pregunté cuántas cosas más sabrían acerca de mí.

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La caída de un rey

una tarde de 1978 estaba solo, sentado en el lujoso bar adosado a la Urecepción
del hotel Intercontinental de Teherán, cuando noté que alguien
me tocaba la espalda. Me volví. Era un iraní corpulento, en traje occidental.

—¡John Perkins! ¿No me reconoces?

—El ex futbolista había engordado muchos kilos, pero su voz era
inconfundible. Se trataba de Farhad, mi amigo de los tiempos de Middlebury.
Hacía más de diez años que no nos veíamos. Nos abrazamos y fuimos a
sentarnos a una mesa. Enseguida resultó evidente que él lo* sabía todo acerca
de mí y de mi trabajo, y no menos evidente que no iba a dejar que trasluciera
demasiado del suyo.

—Vayamos al grano —dijo después de pedir la segunda ronda de
cervezas—. Mañana me voy a Roma, donde viven mis padres. Tengo pasaje
para ti en el mismo vuelo. Aquí las cosas van a ponerse muy feas. Es mejor
que te marches.

Y me dio un billete de avión. Ni se me ocurrió poner en duda sus palabras.

Llegados a Roma, cenamos en casa de los padres de Farhad. Su padre, un
general iraní retirado que en una ocasión se interpuso en la trayectoria de una
bala para evitar que el sha muriese en un atentado, estaba muy desengañado
con su ex jefe. Dijo que en los últimos años el soberano había revelado su
auténtica manera de ser, su arrogancia y su codicia. Según el general, la
política estadounidense —en especial el apoyo incondicional a Israel, a los
líderes corruptos y a los gobiernos despóticos— era la causa del odio que
inundaba Oriente Próximo. Predijo que la caída del sha era cuestión de meses.

— Ustedes sembraron la semilla de esta rebelión a comienzos de los
años cincuenta, ¿sabe? Cuando derribaron a Mosaddeq. Eso les pareció
muy hábil entonces... y a mí también. Pero ahora las consecuencias caerán
sobre ustedes, mejor dicho sobre todos nosotros.1
Quedé atónito ante estos pronunciamientos. Algo parecido me habían

147





dicho Yamin y Doc, pero viniendo de aquel hombre cobraban otro significado nuevo
para mí. En esa época todo el mundo conocía la existencia de un movimiento
fundamentalista islámico en la clandestinidad, pero nos habíamos convencido de que
el sha gozaba de inmensa popularidad entre la mayoría de su pueblo y de que, por
tanto, era políticamente invencible. Pero el general era categórico.

— Recuerde lo que voy a decirle — dijo en tono solemne—. La caída del sha no será
más que el comienzo. Será un anticipo del rumbo que va a tomar todo el mundo
musulmán. La cólera ha hervido demasiado tiempo oculta bajo la arena. No tardará en
hacer erupción.
Durante esa cena se habló mucho del ayatolá Ruhollah Jomeini. Tanto Farhad como
su padre dejaron bien claro que no compartían su chiísmo fanático, pero estaban
visiblemente impresionados por el mucho terreno que le había conquistado al
soberano. Me contaron que ese mullah, cuyo nombre significa «inspirado por Dios»,
era de una familia chiíta de estudiosos de los textos sagrados y había nacido en 1902
en una aldea cercana a Teherán.

A comienzos de la década de 1950 Jomeini se abstuvo de intervenir en la lucha
entre Mosaddeq y el sha. Pasó a la oposición activa en el decenio siguiente y sus
críticas contra el sha fueron tan virulentas que motivaron su destierro a Turquía,
primero, y luego a la ciudad santa iraquí de An Najaf, desde donde se convirtió en el
líder reconocido de la oposición. Enviaba cartas, artículos y mensajes grabados
invitando al levantamiento de los iraníes, a la deposición del monarca y a la creación
de un Estado clerical.

