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El artículo venía acompañado de un retrato poco favorecedor del general y anunciaba
para el día siguiente una segunda parte con más detalles.3
Por si fuesen pocas dificultades, Noriega tuvo que cargar con otra más, la de su
contemporaneidad con un presidente de Estados Unidos afectado por un problema de
imagen, o lo que algunos periodistas llamaban «el factor pelele» de George H. W.
Bush.4 Este aspecto cobró especial significación cuando Noriega se negó a considerar
una prórroga de quince años para la presencia de la Escuela de las Américas. En las
memorias del general encontramos una revelación interesante:
Aunque estábamos decididos a continuar el legado de Torrijos, motivo de orgullo
para nosotros, Estados Unidos no estaba dispuesto a consentirlo. Deseaba una
prórroga o una renegociación para esa instalación [la Escuela de las Américas],
aduciendo que todavía la necesitaban en vista de los crecientes preparativos
bélicos en Centroamérica. Pero, para nosotros, la Escuela de las Américas era una
vergüenza. No queríamos tener en nuestro territorio un campo de entrenamiento
para escuadrones de la muerte y militares represores de ultraderecha.5
Aunque después de lo dicho tal vez el mundo debía haber intuido lo que iba a
ocurrir, el 20 de diciembre de 1989 el planeta asistió con asombro al ataque lanzado por
Estados Unidos contra Panamá poniendo en juego un volumen de medios aéreos nunca
visto, según se dijo, desde el final de la Segunda Guerra Mundial.6 Fue un ataque sin
provocación previa dirigido contra población civil. Panamá y su pueblo no
representaban absolutamente ningún peligro para Estados Unidos ni para país alguno
del planeta. En todas partes los políticos, los gobiernos y la prensa denunciaron la
acción unilateral de Estados Unidos como una violación flagrante del derecho
internacional.
Si esa operación militar se hubiese dirigido contra un país responsable de perpetrar
genocidios u otros delitos contra los derechos humanos — digamos, el Chile de
Pinochet, el Paraguay de Stroessner, la Nicaragua de Somoza, El Salvador de Roberto
D'Aubuisson o el Iraq de Saddam— el mundo tal vez lo habría entendido. En cambio
Panamá no había hecho nada de ese género, sólo había tenido la osadía de contrariar
las voluntades de un puñado de poderosos, políticos y ejecutivos empresariales. Se
había empeñado en hacer cumplir el tratado del Canal, había tenido conversaciones
con reformadores sociales y había estudiado la posibilidad de construir un nuevo canal
con financiación japonesa y
209
empresas constructoras japonesas. Por lo cual tuvo que sufrir consecuencias
devastadoras. Como dice Noriega:
Quiero dejarlo bien claro: la campaña de desestabilización lanzada por Estados
Unidos en 1986, y que culminó en la invasión de 1989, fue resultado del rechazo
estadounidense de cualquier supuesto en que el futuro control del canal de
Panamá se transfiriese a manos de un Panamá soberano e independiente, con el
apoyo de Japón [...] Mientras tanto, Shultz y Weinberger, escudados en las
apariencias de funcionarios que trabajaban por el interés público y explotando la
ignorancia popular en cuanto a los poderosos intereses económicos que en
realidad representaban, montaban la campaña de propaganda dirigida a
liquidarme.7
Toda la justificación oficial de Washington para la operación se centró en su
persona. Noriega era el único argumento de Estados Unidos para enviar a sus jóvenes,
hombres y mujeres a arriesgar la propia vida y la conciencia en la matanza de un
pueblo inocente, incluido un número incontable de niños. Noriega fue descrito como
un malvado, un enemigo del pueblo, un monstruo del narcotráfico. Y en tanto que tal,
suministraba a la administración el pretexto para la mastodóntica invasión de un país
de dos millones de habitantes... a los que la casualidad había colocado en uno de los
pedazos de tierra más codiciados del mundo .
A mí, la invasión me trastornó tanto que me lanzó a una depresión prolongada
durante muchos días. No ignoraba que Noriega tenía su guardia personal, pero no
lograba dejar de pensar que los chacales podían eliminarlo, al igual que habían hecho
con Roidós y con Torrijos. Muchos de sus guardaespaldas habían recibido su
instrucción en los centros militares de Estados Unidos. No era descartable que fuesen
capaces de cobrar por mirar a otro lado, o de asesinarle ellos mismos.
Cuanto más leía y reflexionaba sobre la invasión, por tanto, más me convencía de
que significaba un retroceso de la política estadounidense a los viejos métodos de los
constructores de imperios. La administración Bush había decidido ir más allá que la de
Reagan y demostrarle al mundo que no titubearía en utilizar la fuerza máxima con tal
de favorecer sus fines. También me pareció que, en Panamá, el fin perseguido no era
sólo el de reemplazar el legado de Torrijos por una administración títere y propicia a
Estados Unidos, sino intirnidar y someter además a otros países, como Iraq .
David Harris, colaborador del New York Times Magazine y autor de
210
muchos libros, hace una observación interesante en su libro Shooting ihe Moon
cuando escribe:
De todos los millares de soberanos, potentados, hombres fuertes, juntas militares
y señores de la guerra con que han tratado los estadounidenses en todos los
rincones del mundo , el general Manuel Antonio Noriega es el único que ha
merecido semejante persecución. Sólo una vez en sus doscientos veinticinco años
de existencia oficial como país ha invadido Estados Unidos a otra nación para
llevarse preso al dirigente de ésta, con el fin de juzgarlo y encarcelarlo en Estados
Unidos por actos que eran delictivos según el derecho estadounidense, pero
cometidos en el territorio nativo de dicho dirigente.8
Después del bombardeo, los estadounidenses se vieron de pronto en una situación
delicada, y durante algún tiempo pareció que iba a salirles el tiro por la culata. La
administración Bush podía haber acallado los rumores que la tildaban de «pelele»,
pero quedaba el problema de la legitimidad, de parecer unos matones sorprendidos en
pleno acto de terrorismo. Se reveló que, durante tres días, los militares habían prohibido
a la prensa, a la Cruz Roja y a otros observadores ajenos la entrada en las zonas
duramente bombardeadas, mientras los soldados incineraban y enterraban a las
víctimas. La prensa hizo muchas preguntas acerca de cuántas pruebas de atrocidades y
otros actos delictivos se habían destruido y acerca de cuántos habían muerto por
denegación del auxilio médico. Pero nadie contestó a esas preguntas.
Seguiremos ignorando muchos detalles de esa invasión, lo mismo que la verdadera
dimensión de la matanza. Cheney, el secretario de Defensa, cifró el número de
víctimas mortales en unas quinientas o seiscientas, pero algunas organizaciones
independientes de defensa de los derechos humanos calculan que fueron de tres mil a
cinco mil, y además otros veinticinco mil ciudadanos perdieron sus viviendas.9
Noriega fue detenido, enviado en avión a Miami y sentenciado a cuarenta años de
cárcel. En aquella época, era la única persona de Estados Unidos oficialmente
clasificada como prisionero de guerra.10
En todo el mundo hubo indignación por esta vulneración del derecho internacional
con destrucción gratuita de vidas inocentes a manos de la potencia militar más fuerte
del planeta. En Estados Unidos, por el contrario, pocos repararon en la tropelía ni en
los delitos perpetrados por Washington. Hubo poca cobertura por parte de la prensa
impresa. A esto
211
contribuyó cierto número de factores: la deliberada política de las autoridades,
llamadas de la Casa Blanca a los editores de los periódicos y a los ejecutivos de las
televisiones, congresistas que no se atrevieron a interpelar no fuesen ellos los tildados
de «peleles» y periodistas persuadidos de que la opinión pública reclama héroes y no
le interesa la objetividad.
Hubo alguna excepción, como Peter Eisner, redactor de News doy y reportero de la
Associated Press que cubrió la invasión de Panamá y continuó analizándola durante
varios años. En Memoirs of Manuel Noriega: America's Prisoner, publicada en 1997,
escribe:
La mortandad, la destrucción y la injusticia realizadas en nombre de la lucha
contra Noriega —así como las mentiras con que rodearon el acontecimiento—
amenazaban los principios básicos de la democracia estadounidense [... ] En
Panamá los soldados recibieron órdenes de matar, y así lo hicieron después de
habérseles dicho que iban a rescatar un país de las garras de un dictador cruel y
depravado. Y una vez hubieron actuado, el pueblo de su país [Estados Unidos]
cerró filas detrás de ellos.11
Después de documentarse largamente y habiendo entrevistado incluso a Noriega en
su celda carcelaria de Miami, Eisner declara:
En cuanto a los puntos clave, no creo que las pruebas presentadas demuestren que
Noriega fuese culpable de lo que se le acusó. No creo que sus actos como jefe
militar extranjero o como jefe de un Estado soberano justificasen la invasión de
Panamá, ni que él mismo representase un peligro para la seguridad nacional de
Estados Unidos.12
Y concluye:
Mi análisis de la situación política y mi actividad informativa en Panamá antes,
durante y después de la invasión me llevan a concluir que la invasión de Panamá
por Estados Unidos fue un abominable abuso de poder. Esa invasión sirvió
principalmente a los fines de unos políticos estadounidenses arrogantes y a los
aliados panameños de éstos, al precio de un considerable derramamiento de
sangre.13
Quedó reinstaurada entonces la familia Arias junto con las demás de la
212
oligarquía pre-Torrijos, títere de Estados Unidos desde que Panamá fue segregado de
Colombia hasta que Torrijos accedió al poder. El nuevo tratado del Canal quedaba
condenado a la irrelevancia puesto que, defacto, Washington recuperaba el control de
esa vía marítima dijeran lo que dijeran los documentos oficiales.
Mientras reflexionaba sobre estos incidentes y sobre todo lo que había
experimentado durante mi trabajo en MAIN, sin darme cuenta iba repitiéndome las
mismas preguntas una y otra vez: ¿Cuántas decisiones, incluidas las de gran
trascendencia histórica que afectan a millones de personas, van a cargo de hombres y
mujeres movidos por afanes personales, en lugar de por el deseo de hacer lo que es
justo? ¿Cuántos de nuestros altos funcionarios actúan a impulsos del deseo de
enriquecimiento personal, en lugar de por el interés público? ¿Cuántas guerras habrán
estallado sólo porque un presidente no quiere que sus conciudadanosle tengan por un
«pelele»?
Pese a lo prometido durante mi conversación con el presidente de SWEC, mi
contrariedad y mis sensaciones de impotencia ante la invasión de Panamá me indujeron
a reanudar el trabajo con mi libro, salvo que esta vez decidí centrarme en Torrijos. Veía
en su caso una posibilidad para exponer muchas de las injusticias que agobian a nuestro
mundo , así como una manera de librarme de mis remordimientos. Esta vez, no
obstante, preferí guardar reserva sobre lo que estaba haciendo, en lugar de pedir
consejos a los amigos y los colegas.
Mientras me documentaba para el libro quedé consternado al comprobar la
dimensión de lo realizado por nosotros, los gángsteres económicos, en tantos lugares
diferentes. Intentaba concentrarme en algunos de los casos más notables, pero la lista
de los países en donde yo había trabajado y que habían quedado peor que antes era
asombrosa. Al mismo tiempo quedé horrorizado por el alcance de mi propia
corrupción. Pese a mis muchos exámenes de conciencia, sólo ahora comprendía que
mientras estuve enfrascado en mis actividades cotidianas no había alcanzado a ver la
perspectiva general. De modo que cuando estuve en Indonesia cavilaba sobre los temas
que discutíamos Howard Parker y yo, o los que me planteaban los jóvenes amigos de
Rasy. Cuando trabajé en Panamá me afectaron las implicaciones de lo que veía en los
barrios degradados que me mostraba Fidel, la zona del Canal y la discoteca. En Irán
fue inmenso el trastorno que me produjeron mis entrevistas con Yarnin y con Doc.
Pero ahora, al reunirlo todo en un libro, alcanzaba por primera vez una visión de
conjunto y entendía cómo había sido fácil pasar por alto el panorama general y, por
consiguiente, que se me escapase el
213
verdadero significado de mis actos.
Explicado así, todo parece muy sencillo y evidente. Sin embargo, la naturaleza de
tales experiencias tenía un carácter insidioso que me recuerda la vivencia del soldado.
Ingenuo al principio, quizá se cuestiona alguna vez la moralidad de matar a otros seres
humanos, pero lo que más le ocupa es su propio miedo, la necesidad de sobrevivir. La
primera vez que mata a un enemigo, las emociones le abruman. Tal vez se le ocurrirá
pensar en la familia de ese muerto y experimentará algún arrepentimiento. Pero
conforme pasa el tiempo y él va tomando parte en más batallas, y matando más gente,
el soldado se curte. Se ha convertido en un profesional. Yo también fui un soldado
profesional. Al admitirlo así, quedó abierta la puerta a una mejor comprensión del
proceso por el cual se perpetran crímenes y se construyen imperios. Ahora comprendía
cómo era posible que se cometiesen tantas atrocidades. Cómo, por ejemplo, unos
buenos padres de familia iraníes entraron a trabajar en la brutal policía secreta del sha,
cómo unos buenos alemanes obedecieron las órdenes de Hitler o cómo unos honrados
estadounidenses bombardearon la capital de Panamá.
