Son las cuatro y media de la mañana y estoy en el patio, en calzoncillos y ojotas. Hace frío. Lo sé porque tengo los hombros helados. No es un frío de invierno, pero sí un frío como para tiritar si vas de calzoncillos y ojotas a fumar al patio.
No puedo dormir.
En la cintura, sujeto por el elástico de mi ropa interior, llevo el encendedor.
Las luces están apagadas, no quiero despertar a las chicas. Arriba, las nubes pasan frente a la luna y yo pienso en que tal vez podría desenfundar el trípode, cargarle película a la cámara y hacer algunas fotos.
—Éssste trípode —digo en voz baja mientras me agarro la entrepierna.
Nunca entendí esa manía de agarrarse las pelotas y decir «Éssste trípode».
Levanto apenas una pierna y dejo salir un pedo flauta. La perra, angustiada porque hoy le enseñé a zapatillazos que no hay que sacar la ropa del tendedero, levanta las orejas. Después vuelve a bajarlas y deja caer la cabeza sobre sus patas delanteras. Resopla y yo levanto otra vez la pierna.
Pienso que desde la oscuridad un malhechor podría saltar la tapia y sorprenderme. Estaría a merced de sus intenciones, en calzoncillos y ojotas, con un encendedor sujeto al elástico, un toque de distinción absolutamente prescindible.
Ensayo mentalmente posibles escapes, posibles salidas. Sé que jamás haría ni la mitad de las cosas que pienso que haría. Lo más probable es que pierda una ojota y tropiece con alguna silla para caer sobre el contrapiso frío, áspero, desde donde
lloraría con la palma de las manos y el mentón como frutillas, pidiendo clemencia.
En calzoncillos, con un encendedor sujeto al elástico, lloraría, suplicando por mi vida.
Hago a un lado la idea y levanto la pierna de nuevo con tranquilidad, porque confío en el instinto de mi perra.
—Aunque —me digo—, cabe la posibilidad de que alguien haya estado todo este
tiempo en el patio haciendo buenas migas con ella, esperando que un barbudo panzón y pelotudo salga en calzoncillos a tirarse pedos mientras ve la luna.
Esa idea me molesta, me distrae. Quiero seguir imaginando títulos de películas para poner sobre este cielo Clase B, y no se puede titular con miedo. Hitchcock, Buñuel, Ed Wood, Marcelo Polino, Jorge Lanata, ellos no tienen miedo.
Desde la ventana de la casa me llega la música de Cerati con Aterciopelados. No me gusta Cerati. Y la que canta en Aterciopelados me recuerda al chico del delivery que trae las empanadas. Siempre le doy un peso de propina.
Esta es la hora en la que veo las cosas con más claridad. Le doy una última chupada al cigarro y suelto tres aros de humo espesos, fantasmales, psicodélicos. Observo la pared allá al fondo, una pira de ladrillos de ceniza, ropa colgando de la soga, una maceta.
Hay una sombra ahí que antes no estaba.
Se mueve.
Yo retrocedo espabilado por la adrenalina.
Pierdo una ojota.
La perra gruñe y levanta las orejas.
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