—Damas y caballeros, miembros del Consejo, tengo dos maravillas para compartir con ustedes esta noche. Primero, déjenme presentarles el siguiente hito en la evolución de nuestra especie: ¡la inmortalidad! —Con su teatralidad característica, el Dr. Monroe lo dice extendiendo sus brazos, y su casaca de color borgoña se revuelve con cada gesto.
El público deja salir un grito ahogado cuando el telón cae, revelando la figura pálida y sin camisa de un hombre sentado, sujetado a la silla con grilletes; su expresión imitando bizarramente a la confusión de los presentes.
—Este hombre, un ladrón, asesino y peste para nuestra sociedad, se ha ofrecido generosamente a servirme en la demostración del último avance en la medicina —Hace una pausa, para luego tomar un pequeño y llamativo frasco de su cinturón—. ¡Es éste! El producto de mi exhaustiva investigación en xenotransplantes. Estoy seguro de que recuerdan a Sir Winston…
Lo hacen. Nunca olvidarían la presentación del año pasado de un cuerpo humano sin genitales, desnudo y tirado descuidadamente en el suelo. Ni tampoco los ojos caídos de la cabeza del basset hound por la que había sido sustituida quirúrgicamente la original. Durante horas vieron con la respiración entrecortada a la criatura que tomaba agua de un plato, sólo para que ésta se derramase por los puntos de sutura en su cuello; los dedos de los pies y manos retorciéndose, como si se cuestionasen obedecer o no a su nuevo maestro.
El Dr. Monroe sonríe ante la mirada de comprensión del público.
—Fue a través de ese estudio que descubrí el mecanismo secreto del que se valen todos los organismos vivientes para curarse a sí mismos, y de esta forma creé la Toxina Invictus que ven aquí. Cuando es consumida, y se le da el tiempo suficiente para que se circule por el sistema vascular, abrirá los canales de sodio ionizado del cuerpo y actuará como un campo eléctrico.
Sonriendo, baja un enorme interruptor y un estridente zumbido invade la sala. Brillantes chispas azules parecen revolotear por cada superficie y John Hanes de Phillips e Hijos da por seguro que el salón podría explotar en cualquier momento.
—También está el bizarro efecto secundario de volver a la persona que la beba inmune al dolor. Al inicio pensé en los ilimitados beneficios de utilizarla como anestesia, pero luego descubrí que los afligidos cirujanos nunca podrían hacer su trabajo: las heridas del paciente sanarían incluso antes de que una incisión menor fuese producida —Saca una larga hoja de afeitar y la agita para que todos la vean—. ¡Es tiempo! ¡Exitus acta probat!
Lentamente, lleva la hoja a reposar bajo la caja torácica de su prisionero. Sabiendo lo que viene, el hombre grita agitando frenéticamente su cabeza mientras trata de liberarse de sus ataduras. Ignorándolo, el doctor empuja el arma y la desliza hacia abajo por la piel del espécimen que se corta como si fuese cera derretida; pero no sale sangre. El hombre no grita de dolor, ni siquiera parece haber notado el daño causado a su cuerpo. Y entonces, milagrosamente, la herida comienza a cicatrizar, empezando por el inicio del corte y descendiendo hasta que su piel luce tan inmaculada como antes.
El público está perplejo. Algunos dudan de sus ojos, otros hasta de sus mentes; pero pasó, justo enfrente de ellos.
Una voz suena desde el fondo de la sala:
—Dr. Mon…
Con una velocidad sorprendente, Monroe revela una pistola oculta en el reverso de su abrigo, presiona el cañón contra la frente del espectador más cercano, y dispara. El blanco, Rosa Smith del Heraldo la Santa Misericordia, cae de rodillas al suelo, gritando. Aunque es evidente por el agujero en la pared detrás de ella que la bala ha atravesado su cráneo completamente, no deja de gritar.
—Es una suerte que la señorita Smith tuviera el cuidado de beber el Invictus. De hecho, todos ustedes se han estado preparando para esta noche. —Señala a las copas de champaña vacías que se encuentran en todas las mesas.
El silencio que sigue a esa declaración es casi tangible. Y luego, la curiosidad vence, y un diminuto hombre muy próximo al escenario muerde gentilmente la piel de su mano. Su rostro se llena de sorpresa al no experimentar ni la más mínima sensación de dolor, y entonces decide ir un poco más lejos, y arranca todo el pellejo que puede desde la palma de su mano hasta su muñeca. De nuevo, no hay sangre, sólo un pequeño destello azul mientras la piel regresa a su lugar.