En tanto que gángster económico, yo jamás había cobrado directamente de la NSA
ni de ningún otro organismo estatal. Mi salario me lo pagaba MAIN. Yo era un
ciudadano particular, empleado de una corporación privada. Al entenderlo así pude
ver clara la figura emergente del «ejecutivo corporativo convertido en gángster
económico». Un nuevo tipo de soldado aparecía en el escenario mundial y se
insensibilizaba, con la práctica, ante sus propios actos. Escribí entonces:
Hoy esos hombres y mujeres van a Tailandia, a Filipinas, a Botswana, a
Bolivia y a cualquier parte donde esperan encontrar gentes que necesitan con
desesperación un trabajo. Van a esos países con la intención deliberada de explotar
a los desdichados, a seres que tienen hijos desnutridos o famélicos, que viven en
barrios de chabolas y que han perdido toda esperanza de una vida mejor; que
incluso han dejado de soñar en un futuro. Esos hombres y mujeres salen de sus
fastuosos despachos de Manhattan, de San Francisco o de Chicago, se desplazan
entre los continentes y los océanos en lujosos jets, se alojan en hoteles de primera
categoría y se agasajan en los mejores restaurantes que esos países puedan ofrecer.
Luego salen a buscar gente desesperada.
Son los negreros de nuestra época. Pero ya no tienen necesidad de aventurarse
en las selvas de África en busca de ejemplares robustos
214
para venderlos al mejor postor en las subastas de Charleston, Cartagena o La Habana.
Simplemente recluían a esos desesperados y construyen una fábrica que confeccione las
cazadoras, los pantalones vaqueros, las zapatillas deportivas, las piezas de automoción,
los componentes para ordenadores y los demás miles de artículos que aquéllos saben
colocar en los mercados de su elección. O tal vez prefieren no ser los dueños de esas
fábricas, sino que se -limitan a contratar con los negociantes locales, que harán el
trabajo sucio por ellos.
Esos hombres y mujeres se consideran gente honrada. Regresan a sus países con
fotografías de lugares pintorescos y de antiguas ruinas, para enseñárselas a sus hijos.
Asisten a seminarios en donde se dan mutuas palmadas en las espaldas e intercambian
consejos sobre cómo burlar las arbitrariedades aduaneras de aquellos exóticos países.
Sus jefes contratan abogados que les aseguran la perfecta legalidad de lo que ellos y
ellas están haciendo. Y tienen a su disposición un cuadro de psicoterapeutas y otros
expertos en recursos humanos, para que les ayuden a persuadirse de que, en realidad,
están ayudando a esas gentes desesperadas.
El esclavista a la antigua usanza se decía a sí mismo que su comercio trataba con
una especie no del todo humana, a cuyos individuos ofrecía la oportunidad de
convertirse al cristianismo. Al mismo tiempo, entendía que los esclavos eran
indispensables para la supervivencia de su propia sociedad, de cuya economía
constituían el fundamento. El esclavista moderno se convence a sí mismo (o a sí
misma) de que es mejor para los desesperados ganar un dólar al día que no ganar
absolutamente nada. Y además se les ofrece la oportunidad de integrarse en la más
amplia comunidad global. El o ella también comprenden que esos desesperados son
esenciales para la supervivencia de sus compañías, y que son los fundamentos del
nivel de vida que sus explotadores disfrutan. Nunca se detienen a reflexionar sobre las
consecuencias más amplias de lo que ellos y ellas, su nivel de vida y el sistema
económico en que todo eso se asienta están haciéndole al planeta [... ] ni sobre cómo,
finalmente, todo eso repercutirá en el porvenir de sus propios hijos.
215
216
31
Un fracaso del gangsterismo económico en Iraq
mis funciones como presidente de IPS durante la década de 1980, y como asesor
de SWEC a finales de ese decenio y durante buena parte de los años 1990, me
permitieron acceder a informaciones acerca de Iraq no disponibles para la mayoría. A
decir verdad, durante la década de 1980 pocos estadounidenses sabían nada de dicho
país. Sencillamente, no aparecía en su pantalla de radar. Por mi parte, yo estaba
fascinado con los acontecimientos.
Me mantenía en contacto con viejos amigos, en la época empleados del Banco
Mundial, de USAID, del FMI o alguna otra organización financiera internacional, y
también con gentes de Bechtel (como mi suegro, sin ir más lejos), de Halliburton y de
las demás grandes contratistas de ingeniería y construcción. Muchos de los técnicos
que empleaban las subcontratistas de IPS y de otras eléctricas independientes
intervenían al mismo tiempo en proyectos del Oriente Próximo. En consecuencia,
estaba al tanto de la intensa actividad de los EHM en Iraq .
Las administraciones Reagan y Bush tenían la intención de convertir a Iraq en una
nueva Arabia Saudí. Era de prever que Saddam Hussein seguiría el ejemplo de la Casa
de Saud, por muchas razones poderosas. No tenía más que fijarse en los beneficios
acaparados por ésta en el «caso del blanqueo de dinero».
Desde que se cerró ese acuerdo habían brotado ciudades modernas en medio del
desierto saudí. En Riad, las cabras consumidoras de desperdicios habían sido
reemplazadas por eficientes camiones de recogida, y en aquellos momentos los
saudíes disfrutaban de algunas de las tecnologías más avanzadas del mundo :
ultramodernas plantas desalinizadoras, sistemas de tratamiento de residuos, redes de
comunicaciones y de distribución eléctrica.
Sin duda Saddam Hussein también se daría cuenta de que los saudíes gozaban de
un trato privilegiado en materia de derecho internacional. El
217
amigo americano hacía la vista gorda ante muchas actividades de los saudíes, como
por ejemplo financiar grupos fanáticos —muchos de ellos considerados en todo el
mundo unos radicales sospechosos de terrorismo— y dar asilo a proscritos
internacionales. O para ser más exactos, Washington incluso instó y consiguió que sus
aliados saudíes apoyasen económicamente la campaña de Osama bin Laden en
Afganistán contra la Unión Soviética. Las administraciones Reagan y Bush no sólo
incentivaron a los saudíes en ese aspecto, sino que además presionaron a otros muchos
países para que hicieran lo mismo... o para que hicieran también la vista gorda.
La presencia de los EHM en Bagdad fue muy numerosa en la década de 1980.
Creían que Saddam acabaría por ver la luz, y yo no podía por menos que darles la
razón. Al fin y al cabo, si Iraq alcanzaba un acuerdo con Washington similar al de los
saudíes, Saddam quedaba en condiciones de gobernar su país como se le antojase, e
incluso podía pensar en ir ampliando su círculo de influencia en esa región del mundo .
Poco importaba que fuese un tirano patológico, ni que tuviese las manos
ensangrentadas por matanzas masivas, ni que sus maneras y la brutalidad de sus actos
evocasen el recuerdo de Adolf Hitler. No sería la primera vez que Estados Unidos
toleraba e incluso apoyaba a gentes de tal especie. Nosotros le ofreceríamos con
mucho gusto los títulos de la deuda pública estadounidense a cambio de sus
petrodólares, siempre que garantizase la continuidad de los suministros de petróleo y
aceptase un acuerdo en virtud del cual los intereses devengados por esos títulos se
invirtiesen en contratar a compañías estadounidenses para modernizar las
infraestructuras iraquíes, crear nuevas ciudades, y convertir los desiertos en vergeles.
Con mucho gusto le venderíamos también tanques, y aviones de caza, y le
construiríamos plantas químicas y nucleares, tal como habíamos hecho en tantos otros
países, y aunque esas tecnologías pudieran ser aplicadas igualmente a la fabricación
de armamento avanzado.
Para nosotros Iraq era de suma importancia, de una importancia mucho más grande
de lo que pareciese a primera vista. En contra de lo que se cree comúnmente, el
petróleo no era el único tema. Intervenían asimismo el agua y las consideraciones
geopolíticas. Los ríos Tigris y Eufrates pasan por Iraq . De entre todos los países de esa
región del mundo , Iraq controla las fuentes principales de esos recursos hídricos cada
vez más escasos. Fue en la década de 1980 cuando la trascendencia tanto política
como económica del agua empezó a destacar con claridad para los que andábamos
interesados en el sector energético y de
218
ingeniería. En la carrera de la privatización, muchas de las compañías principales que
habían puesto sus miras en absorber las pequeñas eléctricas independientes pasaron a
plantearse la privatización de los sistemas de abastecimiento del agua en África,
Latinoamérica y el Oriente Próximo.
Además de petróleo y agua, Iraq posee una situación estratégica muy valiosa.
Tiene fronteras con Irán, Kuwait, Arabia Saudí, Jordania, Siria y Turquía, y salida al
mar en el golfo Pérsico. Tiene en el radio de acción de sus misiles a Israel y a la ex
Unión Soviética. Los estrategas militares comparan la posición del Iraq moderno con
la del valle del Hudson durante nuestras guerras contra los franceses y los indios, y
contra Inglaterra en la de Independencia. Hoy día es del dominio público que quien
controla Iraq tiene la llave de todo el Oriente Próximo.
Sobre todo esto, Iraq supone un mercado inmenso para la tecnología y el
conocimiento experto estadounidenses. El hecho de estar asentado sobre algunos de
los yacimientos petrolíferos más extensos del mundo (más importantes incluso que los
de
Arabia Saudí, según algunas estimaciones) le garantiza la posibilidad de financiar
grandes programas de infraestructura y de industrialización. Todos los que tenían algo
interesante que ofrecer, andaban pendientes de Iraq : las contratistas de ingeniería y
construcción, los proveedores de sistemas informáticos, los fabricantes de aviones,
misiles y tanques, las compañías químicas y las químico -farmacéuticas.
A finales de la década de 1980, sin embargo, quedó claro que Saddam «no tragaba»
con el guión de los EHM: gran decepción y no pequeño apuro para la primera
administración Bush. Junto con Panamá, Iraq contribuyó a la reputación de «flojo» de
George H. W. Bush. Precisamente cuando éste andaba buscando nuevas maneras de
lavar su imagen, Saddam le dio la partida hecha. En agosto de 1990 invadió Kuwait,
rico territorio de jeques petroleros. Bush reaccionó denunciando la vulneración del
derecho internacional perpetrada por Saddam, y eso que aún no había transcurrido un
año desde la invasión no menos ilegal y unilateral de Panamá, dispuesta por el mismo
Bush.
De modo que, al fin, el presidente no sorprendió a nadie cuando lanzó la orden de
ataque por tierra, mar y aire. Quinientos mil soldados estadounidenses fueron
enviados formando parte de la expedición internacional. En los primeros meses de
1991 la aviación se lanzó a bombardear objetivos militares y civiles en Iraq . A esto le
siguieron cien horas de operaciones terrestres y la desbandada del ejército iraquí,
desmoralizado y muy inferior en potencia de fuego. Era la salvación de Kuwait y el
escarmiento para un auténtico déspota, que sin embargo no
219
fue conducido ante la justicia. La popularidad de Bush ante la opinión pública
estadounidense alcanzó el 90 por ciento.
En la época de la invasión de Iraq , yo estaba en Boston asistiendo a unas
reuniones, que fue una de las pocas ocasiones en que SWEC realmente me solicitó
para hacer algo. Recuerdo el entusiasmo con que fue redbida la decisión de Bush. Por
supuesto, la gente de la organización de Stone & Webster estaba entusiasmada porque
habíamos mantenido el tipo frente a un dictador homicida, pero también porque una
victoria estadounidense en Iraq les suponía oportunidades de grandes beneficios,
aumentos de sueldo y promodones.
El entusiasmo no quedó limitado a los hombres de negocios que iban a beneficiarse
directamente de la guerra. En todo el país, la gente se manifestaba casi ansiosa por
presendar una demostradón de firmeza militar. Me parece que esa actitud obededó a
una serie de razones, entre ellas, el cambio de filosofía que acarreó la derrota de Cárter
frente a Reagan, la liberación de los rehenes en Irán y el empeño reaganiano en
renegociar el tratado del canal de Panamá. La invasión de Panamá por Bush fue como
añadir leña al fuego.
Tras la retórica patriotera y las llamadas a la acción, sin embargo, creí advertir una
transformación mucho más sutil en la manera en que los intereses comerciales de
Estados Unidos (y con ellos, la mayoría de las personas que trabajaban en las
corporaciones estadounidenses) contemplaban el mundo . La marcha hacia el imperio
global había cobrado realidad y buena parte del país participaba en ella. En los ánimos
de todos influían en grado significativo dos conceptos íntimamente asociados:
globalizadón y privatización.
En último análisis esto no sucedía sólo en Estados Unidos. El imperio global era
justamente eso, global, pasando por encima de todas las fronteras. Las corporadones
que antes considerábamos estadounidenses, eran ahora internadonales en el pleno
sentido, incluso jurídico, de la palabra. Porque, al estar constituidas y registradas en
muchos países, podían estudiar y elegir las legislaciones y las reglamentaciones que
más les convinieran para conducir sus actividades. Un gran número de organizadones
y de acuerdos comerdales globalizadores les facilitaba la tarea todavía más. Las palabras
democracia, socialismo y capitalismo caían casi en la obsolescenda. La corporatocrada
prevaleda y se afirmaba cada vez más como la influencia principal cuando no única en
la economía y la política del mundo .
En un extraño giro de los acontecimientos, yo también me había rendido a la
corporatocrada en noviembre de 1990, cuando vendí IPS. Fue
220
un negocio lucrativo para mis socios y para mí, pero en realidad vendimos
principalmente cediendo a .la tremenda presión que nos aplicaba la Ashland Oil
Company. Luchar contra ellos habría supuesto un coste enorme en muchos sentidos,
como sabía yo por experiencia. Vendiendo, en cambio, nos hacíamos ricos. De todas
maneras, no dejó de parecerme sarcástico que una petrolera pasara a ser nueva
propietaria de mi empresa de energía alternativa. En cierto modo me sentí como un
traidor.
La SWEC me demandaba muy poco de mi tiempo. De vez en cuando me llamaban
a Boston para asistir a una reunión, o para ayudar a elaborar una propuesta. Otras veces
me enviaban a lugares como Río de Janeiro, para parlamentar con los que manejaban
el cotarro allí. Una vez volé a Guatemala en un jet privado. Solía llamar a los
directores de proyecto para recordarles que me tenían en nómina y a su disposición.