Dos días después de aquella cena con Farhad y sus padres, se recibieron de Irán las
primeras noticias de atentados con bomba y disturbios. El ayatolá Jomeini y sus
mullahs, los clérigos musulmanes, iniciaban la ofensiva que no tardaría en llevarlos al
poder. Después de esto los acontecimientos se sucedieron rápidamente. La cólera que
había descrito el padre de Farhad estalló, en efecto, y se convirtió en una violenta
insurrección islamista. El sha huyó a Egipto en enero de 1979, donde se le diagnosticó
un cáncer que le llevó a una clínica neoyorquina.

Los seguidores del ayatolá Jomeini exigieron su regreso. En noviembre de 1979, una
multitud islamista asaltó la embajada de Estados Unidos en Teherán y retuvo a
cincuenta y dos rehenes estadounidenses durante cuatrocientos cuarenta y cuatro días.2
El presidente Cárter intentó negociar la puesta en libertad de los rehenes. Ante su
fracaso, ordenó una operación militar de rescate, que se lanzó en abril de 1980. Fue un
desastre, y fue el martillo que clavó el último clavo en el féretro de la

148





presidencia de Cárter.

Pese a su enfermedad, el sha se marchó de Estados Unidos forzado por la tremenda
presión de numerosos grupos comerciales y políticos estadounidenses. Desde el día de
su salida de Teherán había tenido muchas dificultades en hallar asilo, porque todos sus
amigos le volvieron la espalda. Pero el general Torrijos se mostró compasivo una vez
más y ofreció asilo en Panamá al sha, pese a desagradarle personalmente la política de
éste. El soberano llegó y halló refugio en el mismo complejo turístico donde se había
negociado no hacía mucho tiempo el nuevo Tratado del Canal.

Los mullahs musulmanes exigieron la devolución del sha a cambio de los rehenes
de la embajada. En Washington, los adversarios de la renegociación del tratado
acusaron a Torrijos de corrupción, de connivencia con el sha y de poner en peligro las
vidas de ciudadanos estadounidenses. Ellos también exigían que el monarca fuese
puesto en manos del ayatolá Jomeini. Irónicamente, sólo unas pocas semanas antes,
muchos de ellos figuraban entre los más sólidos apoyos del sha. El antaño tan orgulloso
Rey de Reyes regresó a Egipto, donde falleció del cáncer.

Se había realizado la predicción de Doc. MAIN y muchas de nuestras
competidoras perdieron millones de dólares en Irán. El presidente Cárter perdió toda
oportunidad de reelección y el tándem Reagan-Bush entró en Washington entre
promesas de liberar a los rehenes, derribar a los mullahs, devolver la democracia a Irán
y corregir la situación del Canal de Panamá.

Para mí las enseñanzas eran irrefutables. Irán ilustraba más allá de toda duda que
Estados Unidos era una nación dedicada a negar su verdadero papel en el mundo.
Parecía incomprensible que estuviéramos tan mal informados en lo tocante al sha y a
la oleada de cólera que iba a levantarse contra él. Ni siquiera supimos verlo nosotros,
los de las compañías que como MAIN teníamos despachos y personal en el país. Yo albergaba
la convicción de que tanto la NSA como la CÍA estaban al corriente de lo
que era obvio para Torrijos desde mucho antes, tal como él mismo me manifestó en
nuestra entrevista' de 1972. Pero nuestros servicios de información nos habían
alentado intencionadamente a permanecer ciegos y sordos ante ello.

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150




21
Colombia, la clave de Latinoamérica


arabia Saudí, Irán y Panamá ofrecían materia de estudio tan fascinante como inquietante,
pero parecían al mismo tiempo excepciones a la regla general. Por la
existencia de inmensas reservas de petróleo en los dos primeros países y la presencia
del Canal en el tercero, no encajaban en la norma. La situación de Colombia, en cambio,
era más típica y MAIN se adjudicó el proyecto y la dirección técnica de un magno
sistema hidroeléctrico.

