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Carolina Aguirre, "La pèleadora"

Humor•3/30/2010
CAROLINA AGUIRRE




tiene 31 años y se recibió de guionista en la ENERC (Escuela Nacional de realización cinematográfica). Sus guiones de cortometrajes y mediometrajes fueron premiados en diversos festivales y concursos alrededor de todo el mundo (Festival de Rosario, Festival Internacional de nuevo cine latinoamericano de La Habana, San Diego Latino Film Festival, SAVI, Festival independiente de Barcelona, San Francisco Film Festival, Concurso de cortometrajes TVE Versión Española).

Su primer blog, BESTIARIA, un inventario de estereotipos de mujeres, fue finalista por dos años consecutivos del Weblog Awards (2006 y 2007) en Estados Unidos, ganador en 2008 y finalista 2007 como mejor blog en español del mundo en BOBs THE BEST OF BLOGS (Alemania, cadena Deutsche Welle), ganador del premio Intel por Mejor Blog de Arte y Cultura de Latinoamerica, y premiado por la revista Todas por mejor artículo femenino, en España. Actualmente es uno de los blogs más leídos de Argentina.

Desde el año pasado, esos textos y otros nuevos son parte de su primer libro, también llamado BESTIARIA editado bajo el sello Alfaguara, que incluye textos del blog y nuevos artículos y va por su segunda edición.

En noviembre de 2008 participó de la antología “Historias de mujeres infieles” con uno de sus textos, “Cuestión de Fe”. El libro fue editado por el sello Emecé y compilado por Santiago Llach y Natalia Moret, e incluye autoras como Silvina Ocampo y Silvina Bullrich, entre otras.

Su segundo blog, CIEGA A CITAS, fue una blogonovela ficcionada, narrada en tiempo real, en donde escribió con seudónimo la vida de periodista soltera de 31 años que trataba de conseguir un novio para llevar a la boda de su hermana y ganarle una apuesta a su mamá. El blog duró nueve meses, desde noviembre de 2007 hasta junio del 2008, el día de la boda, con dos millones y medio de visitas y ochenta mil comentarios.

En octubre de ese mismo año, Ciega a citas se transformó en libro, otra vez bajo el sello Aguilar

Además de los blogs y los libros, colabora o ha colaborado con diversos medios gráficos como Metrópolis, Revista Joy, Gataflora, Oh Lalá, Diario Crítica , en donde además tuvo un blog, La peleadora, que llegó a tener 16,000 visitas diarias y hasta 3800 comentarios por artículo.

Como guionista, ha escrito con su nombre real y con otros, para canales agencias de publicidad y productoras audiovisuales locales como Pramer y Mandarina TV.

Actualmente trabaja en su tercer libro, que se editará durante el año 2010 directamente en papel.


Algunos textos de esta acida autora:



La revancha de los mozos: 10 cosas que odian de los clientes


¿Sos de quejarte de los mozos en el restaurante? Agarrate: esto es lo que ellos odian de vos.


carolina


“Al mediodía hay una mesa de oficinistas de la zona que, cuando les traigo la comida, se dedican a tirarme miguitas de pan para que me caigan justo entre las lolas. Una vez me quejé con el dueño, pero me contestó una guarangada que ni te puedo decir. ¿Qué tengo que hacer?”.La anécdota es un poco extrema, pero ilustra lo que le sucede a la joven camarera de un bar llamado Manolos -en el barrio de Villa Ortúzar-, cuyos pechos, hay que decirlo, ejercen una fascinación lúdica.

Hay que tenerlo bien claro: así como de tanto en tanto uno quisiera ahorcar a los mozos porque son lentos, bobos, atolondrados o demasiado cancheritos, ellos también piensan que nosotros, los clientes, solemos ser unos perfectos imbéciles. Así es que Planeta JOY decidió darles el micrófono para que se descarguen por única vez y cuenten cuáles son las diez cosas que más odian de los comensales.

