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El origen de los hombres lobo


Los primitivos habitantes que arribaron a Europa desde Oriente encontraron una región hostil de interminables bosques y traicioneros pantanos y ciénagas. El nuevo ambiente les resultaba sorprendente, salvo en un punto: el lobo, criatura que ya conocían y temían en idéntica proporción.

Las oleadas migratorias de indoeuropeos traían consigo la palabra que los designaba. Su raíz no ha cambiado hasta el día de hoy: Vrika, Lycos, Lupus, Vulf, Wilf, Irfus, Wolf, Lobo. Todas estas variantes crecen a partir de un tallo en común: el vocablo indoeuropeo Vrik, que designaba a los lobos en general.

No se requirió mucha imaginación para dotar al lobo de astucia, fuerza, e inteligencia, ya que estas virtudes son propias de este hábil cazador cooperativo, de compleja vida social, capaz de habitar en grandes comunidades en donde los roles están claramente establecidos.

No deja de ser extraño, pero también revelador, que las leyendas sobre hombres lobo hablen de criaturas solitarias, aisladas, que corren salvajemente en los bosques buscando presas incautas, mientras que los lobos reales solo se mueven en grupo.

Este contraste deja en claro que lo verdaderamente estremecedor en la combinación entre hombres y lobos no son precisamente los lobos, sino el ser humano.


hombre lobo

El precursor del mito del hombre lobo es Ammón, el licántropo enamorado, aunque alcanzó una mayor popularidad en la historia de Lycaón, aquel desdichado rey de Arcadia. La leyenda es recogida por Pausanias, Platón y Ovidio, entre otros tantos.

Lycaón era hijo de Pelasgo (o de Titán y Gea); fue el padre fundador y primer rey de la ciudad de Licasura, erigiendo un altar en el monte Liceo en honor a Zeus Tonante. Sin embargo, cometió la imprudencia de querer engañar a los dioses al invitarlos a un banquete en el que hizo servir la carne asada de su propio hijo, disimulada en una especie de guiso.

La herejía fue desenmascarada. Solo Deméter, madre de Perséfone, alcanzó a probar el blasfemo manjar, cuyos reclamos llevaron a Zeus a condenar a Lycaón y a toda su estirpe a convertirse en lobos, es decir, a vivir y comer como bestias salvajes.

De esta leyenda nace la tradición del hombre lobo. Lycaón es una deformación de la palabra griega lykhos, “lobo”, que con el tiempo terminaría por designar a todos los hombres lobo mediante la palabra compuesta: licántropo (de lykhos, “lobo”, y anthropos, “hombre”).

Muchos estudiosos afirman que la leyenda de la transformación en lobo durante la luna llena es una agregado tardío, posiblemente medieval, basándose en un relato de Plinio el Viejo vertido en su Historia Natural (Naturalis Historia), donde narra la maldición sufrida por el hechicero Domaco, quien por haber cometido antropofagia fue condenado a convertirse en lobo durante las noches de luna llena.

El mito del hombre lobo floreció en toda la literatura antigua. Aparece incluso en el Satiricón, atribuido a Petronio. Allí, en el capítulo XLII. uno de sus pícaros protagonistas, llamado Nirceo, nos relata cómo un soldado romano se aproximaba al cementerio durante la luna llena, se desvestía dejando sus ropas sobre una tumba, orinaba sobre ellas, y luego se convertía en un feroz y enorme lobo negro.


licantropo

Ahora bien, no sólo la antigüedad clásica conoció a los hombres lobo, de hecho, la idea de que el hombre podía convertirse en lobo está fuertemente presente en la mitología nórdica, donde existía la figura del Berserker, es decir, criaturas mitad humanas mitad osos o lobos.

Este tipo de transformaciones fueron luego adoptadas por la gente de los Balcanes. Muchas de estas leyendas estaban basadas en hechos reales, incluso muchas fueron tomadas en serio por intelectuales de enorme estatura.

Una de las leyendas de hombres lobo proveniente de los Balcanes asegura que si un hombre bebe en las mismas aguas en las que recientemente abrevó un lobo, puede transformarse en licántropo.

En Irlanda se creía que si un fraile era excesivamente severo con sus fieles durante la víspera de Pascuas, estos seguramente se convertirían en lobos. Incluso el célebre San Patricio maldijo a un clan irlandés por su falta de fe, por lo que todos sus miembros se convirtieron en hombres lobos en un plazo de siete años.

Algunas leyendas españolas mencionan que las brujas locales tenían una particular facilidad para convertirse en lobas. Se afirmaba que si una de estas damas observaba fijamente a un infante éste también pertenecería al selecto clan de los licántropos.