Un profesor universitario colombiano que estaba escribiendo un libro de la historia
de las relaciones panamericanas me dijo una vez que Teddy Roosevelt había entendido
la importancia de su país. Señalando Colombia en un mapa, el presidente
estadounidense y ex combatiente voluntario en Cuba había dicho «es la clave del arco
de Suramérica». No tengo comprobada esta anécdota, pero es verdad que vista en un
mapa, Colombia parece la piedra que remata el resto del continente. Conecta a todos
los países más meridionales con el istmo centroamericano, es decir, con los de América
Central y del Norte.

Dijese Roosevelt estas palabras para describir a Colombia o no, lo cierto es que
fueron muchos los presidentes que comprendieron la importancia crucial del país.
Desde hace casi dos siglos, Estados Unidos viene contemplando a Colombia como la
clave o, mejor dicho, como la puerta de entrada al hemisferio Sur para sus negocios y
su política.

Colombia es también un país dotado de grandes bellezas naturales: playas
espléndidas ribeteadas de palmerales tanto en la costa atlántica como en la del Pacífico,
montañas majestuosas, pampas que rivalizan con los grandes llanos del Medio Oeste de
Estados Unidos y enormes extensiones de bosque tropical húmedo con una enorme
biodiversidad. Los habitantes también son de una particularidad especial, resultado de
la combinación de los rasgos físicos, culturales y artísticos de distintas etnias, desde los
aborígenes taironas hasta las diversas importaciones de África, Asia, Europa y el
Oriente Próximo.

Históricamente, el papel de Colombia también ha sido crucial en la

151





historia y la cultura de América Latina. En la época colonial fue la sede del virreinato
para todos los territorios españoles al norte del Perú y al sur de Costa Rica. Las
grandes flotas de galeones zarpaban rumbo a España desde el puerto de Cartagena de
Indias, con su carga de metales preciosos, de tesoros incalculables procedentes del sur,
de lo que hoy es Chile y Argentina. Y muchas de las batallas cruciales para la
independencia se libraron en Colombia. Por ejemplo, la de Boyacá en 1819, cuando
las fuerzas al mando de Simón Bolívar derrotaron a los españoles.

En la época moderna Colombia tiene la reputación de producir algunos de los
artistas, escritores, filósofos y otros intelectuales más brillantes de Latinoamérica, así
como gobiernos responsables en lo fiscal y relativamente democráticos. Fue el modelo
que se intentó aplicar a toda América Latina en el programa de reconstrucciones
nacionales del presidente Kennedy. A diferencia de Guatemala, su gobierno no sufría
el desprestigio de ser obra de la CÍA y, a diferencia de Nicaragua, era un gobierno
electo que representaba una alternativa a las dictaduras de extrema derecha y a los
regímenes comunistas. Por último, y a diferencia de tantos otros países, como los
poderosos Brasil y Argentina, Colombia no desconfiaba de Estados Unidos. La imagen
de esta nación como aliada fiable se ha mantenido, pese a la lacra de los cárteles de la
droga.1

Las glorias de la historia colombiana tienen, sin embargo, la contrapartida del odio
y la violencia. La sede del virrey español lo fue también de la Inquisición. Magníficos
fuertes, haciendas y ciudades se alzaron sobre los huesos de los esclavos indios y
africanos. Los tesoros que transportaban los galeones, los objetos de culto y las piezas
artísticas maestras que se llevaban previamente fundidas para facilitar su transporte,
eran arrancados de los corazones de razas antiguas cuyas culturas arrasaban al mismo
tiempo las espadas de los conquistadores y sus enfermedades contagiosas. En época
más reciente, una controvertida elección presidencial de 1945 produjo una profunda
división entre los partidos políticos y dio lugar al período llamado La Violencia (19481957),
en el que perecieron más de doscientas mil personas.