La violencia se desata sutilmente en la sala en tanto los invitados prueban las aguas del vasto océano que tienen frente a ellos. Y luego estalla. Un gran hombre de dos estados al norte pide —más bien ruega— por la pistola del Dr. Monroe. Cuando la obtiene, reta a los demás a dispararle, gozoso de vivir su fantasía de ser un héroe indestructible.
Una mujer que no ha parado de recordarles a todos que «viajó por tres noches en tren para ver el acto» es tentada a romper las uñas largas de su mano derecha, y luego ve cómo saltan de la mesa y vuelven a su base.
—Esto va a ser realmente asombroso —dice—. ¡Imaginen todas las mujeres que darían su alma por nunca volver a tener una uña rota!
En medio del caos de miembros quebrándose y gente apuñalándose entre sí, el Dr. Herz se detiene para tomar un respiro.
—¡Realmente lo has hecho, Dr. Monroe! Un mundo sin dolor, sin sufrimiento, sin heridas; aunque me temo que esto me dejará sin trabajo —Se ríe mientras acomoda su bata blanca—. Pero dijiste que presentarías dos objetos el día de hoy. Con el primero siendo tan sacudidor, ¡encuentro muy difícil que el segundo se le equipare!
En ese momento es cuando la ve, la primera gota escarlata que se ha asomado en toda la noche. El dedo pulgar del prisionero está sangrando. Horrorizado, el Dr. Hearz se voltea hacia Monroe:
—Dr., ¿qué dices a eso? ¿Por qué aún no ha sanado?
Monroe no responde de inmediato, parece hipnotizado por el reloj de bolsillo que está sosteniendo.
—No se preocupe, buen doctor, él claramente fue lastimado y se curó al instante mientras lo sujetábamos a la silla. Es sólo que su herida se volvió a abrir, aproximadamente ocho minutos después de que la toxina ha sido metabolizada.
Todos están en silencio, atentos a cada una de sus palabras.
—A pesar de todos mis esfuerzos, la Toxina Invictus recorre el cuerpo humano en mil ochocientos segundos; es decir, media hora. De este modo, pasamos al experimento final de la noche: un ejercicio de lo inevitable.
Mira su reloj de nuevo antes de hacer un ademán de agradecimiento y señalar al sujeto de prueba. En lo que el público responde a su gesto y voltea, el pálido hombre empieza a gritar y convulsionar violentamente. La herida en su estómago se abre como si hubiese sido producida por una cuchilla fantasma. Una brillante y roja luna creciente; muy parecida a la sonrisa del falaz Dr. Monroe.
Gerardo y cuatro amigos estaban sentados en torno a una mesa, jugando a las cartas. Su lugar de juego era el sótano. Los antiguos dueños de la casa, los padres de Manolo, uno de los amigos de Gerardo, permitían que jugaran pero en ese lugar. Por costumbre siguieron divirtiéndose en el sótano, incluso después de la muerte de los padres de Manolo. Allí abajo tenían todo lo que necesitaban: una heladera, una mesa redonda, sillas, un ventilador y la compañía mutua. Y con algunas cervezas, fiambres y cubitos de queso, ni notaban las horas que iban pasando entre risas y bromas.
Como a la una de la mañana hicieron silencio y escucharon; a uno de ellos le pareció escuchar que tocaban el timbre de la casa.
—¿Estás seguro de que escuchaste algo? —preguntó uno, y miró sus cartas y las acomodó.
—Sí, creo que sí, pero ahora no oigo nada —le contestó el que creyó oír el timbre.
—¿Quién sube a ver? —preguntó Gerardo, y miró a trasluz una botella para comprobar si le quedaba algo. Los amigos se miraron pero ninguno se ofreció. Entonces Manolo, mientras intentaba pinchar un trozo de salame con un mondadientes, les dijo:
—No se molesten, si era alguien ya se fue. Sigamos, que les voy a ganar esta partida, y las otras, ¡jajá!
