Clases de guitarra
Por Néstor Sappietro
Muchas veces uno busca las razones por las cuales eligió un oficio y no otro. ¿Porqué uno es lo que es y no actor, físico, astrónomo o vendedor de seguros?. El caso que vamos a relatar explica porqué Abel Salinas no fue músico.
El padre de Abel estaba empecinado en que su muchacho se haga cargo de algunas de sus frustraciones, y una de ellas era saber tocar la guitarra, pero no así nomás, nada de aprender unos acordes y rascar una zambita, no, nada de eso. El viejo quería que su pibe aprendiera música, a leer música; y para eso tenía que estudiar teoría, solfeo, y por supuesto, pasar por todos los libros de un tal Rodríguez Arenas, uno por año, y además, las escalas cromáticas, en las que los dedos de la mano izquierda corren por el mango de la guitarra arqueándose y estirándose en una veloz carrera ascendente y descendente provocándole calambres insufribles. Para que esto suceda, el dedo pulgar de la mano izquierda debía aferrarse al la parte trasera del mango de manera firme y el meñique prolongarse hasta llegar a lugares muy lejanos para un ser normal. Por otra parte, Abel tenía cinco años y no sabía leer. Entonces memorizaba para los exámenes finales las preguntas y las respuestas. Su madre (una santa) leía: “¿Qué es la música? La música es el arte de combinar los sonidos...” Pleno diciembre, los pibes meta pelota y bici en la calle, y Abel memorizando 50 o 100 preguntas que hablaban de corcheas, fusas, silencios y bemoles... Al fin, la infinita paciencia de la vieja, después de repetirlas mil veces lograba el milagro.
La clase era un calvario semanal. Hay que señalar que Abel tenía cierta inclinación a la vagancia a la hora de realizar los ejercicios de digitación y cierta insubordinación en cuanto a la manera correcta de sentarse y tomar el instrumento, pero también habría que contemplar los métodos que utilizaron para encarrilarlo. El profesor de guitarra tenía un indiscutible parecido a Narciso Ibáñez Menta, eran los tiempos de “El hombre que volvió de la muerte”, y cada clase era un capítulo de terror que le tocaba vivir por semana. Todo comenzaba con un rato de solfeo. El solfeo (explicado a lo bestia) consiste en leer en voz alta lo que dice el pentagrama. Por ejemplo: La redonda vale 4, la blanca vale 2, la negra 1 y así sucesivamente fusas, semifusas... Cada una con su tiempo. La cuestión es que el muchachito le daba con el palito al atril descifrando notas y silencios, “Do o o o, Re e, Mi i i i...” Era algo difícil de escuchar. Por ahí le erraba a una nota o se comía un silencio y ¡Zas!, a su costado estallaba un grito desgarrador: “¡No!” Entonces Abel se bloqueaba (venían a su cabeza imágenes del verdadero Ibáñez Menta y no podía separar la ficción de la realidad) Entraba a cometer un error detrás del otro “¡No, no, no!”, bramaba indignado el profesor... Así, a los tropezones llegaba el momento de usar la guitarra. Allí aparecían los vicios de Abel en la forma de tomar el instrumento. Por una cuestión de comodidad colgaba el dedo pulgar de la mano derecha sobre la sexta cuerda. Este proceder poco ortodoxo tenía un costo. Ese palito de solfear (que quedaba en manos del profesor) le golpeaba repetidamente el dedo rebelde. La misma situación se daba con el pulgar de la izquierda que también buscaba descanso colgándose del mango de la guitarra. Abel Salinas asegura, recordando ese trance, que sus dedos tenían autonomía y no podía decidir por ellos, pero como hacía para explicárselo a don Narciso, se burlaría de él con esa risa fantasmal que lo aterrorizaba. Después de la lección del día, con los pulgares algo magullados, cantaban juntos algunas zambas y vidalas, y Abel se ponía rojo de vergüenza cuando era increpado para que levante la voz, sabiendo que ya era la hora en que llegaba la rubiecita que le gustaba (entraba a clase después que él) y estaría afuera escuchando y riéndose del dúo desastroso que formaban. Por fin terminaba la clase, Abelito tomaba sus cosas raudamente, y apenas escuchaba al profesor cuando insistía en que tenía que estudiar al menos dos horas por día. Al salir, bajaba la mirada, para gambetear a la rubia.
Cuando cumplió los 12 años y solo le faltaban algunos meses para recibirse de profesor, Abel Salinas abandonó sus clases... Nadie en su casa pudo entender qué le había pasado al nene... Jamás les había hablado de Narciso Ibáñez Menta, ni del palito que golpeaba sus dedos y mucho menos de la rubiecita que entraba a clase detrás de él. De ese tiempo solo arrastra un par de traumas... Nada demasiado importante... Todos creen que es un tipo de alta sensibilidad porque aún hoy, cuando escucha una guitarra, le da por llorar.