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damianfuck

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Primer post: 30 mar 2010
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La señora del iPhone que le dio número equivocado
La señora del iPhone que le dio número equivocado
InfoporAnónimoFecha desconocida

Una mujer pretendía hacer negocio con la salida del teléfono de Apple. Pagó u$s800 por un lugar privilegiado en la fila de fanáticos, pero al ingresar al local para comprarlo se llevó tremenda sorpresa El hecho ocurrió en Dallas, donde la ahora llamada “Estúpida señora del iPhone” trató de aprovechar la euforia por la salida del celular de Apple para hacer su propio negocio. Bajó de su auto con muchos dólares con la idea de comprar un buen lugar en la fila que había frente a un local de AT&T y lo logró: pagó u$s800 para estar entre las primeras. Su idea era comprar unos cuantos iPhone para luego venderlos en eBay, el sitio de compra y venta por internet líder en los EEUU. Una vez dentro del local una vendedora le informa que sólo podía llevarse un teléfono, algo que seguramente no le habrá caído nada bien. El que sí hizo negocio fue el joven que le vendió su lugar en la fila: no sólo se llevó u$s800 sino que los iPhone no se agotaron y consiguió el suyo. aca el video: http://www.youtube.com/watch?v=5BiQhNKVgzQ dios, que gila Fuente: Infobae.com

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Hackearon la Máquina de Dios sin provocar daños
InfoporAnónimoFecha desconocida

Registrate y eliminá la publicidad! Mientras circulaban los primeros haces de partículas en el Gran Colisionador de Hadrones, en el CERN, el lugar donde nació el world wide web, un grupo de hackers griegos logró burlar la seguridad cibernética del LHC (Large Hadron Collider). Autodenominándose "equipo de seguridad griego", los intrusos se mofaron del proyecto, describiendo a los técnicos como una "bola de niños de escuela". Después de advertir "no se metan con nosotros", los hackers manifestaron que no tienen ninguna intención de alterar el funcionamiento del acelerador de partículas. "Les estamos bajando los pantalones porque no queremos que salgan corriendo desnudos a esconderse cuando llegue el momento del pánico", escribieron en la red del LHC. Los científicos que trabajan en el CERN, la organización de física europea que dirige el Gran Colisionador, externaron su preocupación de lo que los hackers podrían llegar a hacer, ya que estuvieron "a un paso" del sistema de control computacional de uno de los detectores del CMS (Compact Muon Solenoid), una inmensa máquina magnética que pesa 12500 toneladas. "Parece que no hay daños. Por lo que podemos ver fue sólo alguien mandando el mensaje de que el CMS es hackeable. Fue rápidamente detectado", dijo James Gillies, vocero del CERN . "Tenemos varios niveles de seguridad en la red, para las cuestiones sensibles de la operación del LHC el control es mucho mayor", señaló Gillies. El Gran Colisionador de Hadrones tiene un costo de alrededor de 9 mil millones de dólares, siendo el experimento científico más caro de la historia. El experimento, que tiene como uno de sus fines investigar la existencia del bosón de Higgs, también llamado "la partícula de Dios" y así definir de que esta hecha la materia en su constitución más básica, ha causado gran sensación en el mundo debido a un temor falsamente difundido de que el acelerador de partículas podría crear un hoyo negro que destruyera el planeta. Incluso una mujer en la India cometió suicidio a razón de los desaforados temores suscitados por el experimento. Las "verdaderas" colisiones de partículas no comenzaran hasta octubre y los descubrimientos podrían tardar años, ya que es necesario revisar los billones de datos que producirá el LHC Fuente:http://www.26noticias.com.ar/hackearon-la-maquina-de-dios-sin-provocar-danos-74329.html

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Carolina Aguirre, "La pèleadora" (Parte 2)
Carolina Aguirre, "La pèleadora" (Parte 2)
HumorporAnónimo3/30/2010

Desayunos a domicilio: una porquería servida en bandeja Desde la epidemia de fiebre amarilla que no existía una plaga tan vulgar y monstruosa como las empresas familiares de desayunos a domicilio. Desde la epidemia de fiebre amarilla en Buenos Aires, en el año 1871, que no había una plaga tan vulgar, monstruosa y dañina como las empresitas familiares de desayunos a domicilio. Amparados en la virtualidad de canales de venta como Deremate.com y Mercadolibre, un montón de desempleados fundaron esta suerte de negocios familiares que, por la módica suma de 98 pesos más 15 de envío, llevan a domicilio una bandeja con utensilios e ingredientes para preparar un desayuno completo, adornada con los objetos más siniestros que pueda recibir un ser humano al despertar: globos y celofán. La idea es simple, y a primera vista incluso podría pasar por cuerda: si se puede pedir un almuerzo o una cena por teléfono ¿Por qué no pedir también un desayuno o una merienda? Sin embargo, detrás de este razonamiento apurado, la propuesta es bastante estúpida. Porque si bien es verdad que no hay nada nuevo en pedir comida a domicilio, no hay que olvidar que el negocio del delivery nace para cubrir una necesidad moderna: la falta de tiempo y de ganas para cocinar. Y los desayunos a domicilio no cubren ninguna de esas carencias. Simplemente la disimulan y de la peor manera. A diferencia de una cena, que bien puede ser un vino y unas empanadas, en un delivery de desayuno es necesario aplicar tiempo y voluntad: hay que poner a calentar el agua, hacer el café, armar las tostadas y luego lavar la vajilla. Y en el caso de las empresas nacionales, no sólo hay que hacer el té, sino que hay que tomarlo. Un doble esfuerzo, dada la calidad de los ingredientes que incluyen en la bendita bandeja. LAS PRUEBAS DEL MAL Veamos un ejemplo. Este es el desayuno clásico que ofrecen la mayoría de las empresas. A fin de hacer un análisis profundo, transcribo de forma textual una oferta aparecida en internet hace algunos meses (incluidas las comillas y el subrayado) ¡Desayuno clásico Nahuel-Pan! ¡Muy fresco y abundante! • 1 bandeja de mimbre “decorada a mano” • Individual de goma Eva con detalle a crochet • 1 taza de cerámica • 1 cucharita y 1 untador de acrílico • 1 servilleta de tela • Panerita de mimbre • Café La virginia instantáneo (1), azúcar Ledesma (3), variedades de té “frutal” Taragui, leche en polvo (2), Manteca La serenísima (2), Dulce de leche, (2), blister de mermelada arcor (2), 1 pack de jugo Baggio o Cepita (siempre primera marca), edulcorante Hileret (4), Mate cocido (1). • Bizcochitos, 2 madalenas, galletitas, pancitos con jamón y queso, 1 arrolladito de dulce de leche, 1 muffin de vainilla, 2 medialunas, 1 alfajor, tostadas de pan francés (¡Muy abundantes!) y bombones de chocolate. • Envoltorio realizado en papel celofán con decoración de moños, cintas y flores secas. • 1 globo con expresión • 1 tarjeta de felicitación “alegórica” para el homenajeado. Quizás tenga una visión muy conservadora, pero la verdad es que no entiendo cuál es el beneficio concreto de recibir esta clase de desayuno a domicilio. Si igualmente hay que ir a la cocina a calentar el agua y a hacer el té ¿Qué diferencia hay entre agarrar el saquito de la alacena o de una bolsa que te dejan en la puerta? ¿Le estoy pagando cien pesos a alguien para que me traiga envuelto en celofán todo lo que yo ya tengo en la heladera? ¿Cien pesos por el mismo té que venden en el supermercado y unas medialunas horneadas el día anterior? ¿Quince pesos de envío por los mismos ingredientes que cualquier supermercado me trae gratis todos los días? Pero dejemos volar la imaginación. Supongamos que, por misteriosos motivos, a alguien le resulta más cómodo recibir la mermelada en la puerta de casa en vez de usar la que está en la puerta de su heladera. Que se consiente a sí mismo de esa manera. ¿Por qué todas las empresas de desayuno ofrecen bebidas, mermeladas y pastelería de las marcas que vende el supermercado de acá a la vuelta por menos de un tercio de ese valor? No entiendo qué clase de versión aberrante de agasajo es mandarle a alguien un té Green Hills con palmeritas de una fábrica del conurbano bonaerense. ¿No es eso lo que come la gente de lunes a viernes antes de salir para la oficina? Pero vuelvo a insistir. Pongamos voluntad y sigamos imaginando. Supongamos que el comprador no sabe que va a recibir todos esos insumos degenerados y vulgares. Que un mal amigo se lo recomendó y este buen hombre hizo un pedido por primera vez, con la esperanza de sorprender a su esposa el día de su cumpleaños. ¿Cómo no advierte el aluvión de cachivaches comestibles que se le van a venir encima cuando lee la meticulosa descripción de los productos? ¿Cómo no se ríe, asqueado, cuando lee que el combo incluye flores secas y cintas, jugo en tetrapack o un paquete de sales de baño de regalo? ¿Cómo no duda al ver que aclaran cincuenta veces que el desayuno es abundante? ¡Abundante! Como si lo único que importara fuera comer mucho, llenarse la panza de masacote genérico con gusto a vainillina berreta y dulce de leche estirado con harina. Además, subrayan que la servilleta es de tela o que incluye leche de descremada. Por el precio del producto esas cosas deberían ser obvias. Cuando aclaran que se incluye una taza “de cerámica” ¿Qué me quieren decir? ¿Qué por ochenta y cinco pesos los señores podrían haberme enviado un vaso de plástico? ¡Untador de acrílico! ¡Qué glamour! ¡Qué derroche de elegancia! MISMO PRECIO QUE UN HOTEL 5 ESTRELLAS Como si fuera poco, hacen hincapié en la marca de edulcorante o de café para dar sensación de lujo. Se les hincha el pecho de orgullo cuando explican que ellos no ponen cualquier cosa, sino endulzante Hileret y café La virginia ¿Y los que no aclaran la marca qué me mandan? ¿Tres