Me daba apuro cobrar tanto dinero por hacer tan poco. Yo conocía bien el sector y
deseaba contribuir con algo útil. Pero eso, sencillamente, no estaba previsto.
Aquella imagen de hombre entre dos mundos me atormentaba. Quería hacer algo
que justificase mi existencia y que contrarrestase lo negativo de mi pasado aportando
algo positivo. En secreto seguía trabajando en mi Conciencia de un gángster económico,
aunque muy irregularmente. Además, no me engañaba en cuanto a las posibilidades de
ver publicado alguna vez el libro.
En 1991 empecé a hacer de guía para grupos reducidos que iban a la Amazonia con
la finalidad de pasar algún tiempo con los shuar y aprender de ellos, que nos
enseñaban de buena gana sus conocimientos sobre preservación medioambiental y
técnicas de sanación tradicionales. Durante los últimos años, la demanda de este tipo
de excursiones había aumentado rápidamente. De ello resultó una organización no
venal, la Dream Change Coalition. Dedicada a cambiar la manera en que los
ciudadanos de los países industrializados contemplan la Tierra y nuestra relación con
ella, Dream Change halló muchos seguidores en todo el mundo y capacitó a otras
gentes para que crearan organizaciones con cometidos similares en muchos países.
Fue seleccionada por la revista Time como una de las trece organizaciones cuyas
páginas en la Red reflejaban con más fidelidad los ideales y los objetivos del Día de la
Tierra.1
Durante la década de 1990 me comprometí más a fondo con el mundo de las
organizaciones no lucrativas. Ayudé a crear varias de ellas y figuré en los consejos de
administración de otras. Muchas de éstas surgieron de
221
iniciativas de los elementos más emprendedores de Dream Change, e implicaban el
trabajo con los pueblos indígenas de Latinoamérica, los shuar y achuar de la
Amazonia, los quichuas andinos, los mayas guatemaltecos, o informar a las gentes de
Estados Unidos y de Europa acerca de esas culturas. Esta obra filantrópica se realizaba
con la anuencia de la SWEC, ya que armonizaba con la afiliación de ésta al programa
humanitario United Way. También escribí más libros, todos ellos sobre temas de la
sabiduría indígena y evitando cualquier alusión a mis actividades como EHM.
Además de paliar mi aburrimiento, estas ocupaciones me ayudaron a permanecer en
contacto con Latinoamérica y con las cuestiones políticas que más me interesaban.
Pero, por más que trataba de persuadirme de que reequilibraba la balanza, de que
enmendaba mis pasados actos con estas empresas no lucrativas y mi dedicación a
escribir, cada vez me costaba más creerlo. En el fondo, sabía que estaba rehuyendo mis
responsabilidades ante mi hija. Jessica heredaría un mundo en el que millones de
niños nacen cargados de deudas que nunca llegarán a poder saldar. Yo debía asumir la
responsabilidad por ello.
Mis libros tenían cada vez más aceptación, especialmente uno titulado The World Is
As You Dream It. Este éxito me obligaba a participar en talleres y a dar conferencias
con creciente asiduidad. A veces, cuando me tocaba enfrentarme al público de Boston,
de Nueva York o de Milán, me chocaba la paradoja: Si el mundo es como uno lo
sueña, ¿cómo había soñado yo un mundo así? ¿Cómo había llegado a desempeñar un
papel activo en la manifestación de semejante pesadilla?
En 1997 el Omega Institute organizó una semana de trabajo en un complejo
turístico de la caribeña isla de Saint John. Recibí el encargo de dirigir ese taller.
Llegué allí a medianoche y la mañana siguiente, cuando desperté y salí al balconcillo,
me di cuenta de que estaba contemplando exactamente la misma bahía en donde,
diecisiete años antes, había tomado la decisión de dejar MAIN. Abrumado por la
emoción, me dejé caer en una silla.
Durante toda la semana pasé buena parte de mi tiempo libre en aquel balcón,
mirando hacia Leinster Bay y tratando de recomponer mis sentimientos. Comprendía
que, pese a haber dejado la empresa, había omitido el paso siguiente. Mi decisión de
quedarme a medio camino empezaba a cobrarse un tributo devastador. Hacia el final
de aquella semana concluí que el mundo que me rodeaba no era el que yo deseaba
soñar, y que debía hacer exactamente lo que les enseñaba a mis alumnos: cambiar mis
sueños de manera que correspondiesen a lo que yo
222
realmente deseaba para mi vida.
Cuando regresé a casa dimití de mi asesoría. El presidente de SWEC que me había
contratado estaba ya jubilado. El nuevo jefe era un hombre más joven que yo, y por lo
visto no le preocupaba que yo me dedicase a contar mis historias. Acababa de lanzar
un plan de reducción de costes, y se alegró mucho de poder ahorrarse los exorbitantes
honorarios que me pagaban.
Entonces decidí terminar el libro en el que había trabajado durante todo este
tiempo. Esta decisión fue suficiente para suscitar una maravillosa sensación de alivio.
Consulté mi intención de escribir con varios amigos de confianza, casi todos
pertenecientes al mundo de las organizaciones no lucrativas y dedicados al estudio de
las culturas indígenas y a la defensa del bosque "tropical húmedo. La sorpresa para mí
fue que trataron de disuadirme. Temían que publicar fuese contraproducente para mi
actividad de enseñanza y además comprometiese a las organizaciones no lucrativas
con las que yo trabajaba. Muchos de nosotros colaborábamos con las tribus de la
Amazonia en la defensa de sus territorios, codiciados por las compañías petroleras. Si
yo ponía todas las cartas boca arriba, dijeron, mi credibilidad sería puesta en duda y todo
el movimiento resultaría perjudicado. Algunos incluso amenazaron con retirar su
participación.
Así que, una vez más, dejé de escribir y me consagré a hacer de cicerone por las
profundidades de la Amazonia, mostrando una tribu y un lugar apenas contaminados
por el mundo moderno Allí me hallaba yo, por cierto, el 11 de septiembre de 2001.
223
224
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El 11 de septiembre y las consecuencias sobre mi persona
el 10 de septiembre de 2001 yo navegaba río abajo por la Amazonia ecuatoriana con
Shakaim Chumpi, coautor de mi libro Spirit of the Shuar. Guiábamos a un grupo
de dieciséis norteamericanos hasta la comunidad de mi acompañante, en lo más hondo
de la selva. Venían para aprender de sus gentes y ayudarlas a preservar el valioso
bosque tropical.
Shakaim había peleado como soldado en el reciente conflicto ecuato-peruano.
Muchas personas de los principales países consumidores de petróleo jamás han oído
hablar de esa guerra, cuyo motivo principal fue que no les fallase a ellas el
aprovisionamiento de petróleo. Entre estos dos países existía una disputa de fronteras
desde hacía muchos años, pero el contencioso cobró una urgencia repentina cuando
las petroleras decidieron que necesitaban saber con qué país debían negociar las
concesiones para la explotación de determinados yacimientos. Era menester que las
fronteras estuviesen bien definidas.
Los shuar formaron la primera línea de defensa ecuatoriana y se comportaron como
luchadores aguerridos, que muchas veces derrotaron a fuerzas superiores en número y
mejor equipadas. Ellos nada sabían de los móviles políticos de la guerra, ni que el
desenlace de ésta abriría las puertas a las compañías del petróleo. Peleaban porque eran
descendientes de una larga tradición de guerreros, y porque no estaban dispuestos a
permitir la presencia de soldados extranjeros en sus territorios.
Mientras bogábamos río abajo, contemplando la chillona bandada de loros que
pasaba sobre nuestras cabezas, le pregunté a Shakaim si se había respetado la tregua.
—Sí —contestó—. Pero temo que ahora tendremos que ir a la guerra contra
ustedes.
Y explicó que, por supuesto, no se refería a mí personalmente, ni a las personas de
nuestro grupo.
— Ustedes son amigos.
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Se refería, continuó diciendo, a nuestras compañías petroleras que entrarían en la
selva y a las fuerzas militares que las escoltarían.
—Hemos visto lo que hicieron con los huaorani. Destruyeron su selva, ensuciaron
sus ríos y mataron a muchos, hombres, mujeres y niños. Hoy los huaorani casi han
dejado de existir como nación. No permitiremos que nos ocurra a nosotros. No
dejaremos que entren las petroleras en nuestro territorio, lo mismo que no permitimos
la entrada de los peruanos. Todos hemos jurado luchar hasta que caiga el último.1
Esa noche nuestro grupo se sentó alrededor del hogar central, en una bella casa
comunal de los shuar, pavimentada de caña de bambú y cubierta por un techo de paja.
Les conté mi conversación con Shakaim. Todos nos preguntábamos qué otros pueblos
del mundo tendrían parecida opinión en cuanto a nuestras compañías petroleras y
nuestro país. ¿Cuántos temían, como los shuar, nuestra irrupción en sus vidas, y la
ruina de su cultura y sus territorios? ¿Cuántos nos odiaban?
La mañana siguiente bajé a la pequeña oficina donde teníamos nuestro
radiotransmisor, para llamar a los pilotos que debían pasar a recogernos pocos días
después. Mientras estaba hablando con ellos se oyó un grito.
— ¡Dios mío! exclamó a través de las ondas—. ¡Nueva York está siendo atacada!
El operador estadounidense aumentó el volumen de la radio comercial que hasta
ese momento había suministrado música de fondo. De esta manera recibimos minuto a
minuto, y durante media hora, la narración pormenorizada de lo que estaba
ocurriendo. Jamás olvidaré ese día, como supongo que les ocurrirá a cuantos lo han
vivido.
De regreso en mi casa de Florida sentí la necesidad de visitar la Zona Cero, el lugar
donde estuvieron emplazados los rascacielos del World Trade Center. Aproveché la
primera oportunidad para volar a Nueva York y llegué a mi hotel de las afueras hacia
la primera hora de la tarde. Aunque estábamos en noviembre, el día era soleado, casi
primaveral. Paseé muy animado por Central Park, y luego me dirigí a aquella parte de
la ciudad donde había pasado tantísimo tiempo, al sector próximo a Wall Street que
ahora llaman la Zona Cero.
A medida que me acercaba, mi entusiasmo se desvaneció reemplazado por una
sensación de horror. La vista y el olfato recibían las impresiones más fuertes: la
destrucción increíble, los esqueletos retorcidos y fundidos de los que habían sido unos
titánicos edificios, el humo acre, los restos carbonizados, el hedor a carne quemada. No
era lo mismo verlo por la televisión que hallarse allí.
Yo no había previsto nada por el estilo... ni, especialmente, la actitud
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de las personas. Aunque habían transcurrido dos meses ya, los que antes de la tragedia
habían vivido o trabajado en aquel lugar, los supervivientes, continuaban allí. Ocioso,
de pie delante de su pequeño establecimiento de zapatero remendón, un egipcio
meneaba la cabeza con aire de incredulidad.
— Es que no consigo acostumbrarme —murmuró—. He perdido muchos clientes,
muchos amigos. Mi sobrino murió ahí —agregó con un ademán hacia el cielo azul —.
Creo que vi cómo saltaba... No estoy seguro, ¡fueron tantos! Se agarraban de las manos
y agitaban los brazos como si pudieran volar.
La sorpresa fue que los transeúntes hablaban los unos con los otros, ¡en Nueva York!
Y hacían algo más que hablar. Las miradas se encontraban, tristes pero con una
expresión compasiva, con una media sonrisa que decía más que un millón de palabras.
Pero había algo más, una impresión extraña que transmitía el lugar mismo. Al
principio no conseguí definirla, hasta que me di cuenta: era la luz. La parte baja de
Manhattan siempre había sido un desfiladero sombrío, allá por los tiempos en que
andaba yo por aquellos lugares tratando de reunir capital para IPS y discutiendo la
estrategia con mis banqueros de inversiones mientras almorzábamos en el comedor del
Windows on the World. Era preciso subir muy alto para ver la luz, hasta lo más alto
del Word Trade Center. Ahora llegaba al nivel de la calle. El desfiladero estaba
reventado y los que caminábamos por las aceras junto a las ruinas recibíamos de lleno
los rayos del sol. No pude dejar de preguntarme si sería esa visión del cielo y de la luz
lo que había contribuido a abrir los corazones de la gente. Sólo pensarlo me daba
reparo.
Doblé la esquina de Trinity Church y enfilé por Wall Street, de regreso a la Nueva
York de siempre, envuelta en sombras. Ni cielo, ni luz. La gente caminaba por las
aceras a paso rápido, sin hacer caso de nadie. Un guardia le echaba una bronca a un
automovilista que había calado el motor.
Me senté en la primera escalera que encontré. Era el número catorce. De algún
lugar salía un ruido como de un ventilador o un sopladero gigantesco. Parecía brotar
del inmenso muro de piedra del edificio de la Bolsa. Me fijé en las gentes que dejaban
a toda prisa las oficinas para encaminarse a sus casas, o en busca de un restaurante o
un bar donde continuar discutiendo de negocios. Algunos, no muchos, caminaban
emparejados en animada charla. Pero la mayoría iban solos, callados, rehuyendo la
mirada del observador curioso.
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El alarido de una alarma me sobresaltó. Un hombre salió a toda prisa de un
despacho y apuntó hacia su coche con la llave para silenciar la alarma. Al cabo de un
rato, hurgué en mi bolsillo y saqué un pedazo de papel cuidadosamente doblado que
contenía unas estadísticas.
Entonces lo vi. Caminaba por la acera con los ojos bajos. Luda una barba gris
alborotada y un abrigo mugriento que desentonaba mucho en esa tarde calurosa y en
Wall Street. Adiviné que era un afgano.