Señores lectores: agárrense fuerte -les avisamos desde ahora- porque hay mucha bronca contenida. Este es el decálogo (y nuestra apreciación personal en cada uno de los puntos):

1. QUE LES MIREN EL CULO Y/O EL BULTO
Varios testimonios de camareros y camareras de Palermo Hollywood coinciden en el mismo punto. Ellas odian que los clientes les escaneen la delantera y se den vuelta para mirarles la retaguardia, simulando que se les cayó un cacho de pan; ellos, por su parte, detestan a las solteronas de más de 45 que les examinan el paquete como quien contempla la Torre Eiffel. “Yo no soy de vestirme muy perra; de hecho tengo siempre la remerita que me da el restaurante, pero me parece que es justamente eso, el uniforme, lo que los pone libidinosos”, cuenta la moza de una conocida parrilla sobre la calle Fitz Roy. Y sí… los hombres sabemos lo que provocan ciertos uniformes.

El mozo no tiene razón (mirar es humano)

2. SER TESTIGOS DE CONVERSACIONES INCOMODAS
Mario, camarero de uno de los bodegones de la zona de Venezuela y San José, sintetiza otro mal común para estos humildes servidores. Y es que a veces los mozos son testigos involuntarios de conversaciones incómodas, porque no les queda otra que quedarse parados como faroles frente a la mesa hasta que los comensales se deciden. En el ínterín, escuchan toda clase de improperios. “Lo que me pone más nervioso son las mesas de amigas, porque se escuchan cosas muy íntimas. Una vez, una chica se quejaba porque tuvo sexo con un tipo que se dejó puestas unas medias pom-pom verdes, que le dieron un asco terrible”, recuerda Mario, quien dice haber aprendido bastante de todo eso. “En principio, cuando me pongo en pelotas frente a una mina, lo primero que hago es sacarme las medias”, jura.

El mozo no tiene razón (hablar es humano)

3. QUE NO LOS SALUDEN / QUE LOS LLAMEN COMO A LOS PERROS
Aunque para algunos, los mozos formen parte de una sub-especie que no merece ser saludada, hay que tener cuidado porque no hacerlo despierta en ellos una bronca asesina. Estamos hablando de un gremio especialmente sensible, que se siente muy dolido cuando se lo ignora. “Que los saludes y no te den bola es algo que me pone mal”, admite Diego, mozo de Paru, el restaurante peruano-japonés de Palermo. Dicho esto, también se da por hecho que llamar la atención del camarero con palabras como “che”, “pss”, “ey” y otros sonidos onomatopéyicos es algo que los irrita sobremanera. Por eso, la próxima vez que usted, señor cliente, ingrese a un salón de comidas, piense que esos monigotes que traen y llevan nuestros platos también tienen sentimientos y merecen una pizca de nuestra deferencia. Haga feliz a un mozo: salúdelo.

El mozo tiene razón (ser maleducado no tiene excusa).

4. QUE LES HAGAN LIO CON LAS MESAS
La premisa es sencilla: un restaurante no es un rompecabezas para andar desarmando a voluntad. Cada mesa tiene un número y, en principio, esa organización debe respetarse porque sino se arma lío. Que un cliente corra la mesa, la achique, la agrande, la dé vuelta y juegue con ella como si fuese un caniche es algo inadmisible para los camareros. Maribel, moza del peruano Astrid & Gastón, cuenta su historia: “Nosotros trabajamos con reserva y muchas veces sucede que un grupo de gente entra al restaurante, pasa por un salón y se quiere quedar ahí. Entonces cambian de mesa y se nos complica todo”.

El mozo tiene razón (¿para qué complicarles la vida aún más?)