—¡Claro! Eres el rey de la buena suerte —bromeó el que hasta ahora se había concentrado solamente en sus cartas. Y así siguieron su trasnochada. Desde la calle a veces llegaba (siempre apagado) el sonido de autos circulando a toda prisa, y entre ese ruido de motores, frenadas bruscas y bocinazos, se entreveraba algún grito; pero el sonido era tan débil, y la reunión de los amigos tan ruidosa, que siguieron su juego ignorando completamente lo que pasaba en la ciudad.
Gerardo, después de bostezar, miró su reloj.
—Qué tarde que es —dijo—. Me voy a tener que retirar.
—¡Ya te vas! —exclamó Manolo—. Pero si recién son las… —y miró el reloj—, ah sí, es tarde.
A los otros también les pareció que era tarde y resolvieron dar fin a la juerga. Al salir del sótano escucharon con claridad el caos que se desataba afuera. Se miraron sin entender nada, y fue Gerardo quien reaccionó primero, y yendo hasta la ventana espió hacia afuera. No pudo ver hacia la calle, un rostro estaba recostado en el vidrio, un rostro de ojos rojos y cara sanguinolenta y desgarrada.
El susto lo hizo retroceder, pero en ese mismo instante rompieron el vidrió de un puñetazo; volaron añicos hacia todos lados, y un brazo alcanzó a Gerardo, lo jaló con fuerza y lo arrojó hacia afuera. Gerardo rodó y se levantó rápidamente; su agresor, que era un zombi, se le abalanzó intentando morderlo. Tras luchar unos segundos consiguió proyectar al zombi y tomar distancia. Sus amigos abrieron la puerta y le gritaron que entrara.
Por la calle se iban acercando otros zombis que avanzaban dando gemidos aterradores. Entre todos intentaron tapiar la ventana, pero ya era muy tarde. Entonces bajaron al sótano y quedaron en silencio. La puerta era resistente y los zombis no los habían visto entrar allí.
En la oscuridad, los escucharon recorrer la casa, y cómo luego la abandonaban.
En medio de aquella situación inexplicable y aterradora, se sintieron relativamente a salvo en el sótano; pero ignoraban que no era así, pues el arañazo que tenía Gerardo en el pecho estaba empeorando rápidamente.
Mi tío Francisco era un tipo de esos rudos que no creían en fantasmas ni nada que se le pareciera; no lo culpo. Él, a sus 60 años había sido educado en una época en que si los padres de un crío lo escuchaban hablar de aparecidos y cosas de ésas, consideraban que mentía, y la mejor forma de quitarle la costumbre de decir mentiras eran unos buenos azotes. Por eso me fue muy interesante cuando, una noche en una reunión familiar, me contó una experiencia que le había ocurrido cuando niño.
—Quiero que sepas que te cuento esto sólo a ti —me dijo—, no quiero que nadie en la familia piense que estoy loco.
Tras hacerle entender que su secreto estaría bien guardado conmigo, mi tío Francisco se acomodó en su sofá y se sirvió otro vaso de cerveza para acompañar su relato. Estábamos en una sala de su casa; era un día de fiesta, el cumpleaños de su hermana, mi tía Claudina. En realidad no eran tíos míos; eran parientes sí, pero el vínculo familiar era tan lejano que, cuando me explicaban el árbol genealógico de la familia, desistía de entenderlo. Para mí y para mi familia, eran nuestros parientes y ya.
Su inmensa casa, de construcción muy antigua, contaba con varios salones, por lo que no era difícil alejarnos del jolgorio, como en esa ocasión en que estábamos ambos solos, en un salón apartado, en total confidencia.
—Tú sabes que en este pueblo siempre se cuentan historias de duendes y aparecidos —prosiguió su relato—; a mí siempre me han parecido cosas de vagos, de gente que no tiene otra cosa que hacer que inventar tonterías. Igual, de esta casa, cuentan siempre la historia de los hijos de la empleada que desaparecieron sin dejar rastro… —Sí había escuchado esa historia, que decían ocurrió en la época del bisabuelo del tío Francisco—. Pero una vez, cuando era niño, me pasó algo que hasta ahora no puedo entender: te lo cuento para que tú me digas qué fue —Veía en los ojos de aquel hombre la necesidad de saber la verdad de un capítulo oculto de su vida. Mintiendo descaradamente, le dije que yo desentrañaría lo que le aflijía—. Yo tenía 12 años —recomenzó a relatar su experiencia—, había una fiesta así como ahora; era el cumpleaños de la abuela Petronila. En esos tiempos, los cumpleaños duraban tres días, venía todo el pueblo y había mucha comida y bebida. Los hombres se sentaban en los salones y las mujeres cocinaban para todos los visitantes. Los niños no podíamos estar ni en los salones ni en la cocina; debíamos jugar en el patio.