pastillas de sacarina adentro de una cajita de CDs? ¡Mandan café en saquito! ¡Azúcar en sobres! ¡Mermeladas Arcor en blíster! ¡Las mismas que hay en los micros y en el desayuno del viaje de egresados a Bariloche! Me hacen acordar a esos hoteles que aclaran que tienen baño privado y televisión color… ¡Como si fuera posible otra cosa! ¡Como si alguien pudiera tener TV blanco y negro en el año 2009! Falta que aclaren que la habitación incluye ventanas y puertas… ¡Y de primera marca, por supuesto! Y no olvidemos la pastelería: por el precio de un té en un hotel cinco estrellas podemos disfrutar la misma calidad y variedad de snacks que ofrece cualquier quiosco que venda superpanchos en el microcentro: pastafrola industrial, medialunas frías, masitas cubiertas con chocolate falso a base de aceite hidrogenado, galletitas surtidas, sándwiches de miga de estación de servicio, madalenas de supermercado chino. Todas estas delicias envueltas adentro de cucuruchos de celofán fruncido manoseados por hijas desempleadas que jamás escucharon el término “bromatología” porque dejaron de estudiar en tercer año. ¿Esta gente sabe que ir a tomar el té al hotel Alvear cuesta casi lo mismo que su bandeja? ¿Saben que por la misma cantidad de plata (repito: noventa y ocho pesos) en vez de bolas de fraile de crema pastelera bien amarilla hay tortas heladas de mousse de pistacho con crocante de maracuyá? ¿Que en vez de mermelada berreta con sabor a gelatina hay dulces caseros de grosellas negras? ¿Qué en vez de chupar un “té frutal” con gusto a chicle globo Bubaloo hay infusiones con vainilla de Madagascar? ¿Que en vez de tener que calentar el agua en pantuflas, se puede tomar el desayuno debajo de una glorieta, en un jardín de flores exóticas y platos de loza inglesa? ROTOS Y DESCOSIDOS Pero esto no es todo. Se sabe que las malas ideas solo pueden empeorar. Las empresas de desayunos a domicilio no sólo aclaran que sus servicios son abundantes y frescos (¿Desde cuándo la frescura de un alimento dejó de ser una condición sine qua non y pasó a ser un valor agregado?), sino que además ofrecen regalitos sorpresa. Las bandejas, además de la pastafrola de batata y el mate cocido, traen moños, globos, tarjetas personalizadas y un montón de grasadas carnavaleras que ponen en evidencia la condición amateur del emprendimiento. Los más arriesgados incluso pintan “a mano” la bandeja. ¡Como si el mundo necesitara más vajilla estilo country con flores pintadas por la mano temblorosa de un ama de casa con demasiado tiempo libre y poco talento! Muchos dirán que la culpa es del consumidor y no de la empresa. Que cada uno es libre de ofrecer lo que quiera al precio que le plazca. Y es cierto. No lo niego. Pero que los desayunos tengan “globos con expresión” e “individuales de goma eva” y que cuesten lo mismo que tomar el té en un hotel cinco estrellas es la prueba inequívoca de que siempre hay un consumidor inexperto y haragán dispuesto a pagar por un servicio todavía más perezoso que él. Después de todo, para cada roto hay un descosido, y para cada comensal, una pastafrola. El verso de las mermeladas y los licores artesanales Hoy cualquier porquería preparada en casa puede ser etiquetada como artesanal y ser vendida en almacenes y sitios web. Así, lo berreta se disfraza de casero. Desde hace algunos años que nos invade una plaga de mermeladas y licores artesanal, que en vez de estar elaborados por monjes o abuelas con recetas milenarias, son producidos en masa por familias desempleadas que buscaron la receta en internet. ¿Es culpa de la globalización, o de un grupo de chantas con un árbol de limones en el fondo de su casa? ¿Desde cuándo vender quinotos en un frasco de mayonesa pasó a ser artesanal? La industria de souvenirs, sales de baño y jabones manufacturados por admiradoras de Utilísima ahora golpea de cerca a la gastronomía. Apremiados por la crisis, luego de años haciendo muñecos de miga de pan, velas con caracoles y tarjetas españolas, los televidentes del morboso canal de artesanías tuvieron que salir a buscar un nicho más rentable para arruinar. En este caso, la cocina artesanal. Sin embargo, la culpa no la tienen las conductoras ni los ejecutivos del canal. La culpa la tienen dos hombres que, paradójicamente, no saben nada de cocina: Fernando de la Rúa y Adrián Suar. Tras la recesión y el corralito del año 2001 la gente tuvo que encontrar nuevas formas de provisión y comercio. Entre ellas, el trueque. En los barrios, la gente se agrupaba en clubes, con la ilusión de mantener su rasa vida de clase media, y empezaba a ofrecer comida casera o clases de inglés a cambio de trabajos de plomería o arreglo de electrodomésticos. En la revista Viva del diario Clarín salía, al menos una vez por mes, una nota celebrando a estos aguerridos emprendedores que se fotografiaban, desdentados y deprimidos, con las manos llenas de pomelos en almíbar, mermeladas de naranjas amargas y encurtidos varios que hacían sus esposas para cambiar con otros miembros del club del trueque. Hasta había algunas organizaciones famosas por su cantidad de miembros y por la sofisticación en su cúpula organizativa. Sin embargo, este fenómeno que nació como un parche laboral, tuvo un efecto colateral inesperado. Cuando la recesión cedió y se abrieron nuevas fuentes de trabajo, muchos holgazanes no quisieron volver a trabajar en la remisería o el aserradero. Quisieron seguir vendiendo dulces caseros. ADRIAN SUAR TIENE LA CULPA Al mismo tiempo, en plena crisis, Adrián Suar ponía en el aire su fallida serie “Ilusiones”, una comedia en la que Patricia Palmer interpretaba a la dueña de un restaurante italiano que hacía deliciosa comida de cantina y elaboraba su propio lemoncello casero, que le servía, helado y cremoso, a su amigable cocinero cuando terminaban la jornada. Así se comenzó esta conjunción impredecible de variables. La moda del lemoncello (un licor muy barato y fácil de hacer en casa) y la legitimación de los emprendedores gastronómicos artesanales de garage nos llevaron al infierno que vivimos hoy: una asoladora, injustificada y cochina plaga de mermelada y licor supuestamente artesanal. No tengo números reales, pero basándome en mi aguda observación me animo a decir que hoy en día no existe un argentino que no tenga un amigo, una tía segunda o una cuñada que se haya subido al sueño del vago repostero. No hay rincón turístico del país que no tenga su destilería improvisada o su productor de confituras artesanales. Argentina está llena de familias laboriosas que venden Bailey´s casero, falso Tía María o lemoncello envasado, cual vino patero, en botellas de Terma lavaditas, con un corcho robado y un firulete de hilo sisal. Basta con irse un fin de semana al campo, a Mar del Plata, a Tandil, a Córdoba, a Mendoza para verlo de cerca. Son como un virus que se ha metido en todos los comercios. En Buenos Aires tampoco estamos inmunes. Desde la feria de Mataderos, hasta el almacén orgánico de la esquina, la plaga se expande como una enfermedad fatal. Cada vez que entro a una fiambrería, a una dietética o a una casa de delicatessen, los estantes se bambolean, anémicos, por la cantidad de frascos que antes fueron de mayonesa, llenos de mermeladas, frutas en almíbar, escabeches, encurtidos y otros engendros que desfilan con ridículas cofias de telas cuadrillé y etiquetas de papel madera con la marca que esta manga de caraduras inventó para ponerle nombre a sus sueños. FALTA DE SERIEDAD Sin embargo, el problema no tiene que ver con los sueños, sino con la improvisación y la falta de seriedad. Hasta hace un par de años, las confituras y bebidas artesanales eran joyas. Uno se iba hasta Córdoba a comprarle a una abuela una jalea de cítricos especiados, o traía del sur las más deliciosas, húmedas y perfumadas tortas galesas. Recuerdo como magia cuando iba con mis abuelos a comprar frutillas a lo de una japonesa en Escobar que tenía piletas llenas de rosas, miel pura y otras pequeñas maravillas. Pero desde la aparición del fatídico lemoncello, lo artesanal pasó a ser un nicho de chantas y vagos que con una cacerola de aluminio y dos kilos de batata de oferta pretende falsificar confituras de monasterio. Y ninguno de estos proyectos tiene una pizca de calidad, de originalidad, de novedoso. La palabra artesanal es una mera excusa para justificar la carencia de packaging, de distribución, de controles sanitarios y pago de impuestos. Son artesanales y caseros justamente porque no cuentan con tecnología, ni con infraestructura, ni con buena materia prima. Son artesanales porque vienen en frascos de aceitunas desinfectados con alcohol fino. Son artesanales porque los lleva la hija mayor en colectivo hasta la fiambrería de una prima lejana. Son artesanales porque tienen la tapa chueca, la marca pintada con esmalte de uñas y no pagan impuestos. No son artesanales porque usen recetas milenarias o secretos que una abuela trajo desde Polonia a principios de siglo, ni porque tengan etiquetas pintadas a mano por un artista local, ni porque los hagan con frambuesas de campos vírgenes sin contaminación en el sur de Argentina. A ver si nos ponemos las cosas en claro: tampoco son naturales, ni orgánicos, ni caseros. Por el único motivo de que no tienen aditivos es porque sus dueños no saben lo que es un conservante, ni un saborizante, ni un colorante, y si lo supieran, tampoco podrían pagarlo. MERCADO LIBERTINAJE Pero eso no es todo. No hace falta vivir en el campo para ser parte del flagelo. Por su solidaridad con la evasión impositiva, los portales de venta online también son un hervidero de vagos y atrevidos que venden desde tortas hasta salame por metro. Muchos no se conforman con hacerse un par de pesos extras fraguando bebidas importadas. No contentos con vender sus deprimentes frascos llenos con líquidos turbios, los desgraciados se inventan una marca, un logotipo