5. QUE LES RECOMIENDES UN PLATO Y NO TE DEN BOLA
Es muy común que, en una entusiasta fase inicial, un comensal se sienta interesado por la recomendación de un mozo y que, en la instancia siguiente, se genere un desaire. Vean esta situación:

- Mozo, ¿qué me recomienda?
- El lomo a la pimienta está delicioso. Marinado en finas hierbas, cocinado en su propia salsa y enmantecado en una sartén suiza que retiene los sabores desde 1814, año en que fue obtenida como botín de guerra por Napoleón, cuando invadió Rusia sólo con 500.000 hombres y los derrotó en Borodino.
- Mejor traeme una ensaladita.

¿Para qué molestar al pobre camarero si uno ya tenía claro lo que iba a pedir?

El mozo no tiene razón (el cliente la tiene siempre)

6. QUE LOS CLIENTES SEAN INCOHERENTES
Los mozos consultados enumeraron una serie de incongruencias que los sacan de quicio. Este es un pequeño listado: que les pidan agua natural y hielo aparte, que les asignen una mesa para dos y se sienten en una de cuatro; que se morfen un lechón entero pero lo acompañen con Coca Light; que ordenen un vino de 200 pesos y les dejen una propina miserable; que pidan un sólo postre y dieciséis cucharas; que quieran un plato con picante y después se quejen de que estaba demasiado picante…

El mozo no tiene razón (el cliente también paga para que se soporten sus incoherencias…y su neura).

7. QUE LOS CLIENTES DEJEN QUE SUS HIJOS HAGAN CUALQUIER COSA
No hay nada de tierno en ver a un nene corriendo entre las mesas de un restaurante. Tampoco es dulce observarlos cuando revolean la comida como salvajes, ni escucharlos chillar porque su madre se olvidó las figus de Ben 10 en el auto. En general, los que más sufren esta situación, además de los padres y el resto de los inocentes comensales, son los propios mozos. “Una vez un nene me meó la panera y cuando lo fui a retar me dijo que su papá, que ‘la tiene así de grande’, también lo hacía en casa; preferí no meterme”, afirma Osvaldo, camarero en un bodegón de San Telmo. Conclusión: el restaurante no es un playroom y los camareros no son baby sitters. Por eso, si el nene no sabe comer afuera, mejor dejarlo en casa.

El mozo tiene razón (los nenes indomables deberían quedarse en casa).

8. QUE NO DEJEN PROPINA
El momento de la cuenta es crucial en la vida de un mozo. En el gesto propinero quedan claras varias cosas: si el comensal ha sido bien servido y, también, si su satisfacción tendrá un correlato económico.

En este ítem las anécdotas se multiplican. Quitando a los que dejan el riguroso 10% y quedan exentos de toda polémica, los camareros tienen una aversión especial por los miserables, que vienen a ser todos los que se mueven por debajo de ese porcentaje. “El otro día viene un tipo con su mujer y lo atendí de maravillas. Cada vez que miraba para mi lado yo iba corriendo a la mesa como un bombero para que no le faltara nada. Creí que me iba a dejar una propina espectacular porque encima parecían tener mucha plata. La cuenta era de 255 pesos y yo esperaba por lo menos 35 mangos para mí, pero el tipo pagó justito y me dejó dos caramelos Sugus y un palito de la selva”, rememora Daniel, mozo de un conocido restaurante de pastas en Puerto Madero.

El mozo tiene razón (ser miserable no tiene perdón)

9. QUE PIDAN DESCUENTO POR SER AMIGOS DEL DUEÑO
Alegar ser amigo o habitué para ligar un descuento es una de las actitudes más soeces que se pueden encontrar en la fauna restorantil. Muchos los mozos denuncian esta clase de actos, que revelan la condición humana en su expresión más oscura. “Pasa seguido que algunos se sientan cerca de la caja y, mientras transcurre la cena, le hacen chistes al cajero, le sacan charla y se van amigando. Eso lo hacen varias veces hasta que, un día, te piden un ‘descuentito’ porque ‘son amigos del dueño’. Es patético”, cuenta un mozo de una parrilla cool de Palermo Hollywood.