»Para esa fecha, mis padres me vistieron con un traje nuevo, de camisa blanca, chalequín azul, pantalones arriba de las rodillas, medias altas y los zapatos del domingo; yo estaba furioso por eso. Yo vivía feliz correteando sin zapatos por el campo, subiendo árboles, cogiendo higos de los huertos, robando huevos de pato en el sembrío del vecino… —decía mientras reía, recodándose como un pequeño mataperros—. Ese traje era como un castigo para mí; para contentarme, mis padres me compraron también una enorme pelota roja. Estando ya en el patio, con los demás niños, y todos se burlaban de mi aspecto.
»No aguanté mucho: me peleé con todos y me metí a la casa, buscando paz. Sin pedir permiso a nadie, me metí en el salón viejo. Estaba prohibido en mi casa que yo o mis hermanas jugásemos ahí, en ese salón estaban las pinturas de los parientes, el reloj de péndulo y el viejo fonógrafo. Me imagino que mis papás no querían que los rompiéramos. No había nadie en el salón, así que me puse a jugar, solo, con mi pelota. Me paré frente a la pared en donde estaba el reloj y comencé a botar mi pelota contra ella. Tiraba la bola al suelo, rebotaba, golpeaba la pared y la cogía con mis manos; así una y otra, y otra vez.
»De pronto, el viejo reloj comenzó a repicar; eran las tres de la tarde. Años después escuché decir al cura del pueblo que las tres de la madrugada era la hora del Diablo y de los duendes, pero en ese momento eran las tres de la tarde. Paré un rato, tomando mi pelota con ambas manos, mientras el reloj daba las tres campanadas. Una vez que el reloj dejó de sonar, lancé la pelota contra el suelo. El balón golpeó contra los ladrillos del piso y sonoramente, se elevó hacia la pared… ¡y la atravesó por completo! ¡No te miento, por Dios: la pelota desapareció, como si hubiese atravesado una puerta abierta, la pared estaba intacta y la pelota no estaba!
»Yo era un niño; estaba más maravillado que temeroso. Pude escuchar a través de la pared cómo el balón rebotaba contra el suelo, muy lejos, haciendo un grave eco. Me acerqué a la pared y tendí mi mano… y pude ver casi sin creérmelo cómo mis dedos y luego toda mi mano desaparecían frente a mis ojos, a medida que atravesaban la pared. ¡Jamás en mi vida había visto algo así ni lo volví a ver! Sentía claramente que mi brazo estaba en un lugar frío; podía mover los dedos. Cuando retiré mi mano de ahí, ésta estaba envuelta en una pequeña película grasosa y transparente…, como cuando te frotas aceite. Volví a meter mi mano un par de veces para constatar el prodigio. En ese momento, «algo» me dijo que dejara de hacerlo. Saqué de nuevo la mano de la pared y pensaba en cómo recuperar mi pelota, cuando vi que la pared se arqueaba hacia afuera…
»No me dio tiempo para reaccionar: ¡Una mano horrible, de uñas como garras, negra, negrísima, salió de la pared y me agarró fuertemente de la muñeca! ¡Era fría y viscosa, se aferraba a mi pequeña muñeca como una serpiente, como una babosa, era horrible!… Sólo sé que esa «cosa» no era humana. Me quedé paralizado del miedo mientras me arrastraba en silencio hacia la pared. Estaba tan aterrado que no grité: sólo atiné a defenderme pataleando, jalando, berreando, golpeando con mi puñito, tratando de zafarme. Tenía una fuerza superior a la mía, muy superior a la de un hombre. No pude hacer nada mientras sentía cómo, inexorablemente, introducía todo mi cuerpo dentro de la pared, en medio de una oscuridad profunda, en la que no había ningún atisbo de luz…
»No sé cuánto rato pasó, pero comencé a sentirme muy liviano. Era una sensación fría y opresora. Oía por todos lados risas inhumanas, llantos, gemidos, y gruñidos de criaturas que no pude identificar. Era muy oscuro. Más oscuro que lo que jamás haya visto. Si abría los ojos, era como si aún los tuviese cerrados. No flotaba en el aire, era como si más bien flotase en un líquido muy espeso y frío. Ya siendo mayor, una vez metí mi mano en un barril de petróleo; era una sensación muy similar. Pero no estaba solo: aparte de las voces que venían de ningún lado, y que me aterraban…, algo más había ahí conmigo, era como si unas criaturas «nadasen» alrededor mío. Las sentía moverse a mi lado, rodearme, gruñir… era horrible. En un instante, sentí algo redondo cerca de mi cara: lo toqué y supe que era mi pelota. Al tratar de cogerla, una de esas «criaturas» se me abalanzó y me mordió; grité muy fuerte al sentir esos colmillos que se incrustaban en mi mano. Me recogí en mí mismo, sollozando. Me puse en posición fetal. Parecía que aquellas criaturas de ese horrendo lugar disfrutaban con mi dolor. Las escuchaba riendo gravemente.