Pese a los conflictos y a las paradojas, históricamente tanto Washington como Wall
Street han visto siempre en Colombia un factor esencial para la promoción de sus
intereses políticos y comerciales panamericanos. Lo cual se debe a varios factores,
además de a la crucial situación geográfica del país. Entre ellos, la percepción de que
todos los dirigentes del hemisferio miran a Bogotá en busca de inspiración y guía, y el
hecho de que el país es al mismo tiempo un proveedor de muchos

152





artículos que compra Estados Unidos —el café, los plátanos, los productos textiles, las
esmeraldas, las flores, el petróleo y la cocaína — y un mercado para los bienes y los
servicios que ofrecemos.

Uno de los servicios más importantes que hemos vendido a Colombia durante la
última parte del siglo xx es nuestra experiencia en ingeniería y construcción.
Colombia fue un caso típico, entre los muchos lugares donde he trabajado. Resultaba
relativamente fácil demostrar que el país era capaz de soportar ingentes volúmenes de
deuda, y de amortizarla con los beneficios que aportasen tanto los proyectos mismos
como los grandes recursos naturales de su territorio. Mediante fuertes inversiones en
redes eléctricas, autovías y sistemas de telecomunicación, Colombia quedaría en
condiciones de emprender la explotación de sus cuantiosos recursos gasísticos y
petrolíferos y de sus regiones amazónicas apenas utilizadas todavía. Estos proyectos, a
su vez, generarían las rentas necesarias para pagar los intereses y devolver los
préstamos.

Todo esto, según la teoría. En la práctica, y en coherencia con nuestro verdadero
propósito en el mundo, se trataba de someter a Bogotá y ampliar el imperio global. Mi
misión, lo mismo que en tantas otras ocasiones, consistía en argumentar la necesidad
de unos créditos abultadísimos. En Colombia no se contaba con ningún Torrijos. Por
consiguiente, consideré que no me quedaba más salida que presentar predicciones
exageradas de crecimiento de la economía y de la carga eléctrica.

Salvo algunos brotes de remordimiento por lo de mi trabajo, Colombia se convirtió
en un refugio personal para mí. Ann y yo habíamos pasado un par de meses allí a
comienzos de la década de 1970, e incluso habíamos depositado una fianza para la
compra de un pequeño cafetal situado en las montañas cercanas a la costa caribeña.
Creo que durante los días que estuvimos juntos nos hallamos más cerca que nunca de
curar las antiguas heridas infligidas en los años precedentes. Sin embargo, al fin
llegamos a la conclusión de que eran unas heridas demasiado profundas y nuestro
matrimonio estaba ya deshecho cuando llegué a conocer el país más a fondo.

Durante esa década, MAIN había sido el adjudicatario de una serie de contratos
para desarrollar varios proyectos de infraestructura que incluían una red de centrales
hidroeléctricas así como la red de transporte para llevar la electricidad desde las
profundidades de la selva hasta las ciudades de la región montañosa. Se me asignó un
despacho en la ciudad costera de Barranquilla. Y fue allí donde conocí, en 1977, a una
bella colombiana que llegó a ser la causante de importantes cambios en mi

153





vida.

Paula tenía el cabello largo y rubio, y ojos de un verde intenso, que no es la idea
que muchos extranjeros tienen de las colombianas. Su padre y su madre eran
inmigrantes oriundos del norte de Italia. Ella siguió la tradición familiar del diseño de
moda, pero no se detuvo ahí sino que fundó un pequeño taller donde transformaba sus
creaciones en prendas, que vendía en boutiques de lujo de todo el país así como en
Panamá y Venezuela. Era una mujer profundamente compasiva, que me ayudó a
superar algunos de los traumas personales de mi fracaso matrimonial, y también
empezó a corregir algunas de mis actitudes hacia las mujeres que afectaban
negativamente a mi conducta. También me enseñó mucho sobre las consecuencias de
lo que yo haría en mi trabajo.