El mozo tiene razón (el amiguismo, en estos casos, es vulgaridad).

10. QUE LOS CLIENTES LLEGUEN SOBRE LA HORA DEL CIERRE
La pesadilla de todo mozo es que, justo a la hora del cierre, caiga una mesa numerosa que prolongue la jornada laboral. Para los camareros es como estar ganando un partido 1 a 0 y perder en el alargue, con gol de penal por una mano mal cobrada. En ese caso, se recomienda a los clientes elegir rápido y quedarse chitos la boca, para evitar ataques de nervios o que el plato salga definitivamente “especial” (los cocineros también son perjudicados por las llegadas tarde y con ellos sí que no se jode).

El mozo tiene razón (son laburantes, déjenlos irse en paz).


Los insoportables del asado: quién es quién al lado de la parrilla


Aquí, un detalle de los personajes típicos de todo asado argentino


blog


EL MISTICO tiene una fecha asignada para un ritual específico vinculado con la parrilla. El día de su cumpleaños —aunque puede ser cualquier otra fecha—cita a toda la familia en su patio y hace su tradicional lechoncito a las brasas. Trae el lechón desde el fin del mundo (puede ser el litoral o una granja en donde lo alimentan sólo con maíz tierno) y lo deja macerándose en una mezcla secreta durante veinticuatro horas. Al otro día, se levanta a la madrugada, y empieza a preparar el fuego que le lleva casi medio día de meticulosa ingeniería gastronómica. Su pico de felicidad es cuando se sienta en la punta de la mesa, con una cuchilla en mano, a recibir elogios y aplausos. Puede llegar a tener un brote maníaco si su mujer propone una mesa fría, pero se le pasa cuando le aclara, asustada, que no era más que un chiste o una equivocación.

EL OBSESIVO también se apega a la tradición, pero de manera más enfermiza. Tiene que ir a buscar el asado a una carnicería específica en Villa Urquiza, trenzar los chinchulines a mano luego de hervirlos en leche durante 20 minutos, poner el diario y la madera de una forma particular en la parrilla, y salar cada 50 minutos para lograr que la carne no se seque. Invariablemente toma siempre a un hijo de asistente (que cuando cumple 13 años ya no quiere seguir ayudando), al que le relata todos los pasos de ese ritual con excesiva preocupación, y persigue a su mujer para que todo esté perfecto desde el miércoles a la tarde. Si, por casualidad, el asado sale mal (los invitados llegaron tarde y se secó, la carne estaba dura, o se largó a llover cuando estaba prendiendo el fuego) no puede dejar de hablar angustiado de ese evento durante toda la celebración.

Mucho menos riguroso pero igual de pesado es EL EXAGERADO, que va al supermercado, compra 120 metros de tira de asado, 40 chorizos y 12 pollos para seis personas porque lo aterra que la gente se quede con hambre. No observa ninguna técnica en especial (ni siquiera limpia la parrilla), más que suplir con cantidad y exceso cualquier déficit de sabor. Es el mismo que invita a 140 personas para su cumpleaños, que ensucia todo el baño de carbón cuando se lava las manos, y que ocupa todas las fuentes de la cocina para hacer pruebas. Durante el almuerzo persigue a los comensales con expresión de preocupación porque nadie come la cantidad que él calculó en su mente escandalosa. Si alguien le dice que está satisfecho, pone cara de víctima y le pregunta “¿Un poquito más?” o le dice “¡Si no comiste nada!” mientras trata de ponerle otro pedazo de vacío en el plato.