e incluso políticas de venta para comerciar sus pútridos brebajes por internet. ¡Se ponen una empresa gastronómica! Porque cualquier cosa está permitida en nombre de lo artesanal. Panes de membrillo en bolsas de residuos “como los hacía la abuela” (¿la abuela de quién? ¿de Nina Peloso?), licor secreto “La pócima del Druida” (¿lo hace el druida de Mataderos? ¿se habrá lavado las manos en su Stonehenge?), bombones hechos a mano (ni me imagino qué manos) e imitaciones de whiskies, jaleas y mieles que sus analfabetos dueños describen como “caceritos”, “avundantes”, y “para quedar muy bien con las vicitas”. Y todo con el sello inequívoco de lo artesanal. O más barato. Pero artesanalmente más barato. Listo para que el piojoso que le ofrece café con Bailey`s a sus amistades no sienta culpa ni vergüenza cuando saque la botella que antes tuvo vinagre de alcohol llena del licor genérico y pueda decir con orgullo que prefiere comprarlo así porque es diez mil veces más rico, más casero y más auténtico que el que venden por el triple de dinero en el supermercado. Sí, más auténtico que el original. Más auténticamente barato. Más auténticamente berreta. Más auténticamente ilegal. CONSULTE POR OTRAS MEDIDAS Sin embargo, para sorpresa del consumidor alerta, el costado más insólito de estos emprendimientos no tiene que ver con las imitaciones de otros productos ni con que describan su producto como “fino”, porque no hay nada más vulgar que la palabra “fino”. Lo verdaderamente indignante es que esta gente, con actitud seria, con cara de poker, sin mover un sólo músculo de la cara, tiene el tupé de ofrecer tamañas porquerías como regalo empresarial. Lo avisan en serio, como si fuese posible tan extraordinaria inmundicia: “Consulte otras medidas y precios. Ideal regalo empresarial”. Sí, ideal. Como si una empresa que efectivamente existe afuera de Mercadolibre, una empresa con un departamento de recursos humanos, con secretarias de minifalda y clientes internacionales, de verdad pudiera considerar seriamente el envío una botellita de licor de café Tía Mariana a sus clientes. No, si yo me lo puedo imaginar. Si hasta puedo ver al director de Google, a Donald Trump, al Sultán de Brunei, a la hija de Cristina Onassis preguntándole a un vendedor en Deremate.com cuánto le cobrarían la damajuana de Narancello si la compran en cantidad y si la porción de quinotos en almíbar es abundante, alcanza para compartir, o es una buena idea para regalar en Navidad. La mesa navideña: sidra, mayonesa y perversión Vithel thoné, ensalada rusa, pionono primavera... ¿en Navidad a los argentinos se nos atrofia el paladar? En la Argentina conviven pacíficamente toda clase de paladares y consumidores. Hay fundamentalistas de la comida sana, amantes del fast food, militantes macrobióticos, discípulos del Gato Dumas y dieteros compulsivos. No tienen nada en común; ni siquiera las servilletas. Cada tribu gastronómica tiene sus productos, sus recetas, sus formas de cocción. Sin embargo, hay una fecha en el año en el que todos los comensales degustan un mismo menú. Un día fatal en el que todos toman la misma bebida, picotean la misma entrada y cierran la noche con un idéntico postre: la Nochebuena. Ese día, desde el sibarita más sofisticado y glamoroso hasta el ama de casa más ordinaria disfrutan la misma comida en la casa de su suegra. Por unas pocas horas todos se permiten la transgresión de engullir, sin ningún tipo de pudor o remordimiento, los platos más ordinarios de la cocina local: jamón con melón, ensalada rusa, torre de panqueques, lechón adobado, tomates rellenos, rodajas de matambre, pionono primavera, lengua a la vinagreta, pan dulce helado, ensalada waldorf, turrones con maní y frutas secas, garrapiñadas, confites y unos pútridos espumantes frutados cuyo nombre termina en fizz. Y no hay excepción que valga. Con más o menos frutas abrillantadas, con mejores o peores bodegas, desde la Tota Santillán hasta Francis Mallman, todos comen pan dulce y vitel thoné. Como una princesa que se transforma en cenicienta, un abogado que viaja al carnaval de Río para ponerse las plumas o una maestra jardinera que se disfraza de vampiresa en Halloween, la Navidad nos permite sacar toda nuestra vulgaridad oculta hacia afuera. Ese día y por unas horas, somos todos Fanacoa, somos todos Utilísima, somos todos Fresita. Hasta el más vegano de los veganos, hasta el más estricto de los dieteros, y hasta el más exigente sibarita ese día es igual de mersa. PERVERSA MAYONESA Yo no sé qué clase de perversión tiene el argentino con la mayonesa, pero si tuviera que decir a qué huele la Navidad, diría que a pólvora y a mayonesa. En la cena de fin de año no hay plato que no la cuente entre sus ingredientes. Muchas veces es, incluso, la vedette de la receta. Si no me creen hagan la prueba. Casi todos platos tradicionales que hace la gente para Navidad llevan un sachet de ese pus resbaloso con gusto artificial. Es pesada, grasienta y vulgar pero la gente la usa para unir, para decorar o para bañar todos sus platos como si fuese una plasticola comestible que transforma una bandeja de sobras en un manjar. He visto amas de casa orgullosas vaciando potes de medio kilo sobre una ensalada y llamando a ese acto degenerado y cochino “aliñar”. He visto cocineras en la televisión haciendo copetes rizados de ese sebo dorado como si estuvieran pintando la capilla Sixtina con un pincel especial. Y he visto niños con el semblante gris mortecino licuar en sus bocas inocentes esa crema amarillenta creyendo que eso los haría sanos y fuertes. Sin embargo, la realidad es que ningún ser humano normal puede darle a su familia un plato con quinientos gramos de mayonesa si no tiene la seria intención de que se mueran. La mayonesa es un empaste para haraganes, el comodín del ama de casa haragana que quiere hacer la cena rapidito para irse a ver la novela. Otra prueba de comportamiento morboso navideño, es la fascinación por la comida en lata. Ningún día del año hay tanta gente en la góndola de arvejas del supermercado como el veintitrés de diciembre por la tarde. Podría afirmar que la industria del palmito subsiste gracias al menú de Nochebuena. ¿Cómo es posible que en una misma mesa haya platos con ananá en almíbar, arvejas en remojo, atún en aceite, sardinas, anchoas, duraznos al natural, alcaparras, corazones de alcauciles, aceitunas en salmuera, pickles en vinagre y morrones en agua y que todo, pero absolutamente todo haya salido de una lata o un frasco? Yo siempre había creído que las latas eran para salir del paso un martes a la tarde y no para abrirse en una ocasión especial. ¿A quién se le ocurre festejar fin de año con comida que fue plantada, cosechada y cocinada dos años atrás? HUEVO RELLENO Y OTROS DELITOS Sin embargo, para ser justa, del maléfico reino de la mayonesa, no todas las asquerosidades son igual de feas. Yo acepto en silencio la utilización moderada de aderezos en un sándwich de jamón y queso, pero no tolero bajo ningún punto de vista ver un animal devorando un huevito relleno. Los huevos rellenos son una preparación que inaugura una nueva corriente gastronómica: la bulimia culinaria, una técnica inspirada en el estómago de los rumiantes. La receta original dice que se hierven los huevos, se los corta al medio, se les saca la yema, se mezcla con kétchup, mayonesa y mostaza y se vuelve a llenar la clara con esa pasta. Una verdadera porquería que ni siquiera puede existir en un cumpleaños para niños. Y por favor no crean que esta receta fue ideada por algún depravado con problemas de presupuesto. He ido a muchas casas dignas en donde he visto profesionales de traje y corbata porteña deglutir estos curiosos entremeses como si estuvieran en un hotel cinco estrellas. Le sigue, cabeza a cabeza, la representante más barroca de la familia primavera: la torre de panqueques, una pira grasienta compuesta por unas capas de masa gruesa que esconden entre una y otra un montón de productos horribles bien “picaditos” como huevos, lechuga, jamón, queso, tomate, aceitunas. O como bien dicen las ecónomas que la preparan todos los diciembres en la televisión, con “todo lo que haya en la heladera” o “tenga usted en su imaginación”. Como si los ingredientes tradicionales de todas las recetas primavera (pionono primavera, arroz primavera, arrollado primavera, salchichón primavera) no fuesen ya suficientemente malos como para que además el ama de casa ociosa decida improvisar con lo que se le cruce por la cabeza. Tercero sigue el vithel thoné, un plato que muchos ansían comer en silencio aunque no su receta no tenga ni pies ni cabeza. No olvidemos que el vithel thoné es carne con salsa de atún y que equivale a una milanesa con salsa de pollo o a un chorizo con coulis de milanesa. Ya bastante disparatados y caníbales eran los pescados rellenos con mariscos o las pastas con salsa blanca como para que festejemos semejante cachivache veraniego. Si encima sumamos que algunas personas le ponen mayonesa, huevo picado y alcaparras, estamos peor que con la lengua a la vinagreta o el matambre, que no es otra cosa que un rulo grasiento lleno de verdura ordinaria cosido con piolines y medibachas. Por último, no hay que dejar de mencionar los postres. Hoy en día es casi imposible encontrar una familia que no haya arruinado una ensalada de frutas con gaseosa, jugo sintético o edulcorante líquido. Últimamente lo único que pruebo son un montón de cubos de manzana y pera verde flotando como camalotes a la deriva en un río de jugo Tang. Jamás una cereza, una frutilla o una frambuesa. Y ni hablar de los helados. ¿De dónde viene la fascinación navideña por los postres helados en barra? ¿Cómo puede ser que el almendrado, la cassata y el bombón escocés hayan sobrevivido a los años ochenta? Y no hay que olvidar tampoco la decoración. Pareciera que en Navidad tenemos una necesidad orgánica de ser