En Italia eran menos complicados en cuanto a las posibilidades de transformación, ya que sólo bastaba haber sido concebido durante el plenilunio, o dormir a la intemperie durante los viernes bajo la luz de la luna para pertenecer a la familia de los licántropos.

El hombre lobo podía adquirir varias formas. A veces adoptaba la figura de un lobo negro de enormes dimensiones, o también como un ser de forma humana pero excesivamente velludo y de profundos ojos rojos. Esta última forma es la que supo tener más representaciones ilustrativas en los grimorios.

Los hombres lobo de la Edad Media atacaban directamente al cuello, y consumían la carne cruda, aunque no los órganos, sino sólo los músculos y la piel.

En general, se pensaba que las brujas podían convertirse en lobas mediante el empleo de ciertas capas con propiedades mágicas. Esta creencia también logró una especie de metamorfosis, ya que con el tiempo se convirtió en arte. En la fantástica obra de Goya, El vuelo de las brujas
, puede verse a una hechicera bajo un manto justo antes de adoptar la forma de una loba para acudir al aquelarre.


licantropia

Durante el apogeo de la Santa Inquisición no era necesario contemplar a un hombre lobo para detectarlo, ya que existían señales muy precisas para comprobar si un hombre cambiaba su forma durante las noches.

Algunos de los “síntomas” que se atribuían a la licantropía eran los siguientes:

Renguera.
Inflamación del rostro.
Insensibilidad ante la picadura de insectos.
Utilización de palabras cuya semántica era sospechosa.
Insensibilidad ante las punzadas aplicadas por los piadosos inquisidores.

Estas eran algunas de las excusas para torturar a los acusados de licantropía, pero quizás la más famosa de todas era la llamada “Clamores de vientre”.

En Italia, durante el siglo XVI, se pensaba que los hombres lobo, cuando regresaban a su forma humana, ocultaban el exceso de pelo en el interior de la piel, es decir, que el hirsuto y negro pelaje crecía hacia adentro durante el día para brotar durante la metamorfosis. Existen varias referencias a los pobres diablos que cayeron bajo las garras de esta creencia, quienes eran escaldados vivos para corroborar las más irrisorias acusaciones de licantropía.


historia


Los procesos contra los hombres lobo son variados y muy numerosos. Por allí andan los registros de un conocido juicio contra una jauría de hombres lobos en París, los procedientos contra Courtaud y los lobos de Ansbach, entre muchos otros.

leyendas de terror

Los remedios para combatir a los hombres lobo son tan numerosos que sería imposible mencionarlos a todos, por lo que sólo daremos cuenta de los más habituales, lo cual no significa que sean los menos absurdos.

En Francia se creía que el único modo de matar a un hombre lobo era extrayéndole tres gotas de sangre, tarea tan complicada como inverosímil. Para añadir un grado mayor de dificultad la tradición sostiene que la extracción debe tener lugar en el mismo instante de la metamorfosis.

En los Balcanes fueron más prudentes, ya que bastaba con darle al licántropo una infusión de acónito, una planta medicinal, para eliminarlo definitivamente.

Para aquellos fundamentalistas de la tradición les advertimos que la creencia en las balas de plata como medio de matar a un hombre lobo se remonta precisamente a la época en que las balas fueron inventadas.

Es estéril realizar una búsqueda de leyendas de licántropos aniquilados con balas de balas anteriores a la invención de la pólvora.

Aclaramos, de pasada, que no sólo basta una bala de plata para matar a un hombre lobo. El asunto es un poco más complicado, ya que la bala debe estar confeccionada con la plata de algún objeto religioso o sagrado, y luego santificada por un clérigo.

La leyenda es tan conocida que no nos creemos capaces de aportar nada nuevo, de hecho, sólo hemos recopilado información sin sacar ninguna conclusión personal. Para que no se nos acuse de tibieza patológica haremos una pequeña aportación al debate, algo esquiva si se quiere, pero que no deja de ser original:

Los hombres lobo no existen, es decir, no existe ninguna leyenda clásica que combine de ambas naturalezas. Jamás leeremos que un licántropo puede hablar, razonar o amar; tampoco veremos a un hombre con características lobunas, ya que de tenerlas sería un lobo y no un hombre. Existen los lobos y existen los hombres, y la leyenda sólo adquiere relevancia sustancia durante ese fugaz instante de la metamorfosis, en esos escasos segundos en los que se confunden dos naturalezas, donde dos esencias se balancean sin imponerse una a la otra.
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