El me miró, titubeó un instante y subió los peldaños. Con una breve inclinación de
cabeza, se sentó a mi lado pero dejando como un metro de distancia entre ambos. La
mirada fija al frente me indicó que si deseaba conversación, debía ser yo quien la
empezase.
— Bonito día.
—Muy bonito. En tiempos así se agradece un poco de sol —habló con marcado
acento.
—¿Por lo del World Trade Center, quiere decir?
Él asintió.
—Usted es de Afganistán, ¿no?
Me miró con sorpresa.
—¿Tanto se me nota?
—Es que he viajado mucho. Hace poco visité los Himalaya. Y Cachemira.
—Cachemira. — Se mesó la barba—. Guerra.
—Sí. La India y el Pakistán. Hindúes y musulmanes. Como para dudar de las
religiones, ¿verdad?
Su mirada se tropezó con la mía. Tenía los ojos de color pardo muy oscuro, casi
negro, y me parecieron tristes y cargados de experienda. Se volvió hada el edificio de
la Bolsa y lo señaló con el largo y huesudo índice.
—Sí. —Entendí el gesto—. Tal vez sea por la economía, no por la religión.
—¿Eras soldado?
No pude contener una sonrisa.
— No. Asesor económico. — Le mostré el papel lleno de estadísticas —.
Éstas eran mis armas.
Él tomó el papel en sus manos. —Números...
— Estadísticas del mundo .
Él se quedó mirando el papel y luego soltó una breve carcajada. —No sé leer.
—Y me lo devolvió.
— Esos números dicen que todos los días mueren de hambre
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veinticuatro mil seres humanos.
Profirió un leve silbido, consideró un rato lo que acababa de escuchar y luego suspiró.
—Yo he estado a punto de ser uno de ellos. Tenía un pequeño huerto de granados
cerca de Kandahar. Hasta que llegaron los rusos. Los mujaidin los esperaban detrás de
los árboles y metidos en las acequias. — Alzó las manos haciendo el gesto de apuntar—
. Una emboscada.
Bajó las manos.
—Destrozaron mis árboles y mis acequias.
— ¿Qué hizo usted entonces?
Él hizo un ademán hacia el papel que aún tenía yo entre las manos.
—¿Dice ahí cuántos mendigos hay en el mundo ?
No lo decía, pero contesté hablando de memoria:
—Unos ochenta millones, creo.
—Yo lo fui. — Meneó la cabeza. Luego se sumió en sus pensamientos y
permanecimos un rato en silencio, hasta que él prosiguió—: No me gusta pedir
limosna. Perdí un hijo. Así que me puse a cultivar amapolas.
-¿Opio?
—Sin árboles ni agua. La única manera de alimentar a nuestras familias.
Sentí un nudo en la garganta y una tristeza deprimente, acompañada de
remordimiento.
—Aquí decimos que está mal cultivar la amapola del opio, pero muchos de
nuestros ricos deben su fortuna al comercio de la droga.
Me miró fijamente y fue como si sus ojos penetrasen hasta el fondo de mi alma.
—Tú has sido soldado —dijo, asintiendo con la cabeza como para corroborar tan
elemental constatación.
Dicho esto se puso en pie y se alejó cojeando escaleras abajo. Deseé que se quedase
pero no pude articular palabra, entonces conseguí ponerme en pie yo también, y me
dispuse a seguirle. Un cartel me detuvo. Mostraba una imagen del edificio en cuya
escalinata acababa de sentarme, y un letrero que notificaba a los transeúntes que el
cartel lo había puesto el servicio de rutas turísticas de Nueva York. Decía:
El Mausoleo de Halicarnaso puesto sobre la torre del campanario de San Marcos
en Venecia en la esquina de las calles Wall y Broad, tal es el concepto inspirador de
Wall Street número 14, en su tiempo el edificio bancario más alto del mundo . En
sus 539 pies de altura se alojaron originariamente las oficinas centrales del
Bankers Trust, una de las instituciones financieras más adineradas del país.
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Levanté la mirada y contemplé el rascacielos con respeto. A comienzos del siglo
pasado, el 14 de Wall Street representaba lo mismo que más tarde significó el World
Trade Center, el símbolo óptimo del poderío, de la prepotencia económica. Bankers
Trust había sido una de las empresas que me ayudaron a financiar mi compañía
productora de electricidad. Formaba parte de mi patrimonio. El patrimonio de un
soldado, como había diagnosticado el afgano con gran exactitud.
Que mi jornada hubiese concluido con semejante conversación me pareció una
extraordinaria coincidencia. Coincidencia. Una vez más esa palabra me hizo
reflexionar. Yo opinaba que son nuestras reacciones a las coincidencias las que dan
forma a nuestras vidas. ¿Cómo debía reaccionar en este caso?
Seguí caminando, buscando con la mirada entre las cabezas de la multitud, pero no
volví a verlo. Al pasar frente al edificio siguiente vi una estatua inmensa envuelta en un
plástico azul. La inscripción de la piedra proclamaba que aquello era el Palacio
Federal, en el 26 de Wall Street, donde George Washington juró como primer
presidente de Estados Unidos, el 30 de abril de 1789. Es decir, exactamente el lugar
donde un hombre asumió por primera vez, mediante juramento, la responsabilidad de
garantizar la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad para todos. Tan cerca de la
Zona Cero. Tan cerca de Wall Street.
Rodeé la manzana para entrar en Fine Street. Allí me tropecé cara a cara con el
cuartel general del Chase, el banco creado por David Rockefeller con la semilla del
petróleo y la dedicación de hombres como yo. Ese banco, institución al servicio de los
EHM y maestro en la promoción del imperio global, en muchos sentidos era el
verdadero símbolo de la corporatocracia.
Recordé haber leído alguna vez que el World Trade Center había sido un proyecto
lanzado por David Rockefeller en 1960, y que últimamente muchos lo consideraban
una especie de albatros, una entidad fallida desde el punto de vista financiero, mal
adaptada a las modernas tecnologías de la fibra óptica y de Internet, y agobiada por
una dotación de ascensores ineficiente y demasiado costosa. La voz popular llamó
David y Nelson a esas torres gemelas. Hasta que cayó el albatros.
Seguí caminando despacio, casi de mala gana. Aunque la tarde era calurosa, sentí
un estremecimiento y noté que se adueñaba de mí una extraña ansiedad, como un
presentimiento. Al desconocer su origen, traté de sacudírmelo y aceleré el paso. De
esta manera, al poco me hallé de nuevo frente al agujero humeante, el metal retorcido,
la gran cicatriz de la Tierra. Apoyé el hombro en un edificio que se había salvado de la
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destrucción, y dirigí la mirada hacia el abismo. Traté de imaginar las personas que
salían' corriendo ante la inminencia del hundimiento de la torre, y los bomberos que
entraban para tratar de salvarlas. Y la desesperación de los que saltaban. Pero no
conseguí ver nada de eso.
Lo que vi fue a Osama bin Laden aceptando dinero y armas por valor de muchos
millones de un hombre empleado por una consultoría contratada a su vez por las
autoridades de Estados Unidos. Luego me vi a mí mismo sentado frente a un ordenador
con la pantalla en blanco.
Dando la espalda a la Zona Cero, miré a mi alrededor, a las calles de Nueva York
que se habían salvado del fuego y ahora recobraban la normalidad. Me pregunté qué
pensarían de todo eso las personas que caminaban por aquellas calles. No sólo de la
destrucción de las torres, sino también acerca de los huertos de granados arrasados y de
los veinticuatro mil famélicos que mueren todos los días. ¿Se les ocurriría pensar en
tales cosas, y desentenderse de sus trabajos, y de sus coches sedientos de gasolina, y
de sus deudas y sus hipotecas, para pensar un momento en el mundo que iban a dejar a
sus hijos? Me pregunté si sabrían algo de Afganistán, no el Afganistán de la televisión
lleno de campamentos militares y tanques de Estados Unidos, sino el Afganistán de mi
viejo interlocutor. Y me pregunté lo que deben pensar esos veinticuatro mil que mueren
todos los días.
Entonces me vi otra vez sentado delante del ordenador con la pantalla apagada.
Con un esfuerzo, volví otra vez mi atención a la Zona Cero. De momento, una cosa
era segura: que mi país pensaba en la venganza, y que se había fijado en países como
Afganistán. Pero también me acordé de los muchos lugares del mundo en donde se
odia a nuestras compañías, a nuestros militares, a nuestra línea política y a nuestra
marcha hacia el imperio global.
¿Qué iba a ser de Panamá, de Ecuador, de Indonesia, de Irán, de Guatemala, de la
mayor parte de África?, pensé.
Apartándome de la pared, eché a andar otra vez. Un tipo bajo y grasiento agitaba al
aire un periódico, al tiempo que lo voceaba en español. Me detuve.
— ¡ Venezuela al borde de la revolución! —gritaba para hacerse oír entre el ruido
de la circulación, los bocinazos y la barabúnda de la gente.
Compré el periódico y me detuve un momento a leer el artículo de fondo. Trataba
de Hugo Chávez, el presidente venezolano y antiyanqui democráticamente elegido, y
del mar de fondo generado por las políticas estadounidenses en América Latina.
¿Qué iba a ser de Venezuela ?
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Venezuela salvada por Saddam
venía yo siguiendo a Venezuela desde hacía muchos años. Era el ejemplo clásico del país
elevado de la pobreza a la prosperidad gracias al petróleo. Y también un
modelo del trastorno que el petróleo fomenta, del desequilibrio entre ricos y pobres, y
de nación desvergonzadamente explotada por la corporatocracia. Era el compendio de
todos los lugares donde los gángsteres económicos al antiguo estilo, como yo, venían
a coincidir con los de la versión corporativa, de nueva escuela.
Los acontecimientos que describía el periódico del día que visité la Zona Cero eran
resultado directo de las elecciones de 1998 en que los pobres y los desheredados de
Venezuela eligieron presidente a Hugo Chávez por aplastante mayoría.1 Sin pérdida de
tiempo, éste instituyó medidas drásticas para controlar la judicatura y otras
instituciones, y disolvió el parlamento venezolano. Denunció el «desvergonzado
imperialismo» de Estados Unidos, vituperó la globalización, e introdujo una ley de
hidrocarburos que recordaba, incluso por el nombre, a la que Jaime Roídos hizo
promulgar en Ecuador poco antes de que se estrellase su helicóptero. Esa ley
duplicaba los derechos a pagar por las compañías extranjeras del petróleo. A
continuación Chávez desafió la tradicional independencia de la estatal Petróleos de
Venezuela , reemplazando a los directivos de ésta por personas de su confianza.2
El crudo de Venezuela es imprescindible para muchas economías del mundo . En
2002 este país era el cuarto exportador mundial, y el tercero en importancia de los
proveedores de Estados Unidos.3 Con cuarenta mil trabajadores y una facturación
anual de 50.000 millones de dólares, Petróleos de Venezuela aporta el 80 por ciento de
los ingresos por exportación. Es, con mucho, el factor principal de la economía
venezolana.4 Al pasar a controlar esa industria, Chávez se perfilaba como uno de los
protagonistas del escenario mundial.
Para muchos venezolanos, esto era un desenlace anunciado, la culminación de un
proceso iniciado ochenta años antes. El 14 de
233
diciembre de 1922 brotó de la tierra, cerca de Maracaibo, un gran surtidor de petróleo.
Cien mil barriles de crudo saltaron al aire a diario durante tres días seguidos. Y fue
este incidente geológico lo que cambió a Venezuela para siempre. En 1930 este país
era el primer exportador mundial. Los venezolanos veían en el petróleo la solución de
todos sus problemas.
Durante los cuarenta años siguientes, las rentas del petróleo hicieron posible que
Venezuela pasara de ser uno de los países más empobrecidos del mundo a uno de los
más prósperos de Latinoamérica. Todas las estadísticas vitales mejoraron: las
atenciones sanitarias, la educación, el empleo, la longevidad y los índices de
supervivencia de recién nacidos. Las empresas prosperaban.
En 1973 los precios del crudo se dispararon por efecto del embargo decretado por
la OPEP y el presupuesto nacional venezolano se multiplicó por cuatro. El pistolerismo
económico puso manos a la obra. La banca internacional volcó sobre el país
empréstitos a raudales con que construir vastas infraestructuras, proyectos industriales,
y los rascacielos más altos del hemisferio. En la década de 1980 empezaron a llegar
los EHM de la variante corporativa. Era para ellos la gran oportunidad de empezar a
practicar el oficio aprendido. Las clases medias venezolanas habían cobrado un
tamaño considerable y representaban un mercado abierto para toda clase de productos.
Al mismo tiempo, quedaba un sector muy numeroso de pobres dispuestos a trabajar en
factorías y maquiladoras.
A continuación se hundieron los precios del crudo y Venezuela no pudo pagar sus
deudas. En 1989 el FMI impuso severas medidas de austeridad y Caracas fue
presionada para colaborar con la corporatocracia de otras muchas maneras. La reacción
venezolana fue violenta. En los disturbios murieron más de doscientas personas. Atrás
quedaba la ilusión del petróleo como manantial inagotable de riqueza. Entre 1978 y
2003, la renta venezolana per cápita cayó más de un 40 por ciento.5
A medida que cundía la pobreza se intensificó el resentimiento. Se registró una
polarización de la sociedad, con enfrentamientos entre las clases medias y los pobres.
Como tantas veces ha ocurrido en los países cuya economía depende de la producción
petrolífera, hubo un cambio radical de los equilibrios demográficos. La contracción de
la economía perjudicó a las clases medias y aumentó el número de pobres.