vulgares y estridentes. Sin ir más lejos, la mayoría de las mesas argentinas parecen una escena pergeñada por Almodovar o por una comparsa brasilera: flores de rabanito, tiritas de morrón, huevitos de codorniz, rollitos de jamón cocido, abanicos de lechuga criolla, filitas de arvejas, copetes de crema, cúpulas de aceitunas rellenas, bolitas de melón. LA TRADICION Y ya sé lo que estarán pensando. Que así es la tradición. Que así como en Estados Unidos comen pavo, salsa agridulce y puré de batata con malvaviscos, aquí comemos ensalada rusa con arvejas y piquitos de mayonesa. Sin embargo, a mí me gustaría saber quién le asignó este menú a la tradición argentina. Quién dijo que íbamos a estar condenados al espectáculo mersa y desagradable del pollo con ananá. Quién estableció que todos los platos llevaran copetes de mayonesa con aceitunas rellenas. Quién dijo que no podíamos comer un cabrito, ceviche peruano o comida oriental. Después de todo, no veo qué tiene que ver con nuestro clima y nuestra cultura comer mazapán, torta de almendras y stollen después de la cena. Porque yo tolero el choripán en la costanera, que alguien pondere los pastelitos, e incluso que usen grasa animal para hacer empanadas en la provincia. Me banco el colesterol y la vulgaridad porque es lo que nos tocó. Lo que no puedo soportar es que el menú navideño, además de ser una tradición seborreica y de sabor estridente, sea una tradición que no me pertenece. Padeceremos en silencio nuestras propias miserias y decisiones. Fingiremos que las tortas fritas son ricas y que alguien puede sobrevivir a un locro, pero no me pidan que defienda la ensalada rusa, la garrapiñada y el melón con jamón. No me pidan por favor, que me haga cargo de la grasa ajena. Narda Lepes tiene la culpa Desde que Narda se puso de moda, todos los cocineros jóvenes quieren parecerse a ella y abren restaurantes como si fueran quioscos. Estamos hartos: dejen de experimentar con nosotros. Cuando yo era chica, los chefs nacían chefs. Eran hijos de familias acomodadas, con padres polistas, madres de la rubia aristocracia porteña, y tías emparentadas con la duquesa de York. Tenían chacras que cubrían la mitad de Córdoba o Mendoza, niñeras de toda la vida, y en la adolescencia viajaban a pelar papas a Francia para volver, cinco años después, transformados en artistas de la cocina internacional. Se llamaban Francis Mallman o Gato Dumas, y uno los miraba ya no para aprender a cocinar, sino para envidiarlos. Para imaginarse el sabor de las trufas o para ver como lucía una langosta cocida, desnuda como una vedette escandalosa, en un set improvisado a orillas del mar Mediterráneo. Los chefs eran un poco como las modelos o los actores de los años cuarenta. No reflejaban un modelo real de persona. Por el contrario, nos mostraban un ideal de elegancia, de glamour, un modelo distante de dandy culto y viajado que era inalcanzable para la mayoría de los mortales. Si queríamos aprender a cocinar, podíamos buscar recetas de ecónomas y amas de casa mediáticas discípulas de Doña Petrona, que nos enseñaban a hacer pasteles con sorpresita de salchicha, bombas de crema pastelera, y un arrollado primavera para Navidad. Hasta hace unos años, no había vuelta que darle. Si te llamabas Omar Alderete o Nelson Pichirili lo mejor era que estudiaras otra carrera, como gasista, chofer de micro de larga distancia, o colocador alfombra por metro. La cocina era para la aristocracia. Si habías nacido como Choly Berreteaga la puerta de la cocina del Hotel Alvear se te cerraba en la cara. Sin embargo, desde hace unos años, surgió un fenómeno impensado, que sin querer, desembocó en una catástrofe sin precedentes. De repente, debido a la masificación televisiva y a la proliferación de las escuelas de cocina con matrícula barata, cualquier joven de familia de clase media, llamado Juan Carlos Trossero o María Ayelén Petito, se compra un colador chino, un soplete para gratinar y una minipimer, y puede ser el chef ejecutivo del Hotel Alvear. Y está bien. Brindo por Juan Carlos, por Omar, por María Ayelén, y por Nelson, que cansados de colocar azulejos en baños ajenos, se decidieron por la pastelería. Admiro su iniciativa, en serio. Pero les pido un favor: antes de que yo me siente en su restaurante, avísenme que estudiaron una carrerita de dos años y que jamás pisaron Europa. Díganme la verdad así yo puedo irme corriendo antes de que traigan la cuenta. Al mismo tiempo, ante esta invasión de plebeyos, para evitar ser arrojados al averno de la impopularidad, muchos cocineros cogotudos que dieron sus primeros pasos en la vieja escuela, intentaron aggiornarse y hablarle al pueblo. Pero no lograron engañarnos, por supuesto: Dolli Irigoyen hace alfajores santafesinos y pastafrola pero con los membrillos de su propia chacra y Martiniano Molina hace un asado con cuero, pero con dos peones que, como las secretarias de los programas de la tele, ofician de asistentes sosteniéndole un disco caliente en sus manos de obrero sacrificado. LA CULPA ES DE NARDA La verdad verdadera, es que la primera cocinera que habló sin una papa en la boca, revoleó la comida con las manos y dijo que le gustaba el arroz pasado fue Narda Lepes. Antes de ella, nadie se había atrevido a confesar que le gustaba comer papa hervida con aceite de oliva. Nadie había hablado de hacer tostados con las sobras de la cena navideña. Nadie había dicho que en vez de salmón podían usar merluza, en vez de grosellas, frutillas y que podían suplir el cordero con una bandeja de carne cortada para milanesa. Nadie, pero nadie había cocinado una receta con ingredientes que uno tuviera, efectivamente, en la heladera. Nadie había sido protagonista de semejante invitación a la anarquía y al libertinaje culinario. Y por extensión, nadie tiene la culpa salvo ella, que por primera vez le hizo creer a millones de estudiantes indecisos que podían ser cancheros y vanguardistas revoleando dos cebollas coloradas y poniendo un cedé de Beck. Y por un lado está bien. Este fenómeno es una conquista social, un síntoma evolutivo en el prejuicio del consumidor y del televidente. El problema es que cuando Narda Lepes le abrió las puertas de la cocina profesional a todos los adolescentes con problemas de orientación vocacional, no dejó pasar sólo a los nuevos talentos… ¡Dejó pasar a todo el mundo! ¡A los repetidores que habían rebotado diez veces en el CBC, a los vagos que no querían trabajar en serio, a los hijos que hacían un bizcochuelo para el día de la madre, a los niños ricos con tristeza que tenían el nombre para un nuevo restaurante en Palermo! No tengo datos precisos, pero desde que la primera camada de chefs terminó la carrera, deben abrir dos o tres restaurantes por mes en Palermo y Las cañitas. Todos con las mismas mesas baratas pero decoradas con onda. Todos con los mismos mozos vagos y altaneros que estudian teatro o percusión. Todos con la misma carta de cocina de autor que incluye algún lomo en croute con verdes, una pesca del día con polenta crocante, una ensalada con aceite de albahaca, colchones de rúcula o espinaca, postres atiborrados de mascarpone y frutos rojos, y cualquier cantidad de vegetales que pretenden ser confitados cuando en realidad son hortalizas que navegan, naúfragas, en un río de aceite interminable. Y en todos, da la casualidad, que se come igual de mal. LA RESPONSABILIDAD ES DE TODOS Pero si bien la culpa es de Narda, la responsabilidad es de todo el mundo. Yo, al menos, me hago cargo. Después de todo, nos quejamos de esta invasión de cocineros burros y pretenciosos, pero nadie les da vuelta la mesa cuando llega la cuenta. Es más, todos pagamos comemos pésimamente mal, nos quejamos, nos indignamos, pero seguimos llamando, resignados, al mismo delivery de un sushiman que estudió por correspondencia. Hasta el día de hoy, que dejo constancia formal de que estoy harta. Enferma de que un tarado que creció comiendo ravioles con pomarola y patitas de pollo me prometa que me va a deslumbrar; que un cabeza hueca que tuvo que memorizar la diferencia entre un huevo poché y un huevo Mollet para una prueba escrita, esté a cargo de mi cena. Estoy harta de leer “vinagreta de mostaza y miel” o “papas rotas” en todos lados. Estoy harta de los tomates cherry, del maracuyá, del salmón rosado hasta en la sopa, del pesto de rúcula y de esas mentirosas ensaladas tibias que no son otra cosa que una mixta con una lluvia de pechuga descuartizada tirada encima. Hasta el canal Utilísima que era el último bastión de la cocina barrial, el emporio de la mayonesa y de las flores de rabanito, de repente quiso entrar de contrabando al mundo gourmet. En el mismo día, uno pegado al otro, en un programa hacen una torre de panqueques con paleta sanguchera, una sopa de hinojos glaseados servida en un pan de brioche individual, y hechizos de amor a cargo de una de las chancletas que actuaba en el programa de “Grande Pá!” en la década del noventa. Y como estoy harta, no quiero seguir apañando ni tolerando las estafas culinarias de Palermo. Me niego a aceptar con cobarde mansedumbre que esta parva de adolescentes me siga cobrando un millón de pesos por sus engendros llenos de hongos babosos y aceite de cebolleta. Me declaro públicamente en contra de las escuelitas de cocina, de los chefs inexperimentados y de los bolichitos golondrina de Palermo Hollywood con nombre divertido como “No le digas a Laura” o “González”. Hay que volver a la cultura del trabajo. Al concepto de maestro y aprendiz. A que nadie pueda dirigir una cocina si no fue golpeado por un chef déspota y borracho en la cocina de un gran hotel. A que todos tengan que estudiar veinte años, viajar quince veces, y conocer todas las variedades de hortalizas, de cocciones, de especias y de semillas hasta que puedan cobrar doscientos cincuenta pesos por una cena. Y con esto no les digo que no cocinen, ni que