EL IMPERTINENTE es un hereje que no puede soportar los límites del asado tradicional y vive buscando variantes para usar la parrilla. Hay algo —falta de límites, necesidad de provocar, delirio de chef— que le impide tirar un vacío y unos chorizos a las brasas y ser feliz. Tiene que cambiar las cosas aunque sus recetas arruinen la receta original. Es, además, el típico fanático que prende un fuego para hacer dos hamburguesas y el defensor a ultranza de perversiones tales como el matambrito a la pizza o la pizza a la parrilla, o de cascarle un huevo encima a los morrones. Cree que un asado no es asado si no hizo todo a las brasas y también tiene su postre parrillero (asa bananas abiertas con una barrita de chocolate águila adentro) que sirve con orgullo a sus comensales desorientados.

ELLAS:

LA ANFITRIONA
La anfitriona es el Robin del asador; la que se encarga de los detalles menores como la mesa, las guarniciones y detalles como el pan y las bebidas. No puede acercarse a la parrilla más que para llevar un vino, traer las fuentes que van usando, o pedir los fósforos prestados, pero es la responsable de organizar y hacer sentir cómodos a los demás. Las hay más prolijas y más descuidadas, más cancheras y más miedosas, o lo que es peor: más o menos malhumoradas.

LA QUEJOSA, por ejemplo, está durante todo el almuerzo con cara de culo porque nadie lava y porque todos ensucian. En vez de relajarse y disfrutar, desde que traen el primer choripán está pensando en todo lo que va a tener que ordenar. Es la típica que le grita entre dientes al marido porque su hermano trajo a la nueva esposa o porque sus compañeros de fútbol están comiéndose el pan y la ensalada antes de que todos se sienten en la mesa. Levanta los platos inmediatamente después de comer y si alguien le dice que no se apure, le tira una indirecta filosa para silenciarlo: “No, gracias. Los voy a lavar ahora porque después la que se queda sola con la pila de platos soy yo”.

Su contrafigura es LA ESPLENDIDA, una excelente anfitriona, que cocina divinamente y adora recibir gente en su casa. Siempre sorprende con algo insólito de entrada, guarniciones interesantes y novedosas, y un montón de gente piola para charlar. Tiene buen gusto, es canchera y se ocupa de que todos la pasen bien, sin tener que invertir un dineral. En general, de ahí te llevas dos recetas de ensaladas impensadas, una marca de vino buenísimo de 15 pesos, y la dirección de un monasterio en donde hacen la torta que sirvieron para el té. Con ella siempre se la pasa bien, incluso si su marido es el asador Hereje o el Exagerado.

LA ATERRADA —una chica joven que está en pareja con un hombre maduro —siente que organizar un asado es más difícil que ofrecer una fiesta para la reina de Inglaterra. Le cuesta tanto acordarse de todo y resolver los pequeños conflictos de la organización que le termina dando pena a todo el mundo y nadie come nada para no molestar. Va a hacer las compras al supermercado y trae cualquier corte de carne, en vez de espinaca compra acelga, y pasa media mañana haciendo una receta de zanahorias glaseadas o papas aplastadas que vio en la tele, y que sirve temblorosa y avisando que es la primera vez que las hace y que no sabe cómo están. Si es la esposa del Místico o el Obsesivo, terminan siempre peleados, con ella lloriqueando en el dormitorio porque hizo todo mal y el marido le gritó.

Bastante peor que la anterior es LA DESASTROSA, que organiza unos asados penosos y encima no le importa. Su mesa parece un puesto de vajilla usada en la feria de San Telmo; no hay un solo cubierto o plato del mismo juego y hay que compartir los vasos porque no alcanzan para todo el mundo. No tiene gaseosas light, se olvidó de llenar las hieleras, y para hacer choripán trajo las baguettes del supermercado. A la tarde sirve una torta quemada y rota que según ella “está rica igual” junto con café de filtro aguado en tazas diversas y se cree que está ofreciendo un té en la embajada de Austria. Su lema es “comelo así con la mano” o “enjuágalo un poquito” y en general, sus invitados huyen incómodos y sedientos a las tres de la tarde a buscar algo para picar en una estación de servicio.