Esta nueva situación demográfica creó las condiciones para Chávez... y para el
conflicto con Washington. Una vez en el poder, el presidente tomó iniciativas que
fueron recibidas como otros tantos desafíos por la administración Bush. A pocas
fechas del 11 de septiembre, Washington
El artículo venía acompañado de un retrato poco favorecedor del general y anunciaba
para el día siguiente una segunda parte con más detalles.3
Por si fuesen pocas dificultades, Noriega tuvo que cargar con otra más, la de su
contemporaneidad con un presidente de Estados Unidos afectado por un problema de
imagen, o lo que algunos periodistas llamaban «el factor pelele» de George H. W.
Bush.4 Este aspecto cobró especial significación cuando Noriega se negó a considerar
una prórroga de quince años para la presencia de la Escuela de las Américas. En las
memorias del general encontramos una revelación interesante:
Aunque estábamos decididos a continuar el legado de Torrijos, motivo de orgullo
para nosotros, Estados Unidos no estaba dispuesto a consentirlo. Deseaba una
prórroga o una renegociación para esa instalación [la Escuela de las Américas],
aduciendo que todavía la necesitaban en vista de los crecientes preparativos
bélicos en Centroamérica. Pero, para nosotros, la Escuela de las Américas era una
vergüenza. No queríamos tener en nuestro territorio un campo de entrenamiento
para escuadrones de la muerte y militares represores de ultraderecha.5
Aunque después de lo dicho tal vez el mundo debía haber intuido lo que iba a
ocurrir, el 20 de diciembre de 1989 el planeta asistió con asombro al ataque lanzado por
Estados Unidos contra Panamá poniendo en juego un volumen de medios aéreos nunca
visto, según se dijo, desde el final de la Segunda Guerra Mundial.6 Fue un ataque sin
provocación previa dirigido contra población civil. Panamá y su pueblo no
representaban absolutamente ningún peligro para Estados Unidos ni para país alguno
del planeta. En todas partes los políticos, los gobiernos y la prensa denunciaron la
acción unilateral de Estados Unidos como una violación flagrante del derecho
internacional.
Si esa operación militar se hubiese dirigido contra un país responsable de perpetrar
genocidios u otros delitos contra los derechos humanos — digamos, el Chile de
Pinochet, el Paraguay de Stroessner, la Nicaragua de Somoza, El Salvador de Roberto
D'Aubuisson o el Iraq de Saddam— el mundo tal vez lo habría entendido. En cambio
Panamá no había hecho nada de ese género, sólo había tenido la osadía de contrariar
las voluntades de un puñado de poderosos, políticos y ejecutivos empresariales. Se
había empeñado en hacer cumplir el tratado del Canal, había tenido conversaciones
con reformadores sociales y había estudiado la posibilidad de construir un nuevo canal
con financiación japonesa y
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empresas constructoras japonesas. Por lo cual tuvo que sufrir consecuencias
devastadoras. Como dice Noriega:
Quiero dejarlo bien claro: la campaña de desestabilización lanzada por Estados
Unidos en 1986, y que culminó en la invasión de 1989, fue resultado del rechazo
estadounidense de cualquier supuesto en que el futuro control del canal de
Panamá se transfiriese a manos de un Panamá soberano e independiente, con el
apoyo de Japón [...] Mientras tanto, Shultz y Weinberger, escudados en las
apariencias de funcionarios que trabajaban por el interés público y explotando la
ignorancia popular en cuanto a los poderosos intereses económicos que en
realidad representaban, montaban la campaña de propaganda dirigida a
liquidarme.7
Toda la justificación oficial de Washington para la operación se centró en su
persona. Noriega era el único argumento de Estados Unidos para enviar a sus jóvenes,
hombres y mujeres a arriesgar la propia vida y la conciencia en la matanza de un
pueblo inocente, incluido un número incontable de niños. Noriega fue descrito como
un malvado, un enemigo del pueblo, un monstruo del narcotráfico. Y en tanto que tal,
suministraba a la administración el pretexto para la mastodóntica invasión de un país
de dos millones de habitantes... a los que la casualidad había colocado en uno de los
pedazos de tierra más codiciados del mundo .
A mí, la invasión me trastornó tanto que me lanzó a una depresión prolongada
durante muchos días. No ignoraba que Noriega tenía su guardia personal, pero no
lograba dejar de pensar que los chacales podían eliminarlo, al igual que habían hecho
con Roidós y con Torrijos. Muchos de sus guardaespaldas habían recibido su
instrucción en los centros militares de Estados Unidos. No era descartable que fuesen
capaces de cobrar por mirar a otro lado, o de asesinarle ellos mismos.
Cuanto más leía y reflexionaba sobre la invasión, por tanto, más me convencía de
que significaba un retroceso de la política estadounidense a los viejos métodos de los
constructores de imperios. La administración Bush había decidido ir más allá que la de
Reagan y demostrarle al mundo que no titubearía en utilizar la fuerza máxima con tal
de favorecer sus fines. También me pareció que, en Panamá, el fin perseguido no era
sólo el de reemplazar el legado de Torrijos por una administración títere y propicia a
Estados Unidos, sino intirnidar y someter además a otros países, como Iraq .
David Harris, colaborador del New York Times Magazine y autor de
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muchos libros, hace una observación interesante en su libro Shooting ihe Moon
cuando escribe:
De todos los millares de soberanos, potentados, hombres fuertes, juntas militares
y señores de la guerra con que han tratado los estadounidenses en todos los
rincones del mundo , el general Manuel Antonio Noriega es el único que ha
merecido semejante persecución. Sólo una vez en sus doscientos veinticinco años
de existencia oficial como país ha invadido Estados Unidos a otra nación para
llevarse preso al dirigente de ésta, con el fin de juzgarlo y encarcelarlo en Estados
Unidos por actos que eran delictivos según el derecho estadounidense, pero
cometidos en el territorio nativo de dicho dirigente.8
Después del bombardeo, los estadounidenses se vieron de pronto en una situación
delicada, y durante algún tiempo pareció que iba a salirles el tiro por la culata. La
administración Bush podía haber acallado los rumores que la tildaban de «pelele»,
pero quedaba el problema de la legitimidad, de parecer unos matones sorprendidos en
pleno acto de terrorismo. Se reveló que, durante tres días, los militares habían prohibido
a la prensa, a la Cruz Roja y a otros observadores ajenos la entrada en las zonas
duramente bombardeadas, mientras los soldados incineraban y enterraban a las
víctimas. La prensa hizo muchas preguntas acerca de cuántas pruebas de atrocidades y
otros actos delictivos se habían destruido y acerca de cuántos habían muerto por
denegación del auxilio médico. Pero nadie contestó a esas preguntas.
Seguiremos ignorando muchos detalles de esa invasión, lo mismo que la verdadera
dimensión de la matanza. Cheney, el secretario de Defensa, cifró el número de
víctimas mortales en unas quinientas o seiscientas, pero algunas organizaciones
independientes de defensa de los derechos humanos calculan que fueron de tres mil a
cinco mil, y además otros veinticinco mil ciudadanos perdieron sus viviendas.9
Noriega fue detenido, enviado en avión a Miami y sentenciado a cuarenta años de
cárcel. En aquella época, era la única persona de Estados Unidos oficialmente
clasificada como prisionero de guerra.10
En todo el mundo hubo indignación por esta vulneración del derecho internacional
con destrucción gratuita de vidas inocentes a manos de la potencia militar más fuerte
del planeta. En Estados Unidos, por el contrario, pocos repararon en la tropelía ni en
los delitos perpetrados por Washington. Hubo poca cobertura por parte de la prensa
impresa. A esto
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contribuyó cierto número de factores: la deliberada política de las autoridades,
llamadas de la Casa Blanca a los editores de los periódicos y a los ejecutivos de las
televisiones, congresistas que no se atrevieron a interpelar no fuesen ellos los tildados
de «peleles» y periodistas persuadidos de que la opinión pública reclama héroes y no
le interesa la objetividad.
Hubo alguna excepción, como Peter Eisner, redactor de News doy y reportero de la
Associated Press que cubrió la invasión de Panamá y continuó analizándola durante
varios años. En Memoirs of Manuel Noriega: America's Prisoner, publicada en 1997,
escribe:
La mortandad, la destrucción y la injusticia realizadas en nombre de la lucha
contra Noriega —así como las mentiras con que rodearon el acontecimiento—
amenazaban los principios básicos de la democracia estadounidense [... ] En
Panamá los soldados recibieron órdenes de matar, y así lo hicieron después de
habérseles dicho que iban a rescatar un país de las garras de un dictador cruel y
depravado. Y una vez hubieron actuado, el pueblo de su país [Estados Unidos]
cerró filas detrás de ellos.11
Después de documentarse largamente y habiendo entrevistado incluso a Noriega en
su celda carcelaria de Miami, Eisner declara:
En cuanto a los puntos clave, no creo que las pruebas presentadas demuestren que
Noriega fuese culpable de lo que se le acusó. No creo que sus actos como jefe
militar extranjero o como jefe de un Estado soberano justificasen la invasión de
Panamá, ni que él mismo representase un peligro para la seguridad nacional de
Estados Unidos.12
Y concluye:
Mi análisis de la situación política y mi actividad informativa en Panamá antes,
durante y después de la invasión me llevan a concluir que la invasión de Panamá
por Estados Unidos fue un abominable abuso de poder. Esa invasión sirvió
principalmente a los fines de unos políticos estadounidenses arrogantes y a los
aliados panameños de éstos, al precio de un considerable derramamiento de
sangre.13
Quedó reinstaurada entonces la familia Arias junto con las demás de la
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oligarquía pre-Torrijos, títere de Estados Unidos desde que Panamá fue segregado de
Colombia hasta que Torrijos accedió al poder. El nuevo tratado del Canal quedaba
condenado a la irrelevancia puesto que, defacto, Washington recuperaba el control de
esa vía marítima dijeran lo que dijeran los documentos oficiales.
Mientras reflexionaba sobre estos incidentes y sobre todo lo que había
experimentado durante mi trabajo en MAIN, sin darme cuenta iba repitiéndome las
mismas preguntas una y otra vez: ¿Cuántas decisiones, incluidas las de gran
trascendencia histórica que afectan a millones de personas, van a cargo de hombres y
mujeres movidos por afanes personales, en lugar de por el deseo de hacer lo que es
justo? ¿Cuántos de nuestros altos funcionarios actúan a impulsos del deseo de
enriquecimiento personal, en lugar de por el interés público? ¿Cuántas guerras habrán
estallado sólo porque un presidente no quiere que sus conciudadanosle tengan por un
«pelele»?
Pese a lo prometido durante mi conversación con el presidente de SWEC, mi
contrariedad y mis sensaciones de impotencia ante la invasión de Panamá me indujeron
a reanudar el trabajo con mi libro, salvo que esta vez decidí centrarme en Torrijos. Veía
en su caso una posibilidad para exponer muchas de las injusticias que agobian a nuestro
mundo , así como una manera de librarme de mis remordimientos. Esta vez, no
obstante, preferí guardar reserva sobre lo que estaba haciendo, en lugar de pedir
consejos a los amigos y los colegas.
Mientras me documentaba para el libro quedé consternado al comprobar la
dimensión de lo realizado por nosotros, los gángsteres económicos, en tantos lugares
diferentes. Intentaba concentrarme en algunos de los casos más notables, pero la lista
de los países en donde yo había trabajado y que habían quedado peor que antes era
asombrosa. Al mismo tiempo quedé horrorizado por el alcance de mi propia
corrupción. Pese a mis muchos exámenes de conciencia, sólo ahora comprendía que
mientras estuve enfrascado en mis actividades cotidianas no había alcanzado a ver la
perspectiva general. De modo que cuando estuve en Indonesia cavilaba sobre los temas
que discutíamos Howard Parker y yo, o los que me planteaban los jóvenes amigos de
Rasy. Cuando trabajé en Panamá me afectaron las implicaciones de lo que veía en los
barrios degradados que me mostraba Fidel, la zona del Canal y la discoteca. En Irán
fue inmenso el trastorno que me produjeron mis entrevistas con Yarnin y con Doc.
Pero ahora, al reunirlo todo en un libro, alcanzaba por primera vez una visión de
conjunto y entendía cómo había sido fácil pasar por alto el panorama general y, por
consiguiente, que se me escapase el
213
verdadero significado de mis actos.
Explicado así, todo parece muy sencillo y evidente. Sin embargo, la naturaleza de
tales experiencias tenía un carácter insidioso que me recuerda la vivencia del soldado.
Ingenuo al principio, quizá se cuestiona alguna vez la moralidad de matar a otros seres
humanos, pero lo que más le ocupa es su propio miedo, la necesidad de sobrevivir. La
primera vez que mata a un enemigo, las emociones le abruman. Tal vez se le ocurrirá
pensar en la familia de ese muerto y experimentará algún arrepentimiento. Pero
conforme pasa el tiempo y él va tomando parte en más batallas, y matando más gente,
el soldado se curte. Se ha convertido en un profesional. Yo también fui un soldado
profesional. Al admitirlo así, quedó abierta la puerta a una mejor comprensión del
proceso por el cual se perpetran crímenes y se construyen imperios. Ahora comprendía
cómo era posible que se cometiesen tantas atrocidades. Cómo, por ejemplo, unos
buenos padres de familia iraníes entraron a trabajar en la brutal policía secreta del sha,
cómo unos buenos alemanes obedecieron las órdenes de Hitler o cómo unos honrados
estadounidenses bombardearon la capital de Panamá.