dejen de experimentar, o que ya no improvisen, sino que dejen de cobrarme cuando todavía no saben hacerlo. Las cocineros deberían rendir un examen municipal antes de dirigir una restaurante. Los estudiantes de gastronomía deberían hacer prácticas culinarias en cocinas ajenas como lo hacen los maestros de escuela primaria antes de enseñar. Si tienen urgencia por ofrecer sus platos, que se entretengan haciendo dulce casero o vendiendo colaciones en la feria de Mataderos. Pero basta de jugar conmigo, mis ilusiones y mi billetera. Estoy cansada. Harta. Podrida. Enojada. A mí, por lo menos, no me estafan más. Que se vayan a pelar papas, a arruinar doscientas salsas y a estudiar la cocción del huevo hasta el año dos mil veinte. No es mi culpa que Narda Lepes les haya abierto la puerta a todos los vagonetas. Nosotros, los clientes, necesitamos que venga alguien de manera urgente a cerrarla de vuelta. Paladares atrofiados: la desgracia de los alimentos instantáneos Los alimentos para prepar en el acto son el opio de los haraganes que comen basura con tal de no mover un dedo. Estos son los peores Desde la década del cincuenta, la industria alimenticia se abocó por completo al desarrollo de productos que ayudaran al ama de casa a ahorrar tiempo en la cocina. Alentado por el nuevo rol de la mujer en la sociedad, floreció un nuevo mercado dedicado a alimentos deshidratados, concentrados, instantáneos, pre-cocidos, en conserva, congelados o en polvo que reemplazaran preparaciones caseras que hasta ese momento llevaban horas de trabajo y sacrificio. Pero con este desarrollo llegaron nuevos problemas: la oferta creció, los almacenes se transformaron en hipermercados, y las marcas tuvieron que iniciar una carrera descontrolada por ofrecer alimentos más fáciles de preparar y a un precio mejor que la competencia. Y para eso tuvieron que abandonar la confección manual y reducir sus costos en materia prima: se dejaron de estacionar los fiambres, se evitaron los productos frescos y se incluyeron saborizantes que supuestamente sustituían el ingrediente original. Como resultado, hoy en día, la industria nos ofrece un montón de alimentos procesados, de composición dudosa, llenos de harina y saborizantes artificiales, que se disfrazan de productos prácticos y cancheros para no perder tiempo precioso en la cocina. Hay hamburguesas saborizadas, café instantáneo, polenta de 1 minuto, guiso listo en lata, premezcla de ñoquis, pre-pizzas, puré de papas en escamas, flan en polvo, jugo concentrado para diluir, snacks con gusto a pizza y arroz o fideos que por medio de un polvito mágico se convierten en chaw fan o tallarines a los cuatro quesos. Un verdadero disparate. La lista de inmundicias instantáneas, listas para comer, es enorme. Pero estas son las peores de todas. 1. Prestopronta en lata. Ahora que algunas agencias de turismo ofrecen tours por una villa miseria o un piquete para que los extranjeros vivan la argentina real, Prestopronta ofrece cárcel en lata. Si alguna vez te imaginaste cómo debe ser comer en la cárcel o en la colimba, ahora podés comprarte guiso de arroz, pollo a la portuguesa o lentejas listas Prestopronta para vivirlo a flor de piel. La foto del envase ya es fea y sirve para promocionar el producto, así que imagínense lo que hay adentro. Descarte de pollo, arvejas reventadas y mucha cebolla hervida nadando en un caldo espeso y marrón que roza lo escatológico. El gusto es igual al de todos estos productos: a sopa artificial, pero un poco más feo. Puede funcionar para que un recién divorciado masoquista se deprima el sábado o para castigar a un par de niños malcriados, pero no más que eso. 2. Paty Listo. ¿A quién se le puede ocurrir vender el asado que hizo el domingo para que la gente lo recaliente en su casa un martes al mediodía? A Paty. El Paty Listo es la nueva solución para quienes consideran que cocinar la hamburguesa es un trabajo demasiado arduo para hacer todos los días. Viene cocido y congelado y lo único que hay que hacer es calentarlo en el microondas hasta que esté bien baboso y hervido. ¡Por fin se acabó el sacrificio de sacar el Paty de la caja y ponerlo en la plancha! ¡Basta de esclavitud, de tiranía, de esfuerzos sobrehumanos! Gracias a Paty ahora se puede comer restos de carne procesados y cocidos en fábrica, pero recalentados en tu propio hogar en sólo dos minutos. 3. Giacomo Capelettini. Con la excusa de que tienen todas las vitaminas, los Giacomo Capelettini (unas pastas secas y rellenas en forma de tortellinis que los niños adoran) son los líderes indiscutidos en el changuito de las madres haraganas. Vienen de carne, de verdura y de jamón, y a pesar de que la verdura se pudre en siete días y la carne en tres, el relleno de “acelga fresca” (sic) y “especies” (sic) que declara la marca en su website es tan pero tan resistente que aguanta un año en tu alacena sin siquiera largar olor. Imagínense nomás la clase de sustitutos y conservantes que puede tener adentro del relleno. ¡Si ni siquiera un cuerpo humano embebido en formol puede conservarse durante ese tiempo! ¡Verduras, carne, vitaminas! ¡Pero por favor! 4. Puré Instantáneo. La primera vez que comí puré instantáneo de papas fue en lo de una compañera de colegio. No entendía por qué, pero el puré que hacía su mamá tenía gusto al clip metálico que yo me metía en la boca durante las clases de matemáticas. Así que un día agarré a mi amiga y le pregunté: ¿Juli, por qué el puré de tu casa tiene gusto a metal? ¿No te gusta más el otro, el de verdad? Y Juli me contestó “¿Qué otro? ¿Qué verdad?” Hay una generación entera de jóvenes que nunca probó un puré de papas auténtico. Y no estamos hablando de platos sofisticados. Pu-ré. Dos papas aplastadas con un tenedor. En el futuro, cuando haya niños que jamás hayan visto un árbol, un perro y luego un lago de agua sin contaminar, recuerden que todo empezó acá, con esa pasta pálida y sintética a la que algunas empresas llaman “puré”. 5. Calditos saborizadores. Hasta hace un tiempo, los saborizadores se ocultaban. Los ravioles juraban estar rellenos con jamón de verdad aunque fuese obvio que tenían grasa de vaca teñida y pan rallado adentro. Al parecer, ahora la moda es al revés. Lo sintético es furor. Las empresas basan toda su publicidad en que se puede reemplazar la cebolla, el ajo, el aceite, el tomate, la sal, la panceta, el verdeo, la crema, los hongos, el parmesano, los tomates secos, las aceitunas y no sé cuántas cosas más sólo con un cubito de grasa. Sabor en cubos, así le dicen. Quinientos años de tradiciones culinarias, de recetas familiares, de libros de recetas para que ahora estos chantas de paladar averiado digan que para hacer una buena salsa, sólo hay que poner un cubo de grasa con gusto a sopa arriba de un plato de fideos. Y encima tienen el tupé de decir que hay diferentes sabores, cuando claramente hay uno sólo: a lata oxidada y a sopa berreta con mucha sal. 6. Patitas de pollo. ¿No se supone que el producto original sea más caro que el que se obtiene con un reciclado de sus sobras? ¿La carne picada común no es más barata que un peceto entero? ¿Y el cuero reconstituido, el salchichón, el aglomerado de madera? ¿No son todos subproductos marginales de segunda? Pues para algunas empresas es todo lo contrario. Los caraduras tienen una línea entera de productos que ofrecen aglomerado de restos de pollo rebozados y prefritos listos para volver a freír. Medallones, patitas y otros, más cínicos que imitan la forma de una pechuguita. Lo peor del pollo con el doble de grasas y colesterol, al triple de su valor original. Una maravilla para los pequeños. 7. Premezcla de buñuelos de acelga. Para los ravioles de verdura, el relleno de empanadas congeladas, las croquetas rebozadas y otros manjares de la comida pre-cocida la acelga no es otra cosa que engrudo verde. Esta pre-mezcla de buñuelos es incluso peor. Es engrudo verde para freír. ¡Y qué feo que es! Es como tragar tortas fritas saladas y pintadas con témpera. Lo más grave es que lo promocionan como la salvación para que las madres más holgazanas le hagan comer verdura a sus hijos. Y claro, funciona. ¿Cómo no lo van a comer hasta los nenes que no comen verdura si de la verdura sólo tiene el color? 8. Paté, Jamón del diablo, Viandada, Picadillo de carne, Salchichas de Viena y otras maravillas. Mi gata puede distinguir la diferencia entre un jamón barato y uno bueno. Parece difícil de creer, pero cada vez que abro un paquete de jamón Bocatti me salta encima y si, en cambio, le flameo una feta de pernil de cuarta, pega media vuelta y vuelve a su alimento. Mi gata no es tonta. Sabe cuál es el rico y cuál es el feo. Sin embargo, le resulta imposible distinguir entre una lata de alimento para gatos Whiskas y un paté en lata línea premium. Para ella son exactamente el mismo alimento, aunque en el envase uno tenga la foto de un perro atorrante y en el otro haya un champagne y un salmón. Y la verdad es que a mí me pasa lo mismo. No consumo ninguno porque siento un asco idéntico por los dos. Son iguales de salados, iguales de asquerosos e iguales de berretas, y además, tienen exactamente los mismos ingredientes. ¿Se dan cuenta? Desde hace rato que estamos consumiendo comida para animales que ni siquiera recomiendan los veterinarios. Mi gata se da cuenta ¿Y ustedes? Fuente de los textos Fuente de la biografia de Carolina Aguirre Fuente de las fotos

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Carolina Aguirre, "La pèleadora"
Carolina Aguirre, "La pèleadora"
HumorporAnónimo3/30/2010

