Este método de ejecución -vigente en España desde 1820 hasta 1978- terminaba con la vida de los condenados a la pena capital mediante la rotura del cuello. El garrote, un collar de hierro asido a un tornillo con una bola en el extremo que sustituyó a la horca, provocaba la dislocación de la apófisis de la vértebra axis sobre el atlas en la columna cervical.
Aunque teóricamente la muerte se producía de forma instantánea, lo cierto es que en la mayoría de los casos provocaba lesiones laríngeas y la víctima moría por estrangulamiento. La fuerza física del verdugo, que giraba el tornillo y aplastaba el cuello hacia delante de forma progresiva, hasta dislocarlo, resultaba un factor determinante.
El verdugo que se encargaba de la ejecución era un personaje muy peculiar. Insistía siempre en que se le llamara ejecutor de la justicia", cuenta el sociólogo Miguel Ángel Almodóvar. "Había tenido condenas como delincuente común y no había terminado al otro lado del garrote casi por azar. Lo que unía a víctima y verdugo en esa época era la miseria. Las piruetas del destino era lo único que había colocado a uno y a otro en cada lado", señala Almodóvar. López Sierra pasó tristemente a la historia por ser el último verdugo español, encargado de agarrotar al anarquista Salvador Puig Antich en la cárcel Modelo de Barcelona en 1974.
La pena de muerte en España fue abolida en 1978 y el garrote vil, la siniestra maquinaria con la que se le partía el cuello a los sentenciados, quedó arrumbado en los sótanos del juzgado. Este mes, por primera vez, una universidad, la Camilo José Cela, expone un garrote original, el de la audiencia de Valladolid, que sirvió para ejecutar a numerosos reos. La exposición, en la que también hay una réplica de una silla eléctrica y un sarcófago de tortura de la Inquisición, será el preludio de unas jornadas sobre la pena de muerte y los derechos humanos (días 17, 18 y 19) que organiza el periodista y escritor Francisco Pérez Abellán, director del Departamento de Criminología de esta universidad. Pérez Abellán destaca que el funcionamiento del garrote es desconocido incluso para jueces o policías. En las jornadas participarán expertos en la materia, entre los que se encuentra Almodóvar, quien ha indagado en lo más profundo del alma de los verdugos.
Pérez Abellán ha constatado a la hora de montar la exposición que aún existe una España retrógrada a la que le cuesta mirarse en el espejo. "Hice numerosas gestiones con miembros del Tribunal Supremo para que me prestasen un garrote vil de los que guardan. Se van a utilizar para el estudio y la comprensión de la historia criminal y judicial de este país. No es por morbo gratuito. Aun así me dijeron que no y que no. Ser investigador en este país es muy complicado. Parece que algunos se sienten responsables directos de lo que se hizo en el pasado".
Es un pasado al que pertenece López Sierra. Murió a los 73 años, pero antes ejecutó al asesino José María Jarabo y a la envenenadora de Valencia, Pilar Prades. Al conocer que tenía que matar a una mujer puso reparos: "Ejecutar a una mujer es peor que ejecutar a 30 hombres. Tener que hacerlo con una mujer es lo más duro, y más con una muchacha joven de carnes tan blancas como aquella", confesó al escritor Daniel Sueiro. El verdugo pasó la noche antes de la ejecución tomando coñac y a la hora de la verdad tuvieron que llevarle a rastras para que diese una vuelta y media a la manivela del garrote.
Los últimos ejecutados con este cruel método en nuestro país (en 1974) fueron el anarquista catalán Salvador Puig Antich y el alemán Heinz Ches (llamado en realidad Georg M. Welzel), un delincuente común.
Sinceramente era una muerte lenta y muy dolorosa, se han contado en algunos casos de algunos ajusticiados en que la presión era tan fuerte que incluso se le salían los ojos de las cavidades oculares.
Aunque teóricamente la muerte se producía de forma instantánea, lo cierto es que en la mayoría de los casos provocaba lesiones laríngeas y la víctima moría por estrangulamiento. La fuerza física del verdugo, que giraba el tornillo y aplastaba el cuello hacia delante de forma progresiva, hasta dislocarlo, resultaba un factor determinante.
El verdugo que se encargaba de la ejecución era un personaje muy peculiar. Insistía siempre en que se le llamara ejecutor de la justicia", cuenta el sociólogo Miguel Ángel Almodóvar. "Había tenido condenas como delincuente común y no había terminado al otro lado del garrote casi por azar. Lo que unía a víctima y verdugo en esa época era la miseria. Las piruetas del destino era lo único que había colocado a uno y a otro en cada lado", señala Almodóvar. López Sierra pasó tristemente a la historia por ser el último verdugo español, encargado de agarrotar al anarquista Salvador Puig Antich en la cárcel Modelo de Barcelona en 1974.
La pena de muerte en España fue abolida en 1978 y el garrote vil, la siniestra maquinaria con la que se le partía el cuello a los sentenciados, quedó arrumbado en los sótanos del juzgado. Este mes, por primera vez, una universidad, la Camilo José Cela, expone un garrote original, el de la audiencia de Valladolid, que sirvió para ejecutar a numerosos reos. La exposición, en la que también hay una réplica de una silla eléctrica y un sarcófago de tortura de la Inquisición, será el preludio de unas jornadas sobre la pena de muerte y los derechos humanos (días 17, 18 y 19) que organiza el periodista y escritor Francisco Pérez Abellán, director del Departamento de Criminología de esta universidad. Pérez Abellán destaca que el funcionamiento del garrote es desconocido incluso para jueces o policías. En las jornadas participarán expertos en la materia, entre los que se encuentra Almodóvar, quien ha indagado en lo más profundo del alma de los verdugos.
Pérez Abellán ha constatado a la hora de montar la exposición que aún existe una España retrógrada a la que le cuesta mirarse en el espejo. "Hice numerosas gestiones con miembros del Tribunal Supremo para que me prestasen un garrote vil de los que guardan. Se van a utilizar para el estudio y la comprensión de la historia criminal y judicial de este país. No es por morbo gratuito. Aun así me dijeron que no y que no. Ser investigador en este país es muy complicado. Parece que algunos se sienten responsables directos de lo que se hizo en el pasado".
Es un pasado al que pertenece López Sierra. Murió a los 73 años, pero antes ejecutó al asesino José María Jarabo y a la envenenadora de Valencia, Pilar Prades. Al conocer que tenía que matar a una mujer puso reparos: "Ejecutar a una mujer es peor que ejecutar a 30 hombres. Tener que hacerlo con una mujer es lo más duro, y más con una muchacha joven de carnes tan blancas como aquella", confesó al escritor Daniel Sueiro. El verdugo pasó la noche antes de la ejecución tomando coñac y a la hora de la verdad tuvieron que llevarle a rastras para que diese una vuelta y media a la manivela del garrote.
Los últimos ejecutados con este cruel método en nuestro país (en 1974) fueron el anarquista catalán Salvador Puig Antich y el alemán Heinz Ches (llamado en realidad Georg M. Welzel), un delincuente común.
Sinceramente era una muerte lenta y muy dolorosa, se han contado en algunos casos de algunos ajusticiados en que la presión era tan fuerte que incluso se le salían los ojos de las cavidades oculares.