La Dictadura de la Banca
Imaginar torcidas realidades en las que batallar con criaturas amorfas escupefuegos sea cosa del diario es un sano ejercicio mental en tanto el combate cuerpo a cuerpo no se convierta en el eje de los sistemas educativos de las muy reales naciones.
Forzar el mundo tangible a supuestos teóricos en los que son viables las recomendaciones de la banca internacional es lo que hacen los regímenes políticos para no ser democratizados a la mala por la hegemonía económica y militar más cercana. Los gobiernos del terror son, entonces, torpes brazos de algo mucho más poderoso, una dictadura centenaria en la que la palabra última la tiene el capital en la voz de los banqueros.
Los acróbatas mentales, mejor conocidos como economistas ortodoxos, concluyen que los humanos están destinados a pisarse unos a otros en busca del beneficio propio. Lo mejor que se puede hacer al respecto, sugieren, es usar zapatos con tachones de metal. A las ideas exóticas, como se acostumbró llamar al pensamiento de izquierda durante el sexenio de Ávila Camacho, las acusan de ser habladurías sin sentido emulando a los peores tiempos del obscurantismo.
Los teoremas económicos recomendados por las entidades financieras internacionales basan su validez en la suposición de que el objetivo máximo de toda civilización humana es alcanzar la bonanza monetaria de unos pocos de sus miembros a costa del resto. Sin embargo, concebir teorías intragables con base a dar por hecho que un elefante cabe en una cajilla de cerillas no suele producir conocimiento servible.
La unificación mundial entorno a un sistema financiero no es un fenómeno paralelo a la democratización de las naciones, menos aun cuando dicha política económica exige un culto faraónico de los estados pobres a la potencia del barrio. Resulta insultante que, por ejemplo, México, de donde el maíz es originario, importe algo más de 9.8 millones de toneladas del grano de Estados Unidos, esto mientras 75.2 por ciento de sus campesinos viven en la pobreza extrema.
Cual burócratas amargados, los economistas ortodoxos responden a todo refute sensato con un no es suficiente. Siempre habrá de faltarle al disidente un autor por conocer o algún texto por consultar. Al final debe resultar un espectáculo fascinante para los operadores financieros el ver cómo la oposición se gasta en lidiar con cada rama del gigantesco árbol en vez de plantearse si es necesaria la existencia del mismo.