En tanto que gángster económico, yo jamás había cobrado directamente de la NSA
ni de ningún otro organismo estatal. Mi salario me lo pagaba MAIN. Yo era un
ciudadano particular, empleado de una corporación privada. Al entenderlo así pude
ver clara la figura emergente del «ejecutivo corporativo convertido en gángster
económico». Un nuevo tipo de soldado aparecía en el escenario mundial y se
insensibilizaba, con la práctica, ante sus propios actos. Escribí entonces:
Hoy esos hombres y mujeres van a Tailandia, a Filipinas, a Botswana, a
Bolivia y a cualquier parte donde esperan encontrar gentes que necesitan con
desesperación un trabajo. Van a esos países con la intención deliberada de explotar
a los desdichados, a seres que tienen hijos desnutridos o famélicos, que viven en
barrios de chabolas y que han perdido toda esperanza de una vida mejor; que
incluso han dejado de soñar en un futuro. Esos hombres y mujeres salen de sus
fastuosos despachos de Manhattan, de San Francisco o de Chicago, se desplazan
entre los continentes y los océanos en lujosos jets, se alojan en hoteles de primera
categoría y se agasajan en los mejores restaurantes que esos países puedan ofrecer.
Luego salen a buscar gente desesperada.
Son los negreros de nuestra época. Pero ya no tienen necesidad de aventurarse
en las selvas de África en busca de ejemplares robustos
214
para venderlos al mejor postor en las subastas de Charleston, Cartagena o La Habana.
Simplemente recluían a esos desesperados y construyen una fábrica que confeccione las
cazadoras, los pantalones vaqueros, las zapatillas deportivas, las piezas de automoción,
los componentes para ordenadores y los demás miles de artículos que aquéllos saben
colocar en los mercados de su elección. O tal vez prefieren no ser los dueños de esas
fábricas, sino que se -limitan a contratar con los negociantes locales, que harán el
trabajo sucio por ellos.
Esos hombres y mujeres se consideran gente honrada. Regresan a sus países con
fotografías de lugares pintorescos y de antiguas ruinas, para enseñárselas a sus hijos.
Asisten a seminarios en donde se dan mutuas palmadas en las espaldas e intercambian
consejos sobre cómo burlar las arbitrariedades aduaneras de aquellos exóticos países.
Sus jefes contratan abogados que les aseguran la perfecta legalidad de lo que ellos y
ellas están haciendo. Y tienen a su disposición un cuadro de psicoterapeutas y otros
expertos en recursos humanos, para que les ayuden a persuadirse de que, en realidad,
están ayudando a esas gentes desesperadas.
El esclavista a la antigua usanza se decía a sí mismo que su comercio trataba con
una especie no del todo humana, a cuyos individuos ofrecía la oportunidad de
convertirse al cristianismo. Al mismo tiempo, entendía que los esclavos eran
indispensables para la supervivencia de su propia sociedad, de cuya economía
constituían el fundamento. El esclavista moderno se convence a sí mismo (o a sí
misma) de que es mejor para los desesperados ganar un dólar al día que no ganar
absolutamente nada. Y además se les ofrece la oportunidad de integrarse en la más
amplia comunidad global. El o ella también comprenden que esos desesperados son
esenciales para la supervivencia de sus compañías, y que son los fundamentos del
nivel de vida que sus explotadores disfrutan. Nunca se detienen a reflexionar sobre las
consecuencias más amplias de lo que ellos y ellas, su nivel de vida y el sistema
económico en que todo eso se asienta están haciéndole al planeta [... ] ni sobre cómo,
finalmente, todo eso repercutirá en el porvenir de sus propios hijos.
215
216
31
Un fracaso del gangsterismo económico en Iraq
mis funciones como presidente de IPS durante la década de 1980, y como asesor
de SWEC a finales de ese decenio y durante buena parte de los años 1990, me
permitieron acceder a informaciones acerca de Iraq no disponibles para la mayoría. A
decir verdad, durante la década de 1980 pocos estadounidenses sabían nada de dicho
país. Sencillamente, no aparecía en su pantalla de radar. Por mi parte, yo estaba
fascinado con los acontecimientos.
Me mantenía en contacto con viejos amigos, en la época empleados del Banco
Mundial, de USAID, del FMI o alguna otra organización financiera internacional, y
también con gentes de Bechtel (como mi suegro, sin ir más lejos), de Halliburton y de
las demás grandes contratistas de ingeniería y construcción. Muchos de los técnicos
que empleaban las subcontratistas de IPS y de otras eléctricas independientes
intervenían al mismo tiempo en proyectos del Oriente Próximo. En consecuencia,
estaba al tanto de la intensa actividad de los EHM en Iraq .
Las administraciones Reagan y Bush tenían la intención de convertir a Iraq en una
nueva Arabia Saudí. Era de prever que Saddam Hussein seguiría el ejemplo de la Casa
de Saud, por muchas razones poderosas. No tenía más que fijarse en los beneficios
acaparados por ésta en el «caso del blanqueo de dinero».
Desde que se cerró ese acuerdo habían brotado ciudades modernas en medio del
desierto saudí. En Riad, las cabras consumidoras de desperdicios habían sido
reemplazadas por eficientes camiones de recogida, y en aquellos momentos los
saudíes disfrutaban de algunas de las tecnologías más avanzadas del mundo :
ultramodernas plantas desalinizadoras, sistemas de tratamiento de residuos, redes de
comunicaciones y de distribución eléctrica.
Sin duda Saddam Hussein también se daría cuenta de que los saudíes gozaban de
un trato privilegiado en materia de derecho internacional. El
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amigo americano hacía la vista gorda ante muchas actividades de los saudíes, como
por ejemplo financiar grupos fanáticos —muchos de ellos considerados en todo el
mundo unos radicales sospechosos de terrorismo— y dar asilo a proscritos
internacionales. O para ser más exactos, Washington incluso instó y consiguió que sus
aliados saudíes apoyasen económicamente la campaña de Osama bin Laden en
Afganistán contra la Unión Soviética. Las administraciones Reagan y Bush no sólo
incentivaron a los saudíes en ese aspecto, sino que además presionaron a otros muchos
países para que hicieran lo mismo... o para que hicieran también la vista gorda.
La presencia de los EHM en Bagdad fue muy numerosa en la década de 1980.
Creían que Saddam acabaría por ver la luz, y yo no podía por menos que darles la
razón. Al fin y al cabo, si Iraq alcanzaba un acuerdo con Washington similar al de los
saudíes, Saddam quedaba en condiciones de gobernar su país como se le antojase, e
incluso podía pensar en ir ampliando su círculo de influencia en esa región del mundo .
Poco importaba que fuese un tirano patológico, ni que tuviese las manos
ensangrentadas por matanzas masivas, ni que sus maneras y la brutalidad de sus actos
evocasen el recuerdo de Adolf Hitler. No sería la primera vez que Estados Unidos
toleraba e incluso apoyaba a gentes de tal especie. Nosotros le ofreceríamos con
mucho gusto los títulos de la deuda pública estadounidense a cambio de sus
petrodólares, siempre que garantizase la continuidad de los suministros de petróleo y
aceptase un acuerdo en virtud del cual los intereses devengados por esos títulos se
invirtiesen en contratar a compañías estadounidenses para modernizar las
infraestructuras iraquíes, crear nuevas ciudades, y convertir los desiertos en vergeles.
Con mucho gusto le venderíamos también tanques, y aviones de caza, y le
construiríamos plantas químicas y nucleares, tal como habíamos hecho en tantos otros
países, y aunque esas tecnologías pudieran ser aplicadas igualmente a la fabricación
de armamento avanzado.
Para nosotros Iraq era de suma importancia, de una importancia mucho más grande
de lo que pareciese a primera vista. En contra de lo que se cree comúnmente, el
petróleo no era el único tema. Intervenían asimismo el agua y las consideraciones
geopolíticas. Los ríos Tigris y Eufrates pasan por Iraq . De entre todos los países de esa
región del mundo , Iraq controla las fuentes principales de esos recursos hídricos cada
vez más escasos. Fue en la década de 1980 cuando la trascendencia tanto política
como económica del agua empezó a destacar con claridad para los que andábamos
interesados en el sector energético y de
218
ingeniería. En la carrera de la privatización, muchas de las compañías principales que
habían puesto sus miras en absorber las pequeñas eléctricas independientes pasaron a
plantearse la privatización de los sistemas de abastecimiento del agua en África,
Latinoamérica y el Oriente Próximo.
Además de petróleo y agua, Iraq posee una situación estratégica muy valiosa.
Tiene fronteras con Irán, Kuwait, Arabia Saudí, Jordania, Siria y Turquía, y salida al
mar en el golfo Pérsico. Tiene en el radio de acción de sus misiles a Israel y a la ex
Unión Soviética. Los estrategas militares comparan la posición del Iraq moderno con
la del valle del Hudson durante nuestras guerras contra los franceses y los indios, y
contra Inglaterra en la de Independencia. Hoy día es del dominio público que quien
controla Iraq tiene la llave de todo el Oriente Próximo.
Sobre todo esto, Iraq supone un mercado inmenso para la tecnología y el
conocimiento experto estadounidenses. El hecho de estar asentado sobre algunos de
los yacimientos petrolíferos más extensos del mundo (más importantes incluso que los
de
Arabia Saudí, según algunas estimaciones) le garantiza la posibilidad de financiar
grandes programas de infraestructura y de industrialización. Todos los que tenían algo
interesante que ofrecer, andaban pendientes de Iraq : las contratistas de ingeniería y
construcción, los proveedores de sistemas informáticos, los fabricantes de aviones,
misiles y tanques, las compañías químicas y las químico -farmacéuticas.
A finales de la década de 1980, sin embargo, quedó claro que Saddam «no tragaba»
con el guión de los EHM: gran decepción y no pequeño apuro para la primera
administración Bush. Junto con Panamá, Iraq contribuyó a la reputación de «flojo» de
George H. W. Bush. Precisamente cuando éste andaba buscando nuevas maneras de
lavar su imagen, Saddam le dio la partida hecha. En agosto de 1990 invadió Kuwait,
rico territorio de jeques petroleros. Bush reaccionó denunciando la vulneración del
derecho internacional perpetrada por Saddam, y eso que aún no había transcurrido un
año desde la invasión no menos ilegal y unilateral de Panamá, dispuesta por el mismo
Bush.
De modo que, al fin, el presidente no sorprendió a nadie cuando lanzó la orden de
ataque por tierra, mar y aire. Quinientos mil soldados estadounidenses fueron
enviados formando parte de la expedición internacional. En los primeros meses de
1991 la aviación se lanzó a bombardear objetivos militares y civiles en Iraq . A esto le
siguieron cien horas de operaciones terrestres y la desbandada del ejército iraquí,
desmoralizado y muy inferior en potencia de fuego. Era la salvación de Kuwait y el
escarmiento para un auténtico déspota, que sin embargo no
219
fue conducido ante la justicia. La popularidad de Bush ante la opinión pública
estadounidense alcanzó el 90 por ciento.
En la época de la invasión de Iraq , yo estaba en Boston asistiendo a unas
reuniones, que fue una de las pocas ocasiones en que SWEC realmente me solicitó
para hacer algo. Recuerdo el entusiasmo con que fue redbida la decisión de Bush. Por
supuesto, la gente de la organización de Stone & Webster estaba entusiasmada porque
habíamos mantenido el tipo frente a un dictador homicida, pero también porque una
victoria estadounidense en Iraq les suponía oportunidades de grandes beneficios,
aumentos de sueldo y promodones.
El entusiasmo no quedó limitado a los hombres de negocios que iban a beneficiarse
directamente de la guerra. En todo el país, la gente se manifestaba casi ansiosa por
presendar una demostradón de firmeza militar. Me parece que esa actitud obededó a
una serie de razones, entre ellas, el cambio de filosofía que acarreó la derrota de Cárter
frente a Reagan, la liberación de los rehenes en Irán y el empeño reaganiano en
renegociar el tratado del canal de Panamá. La invasión de Panamá por Bush fue como
añadir leña al fuego.
Tras la retórica patriotera y las llamadas a la acción, sin embargo, creí advertir una
transformación mucho más sutil en la manera en que los intereses comerciales de
Estados Unidos (y con ellos, la mayoría de las personas que trabajaban en las
corporaciones estadounidenses) contemplaban el mundo . La marcha hacia el imperio
global había cobrado realidad y buena parte del país participaba en ella. En los ánimos
de todos influían en grado significativo dos conceptos íntimamente asociados:
globalizadón y privatización.
En último análisis esto no sucedía sólo en Estados Unidos. El imperio global era
justamente eso, global, pasando por encima de todas las fronteras. Las corporadones
que antes considerábamos estadounidenses, eran ahora internadonales en el pleno
sentido, incluso jurídico, de la palabra. Porque, al estar constituidas y registradas en
muchos países, podían estudiar y elegir las legislaciones y las reglamentaciones que
más les convinieran para conducir sus actividades. Un gran número de organizadones
y de acuerdos comerdales globalizadores les facilitaba la tarea todavía más. Las palabras
democracia, socialismo y capitalismo caían casi en la obsolescenda. La corporatocrada
prevaleda y se afirmaba cada vez más como la influencia principal cuando no única en
la economía y la política del mundo .
En un extraño giro de los acontecimientos, yo también me había rendido a la
corporatocrada en noviembre de 1990, cuando vendí IPS. Fue
220
un negocio lucrativo para mis socios y para mí, pero en realidad vendimos
principalmente cediendo a .la tremenda presión que nos aplicaba la Ashland Oil
Company. Luchar contra ellos habría supuesto un coste enorme en muchos sentidos,
como sabía yo por experiencia. Vendiendo, en cambio, nos hacíamos ricos. De todas
maneras, no dejó de parecerme sarcástico que una petrolera pasara a ser nueva
propietaria de mi empresa de energía alternativa. En cierto modo me sentí como un
traidor.
La SWEC me demandaba muy poco de mi tiempo. De vez en cuando me llamaban
a Boston para asistir a una reunión, o para ayudar a elaborar una propuesta. Otras veces
me enviaban a lugares como Río de Janeiro, para parlamentar con los que manejaban
el cotarro allí. Una vez volé a Guatemala en un jet privado. Solía llamar a los
directores de proyecto para recordarles que me tenían en nómina y a su disposición.