LOS INVITADOS

En todo asado, hay un PRIMO AMARRETE que cae con su familia temblando de hambre y una botella de Pepsi caliente en la mano. En líneas generales, arrasa con la parrilla como si nunca hubiera comido, critica la marca del vino, cuenta toda la plata que gastó en Navidad, y se tira a dormir en los sillones del living mientras los demás levantan la mesa.

Hay también siempre una DESUBICADA que se la pasa fumando mientras los demás ponen la mesa, avisa que ella no lava los platos porque el detergente le da alergia, y le da de comer al perro durante todo el almuerzo a pesar de que le advirtieron que no le hiciera. En general es la cuñada de la Quejosa, que termina loca de los nervios porque la Desubicada destrozó las tortas con su cuchillo, le dio chocolate a su hijo de seis meses y le mostró el tatuaje que tiene en el escote a su hija de trece años.

Otra invitada insoportable es LA MALCRIADORA, una madre que está convencida de que el asado debe girar alrededor de las taras de sus dos hijos maleducados. Entre otras cosas, sus hijos lloran porque no hay Sprite, porque quieren pollo en vez de carne, porque quieren sentarse en la punta de la mesa y porque el perro tiene rulos. No hay minuto del asado en el que se pueda dialogar en paz, o en el que la anfitriona se pueda sentar a comer y no esté buscando algo para darle a los chicos y que se callen.

Por último, existe LA NOVIA JOVEN de algún hijo o amigo que viene por primera vez y anuncia algo que hace tambalear el sagrado equilibrio del ritual: que es vegetariana. Desde ese momento, todo el asado queda articulado en función de su negativa de comer carne. La anfitriona le ofrece milanesas de soja o pedirle algo por teléfono, el asador le dice al novio que les hubiera avisado, y el resto de los invitados le pregunta durante todo el almuerzo por qué no come carne, qué come, si no se debilita y si lo hace por los animales. En vano ella jura que se arregla con ensaladas. Al final no come nada, pone a todos incómodos, acapara la conversación con sus discursos de Greenpeace y se pelea con la Desubicada por la tirita de cuero de un par de zapatos.


Manías, rituales y obsesiones de los tomadores de mate


La popularidad del mate no tiene una explicación demasiado lógica. En esta nota, enterate que clase de tomador de mate sos.




Así como a los ingleses se los relaciona con el té, a los escoceses con el whisky, a los colombianos con el café, y las gaseosas son el patrimonio cultural de Estados Unidos, el cliché indica que a los argentinos y uruguayos se nos debe asociar al mate . Aunque muchos no veamos la gracia de chupar un palo metido en un montón de yuyos mojados cuando bien podemos hacer una rica infusión sin tanto aspaviento, igualmente cargamos con su estigma alrededor del mundo.

La popularidad del mate no tiene una explicación demasiado lógica. A pesar de sus innumerables complicaciones (no se puede tomar en la calle, se necesitan utensilios muy específicos, hay que cambiar la yerba varias veces y mantener el agua caliente todo el tiempo), el mate debe ser la bebida que más pasiones despierta en nuestro país. Tiene detractores y fanáticos, y en consecuencia hay un montón de teorías personales, técnicas infalibles y recetas dando vueltas. Están quienes defienden el mate amargo, los que lo toman frío, los que no pueden compartirlo, y también el caso opuesto: los que lo toman con todo el mundo.

Previsiblemente, a mí el mate no me gusta. Y no sólo no me gusta, sino que las manías obsesivas y patológicas que los demás tienen con el mate me resultan insoportables. Es un ritual de apariencia campechana y simple pero que en realidad está lleno de prohibiciones (no le pongas azúcar, no muevas la bombilla, no mojes toda la yerba, no hiervas el agua, no uses el mate sin curar) y de celosos procesos que cada cebador transforma en una cuestión de principios que debe defender a muerte. Además, es una asquerosidad. Nunca falta un inadaptado con la boca en pésimas condiciones mendigando un mate inmune a la mirada de terror de los demás.