Como he mencionado antes, creo que la vida se compone de una serie de
casualidades imprevisibles para nosotros. Desde mi punto de vista éstas comprendían:
ser hijo de un maestro, criarme entre chicos en un instituto rural de New Hampshire,
conocer a Ann y al tío Frank, la guerra de Vietnam y conocer a Einar Greve. Sin
embargo, las casualidades nos exigen tomar decisiones. Nuestro modo de reaccionar,
las acciones que emprendemos para enfrentarnos a las situaciones, ahí es donde
demostramos que somos distintos. Por ejemplo, destacar en aquel instituto, casarme
con Ann, ingresar en el Peace Corps, elegir la carrera del gangsterismo económico...
todas estas decisiones me habían conducido al lugar en que ahora me encontraba.

Paula fue otra coincidencia, por cuyo influjo emprendí acciones que cambiaron el
rumbo de mi vida. Antes de conocerla me había acostumbrado a hacer mis
componendas con el sistema. A menudo cuestionaba lo que estaba haciendo, y otras
veces sentía remordimientos, pero siempre encontraba la manera de racionalizar mi
permanencia dentro del sistema. Me parece que Paula apareció en el momento más
oportuno. Tal vez me habría lanzado de todos modos, después de todo lo que había
experimentado en Arabia Saudí, Irán y Panamá. No obstante, estoy seguro de que así
como fue una mujer, Claudine, quien intervino en grado decisivo para que me uniese a
las filas de los gángsteres económicos, así también otra mujer, Paula, fue el
catalizador que yo necesitaba en este otro momento. Ella me persuadió de mirar
dentro de mí mismo y darme cuenta de que jamás sería feliz si continuaba por ese
camino.

154





22

La república americana contra el imperio global

voy a hablarte con franqueza —dijo Paula, sentados los dos en una cafetería—.
Los indios y los granjeros cuyas fincas se hallan a orillas del río donde estáis
construyendo vuestro pantano os odian a muerte. Hasta los habitantes de las ciudades,
aun sin estar directamente afectados, simpatizan con la guerrilla que ha empezado a
atacar la obra. Vuestro gobierno dice que son unos comunistas, unos terroristas y unos
narcotrafícantes, pero la verdad es que no son más que personas que tienen familia y
que vivían en las tierras que tu compañía está destruyendo.

Yo acababa de mencionarle lo de Manuel Torres. Era éste un ingeniero empleado de
MAIN y uno de los que habían sufrido recientemente el ataque de la guerrilla en los
lugares donde levantábamos la presa. Manuel era colombiano y lo empleábamos porque
el Departamento de Estado había promulgado una norma que prohibía enviar ciudadanos
estadounidenses a esa obra. Nosotros llamábamos a esto «la doctrina de
los colombianos prescindibles», lo que simbolizaba para mí una actitud que había
acabado por aborrecer. Y mis sentimientos hacia esas políticas estaban empezando a
complicarme la vida demasiado.

—Según Manuel, dispararon con sus AK-47, primero al aire y luego a sus pies —le
conté a Paula—. Parecía tranquilo cuando me lo contó pero yo sé que estaba casi
histérico. No mataron a nadie.

Se limitaron a darles ese mensaje y luego los enviaron río abajo en sus barcas.

— ¡Dios mío! — exclamó Paula —. Estaría aterrorizado el pobre.
—Sí que lo estaba. —Y luego recordé que le había preguntado a Manuel si le habían
parecido de las FARC o del M-19, refiriéndome a los dos grupos guerrilleros
colombianos más temidos.

-¿Y qué?

— El dice que ni de lo uno ni de lo otro. Pero que cree lo que anuncian
en esta carta.
Paula recogió el periódico que yo había traído y leyó en voz alta el

155





comunicado.

«Nosotros, los que trabajamos a diario para sobrevivir, juramos por la sangre
denuestros antepasados que jamás permitiremos embalses sobre nuestros ríos. No somos
más que sencillos indios y mestizos, pero preferimos morir antes que contemplarcómo
inundan nuestras tierras. Una advertencia para nuestros hermanos colombianos:
no trabajéis más para las constructoras.»