Me daba apuro cobrar tanto dinero por hacer tan poco. Yo conocía bien el sector y
deseaba contribuir con algo útil. Pero eso, sencillamente, no estaba previsto.
Aquella imagen de hombre entre dos mundos me atormentaba. Quería hacer algo
que justificase mi existencia y que contrarrestase lo negativo de mi pasado aportando
algo positivo. En secreto seguía trabajando en mi Conciencia de un gángster económico,
aunque muy irregularmente. Además, no me engañaba en cuanto a las posibilidades de
ver publicado alguna vez el libro.
En 1991 empecé a hacer de guía para grupos reducidos que iban a la Amazonia con
la finalidad de pasar algún tiempo con los shuar y aprender de ellos, que nos
enseñaban de buena gana sus conocimientos sobre preservación medioambiental y
técnicas de sanación tradicionales. Durante los últimos años, la demanda de este tipo
de excursiones había aumentado rápidamente. De ello resultó una organización no
venal, la Dream Change Coalition. Dedicada a cambiar la manera en que los
ciudadanos de los países industrializados contemplan la Tierra y nuestra relación con
ella, Dream Change halló muchos seguidores en todo el mundo y capacitó a otras
gentes para que crearan organizaciones con cometidos similares en muchos países.
Fue seleccionada por la revista Time como una de las trece organizaciones cuyas
páginas en la Red reflejaban con más fidelidad los ideales y los objetivos del Día de la
Tierra.1
Durante la década de 1990 me comprometí más a fondo con el mundo de las
organizaciones no lucrativas. Ayudé a crear varias de ellas y figuré en los consejos de
administración de otras. Muchas de éstas surgieron de
221
iniciativas de los elementos más emprendedores de Dream Change, e implicaban el
trabajo con los pueblos indígenas de Latinoamérica, los shuar y achuar de la
Amazonia, los quichuas andinos, los mayas guatemaltecos, o informar a las gentes de
Estados Unidos y de Europa acerca de esas culturas. Esta obra filantrópica se realizaba
con la anuencia de la SWEC, ya que armonizaba con la afiliación de ésta al programa
humanitario United Way. También escribí más libros, todos ellos sobre temas de la
sabiduría indígena y evitando cualquier alusión a mis actividades como EHM.
Además de paliar mi aburrimiento, estas ocupaciones me ayudaron a permanecer en
contacto con Latinoamérica y con las cuestiones políticas que más me interesaban.
Pero, por más que trataba de persuadirme de que reequilibraba la balanza, de que
enmendaba mis pasados actos con estas empresas no lucrativas y mi dedicación a
escribir, cada vez me costaba más creerlo. En el fondo, sabía que estaba rehuyendo mis
responsabilidades ante mi hija. Jessica heredaría un mundo en el que millones de
niños nacen cargados de deudas que nunca llegarán a poder saldar. Yo debía asumir la
responsabilidad por ello.
Mis libros tenían cada vez más aceptación, especialmente uno titulado The World Is
As You Dream It. Este éxito me obligaba a participar en talleres y a dar conferencias
con creciente asiduidad. A veces, cuando me tocaba enfrentarme al público de Boston,
de Nueva York o de Milán, me chocaba la paradoja: Si el mundo es como uno lo
sueña, ¿cómo había soñado yo un mundo así? ¿Cómo había llegado a desempeñar un
papel activo en la manifestación de semejante pesadilla?
En 1997 el Omega Institute organizó una semana de trabajo en un complejo
turístico de la caribeña isla de Saint John. Recibí el encargo de dirigir ese taller.
Llegué allí a medianoche y la mañana siguiente, cuando desperté y salí al balconcillo,
me di cuenta de que estaba contemplando exactamente la misma bahía en donde,
diecisiete años antes, había tomado la decisión de dejar MAIN. Abrumado por la
emoción, me dejé caer en una silla.
Durante toda la semana pasé buena parte de mi tiempo libre en aquel balcón,
mirando hacia Leinster Bay y tratando de recomponer mis sentimientos. Comprendía
que, pese a haber dejado la empresa, había omitido el paso siguiente. Mi decisión de
quedarme a medio camino empezaba a cobrarse un tributo devastador. Hacia el final
de aquella semana concluí que el mundo que me rodeaba no era el que yo deseaba
soñar, y que debía hacer exactamente lo que les enseñaba a mis alumnos: cambiar mis
sueños de manera que correspondiesen a lo que yo
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realmente deseaba para mi vida.
Cuando regresé a casa dimití de mi asesoría. El presidente de SWEC que me había
contratado estaba ya jubilado. El nuevo jefe era un hombre más joven que yo, y por lo
visto no le preocupaba que yo me dedicase a contar mis historias. Acababa de lanzar
un plan de reducción de costes, y se alegró mucho de poder ahorrarse los exorbitantes
honorarios que me pagaban.
Entonces decidí terminar el libro en el que había trabajado durante todo este
tiempo. Esta decisión fue suficiente para suscitar una maravillosa sensación de alivio.
Consulté mi intención de escribir con varios amigos de confianza, casi todos
pertenecientes al mundo de las organizaciones no lucrativas y dedicados al estudio de
las culturas indígenas y a la defensa del bosque "tropical húmedo. La sorpresa para mí
fue que trataron de disuadirme. Temían que publicar fuese contraproducente para mi
actividad de enseñanza y además comprometiese a las organizaciones no lucrativas
con las que yo trabajaba. Muchos de nosotros colaborábamos con las tribus de la
Amazonia en la defensa de sus territorios, codiciados por las compañías petroleras. Si
yo ponía todas las cartas boca arriba, dijeron, mi credibilidad sería puesta en duda y todo
el movimiento resultaría perjudicado. Algunos incluso amenazaron con retirar su
participación.
Así que, una vez más, dejé de escribir y me consagré a hacer de cicerone por las
profundidades de la Amazonia, mostrando una tribu y un lugar apenas contaminados
por el mundo moderno Allí me hallaba yo, por cierto, el 11 de septiembre de 2001.
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32
El 11 de septiembre y las consecuencias sobre mi persona
el 10 de septiembre de 2001 yo navegaba río abajo por la Amazonia ecuatoriana con
Shakaim Chumpi, coautor de mi libro Spirit of the Shuar. Guiábamos a un grupo
de dieciséis norteamericanos hasta la comunidad de mi acompañante, en lo más hondo
de la selva. Venían para aprender de sus gentes y ayudarlas a preservar el valioso
bosque tropical.
Shakaim había peleado como soldado en el reciente conflicto ecuato-peruano.
Muchas personas de los principales países consumidores de petróleo jamás han oído
hablar de esa guerra, cuyo motivo principal fue que no les fallase a ellas el
aprovisionamiento de petróleo. Entre estos dos países existía una disputa de fronteras
desde hacía muchos años, pero el contencioso cobró una urgencia repentina cuando
las petroleras decidieron que necesitaban saber con qué país debían negociar las
concesiones para la explotación de determinados yacimientos. Era menester que las
fronteras estuviesen bien definidas.
Los shuar formaron la primera línea de defensa ecuatoriana y se comportaron como
luchadores aguerridos, que muchas veces derrotaron a fuerzas superiores en número y
mejor equipadas. Ellos nada sabían de los móviles políticos de la guerra, ni que el
desenlace de ésta abriría las puertas a las compañías del petróleo. Peleaban porque eran
descendientes de una larga tradición de guerreros, y porque no estaban dispuestos a
permitir la presencia de soldados extranjeros en sus territorios.
Mientras bogábamos río abajo, contemplando la chillona bandada de loros que
pasaba sobre nuestras cabezas, le pregunté a Shakaim si se había respetado la tregua.
—Sí —contestó—. Pero temo que ahora tendremos que ir a la guerra contra
ustedes.
Y explicó que, por supuesto, no se refería a mí personalmente, ni a las personas de
nuestro grupo.
— Ustedes son amigos.
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Se refería, continuó diciendo, a nuestras compañías petroleras que entrarían en la
selva y a las fuerzas militares que las escoltarían.
—Hemos visto lo que hicieron con los huaorani. Destruyeron su selva, ensuciaron
sus ríos y mataron a muchos, hombres, mujeres y niños. Hoy los huaorani casi han
dejado de existir como nación. No permitiremos que nos ocurra a nosotros. No
dejaremos que entren las petroleras en nuestro territorio, lo mismo que no permitimos
la entrada de los peruanos. Todos hemos jurado luchar hasta que caiga el último.1
Esa noche nuestro grupo se sentó alrededor del hogar central, en una bella casa
comunal de los shuar, pavimentada de caña de bambú y cubierta por un techo de paja.
Les conté mi conversación con Shakaim. Todos nos preguntábamos qué otros pueblos
del mundo tendrían parecida opinión en cuanto a nuestras compañías petroleras y
nuestro país. ¿Cuántos temían, como los shuar, nuestra irrupción en sus vidas, y la
ruina de su cultura y sus territorios? ¿Cuántos nos odiaban?
La mañana siguiente bajé a la pequeña oficina donde teníamos nuestro
radiotransmisor, para llamar a los pilotos que debían pasar a recogernos pocos días
después. Mientras estaba hablando con ellos se oyó un grito.
— ¡Dios mío! exclamó a través de las ondas—. ¡Nueva York está siendo atacada!
El operador estadounidense aumentó el volumen de la radio comercial que hasta
ese momento había suministrado música de fondo. De esta manera recibimos minuto a
minuto, y durante media hora, la narración pormenorizada de lo que estaba
ocurriendo. Jamás olvidaré ese día, como supongo que les ocurrirá a cuantos lo han
vivido.
De regreso en mi casa de Florida sentí la necesidad de visitar la Zona Cero, el lugar
donde estuvieron emplazados los rascacielos del World Trade Center. Aproveché la
primera oportunidad para volar a Nueva York y llegué a mi hotel de las afueras hacia
la primera hora de la tarde. Aunque estábamos en noviembre, el día era soleado, casi
primaveral. Paseé muy animado por Central Park, y luego me dirigí a aquella parte de
la ciudad donde había pasado tantísimo tiempo, al sector próximo a Wall Street que
ahora llaman la Zona Cero.
A medida que me acercaba, mi entusiasmo se desvaneció reemplazado por una
sensación de horror. La vista y el olfato recibían las impresiones más fuertes: la
destrucción increíble, los esqueletos retorcidos y fundidos de los que habían sido unos
titánicos edificios, el humo acre, los restos carbonizados, el hedor a carne quemada. No
era lo mismo verlo por la televisión que hallarse allí.
Yo no había previsto nada por el estilo... ni, especialmente, la actitud
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de las personas. Aunque habían transcurrido dos meses ya, los que antes de la tragedia
habían vivido o trabajado en aquel lugar, los supervivientes, continuaban allí. Ocioso,
de pie delante de su pequeño establecimiento de zapatero remendón, un egipcio
meneaba la cabeza con aire de incredulidad.
— Es que no consigo acostumbrarme —murmuró—. He perdido muchos clientes,
muchos amigos. Mi sobrino murió ahí —agregó con un ademán hacia el cielo azul —.
Creo que vi cómo saltaba... No estoy seguro, ¡fueron tantos! Se agarraban de las manos
y agitaban los brazos como si pudieran volar.
La sorpresa fue que los transeúntes hablaban los unos con los otros, ¡en Nueva York!
Y hacían algo más que hablar. Las miradas se encontraban, tristes pero con una
expresión compasiva, con una media sonrisa que decía más que un millón de palabras.
Pero había algo más, una impresión extraña que transmitía el lugar mismo. Al
principio no conseguí definirla, hasta que me di cuenta: era la luz. La parte baja de
Manhattan siempre había sido un desfiladero sombrío, allá por los tiempos en que
andaba yo por aquellos lugares tratando de reunir capital para IPS y discutiendo la
estrategia con mis banqueros de inversiones mientras almorzábamos en el comedor del
Windows on the World. Era preciso subir muy alto para ver la luz, hasta lo más alto
del Word Trade Center. Ahora llegaba al nivel de la calle. El desfiladero estaba
reventado y los que caminábamos por las aceras junto a las ruinas recibíamos de lleno
los rayos del sol. No pude dejar de preguntarme si sería esa visión del cielo y de la luz
lo que había contribuido a abrir los corazones de la gente. Sólo pensarlo me daba
reparo.
Doblé la esquina de Trinity Church y enfilé por Wall Street, de regreso a la Nueva
York de siempre, envuelta en sombras. Ni cielo, ni luz. La gente caminaba por las
aceras a paso rápido, sin hacer caso de nadie. Un guardia le echaba una bronca a un
automovilista que había calado el motor.
Me senté en la primera escalera que encontré. Era el número catorce. De algún
lugar salía un ruido como de un ventilador o un sopladero gigantesco. Parecía brotar
del inmenso muro de piedra del edificio de la Bolsa. Me fijé en las gentes que dejaban
a toda prisa las oficinas para encaminarse a sus casas, o en busca de un restaurante o
un bar donde continuar discutiendo de negocios. Algunos, no muchos, caminaban
emparejados en animada charla. Pero la mayoría iban solos, callados, rehuyendo la
mirada del observador curioso.
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El alarido de una alarma me sobresaltó. Un hombre salió a toda prisa de un
despacho y apuntó hacia su coche con la llave para silenciar la alarma. Al cabo de un
rato, hurgué en mi bolsillo y saqué un pedazo de papel cuidadosamente doblado que
contenía unas estadísticas.
Entonces lo vi. Caminaba por la acera con los ojos bajos. Luda una barba gris
alborotada y un abrigo mugriento que desentonaba mucho en esa tarde calurosa y en
Wall Street. Adiviné que era un afgano.