CAROLINA AGUIRRE tiene 31 años y se recibió de guionista en la ENERC (Escuela Nacional de realización cinematográfica). Sus guiones de cortometrajes y mediometrajes fueron premiados en diversos festivales y concursos alrededor de todo el mundo (Festival de Rosario, Festival Internacional de nuevo cine latinoamericano de La Habana, San Diego Latino Film Festival, SAVI, Festival independiente de Barcelona, San Francisco Film Festival, Concurso de cortometrajes TVE Versión Española). Su primer blog, BESTIARIA, un inventario de estereotipos de mujeres, fue finalista por dos años consecutivos del Weblog Awards (2006 y 2007) en Estados Unidos, ganador en 2008 y finalista 2007 como mejor blog en español del mundo en BOBs THE BEST OF BLOGS (Alemania, cadena Deutsche Welle), ganador del premio Intel por Mejor Blog de Arte y Cultura de Latinoamerica, y premiado por la revista Todas por mejor artículo femenino, en España. Actualmente es uno de los blogs más leídos de Argentina. Desde el año pasado, esos textos y otros nuevos son parte de su primer libro, también llamado BESTIARIA editado bajo el sello Alfaguara, que incluye textos del blog y nuevos artículos y va por su segunda edición. En noviembre de 2008 participó de la antología “Historias de mujeres infieles” con uno de sus textos, “Cuestión de Fe”. El libro fue editado por el sello Emecé y compilado por Santiago Llach y Natalia Moret, e incluye autoras como Silvina Ocampo y Silvina Bullrich, entre otras. Su segundo blog, CIEGA A CITAS, fue una blogonovela ficcionada, narrada en tiempo real, en donde escribió con seudónimo la vida de periodista soltera de 31 años que trataba de conseguir un novio para llevar a la boda de su hermana y ganarle una apuesta a su mamá. El blog duró nueve meses, desde noviembre de 2007 hasta junio del 2008, el día de la boda, con dos millones y medio de visitas y ochenta mil comentarios. En octubre de ese mismo año, Ciega a citas se transformó en libro, otra vez bajo el sello Aguilar Además de los blogs y los libros, colabora o ha colaborado con diversos medios gráficos como Metrópolis, Revista Joy, Gataflora, Oh Lalá, Diario Crítica , en donde además tuvo un blog, La peleadora, que llegó a tener 16,000 visitas diarias y hasta 3800 comentarios por artículo. Como guionista, ha escrito con su nombre real y con otros, para canales agencias de publicidad y productoras audiovisuales locales como Pramer y Mandarina TV. Actualmente trabaja en su tercer libro, que se editará durante el año 2010 directamente en papel. Algunos textos de esta acida autora: La revancha de los mozos: 10 cosas que odian de los clientes ¿Sos de quejarte de los mozos en el restaurante? Agarrate: esto es lo que ellos odian de vos. “Al mediodía hay una mesa de oficinistas de la zona que, cuando les traigo la comida, se dedican a tirarme miguitas de pan para que me caigan justo entre las lolas. Una vez me quejé con el dueño, pero me contestó una guarangada que ni te puedo decir. ¿Qué tengo que hacer?”.La anécdota es un poco extrema, pero ilustra lo que le sucede a la joven camarera de un bar llamado Manolos -en el barrio de Villa Ortúzar-, cuyos pechos, hay que decirlo, ejercen una fascinación lúdica. Hay que tenerlo bien claro: así como de tanto en tanto uno quisiera ahorcar a los mozos porque son lentos, bobos, atolondrados o demasiado cancheritos, ellos también piensan que nosotros, los clientes, solemos ser unos perfectos imbéciles. Así es que Planeta JOY decidió darles el micrófono para que se descarguen por única vez y cuenten cuáles son las diez cosas que más odian de los comensales. Señores lectores: agárrense fuerte -les avisamos desde ahora- porque hay mucha bronca contenida. Este es el decálogo (y nuestra apreciación personal en cada uno de los puntos): 1. QUE LES MIREN EL CULO Y/O EL BULTO Varios testimonios de camareros y camareras de Palermo Hollywood coinciden en el mismo punto. Ellas odian que los clientes les escaneen la delantera y se den vuelta para mirarles la retaguardia, simulando que se les cayó un cacho de pan; ellos, por su parte, detestan a las solteronas de más de 45 que les examinan el paquete como quien contempla la Torre Eiffel. “Yo no soy de vestirme muy perra; de hecho tengo siempre la remerita que me da el restaurante, pero me parece que es justamente eso, el uniforme, lo que los pone libidinosos”, cuenta la moza de una conocida parrilla sobre la calle Fitz Roy. Y sí… los hombres sabemos lo que provocan ciertos uniformes. El mozo no tiene razón (mirar es humano) 2. SER TESTIGOS DE CONVERSACIONES INCOMODAS Mario, camarero de uno de los bodegones de la zona de Venezuela y San José, sintetiza otro mal común para estos humildes servidores. Y es que a veces los mozos son testigos involuntarios de conversaciones incómodas, porque no les queda otra que quedarse parados como faroles frente a la mesa hasta que los comensales se deciden. En el ínterín, escuchan toda clase de improperios. “Lo que me pone más nervioso son las mesas de amigas, porque se escuchan cosas muy íntimas. Una vez, una chica se quejaba porque tuvo sexo con un tipo que se dejó puestas unas medias pom-pom verdes, que le dieron un asco terrible”, recuerda Mario, quien dice haber aprendido bastante de todo eso. “En principio, cuando me pongo en pelotas frente a una mina, lo primero que hago es sacarme las medias”, jura. El mozo no tiene razón (hablar es humano) 3. QUE NO LOS SALUDEN / QUE LOS LLAMEN COMO A LOS PERROS Aunque para algunos, los mozos formen parte de una sub-especie que no merece ser saludada, hay que tener cuidado porque no hacerlo despierta en ellos una bronca asesina. Estamos hablando de un gremio especialmente sensible, que se siente muy dolido cuando se lo ignora. “Que los saludes y no te den bola es algo que me pone mal”, admite Diego, mozo de Paru, el restaurante peruano-japonés de Palermo. Dicho esto, también se da por hecho que llamar la atención del camarero con palabras como “che”, “pss”, “ey” y otros sonidos onomatopéyicos es algo que los irrita sobremanera. Por eso, la próxima vez que usted, señor cliente, ingrese a un salón de comidas, piense que esos monigotes que traen y llevan nuestros platos también tienen sentimientos y merecen una pizca de nuestra deferencia. Haga feliz a un mozo: salúdelo. El mozo tiene razón (ser maleducado no tiene excusa). 4. QUE LES HAGAN LIO CON LAS MESAS La premisa es sencilla: un restaurante no es un rompecabezas para andar desarmando a voluntad. Cada mesa tiene un número y, en principio, esa organización debe respetarse porque sino se arma lío. Que un cliente corra la mesa, la achique, la agrande, la dé vuelta y juegue con ella como si fuese un caniche es algo inadmisible para los camareros. Maribel, moza del peruano Astrid & Gastón, cuenta su historia: “Nosotros trabajamos con reserva y muchas veces sucede que un grupo de gente entra al restaurante, pasa por un salón y se quiere quedar ahí. Entonces cambian de mesa y se nos complica todo”. El mozo tiene razón (¿para qué complicarles la vida aún más?) 5. QUE LES RECOMIENDES UN PLATO Y NO TE DEN BOLA Es muy común que, en una entusiasta fase inicial, un comensal se sienta interesado por la recomendación de un mozo y que, en la instancia siguiente, se genere un desaire. Vean esta situación: - Mozo, ¿qué me recomienda? - El lomo a la pimienta está delicioso. Marinado en finas hierbas, cocinado en su propia salsa y enmantecado en una sartén suiza que retiene los sabores desde 1814, año en que fue obtenida como botín de guerra por Napoleón, cuando invadió Rusia sólo con 500.000 hombres y los derrotó en Borodino. - Mejor traeme una ensaladita. ¿Para qué molestar al pobre camarero si uno ya tenía claro lo que iba a pedir? El mozo no tiene razón (el cliente la tiene siempre) 6. QUE LOS CLIENTES SEAN INCOHERENTES Los mozos consultados enumeraron una serie de incongruencias que los sacan de quicio. Este es un pequeño listado: que les pidan agua natural y hielo aparte, que les asignen una mesa para dos y se sienten en una de cuatro; que se morfen un lechón entero pero lo acompañen con Coca Light; que ordenen un vino de 200 pesos y les dejen una propina miserable; que pidan un sólo postre y dieciséis cucharas; que quieran un plato con picante y después se quejen de que estaba demasiado picante… El mozo no tiene razón (el cliente también paga para que se soporten sus incoherencias…y su neura). 7. QUE LOS CLIENTES DEJEN QUE SUS HIJOS HAGAN CUALQUIER COSA No hay nada de tierno en ver a un nene corriendo entre las mesas de un restaurante. Tampoco es dulce observarlos cuando revolean la comida como salvajes, ni escucharlos chillar porque su madre se olvidó las figus de Ben 10 en el auto. En general, los que más sufren esta situación, además de los padres y el resto de los inocentes comensales, son los propios mozos. “Una vez un nene me meó la panera y cuando lo fui a retar me dijo que su papá, que ‘la tiene así de grande’, también lo hacía en casa; preferí no meterme”, afirma Osvaldo, camarero en un bodegón de San Telmo. Conclusión: el restaurante no es un playroom y los camareros no son baby sitters. Por eso, si el nene no sabe comer afuera, mejor dejarlo en casa. El mozo tiene razón (los nenes indomables deberían quedarse en casa). 8. QUE NO DEJEN PROPINA El momento de la cuenta es crucial en la vida de un mozo. En el gesto propinero quedan claras varias cosas: si el comensal ha sido bien servido y, también, si su satisfacción tendrá un correlato económico. En este ítem las anécdotas se multiplican. Quitando a los que dejan el riguroso 10% y quedan exentos de toda polémica, los camareros tienen una aversión especial por los miserables, que vienen a ser todos los que se mueven por debajo de ese porcentaje. “El otro día viene un tipo con su mujer y lo atendí de maravillas. Cada vez que miraba para mi lado yo iba corriendo a la mesa como un bombero para que no le faltara nada. Creí que me iba a dejar una propina espectacular porque encima parecían tener mucha plata. La cuenta era de 255 pesos y yo esperaba por lo menos 35 mangos para mí, pero el tipo pagó justito y me dejó dos caramelos Sugus y un palito de la selva”, rememora Daniel, mozo de un conocido restaurante de pastas en Puerto Madero. El mozo tiene razón (ser miserable no tiene perdón) 9. QUE PIDAN DESCUENTO POR SER AMIGOS DEL DUEÑO Alegar ser amigo o habitué para ligar un descuento es una de las actitudes más soeces que se pueden encontrar en la fauna restorantil. Muchos los mozos denuncian esta clase de actos, que revelan la condición humana en su expresión más oscura. “Pasa seguido que algunos se sientan cerca de la caja y, mientras transcurre la cena, le hacen chistes al cajero, le sacan charla y se van amigando. Eso lo hacen varias veces hasta que, un día, te piden un ‘descuentito’ porque ‘son amigos del dueño’. Es patético”, cuenta un mozo de una parrilla cool de Palermo Hollywood. El mozo tiene razón (el amiguismo, en estos casos, es vulgaridad). 