Dejó el periódico a un lado.

—¿Y qué le dijiste?

Me detuve a pensarlo, pero sólo fue un instante.

— No tenía elección. He de marcar la línea de la compañía. Le pregunté
si le parecía que un campesino sería capaz de escribir un mensaje así.
Ella calló, mirándome con paciencia.

— Él se limito a encogerse de hombros. —Nuestros ojos se encontraron—. ¡Ah, Paula!
Me aborrezco a mí mismo interpretando estepapel.
—¿Qué más hiciste? —insistió ella.

—Descargar un puñetazo sobre la mesa. Para intimidarlo. Le pregunté si veía lógico
que unos campesinos anduviesen por ahí armados con fusiles de asalto. Luego le pregunté
si sabía quién había inventado el AK-47.

—¿Lo sabía?

—Sí, aunque le salió la respuesta apenas con un hilo de voz. «Un ruso», dijo.
Claroque sí.
Le aseguré que tenía razón, que el inventor había sido un ruso comunista
llamado Kalashnikov, un oficial muy condecorado del Ejército Rojo. Le di a entenderque
los autores del mensaje eran unos comunistas.

—¿Tú lo crees así? —preguntó ella.

La pregunta me dejó sin palabras. Francamente, ¿qué podía contestarle? Me acordé

de Irán y de cuando Yamin me describió como un hombre atrapado entre dos mundos.
En cierto modo me habría gustado hallarme en la obra cuando atacó la guerrilla, o ser
uno de los guerrilleros. Me invadió un sentimiento extraño. Envidiaba a Yamin, a Doc,
a los rebeldes colombianos. Esas eran personas que tenían convicciones. Ellos habían
elegido mundos reales, no la tierra de nadie entre los de aquí y los de allá.

—Tengo un trabajo con é1 que cumplir.

Ella sonrió amablemente.

—Lo aborrezco —proseguí.

Pensé en los hombres cuyas imágenes había evocado tantas veces durante los

pasados años. Tom Paine, los demás héroes de la Independencia, los piratas, los
pioneros del Oeste. Ellos no se quedaban flotando entre dos aguas. Sabían el lugar
que les correspondía. Tomaban

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partido y asumían las consecuencias.

—Cada día aborrezco mi trabajo un poco más — dije.

—¿Tu trabajo? — Ella me tomó de la mano. Nos mirarnos y entendí la insinuación.

—A mí mismo.

Ella me apretó la mano y asintió lentamente. Sólo con haberlo confesado sentí una
livio inmediato.
—¿Qué piensas hacer, John?
No tenía respuesta. Del alivio pasé a una actitud defensiva. Balbucí las

justificaciones acostumbradas: que trataba de hacer algo bueno, que estudiaba la
manera de cambiar el sistema desde dentro, y —el viejo tópico — que, si lo dejaba, se
encargaría de la misma faena otro peor que yo. Pero adiviné, por la manera en que
me miraba, que no se creía ni media palabra. Peor aún: yo tampoco me creía una palabra.
Paula me obligó a captar la verdad esencial: la culpa no era de mi trabajo, sino mía.

—Y tú, ¿qué me dices? ¿Tú qué crees?

Ella exhaló un breve suspiro y soltó mi mano.

—¿Tratando de cambiar de conversación?

Asentí.

—Bien, pero bajo una condición. Que la reanudaremos otro día.

Tomó una cucharilla y fingió inspeccionarla.

—Sé que algunos guerrilleros han recibido instrucción en Rusia y en China.

Sumergió la cucharilla en su café con leche, lo removió y luego la sacó y la
chupó lentamente.