»No sé cuánto tiempo estuve ahí, parecieron siglos. Me empezó a llenar una infinita sensación de abandono, de dolor, que me oprimía el pecho. ¿Alguna vez has sentido miedo a la muerte?, pues yo sí y muchas veces… pero esa sensación era distinta, no sólo temía no volver nunca, no ver de nuevo a mi familia… era una miedo a desaparecer, a estar solo siempre… era terrible; es algo que no quiero volver a sentir jamás… —En ese punto, el tío Francisco comenzó a sollozar. Gruesas lágrimas comenzaron a derramarse por sus arrugadas mejillas, juntándose en su enorme nariz. Trató de sobreponerse, de volver a tener entereza, pero no podía. Mientras aguardaba, pude ver un par de alargadas y triangulares cicatrices en el dorso de su mano derecha: siempre había pensado que eran producto de alguna pelea—. Nunca supe qué pasó después… —retomó de pronto su relato—. Abrí lentamente los ojos y estaba tirado en el suelo de la sala, junto al reloj. Caminaba como borracho. Ya estaba oscuro, el reloj marcaba las siete de la noche. Nadie se había percatado de mi ausencia. Cuando fui donde mis padres, me reprendieron, tenía esas marcas en una mano y llegaba sin mi pelota y como embadurnado de aceite de pies a cabeza. Mi traje era una lástima. Ni qué decir que me dieron una buena zurra; seguro que me estuve peleando con algún mocoso, pensaron. Mientras mi madre me limpiaba, recriminándome, me di cuenta de que sostenía un papel en la otra mano: era éste…
Sacando un papel viejo de su cartera, el tío Francisco me dijo que lo guardaba consigo desde entonces. Era un papel muy viejo y arrugado, impreso por un lado con un programa de misas de la parroquia del pueblo, y la fecha era 16 de Mayo de 1868. Definitivamente estaba impreso con tipos antiguos. Al reverso, un dibujo: un niño parecía haber dibujado una vaca y tres personajes con carbón: una mujer mayor y dos niños.
—Mis padres querían a toda costa que les digera quién me había golpeado y robado mi pelota, eso era lo que creían. Nunca me atreví a contarles nada. Mi papá me compró una bicicleta y la puso sobre un ropero en mi cuarto; me la daría si confesaba. Nunca dije nada y la bicicleta se quedó ahí muchos años. Ésa es la historia… Dime, ¿dónde estuve?.
Tuve que ser sincero y decirle que no podía responder. Lo tomó con calma.
—Cuando me dicen que cumplo años, me río porque pienso que me faltan cuatro horas de mi vida… pienso que me faltan cuatro horas en todo… —me dijo. Le prometí que trataría de investigar—. No me da miedo morirme a mi edad, pero me da miedo pensar en que si muero, tal vez vuelva a ese sitio…
La noche ya avanzaba cuando terminó la fiesta y junto con mi familia, me apresuré a despedirme de la parentela. Una vez más, demostrándome a mí mismo que no puedo con mi genio, decidí salir de la casa de mi tío por el camino más largo, atravesando el salón antiguo. Estaba limpio y ordenado, como siempre. Atravesando la penumbra, me paré frente a esa pared; al lado estaba el viejo reloj, que aún funcionaba. Miré un buen rato la pared hasta que me di cuenta de que el reloj estaba marcando cinco minutos para las tres de la madrugada. No había bebido casi nada… pero sentí como si el piso se inclinase hacia ese lado del salón. No me atreví a esperar hasta que fueran las tres.