10. QUE LOS CLIENTES LLEGUEN SOBRE LA HORA DEL CIERRE La pesadilla de todo mozo es que, justo a la hora del cierre, caiga una mesa numerosa que prolongue la jornada laboral. Para los camareros es como estar ganando un partido 1 a 0 y perder en el alargue, con gol de penal por una mano mal cobrada. En ese caso, se recomienda a los clientes elegir rápido y quedarse chitos la boca, para evitar ataques de nervios o que el plato salga definitivamente “especial” (los cocineros también son perjudicados por las llegadas tarde y con ellos sí que no se jode). El mozo tiene razón (son laburantes, déjenlos irse en paz). Los insoportables del asado: quién es quién al lado de la parrilla Aquí, un detalle de los personajes típicos de todo asado argentino EL MISTICO tiene una fecha asignada para un ritual específico vinculado con la parrilla. El día de su cumpleaños —aunque puede ser cualquier otra fecha—cita a toda la familia en su patio y hace su tradicional lechoncito a las brasas. Trae el lechón desde el fin del mundo (puede ser el litoral o una granja en donde lo alimentan sólo con maíz tierno) y lo deja macerándose en una mezcla secreta durante veinticuatro horas. Al otro día, se levanta a la madrugada, y empieza a preparar el fuego que le lleva casi medio día de meticulosa ingeniería gastronómica. Su pico de felicidad es cuando se sienta en la punta de la mesa, con una cuchilla en mano, a recibir elogios y aplausos. Puede llegar a tener un brote maníaco si su mujer propone una mesa fría, pero se le pasa cuando le aclara, asustada, que no era más que un chiste o una equivocación. EL OBSESIVO también se apega a la tradición, pero de manera más enfermiza. Tiene que ir a buscar el asado a una carnicería específica en Villa Urquiza, trenzar los chinchulines a mano luego de hervirlos en leche durante 20 minutos, poner el diario y la madera de una forma particular en la parrilla, y salar cada 50 minutos para lograr que la carne no se seque. Invariablemente toma siempre a un hijo de asistente (que cuando cumple 13 años ya no quiere seguir ayudando), al que le relata todos los pasos de ese ritual con excesiva preocupación, y persigue a su mujer para que todo esté perfecto desde el miércoles a la tarde. Si, por casualidad, el asado sale mal (los invitados llegaron tarde y se secó, la carne estaba dura, o se largó a llover cuando estaba prendiendo el fuego) no puede dejar de hablar angustiado de ese evento durante toda la celebración. Mucho menos riguroso pero igual de pesado es EL EXAGERADO, que va al supermercado, compra 120 metros de tira de asado, 40 chorizos y 12 pollos para seis personas porque lo aterra que la gente se quede con hambre. No observa ninguna técnica en especial (ni siquiera limpia la parrilla), más que suplir con cantidad y exceso cualquier déficit de sabor. Es el mismo que invita a 140 personas para su cumpleaños, que ensucia todo el baño de carbón cuando se lava las manos, y que ocupa todas las fuentes de la cocina para hacer pruebas. Durante el almuerzo persigue a los comensales con expresión de preocupación porque nadie come la cantidad que él calculó en su mente escandalosa. Si alguien le dice que está satisfecho, pone cara de víctima y le pregunta “¿Un poquito más?” o le dice “¡Si no comiste nada!” mientras trata de ponerle otro pedazo de vacío en el plato. EL IMPERTINENTE es un hereje que no puede soportar los límites del asado tradicional y vive buscando variantes para usar la parrilla. Hay algo —falta de límites, necesidad de provocar, delirio de chef— que le impide tirar un vacío y unos chorizos a las brasas y ser feliz. Tiene que cambiar las cosas aunque sus recetas arruinen la receta original. Es, además, el típico fanático que prende un fuego para hacer dos hamburguesas y el defensor a ultranza de perversiones tales como el matambrito a la pizza o la pizza a la parrilla, o de cascarle un huevo encima a los morrones. Cree que un asado no es asado si no hizo todo a las brasas y también tiene su postre parrillero (asa bananas abiertas con una barrita de chocolate águila adentro) que sirve con orgullo a sus comensales desorientados. ELLAS: LA ANFITRIONA La anfitriona es el Robin del asador; la que se encarga de los detalles menores como la mesa, las guarniciones y detalles como el pan y las bebidas. No puede acercarse a la parrilla más que para llevar un vino, traer las fuentes que van usando, o pedir los fósforos prestados, pero es la responsable de organizar y hacer sentir cómodos a los demás. Las hay más prolijas y más descuidadas, más cancheras y más miedosas, o lo que es peor: más o menos malhumoradas. LA QUEJOSA, por ejemplo, está durante todo el almuerzo con cara de culo porque nadie lava y porque todos ensucian. En vez de relajarse y disfrutar, desde que traen el primer choripán está pensando en todo lo que va a tener que ordenar. Es la típica que le grita entre dientes al marido porque su hermano trajo a la nueva esposa o porque sus compañeros de fútbol están comiéndose el pan y la ensalada antes de que todos se sienten en la mesa. Levanta los platos inmediatamente después de comer y si alguien le dice que no se apure, le tira una indirecta filosa para silenciarlo: “No, gracias. Los voy a lavar ahora porque después la que se queda sola con la pila de platos soy yo”. Su contrafigura es LA ESPLENDIDA, una excelente anfitriona, que cocina divinamente y adora recibir gente en su casa. Siempre sorprende con algo insólito de entrada, guarniciones interesantes y novedosas, y un montón de gente piola para charlar. Tiene buen gusto, es canchera y se ocupa de que todos la pasen bien, sin tener que invertir un dineral. En general, de ahí te llevas dos recetas de ensaladas impensadas, una marca de vino buenísimo de 15 pesos, y la dirección de un monasterio en donde hacen la torta que sirvieron para el té. Con ella siempre se la pasa bien, incluso si su marido es el asador Hereje o el Exagerado. LA ATERRADA —una chica joven que está en pareja con un hombre maduro —siente que organizar un asado es más difícil que ofrecer una fiesta para la reina de Inglaterra. Le cuesta tanto acordarse de todo y resolver los pequeños conflictos de la organización que le termina dando pena a todo el mundo y nadie come nada para no molestar. Va a hacer las compras al supermercado y trae cualquier corte de carne, en vez de espinaca compra acelga, y pasa media mañana haciendo una receta de zanahorias glaseadas o papas aplastadas que vio en la tele, y que sirve temblorosa y avisando que es la primera vez que las hace y que no sabe cómo están. Si es la esposa del Místico o el Obsesivo, terminan siempre peleados, con ella lloriqueando en el dormitorio porque hizo todo mal y el marido le gritó. Bastante peor que la anterior es LA DESASTROSA, que organiza unos asados penosos y encima no le importa. Su mesa parece un puesto de vajilla usada en la feria de San Telmo; no hay un solo cubierto o plato del mismo juego y hay que compartir los vasos porque no alcanzan para todo el mundo. No tiene gaseosas light, se olvidó de llenar las hieleras, y para hacer choripán trajo las baguettes del supermercado. A la tarde sirve una torta quemada y rota que según ella “está rica igual” junto con café de filtro aguado en tazas diversas y se cree que está ofreciendo un té en la embajada de Austria. Su lema es “comelo así con la mano” o “enjuágalo un poquito” y en general, sus invitados huyen incómodos y sedientos a las tres de la tarde a buscar algo para picar en una estación de servicio. LOS INVITADOS En todo asado, hay un PRIMO AMARRETE que cae con su familia temblando de hambre y una botella de Pepsi caliente en la mano. En líneas generales, arrasa con la parrilla como si nunca hubiera comido, critica la marca del vino, cuenta toda la plata que gastó en Navidad, y se tira a dormir en los sillones del living mientras los demás levantan la mesa. Hay también siempre una DESUBICADA que se la pasa fumando mientras los demás ponen la mesa, avisa que ella no lava los platos porque el detergente le da alergia, y le da de comer al perro durante todo el almuerzo a pesar de que le advirtieron que no le hiciera. En general es la cuñada de la Quejosa, que termina loca de los nervios porque la Desubicada destrozó las tortas con su cuchillo, le dio chocolate a su hijo de seis meses y le mostró el tatuaje que tiene en el escote a su hija de trece años. Otra invitada insoportable es LA MALCRIADORA, una madre que está convencida de que el asado debe girar alrededor de las taras de sus dos hijos maleducados. Entre otras cosas, sus hijos lloran porque no hay Sprite, porque quieren pollo en vez de carne, porque quieren sentarse en la punta de la mesa y porque el perro tiene rulos. No hay minuto del asado en el que se pueda dialogar en paz, o en el que la anfitriona se pueda sentar a comer y no esté buscando algo para darle a los chicos y que se callen. Por último, existe LA NOVIA JOVEN de algún hijo o amigo que viene por primera vez y anuncia algo que hace tambalear el sagrado equilibrio del ritual: que es vegetariana. Desde ese momento, todo el asado queda articulado en función de su negativa de comer carne. La