—¿Qué otra cosa pueden hacer? Necesitan aprender a manejar las armas
modernas, a luchar contra los soldados que han pasado por vuestras academias.
A veces venden cocaína para conseguir dinero con que aprovisionarse.
¿Cómo conseguirarmas, si no? Luchan con una desventaja terrible. Vuestro
Banco Mundial no losayuda a defenderse. Mejor dicho, los obliga a adoptar
esa postura —tomó un sorbo decafé—. Creo que pelean por una causa justa.
La electricidad beneficiará a unos pocos,
a los colombianos más ricos, pero otros miles morirán porque las aguas y
los peces van a quedar envenenados cuando hayáis construido vuestro embalse.

Se me puso la carne de gallina al oír que se ponía de parte de la gente que
luchaba contra nosotros... contra mí. Me clavé los dedos en los antebrazos.

—¿Cómo sabes tanto de la guerrilla? —Pero apenas lo hube dicho tuve una
sensación como de desmayo, o como un presentimiento de que no deseaba escuchar
la respuesta.

— Algunos de ellos han sido compañeros míos en el colegio — dijo ella,
y después de un titubeo apartó la taza y dijo—: Mi hermano se ha unido

157





al movimiento.

Ya estaba dicho. Quedé completamente abatido. Creía saberlo todo de ella, pero
esto... Por mi mente pasó la imagen fugaz del marido que regresa a casa y
en cuentra a su mujer en la cama con otro hombre.

—¿Por qué no me lo habías dicho nunca?

—No venía a cuento. ¿Por qué iba a hacerlo? No son cosas de las que una vaya
ufanándose por ahí. — Hizo una pausa—. Hace dos años que no lo veo.
Tiene que ser muy precavido.

—¿Cómo sabes que está vivo?
—No lo sé en realidad. Sólo sé que las autoridades han publicado su nombre
en una lista de buscados. Es buena señal.
Combatí el afán de discutir, o de tratar de justificarme. Confiaba en que
ella no sediera cuenta de mis celos.
—¿Cómo es que se unió a ellos? —pregunté. Por fortuna, ella estaba mirando su
taza.

— Estaba en una manifestación frente a los despachos de unacompañía del petróleo...
la Occidental, creo. Protestaban contra lasperforaciones en territorio indígena,
en la selva de una tribu que seenfrenta al exterminio. Eran él y una docena de
amigos suyos. Fueron atacados por los militares, molidos a palos y encerrados
en la cárcel. Y nohabían hecho nada ilegal, fíjate, sólo plantarse delante
del edificio llevando carteles y cantando. —Volvió los ojos hacia la ventana
más próxima—. Estuvo preso casi seis meses. Nunca ha contado lo que ocurrió allí,
pero cuando salió estaba irreconocible.
Fue la primera de muchas conversaciones parecidas con Paula. Ahora sé que estas
discusiones prepararon el escenario para lo que iba a ocurrir después. Yo tenía el
alma desgarrada, pero aún me podía mucho la billetera y aquellas otras debilidades
que la NSA identificó cuando elaboró mi perfil diez años antes, allá por 1968.
Al obligarme averlo así, al ayudarme a entender las raíces profundas de mi fascinación
por los piratas y los rebeldes, Paula me puso en el camino de la salvación.

Más allá de mi propio dilema personal, la estancia en Colombia me sirvió para
comprender la diferencia entre la vieja república norteamericana y el
nuevo imperio global. La República ofrecía una esperanza al mundo. Sus fundamentos
eran morales y filosóficos antes que materialistas. Se basaban en los conceptos de
igualdad y justiciapara todos. Pero también supo ser pragmática, no un mero
sueño utópico sino unaentidad viva, activa y magnánima. Abría los brazos a los
perseguidos y les concedíaasilo. Fue una inspiración y, al mismo tiempo, una fuerza
con la que era precisocontar: en caso necesario, podía pasar a la acción, como lo
hizo durante la Segunda Guerra Mundial para defender los principios que representaba.
Las mismas instituciones que amenazan la República, las grandes empresas, la banca
y las
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