1. EL MADRUGADOR. Por ejemplo, se levanta a las cuatro de la mañana y lo primero que hace es poner el agua para el mate . Es empleado de una fábrica, portero, o taxista y está convencido de que sin mate no puede arrancar la jornada. Lo toma amargo, en un mate de metal (también llamado “de camionero”) y lo sirve directamente de una pava de aluminio que jamás saca de la hornalla para no perder esa temperatura. Y lo toma solo, básicamente porque nadie puede soportar las quemaduras que les deja ese mate hirviendo en el paladar, mientras escucha tangos de Julio Sosa y de Carlos Gardel o un partido de Chacarita en la radio. Previsiblemente, compra yerba Rosamonte, bien fuerte, porque a las demás ni les siente el gusto.

2. EL FRANCESCOLI. Se lo puede ver parado en la puerta de su casa, con un termo en la axila, en short, camiseta y chancletas Adidas. Para él, tomar mate es más un estado permanente o una visión moral del mundo que una actividad. Toma mate durante todo el día, desde que se despierta hasta que se duerme, incluso cuando está haciendo otra actividad. En general trabaja en la casa (tiene una remisería, es gasista o verdulero) y se refiere a la radio o al mate como una compañía, aunque lo que más le gusta es hablar pavadas con los clientes y opinar. Obviamente lo toma amargo, en un mate de aluminio o de cuero repujado que dice “Recuerdo de El Palmar”, compra siempre yerba Sara o Canarias. Sólo le pone azúcar al empezar.

3. LA BIZCOCHITA DE GRASA. Es otra que toma mate todo el día. De hecho, es lo único que hace: tomar mate y mirar televisión mientras sus hijas se agarran de los pelos en el cuarto. Sus amigas del barrio caen a su casa todas las tardes para chusmear sobre otras vecinas, hacerse la tintura entre ellas y, si los tienen disponibles, mirar catálogos de Avón. Usa un mate de pezuña enorme, yerba Cbsé o Cachamai, con edulcorante marca Barny mientras ella y un ejército de vecinas en calzas miran “Intrusos del espectáculo” y engullen cuernitos, cremonas y facturas que viajan directo a sus generosas circunferencias.

4. EL CHACARERO. En cambio, no entiende el mate como actividad social ni como estado natural. Lo toma como una declaración de principios o una expresión de deseo. Si bien vive en la parte más cosmopolita y céntrica de Barrio Norte, le gusta sentir que está en el campo. Tiene las llaves colgadas de un cuentaganado, sigue los partidos de polo en el diario y usa cinturones de cuero de potro con botas de carpincho marca Cardón. Quisiera ser Adolfito Cambiaso, pero no pasa de ponerse una chomba color rosa y en estar bronceado todo el año, porque a diferencia del polista, no tiene campos propios ni ajenos para administrar. Tiene un mate de cuero y alpaca con un guardapampa colorado y una bombilla labrada de plata que le regalaron para su cumpleaños. Toma yerba La Merced variedad Barbacuá o Campo y Monte, y le pone azúcar o un poco de miel sólo al comienzo, para matar el amargor inicial.

5. EL FUNDAMENTALISTA. Es, de todos los defensores de mate , el más insoportable. Generalmente nació en el interior y luego se vino a capital trayendo consigo un manojo de rituales para beber la infusión. Para él, el mate no debe adaptarse a cada persona sino que las personas deben adaptarse a las reglas del mate : hay que usar un ángulo preciso para poner la bombilla, respetar la temperatura ideal del agua, mantener una velocidad exacta para batir la yerba con azúcar, repartir la cantidad de palo pareja en toda la carga, mojar solo la mitad de la yerba para poder rotarlo, jamás usa endulzantes (ni permite que sus invitados lo hagan, pues se le “contamina” el mate ). De más está decir que desprecia a quienes comen, endulzan, o queman el mate y no deja que nadie toque su mate de cuero preferido. Toma yerba Nobleza Gaucha y es el único al que le importa que la ronda del mate corra hacia la derecha sin excepción.