anfitriona le ofrece milanesas de soja o pedirle algo por teléfono, el asador le dice al novio que les hubiera avisado, y el resto de los invitados le pregunta durante todo el almuerzo por qué no come carne, qué come, si no se debilita y si lo hace por los animales. En vano ella jura que se arregla con ensaladas. Al final no come nada, pone a todos incómodos, acapara la conversación con sus discursos de Greenpeace y se pelea con la Desubicada por la tirita de cuero de un par de zapatos. Manías, rituales y obsesiones de los tomadores de mate La popularidad del mate no tiene una explicación demasiado lógica. En esta nota, enterate que clase de tomador de mate sos. Así como a los ingleses se los relaciona con el té, a los escoceses con el whisky, a los colombianos con el café, y las gaseosas son el patrimonio cultural de Estados Unidos, el cliché indica que a los argentinos y uruguayos se nos debe asociar al mate . Aunque muchos no veamos la gracia de chupar un palo metido en un montón de yuyos mojados cuando bien podemos hacer una rica infusión sin tanto aspaviento, igualmente cargamos con su estigma alrededor del mundo. La popularidad del mate no tiene una explicación demasiado lógica. A pesar de sus innumerables complicaciones (no se puede tomar en la calle, se necesitan utensilios muy específicos, hay que cambiar la yerba varias veces y mantener el agua caliente todo el tiempo), el mate debe ser la bebida que más pasiones despierta en nuestro país. Tiene detractores y fanáticos, y en consecuencia hay un montón de teorías personales, técnicas infalibles y recetas dando vueltas. Están quienes defienden el mate amargo, los que lo toman frío, los que no pueden compartirlo, y también el caso opuesto: los que lo toman con todo el mundo. Previsiblemente, a mí el mate no me gusta. Y no sólo no me gusta, sino que las manías obsesivas y patológicas que los demás tienen con el mate me resultan insoportables. Es un ritual de apariencia campechana y simple pero que en realidad está lleno de prohibiciones (no le pongas azúcar, no muevas la bombilla, no mojes toda la yerba, no hiervas el agua, no uses el mate sin curar) y de celosos procesos que cada cebador transforma en una cuestión de principios que debe defender a muerte. Además, es una asquerosidad. Nunca falta un inadaptado con la boca en pésimas condiciones mendigando un mate inmune a la mirada de terror de los demás. 1. EL MADRUGADOR. Por ejemplo, se levanta a las cuatro de la mañana y lo primero que hace es poner el agua para el mate . Es empleado de una fábrica, portero, o taxista y está convencido de que sin mate no puede arrancar la jornada. Lo toma amargo, en un mate de metal (también llamado “de camionero”) y lo sirve directamente de una pava de aluminio que jamás saca de la hornalla para no perder esa temperatura. Y lo toma solo, básicamente porque nadie puede soportar las quemaduras que les deja ese mate hirviendo en el paladar, mientras escucha tangos de Julio Sosa y de Carlos Gardel o un partido de Chacarita en la radio. Previsiblemente, compra yerba Rosamonte, bien fuerte, porque a las demás ni les siente el gusto. 2. EL FRANCESCOLI. Se lo puede ver parado en la puerta de su casa, con un termo en la axila, en short, camiseta y chancletas Adidas. Para él, tomar mate es más un estado permanente o una visión moral del mundo que una actividad. Toma mate durante todo el día, desde que se despierta hasta que se duerme, incluso cuando está haciendo otra actividad. En general trabaja en la casa (tiene una remisería, es gasista o verdulero) y se refiere a la radio o al mate como una compañía, aunque lo que más le gusta es hablar pavadas con los clientes y opinar. Obviamente lo toma amargo, en un mate de aluminio o de cuero repujado que dice “Recuerdo de El Palmar”, compra siempre yerba Sara o Canarias. Sólo le pone azúcar al empezar. 3. LA BIZCOCHITA DE GRASA. Es otra que toma mate todo el día. De hecho, es lo único que hace: tomar mate y mirar televisión mientras sus hijas se agarran de los pelos en el cuarto. Sus amigas del barrio caen a su casa todas las tardes para chusmear sobre otras vecinas, hacerse la tintura entre ellas y, si los tienen disponibles, mirar catálogos de Avón. Usa un mate de pezuña enorme, yerba Cbsé o Cachamai, con edulcorante marca Barny mientras ella y un ejército de vecinas en calzas miran “Intrusos del espectáculo” y engullen cuernitos, cremonas y facturas que viajan directo a sus generosas circunferencias. 4. EL CHACARERO. En cambio, no entiende el mate como actividad social ni como estado natural. Lo toma como una declaración de principios o una expresión de deseo. Si bien vive en la parte más cosmopolita y céntrica de Barrio Norte, le gusta sentir que está en el campo. Tiene las llaves colgadas de un cuentaganado, sigue los partidos de polo en el diario y usa cinturones de cuero de potro con botas de carpincho marca Cardón. Quisiera ser Adolfito Cambiaso, pero no pasa de ponerse una chomba color rosa y en estar bronceado todo el año, porque a diferencia del polista, no tiene campos propios ni ajenos para administrar. Tiene un mate de cuero y alpaca con un guardapampa colorado y una bombilla labrada de plata que le regalaron para su cumpleaños. Toma yerba La Merced variedad Barbacuá o Campo y Monte, y le pone azúcar o un poco de miel sólo al comienzo, para matar el amargor inicial. 5. EL FUNDAMENTALISTA. Es, de todos los defensores de mate , el más insoportable. Generalmente nació en el interior y luego se vino a capital trayendo consigo un manojo de rituales para beber la infusión. Para él, el mate no debe adaptarse a cada persona sino que las personas deben adaptarse a las reglas del mate : hay que usar un ángulo preciso para poner la bombilla, respetar la temperatura ideal del agua, mantener una velocidad exacta para batir la yerba con azúcar, repartir la cantidad de palo pareja en toda la carga, mojar solo la mitad de la yerba para poder rotarlo, jamás usa endulzantes (ni permite que sus invitados lo hagan, pues se le “contamina” el mate ). De más está decir que desprecia a quienes comen, endulzan, o queman el mate y no deja que nadie toque su mate de cuero preferido. Toma yerba Nobleza Gaucha y es el único al que le importa que la ronda del mate corra hacia la derecha sin excepción. 6. EL TRAGON. Es la contrafigura del fundamentalista que tiene alguna clase de déficit oral y necesita estar con algo en la boca de forma permanente. Para empezar, toma mate con cualquier desconocido, fuma al mismo tiempo, y se sirve Coca Cola para matizar. Además, puede dejar el mate dos horas sobre la mesa, encontrarlo más tarde, sacarse el chicle que tiene en la boca y cebarse un par con el agua fría, así como está, antes de seguir con lo que estaba haciendo. No le molesta ninguna yerba y se pliega a cualquier mate , dulce o amargo, nuevo o lavado, con o sin palo. Compra la yerba que esté de oferta y ceba en una taza porque el mate se le rompió y no se acuerda nunca de comprar uno nuevo. 7. LA VELETA. Una que desearía tomar mate pero le sale mal; una chica absolutamente cosmopolita que vive en Palermo y no puede asumir que el mate no le gusta. Durante años hace vanos intentos por abandonar el café y se compra un mate de diseñador de forma rara, una bombilla celeste plateado, una azucarera en forma de manatí y doscientas marcas distintas de yerba (cada vez que sale una nueva —suave, con pomelo, con guaraná, con café, endulzada, light, diurética— piensa que con esta sí le va a gustar) pero siempre ceba uno o dos y luego se olvida. Cuando vienen sus amigas comprueban que hace un mate horroroso y que toma mate lavado desde hace años sin darse cuenta. A pesar de sus esmeradas explicaciones, hay algo en su yerba, en su pava, en su agua que hacen que el mate salga siempre mal. 8. EL ASQUEROSO. Toma mate de vez en cuando: su bebida, en realidad, es el tereré. Pero cuando toma mate —si es que eso que toma puede llamarse así— lo hace de la forma más asquerosa, desprolija y grotesca del universo. Para empezar, no cambia la yerba. Cada cinco o seis mates, saca una cucharada y pone yerba nueva. Pero cuando lo hace, lo hace sobre un plato o lleva el tacho de basura a la mesa. Además, le agrega jugo, leche, azúcar, café, limón, cáscara de naranja sin secar y todo lo que pueda encontrar en la cocina y siempre se pasa por lo que termina sacando o poniendo cosas mientras está tomándolo. Su mate , que alguna vez fue de cuero, parece un muñón leproso lleno de cáscaras y hongos, y su bombilla, que está siempre tapada y tiene olor a humedad. Desconoce la marca de la yerba: está hace años en una lata oxidada de galletitas de 1986. 9. EL PRACTICO. Un oficinista pulcro, obsesivo y fanático de los inventos baratos como el expendedor de monedas, la riñonera y el ventilador personal, que toma esa mamadera aberrante que alguna gente llama mate automático. Como es de suponer, tiene un equipo de mate cerrado herméticamente y un calentador de agua de viaje que no le presta a nadie, etiquetado con su nombre en la alacena de la cocina del trabajo. Usa yerba marca Aguantadora y le explica a quien quiera escucharlo que rinde 2,4 veces lo que las demás yerbas, y defiende a ultranza ese mate endemoniado por tres motivos: pierde menos tiempo en cebar y cargar la yerba, no derrama líquido sobre sus cosas y no pierde la temperatura. Previsiblemente, yo odio a unos cuantos ejemplares de esta fauna. Me eriza la piel pensar que de alguna forma estoy emparentada con alguien que toma mate automático o se enoja porque la ronda circula hacia el lado inverso. Supongo que a ellos les debe pasar lo mismo: deben odiarme por detractora y en silencio, mientras yo sigo todos mis rituales obsesivos, deben criticar cómo tomo el té. Fuente de los textos Fuente de la biografia de Carolina Aguirre Fuente de las fotos

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