El me miró, titubeó un instante y subió los peldaños. Con una breve inclinación de
cabeza, se sentó a mi lado pero dejando como un metro de distancia entre ambos. La
mirada fija al frente me indicó que si deseaba conversación, debía ser yo quien la
empezase.
— Bonito día.
—Muy bonito. En tiempos así se agradece un poco de sol —habló con marcado
acento.
—¿Por lo del World Trade Center, quiere decir?
Él asintió.
—Usted es de Afganistán, ¿no?
Me miró con sorpresa.
—¿Tanto se me nota?
—Es que he viajado mucho. Hace poco visité los Himalaya. Y Cachemira.
—Cachemira. — Se mesó la barba—. Guerra.
—Sí. La India y el Pakistán. Hindúes y musulmanes. Como para dudar de las
religiones, ¿verdad?
Su mirada se tropezó con la mía. Tenía los ojos de color pardo muy oscuro, casi
negro, y me parecieron tristes y cargados de experienda. Se volvió hada el edificio de
la Bolsa y lo señaló con el largo y huesudo índice.
—Sí. —Entendí el gesto—. Tal vez sea por la economía, no por la religión.
—¿Eras soldado?
No pude contener una sonrisa.
— No. Asesor económico. — Le mostré el papel lleno de estadísticas —.
Éstas eran mis armas.
Él tomó el papel en sus manos. —Números...
— Estadísticas del mundo .
Él se quedó mirando el papel y luego soltó una breve carcajada. —No sé leer.
—Y me lo devolvió.
— Esos números dicen que todos los días mueren de hambre
228
veinticuatro mil seres humanos.
Profirió un leve silbido, consideró un rato lo que acababa de escuchar y luego suspiró.
—Yo he estado a punto de ser uno de ellos. Tenía un pequeño huerto de granados
cerca de Kandahar. Hasta que llegaron los rusos. Los mujaidin los esperaban detrás de
los árboles y metidos en las acequias. — Alzó las manos haciendo el gesto de apuntar—
. Una emboscada.
Bajó las manos.
—Destrozaron mis árboles y mis acequias.
— ¿Qué hizo usted entonces?
Él hizo un ademán hacia el papel que aún tenía yo entre las manos.
—¿Dice ahí cuántos mendigos hay en el mundo ?
No lo decía, pero contesté hablando de memoria:
—Unos ochenta millones, creo.
—Yo lo fui. — Meneó la cabeza. Luego se sumió en sus pensamientos y
permanecimos un rato en silencio, hasta que él prosiguió—: No me gusta pedir
limosna. Perdí un hijo. Así que me puse a cultivar amapolas.
-¿Opio?
—Sin árboles ni agua. La única manera de alimentar a nuestras familias.
Sentí un nudo en la garganta y una tristeza deprimente, acompañada de
remordimiento.
—Aquí decimos que está mal cultivar la amapola del opio, pero muchos de
nuestros ricos deben su fortuna al comercio de la droga.
Me miró fijamente y fue como si sus ojos penetrasen hasta el fondo de mi alma.
—Tú has sido soldado —dijo, asintiendo con la cabeza como para corroborar tan
elemental constatación.
Dicho esto se puso en pie y se alejó cojeando escaleras abajo. Deseé que se quedase
pero no pude articular palabra, entonces conseguí ponerme en pie yo también, y me
dispuse a seguirle. Un cartel me detuvo. Mostraba una imagen del edificio en cuya
escalinata acababa de sentarme, y un letrero que notificaba a los transeúntes que el
cartel lo había puesto el servicio de rutas turísticas de Nueva York. Decía:
El Mausoleo de Halicarnaso puesto sobre la torre del campanario de San Marcos
en Venecia en la esquina de las calles Wall y Broad, tal es el concepto inspirador de
Wall Street número 14, en su tiempo el edificio bancario más alto del mundo . En
sus 539 pies de altura se alojaron originariamente las oficinas centrales del
Bankers Trust, una de las instituciones financieras más adineradas del país.
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Levanté la mirada y contemplé el rascacielos con respeto. A comienzos del siglo
pasado, el 14 de Wall Street representaba lo mismo que más tarde significó el World
Trade Center, el símbolo óptimo del poderío, de la prepotencia económica. Bankers
Trust había sido una de las empresas que me ayudaron a financiar mi compañía
productora de electricidad. Formaba parte de mi patrimonio. El patrimonio de un
soldado, como había diagnosticado el afgano con gran exactitud.
Que mi jornada hubiese concluido con semejante conversación me pareció una
extraordinaria coincidencia. Coincidencia. Una vez más esa palabra me hizo
reflexionar. Yo opinaba que son nuestras reacciones a las coincidencias las que dan
forma a nuestras vidas. ¿Cómo debía reaccionar en este caso?
Seguí caminando, buscando con la mirada entre las cabezas de la multitud, pero no
volví a verlo. Al pasar frente al edificio siguiente vi una estatua inmensa envuelta en un
plástico azul. La inscripción de la piedra proclamaba que aquello era el Palacio
Federal, en el 26 de Wall Street, donde George Washington juró como primer
presidente de Estados Unidos, el 30 de abril de 1789. Es decir, exactamente el lugar
donde un hombre asumió por primera vez, mediante juramento, la responsabilidad de
garantizar la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad para todos. Tan cerca de la
Zona Cero. Tan cerca de Wall Street.
Rodeé la manzana para entrar en Fine Street. Allí me tropecé cara a cara con el
cuartel general del Chase, el banco creado por David Rockefeller con la semilla del
petróleo y la dedicación de hombres como yo. Ese banco, institución al servicio de los
EHM y maestro en la promoción del imperio global, en muchos sentidos era el
verdadero símbolo de la corporatocracia.
Recordé haber leído alguna vez que el World Trade Center había sido un proyecto
lanzado por David Rockefeller en 1960, y que últimamente muchos lo consideraban
una especie de albatros, una entidad fallida desde el punto de vista financiero, mal
adaptada a las modernas tecnologías de la fibra óptica y de Internet, y agobiada por
una dotación de ascensores ineficiente y demasiado costosa. La voz popular llamó
David y Nelson a esas torres gemelas. Hasta que cayó el albatros.
Seguí caminando despacio, casi de mala gana. Aunque la tarde era calurosa, sentí
un estremecimiento y noté que se adueñaba de mí una extraña ansiedad, como un
presentimiento. Al desconocer su origen, traté de sacudírmelo y aceleré el paso. De
esta manera, al poco me hallé de nuevo frente al agujero humeante, el metal retorcido,
la gran cicatriz de la Tierra. Apoyé el hombro en un edificio que se había salvado de la
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destrucción, y dirigí la mirada hacia el abismo. Traté de imaginar las personas que
salían' corriendo ante la inminencia del hundimiento de la torre, y los bomberos que
entraban para tratar de salvarlas. Y la desesperación de los que saltaban. Pero no
conseguí ver nada de eso.
Lo que vi fue a Osama bin Laden aceptando dinero y armas por valor de muchos
millones de un hombre empleado por una consultoría contratada a su vez por las
autoridades de Estados Unidos. Luego me vi a mí mismo sentado frente a un ordenador
con la pantalla en blanco.
Dando la espalda a la Zona Cero, miré a mi alrededor, a las calles de Nueva York
que se habían salvado del fuego y ahora recobraban la normalidad. Me pregunté qué
pensarían de todo eso las personas que caminaban por aquellas calles. No sólo de la
destrucción de las torres, sino también acerca de los huertos de granados arrasados y de
los veinticuatro mil famélicos que mueren todos los días. ¿Se les ocurriría pensar en
tales cosas, y desentenderse de sus trabajos, y de sus coches sedientos de gasolina, y
de sus deudas y sus hipotecas, para pensar un momento en el mundo que iban a dejar a
sus hijos? Me pregunté si sabrían algo de Afganistán, no el Afganistán de la televisión
lleno de campamentos militares y tanques de Estados Unidos, sino el Afganistán de mi
viejo interlocutor. Y me pregunté lo que deben pensar esos veinticuatro mil que mueren
todos los días.
Entonces me vi otra vez sentado delante del ordenador con la pantalla apagada.
Con un esfuerzo, volví otra vez mi atención a la Zona Cero. De momento, una cosa
era segura: que mi país pensaba en la venganza, y que se había fijado en países como
Afganistán. Pero también me acordé de los muchos lugares del mundo en donde se
odia a nuestras compañías, a nuestros militares, a nuestra línea política y a nuestra
marcha hacia el imperio global.
¿Qué iba a ser de Panamá, de Ecuador, de Indonesia, de Irán, de Guatemala, de la
mayor parte de África?, pensé.
Apartándome de la pared, eché a andar otra vez. Un tipo bajo y grasiento agitaba al
aire un periódico, al tiempo que lo voceaba en español. Me detuve.
— ¡ Venezuela al borde de la revolución! —gritaba para hacerse oír entre el ruido
de la circulación, los bocinazos y la barabúnda de la gente.
Compré el periódico y me detuve un momento a leer el artículo de fondo. Trataba
de Hugo Chávez, el presidente venezolano y antiyanqui democráticamente elegido, y
del mar de fondo generado por las políticas estadounidenses en América Latina.
¿Qué iba a ser de Venezuela ?
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Venezuela salvada por Saddam
venía yo siguiendo a Venezuela desde hacía muchos años. Era el ejemplo clásico del país
elevado de la pobreza a la prosperidad gracias al petróleo. Y también un
modelo del trastorno que el petróleo fomenta, del desequilibrio entre ricos y pobres, y
de nación desvergonzadamente explotada por la corporatocracia. Era el compendio de
todos los lugares donde los gángsteres económicos al antiguo estilo, como yo, venían
a coincidir con los de la versión corporativa, de nueva escuela.
Los acontecimientos que describía el periódico del día que visité la Zona Cero eran
resultado directo de las elecciones de 1998 en que los pobres y los desheredados de
Venezuela eligieron presidente a Hugo Chávez por aplastante mayoría.1 Sin pérdida de
tiempo, éste instituyó medidas drásticas para controlar la judicatura y otras
instituciones, y disolvió el parlamento venezolano. Denunció el «desvergonzado
imperialismo» de Estados Unidos, vituperó la globalización, e introdujo una ley de
hidrocarburos que recordaba, incluso por el nombre, a la que Jaime Roídos hizo
promulgar en Ecuador poco antes de que se estrellase su helicóptero. Esa ley
duplicaba los derechos a pagar por las compañías extranjeras del petróleo. A
continuación Chávez desafió la tradicional independencia de la estatal Petróleos de
Venezuela , reemplazando a los directivos de ésta por personas de su confianza.2
El crudo de Venezuela es imprescindible para muchas economías del mundo . En
2002 este país era el cuarto exportador mundial, y el tercero en importancia de los
proveedores de Estados Unidos.3 Con cuarenta mil trabajadores y una facturación
anual de 50.000 millones de dólares, Petróleos de Venezuela aporta el 80 por ciento de
los ingresos por exportación. Es, con mucho, el factor principal de la economía
venezolana.4 Al pasar a controlar esa industria, Chávez se perfilaba como uno de los
protagonistas del escenario mundial.
Para muchos venezolanos, esto era un desenlace anunciado, la culminación de un
proceso iniciado ochenta años antes. El 14 de
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diciembre de 1922 brotó de la tierra, cerca de Maracaibo, un gran surtidor de petróleo.
Cien mil barriles de crudo saltaron al aire a diario durante tres días seguidos. Y fue
este incidente geológico lo que cambió a Venezuela para siempre. En 1930 este país
era el primer exportador mundial. Los venezolanos veían en el petróleo la solución de
todos sus problemas.
Durante los cuarenta años siguientes, las rentas del petróleo hicieron posible que
Venezuela pasara de ser uno de los países más empobrecidos del mundo a uno de los
más prósperos de Latinoamérica. Todas las estadísticas vitales mejoraron: las
atenciones sanitarias, la educación, el empleo, la longevidad y los índices de
supervivencia de recién nacidos. Las empresas prosperaban.
En 1973 los precios del crudo se dispararon por efecto del embargo decretado por
la OPEP y el presupuesto nacional venezolano se multiplicó por cuatro. El pistolerismo
económico puso manos a la obra. La banca internacional volcó sobre el país
empréstitos a raudales con que construir vastas infraestructuras, proyectos industriales,
y los rascacielos más altos del hemisferio. En la década de 1980 empezaron a llegar
los EHM de la variante corporativa. Era para ellos la gran oportunidad de empezar a
practicar el oficio aprendido. Las clases medias venezolanas habían cobrado un
tamaño considerable y representaban un mercado abierto para toda clase de productos.
Al mismo tiempo, quedaba un sector muy numeroso de pobres dispuestos a trabajar en
factorías y maquiladoras.
A continuación se hundieron los precios del crudo y Venezuela no pudo pagar sus
deudas. En 1989 el FMI impuso severas medidas de austeridad y Caracas fue
presionada para colaborar con la corporatocracia de otras muchas maneras. La reacción
venezolana fue violenta. En los disturbios murieron más de doscientas personas. Atrás
quedaba la ilusión del petróleo como manantial inagotable de riqueza. Entre 1978 y
2003, la renta venezolana per cápita cayó más de un 40 por ciento.5
A medida que cundía la pobreza se intensificó el resentimiento. Se registró una
polarización de la sociedad, con enfrentamientos entre las clases medias y los pobres.
Como tantas veces ha ocurrido en los países cuya economía depende de la producción
petrolífera, hubo un cambio radical de los equilibrios demográficos. La contracción de
la economía perjudicó a las clases medias y aumentó el número de pobres.
Esta nueva situación demográfica creó las condiciones para Chávez... y para el
conflicto con Washington. Una vez en el poder, el presidente tomó iniciativas que
fueron recibidas como otros tantos desafíos por la administración Bush. A pocas
fechas del 11 de septiembre, Washington