6. EL TRAGON. Es la contrafigura del fundamentalista que tiene alguna clase de déficit oral y necesita estar con algo en la boca de forma permanente. Para empezar, toma mate con cualquier desconocido, fuma al mismo tiempo, y se sirve Coca Cola para matizar. Además, puede dejar el mate dos horas sobre la mesa, encontrarlo más tarde, sacarse el chicle que tiene en la boca y cebarse un par con el agua fría, así como está, antes de seguir con lo que estaba haciendo. No le molesta ninguna yerba y se pliega a cualquier mate , dulce o amargo, nuevo o lavado, con o sin palo. Compra la yerba que esté de oferta y ceba en una taza porque el mate se le rompió y no se acuerda nunca de comprar uno nuevo.

7. LA VELETA. Una que desearía tomar mate pero le sale mal; una chica absolutamente cosmopolita que vive en Palermo y no puede asumir que el mate no le gusta. Durante años hace vanos intentos por abandonar el café y se compra un mate de diseñador de forma rara, una bombilla celeste plateado, una azucarera en forma de manatí y doscientas marcas distintas de yerba (cada vez que sale una nueva —suave, con pomelo, con guaraná, con café, endulzada, light, diurética— piensa que con esta sí le va a gustar) pero siempre ceba uno o dos y luego se olvida. Cuando vienen sus amigas comprueban que hace un mate horroroso y que toma mate lavado desde hace años sin darse cuenta. A pesar de sus esmeradas explicaciones, hay algo en su yerba, en su pava, en su agua que hacen que el mate salga siempre mal.

8. EL ASQUEROSO. Toma mate de vez en cuando: su bebida, en realidad, es el tereré. Pero cuando toma mate —si es que eso que toma puede llamarse así— lo hace de la forma más asquerosa, desprolija y grotesca del universo. Para empezar, no cambia la yerba. Cada cinco o seis mates, saca una cucharada y pone yerba nueva. Pero cuando lo hace, lo hace sobre un plato o lleva el tacho de basura a la mesa. Además, le agrega jugo, leche, azúcar, café, limón, cáscara de naranja sin secar y todo lo que pueda encontrar en la cocina y siempre se pasa por lo que termina sacando o poniendo cosas mientras está tomándolo. Su mate , que alguna vez fue de cuero, parece un muñón leproso lleno de cáscaras y hongos, y su bombilla, que está siempre tapada y tiene olor a humedad. Desconoce la marca de la yerba: está hace años en una lata oxidada de galletitas de 1986.

9. EL PRACTICO. Un oficinista pulcro, obsesivo y fanático de los inventos baratos como el expendedor de monedas, la riñonera y el ventilador personal, que toma esa mamadera aberrante que alguna gente llama mate automático. Como es de suponer, tiene un equipo de mate cerrado herméticamente y un calentador de agua de viaje que no le presta a nadie, etiquetado con su nombre en la alacena de la cocina del trabajo. Usa yerba marca Aguantadora y le explica a quien quiera escucharlo que rinde 2,4 veces lo que las demás yerbas, y defiende a ultranza ese mate endemoniado por tres motivos: pierde menos tiempo en cebar y cargar la yerba, no derrama líquido sobre sus cosas y no pierde la temperatura.

Previsiblemente, yo odio a unos cuantos ejemplares de esta fauna. Me eriza la piel pensar que de alguna forma estoy emparentada con alguien que toma mate automático o se enoja porque la ronda circula hacia el lado inverso. Supongo que a ellos les debe pasar lo mismo: deben odiarme por detractora y en silencio, mientras yo sigo todos mis rituales obsesivos, deben criticar cómo tomo el té.


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